El tránsito de la cartonera

Cuarentona y madre soltera, afrobrasileña y pobre de solemnidad, en los años 50 del siglo XX, Carolina María de Jesús recogía cartones, chatarra y otros residuos de las calles para luego venderlos y alimentar, así, a sus tres hijos. Era una catadora, esto es, una recicladora informal de basura. En sus escasos ratos libres escribía un diario de su vida y la de sus convecinos en la favela Canindé de São Paulo, donde habitaba, en una chabola de lo más precaria que ella misma construyó. Para confeccionar el diario, con textos punzantes de enorme crudeza pero de estilo muy pero que muy sencillo, utilizaba los papeles que encontraba por ahí, que luego cosía con mimo en un cuaderno. Carolina María de Jesús aprendió a escribir de chiripa y de forma paupérrima -no era normal que personas como ella, negra y de familia humilde, hubiesen recibido en su época ningún tipo de educación- y leyó mucho en la biblioteca de la casa donde trabajó anteriormente como empleada doméstica. En 1960, la descubrieron y logró publicar su diario Quarto de despejo (Cuarto de desecho), que rápidamente se convirtió en un éxito de ventas y fue traducido a varios idiomas. Salió de la favela y de las estrecheces económicas, de momento. Entonces, fue repudiada por menesterosos (por traidora) y por círculos intelectuales y con posibles (por desclasada, exótica y carente de valor). Dejó la basura para dedicarse exclusivamente a la escritura y la poesía. En sus últimos tiempos, pasado el éxito editorial que la catapultó, olvidada por completo, volvió a una favela y algún que otro cartón tuvo que recoger para subsistir. Murió en 1977.

Juegos peligrosos

Dos hombres entraron de madrugada en un bar donde se jugaba a las cartas: la sordidez del ambiente se presupone. Entraron con armas de fuego, que es una forma muy convincente –y cobarde- de entrar a matar a los mamíferos desarmados y/o sorprendidos. Tras apropiarse de una buena mordida de las apuestas que había sobre la mesa y vaciar, por vicio canalla y por militancia criminal, la caja registradora del bar, los dos gentiles decidieron jugar con las vidas de las diez personas allí congregadas, en un arranque de macabra ludopatía entre ludópatas. Así, a punta de cañón, obligaron a los presentes a ponerse en pelotas, en círculo, y decidieron organizar una “ruleta rusa” de balas probabilísticas. Con un revólver de tambor giratorio y una única bala cargada, uno de los dos asaltantes se puso en medio del círculo de los despojados y empezó a apretar el gatillo, apuntando con el arma cada una de las veces a una persona distinta del grupo. Diga lo que diga el dicho, al cuarto intento, a la cuarta, la bala pasó silbando junto a las orejas de uno de los hombres desnudos, que estuvo a bien poquito de no contarlo, con desparrame de sesos incluido. Luego, tras ese disparo, otro de los secuestrados, manojo de nervios, puso pies en polvorosa e intentó burlar la vigilancia. No lo consiguió: un tiro le entró por la espalda.

Antes de salir del local, los dos delincuentes se mofaron de la poca entereza y de la poca dignidad demostrada por todos los participantes involuntarios y desarmados de aquel juego, de aquella muy sensata ruleta rusa, a efectos de botín, que se organizó en Can Boada, barrio de la aldea egarense, Terrassa, en el año 1982.

Dos hombres que jugaban con fuego y no se meaban en la cama, dos hombres moralizantes: dos cobardes y dos hienas más. Jugar con fuego: esa trampa de los los ventajistas.

Barrendera y detective

El 24 de febrero de 2016, en esa Sevilla de color especial, en el conocido Parque de María Luisa, en uno de sus bancos, una mujer joven fue hallada muerta, aparentemente por suicidio, según determinó en primera instancia la policía, al descubrir gran número de pastillas y una nota en su bolso que así lo hacían creer. Se ordenó, pues, recoger la basura del lugar y despejar el entorno rápidamente. Tal cometido recayó en Carmen Moreno, Carmen “la del pincho”, una barrendera que llevaba casi treinta años limpiando el parque y que siempre iba y va con un palo con un pincho –de ahí su apodo- para retirar los desechos del suelo. Carmen, no obstante, gran seguidora de la serie televisiva de investigación forense C.S.I (Crime Scene Investigation), al ver los restos que había en los lugares cercanos, sospechó enseguida que aquello parecía más bien un asesinato y decidió actuar como lo hacían los personajes de su serie de televisión predilecta: se pusó una bolsa de plástico a modo de guante para “no contaminar las pruebas” y recogió de la zona cercana al banco todos los pañuelitos de papel y el protegeslip con marcas de sangre que encontró, depositando todo ello después en otra bolsa de plástico, que volvió a meter en otra bolsa de plástico –para más protección-, y guardando dichas piezas objeto de sus pesquisas en un lugar localizable.

Cuando la policía, una vez la autopsia determinó que la joven fue violada y asesinada, quiso enmendar su error y se interesó por los restos hallados en los alrededores para analizarlos, Carmen, la barrendera con aficiones detectivescas, indicó sin género de duda donde estaban guardados, lo que a la postre sirvió para resolver el crimen y detener a su autor material.

Los machotes también barren

Marzo, 1912, Mairena de Alcor, Sevilla, prensa de la época:

“Un individuo embriagado riñó con su esposa. Le detuvo un policía, encerrándole en la cárcel, donde permaneció cuatro horas. Después le sacaron de la cárcel, haciéndole barrer la plaza del ayuntamiento y amenazándole con un látigo. Como si se tratara de una caballería, le amarraron a una cuerda en la cintura y así estuvo barriendo largo rato. Se ha presentado el atropellado ante el gobernador denunciando el hecho”.

 

Gracias a una escoba

En 1967, en noviembre, en pleno sistema de bloques, un soldado raso del Ejército Nacional del Pueblo se afanaba en barrer con escoba las zonas limítrofes entre la Alemania Oriental (RDA), a la que pertenecía, y la Alemania Occidental (RFA), ante la mirada de los centinelas de ambos bandos, armados hasta los dientes. En una de los lugares más peligrosos existentes hasta entonces y que más vidas se había cobrado, en Berlín, el soldado barría con ahínco para dejar el espacio interfronterizo bien limpito. Cuando se aproximó a la raya blanca final que delimitaba ambos territorios, el soldado soltó la escoba, pegó un brinco y se pasó al lado oeste. La maniobra fue tan rápida que los centinelas ni siquiera lograron disparar, ojipláticos como quedaron. Pudo disfrutar, así, sencillamente, de las bondades del capitalismo -¡auj!-, un nuevo edén donde los perros se ataban con longanizas (para algunos). Todo ello gracias a una escoba.

El violinista sin tejado

En Terrassa, donde Vicenç Vellsolà, el violinista, hizo sus pinitos artísticos a principios del siglo pasado, ya no existe mucho entusiasmo social por los instrumentos de cuerda frotada. En la actualidad, salvo contadas excepciones, la disposición de ánimo de los egarenses es bien distinta. Quizás eso explique que, ya en el 2009, la policía municipal de la ciudad retirase un violín a un hombre en la Avenida de Barcelona, tampoco demasiado lejos de la calle dedicada -en el barrio de Vallparadís- al tal Vellsolà. Sí, al parecer, a las dos y media de la madrugada de un domingo de octubre, un diletante solista estaba tocando uno de esos cordófonos en un banco de la citada avenida… y no todos los vecinos agradecían gozosamente la bella factura de sus interpretaciones. Los policías, alertados por algún forzado insomne, desvelado y “desviolinado”, acudieron al lugar y le afearon la conducta al virtuoso, le sancionaron y le reprocharon el estruendo. Como el tipo, erre que erre, no se dejaba intimidar, defendía a capa y espada su rendimiento filarmónico y pretendía seguir frotando su instrumento (el violín), los policías optaron por finiquitar el concierto a las bravas, requisándole el aparato (el violín). Los agentes de la autoridad, en definitiva, se llevaron el violín, que fue intervenido, y el hombre continuó a la intemperie. Porque, según testimonió, el espontáneo artista no tenía domicilio y vivía en la calle, pernoctando habitualmente en los bancos de esa avenida : no existía, por entonces, ningún espacio público para dar cobijo nocturno a las personas sin techo. Todo un arte que chirrría cuando ocurre.

 

Basureros muertos

Andrés, conductor de recogida de residuos de la empresa Conserlim, concesionaria del servicio en la ciudad de Terrassa, no comprendía cómo se pudo abrir la compuerta trasera del camión. Con el ruido del vehículo y la oscuridad de la noche no se dio cuenta de la avería hasta llegar al vertedero, dijo. Las inmundicias, desechos y vidrios quedaron desperdigados por la calzada, con peligro para la circulación. Era una noche de julio de 1976, a destajo, bien entrada la madrugada.

La policía local alertó a la empresa y solicitó el adecentamiento urgente de la vía. Se envió, con presteza, una brigada de cinco operarios para limpiar la zona por la que había pasado el camión de basura. En un cruce de carreteras, mientras se afanaban a retirar los restos del pavimento, tres de ellos fueron atropellados por un turismo, un Seat 127. Los tres, Antonio, Carlos y otro Antonio, al alba, entregados a su tarea, murieron en el accidente.

El deportista

Año 2010, mayo primaveral, fin de semana de parranda, Terrassa, en una zona de esas que el nuevo urbanismo reserva para encarrilar el tiempo (aparentemente) libre y para las concentraciones humanas de noctámbulos y machacones; o sea, en el Parc Vallès. Un individuo fue identificado por miembros de la policía local por dañar un banco del mobiliario público. Los agentes acudieron al sector alertados por un vigilante que había visto al sujeto en cuestión intentando arrancar de cuajo un banco atornillado en el suelo. Cuando los policías se presentaron en el lugar y pudieron confirmar la consumación de tan inusual hecho, el tipo les dijo literalmente que estaba “haciendo pesas”. El excéntrico apasionado de la halterofilia llevaba, además, una navaja en el bolsillo: también parecía practicar el montañismo. Su espíritu olímpico, su saludable ejercicio y su atlética dedicación, no le sirvieron, sin embargo, de gran cosa: los agentes le abrieron allí mismo las pertinentes diligencias.