El detalle de Cantinflas

Corría el año 1982 cuando se estrenó la película El Barrendero, con Mario Moreno “Cantinflas” como protagonista, sobre las aventuras y desventuras de un trabajador de la escoba en México, Distrito Federal, en concreto en la exclusiva colonia de Lomas de Chapultepec, una zona pijísima de señorones y criadas. Por entonces la ciudad de Terrasssa, la del famoso señor del dicho, ya tenía su propio imitador de Cantinflas -un tal Juan Colomera, que entre otros menesteres juerguistas se ponía a regular el tráfico sin ton ni son mientras bailaba y hacía aspavientos más o menos graciosos- y España celebraba el mundial de fútbol con Naranjito como mascota…Y de color naranja, precisamente, era el uniforme del protagonista de la cinta, el verdadero Cantinflas, ya de capa caída, más conservador que en sus glory days, con menos mordiente, menos cacumen y con setenta años a sus espaldas: ahí está el detalle, andrajoso y con su característico bigotillo, marca de fábrica. Fue su último film antes de morir once años después.

Napoleón Pérez García, don Napo, que así se llama el personaje principal de la película, trabaja de “ingeniero en asepsia” dando escobazos aquí y acullá, no de forma muy productiva, ciertamente, y manejando el carrito con los botes de basura con algo de desparpajo -el justo-, mientras se dedica a piropear a las sirvientas del lugar, no pocas, considerándose a sí mismo el “latin lover de los barrenderos”. A todas les tira la caña -el marichulismo no decae en ningún momento-, pero está enamorado de Chepirita, a la que agasaja con incongruencias no del todo limpias. Don Napo regaña a la gente por tirar papeles al suelo y canta cosas como “me da coraje que las calles quieran hacerlas un basurero” o como -más pasional- “a mi escoba yo la quiero”, aunque en realidad sueña con el día en el que lo asciendan y pueda conducir barredoras mecánicas. Cuando le preguntan que qué hace, responde: “Pues lo de siempre. Demostrando que la limpieza de las ciudades revela la cultura de sus habitantes”. ¡Chúpate esa!, incívico insolidario.

La película, desde luego, no es El padrino (ni siquiera la tercera parte) pero también cuenta con peligrosos delincuentes y hasta con una bomba. Pretende ser un enredo…y tarda en enredarse pero se enreda, sí: unos apandadores birlan un cuadro de Murillo -obviamente, con un angelote de esos que hinchan los carrillos- y lo depositan en el cubo de barrendero de don Napo, que también encuentra un bebé abandonado en la basura, alimenta a perros con desechos y revienta una huelga, con la pobre excusa de que no hay que ensuciar nunca la ciudad. El cruce de historias hará que se cometa un asesinato y que Napoleón tenga que correr más de lo que Cantinflas se podía permitir. Tráfico de niños para favorecer a los ricachones. Captura de los malotes por una horda de barrenderos y sirvientas y colorín colorado. Final feliz. Valores de la época. Tiene el mérito de dar visibilidad a las personas que deben limpiar las calles y de dejar claro que “los barrenderos también lloran”. Tiene, como demérito, mucha glucosa para tan churretosa ocupación.