Para ser conductor de primera

En 1974, Damon Robinson trabajaba como conductor de un camión de basura para una empresa de una localidad inglesa cualquiera. Tuvo, no obstante, una semana un tanto desafortunada. El lunes metió el camión en una zanja. El martes acabó su jornada normalmente, sin demasiados impedimentos. El miércoles se estrelló contra un muro. El jueves quemó el embrague. El viernes volcó el vehículo en plena calle. Al ser despedido, Damon Robinson declaró: “No me siento molesto porque me hayan echado del trabajo pues recononozco que no soy muy buen conductor”

En el buche de la paloma

Michael era un muchacho pobre y problemático de unos diez años que había abandonado los estudios pero quería mucho a las palomas, muchísimo. Esas ratas voladoras y símbolos de la paz le tenían obnubilado. Julius era su paloma preferida. La amaba. Julius murió y el chico, devastado, decidió construir una caja de madera para enterrarla y rendirle un bonito tributo. Dejó la caja con la paloma en las escaleras del porche de su vivienda y subió a casa a buscar alguna cosa que se le había olvidado. Justo en ese momento pasó el camión de la basura y uno de los operarios, pensando que la caja era un desecho más entre los muchos desperdigados por la ciudad, la tiró a la compactadora del vehículo, donde fue triturada de inmediato. Michael, que bajaba ya por las escaleras, pudo ver la sangrante escena. Corrió hasta donde estaba el operario de limpieza y le propinó tal puñetazo que lo tumbó y lo dejó totalmente desnortado, pese a la diferencia de edad. Era su forma de hacer justicia. Un golpe por todos los colombófilos del mundo (y por un buena separación de residuos).

Michael contaba jactancioso esa anécdota de su vida cuando creció, cogió bastante más cuerpo y acabó dedicándose al boxeo. Le conocieron como Mike Tyson y ganó un par de mundiales de los pesos pesados. También arrancó, de un mordisco, un trozo de oreja a unos de sus contrincantes. Esa, sin embargo, es otra historia.

El Limpiador

Mariano Rajoy Brey (M.Rajoy para los enemigos) fue presidente del gobierno de España entre 2011 y 2018, cuando una moción de censura de la oposición le apartó del poder, mientras él retozaba en un restaurante y salía un poco perjudicado del lugar, parece. En el año 2002, como ministro, vicepresidente y portavoz del ejecutivo de Aznar (Jose Mari), se hizo (más) famoso (aún) por unas declaraciones respecto a la mayor tragedia ambiental acaecida en las costas de la península, el hundimiento del carguero Prestige y su posterior vertido de crudo al mar, que él definió como “unos hilillos, cuatro regueros casi solidificados con aspecto de plastilina en estiramiento vertical”. Las tareas de limpieza duraron años.

Mariano Rajoy Brey realizó el servicio militar de joven, aunque ya bastante mocico viejo. “Después de varias prórrogas por estudios, hice el servicio militar en Valencia como soldado raso”, declaró. “Me destinaron a la Capitanía General y tras preguntar cuál era mi oficio -registrador de la propiedad, dijo- me destinaron al servicio de limpieza. Limpiaba las escaleras mañana y tarde, con gran esmero y pulcritud. Pasé catorce meses de mi vida haciendo trabajos de limpieza en Valencia”.

Años después, ni Valencia parecía un edén resplandeciente ni se vio a Mariano Rajoy entre los miles y miles de voluntarios que conformaron la marea blanca que se esforzó por dejar las costas gallegas más habitables y con menos chapapote.

Arriba el telón

Hoy, primero de mayo, se celebra el Día de los Trabajadores. Esto es así porque en 1886, en esa fecha, el movimiento obrero convocó una huelga general en Chicago, en el estado de Illinois, Estados Unidos, para reclamar mejores condiciones laborales y jornadas de ocho horas, en un contexto fabril de explotación capitalista desorbitada y de represión de cualquier descontento, especialmente si tenía raíz anarquista, cuya fama dinamitera -creada para alimentar el monstruo de la violencia- hacía temblar a los poderes fácticos, que no se andaban tampoco con chiquitas, con el apoyo de fuerzas policiales y parapoliciales. La huelga se propagó por todo el país, pero tuvo el epicentro de las movilizaciones y el conflicto en la llamada ciudad de los vientos, donde durante varios días se alargó la revuelta, que culminó con la masacre de Haymarket del 4 de mayo. Tras los sucesos, explicados ya aquí con anterioridad, fueron detenidas las 8 personas que a la postre serían conocidas como los “mártires de Chicago”.

Poco después, una vez detenidos los presuntos cabecillas de los trabajadores (no sin polémica), antes de ser ni siquiera juzgados (aunque todo fuese finalmente una pantomima), uno de los empresarios teatrales más reputados de la ciudad, con gran ímpetu moralizador, dirigió por carta a las autoridades y al juez encargado del caso la siguiente propuesta: “Teniendo en cuenta que ocho de los procesados serán condenados a muerte y que las ejecuciones costarán por tanto al estado la cantidad de 4.000 dólares, me ofrezco a ahorcarlos yo, durante ocho noches consecutivas, en mi teatro, sin retribución alguna”. Según tenía previsto el ahorrativo patriota, la obra que iba a estrenar requería en escena una ejecución capital…y el monigote de pega que caía del patíbulo no quedaba suficientemente auténtico: mejor si ponían un anarquista de carne y hueso cada noche de espectáculo, temblando y hasta el último estertor de vida. Además, el morbo era negocio (como ahora), sería un castigo ejemplar para los fastidiosos asalariados (con sus dichosas reivindicaciones), la burguesía y el empresariado local se refocilarían de gusto y no habría que recurrir mucho a la ficción para los efectos especiales. Obviamente, la intervención como extra del verdugo oficial estaba garantizada y se reservaría asimismo un palco del recinto durante las ocho noches a todos los agentes y prohombres encargados de dar fe del cumplimiento de la pena. La insólita y melodramática propuesta del emprendedor que, entre candilejas, creaba pérfida riqueza, no obstante, fue rechazada. El teatrillo y la farsa continuarían por los cauces habituales de la judicatura: cuatro de los reos fueron colgados de una soga hasta la muerte, uno se suicidó en la cárcel (en misteriosas circunstancias) y los otros tres fueron liberados años más tarde, tras demostrarse la patraña en la que se basaban las acusaciones en su contra.

La dieta del dragón

La asamblea de dragones, reunida junto al ciprés sagrado, había decidido por unanimidad ir a la huelga. Los dragones no querían comer más carne humana (ni de otro tipo) por miedo a contagiarse…y se habían plantado. Eran la peste estos humanos, fuesen vasallos o reyes, princesas o caballeros. Más de un dragón caía cada año para satisfacer las necesidades de los creadores de leyendas. Mucha sangre derramada a través de los siglos y demasiados rosales esparcidos en el valle, amén de estigmas y estereotipos nada gratos para la especie. Ellos ya eran pocos (unos cientos), pero no cobardes. Así las cosas, elaboraron un texto con sus demandas. Las principales, que los dragones no muriesen al final del cuento y que no sufriesen, que pudiesen vivir una vida plácida cultivando la tierra, en sus huertos, hasta el fin de sus días y, sobre todo, que no tuviesen que ingerir personas, que daban asco y eran veneno puro para sus entrañas, lo que les provocaba fiebre, vómitos y fuertes cagaleras. Fijados los objetivos, esperaron al 23 de abril, fecha clave de gran circulación de jinetes santos y amoríos, para hacer más presión y llevar en manifestación sus reclamaciones a los cuentistas. Entre grandes llamaradas procedentes de sus hocicos, los dragones se desplazaron desde sus cuevas hasta el ciprés sagrado y, desde allí, hasta el feudo de la fábula, aplaudiendo las soflamas que salían del megáfono de la cabecera. Llegados a su destino, registraron sus propuestas ante la patronal de literatura y fantasías diversas, que consideró un ultraje la acción “violenta” de los dragones, que se sentaron en la plaza y se cruzaron de alas. No tardaron en salir princesitas que solicitaban ser devoradas. Luego, unos caballeros con lanzas y espadas estuvieron intimidando y retando a los manifestantes, a lomos de hermosos corceles. Pero nada. Los dragones no picaron el cebo y aguantaron bien, aunque se produjo alguna que otra escaramuza y se quemó un contenedor de un resoplido mal dirigido. Los cuentistas, entonces, tras tomar una pócima de mándragora, propusieron a los dragones participar en los relatos con gel hidroalcohólico en las garras. Los dragones se tomaron a mofa dicha oferta y gritaron al unísono “Veganismo o barbarie”.

Poco después, fue la barbarie la que triunfó: los dragones fueron hostigados, masacrados y narrados con furia y ensañamiento en las próximas andanzas del medioevo y en los nuevos capítulos de la novela de caballería, obligados a achicharrar y meterse en sus fauces a tutti quanti, niños, jóvenes, maduros y viejos; cabritos y ovejas, hombres y mujeres. Los pocos dragones que resistieron no encontraron nunca más trabajo porque fueron inscritos en listas negras o fueron borrados para siempre, viéndose en la tesitura de comer verdín y coliflores en la clandestinidad. Al fin y al cabo, colorín colorado, nada más humano que un cuento.

La herencia del maltratador

Encarnación Rubio barría las calles de la ciudad, en la urbanización El Ventorrillo, en Cúllar-Vega, Granada. Estaba en trámites de separación de Francisco Jiménez, su expareja, que tenía en aquel momento una orden de alejamiento judicial por agresiones y por haberla amenazado de muerte. Habían tenido tres hijos en común (uno recién fallecido en un accidente de tráfico) y las cosas iban muy mal entre ellos, drama tras drama. Francisco, una mañana de marzo de 2004, cogió el coche, buscó a Encarnación por la urbanización donde trabajaba y, cuando vio a su víctima a tiro, la atropelló a gran velocidad, proyectándola contra un muro. Encarnación, con gran esfuerzo, logró levantarse de la primera embestida. Pero Francisco no tenía bastante y la volvió a atropellar. Luego, le pasó el vehículo hasta tres veces por encima, para asegurarse el tanto, o sea, la muerte, con sumo ensañamiento. Un anciano cercano trató de defenderla y también fue arrollado, saliendo herido. Nada pudieron hacer ya los servicios de emergencia por Encarnación. Descanse en paz. Francisco fue detenido y condenado a prisión, donde murió dos años después por una enfermedad infecciosa. Los recibos que quedaban por pagar del coche que se utilizó de arma para asesinar a Encarnación fueron abonados íntegramente por su hija, Sonia, también barrendera, que, con riesgo de embargo, se tuvo que hacer cargo de todas las deudas que heredó del canalla de su padre.

La playa

Había sido despedido por la empresa de limpieza urbana tras dar positivo en un control de drogas. Amenazó con volver y hacer algo…y ahí quedó la cosa. Volvió cinco meses después, una mañana cualquiera, cuando una cuadrilla de barrenderos municipales se disponían a iniciar su jornada habitual desde una caseta situada en el paseo de la hermosa playa de la localidad de Fort Lauderdale, la “Venecia americana”, en Estados Unidos. Y, efectivamente, hizo algo, pero no directamente contra la empresa, que era la fuerte en la cuestión: sacó su pistola y disparó en la cabeza a seis excompañeros de base. Cinco murieron de inmediato. Otro fue herido de gravedad. Dos de ellos pudieron escapar y relatar los hechos. Después, el autor del crimen se suicidó con la misma arma. Ocurrió en 1996. La playa no se limpió como se esperaba, claro. La sangre de unos inocentes barrenderos deslucía el idílico paisaje de mar, arena y palmeras.

El chiste

Toñito era uno de los zánganos consagrados del barrio, un enteraíllo de barra que frisaba los cuarenta y vivía de dar sablazos, a salto de mata. Llevaba en paro desde los orígenes de la civilización olmeca y compartía vivienda con su madre Matilde, titular del inmueble familiar, cascarrabias, sufridora nata, pensionista y pagadora de facturas. Toñito anhelaba el reconocimiento público, caer en gracia y ser querido, más allá del nido materno y de la manzana circundante. No obstante, sus malas pulgas, su jactancia, su vagancia y su discurso plomizo se lo impedían. Toñito, por así decirlo, no supo aprovechar sus no pocos atributos: torpeza, escualidez, desaliño, mirada de gacela desnortada, voz de pito, dientes ennegrecidos, calva con melenas lacias, hermosos orejones, mentalidad decimonónica y carácter abrabuconado. A pesar de ello, tenía una virtud muy notable: los chistes malos los convertía en pésimos y en muy pésimos si intuía que el público los recibía tibiamente o no los pillaba de inmediato, ayudándose entonces de explicaciones innecesarias, reiteraciones cansinas, preguntas avasalladoras y carcajadas salidas del averno, las suyas propias, las únicas que cosechaba. No se le conocían novias ni novios ni grupo de amigos más o menos estable. Los sábados por la noche, se echaba unas gotas de colonia y se encaminaba en solitario al último karaoke en activo de la ciudad, donde -con la intención de seducir por la vía simpática- cantaba a pleno pulmón Mi gran noche –cosa que llevaba haciendo unos veinte años– y se pimplaba una caja de botellines de cerveza mientras malgastaba ocurrencias de gusto discutible, sin que la poca concurrencia le prestara demasiada atención, exceptuando al camarero que le cobraba la cuenta, en el momento preciso de cobrarle la cuenta. Entre semana, por no aguantar la cháchara damnificada de su madre, siempre quejosa, si el tiempo lo permitía, se pasaba el día en la calle sin hacer nada, en chándal y con unas zapatillas que acumulaban polvo para llenar un terrario de reptiles, en los bancos de la plazoleta, en el bar de abajo o deambulando sin ton ni son por el barrio, su límite geográfico y vital, un conglomerado gris de pisos y viviendas de estilo casi soviético, junto a una riera sin agua pero con más basura y ratas que maleza. Si el tiempo era adverso, esto es, cuando llovía o nevaba, pegaba mucho el sol o hacía mucho viento, no salía de su habitación, excepto a la hora de la comida, que apenas probaba: se mantenía a base de birras y ponches con huevo. Una habitación, por cierto, con un camastro, un armario totalmente desactualizado lleno de ropa desactualizada y un póster de Charlot vestido de militar, antimilitarista. Una habitación con una ventana y un pequeño balcón donde guardaba sus pajarillos enjaulados, otra de sus aficiones. En ese lugar, su lugar en el mundo, había pasado la mayor parte de su vida sin grandes agitaciones cósmicas, aunque sí algún que otro tocamiento onanista.

Una mañana, Matilde recibió en casa una notificación del ayuntamiento con suma esperanza, a su modo, es decir, con dos gruñidos esta vez casi alegres. Toñito había sido aceptado en un plan de ocupación como barrendero durante seis meses. El trabajo no estaba demasiado bien pagado, pero algo era algo y contribuiría así a la maltrecha economía de la casa, pensaba ella. Toñito se tomó la noticia un poco peor: no recordaba haberse apuntado a ninguna oferta de empleo y sus pajarillos necesitaban toda su atención en ese momento, lo que constituía un problemón. No obstante, por no contrariar a su madre, decidió comenzar a currar, por una vez. Una semana después, Toñito andaba por la calles vestido con uniforme amarillo y reflectantes incorporados, con capazo y escoba. El primer día le habían dado unas pequeñas instrucciones de cómo organizarse y desarrollar su cometido por los planos asignados de la ciudad. Fueron en vano. Al mover el primer contenedor, tropezó, fue arrollado por un coche, se dislocó el hombro, se partió el fémur, se llenó de magulladuras y tuvo que ser atendido por los servicios de emergencia. Se pasó seis meses de baja y luego ya no le renovaron el contrato. Cobró, eso sí, los seis meses de salario estipulado, sin cooperar por supuesto con su madre, lo que le permitió limitar sus sablazos e incrementar sus horizontes de grandeza hasta un nivel de tabaco, porros y cervezas aceptable para él. Luego, además, consiguió un pequeño subsidio. Le había cogido el tranquillo melodramático a ir con muletas, que gozaban de gran prestigio social por aquella zona y garantizaban un trato menos salvaje por parte del vecindario. En la rehabilitación conoció a Ana, una chica treintañera, fisioterapeuta, de la que se medio enamoró porque le sonreía mucho mientras le trataba y le untaba cremita en la pierna. Fue entonces, aspeado por el amor platónico -que le rebajó su mala uva- y por su nueva y boyante situación, que decidió cambiar de rumbo y hacerse comediante profesional, su gran sueño. Se lo podía permitir ahora que había logrado cierto grado de autosuficiencia. De todas formas, estaría bien ganarse en el futuro los garbanzos con algo que realmente le gustase. Se vino arriba.

Como no tenía contactos, escribió a los programas de televisión que consideró oportunos, los más apropiados para hacer el ganso. No se sabe cómo, pero le respondieron y alguien vio potencial en él ya que fue convocado para un concurso de talentos. Toñito estaba que no cabía en sí. Hasta sus pájaros parecían cantar mejor. Durante semanas, preparó anécdotas y chascarrillos, actúo ante el espejo, se machacó a conciencia, imitó a sus ídolos y ensayó piruetas. Matilde estaba negra con tanta tontería.

El concurso de talentos tenía un jurado formado por cuatro conocidas estrellas de la televisión, de lengua viperina, que puntuaban a los concursantes y daban su parecer sobre las actuaciones que se desarrollaban en el escenario. Para participar, Toñito se había desplazado desde su ciudad natal en tren, toda una odisea para alguien acostumbrado a cero en movilidad. Le habían convocado a las doce del mediodía en la capital, apenas a cuarenta minutos de distancia. Allí, cuando llegó, le hicieron pasar a un camerino, donde le maquillaron y le vistieron de gala, tal como habían quedado por teléfono. Bien vestido, daba el pego. Se sentía hasta guapo, un guapo renqueante pero guapo. Tras mucho esperar, escuchó su nombre por los altavoces. Llegó el momento. Toñito salió al escenario, donde le preguntaron sus datos personales y le indicaron que podía comenzar su función. Se encendieron unos focos que le daban en toda la cara, sonó una música circense y después se hizo el silencio. Toñito estaba a punto de comenzar.

Toñito tenía previsto contar unos pocos chistes, cantar luego una versión picante de Mi gran noche y rematar su obra maestra con un par de imitaciones. No llegó al tercer chiste. Nadie rió, casi todos los presentes le abuchearon y fue cortado de cuajo por el jurado.

– ¿Tú de dónde has salido?- le dijo uno- No tienes ni la más mínima gracia.

– Jamás había visto una bufonada infecta de tal calibre. Eres el horror, lo peor que ha pasado por aquí -le dijo otro-. No vales ni para estar escondido.

Toñito intentó explicarse y comentar la naturaleza cómica de su número, pero no le dejaron los silbidos del público, que señalaba con el dedo pulgar hacia abajo. Se enfadó entonces, comenzó a insultar al respetable y le tuvieron que sacar a rastras los agentes de seguridad, no sin antes destrozarle la otra pierna, la buena.

Toñito regresó al barrio hundido y humillado. Hasta Matilde decidió gruñir menos cuando pasaba la escoba por la puerta de su habitación, por no molestar a su hijo entristecido. Habían emitido el programa en horario de máxima difusión, con su intervención y todos los detalles, hasta el momento de ser expulsado a las bravas y los comentarios posteriores del jurado, desagradables e hirientes. Ahora era toda una celebridad, pero no como a él le hubiese gustado. Salía a la calle y notaba alrededor las miradas de desprecio, de guasa y de maledicencia. Ni siquiera sus pajarillos le animaban y parecían haber enmudecido. Se encerró en sí mismo. Se desdibujó y dejó de ir al bar, de ir a la plazoleta, de pasear por ahí. Pensó incluso en quitarse de en medio. La borrasca se instaló sobre su habitación. Las ganas de trabajar, desaparecidas de antemano, se perdieron para siempre. Solo le quedaba el amor incondicional y asfixiante de su madre…y la dependencia absoluta de ella.

Ana, la fisioterapeuta, pasó la mañana del sábado comprando en el mercado. Más tarde quedó con unas amigas para echar un café. El café se alargó y acabaron comiendo juntas en un restaurante. La tarde la aprovechó para ir a recoger unos zapatos que tenía encargados y dar una vuelta por el centro. Llegó a casa casi a la hora de cenar. Se duchó, se puso cómoda, se preparó una tortilla y decidió poner la tele para entretenerse un rato. Cuando vio aparecer a Toñito se sorprendió y aumentó el volumen del aparato. Ana escuchó su primer chiste y rió de lo lindo. Ana escuchó su segundo chiste y se meó de la risa. No hubo una tercera oportunidad, pues le cortaron la actuación y ella no entendió lo que ocurrió después. Pero Ana había pasado un rato genial, de alborozo, y su risa iluminó toda la estancia. Y Toñito, que había abandonado la rehabilitación y había desnortado aún más su mirada, jamás lo supo y jamás recibió noticia de su risueña admiradora. Un destino maléfico les esquivó para siempre.