El vengador tóxico

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En Tromaville,“capital mundial de la química tóxica”, se almacenan millones de residuos venenosos y sustancias químicas radiactivas. Hay basura por doquier, muchos criminales, muchos cabronazos, muchos pistoleros de gatillo fácil y corruptos de primerísima, con un alcalde seboso al frente que es un hideputa completo, un calavera que no deja vicio en la trastienda, rodeado siempre de matones y conejitas ligeras de ropa. Esa es la ciudad en la que vive Melvin, un joven escuchimizado, torpe y pazguato que trabaja limpiando retretes y fregando suelos de un gimnasio. Melvin es un cenizo que no da pie con bola. La fregona la mete en los lugares más inoportunos y siempre se hace una maraña con ella y con el cubo.“Ese tío es un tipejo: no sabe ni fregar”, le espetan. Los clientes cachitas y las macizorras del gimnasio, todos más malos que la bicha, se burlan continuamente de él y le toman el pelo porque consideran que es un débil y más tonto que mear a barlovento. Un día le preparan una buena, una broma peligrosa: engañado, el joven enclenque, ataviado con un minúsculo tutú rosa, besa a una oveja en los morros. Cuando esto ocurre, todo el mundo se descojona en su jeta con inquina y Melvin, ahíto de vergüenza, se acaba tirando por una ventana del edificio. Cae, curiosamente, dentro de un barril de residuos fétidos, viscosos, nocivos y burbujeantes, donde se achicharra. Por lo que sea, el contenido del barril no le mata sino que le transforma: se convierte automáticamente en un monstruo terrible y amorfo, en el monstruo de la fregona, con fuerza y poderes sobrehumanos. Se convierte en “el primer superhéroe de Nueva Jersey”, en un justiciero deforme, con forúnculos. Desarrolla “un instinto básico de destruir la maldad”, de nutrida víscera, a degüello.

Toxie, el nuevo Melvin, el monstruo, se venga por fin del mundo cruel: se instala pulcramente en un vertedero, se enamora de una ciega, se va de picnic con la chica, es capaz de comerse 800 huevos fritos de una tacada, baila al ritmo del hula-hoop, salva a un bebé, ayuda a los abuelos a cruzar las calles y desenrosca las tapas atascadas de los tarros de vidrio…También, en sintonía, se dedica a limpiar las calles de delicuentes y de chusma contraindicada, machacando las cabezas que haga falta en su camino y consiguiendo, al mismo tiempo, un fantástico índice de popularidad: a veces las masas son ciertamente biliosas. Sus nobles principios no admiten discusión. Él mismo los proclama ante los villanos: “Decidles a los de vuestra ralea que las cosas van a cambiar en esta ciudad. Y no estoy hablando en broma”. Así, Toxie, se carga sañudamente a los que atropellan a los niños en bicicleta, a los gamberros que roban y golpean a indefensas ancianas, a las bandas de navajeros que atracan en los restaurantes, a los violadores de bragueta automotriz, a los proxenetas infantiles, a los que maltratan a los perros lazarillo, a los abundantes polis que trafican con droga, a los que – sin la más mínima sensibilidad ambiental- especulan con los depósitos de desechos, a las autoridades que abusan arbitrariamente de su poder, etcétera. Toxie no olvida nunca sus orígenes y suele dejar en sus difuntos un inequívoco sello de autor: les coloca encima una fregona.

Lejos de Nueva Jersey no se conoce todavía la existencia de mutantes con las características de ese monstruo. Pero El Vengador Tóxico, una película de culto (escatológico) y bazofia paranormal –con varias secuelas-, podría perfectamente haber situado la acción en las inmediaciones de Terrassa porque, en las cosas del fregar, esta población tiene una importancia capital e histórica. La criptozoología y los cálculos de probabilidad así lo confirman: en Terrassa se creó la llamada Mery, aquella fregona de palo con su original sistema escurridor en la cubeta. Gracias a la contribución de Joan Gunfaus, inventor, pionero, fabricante de fregonas e impulsor de su uso, éstas se expandieron por el territorio y por el mundo, liberando a las rodillas de posturas fatigosas y optimizando el rendimiento de las pasadas. En Terrassa, pues, existía un aventajado potencial de esos utensilios de limpieza, susceptibles de distintivos monstruosos. Humillados lacerantemente nunca han faltado en la ciudad de las personas, vengadores pueden encontrarse en catálogo, lo jocoso aquí siempre ha sido muscular y basura, claro, de haberla hayla, quizás en demasía.

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El abrazo real de un barrendero

(Dedicado a Corinna)

El rey y Franco

Juan Carlos Emeterio Cuesta era barrendero cuando Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, nuestro sempiterno monarca campechano y casi republicano, ahora emérito, visitó Euskadi a principios de febrero de 1981, aquel mes convulso de tricornios en el parlamento de la “joven democracia”. El Borbón se administró un buen baño de masas a la vasca -¡glups!- y cantó “Desde Santurce a Bilbao” mientras la Sofi, perfecta sonrisa humanitaria, daba palmas y solicitaba con brío la intervención melódica del acordeonista. Fue un viaje estupendo para nuestra humilde realeza, sin grandes contratiempos y de gran prestigio. En la Casa de Juntas de Guernica, por ejemplo, el monarca juró los fueros y las libertades… y supo hacer frente con “fe en la democracia y confianza en el pueblo vasco” a los rencorosos intentos de boicot de los que “practican la intolerancia”. Los aplausos atronaron: se ganó casi todas las orejas de los morlacos. Durante la visita a Bilbao y a sus alrededores, el rey, como acostumbraba, volvió a ser uno más del pueblo, el más sencillo, el más simpático, una bellísima persona. Allí, entre los admiradores rendidos al dechado de virtudes borbónicas, estaban Juan Carlos Emeterio y su mujer. Juan Carlos Emeterio había hecho la mili en el buque el “Saltillo”, propiedad del Conde de Barcelona (Don Juan de Estoril), y había conocido al rey cuando éste era un mocoso (real). Cuando Juanqui lo supo, gracias a la mujer del tal Emeterio, no dudó en abrazar sincera y acaloradamente al barrendero: eran tal para cual, tocayos, compinches a la pata llana, bajo la misma corona. Seguidamente, con la alegría del reencuentro, el rey, animoso facilitador, hizo las debidas presentaciones ante su celebérrima familia. Así las cosas, Juan Carlos Emeterio conoció, in situ, a Felipito, por entonces Príncipe de Asturias, y a la reinona Sofía, griega de España.

Pocos días después, Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, adornado con supermedallas militares, tuvo que emitir un comunicado en televisión a altas horas de la madrugada condenando un golpe de estado en el que él, según se nos cuenta, no tenía nada que ver. Los monarcas ochenteros eran así, casi barrenderos, se reciclaban y limpiaban, con un golpe de efecto, su conciencia y la conciencia democrática de todo el Estado (de las autonomías) si era menester. No hay duda: un campechano nunca da sus abrazos en vano.

La justicia del humor

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En el año 2008, Nicola Lococo fue juzgado por la Audiencia Nacional, por injurias graves al rey, tras publicar un artículo en el que se mofaba de las embriagadas cacerías del ahora emérito monarca campechano. Todavía no se había producido el famoso viaje de Don Juan Carlos I para matar elefantes en Botsuana (ni tampoco su abdicación en favor de Felipe VI). La cosa, entonces, no iba de paquidermos, sino de osos y de osos, como Mitrofán, con presunta cogorza. Nicola Lococo se enfrentaba a una multa de miles de euros por el supuesto delito de llamar, entre otros crueles palabros, “mequetrefe” y “soberano irresponsable” al Jefe del Estado, que por entonces no pedía perdón con facilidad después de un sangrante desplazamiento de ocio. Finalmente, Nicola fue absuelto de los cargos que se le imputaban. No hay que extrañarse, pues él mismo desplegó toda su verborrea de defensa durante el desarrollo del litigio: recitó versos, enseñó libros, citó a grandes autores de diferentes épocas y corrientes literarias, habló de su interés por el panda Chu-lin del zoo de Madrid, explicó que hasta los seis años se crió junto a un osito de peluche del que se separó definitivamente cuando lo vio cogido con pinzas al salir de la lavadora, que la tradición de honrar la figura del oso era común entre los reyes merovingios y que los soberanos europeos y las dinastías posteriores, especialmente desde que Carlomagno ascendió al trono, han intentado exterminar a ese noble animal para sustituirlo por leones -ajenos al viejo continente- en emblemas, banderas y escudos de armas, tratando de borrar cualquier vestigio anterior a la deslealtad y usurpación carolingia, apoyada por la iglesia católica. “No es casualidad que los borbones se dediquen a cazar osos”, expresó en la vista oral. La sentencia dictada por el juez, que definió la exposición de Lococo como “estructuralmente delirante”, recoge el siguiente párrafo sobre su intervención: “Recuérdese que este individuo ha comenzado por proclamarse oso, con vinculación desde generaciones anteriores a esta especie y antimonárquico tanto por la matanza de niños realizada por el Rey Herodes, como al descubrir de la falsedad de los Reyes Magos, explicando su especial furor cuando se enteró del hecho, en que se conjugaba el binomio oso/rey. Su discurso a lo largo de todo el juicio, que no ha sido corto, se ha mantenido en el mismo tono por lo que se van a ahorrar más consideraciones, a falta de informe de especialista médico-forense sobre la personalidad del acusado”. Ni que decir tiene que cuando Nicola soltó ante el tribunal la frase shakespeariana “Algo huele a podrido en Dinamarca”, la justicia probablemente se tuvo que aguantar la risa. Aunque sólo sea por eso, Lococo me parece un hombre de lo más respetable y un gran conocedor de las prácticas de la dama ciega y del entramado jurídico, judicial y procesal que la visten. Un tipo de esos que a veces nos acerca a la verdad de las cosas, que nos puede revelar su auténtica esencia desde el disparate erudito.

PD- Por cierto, para disparate nada erudito, diez años después, en 2018, la condena de  años de prisión a un rapero, Valtonyc, por su música -mala- y letras -aún peores- pero que entran dentro de la libertad de expresión, aunque se metan un poquito con la monarquía.

Recursos inhumanos

El Estatuto Básico del Empleado Público, vigente desde abril de 2007, hace ya unos añitos, establece en su disposición adicional primera los principios que deben aplicarse a todas, todas, las entidades del sector público. El Ministerio de Administraciones Públicas del gobierno central publicó, unos meses después, los criterios para la aplicación de dicho Estatuto Básico en la Administración Local, dejando claro (punto 1.3) que los principios rectores para el acceso al empleo público tienen que garantizarse necesariamente en todas las sociedades mercantiles en cuyo capital social participen total o mayoritariamente las Entidades Locales. No en vano lo público, se afirma, es cosa de todos…y la sociedad -¡atchús!- solicita respeto y compromiso, con luz y taquígrafos.

Anteriormente, existían otras normativas y criterios, si bien, en teoría, la incuestionable exigencia moral de la ciudadanía en democracia, desde siempre, es la de objetivar los procesos selectivos y la promoción del personal al servicio de cualquier entidad constituida mayoritariamente con capital público, incluso las que se rijan en sus actuaciones habituales por el derecho privado. No tener en cuenta los principios rectores de aplicación necesaria en dicho ámbito sería huir del derecho administrativo y de máximas democráticas e igualitarias, amén de ir en contra de la profesionalidad debida, de la función social de lo público y de la consecución, como objetivo, de los mejores recursos posibles, con las mejores plantillas. Eso, al menos, es lo que se dice y se alienta, aunque sea desmentido en la práctica por múltiples casos de opacidad. Hay entidades y empresas públicas que todo lo ensucian y que ya han tenido problemas por saltarse a la torera los principios constitucionales de publicidad, igualdad, capacidad y mérito, con sistemas propios de cooptación, que no garantizan la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos ni, por supuesto, un personal satisfactorio, apto, competente, calificado e implicado con el bien común. Enchufismo, amiguismo, clientelismo, nepotismo, etcétera, son lacras difíciles de erradicar. La cosa empeora si los responsables de controlarlas se las pasan por el forro, traicionando a los que les sientan en sus bonitas sillas, en vez de actuar bajo el imperio de la ley que les consagra y/o del poder representativo y delegado que, presuntamente, se les otorga bajo formas democráticas instauradas. La reparación del daño causado, para estos responsables irresponsables, consiste en perseguir y criminalizar a los que denuncian los abusos, en culpar a las víctimas, en jalear a los matones, en prometer que jamás volverá a pasar (como hicieron la última vez que pasó), en quitar hierro a sus desmanes, en hacerse el sueco, en comadrear por los pasillos, en intercambiar favores y cromos, en ofrecer un trocito del pastel, en bañarse en demagogia, en flipar pepinillos con el expediente previo y las abundantes recomendaciones del seleccionado (fraudulentamente), en proponer nuevos sistemas -perfectamente manipulables- para seguir haciendo exactamente lo mismo con los mismos, en poner sobre el tapete planes y estudios de supuestos especialistas externos que, vendidos pérfidamente a su desleal postor, sin sonrojarse, en bello envoltorio, desvían el tiro y concluyen que lo negro más negro es blanco nuclear y prístino, científicamente, con la garantía acreditada de los técnicos (de la falacia y de la hipocresía). No dudan estos individuos, tipos chungos y ventajistas, en solicitar apoyos que incriminen a otros, en firmar documentos que indiquen que hubo consentimiento de distintas partes, en blandir la urgencia de la decisión, en mentir por costumbre y, sobre todo, en naturalizar las irregularidades, la corrupción y las corruptelas. También, cómo no, se empeñan en rebuscar en la historia ajena y en apuntar a las trincheras de enfrente, que siempre, claro, esconden a la peor soldadesca. La consecuencia: aunque floten en mierda caldosa, aunque la sinvergonzonería sea evidente y no se pueda ya ocultar, se van de rositas a dormir a pierna suelta en su cama, tan panchos, manteniéndose en su privilegiada atalaya de impunidad, con fe ciega en los pasajes turbios y en la cleptocracia que les sirve de malla, contando fantásticos borreguitos saltarines…y, oye, próximamente, ya con apariencia de absoluta imparcialidad e incluso luciendo un espléndido galardón de pulcritud en el lomo, metemos a quien nos dé la gana: que no, que no me olvido de tu hija. Afortunadamente, supongo, existen personas honestas que abominan de conseguidores, caciques, tiranillos, rastreros, patrimonialistas de institución, favorecedores inmotivados y caprichosas hadas madrinas de su propia gente; personas que no comulgan con un entorno podrido y amoral de vasallaje, que no se tragan las malas “buenas intenciones” ni las perversas lágrimas de cocodrilo, que no confunden lo público con el chiringito privado, que no menosprecian cínicamente sus obligaciones sociales, que no ocultan los ultrajes por electoralismo o por interés corporativo, que no negocian con otros agentes el sometimiento a la arbitrariedad. Personas, al fin y al cabo, que saben decir que no a las cabildadas más dañinas para una organización pública.

Muchas y monas pertenencias

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Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) es, en gran medida, una película documental de basura exquisita, aquella de la que no es fácil desprenderse. Narra la historia de una mujer, Julita, que se come la pantalla en cada aparición, como galleta mojada en leche caliente (pero con sacarina). Su familia tampoco es moco de pavo. Delirante, surrealista, anecdótica y cómica hasta las trancas (a veces involuntariamente), la peli es altamente recomendable. Otros espacios y otros lugares les enseñarán de qué va y cuál es el hilo conductor, las vértebras por así decirlo del proyecto de Gustavo Salmerón, el director y uno de los hijos de la protagonista. Aquí nos centraremos en la objetología y en los muchísimos trastos que aparecen en el film, en la relación que mantienen con lo sentimental. Un castillo repleto de enseres, muebles, bártulos, cuadros, retratos, cajas, pinturas, muñecas, armaduras, vestidos, herramientas, estatuas y mil y un cachivaches amontonados, clasificados (al tuntún) y sin clasificar. Julita tiene que enfrentarse, por un golpe económico, a una decisión difícil: tirar o no tirar las cosas. Ella es partidaria de no deshacerse de nada porque cada objeto está vinculado a un recuerdo o a una energía del pasado. En realidad, para ella, lo telúrico y lo espiritual se imbrican a través de los objetos, por lo que pospone la conversión en residuo definitivo. Todo puede servir para algo, todo es potencialmente útil y, en tanto que útil, merece ser guardado. Lo que, en principio, pareciere algo positivo (al no reducir, no reutilizar ni reciclar absolutamente nada) se convierte en acaparamiento innecesario y en un auténtico vertedero mal gestionado. Su concepción apoteósica del no residuo dista mucho del residuo cero o del no residuo que defienden los ambientalistas. Todo por el amor, por el amor por las cosas, que impide la movilidad, la ligereza y la limpieza. Julita, sin embargo, sabe flotar sobre la basura y consigue sortear esos obstáculos gracias a su buen humor. El pitorreo, pues, vence a la cosificación y al amor más despreciable.

Una película fantástica y de enorme trasfondo filosófico.

El padre del contenedor

M_Poubelle_Ambassadeur_à_Rome_[...]Atelier_Nadar_btv1b531174210Eugène-René Poubelle nació en Caen, Francia, en 1831. En Caen, muchos años antes, en 1699, se había establecido una de las primeras iniciativas higiénicas para recoger los residuos domésticos en cestas de mimbre: en cierta manera (o así lo parece) su espíritu basurillas tenía denominación de origen. Jurista, higienista, político, diplomático… Republicano irredento, apasionado de los viñedos, de familia con posibles, se casó con una joven no manca en posesiones y tuvo dos hermosas hijas; todo perfecto para un prefecto que fue en varios destinos, todo de cuento, incluso en la bella ciudad de la luz, París, una de las más guarrras y con más acumulaciones de desechos desde tiempos inmemoriales, acostumbrados como estaban sus habitantes a arrojar cualquier mierda a la vía pública. Eugène-René estudió mucho, ejerció como profesor de derecho, fue condecorado en múltiples ocasiones, recibió la legión de honor y llegó a ser embajador en el Vaticano de la más laica de las naciones de entonces. No obstante, en la lengua francesa, a la basura en general y a los cubos de basura en particular se les llama poubelle gracias a él, a través de la figura del epónimo.

Su paso por París, como nuevo administrador de la ciudad y personaje importante -“la plus belle barbe blonde de la Repúblique“-, dejó un reguero de éxitos tales que nadie recuerda apenas (la torre Eiffel, el alcantarillado, las instituciones escolares, etcétera). No se olvida, sin embargo, sus ordenanzas de limpieza (1883-1884) y la obligatoriedad que impuso a los propietarios de inmuebles de recoger la basura en recipientes señalizados, herméticos y metálicos, de dimensiones tasadas, con tapa y con asas, para ser vaciados cada día en los carros de los servicios habilitados al efecto en una recogida por primera vez normalizada que implicaba activamente a la población, amén de la prohibición general de rebuscar en la basura en la calle al tuntún y de la institución de un primer sistema de reciclaje que procuraba separar tres fracciones diferenciadas: 1) materia orgánica, 2) trapos y papeles y 3) cristales, conchas y cáscaras. Dichas medidas de visionario, como gran padre del contenedor actual, no fueron acogidas precisamente con agrado por el público parisinio, lo que le valió a la postre su cruel fortuna lingüística. Eugène-René se enfrentó a la prensa, a políticos, a empresarios, a propietarios de inmuebles, a arrendatarios y, sobre todo, a las decenas de miles de recogedores informales y traperos, les chiffoniers, que pululaban por la calle y veían peligrar su modo de vida. “El prefecto del Sena nos fuerza a llevar los desperdicios a su despacho”, “nos arroja a la más profunda de las miserias, decían éstos, que llegaron a proclamar incluso “la libertad del gancho en la basura libre”. Ante la amenaza de disturbios, la destrucción de los recipientes y las continuas protestas, Eugène-René tuvo que ceder en parte a sus pretensiones, permitiendo a los chiffoniers, “les pecheurs de lune”, continuar con sus actividades, si bien en otras condiciones menos descuidadas y ejerciendo la selección fuera de los límites de la ciudad, lo que daría origen a los mercadillos de pulgas.

No sería hasta mediados del siglo XX que sus ideas se generalizaran. En pleno siglo XXI, una empresa de alta tecnología denominó Eugène al escáner inteligente que permitía reciclar los desechos domésticos del cubo. Visto lo visto, no parece que la palabra poubelle, en los próximos siglos, vaya a desaparecer del idioma francés.

Pablo Iglesias versus el conde egarense

En plena restauración borbónica, tiempo de alternancia entre los dos grandes partidos dinásticos, Alfonso Sala Argemí (1863-1945), el primer Conde de Egara (Comte d’Ègara), coincidió en las Cortes Generales con Pablo Iglesias Posse (1850-1925), trabajador y tipógrafo, republicano, líder carismático y fundador del partido Socialista Obrero Español, el PSOE (actualmente un poquito menos marxista y menos revolucionario -aunque no se lo crean a estas alturas- que en sus inicios). Ambos, Pablo y Alfonso, en la segunda década del siglo XX, discutieron sobre el trabajo nocturno de las mujeres en las fábricas. Pablo Iglesias quería erradicarlo de manera inmediata, por su dureza y su escasa retribución. Pero Alfonso Sala, gran industrial, monárquico y “honorable patricio” de Terrassa (aquella Tarrasa), optó por un discurso de corte más moderniqui y defendió la igualdad de oportunidades de esas criaturas a ser explotadas en la noche fabril, por la rentabilidad que acarreaban y el bajo coste de la mano de obra femenina, eso sí. En esa línea ideológica, el conde resultó ser un iluminado, un hombre de otra era, un visionario de futuros techos de cristal.

El Ministro de Educación Nacional de Francisco Franco, Ibañez Martín, en 1950, cuando se inauguró, en su honor, un monumento en la ciudad terrassense, lo dejó claro: “Adelantándose al momento en que vivió, fue don Alfonso Sala un hombre de valores sociales. Patrón ejemplar, modelo en su clase, que supo captarse el amor de sus obreros por el espíritu de justicia que inspiraban todos sus actos y por la simpatía irresistible que emanaba de su persona”. Para algunos, pues, todo un auténtico prócer de la patria chica, custodio, insigne y filántropo.

La semana pasada, marzo de 2017, el Grup Escombrem els Represors de Catalunya (GERC) –sin duda con ganas de barrer con el pasado- hizo público que tenía “confiscado” el medallón con la efigie de Alfonso Sala del citado monumento, extraído de la escultura de piedra, porque consideraba impresentable que “después de casi 40 años de ayuntamientos democráticos, en Terrassa se continúe manteniendo una calle y un monumento a este enemigo del pueblo catalán y de las clases trabajadoras”.

Basura en los medios

Bolsa de basura

El 4 de mayo de 1984, la empresa CEMESA –encargada entonces de la recogida de basuras en la ciudad de Terrassa– comunicaba al señor José su despido fulminante. Los motivos: unas declaraciones suyas en la radio y en la prensa. José, representante de los trabajadores y el presidente del Comité de Empresa en aquella época, había afirmado públicamente en los medios de comunicación locales que existía corrupción en CEMESA, que en las nóminas se incluían pagas a catorce personas que no pertenecían a la plantilla, que no se abonaban las cuotas de los operarios a la Seguridad Social, que se obligaba a trabajar a aquellos con baja médica, que se realizaban encargos privados al margen de la contrata acordada con el Ayuntamiento de Terrassa y cuyos turbios ingresos no se hacían constar legalmente, que personas concretas habían salido beneficiadas durante largo tiempo…

Tras la fatal noticia del despido, sin expediente previo, el trabajador y sindicalista José se presentó al día siguiente como si tal cosa en su puesto, sin que le fuera permitido el acceso a las instalaciones de la empresa. El hombre no consideraba justo lo ocurrido e iba a reclamar hasta el final ante los órganos judiciales. El 10 de mayo, tras días de barrarle el paso, los responsables de CEMESA permitieron que el señor José volviera a desempeñar las funciones propias de la categoría laboral que ostentaba con anterioridad. No obstante, la empresa le reclamó inmediatamente quince millones de pesetas de indemnización (una burrada en aquellos años) por las presuntas calumnias e injurias vertidas en los medios. El día 21 de mayo tuvo lugar un acto de conciliación previo al juicio. No hubo acuerdo: el sindicalista no se achicó y nunca quiso retractarse de lo dicho. Eran otros tiempos y tipos de otra nuez.

A la postre, José continuó trabajando en la empresa de recogida de basuras y, obviamente, nunca llegó a pagar ni un céntimo de los 15 millones de pesetas que se le reclamaban.

Tras un escándalo mayúsculo, en enero de 1985, el encargado general de CEMESA, un tal Julián, fue cesado por actividad fraudulenta, tras demostrarse que las declaraciones realizadas por el señor José tenían cuerpo y sustento, sin infundios. La cosa no quedó sólo ahí: el caso del señor Julián, ya con el Ayuntamiento de Terrassa gestionando directamente la recogida de residuos en la ciudad a través de la empresa municipal Eco-Equip, aún traería mucha cola. Esa, no obstante, es otra historia