Barrendera y detective

El 24 de febrero de 2016, en esa Sevilla de color especial, en el conocido Parque de María Luisa, en uno de sus bancos, una mujer joven fue hallada muerta, aparentemente por suicidio, según determinó en primera instancia la policía, al descubrir gran número de pastillas y una nota en su bolso que así lo hacían creer. Se ordenó, pues, recoger la basura del lugar y despejar el entorno rápidamente. Tal cometido recayó en Carmen Moreno, Carmen “la del pincho”, una barrendera que llevaba casi treinta años limpiando el parque y que siempre iba y va con un palo con un pincho –de ahí su apodo- para retirar los desechos del suelo. Carmen, no obstante, gran seguidora de la serie televisiva de investigación forense C.S.I (Crime Scene Investigation), al ver los restos que había en los lugares cercanos, sospechó enseguida que aquello parecía más bien un asesinato y decidió actuar como lo hacían los personajes de su serie de televisión predilecta: se pusó una bolsa de plástico a modo de guante para “no contaminar las pruebas” y recogió de la zona cercana al banco todos los pañuelitos de papel y el protegeslip con marcas de sangre que encontró, depositando todo ello después en otra bolsa de plástico, que volvió a meter en otra bolsa de plástico –para más protección-, y guardando dichas piezas objeto de sus pesquisas en un lugar localizable.

Cuando la policía, una vez la autopsia determinó que la joven fue violada y asesinada, quiso enmendar su error y se interesó por los restos hallados en los alrededores para analizarlos, Carmen, la barrendera con aficiones detectivescas, indicó sin género de duda donde estaban guardados, lo que a la postre sirvió para resolver el crimen y detener a su autor material.

Los machotes también barren

Marzo, 1912, Mairena de Alcor, Sevilla, prensa de la época:

“Un individuo embriagado riñó con su esposa. Le detuvo un policía, encerrándole en la cárcel, donde permaneció cuatro horas. Después le sacaron de la cárcel, haciéndole barrer la plaza del ayuntamiento y amenazándole con un látigo. Como si se tratara de una caballería, le amarraron a una cuerda en la cintura y así estuvo barriendo largo rato. Se ha presentado el atropellado ante el gobernador denunciando el hecho”.

 

Gracias a una escoba

En 1967, en noviembre, en pleno sistema de bloques, un soldado raso del Ejército Nacional del Pueblo se afanaba en barrer con escoba las zonas limítrofes entre la Alemania Oriental (RDA), a la que pertenecía, y la Alemania Occidental (RFA), ante la mirada de los centinelas de ambos bandos, armados hasta los dientes. En una de los lugares más peligrosos existentes hasta entonces y que más vidas se había cobrado, en Berlín, el soldado barría con ahínco para dejar el espacio interfronterizo bien limpito. Cuando se aproximó a la raya blanca final que delimitaba ambos territorios, el soldado soltó la escoba, pegó un brinco y se pasó al lado oeste. La maniobra fue tan rápida que los centinelas ni siquiera lograron disparar, ojipláticos como quedaron. Pudo disfrutar, así, sencillamente, de las bondades del capitalismo -¡auj!-, un nuevo edén donde los perros se ataban con longanizas (para algunos). Todo ello gracias a una escoba.

El violinista sin tejado

En Terrassa, donde Vicenç Vellsolà, el violinista, hizo sus pinitos artísticos a principios del siglo pasado, ya no existe mucho entusiasmo social por los instrumentos de cuerda frotada. En la actualidad, salvo contadas excepciones, la disposición de ánimo de los egarenses es bien distinta. Quizás eso explique que, ya en el 2009, la policía municipal de la ciudad retirase un violín a un hombre en la Avenida de Barcelona, tampoco demasiado lejos de la calle dedicada -en el barrio de Vallparadís- al tal Vellsolà. Sí, al parecer, a las dos y media de la madrugada de un domingo de octubre, un diletante solista estaba tocando uno de esos cordófonos en un banco de la citada avenida… y no todos los vecinos agradecían gozosamente la bella factura de sus interpretaciones. Los policías, alertados por algún forzado insomne, desvelado y “desviolinado”, acudieron al lugar y le afearon la conducta al virtuoso, le sancionaron y le reprocharon el estruendo. Como el tipo, erre que erre, no se dejaba intimidar, defendía a capa y espada su rendimiento filarmónico y pretendía seguir frotando su instrumento (el violín), los policías optaron por finiquitar el concierto a las bravas, requisándole el aparato (el violín). Los agentes de la autoridad, en definitiva, se llevaron el violín, que fue intervenido, y el hombre continuó a la intemperie. Porque, según testimonió, el espontáneo artista no tenía domicilio y vivía en la calle, pernoctando habitualmente en los bancos de esa avenida : no existía, por entonces, ningún espacio público para dar cobijo nocturno a las personas sin techo. Todo un arte que chirrría cuando ocurre.

 

Basureros muertos

Andrés, conductor de recogida de residuos de la empresa Conserlim, concesionaria del servicio en la ciudad de Terrassa, no comprendía cómo se pudo abrir la compuerta trasera del camión. Con el ruido del vehículo y la oscuridad de la noche no se dio cuenta de la avería hasta llegar al vertedero, dijo. Las inmundicias, desechos y vidrios quedaron desperdigados por la calzada, con peligro para la circulación. Era una noche de julio de 1976, a destajo, bien entrada la madrugada.

La policía local alertó a la empresa y solicitó el adecentamiento urgente de la vía. Se envió, con presteza, una brigada de cinco operarios para limpiar la zona por la que había pasado el camión de basura. En un cruce de carreteras, mientras se afanaban a retirar los restos del pavimento, tres de ellos fueron atropellados por un turismo, un Seat 127. Los tres, Antonio, Carlos y otro Antonio, al alba, entregados a su tarea, murieron en el accidente.

El deportista

Año 2010, mayo primaveral, fin de semana de parranda, Terrassa, en una zona de esas que el nuevo urbanismo reserva para encarrilar el tiempo (aparentemente) libre y para las concentraciones humanas de noctámbulos y machacones; o sea, en el Parc Vallès. Un individuo fue identificado por miembros de la policía local por dañar un banco del mobiliario público. Los agentes acudieron al sector alertados por un vigilante que había visto al sujeto en cuestión intentando arrancar de cuajo un banco atornillado en el suelo. Cuando los policías se presentaron en el lugar y pudieron confirmar la consumación de tan inusual hecho, el tipo les dijo literalmente que estaba “haciendo pesas”. El excéntrico apasionado de la halterofilia llevaba, además, una navaja en el bolsillo: también parecía practicar el montañismo. Su espíritu olímpico, su saludable ejercicio y su atlética dedicación, no le sirvieron, sin embargo, de gran cosa: los agentes le abrieron allí mismo las pertinentes diligencias.

Los churumbeles

Año 1976, octubre, calle Tortosa, barrio de La Grípia, Terrassa de los infantes mocosos, retoños del baby boom. La señora Carmen L.M. está muy harta, hartísima, y quiere protestar públicamente por el trato que reciben los niños, esas criaturitas activas y elásticas de metabolismo disparatado. La pasional y reivindicativa Carmen, reina de los bajitos, amiga de la muchachada, cuelga un enorme letrero en la fachada de su vivienda: A LOS NIÑOS DEL BARRIO NO MARTIRIZARLOS MÁS”, se puede leer en grandes letras. Cuando una patrulla de la policía se interesa por el tema y la comidilla que se ha generado en el vecindario, Carmen sale al balcón para defender la modesta pero llamativa obra. Ella misma, coraje en vena, a gritos, comunica a los guardias su loable empeño por la erradicación del martirio infantil en las proximidades. Así, les explica a los polis que sí, que a sus niños, a los suyos, a sus vástagos, les pegaban todos los demás chavales del barrio. Y por eso su rebeldía. Y por eso su decisión. Y por eso la pancarta. Y por eso la cruzada contra los aprendices de matones y su popularidad entre los miembros de las imberbes pandillas.

La crudeza infantil y la reacción tuitiva de las madres, una combinación siempre interesante y sorprendente, incluso cuando aún no se hablaba de bullying…y cuando las madres que habían parido, protestaran o no, raramente decidían nada importante.

Apostilla: Se desconocen los niveles de vergüenza ajena experimentada por los hijos. La tecnología de entonces no permitía medir algunos parámetros.

Flores en el concierto

Pete Seeger, el gran músico, carne de folk en lucha, siempre comprometido, siempre del lado de los desfavorecidos, divulgador del acervo popular y tradicional norteamericano, lejos de la cantinela oficial, reacio a los artificios, perseguido por el macarthismo, censurado en Estados Unidos, cruzó el charco en 1971 para dirigirse con su arte a las orejas de nuestro marchito pueblo patrio, sometidas todavía al yugo franquista, cuyas coplillas dictatoriales no abandonaban la cara al sol ni los noviazgos con la muerte. Así las cosas, el concierto previsto en Barcelona fue suspendido por las autoridades del régimen, lo que provocó incidentes y cargas de los policías a caballo. Pocos días antes, el 7 de febrero de aquel año, sin embargo, en el pabellón de la Sagrada Familia, en la ciudad egarense, Pete había conseguido completar una de sus “sediciosas” actuaciones, armado con guitarra y banjo, atrincherado en los nocivos versos. Miles de personas fueron testigos del acontecimiento, que no defraudó, dicen, que fue memorable. Muchos se quedaron sin poder entrar al recinto. El cantautor Raimon, l’home al vent, que le había alojado en su piso, que le hizo de corifeo y maestro de ceremonias, comentó: “Que este hombre cante por primera vez en el país, en Terrassa, me parece un hecho lleno de significado. Y no es ninguna casualidad. A los cerdos no les parecerá bien y la borregada no le dará importancia. Nosotros sabemos y somos conscientes del sentido de internacionalismo y de fe en los oprimidos contra los opresores que este acto tiene”. Pete Seeger desplegó parte de su mejor repertorio: Which side are you on?, What did you learn in school today?, Guantanamera…Para sorpresa de todos, se arrancó, incluso, con una canción en catalán, El desembre congelat, lo que permitió amplificar los coros y generó una explosión de júbilo: d’una ro, d’una sa, d’una rosa bella, fecunda i poncella. Una liberación momentánea, aprendiendo de las flores fragantes y sencillas que germinan a la contra.

Aquí os dejo un ejemplo de lo que era capaz de hacer Pete Seeger con los desperdicios y la suciedad; la canción Garbage: