El cielo no puede esperar

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“La convertiré en posesión de erizos y en aguas estancadas, y la barreré con la escoba de la destrucción” (Isaías 14:23)

Como es Semana Santa, hablaremos de Babilonia. Los ríos babilónicos, garantes de fertilidad mesopotámica, eran aptos para el exilio fluvial de los pueblos al ritmo de Boney M, pero no nos detendremos hoy en las vicisitudes lamentables de cualquier destierro –ni siquiera en su vertiente discotequera- porque estamos hasta el péplum de tanto sufrimiento, de tantas crucifixiones y de tantas costumbres televisivas de temporada, con el galeote y auriga Judá Ben-Hur como penitente mayor en la cofradía de la reposición. Nosotros, por una vez, queremos seguir cantando a nuestros captores y la mítica Babilonia, ciudad y símbolo, nos ofrece cachondeo, sonoridad, misterio y encanto sicalíptico: no en vano se asocia a la “Gran Ramera” en el Apocalipsis. En sus calles, siempre en términos bíblicos, se podían encontrar maleantes y pecadores de todo tipo. Babilonia, “hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los caldeos”, acabaría destruida como Sodoma y Gomorra, según un airado Todopoderoso…y así quedó, efectivamente, devastada y abandonada durante siglos, hasta que Saddam Hussein padeció la fiebre del ladrillo y el ejército estadounidense quiso acampar en sus ruinas. Antes, los gobernantes que aparecen en el Antiguo Testamento habían derrochado a manos llenas en la construcción, en el vicio y en el despiporre sin techo, como si quisiesen emular los actos futuros de la mejor de las burbujas. Nabucodonosor II, al parecer, se llevaba la palma en arquitectura megalómana: se empeñó en colgar unos maravillosos jardines y acabó soñando con colosos de cabeza de oro y pies de barro… y haciendo el bestia entre otros animales. Belsasar, su hijo, pillaba unas jumeras de campeonato en los banquetes multitudinarios de gente bien, pedía las copas más faroleras y, cuando la embriaguez era absoluta en la fiesta, buscaba a los magos porque veía potentes luces e inscripciones por las paredes. Fue durante el reinado de Nimrod, no obstante, el primer gran tirano de Babilonia, que los hombres quisieron llegar a lo más alto -the sky is the limit- y construyeron la archiconocida Torre de Babel, esa humilde y necesaria edificación con divinas pretensiones (ideal parejas paganas). El Todopoderoso no se lo pensó dos veces y creó, entonces, la confusión en el lenguaje.

El rescate

Los hombres grises llegaron a la ciudad de Beppo, el viejo barrendero, para optimizar las actividades de sus habitantes y eliminar aquéllas superfluas, inútiles e innecesarias. Ellos, los del Banco del Tiempo, siempre con bombín y cartera, siempre ocupados, indeterminados, desconocidos, fríos, incansables, agentes del miedo, adiestrados en la humareda falaz, quieren acaparar y robar todos los segundos de las vidas ajenas: “el tiempo es dinero”, “están ustedes perdiendo su tiempo”. Sigue leyendo