La herencia

Guido Napoleone falleció en las postrimerías de 1974, en Campobasso, Italia, en la montañosa y fría región de Molise. Era viudo y no tenía hijos. Cuando abrieron su testamento se encontraron con una sorpresa. Había instituido como herederos a los barrenderos de su localidad. Lo había hecho porque consideraba que «nadie lleva peor existencia» que ellos. Los había visto trabajar en condiciones climáticas muy adversas y con gran desgaste físico. Los cien miembros del servicio de limpieza de la villa, una vez realizado el reparto, obtuvieron cada uno unos 120 euros al cambio de hoy, lo que entonces no era moco de pavo. Su legado solidario fue, en suma, muy higiénico, aunque un tanto paternalista, eso sí. Sirvan estas líneas, en todo caso, para recordarlo.

El milagro

Basauri, Vizcaya, País Vasco, 1994. Son las ocho de la mañana y uno de los operarios de limpieza que trabaja detrás del camión de basura ve una bolsa de grandes dimensiones junto a una señal de tráfico. Silba y hace parar al conductor. Los dos peones de detrás del camión bajan de los estribos y se dirigen a la bolsa. La gente tira todo en cualquier lado, desde luego. Es un no parar. La recogen y la echan dentro de la prensa. Los mecanismos hidráulicos la engullen -como cantaba Rosendo en Obstáculo Impertinente- y se mezcla con otros residuos que se van compactando cada vez más dentro de la caja del vehículo a medida que avanza el recorrido y la jornada laboral. Más de una hora después, sin que los operarios de limpieza sepan de qué va todo aquello, patrullas policiales persiguen al camión de la basura y lo detienen fulminantemente. Hacen bajar a los tres basureros (conductor y peones) y se hacen cargo del camión, que llevan a un descampado en el polígono de Asparren. Al parecer, como más tarde se sabría, la bolsa que recogieron junto a la señal de stop contenía cuatro kilos de amonal y un kilo y medio de amerital, dos detonadores, un temporizador de seguridad y un receptor de mando a distancia. Había sido puesta en el suelo por la banda terrorista ETA, que avisó a un medio de comunicación de la colocación de la bomba al ver frustado su atentado (posiblemente contra la policía). Mientras se producía el aviso (a las nueve de la mañana) y mientras llegaron los ertzainzas para detener al camión, los operarios siguieron trabajando como si tal cosa, en movimiento por la ciudad, entre el traqueteo propio de aquel vehículo de recogida, y la basura se iba aplastando con más fuerza: el artefacto no explotó de milagro.

Para ser conductor de primera

En 1974, Damon Robinson trabajaba como conductor de un camión de basura para una empresa de una localidad inglesa cualquiera. Tuvo, no obstante, una semana un tanto desafortunada. El lunes metió el camión en una zanja. El martes acabó su jornada normalmente, sin demasiados impedimentos. El miércoles se estrelló contra un muro. El jueves quemó el embrague. El viernes volcó el vehículo en plena calle. Al ser despedido, Damon Robinson declaró: «No me siento molesto porque me hayan echado del trabajo pues recononozco que no soy muy buen conductor»

En el buche de la paloma

Michael era un muchacho pobre y problemático de unos diez años que había abandonado los estudios pero quería mucho a las palomas, muchísimo. Esas ratas voladoras y símbolos de la paz le tenían obnubilado. Julius era su paloma preferida. La amaba. Julius murió y el chico, devastado, decidió construir una caja de madera para enterrarla y rendirle un bonito tributo. Dejó la caja con la paloma en las escaleras del porche de su vivienda y subió a casa a buscar alguna cosa que se le había olvidado. Justo en ese momento pasó el camión de la basura y uno de los operarios, pensando que la caja era un desecho más entre los muchos desperdigados por la ciudad, la tiró a la compactadora del vehículo, donde fue triturada de inmediato. Michael, que bajaba ya por las escaleras, pudo ver la sangrante escena. Corrió hasta donde estaba el operario de limpieza y le propinó tal puñetazo que lo tumbó y lo dejó totalmente desnortado, pese a la diferencia de edad. Era su forma de hacer justicia. Un golpe por todos los colombófilos del mundo (y por un buena separación de residuos).

Michael contaba jactancioso esa anécdota de su vida cuando creció, cogió bastante más cuerpo y acabó dedicándose al boxeo. Le conocieron como Mike Tyson y ganó un par de mundiales de los pesos pesados. También arrancó, de un mordisco, un trozo de oreja a unos de sus contrincantes. Esa, sin embargo, es otra historia.

El Limpiador

Mariano Rajoy Brey (M.Rajoy para los enemigos) fue presidente del gobierno de España entre 2011 y 2018, cuando una moción de censura de la oposición le apartó del poder, mientras él retozaba en un restaurante y salía un poco perjudicado del lugar, parece. En el año 2002, como ministro, vicepresidente y portavoz del ejecutivo de Aznar (Jose Mari), se hizo (más) famoso (aún) por unas declaraciones respecto a la mayor tragedia ambiental acaecida en las costas de la península, el hundimiento del carguero Prestige y su posterior vertido de crudo al mar, que él definió como “unos hilillos, cuatro regueros casi solidificados con aspecto de plastilina en estiramiento vertical”. Las tareas de limpieza duraron años.

Mariano Rajoy Brey realizó el servicio militar de joven, aunque ya bastante mocico viejo. “Después de varias prórrogas por estudios, hice el servicio militar en Valencia como soldado raso”, declaró. “Me destinaron a la Capitanía General y tras preguntar cuál era mi oficio -registrador de la propiedad, dijo- me destinaron al servicio de limpieza. Limpiaba las escaleras mañana y tarde, con gran esmero y pulcritud. Pasé catorce meses de mi vida haciendo trabajos de limpieza en Valencia”.

Años después, ni Valencia parecía un edén resplandeciente ni se vio a Mariano Rajoy entre los miles y miles de voluntarios que conformaron la marea blanca que se esforzó por dejar las costas gallegas más habitables y con menos chapapote.

Arriba el telón

Hoy, primero de mayo, se celebra el Día de los Trabajadores. Esto es así porque en 1886, en esa fecha, el movimiento obrero convocó una huelga general en Chicago, en el estado de Illinois, Estados Unidos, para reclamar mejores condiciones laborales y jornadas de ocho horas, en un contexto fabril de explotación capitalista desorbitada y de represión de cualquier descontento, especialmente si tenía raíz anarquista, cuya fama dinamitera -creada para alimentar el monstruo de la violencia- hacía temblar a los poderes fácticos, que no se andaban tampoco con chiquitas, con el apoyo de fuerzas policiales y parapoliciales. La huelga se propagó por todo el país, pero tuvo el epicentro de las movilizaciones y el conflicto en la llamada ciudad de los vientos, donde durante varios días se alargó la revuelta, que culminó con la masacre de Haymarket del 4 de mayo. Tras los sucesos, explicados ya aquí con anterioridad, fueron detenidas las 8 personas que a la postre serían conocidas como los «mártires de Chicago».

Poco después, una vez detenidos los presuntos cabecillas de los trabajadores (no sin polémica), antes de ser ni siquiera juzgados (aunque todo fuese finalmente una pantomima), uno de los empresarios teatrales más reputados de la ciudad, con gran ímpetu moralizador, dirigió por carta a las autoridades y al juez encargado del caso la siguiente propuesta: «Teniendo en cuenta que ocho de los procesados serán condenados a muerte y que las ejecuciones costarán por tanto al estado la cantidad de 4.000 dólares, me ofrezco a ahorcarlos yo, durante ocho noches consecutivas, en mi teatro, sin retribución alguna». Según tenía previsto el ahorrativo patriota, la obra que iba a estrenar requería en escena una ejecución capital…y el monigote de pega que caía del patíbulo no quedaba suficientemente auténtico: mejor si ponían un anarquista de carne y hueso cada noche de espectáculo, temblando y hasta el último estertor de vida. Además, el morbo era negocio (como ahora), sería un castigo ejemplar para los fastidiosos asalariados (con sus dichosas reivindicaciones), la burguesía y el empresariado local se refocilarían de gusto y no habría que recurrir mucho a la ficción para los efectos especiales. Obviamente, la intervención como extra del verdugo oficial estaba garantizada y se reservaría asimismo un palco del recinto durante las ocho noches a todos los agentes y prohombres encargados de dar fe del cumplimiento de la pena. La insólita y melodramática propuesta del emprendedor que, entre candilejas, creaba pérfida riqueza, no obstante, fue rechazada. El teatrillo y la farsa continuarían por los cauces habituales de la judicatura: cuatro de los reos fueron colgados de una soga hasta la muerte, uno se suicidó en la cárcel (en misteriosas circunstancias) y los otros tres fueron liberados años más tarde, tras demostrarse la patraña en la que se basaban las acusaciones en su contra.

La dieta del dragón

La asamblea de dragones, reunida junto al ciprés sagrado, había decidido por unanimidad ir a la huelga. Los dragones no querían comer más carne humana (ni de otro tipo) por miedo a contagiarse…y se habían plantado. Eran la peste estos humanos, fuesen vasallos o reyes, princesas o caballeros. Más de un dragón caía cada año para satisfacer las necesidades de los creadores de leyendas. Mucha sangre derramada a través de los siglos y demasiados rosales esparcidos en el valle, amén de estigmas y estereotipos nada gratos para la especie. Ellos ya eran pocos (unos cientos), pero no cobardes. Así las cosas, elaboraron un texto con sus demandas. Las principales, que los dragones no muriesen al final del cuento y que no sufriesen, que pudiesen vivir una vida plácida cultivando la tierra, en sus huertos, hasta el fin de sus días y, sobre todo, que no tuviesen que ingerir personas, que daban asco y eran veneno puro para sus entrañas, lo que les provocaba fiebre, vómitos y fuertes cagaleras. Fijados los objetivos, esperaron al 23 de abril, fecha clave de gran circulación de jinetes santos y amoríos, para hacer más presión y llevar en manifestación sus reclamaciones a los cuentistas. Entre grandes llamaradas procedentes de sus hocicos, los dragones se desplazaron desde sus cuevas hasta el ciprés sagrado y, desde allí, hasta el feudo de la fábula, aplaudiendo las soflamas que salían del megáfono de la cabecera. Llegados a su destino, registraron sus propuestas ante la patronal de literatura y fantasías diversas, que consideró un ultraje la acción “violenta” de los dragones, que se sentaron en la plaza y se cruzaron de alas. No tardaron en salir princesitas que solicitaban ser devoradas. Luego, unos caballeros con lanzas y espadas estuvieron intimidando y retando a los manifestantes, a lomos de hermosos corceles. Pero nada. Los dragones no picaron el cebo y aguantaron bien, aunque se produjo alguna que otra escaramuza y se quemó un contenedor de un resoplido mal dirigido. Los cuentistas, entonces, tras tomar una pócima de mándragora, propusieron a los dragones participar en los relatos con gel hidroalcohólico en las garras. Los dragones se tomaron a mofa dicha oferta y gritaron al unísono “Veganismo o barbarie”.

Poco después, fue la barbarie la que triunfó: los dragones fueron hostigados, masacrados y narrados con furia y ensañamiento en las próximas andanzas del medioevo y en los nuevos capítulos de la novela de caballería, obligados a achicharrar y meterse en sus fauces a tutti quanti, niños, jóvenes, maduros y viejos; cabritos y ovejas, hombres y mujeres. Los pocos dragones que resistieron no encontraron nunca más trabajo porque fueron inscritos en listas negras o fueron borrados para siempre, viéndose en la tesitura de comer verdín y coliflores en la clandestinidad. Al fin y al cabo, colorín colorado, nada más humano que un cuento.

La herencia del maltratador

Encarnación Rubio barría las calles de la ciudad, en la urbanización El Ventorrillo, en Cúllar-Vega, Granada. Estaba en trámites de separación de Francisco Jiménez, su expareja, que tenía en aquel momento una orden de alejamiento judicial por agresiones y por haberla amenazado de muerte. Habían tenido tres hijos en común (uno recién fallecido en un accidente de tráfico) y las cosas iban muy mal entre ellos, drama tras drama. Francisco, una mañana de marzo de 2004, cogió el coche, buscó a Encarnación por la urbanización donde trabajaba y, cuando vio a su víctima a tiro, la atropelló a gran velocidad, proyectándola contra un muro. Encarnación, con gran esfuerzo, logró levantarse de la primera embestida. Pero Francisco no tenía bastante y la volvió a atropellar. Luego, le pasó el vehículo hasta tres veces por encima, para asegurarse el tanto, o sea, la muerte, con sumo ensañamiento. Un anciano cercano trató de defenderla y también fue arrollado, saliendo herido. Nada pudieron hacer ya los servicios de emergencia por Encarnación. Descanse en paz. Francisco fue detenido y condenado a prisión, donde murió dos años después por una enfermedad infecciosa. Los recibos que quedaban por pagar del coche que se utilizó de arma para asesinar a Encarnación fueron abonados íntegramente por su hija, Sonia, también barrendera, que, con riesgo de embargo, se tuvo que hacer cargo de todas las deudas que heredó del canalla de su padre.