El incendio

No había vigilancia en aquel momento. Eran las cuatro de la madrugada. Alguien, sigilosamente, entró en las instalaciones de la empresa pública de recogida de residuos y limpieza viaria de la ciudad de Terrassa, Eco-Equip, y prendió fuego en tres puntos distintos. Conocía perfectamente cómo y dónde hacer pupita. Siete vehículos fueron totalmente calcinados, los más modernos, los recientemente adquiridos por el ayuntamiento para mejorar la prestación del servicio de saneamiento urbano. El incendio no fue controlado por los bomberos hasta las siete de la mañana. Al ser intencionado, la agencia de seguros no cubrió los daños del siniestro. Durante semanas, se tuvo que recurrir a vehículos venidos de Sant Cugat para recoger los residuos de Terrassa. Poco tiempo después, la empresa lanzó una licitación para la compra de cinco camiones de recogida de basuras, una cuba de riego y dos barredoras. Ocurrió en 1988. Nunca se halló al culpable o a los culpables del incendio.

La dimisión del alcalde de Madrid

En abril de 1927 dimitía el por entonces alcalde de Madrid, ya que un barrendero de la ciudad que tiró basura en un lugar “inapropiado” para ello -según los cánones de reciclaje de la época- había sido castigado con tres días de arresto por orden del Gobernador Civil de la provincia. Como el alcalde consideraba que los asuntos disciplinarios del barrido y la limpieza urbana eran competencia suya y no de otra administración o cargo público, presentó su dimisión irrevocable y dejó la vara de mando al siguiente macho alfa. Ese, el de jurisdicción sobre el barrendero, fue el único motivo que alegó el susodicho alcalde, Fernando Suárez de Tangil, a la sazón conde de Vallellano, para abandonar la máxima autoridad de la capital de España.

Un hombre, por lo que vemos, con mucho orgullo, pero cuya limpieza, entre otras cuestiones, quedó empañada por su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, con la Francisco Franco, con el que llegó a ser ministro de obras públicas, un terreno muy pantanoso.

La hora del té

En 1973, en el condado de Yorkshire, en Inglaterra, tierra de grandes hábitos y tradiciones, en un paso a nivel, un tren expreso arrolló y partió en dos mitades un camión de basura, cuyo conductor, que quedó bastante maltrecho, fue localizado después a unos doce metros de distancia de la cabina. La colisión, además del salto estratosférico del conductor, provocó el descarrilamiento del expreso y varios heridos más entre los pasajeros.

Harry Featherstone, el guardabarreras encargado del paso, se había descuidado un pelín de su labor porque estaba tomando el té y se le había ido el santo al cielo con su exquisito sabor. Eso declaró en el juicio que se celebró a posteriori. Fue absuelto de todos los cargos, británicamente.

El risueño guardián

Roy Jay Glauber (1925-2018) fue un reputado científico y profesor de la prestigiosa universidad de Harvard, en Estados unidos. En el año 2005, junto a otros colegas, recibió el Premio Nobel de física por su contribución a la teoría cuántica de coherencia óptica. No obstante, según decía, ser el “Guardián de la Escoba” era su cargo más distinguido, pues durante años fue el encargado de barrer con dicho instrumento de limpieza el escenario –donde el público arrojaba aviones de papel- de los “innobles” premios Ig Nobel, otros premios de relumbrón pero a contracorriente otorgados desde 1991 a las investigaciones, tesis y materias más descacharrantes, absurdas, irrelevantes, cómicas y extrañas, que vale la pena repasar para echarse unas buenas carcajadas. Fue Roy, pues, como dice el dicho, un barrendero que siempre iba riendo por la vida, un cachondo en el mejor de los casos, pese a sus sesudos quehaceres cotidianos enfocados al estudio.

El voto en libertad (y liberal)

Me comentan que unos mercados piden y piden reformas, sin identificarse. Me comentan que esto es insostenible, una ruina. Me dicen que hay que recortar, cercenar, desmantelar, pasar por la picadora, triturar, machacar, moler a palos, cortar por lo sano. Me cuentan que el futuro depende de nuestros ajustados cinturones, que hay que podar, talar, acabar con la cultura del todo gratis, con el desbarajuste de los organismos públicos, de las empresas públicas, de los públicos amamantados, de todo lo público, horrendo y criminal. Porque da asco el bienestar y su estado y sus lactantes, tragaldabas, los reyes del saqueo. Me comentan que hay que recortar, indefectiblemente, que esto no se mantiene, que estamos subvencionado a vagos, a parásitos, a chupatintas, a malcriados, a lo más bajo del lumpen, a gentes exangües y satánicas, a inmigrantes y aprovechados, a mendigos y desclasados atajasolaces. Y las muchedumbres del consumo consentido, no manipuladas, me confirman lo mismo, a pies juntillas, con la inestimable colaboración de una muy patriotera (presuntamente) propaganda. Me informan, muy a menudo, de esas nefastas políticas sociales para desplazados y nadies, un colador de dinero, un impedimento para los que buenamente intentan crear riqueza, filántropos emprendedores, preocupados por tu salud y por el interés general. Me convencen de que yo nunca he hecho algo realmente bueno. Me dan clases de economía, sin sesgo, en las que aprendo sobre la verdad irrefutable de la libre y libertada libertad liberal, sin ataduras ni esclavos, donde cada uno tiene lo que se merece, libremente, con independencia de su origen de oferta y demanda. Me gritan que ya está bien, que no me queje, que pague lo que les debo, que son ellos los que me mantienen, los que me organizan, los que me dan de comer, los que asumen el riesgo, los que se mojan por mí. Me suben, con buen criterio, la factura de la luz, el agua, la leche, la leche en vinagre, el pan, las migajas. Me dan la oportunidad de estarles agradecido, de saber cuál es mi sitio, mi lugar, mi auténtico significado humano. Me comparan con esos pobres que están peor que yo, con los que esperan detrás, con los que ya quisieran tener mi suerte, con los que acabaron fatal por protestar, con esos presuntuosos sectarios y anacrónicos.

Me inoculan el miedo: pronto te despediremos, pronto te rebajaremos el sueldo, pronto te meteremos en cintura, pronto te vas a enterar (y recuerda que tienes dos criaturitas). Y vendrán otros, mejores y jóvenes, que lo harán mejor, a mejor precio, en mejores idilios mercantiles, más alegres y chulos. Me demuestran que los desempleados lo están porque lo desean, que no están dispuestos a ensuciarse los anillos. Me aportan las pruebas definitivas, científicas, de tramposas bajas médicas (casi la totalidad). Porque ellos pagan el coste, que es una sangría, que están crucificados, que alargamos más la manga que la mano, que estiramos el chicle todo lo que se puede…y se romperá en breve. Me comentan que así no vamos a ningún lado, que ellos no son las hermanitas de la caridad, con tanto abuso y tanta lagrimita, que ellos también tienen problemas, que no quieren problemas, que quieren soluciones, que pilotan ese barco y van rectos al puerto, que donde manda patrón no manda marinero. Me comentan que hay trabajar más y cobrar menos, ser competitivos, poner toda la carne en el asador, apretar los dientes, implicarse, dar del do de pecho, apoquinar por los vicios, formarse privadamente, con un par, mientras, eso sí, nos cargamos los recursos, el planeta y el entorno a ritmo de centella, que es lo que mola y lo que pide el cuerpo y el carpe diem:ya gestionarán otros los desechos, si acaso.

Y sé que tienen razón, la verdad, por supuesto, pero de tanto en tanto llego a dudar de la mercancía que configuramos y pienso que están equivocados. Y pienso, a veces, que igual se podrían ir todos juntos un poquito a la mierda (bien pastosa). Y que más libre sería yo, incluso, si no existieran esos energúmenos dando la turra para que encima votemos ahora y siempre a sus malditos representantes, cuya acción lo convierte todo en un vertedero donde las flores no aparecen ni por asomo.

El Mesías, los Bee Gees y las togas andaluzas

Jesús de Nazaret, cuentan, fue juzgado por el Sanedrín judío y, posteriormente, por el prefecto romano Poncio Pilato, que se lavó las manos cuando, finalmente, le mandó con la cruz a cuestas hacia la muerte. El evangelio de Lucas reproduce la conversación entre Jesucristo, tradicionalmente representado como un flaco con melenas y barbas, y los dos ladrones que le acompañaban, a derecha y a izquierda, cuando fue crucificado en el Gólgota: Dimas, el ladrón bueno que se arrepentía de sus pecados, y Gestas, el malo, muy faltón, exigente, impío y chabacano éste para estar clavado por sus extremidades en un madero. Después de beber vinagre, Jesucristo, con gran talento para la resurrección y cuyas artes sanadoras eran archiconocidas, prometió a Dimas, recuperado en la cruz para la causa santa, llevárselo con él al Paraíso, un sitio chachi, celeste y sobrenatural.

Casi dos mil años después, más o menos, todas las discotecas chachis tenían bolas de espejo en el techo y ponían música bailonga de los Bee Gees, los de la fiebre nocturna del sábado. Barry Gibb, otro barbudo melenudo y larguirucho, se situó en el centro de otros dos tipos, hermanados los tres, y condujeron al paraíso a millones de marchosos danzarines, que, en éxtasis, podían beber vinagre, güisquises de garrafón y aun peores mejunges. Según un estudio científico imprescindible, célebre en el mundo de las emergencias médicas, uno de los grandes éxitos del grupo, la composición Stayin’ Alive, tiene un ritmo prácticamente perfecto para llevar a cabo las maniobras de reanimación cardiopulmonar a los que sufran un infarto de miocardio o parada cardíaca. Los Bee Gees resucitaban a los muertos y sabían –Too Much Heaven– lo difícil que resultaba alcanzar el cielo eterno.

En las tierras andaluzas, donde se tiende más a la saeta, a finales del siglo XX después de Cristo, algún magistrado se interesó especialmente por el proceso al llamado Rey de los Judíos. Así, en 1990, Eduardo Rodríguez, a la sazón juez de la Audiencia Provincial de Granada, dictó una sentencia en la que absolvió a Jesucristo, “alias el Nazareno”, de los delitos de blasfemia, rebelión y sedición por los que fue condenado y crucificado. Según estableció el magistrado, en el “antiguo procedimiento se siguieron los trámites de un ordenamiento jurídico involucionado que no tuvo en cuenta la esencia y condición del hombre”. La sentencia explicitaba que no procedían “costas judiciales materialmente apreciables pero sí cuantiosas espirituales, que por voluntad del acusado se repartían a los hombres de buena voluntad y los más débiles necesitados y marginados, todos hijos de Dios”. Ya en el siglo XXI, también después de Cristo, otro juez, este de Jaén, José Raúl Calderón, autor del libro Proceso a un inocente: ¿fue legal el juicio a Jesús?, siguen la brecha de las investigaciones. Un análisis pormenorizado de lo presuntamente acontecido y del Derecho de aplicación hace miles de años llevaba al magistrado jienense a afirmar que “lo lógico sería la nulidad del proceso y su inmediata puesta en libertad o su absolución por falta de pruebas”. Lo lógico, lo jurídicamente lógico, se entiende.

Desde luego, se agradecería que ciertos personajes patrios de lo divino aparcaran la religión aunque sea un ratete y se dedicaran, entonces, a bailar al ritmo redentor y revitalizante de Stayin’ Alive, sin rasgarse tanto las vestiduras ni clamar al cielo porque se remueva otro pasado, más reciente, fraticida y mucho más mundano. Algunos inocentes perjudicados, menos mesiánicos y aún no redivivos, mostrarían su satisfacción y, con administradores de justicia en sus cabales, hasta el buen ladrón podría salir beneficiado.

República (triste) de barrenderos

barrenderos

A Alfonso XIII (1886-1941), bisabuelo de nuestro Felipe VI, le gustaba decir que “hubiese sido feliz siendo un simple barrendero de la Puerta del Sol”. No obstante, nunca barrió las calles con carrito, capazo y escoba, al menos en el sentido literal, que se sepa. Apoyó, eso sí, la draconiana dictadura de Miguel Primo de Rivera y quiso, luego, rectificar, hacer como si nada y salir airoso por la senda constitucional, como alguno de sus antepasados más felones. No lo consiguió: las borbonadas estaban ya muy vistas, aunque después vendrían otras de mucho más empaque y jugo (aunque esa es otra historia). Cuando se plantearon elecciones municipales, el 12 de abril de 1931, éstas se consideraron como un plebiscito entre monarquía y república. El triunfo de las fuerzas republicanas en las principales capitales de provincia y en numerosas villas frente a los monárquicos alfonsinos llevó a la proclamación de la II República en España…y Alfonso partió lejos, rumbo al exilio, a vivir desarraigado de hotel en hotel, de país en país hasta morir en la Italia fascista, donde no sufrió hambrunas ni tuvo que vestir –¡snif!- uniforme de operario de limpieza urbana.

El 14 de abril de 1931, el mismo día de la proclamación de la II República, los barrenderos de Madrid desfilaron contentos, en gran algarabía y con sus útiles de trabajo por las principales calles de la ciudad cantando una cancioncilla sobre el reciente rey destronado: “Que no se ha ido, que le hemos barrido, que no se ha marchado, que le hemos echado”.

Menos contentos estuvieron cuando, pocos años después, finiquitado el sueño republicano por un golpe de estado y una cruenta guerra civil, los sanguinarios franquistas –que a la postre legitimarían de nuevo lo borbónico a través de Juan Carlos I- decidieron purgar incluso a la plantilla de barrenderos de la capital, fusilando a unos cuantos de ellos, mandando a campos de concentración a otros tantos y represaliando a los que creían que aún tenían ganas de juerga. Y la Puerta del Sol, mientras tanto, siguió sin barrerse regiamente.

El tránsito de la cartonera

Cuarentona y madre soltera, afrobrasileña y pobre de solemnidad, en los años 50 del siglo XX, Carolina María de Jesús recogía cartones, chatarra y otros residuos de las calles para luego venderlos y alimentar, así, a sus tres hijos. Era una catadora, esto es, una recicladora informal de basura. En sus escasos ratos libres escribía un diario de su vida y la de sus convecinos en la favela Canindé de São Paulo, donde habitaba, en una chabola de lo más precaria que ella misma construyó. Para confeccionar el diario, con textos punzantes de enorme crudeza pero de estilo muy pero que muy sencillo, utilizaba los papeles que encontraba por ahí, que luego cosía con mimo en un cuaderno. Carolina María de Jesús aprendió a escribir de chiripa y de forma paupérrima -no era normal que personas como ella, negra y de familia humilde, hubiesen recibido en su época ningún tipo de educación- y leyó mucho en la biblioteca de la casa donde trabajó anteriormente como empleada doméstica. En 1960, la descubrieron y logró publicar su diario Quarto de despejo (Cuarto de desecho), que rápidamente se convirtió en un éxito de ventas y fue traducido a varios idiomas. Salió de la favela y de las estrecheces económicas, de momento. Entonces, fue repudiada por menesterosos (por traidora) y por círculos intelectuales y con posibles (por desclasada, exótica y carente de valor). Dejó la basura para dedicarse exclusivamente a la escritura y la poesía. En sus últimos tiempos, pasado el éxito editorial que la catapultó, olvidada por completo, volvió a una favela y algún que otro cartón tuvo que recoger para subsistir. Murió en 1977.