Viaje a Lilliput

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Jonathan Swift (1667-1745), amante irreverente de las grandes bagatelas, satírico y escatológico, el escritor irlandés que junto a Gulliver nos llevó hasta Lilliput, Brobdingag, Laputa y a la tierra de los Houyhnhnms, entre otros destinos, llegó hace siglos a una conclusión irrefutable a través de la meditación: “El hombre es un palo de escoba”. Porque la criatura humana, como los yahoos, tiene “sus facultades animales perpetuamente encaramadas en las racionales y su cabeza en el lugar de sus talones, arrastrándose por el suelo”. El pragmatismo, la sabiduría y la asepsia científica y sin adulterar de Swift no admiten discusión, a pesar del tiempo transcurrido desde su fallecimiento. En Instrucciones a los sirvientes, por ejemplo, recomienda limpiar las telarañas con una escoba sucia y mojada, pues así se pegarán mejor…y se podrán bajar del techo con mayor eficacia. Tal muestra de innegable sensatez no debe caer en saco roto: las enseñanzas del afamado escritor irlandés son útiles en la actualidad y proporcionan soluciones integrales que pueden iluminar a los patricios y damas de hierro del siglo XXI. Todos los hábiles (pero pacatos) practicantes de la gobernanza del populacho, a partir de hoy, tendrían que leer El arte de la mentira política, dejar de lado las mojigaterías y plantear, de una vez por todas, medidas y reformas apodícticas para combatir tenazmente el apocalipsis del estado providencia, sin complejos ni titubeos, en aras de la verdad verdadera.

Los textos y sugerencias de Jonathan Swift tal vez ayuden a encontrar grandes remedios para la crisis presente. Porque Swift escribió Una modesta proposición por el “bien público”, preocupado como estaba por las “pordioseras del sexo femenino, seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos ellos cubiertos de harapos y molestando al pasajero al pedirle limosna”. Una proposición que ofrecía “algo sólido y real” para salir de la mala situación económica y para erradicar la pesada carga de niños inermes que, al crecer, por falta de trabajo, se convierten irremediablemente en ladrones y en otras gentes improductivas: pobres, refugiados, inmigrantes, tontos hambrientos, enfermos, inválidos, viejos, jóvenes en precario… Una modesta proposición sin gazmoñería ni utópico idelismo, por fin. Así las cosas, Swift propone directamente que los padres que no puedan mantener a sus hijos los vendan a personas de calidad y fortuna de todo el reino, como plato culinario, para que se los coman y se los zampen con gusto oligárquico: dicho menú es una fórmula “muy adecuada para terratenientes” porque “un niño es saludable, delicioso y nutritivo, ya sea estofado, asado, horneado o hervido” y da para dos platillos en una reunión de amigos. “Quienes sean más ahorrativos (como requieren los tiempos) pueden desollar también el cuerpo del infante: la piel del cual, tratada artificialmente, hará unos guantes de dama admirables, y botas de verano para caballeros finos”. El escritor recomienda comprar los niños vivos y prepararlos recién sacrificados, tal como hacemos con el provechoso cerdo, sin desperdiciar nada, con una excelente gestión de residuos orgánicos. Con ello, de buen seguro, habrá “grandes negocios para las tabernas” y mejorarán notablemente el comercio y el noble arte de “hacer buen tocino”. Puesta en marcha la trituradora infantil, al por mayor, la crisis actual quizás pase rápidamente a la historia como anécdota simpática y peregrina.

Llegó la hora de barrer, por tanto, y poner las cosas en orden definitivamente, con dieta hiperproteica, la bandeja repleta de párvulos enanos, sádicos tijeretazos, cortes, recortes, caña al mono (que es de goma) y frecuentes golpes de escoba en el tren de la bruja piruja.

Las escobas de Iván

OPRICHNIK

Iván IV de Rusia (1530-1584) fue un gobernante extremadamente limpio, el creador de una de las más grandes brigadas de barrenderos de la historia. Como los terratenientes boyardos, parte de la aristocracia y el clero discutían con él sobre los pormenores de dejar relucientes las estepas, el soberano moscovita se vio forzado a demostrar su extremada pulcritud ante el público en general y ante los siervos de la gleba en particular: el algodón nunca engaña. Dado que era reacio a eternizar tontamente las controversias con aquellos nobles chinchorreros, elaboró un perfil ideal en su departamento de recursos humanos y contrató a musculosos caballeros salidos de la nada –una gesta de la integración social zarista- para “barrer la inmundicia” del país y dejarlo como los chorros del oro. En los requerimientos de los diferentes puestos convocados, no se exigían grandes conocimientos de ofimática, pero sí actitud positiva, higiene personal y unos determinados valores: fe inquebrantable en el proyecto, lealtad, disciplina, seriedad, dinamismo, capacidad de gestionar conflictos, resistencia a la frustración, aplomo, reciedumbre, ningún escrúpulo. Porque lo que quería Iván era arrancar toda la mugre y, por consiguiente, los nuevos barrenderos debían tomarse el trabajo con absoluta devoción. Para ello se fundó, en 1565, la Oprichnik, una fuerza parapolicial con tintes religiosos, una secta inhumana formada por feroces patanes ávidos de degollina, mitad guerreros y mitad monjes, totalmente desquiciados, destetados y proscritos, en sincronía con la paranoia conspiratoria y la chaladura del propio Iván, de Iván el Terrible, que pretendía exterminar a sus enemigos políticos con su innovadora guardia de limpieza. Los caballeros de la Oprichnik vestían de riguroso y siempre elegante negro –Men in Black- y solían atar al lomo de sus monturas un cráneo de perro (la fidelidad al zar) y una escoba (el espíritu de barrido integral). Los chicos estaban sometidos, asimismo, a unas progresistas y creativas relaciones laborales, basadas en el palo y la zanahoria, lo nunca visto. Si se comportaban como buenos profesionales y besaban los pies del jefe supremo, gozaban de plena impunidad y obtenían suculentas recompensas. Si eran considerados traidores o indignos del culto al líder, se les hervía en ollas candentes, como liviana amonestación que no necesitaba más avisos en la vida terrenal. El oficio, no obstante, merecía la pena y los cometidos asignados aseguraban diversión, entretenimiento y aventuras trepidantes: purgas, empalamientos, violaciones, decapitaciones, asesinatos en masa, descuartizamientos públicos, sangre a raudales…En ciudades como Nóvgorod o Pskov, aquellos perros de presa, higienistas caninos en la devastación, guardianes de Rusia, llegaron al pináculo de la atrocidad: miles de muertos ejecutados por una supuesta conjura antizarista, engendrada en la mente del demente soberano.

Escudo oprichnik

La orden de los Oprichniki fue disuelta en 1572, ocho años después de su constitución, tras darse cuenta el bueno de Iván -por mor del delirio- de las intenciones perversas de todos los miembros de la misma, conchabados en su contra y demasiado blandengues con la tropa forastera. El zar creó otro ejército regular a su servicio y, sin dar los buenos días, exterminó a aquellos negros opositores de reciente cuño, los barrenderos que tan incondicionalmente le habían rendido pleitesía hasta entonces, unos perrillos falderos que se convertían en hienas carroñeras y mortíferos licántropos a cada chasquido del monarca, por un medio ambiente impecable: los tiranos de gran olfato dejan caer también a sus despiadados secuaces en el vertedero de la mortandad cuando el hedor llega al fondo de sus veleidosas narices: prolongue la vida de su lavadora, con terror… Así se acabó la rabia, sin que los peores instintos caninos prosperasen, sin dar tiempo a los feroces animalicos abandonados a lamerse las heridas. Luego el ciclo de las macabras escobas pasó: los arqueólogos de Vladímir Putin tal vez las encuentren en la tundra.

Blues entre barreduras

Furry Lewis

I seen a rat, sitting on top of a garbage can, eating a onion, crying”

En Beale Street, aunque las cosas se torcieran, hasta las ratas lloraban sobre los cubos de basura. Lo sabía bien el parlanchín, expresivo y atípico Walter “Furry” Lewis (1893?- 1981), experto en melancolía mundana, peleona y humorística; en versos procaces,  en negritud, en rasgaduras, en desperdicios y en cuellos de botella separados del casco. Durante años, Furry ejerció el encanto barrendero como modus operandi, cargó pesados fardos, recogió restos, se bebió el lustre inane en varios tragos y, día tras día, tal vez buscando el plecto y su propia senda hacia la resurrección entre montones de suciedad -de escombros, decadencia y ocaso-, tras veladas cada vez más exigüas y tenues, limpió con su escoba la legendaria calle de Memphis, en el estado norteamericano de Tennessee.

Furry Lewis nació en Greenwood, en la parte oriental del Delta del Mississippi, en el cogollo de la industria algodonera, un lugar con sonidos desgarrados y reminiscencias atávicas de raza y vejación esclavista. Nunca conoció a su padre, un hombre del campo que se separó de los suyos y desapareció para siempre. Siendo niño, se trasladó a Memphis con sus hermanas y con su madre, que se dedicó a lavar, cocinar y fregar en casas ajenas para mantener la intensidad familiar de desdicha. Furry pronto dejó la escuela: “Me han arrestado por falsificación, pero ni siquiera sé firmar con mi nombre”, cantaba tiempo después. En los recovecos de la gran ciudad, se construyó un rudimentario instrumento de cuerda con desechos, maderas, alambres y una caja de puros. Aprendió a tocarlo escuchando a un artista callejero llamado Blind Joe. Conoció las épocas más bulliciosas, canallas y líricas de Beale Street, a principios del siglo XX, cuando músicos de la talla de W.C. Handy se instalaron en la zona y crearon un mito de color (de color negro) a partir de atribulados ritmos populares, de tristeza infinita y heridas profundas en el alma. Según la versión del propio Lewis, un excelente cuentista, el taumaturgo y fetén quiropráctico del bottleneck, fue el mismísimo Handy, el autodenominado padre del blues –pionero en llevar el género del vagabundeo seglar a las partituras-, quien le regaló su primera guitarra en condiciones, una Martin, que conservó durante décadas. Con ella -y con otros trabajillos esporádicos (chico de los recados, buhonero, transportista, estibador…)-, Furry se ganaba la vida, en actuaciones ambulantes, en recitales, en bandas y orquestas, en exhibiciones para turistas en travesías fluviales, en espectáculos cómicos y de vodevil por los pueblos donde charlatanes, curanderos y farsantes (como el Duque y el Rey que transportaban Jim y Huckleberry Finn en su balsa por el río) trataban de vender milagrosos jarabes, elixires, aceites y ungüentos a una crédula concurrencia inclinada hacia el placebo. Llegó a ser uno de los songsters que antes imprimió la huella de demonio azul sobre un disco: “Puso carbólico en mi café, esencia de trementina en el té, estricnina en mis galletas. Oh, señor, pero ella nunca me hizo daño”. Tocó junto a Frank Stokes, Gus Cannon, Jim Jackson, Memphis Minnie… En 1917, en uno de sus viajes de emprendimiento indispensable y propiciamente alimenticio, sufrió un accidente de ferrocaril: había cogido el tren de mercancías en marcha porque no quiso pagar el billete: le amputaron una pierna por encima de la rodilla y el resto de su existencia dependería de una prótesis ortopédica. A partir de entonces -y hasta su vejez- apenas salió de Memphis ni del entorno de Beale Street. En la puerta del conocido Pee Wee’s, donde solía tocar, colgaba un cartel en el que rezaba una frase lapidaria que destilaba toda una filosofía: “Nunca cerramos antes del primer asesinato”. Cuando la quimera de los felices años veinte se quebró por completo, el hambre, el desempleo y la Gran Depresión hicieron estragos y convirtieron la miseria en nada, en nada acentuada y en nada a salto de mata: Furry no escapó de la quema pero tampoco podía salir corriendo: abandonó la música profesional y, poco a poco, cayó en el olvido. Comenzó así una larga trayectoria en el ostracismo, rutilante solo en el ambiente del barrio, regada con whishy barato, tabaquismo, ruina, rutina, declive, riñas y visitas constantes a las casas de empeño. Beale Street fue perdiendo también su empuje natural: se cerraron múltiples locales y clubs: la magia murió asesinada. Furry se aferró entonces a la basura y al carrito de limpieza, dejando la guitarra para el esparcimiento ocioso y para pequeñas celebraciones entre amigos. “No soy una estrella, pero podría ser una luna”, afirmó con sorna en alguna ocasión.

furry bottleneck

Walter “Furry” Lewis empezó a trabajar de barrendero municipal en 1922. Hasta 1963 no aparcó la escoba. Hacia 1959, poco antes de retirarse definitivamente de su oficio limpiador, le descubrieron (redescubrieron) y le convencieron para volver a escena como uno de los últimos supervivientes de los viejos tiempos, el jarrón chino de las esencias primigenias. Puso algunos reparos al principio -era ya un anciano y no estaba interesado en reactivar su carrera cuarenta años después-, pero, como espíritu emocional, elevado y carismático, tenía una personalidad contradictoria: borrachuza, pendenciera, enraizada, materialista, prosaica, cómica e inequívocamente juguetona: “Follow me, baby, I will turn your money green. Show you more money than Rockerfeller ever seen” Se volvió una celebridad en los siguientes lustros, participó en una película –Un caradura simpático, junto al inefable Burt Reynolds-, cosechó aplausos, grabó discos, salió de gira y no rehuyó los focos ni el mercadeo, aunque seguía durmiendo junto a un revólver por si las moscas y seguía discutiendo airadamente por unos pocos centavos, por unas latas de cerveza o por los sobrantes de otros líquidos espiritosos de alta graduación. El 4 de julio de 1975, en la ciudad que le vio barrer, actuó como telonero de los Rolling Stones ante más de cincuenta mil personas. Sus Satánicas Majestades le tuvieron que insistir: se hizo de rogar justo hasta llegar a los 1000 dólares de emolumento. “Hola a todos”, dijo; contó un chiste picante sobre un hambriento pedigüeño que se acercaba a mujeres que se levantaban la falda como único plato en el menú, soltó una explosiva y aparatosa carcajada, cantó un par de canciones y se marchó por el foro. Cuando le preguntaron si no se quedaba a presenciar el concierto de “la mejor banda de rock and roll del mundo”, contestó enrabietado: “Eso a mí no me importa ”.

Furry murió de neumonía en 1981, cojo y medio ciego. “Prefiero ver mi ataúd entrando por la puerta que escuchar a mi chica decir que ya no me quiere”, transmitió en su legado musical. Su tumba tiene dos lápidas. En una aparece el título de una de sus composiciones: When I Lay My Burden Down. En la otra, con un epitafio más lacónico pero preciso, simplemente la palabra Bluesman.

La sal de la tierra

Rosaura Revueltas

Una mujer, Esperanza, corta leña para quemar. Con la leña, calienta el agua en un barreño. Con el agua caliente del barreño, lava la ropa, frotando. “¿Cómo iniciar una historia que no tiene principio?” Son las primeras escenas y las primeras palabras de la película Salt of the earth (La sal de la Tierra), 1954, de Herbert J. Biberman. La fascinante voz de Rosaura Revueltas envuelve las imágenes siguientes, mientras se hace la presentación, en un lugar árido y ficticio llamado Zinctow, en Nuevo México, en Estados Unidos. Rosaura es la actriz protagonista y encarna a Esperanza Quintero, la esposa de Ramón, un minero de origen mexicano que, junto a otros hombres, organizados sindicalmente, planta cara a los abusos de los patronos de una explotación de zinc. Aquellos hombres del pozo, chicanos, tienen prioridades. Piden más seguridad, más ayuda subterránea, más salario, mejores condiciones laborales…Pero las mujeres de los mineros necesitan también un mínimo de salubridad en los barracones que habitan: ellas quieren hogares en las mismas condiciones que los obreros angloamericanos, quieren agua corriente, quieren agua caliente, quieren lavabos, quieren baños, quieren cañerías en buen estado…Están hartas de cortar leña a mano para comer, para hacer la colada, para fregar, para limpiar…Todos los días, varias veces al día. La vida allí es desoladora y triste: Esperanza, embarazada, llega a desear que el hijo que lleva en las entrañas no vea la suciedad de aquel oscuro e injusto mundo de minerales y dinamita. “¿Qué hay más importante que la sanidad?”, se pregunta ante la incomprensión de su marido. Otras mujeres aún van más lejos: plantean una concentración femenina para quejarse de las instalaciones, con pancartas: “Queremos sanidad, no discriminación”. Pero los hombres ya han paralizado las máquinas y han empezado la huelga, con sus particulares demandas, una huelga que durará meses, y las mujeres se quedan en casa, como amas de casa, cuidando de la numerosa prole, cocinando, limpiando, barriendo, fregando, cortando leña… Las mujeres quieren ayudar pero los hombres no permiten que se acerquen. Los hombres mineros patrullan la zona, cortan carreteras, protestan: la compañía no cede: hay detenciones, palizas, encierros con cargos falsos, intentos de soborno, prácticas divisivas, esquiroles, chivatos, provocadores, policías armados de gatillo fácil y secuaces del escarmiento. La resistencia, la unidad y la solidaridad entre ellos parece inquebrantable, masculinamente inquebrantable, pero la lucha se prolonga, crecen las dudas y algunas familias no pueden soportarlo y se trasladan a otros lugares. La tienda de la compañía se niega a servir a los huelguistas, las reservas se agotan, se margina a los trabajadores chicanos que lentamente, ahogados por los plazos y el hambre, van perdiendo la moral…Esperanza da a luz sin atención médica. Llega ayuda externa y se multiplica también la intensidad de la coacción. Por mandato judicial, se prohibe a los mineros manifestarse en piquetes, bajo la amenaza de cuantiosas multas y duras penas de cárcel. La huelga parece abocada al fracaso. Pero las mujeres toman el relevo y demuestran su entereza, su solidaridad, su coraje, su compañerismo, entre ellas y con ellos, como hermanos. Se intercambian los roles. Las mujeres hacen piquetes y resisten todos los atropellos. Los hombres, a regañadientes, poco a poco, sustituyen a las mujeres en las tareas domésticas: cortan leña, cuidan a los niños, barren, friegan, lavan, tienden la ropa… Descubren, entonces, la importancia de la sanidad y de la higiene….y de conseguir juntos la sal de la tierra, con dignidad y limpieza entre sexos, entre semejantes y entre generaciones.

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Pese a las restricciones sufridas y las críticas narrativas (e ideológicas) que se puedan hacer de la obra, la mexicana Rosaura Revueltas consiguió una interpretación maravillosa, honesta, punzante, emocionante y trabajada; en el papel de la esposa de un rudo minero chicano dispuesto a batirse el cobre contra los patronos del zinc pero reacio a compartir las escasas pepitas de oro en su propia casa. Una interpretación tan maravillosa que, prácticamente, no volvió a actuar en ninguna otra película. Su talento como actriz fue reconocido en Europa, donde llegó a formar parte de la compañía de teatro de Bertolt Brecht, pero en Estados Unidos y en su México natal estaba vetada por la industria cinematográfica, por su fundamental participación en Salt of the Earth y sus supuestas simpatías comunistas, en plena Guerra Fría. Se la incluyó en la lista negra, fue arrestada por entrada ilegal en territorio norteamericano, fue deportada durante el rodaje para impedir que completase las últimas escenas. Un rodaje, por cierto, especialmente tremebundo en lo represor y en manía persecutoria, plagado de incidentes provocados por la fascistoide fiebre macarthista: insultos constantes, megafonía a todo trapo, avionetas que sobrevolaban la zona para interrumpir las tomas, detenciones arbitrarias, agresiones, presiones, peleas, incendios, disparos, amenazas de muerte, insólitas acusaciones de espionaje a los miembros del equipo técnico… Las autoridades y las mentes más lunáticas –como Howard Hugues (el aviador, multimillonario y vomitivo cineasta del “todo el mundo tiene un precio”)- no cejaron en el empeño de torpedear el filme, en el rodaje, en el montaje, en la distribución y en la exhibición posterior; un filme que el senador Donald Jackson definió como “arma de la URSS”; un filme boicoteado y fustigado hasta el paroxismo: un calvario. Casi todos los integrantes del staff fueron duramente represaliados: el director –uno de los conocidos como Diez de Hollywood-, el productor, el guionista, el compositor…hasta el responsable de fotografía y los actores voluntarios. Todos vieron truncadas sus carreras artísticas. Todos se vieron apartados del cine y con serios problemas para conseguir un empleo, por motivos políticos. Rosaura Revueltas, una de las pocas actrices profesionales del rodaje, explicó así su particular experiencia: “Oí a un fiscal del gobierno descubrirme como una mujer peligrosa que debía ser expulsada del país. Otra vez, se refería a mí como esa muchacha -despectivamente-. Como no tenía evidencia de mi índole subversiva, sólo me queda deducir que era yo peligrosa porque había interpretado un papel que daba estatura y dignidad al personaje de la mujer mexico-norteamericana”. Aunque sometida a una auténtica, inquisitorial e inquietante caza de brujas, sazonada con infamia, bazofia, discriminación, sal gorda y pánico reaccionario, que dejó en principio la tierra yerma, Rosaura protagonizó una muy buena película, de valiosos yacimientos y de cosecha tardía, representando a una mujer de profundas raíces que quiere escuchar la radio y bailar sin pisotones, en una colectividad esquilmada, oprimida y despreciada que reclama justicia, saneamiento y un trato igualitario. ¿Cómo acabar una historia que no tiene fin?

Basura espacial

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Temía Abraracurcix, el jefe galo de la irreductible aldea de Asterix, que el cielo le cayese sobre la cabeza. Cosa harto improbable, ciertamente. Sin embargo, ¡por tutatis!, la cantidad de basura en el espacio se ha multiplicado en los últimos años, orbitando alrededor de la tierra. La chatarra cósmica se ha convertido en un gran problema y nadie, hasta ahora, parece haber encontrado una solución adecuada. Material obsoleto, partículas artificiales y trozos de metal de distintas dimensiones giran sobre la atmósfera y ponen en peligro las telecomunicaciones, el control remoto, el potencial militar y, en general, el sueño espacial -¿pesadilla?- de las grandes potencias. Las estrategias de marcaje entre éstas pueden ser de lo más variopintas y disparatadas. Buena o mala, la huella del ser humano en el universo parece muy poco limpia. Restos de la megalomanía sideral, extraída siempre de las entrañas terrestres, pululan por el firmamento como grandes montones de desechos empujados a gran velocidad: en Futurama, la serie animada de Matt Groening, el profesor Hubert J. Farnsworth, inventor del oloroscopio, consigue deshacerse de una gran bola de basura que desde el cielo amenaza Nueva York gracias a enviar otra gran bola de porquería al espacio; en Quark, la escoba espacial, otra serie televisiva de finales de los setenta, la descacharrante tripulación de la United Galaxy Sanitation Patrol se dedica a recoger los desperdicios de las demás naves. Quizás algo así sea lo conveniente. Quizás. O dejar de hacer el canelo. Alea jacta est.

Aprovechar los desechos

José Alberto Gutiérrez, conductor de un camión de basuras en Bogotá, recoge, durante su jornada de trabajo, todos los libros que se encuentra en el recorrido. Los recoge para su proyecto. Cuenta con la colaboración de basureros, barrenderos, vigilantes y recicladores, diseminados por aquí y por allá. A José Alberto le duele que la gente se deshaga de esos tomos cuando ya han sido utilizados, “olvidando que hay un pilón de pueblo que no tiene cómo tener un libro para consultar”. Por eso los recoge y, con la ayuda de sus hijos y de su mujer, Luz Mary, los ofrece desinteresadamente –arreglados, recuperados, rescatados– a la comunidad, en un barrio pobre. Ha montado grandes bibliotecas con libros hallados en la basura.
José Alberto lee cuentos a los chavales y se preocupa por su futuro. Quiere inculcarles la afición por la lectura y que aprendan a pensar. Cree que la cultura es una herramienta contra la marginación y defiende no sin cierta candidez -¡ay!- que cuando se erradique la ignorancia, seguramente, habrá paz en el mundo. José Alberto, intentando concretar la utopía, conduce un camión cuyo rótulo reza “Ciudad Limpia”. José Alberto es basurero. Un basurero que, por lo que hace y por lo que dice, merece más admiración y respeto que cualquier gilipollas titulado con educación reglada en la fruslería, con cartera, con carguito, con posibles y con presunción de éxito en la vida.

La ciudad republicana

Ciudad de vapores y chimeneas, conocida por sus telas, fibras, tejidos, paños y calcetines, en la que se desarrolló una industria lanera que, gracias a la explotación de mano de obra (también infantil), catapultó a una burguesía de apellidos reducidos que, a su vez, impulsó un movimiento cultural y una arquitectura modernista que, en la actualidad, a toro pasado, mola honrar festivamente en primavera. Ciudad de larga tradición textil en la que los monárquicos (carlistas o no) también dejaron honda huella. Ciudad donde la actriz y coplera Paquita Rico, en 1959, fue definitivamente coronada.

Paquita Rico ya había interpretado el papel de María de las Mercedes de Orleans y Borbón, reina consorte, primera esposa de su primo, el monarca Alfonso XII, el de las preguntitas chorras en aquellas películas añejas y caramelizadas protagonizadas por Vicente Parra. Con el papel de la desdichada María de las Mercedes, que muere a los pocos meses de casarse con el rey, tras vivir el romanticismo loco de un amor -¡glups!- casi adolescente entre primos; Paquita Rico se consagró como famosa soberana de la época. Su última aparición estelar en el cine, ya en los años ochenta, fue en la película El Cid Cabreador, una obra maestra que ya se intuye en el propio título, en la que parodiaba, sin atisbo de Sissi emperatriz, a la mismísima Doña Urraca, reina zamorana, la del cerco. Nada de ello, ciñéndose a la majestuosidad, es comparable a lo que experimentó Paquita en la ciudad de las sucias chimeneas y de las bonitas telas para lencería, Terrassa, donde, en el marco de un festival benéfico, fue conducida al más alto trono del muslamen sin carreras y, con pompa y boato, proclamada oficialmente “Reina de las Medias de España”.

Apostilla: Según la canción, María de las Mercedes, la Merceditas de aciago final, en su féretro, cubierta por un velo de rico carmesí, llevaba puestos zapatitos de charol, pero nada se nos dice de su juego de medias o calcetines. Sin perder la costura, la propia Paquita Rico, gran señora de pantys, en la copla del romance de María de las Mercedes, presta bastante más atención a la vestimenta de los monarcas. Otra composición folclórica, más flamenquita, extravagante e irreverente, casi de república cañí, omite por completo cualquier referencia a los tejidos y a la indumentaria regia. ¡Vaya tela!

El día de la mona

Tarzan y familia

En Terrassa, como un vulgar Tarzán, Plácido, un veinteañero, abandonó la civilización y se fundió con la madre naturaleza. Corría el año 1981. Plácido vivía en el barrio de Ca n’Anglada, en el este de la ciudad, donde se le conocía como “el Profeta”, un bonito sobrenombre. El joven se alejó del casco urbano y se encaminó a la montaña, hacia el parque natural de Sant Llorenç del Munt, místicamente, en busca de lianas que le proyectaran al cielo. Cerca de la Font de la Pola, en una lúgubre cueva, solo, sin Jane y sin Chita, se pasó casi seis semanas en ayunas, bebiendo exlusivamente sorbitos de agua. Perdió más de veinte kilos, veinte kilos de primate. El extravagante asceta decía ser la reencarnación de Jesucristo, ni más ni menos, amén, y había subido hasta allí para hacer la Cuaresma como el Altísimo manda, con la intención de “evitar la invasión de Polonia y una explosión nuclear”. La prensa de la época descubrió el suculento pastel del enfermo visionario y dejó amplio testimonio de la monería.