El resplandor

Leide, una risueña niña de apenas seis años de edad, quedó impresionada por el resplandor azul de aquel pulverulento material tan bonito y fascinante. Llena de curiosidad, candorosamente, jugó con él, lo huntó en el pan, lo probó y se lo restregó por el cuerpo: murió un mes más tarde, tras un doloroso proceso en el que perdió el pelo y la sonrisa. La metieron en un ataúd de plomo y sepultaron el mismo en cemento, a gran profundidad. La comitiva que trasportaba el pequeño féretro fue apedreada por una concurrencia enfurecida, presa del pánico. Otras personas fallecieron poco después, otras lo harían en los siguientes años. Centenares fueron tratadas médicamente durante largo tiempo. Se aisló la ciudad, se demolió un barrio entero y miles de toneladas de desechos contaminados tuvieron que ser gestionadas y apartadas bajo grandes medidas de seguridad. Todo empezó en septiembre de 1987, en Goiânia, Brasil, cuando dos jóvenes recolectores de chatarra entraron en una clínica abandonada y robaron y desmontaron una máquina de radioterapia no vigilada que contenía un cilindro con unos pocos gramos de cloruro de cesio 137, altamente tóxico y radiactivo. Los recolectores de basura vendieron el cilindro a un desguace y, a partir de ahí, se desencadenó la tragedia, precisamente al ser despiezado. Era tan hermosa la luz que desprendía el misterioso material que aquéllos que toparon con él se relamían por dentro y soñaban con el brillo, suculentos negocios o magníficas joyas. Leide, en su inocente niñez, lo encontró hasta divertido. De verdad, era un resplandor tan bonito y fascinante que parecía casi divino.

Ventajas de amontonar basura

Se puede entender una película o se puede no entender. Se puede entender a medias, también, claro, e, incluso, se puede sobrentender. Y cuando hay basura de por medio la cosa aún se se complica más: no es fácil manejarse entre desechos, desde luego. Y cuando la cordura se desarma, por supuesto, hay que trazar sólidos hilos para no caer en el papanatismo y en un reduccionismo tontaina de los trastornos mentales, que siempre son serios, digan los cánones de la comicidad más casposa lo que digan. Ventajas de viajar en tren (2019), del director Aritz Moreno, es un trepidante ejercicio de despiporrre truculento que se articula en tres capítulos en trenecito y donde las historias se imbrican por las vías de la malformación, los delirios, las alucinaciones y la suciedad. Muchos basureros y muchos barrenderos aparecen en pantalla, pero también niños robados, perretes, sexo y elementos ortopédicos para salvar escalones. Recomendable, graciosa, pero coja en muchos sentidos, con síndrome de Diógenes, aunque ver a Luis Tosar montado en un estribo de un camión de basura siempre da caché (especialmente cuando piensa en el trabajo cotidiano del operario de limpieza) y el recurso a una agencia que investiga nuestros desperdicios para saberlo todo de todo el mundo no deja de ser el sueño húmedo de cualquier fisgón que se precie. Nada aquí es verosímil -ni se acaba de entender-, pero como bien se comenta al final de la obra “la verosimilitud está sobrevalorada”. Y quizás, tal como tenemos el panorama circundante, no resulta tan descabellado tirarse a los mecanismos hidráulicos de los camiones de recogida. Es una idea para desquiciados con el sistema.

El incendio

No había vigilancia en aquel momento. Eran las cuatro de la madrugada. Alguien, sigilosamente, entró en las instalaciones de la empresa pública de recogida de residuos y limpieza viaria de la ciudad de Terrassa, Eco-Equip, y prendió fuego en tres puntos distintos. Conocía perfectamente cómo y dónde hacer pupita. Siete vehículos fueron totalmente calcinados, los más modernos, los recientemente adquiridos por el ayuntamiento para mejorar la prestación del servicio de saneamiento urbano. El incendio no fue controlado por los bomberos hasta las siete de la mañana. Al ser intencionado, la agencia de seguros no cubrió los daños del siniestro. Durante semanas, se tuvo que recurrir a vehículos venidos de Sant Cugat para recoger los residuos de Terrassa. Poco tiempo después, la empresa lanzó una licitación para la compra de cinco camiones de recogida de basuras, una cuba de riego y dos barredoras. Ocurrió en 1988. Nunca se halló al culpable o a los culpables del incendio.

La dimisión del alcalde de Madrid

En abril de 1927 dimitía el por entonces alcalde de Madrid, ya que un barrendero de la ciudad que tiró basura en un lugar “inapropiado” para ello -según los cánones de reciclaje de la época- había sido castigado con tres días de arresto por orden del Gobernador Civil de la provincia. Como el alcalde consideraba que los asuntos disciplinarios del barrido y la limpieza urbana eran competencia suya y no de otra administración o cargo público, presentó su dimisión irrevocable y dejó la vara de mando al siguiente macho alfa. Ese, el de jurisdicción sobre el barrendero, fue el único motivo que alegó el susodicho alcalde, Fernando Suárez de Tangil, a la sazón conde de Vallellano, para abandonar la máxima autoridad de la capital de España.

Un hombre, por lo que vemos, con mucho orgullo, pero cuya limpieza, entre otras cuestiones, quedó empañada por su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, con la Francisco Franco, con el que llegó a ser ministro de obras públicas, un terreno muy pantanoso.

La hora del té

En 1973, en el condado de Yorkshire, en Inglaterra, tierra de grandes hábitos y tradiciones, en un paso a nivel, un tren expreso arrolló y partió en dos mitades un camión de basura, cuyo conductor, que quedó bastante maltrecho, fue localizado después a unos doce metros de distancia de la cabina. La colisión, además del salto estratosférico del conductor, provocó el descarrilamiento del expreso y varios heridos más entre los pasajeros.

Harry Featherstone, el guardabarreras encargado del paso, se había descuidado un pelín de su labor porque estaba tomando el té y se le había ido el santo al cielo con su exquisito sabor. Eso declaró en el juicio que se celebró a posteriori. Fue absuelto de todos los cargos, británicamente.

El risueño guardián

Roy Jay Glauber (1925-2018) fue un reputado científico y profesor de la prestigiosa universidad de Harvard, en Estados unidos. En el año 2005, junto a otros colegas, recibió el Premio Nobel de física por su contribución a la teoría cuántica de coherencia óptica. No obstante, según decía, ser el “Guardián de la Escoba” era su cargo más distinguido, pues durante años fue el encargado de barrer con dicho instrumento de limpieza el escenario –donde el público arrojaba aviones de papel- de los “innobles” premios Ig Nobel, otros premios de relumbrón pero a contracorriente otorgados desde 1991 a las investigaciones, tesis y materias más descacharrantes, absurdas, irrelevantes, cómicas y extrañas, que vale la pena repasar para echarse unas buenas carcajadas. Fue Roy, pues, como dice el dicho, un barrendero que siempre iba riendo por la vida, un cachondo en el mejor de los casos, pese a sus sesudos quehaceres cotidianos enfocados al estudio.

El voto en libertad (y liberal)

Me comentan que unos mercados piden y piden reformas, sin identificarse. Me comentan que esto es insostenible, una ruina. Me dicen que hay que recortar, cercenar, desmantelar, pasar por la picadora, triturar, machacar, moler a palos, cortar por lo sano. Me cuentan que el futuro depende de nuestros ajustados cinturones, que hay que podar, talar, acabar con la cultura del todo gratis, con el desbarajuste de los organismos públicos, de las empresas públicas, de los públicos amamantados, de todo lo público, horrendo y criminal. Porque da asco el bienestar y su estado y sus lactantes, tragaldabas, los reyes del saqueo. Me comentan que hay que recortar, indefectiblemente, que esto no se mantiene, que estamos subvencionado a vagos, a parásitos, a chupatintas, a malcriados, a lo más bajo del lumpen, a gentes exangües y satánicas, a inmigrantes y aprovechados, a mendigos y desclasados atajasolaces. Y las muchedumbres del consumo consentido, no manipuladas, me confirman lo mismo, a pies juntillas, con la inestimable colaboración de una muy patriotera (presuntamente) propaganda. Me informan, muy a menudo, de esas nefastas políticas sociales para desplazados y nadies, un colador de dinero, un impedimento para los que buenamente intentan crear riqueza, filántropos emprendedores, preocupados por tu salud y por el interés general. Me convencen de que yo nunca he hecho algo realmente bueno. Me dan clases de economía, sin sesgo, en las que aprendo sobre la verdad irrefutable de la libre y libertada libertad liberal, sin ataduras ni esclavos, donde cada uno tiene lo que se merece, libremente, con independencia de su origen de oferta y demanda. Me gritan que ya está bien, que no me queje, que pague lo que les debo, que son ellos los que me mantienen, los que me organizan, los que me dan de comer, los que asumen el riesgo, los que se mojan por mí. Me suben, con buen criterio, la factura de la luz, el agua, la leche, la leche en vinagre, el pan, las migajas. Me dan la oportunidad de estarles agradecido, de saber cuál es mi sitio, mi lugar, mi auténtico significado humano. Me comparan con esos pobres que están peor que yo, con los que esperan detrás, con los que ya quisieran tener mi suerte, con los que acabaron fatal por protestar, con esos presuntuosos sectarios y anacrónicos.

Me inoculan el miedo: pronto te despediremos, pronto te rebajaremos el sueldo, pronto te meteremos en cintura, pronto te vas a enterar (y recuerda que tienes dos criaturitas). Y vendrán otros, mejores y jóvenes, que lo harán mejor, a mejor precio, en mejores idilios mercantiles, más alegres y chulos. Me demuestran que los desempleados lo están porque lo desean, que no están dispuestos a ensuciarse los anillos. Me aportan las pruebas definitivas, científicas, de tramposas bajas médicas (casi la totalidad). Porque ellos pagan el coste, que es una sangría, que están crucificados, que alargamos más la manga que la mano, que estiramos el chicle todo lo que se puede…y se romperá en breve. Me comentan que así no vamos a ningún lado, que ellos no son las hermanitas de la caridad, con tanto abuso y tanta lagrimita, que ellos también tienen problemas, que no quieren problemas, que quieren soluciones, que pilotan ese barco y van rectos al puerto, que donde manda patrón no manda marinero. Me comentan que hay trabajar más y cobrar menos, ser competitivos, poner toda la carne en el asador, apretar los dientes, implicarse, dar del do de pecho, apoquinar por los vicios, formarse privadamente, con un par, mientras, eso sí, nos cargamos los recursos, el planeta y el entorno a ritmo de centella, que es lo que mola y lo que pide el cuerpo y el carpe diem:ya gestionarán otros los desechos, si acaso.

Y sé que tienen razón, la verdad, por supuesto, pero de tanto en tanto llego a dudar de la mercancía que configuramos y pienso que están equivocados. Y pienso, a veces, que igual se podrían ir todos juntos un poquito a la mierda (bien pastosa). Y que más libre sería yo, incluso, si no existieran esos energúmenos dando la turra para que encima votemos ahora y siempre a sus malditos representantes, cuya acción lo convierte todo en un vertedero donde las flores no aparecen ni por asomo.

El Mesías, los Bee Gees y las togas andaluzas

Jesús de Nazaret, cuentan, fue juzgado por el Sanedrín judío y, posteriormente, por el prefecto romano Poncio Pilato, que se lavó las manos cuando, finalmente, le mandó con la cruz a cuestas hacia la muerte. El evangelio de Lucas reproduce la conversación entre Jesucristo, tradicionalmente representado como un flaco con melenas y barbas, y los dos ladrones que le acompañaban, a derecha y a izquierda, cuando fue crucificado en el Gólgota: Dimas, el ladrón bueno que se arrepentía de sus pecados, y Gestas, el malo, muy faltón, exigente, impío y chabacano éste para estar clavado por sus extremidades en un madero. Después de beber vinagre, Jesucristo, con gran talento para la resurrección y cuyas artes sanadoras eran archiconocidas, prometió a Dimas, recuperado en la cruz para la causa santa, llevárselo con él al Paraíso, un sitio chachi, celeste y sobrenatural.

Casi dos mil años después, más o menos, todas las discotecas chachis tenían bolas de espejo en el techo y ponían música bailonga de los Bee Gees, los de la fiebre nocturna del sábado. Barry Gibb, otro barbudo melenudo y larguirucho, se situó en el centro de otros dos tipos, hermanados los tres, y condujeron al paraíso a millones de marchosos danzarines, que, en éxtasis, podían beber vinagre, güisquises de garrafón y aun peores mejunges. Según un estudio científico imprescindible, célebre en el mundo de las emergencias médicas, uno de los grandes éxitos del grupo, la composición Stayin’ Alive, tiene un ritmo prácticamente perfecto para llevar a cabo las maniobras de reanimación cardiopulmonar a los que sufran un infarto de miocardio o parada cardíaca. Los Bee Gees resucitaban a los muertos y sabían –Too Much Heaven– lo difícil que resultaba alcanzar el cielo eterno.

En las tierras andaluzas, donde se tiende más a la saeta, a finales del siglo XX después de Cristo, algún magistrado se interesó especialmente por el proceso al llamado Rey de los Judíos. Así, en 1990, Eduardo Rodríguez, a la sazón juez de la Audiencia Provincial de Granada, dictó una sentencia en la que absolvió a Jesucristo, “alias el Nazareno”, de los delitos de blasfemia, rebelión y sedición por los que fue condenado y crucificado. Según estableció el magistrado, en el “antiguo procedimiento se siguieron los trámites de un ordenamiento jurídico involucionado que no tuvo en cuenta la esencia y condición del hombre”. La sentencia explicitaba que no procedían “costas judiciales materialmente apreciables pero sí cuantiosas espirituales, que por voluntad del acusado se repartían a los hombres de buena voluntad y los más débiles necesitados y marginados, todos hijos de Dios”. Ya en el siglo XXI, también después de Cristo, otro juez, este de Jaén, José Raúl Calderón, autor del libro Proceso a un inocente: ¿fue legal el juicio a Jesús?, siguen la brecha de las investigaciones. Un análisis pormenorizado de lo presuntamente acontecido y del Derecho de aplicación hace miles de años llevaba al magistrado jienense a afirmar que “lo lógico sería la nulidad del proceso y su inmediata puesta en libertad o su absolución por falta de pruebas”. Lo lógico, lo jurídicamente lógico, se entiende.

Desde luego, se agradecería que ciertos personajes patrios de lo divino aparcaran la religión aunque sea un ratete y se dedicaran, entonces, a bailar al ritmo redentor y revitalizante de Stayin’ Alive, sin rasgarse tanto las vestiduras ni clamar al cielo porque se remueva otro pasado, más reciente, fraticida y mucho más mundano. Algunos inocentes perjudicados, menos mesiánicos y aún no redivivos, mostrarían su satisfacción y, con administradores de justicia en sus cabales, hasta el buen ladrón podría salir beneficiado.