Cepillar la ruta del crimen

cine-quinqui

José Antonio de la Loma, director perrocallejero del celuloide patrio, rodó a finales de los setenta y a principios de los ochenta del siglo XX varias joyas costumbristas y animadas del denominado cine quinqui, auténticos taquillazos con las andanzas de suburbiales delincuentes juveniles, cautivos de la dosis de caballo, en una “sociedad lanzada por la pendiente de la vida fácil, del lujo y del exhibicionismo”, sin solución oficial para los polígonos desgajados y sin servicios básicos, sin redención posible en los sucios descampados del extrarradio. Los chicos más inconformistas y temperamentales, aburridos pero con ganas de centella, sin perspectivas, sin nada que hacer, sin normas, buscaban la diversión que no se les ofrecía y optaban por dar rienda suelta a sus peores instintos: los chinorris se conviertían en choros, navajeros, teguis, atracadores, tirabolsos, talegueros, asesinos…Los peligrosos muchachos que aparecían en el cine quinqui, con destino de inminente fiambre; vaciletas, violentos y con gusa de fama pimpolla; críos pero “con más rabo que la pantera rosa”; tenían unos motes muy particulares: Piruli, Fitipaldi, Butano, Pepsicolo, Pepe el Majara, el Torete, el Cornetillas, el Pijo, el Jaro, el Meca, el Kung-Fú… Todos ellos, deprisa, deprisa, le metían chinazo al cristal, te hacían el puente, te robaban el buga -generalmente un Seat 124 Sport- y te lo estrellaban a toda velocidad por el barranco mientras huían de los maderos a tiro limpio. Carpe diem; desesperado, inconsciente y motorizado, a ritmo de rumba carcelera.

En ese contexto cinematográfico de epopeya y fechoría adolescente, en Alicante, en 1980, “el Almendrita” y “el Sevilla” deciden pasar un buen rato. Un camión-barredora está limpiando y regando las calles de la ciudad en su habitual y lento desplazamiento, con los cepillos en marcha. Los dos quinquis, con pintas desafiantes, detienen al conductor del camión y obligan al mismo a cambiar el recorrido de trabajo. El operario, taxista repentino, conduce el vehículo hasta el bar musical que le indican. Allí, “el Almendrita” y “el Sevilla” se encuentran a otros colegas de su banda que, invitados por los dos golfantes, se montan también en el camión de limpieza e inician un disparatado garbeo nocturno, en animosa comparsa, alumbrados por la luz rotatoria y por la voluntad decidida de travieso despiporre. Barrer en chute y superglobo: la libertad que camela. Una vez instalados los pasajeros del “tour turístico”, el empleado municipal es expulsado del vehículo y los quinquis se hacen con los mandos del aparato. Como el camión-barredora tiene una cierta complejidad y los chavales no saben bien cómo funcionan sus mecanismos, la pandilla acaba dándose una hostia afelpada a menos de medio kilómetro: la máquina era una ful de Estambul. Seguidamente, vuelven al pub a inflarse a cubatas, liarse sus mais y alucinar con las tías que enrollan. Mientras, el empleado del servicio de limpieza ha avisado a la policía. Los guripas desperdigan los coches patrulla por la ciudad para atrapar a los manguis: no tardan en encontrar el vehículo abandonado, cerca del susodicho local. Al rato, sin grandes dificultades, hallan también a los singulares secuestradores de barredoras, que bailotean confiados, erotizados, rumberos y embelesados por la valentonada. No hay tiroteos ni persecuciones a todo gas. Finalmente, todo parece bastante higiénico: sin hueco en la acelerada y chunga filmografía de José Antonio de la Loma para “el Almendrita” y sus compinches.

Historia de una mancha

Bartolomeo V.

Tal día como hoy, en 1927, murió Bartolomeo. Nació en 1888. Con veinte años recién cumplidos abandonó su Italia natal y el oficio de panadero que estaba aprendiendo. Como muchos de sus paisanos, emigró a Estados Unidos con la esperanza de encontrar un lugar mejor y con menos asfixia. Sin embargo, allí, según manifestó, “los pobres dormían en los quicios de los portales y, de buena mañana, se les veía revolviendo los cubos de basura, buscando una hoja de repollo o alguna patata podrida”. Bartolomeo, pues, se estrelló contra la realidad y con la fragilidad de la condición de los nadies desembarcados. En la tierra de las oportunidades, en la acogedora América de los sueños al alcance de cualquiera, comenzó su periplo laboral como lavaplatos…y lo acabó como vendedor ambulante de pescado, empujando un carrito. Soltero perseverante, voluntarioso autodidacto, utópico, bigotudo, lustroso y cortés, abrazó el ideal anarquista: pasó hambre y distintas calamidades, en un entorno penetrado por el “pánico rojo” y el orden piramidal de las criaturas y las cosas. Alternó largos períodos de desempleo con duras ocupaciones mal pagadas y nada vivificantes, siempre a salto de mata, siempre en puestos no cualificados, siempre en el alambre de la estrechez. Como operario de limpieza, retiró la nieve de las calles y de las vías del ferrocaril. “Mi conciencia está limpia”, dejó escrito.

La muerte de Bartolomeo generó grandes protestas -hasta entonces nunca vistas- en todos los continentes y en las ciudades más importantes del mundo: Tokio, Sofía, París, Zurich, Buenos Aires, Londres, Nueva York, Sidney, Berlín, Lima, Ginebra, Boston… La muerte de Bartolomeo provocó atentados y disturbios ante las embajadas y símbolos norteamericanos. La muerte de Bartolomeo fue repudiada y lamentada por grandes personalidades de la época: Albert Einstein, Marie Curie, Miguel de Unamuno, Dorothy Parker, George Bernard Shaw, H.S.Wells, Walter Lippman, John Dos Passos, Romain Rolland, Emma Goldman… La muerte de Bartolomeo, con el tiempo, fue pintada, cantada, llevada al cine. La muerte de Bartolomeo fue horripilante: como a su gran amigo y compañero Nicola, le achicharraron los sesos con descargas eléctricas, en la silla más inhumana, tras siete años, tres meses y dieciocho días de calvario en la prisión, condenado a la pena capital por el hocico reaccionario.

En 1977, con apenas medio siglo de retraso y las facultades desinfectantes mermadas, Michael Dukakis, que posteriormente se presentaría como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, se encargó de hacer la rehabilitación pública y oficial. “Porque Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, ambos ejecutados poco después de la medioanoche del 23 de agosto de 1927, no tuvieron un proceso justo, porque tanto el juez como el fiscal tenían prejuicios contra los extranjeros y los disidentes, porque en el proceso dominó un clima de histeria política, se debe limpiar de manchas e injurias, para siempre, el nombre de sus familias y de sus descendientes. El Gobernador de Massachusetts declara el 23 de agosto de 1927 como el Día Conmemorativo de Sacco y Vanzetti”. La limpieza tardía volvió a evidenciar la suciedad de las clases en la alta sociedad.

La ley de la hospitalidad

ley hospitalidad

En 1900, el por entonces Ministro de Gobernación español, Eduardo Dato, llegó a Terrassa en tren de vapor, acompañado por un marqués, diputados, algún presidente provincial y varias lechuzas más engalanadas. La comitiva del ministro se completaba con el alcalde de la ciudad, Josep Ventalló, y con el no muy popular Capitán General de Cataluña. El termómetro del conflicto social e identitario marcaba altas temperaturas. Terrassa era territorio comanche, llena de una jauría de obreros resentidos y otros porculeros incívicos con ganas de liarla parda.

Según cuentan las crónicas, desde que Eduardo Dato pisó suelo egarense, la diversión estuvo garantizada, con gritos como mínimo groseros “a las mismas barbas del recién llegado”. Fue silbado, abucheado, empujado, insultado: salió por la puerta trasera del ayuntamiento. Al visitar una fábrica, también tuvo que esconderse. En el banquete que le ofrecieron después en un conocido centro social, los comensales, que se esforzaban -sobre todo el alcalde- en ponerse vivaspaña, apenas se escuchaban: el ruido exterior era monumental. Una jornada particular: agitación, detenciones, guardias civiles, correrías, palos, disturbios. El ministro, desbordado por los acontecimientos, se mostró a lo largo del día un tanto multipolar: lo mismo llamaba al presidente Silvela, conservador, que apartaba farrucamente a los guardias que le custodiaban para encararse a los manifestantes y declarar que no necesitaba protección alguna, al confiar plenamente en la “hidalguía de los vecinos de Tarrasa”. Contemporizando, le decía al alcalde Ventalló que no era el momento para hacer declaraciones políticas. Acto seguido, soltaba una perorata sobre la descentralización y las regiones y la nobleza de los patriotas. “No creo que Tarrasa albergue a un mal español”, concluyó el ministro. El hombre incluso tuvo tiempo de pedir, en voz alta, la liberación de los alborotadores que habían sido detenidos por los polis a su servicio: estaba completamente desnortado.

El bochinche y las protestas, con engorrosos chiflidos, no cesaron a lo largo del día. Finalmente, el ministro y su séquito fueron conducidos a unos carruajes desde los que se trasladaron hasta un tren especial, habilitado para salir pitando de allí, a toda máquina. Los carruajes fueron apedreados y hubo algunos heridos. El marqués que acompañaba a Eduardo Dato recibió un buen chinazo en la cabeza. Una vez en marcha, el tren pasó de largo la estación de Sabadell, donde estaba prevista la siguiente parada de la comitiva, y se dirigió directamente a Barcelona, desde donde, al día siguiente, el ministro puso tierra de por medio.

Un comunicado posterior en la prensa afirmaba que se habían “repartido dos reales y un pito a cada obrero para que silbara”

Eduardo Dato fue asesinado en 1921 por anarquistas catalanes, en Madrid.

Our Hospitality (1923) es una película de Buster Keaton, el gran humorista que logró, en 1927, una suerte de eternidad gracias a la historia de The General, sobre un tren y su maquinista. En Our Hospitality, el joven y cándido Willie McKay viaja al lugar en el que nació en un viejuno tren de vapor que es apedreado por los leñadores en su trayecto. El chico llega a su destino tiznado. Los Canfield, enemigos acérrimos de su familia, no le esperan precisamente con los brazos abiertos: intentan asesinarlo varias veces. McKay, tras múltiples peripecias, huye en un tren disfrazado de mujer (de época). Las persecuciones se suceden y la locomotora acaba arrastrando al joven por las vías.

Limpieza en el condado

Alfons Sala i Argemi

Alfonso Sala i Argemí (1863-1945), liberal y proteccionista al alimón, amiguete de su tocayo coronado, diputado casi perenne, facilitador desmedido, relaciones públicas, el gran conseguidor, “el incansable”, el de los contactos, servicial y enérgico, fue el máximo exponente del fenómeno conocido como salisme, el salismo, una de las mayores aportaciones vallesanas a la historia contemporánea del clientelismo político, el caciquismo y la dominación social sobre un territorio a través de redes de influencia y un poder económico e institucional absoluto. El conde de Egara y unos cuantos prohombres respetables como él formaron una bonita camarilla de oligarcas, de conocidos apellidos, grandes industriales y familiares, que controlaron el cotarro en Terrassa desde finales del XIX hasta el franquismo y más allá, superando la anormalidad republicana y la Guerra Civil, superando asismismo sus disputas con los falangistas más “puros” y tercerposicionistas. Porque desde que Sabadell y Terrassa, con sus eternas rivalidades, se adscribieron en distintos distritos electorales, el bueno de Alfonso Sala -con breves excepciones- se merendó a sus opositores con patatas. Fue diputado en las Cortes Españolas durante décadas, desde 1893. Treinta años más tarde, con autoridad formal e informal, con el influjo consolidado, fue nombrado senador vitalicio por Alfonso XIII, que posteriormente le otorgaría su título nobiliario y un hermoso condado de privilegios para dormir en los laureles, cuando su anticatalanismo era más que palpable… y también su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. Su influencia en Madrid y en otras plazas mayores se aprovechaba para que los salistas medraran y mejoraran (más) su posición en la ciudad y en la comarca, haciendo y deshaciendo a su antojo. El resultado: siempre mandaban los mismos y, en las elecciones que se celebraban, cuando se celebraban, siempre ganaban los mismos, con ayuntamientos afectos y bien pergeñados corporativamente. La fórmula aplicada en Terrassa y en su zona de influencia fue de una enorme caballerosidad democrática y de un guante blanco fino y exquisito, tal como se esperaba de la ilustrada, moderna y modernista burguesía industrial: fraude, pucherazos, actas adulteradas, votos negociados, amaños; favores personales, regalías, prebendas, gestiones generosas e indulgentes con ciertos vasallos representativos; intolerancia, amenazas, presiones, coacciones, filípicas y acoso a la disidencia: milicias ciudadanas, porras, algunos disparos certeros en las testas del obrerismo; timón férreo en medios e instituciones, apariencia de orden, imagen de “estar con la gente” y “dejarse la piel” por la demarcación, dosis de clemente paternalismo, obsequiosidad tendenciosa y un discurso florido, folclórico, de tintes locales e interés vecinal. Muchos han bebido y todavía beben de sus fuentes. Alfonso Sala era el jefe de la tribu, el que nombraba los cargos o degradaba, con el respaldo de sus acaudalados acólitos. Desprestigiar a aquellos limpios y distinguidos señores, los salistas, podía salir muy caro, incluso tras la muerte de su figura principal.

monument alfons sala, a plaça vella
En agosto de 1955, aparece la siguiente noticia sobre inmersiones nudistas en la prensa: “Tarrasa. Esta madrugada han sido detenidos dos individuos que completamente desnudos se estaban bañando en el estanque existente en los céntricos jardines del Paseo Conde de Egara. Los gamberros se llaman Ramón Martínez Carbón, de 27 años, y Julián Serra Sarrión, de 18 años. Detenidos por la autoridad fueron internados en los calabozos de las Casas Consistoriales. Este mediodía empezaron a cumplir el castigo impuesto, barriendo las calles de la ciudad bajo vigilancia de un guardia municipal. El espectáculo ha causado regocijo entre el vecindario”. Lo dicho, un prócer con incidencia de ultratumba, con esa clase de clasismo que hace del barrer un acto impuro, abominable y poco meritorio, como el bañarse en porretas -cuando aprieta el calor- en piscinas, pozas, estanques u otros lugares públicos, por ejemplo.

PD – No ha mucho, en este siglo XXI, en Terrassa, se discutía si el impecable e implacable Alfonso Sala merecía o no una calle con nombre y apellidos, más allá del céntrico paseo con el título nobiliario que le concedieron. Un debate estéril y en contra de las apetencias y deseos del mismísimo conde afectado, humilde servidor de la pujanza endogámica, uno de los pocos -quizás el único- que se pudo dar el lujo de rechazar en vida tal distinción en el nomenclátor callejero de la ciudad, como hizo notar por escrito en una carta dirigida al agradecido alcalde salista de turno que tuvo semejante brillantísima idea con demasiada antelación.

Viaje a Lilliput

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Jonathan Swift (1667-1745), amante irreverente de las grandes bagatelas, satírico y escatológico, el escritor irlandés que junto a Gulliver nos llevó hasta Lilliput, Brobdingag, Laputa y a la tierra de los Houyhnhnms, entre otros destinos, llegó hace siglos a una conclusión irrefutable a través de la meditación: “El hombre es un palo de escoba”. Porque la criatura humana, como los yahoos, tiene “sus facultades animales perpetuamente encaramadas en las racionales y su cabeza en el lugar de sus talones, arrastrándose por el suelo”. El pragmatismo, la sabiduría y la asepsia científica y sin adulterar de Swift no admiten discusión, a pesar del tiempo transcurrido desde su fallecimiento. En Instrucciones a los sirvientes, por ejemplo, recomienda limpiar las telarañas con una escoba sucia y mojada, pues así se pegarán mejor…y se podrán bajar del techo con mayor eficacia. Tal muestra de innegable sensatez no debe caer en saco roto: las enseñanzas del afamado escritor irlandés son útiles en la actualidad y proporcionan soluciones integrales que pueden iluminar a los patricios y damas de hierro del siglo XXI. Todos los hábiles (pero pacatos) practicantes de la gobernanza del populacho, a partir de hoy, tendrían que leer El arte de la mentira política, dejar de lado las mojigaterías y plantear, de una vez por todas, medidas y reformas apodícticas para combatir tenazmente el apocalipsis del estado providencia, sin complejos ni titubeos, en aras de la verdad verdadera.

Los textos y sugerencias de Jonathan Swift tal vez ayuden a encontrar grandes remedios para la crisis presente. Porque Swift escribió Una modesta proposición por el “bien público”, preocupado como estaba por las “pordioseras del sexo femenino, seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos ellos cubiertos de harapos y molestando al pasajero al pedirle limosna”. Una proposición que ofrecía “algo sólido y real” para salir de la mala situación económica y para erradicar la pesada carga de niños inermes que, al crecer, por falta de trabajo, se convierten irremediablemente en ladrones y en otras gentes improductivas: pobres, refugiados, inmigrantes, tontos hambrientos, enfermos, inválidos, viejos, jóvenes en precario… Una modesta proposición sin gazmoñería ni utópico idelismo, por fin. Así las cosas, Swift propone directamente que los padres que no puedan mantener a sus hijos los vendan a personas de calidad y fortuna de todo el reino, como plato culinario, para que se los coman y se los zampen con gusto oligárquico: dicho menú es una fórmula “muy adecuada para terratenientes” porque “un niño es saludable, delicioso y nutritivo, ya sea estofado, asado, horneado o hervido” y da para dos platillos en una reunión de amigos. “Quienes sean más ahorrativos (como requieren los tiempos) pueden desollar también el cuerpo del infante: la piel del cual, tratada artificialmente, hará unos guantes de dama admirables, y botas de verano para caballeros finos”. El escritor recomienda comprar los niños vivos y prepararlos recién sacrificados, tal como hacemos con el provechoso cerdo, sin desperdiciar nada, con una excelente gestión de residuos orgánicos. Con ello, de buen seguro, habrá “grandes negocios para las tabernas” y mejorarán notablemente el comercio y el noble arte de “hacer buen tocino”. Puesta en marcha la trituradora infantil, al por mayor, la crisis actual quizás pase rápidamente a la historia como anécdota simpática y peregrina.

Llegó la hora de barrer, por tanto, y poner las cosas en orden definitivamente, con dieta hiperproteica, la bandeja repleta de párvulos enanos, sádicos tijeretazos, cortes, recortes, caña al mono (que es de goma) y frecuentes golpes de escoba en el tren de la bruja piruja.

Las escobas de Iván

OPRICHNIK

Iván IV de Rusia (1530-1584) fue un gobernante extremadamente limpio, el creador de una de las más grandes brigadas de barrenderos de la historia. Como los terratenientes boyardos, parte de la aristocracia y el clero discutían con él sobre los pormenores de dejar relucientes las estepas, el soberano moscovita se vio forzado a demostrar su extremada pulcritud ante el público en general y ante los siervos de la gleba en particular: el algodón nunca engaña. Dado que era reacio a eternizar tontamente las controversias con aquellos nobles chinchorreros, elaboró un perfil ideal en su departamento de recursos humanos y contrató a musculosos caballeros salidos de la nada –una gesta de la integración social zarista- para “barrer la inmundicia” del país y dejarlo como los chorros del oro. En los requerimientos de los diferentes puestos convocados, no se exigían grandes conocimientos de ofimática, pero sí actitud positiva, higiene personal y unos determinados valores: fe inquebrantable en el proyecto, lealtad, disciplina, seriedad, dinamismo, capacidad de gestionar conflictos, resistencia a la frustración, aplomo, reciedumbre, ningún escrúpulo. Porque lo que quería Iván era arrancar toda la mugre y, por consiguiente, los nuevos barrenderos debían tomarse el trabajo con absoluta devoción. Para ello se fundó, en 1565, la Oprichnik, una fuerza parapolicial con tintes religiosos, una secta inhumana formada por feroces patanes ávidos de degollina, mitad guerreros y mitad monjes, totalmente desquiciados, destetados y proscritos, en sincronía con la paranoia conspiratoria y la chaladura del propio Iván, de Iván el Terrible, que pretendía exterminar a sus enemigos políticos con su innovadora guardia de limpieza. Los caballeros de la Oprichnik vestían de riguroso y siempre elegante negro –Men in Black- y solían atar al lomo de sus monturas un cráneo de perro (la fidelidad al zar) y una escoba (el espíritu de barrido integral). Los chicos estaban sometidos, asimismo, a unas progresistas y creativas relaciones laborales, basadas en el palo y la zanahoria, lo nunca visto. Si se comportaban como buenos profesionales y besaban los pies del jefe supremo, gozaban de plena impunidad y obtenían suculentas recompensas. Si eran considerados traidores o indignos del culto al líder, se les hervía en ollas candentes, como liviana amonestación que no necesitaba más avisos en la vida terrenal. El oficio, no obstante, merecía la pena y los cometidos asignados aseguraban diversión, entretenimiento y aventuras trepidantes: purgas, empalamientos, violaciones, decapitaciones, asesinatos en masa, descuartizamientos públicos, sangre a raudales…En ciudades como Nóvgorod o Pskov, aquellos perros de presa, higienistas caninos en la devastación, guardianes de Rusia, llegaron al pináculo de la atrocidad: miles de muertos ejecutados por una supuesta conjura antizarista, engendrada en la mente del demente soberano.

Escudo oprichnik

La orden de los Oprichniki fue disuelta en 1572, ocho años después de su constitución, tras darse cuenta el bueno de Iván -por mor del delirio- de las intenciones perversas de todos los miembros de la misma, conchabados en su contra y demasiado blandengues con la tropa forastera. El zar creó otro ejército regular a su servicio y, sin dar los buenos días, exterminó a aquellos negros opositores de reciente cuño, los barrenderos que tan incondicionalmente le habían rendido pleitesía hasta entonces, unos perrillos falderos que se convertían en hienas carroñeras y mortíferos licántropos a cada chasquido del monarca, por un medio ambiente impecable: los tiranos de gran olfato dejan caer también a sus despiadados secuaces en el vertedero de la mortandad cuando el hedor llega al fondo de sus veleidosas narices: prolongue la vida de su lavadora, con terror… Así se acabó la rabia, sin que los peores instintos caninos prosperasen, sin dar tiempo a los feroces animalicos abandonados a lamerse las heridas. Luego el ciclo de las macabras escobas pasó: los arqueólogos de Vladímir Putin tal vez las encuentren en la tundra.

Blues entre barreduras

Furry Lewis

I seen a rat, sitting on top of a garbage can, eating a onion, crying”

En Beale Street, aunque las cosas se torcieran, hasta las ratas lloraban sobre los cubos de basura. Lo sabía bien el parlanchín, expresivo y atípico Walter “Furry” Lewis (1893?- 1981), experto en melancolía mundana, peleona y humorística; en versos procaces,  en negritud, en rasgaduras, en desperdicios y en cuellos de botella separados del casco. Durante años, Furry ejerció el encanto barrendero como modus operandi, cargó pesados fardos, recogió restos, se bebió el lustre inane en varios tragos y, día tras día, tal vez buscando el plecto y su propia senda hacia la resurrección entre montones de suciedad -de escombros, decadencia y ocaso-, tras veladas cada vez más exigüas y tenues, limpió con su escoba la legendaria calle de Memphis, en el estado norteamericano de Tennessee.

Furry Lewis nació en Greenwood, en la parte oriental del Delta del Mississippi, en el cogollo de la industria algodonera, un lugar con sonidos desgarrados y reminiscencias atávicas de raza y vejación esclavista. Nunca conoció a su padre, un hombre del campo que se separó de los suyos y desapareció para siempre. Siendo niño, se trasladó a Memphis con sus hermanas y con su madre, que se dedicó a lavar, cocinar y fregar en casas ajenas para mantener la intensidad familiar de desdicha. Furry pronto dejó la escuela: “Me han arrestado por falsificación, pero ni siquiera sé firmar con mi nombre”, cantaba tiempo después. En los recovecos de la gran ciudad, se construyó un rudimentario instrumento de cuerda con desechos, maderas, alambres y una caja de puros. Aprendió a tocarlo escuchando a un artista callejero llamado Blind Joe. Conoció las épocas más bulliciosas, canallas y líricas de Beale Street, a principios del siglo XX, cuando músicos de la talla de W.C. Handy se instalaron en la zona y crearon un mito de color (de color negro) a partir de atribulados ritmos populares, de tristeza infinita y heridas profundas en el alma. Según la versión del propio Lewis, un excelente cuentista, el taumaturgo y fetén quiropráctico del bottleneck, fue el mismísimo Handy, el autodenominado padre del blues –pionero en llevar el género del vagabundeo seglar a las partituras-, quien le regaló su primera guitarra en condiciones, una Martin, que conservó durante décadas. Con ella -y con otros trabajillos esporádicos (chico de los recados, buhonero, transportista, estibador…)-, Furry se ganaba la vida, en actuaciones ambulantes, en recitales, en bandas y orquestas, en exhibiciones para turistas en travesías fluviales, en espectáculos cómicos y de vodevil por los pueblos donde charlatanes, curanderos y farsantes (como el Duque y el Rey que transportaban Jim y Huckleberry Finn en su balsa por el río) trataban de vender milagrosos jarabes, elixires, aceites y ungüentos a una crédula concurrencia inclinada hacia el placebo. Llegó a ser uno de los songsters que antes imprimió la huella de demonio azul sobre un disco: “Puso carbólico en mi café, esencia de trementina en el té, estricnina en mis galletas. Oh, señor, pero ella nunca me hizo daño”. Tocó junto a Frank Stokes, Gus Cannon, Jim Jackson, Memphis Minnie… En 1917, en uno de sus viajes de emprendimiento indispensable y propiciamente alimenticio, sufrió un accidente de ferrocaril: había cogido el tren de mercancías en marcha porque no quiso pagar el billete: le amputaron una pierna por encima de la rodilla y el resto de su existencia dependería de una prótesis ortopédica. A partir de entonces -y hasta su vejez- apenas salió de Memphis ni del entorno de Beale Street. En la puerta del conocido Pee Wee’s, donde solía tocar, colgaba un cartel en el que rezaba una frase lapidaria que destilaba toda una filosofía: “Nunca cerramos antes del primer asesinato”. Cuando la quimera de los felices años veinte se quebró por completo, el hambre, el desempleo y la Gran Depresión hicieron estragos y convirtieron la miseria en nada, en nada acentuada y en nada a salto de mata: Furry no escapó de la quema pero tampoco podía salir corriendo: abandonó la música profesional y, poco a poco, cayó en el olvido. Comenzó así una larga trayectoria en el ostracismo, rutilante solo en el ambiente del barrio, regada con whishy barato, tabaquismo, ruina, rutina, declive, riñas y visitas constantes a las casas de empeño. Beale Street fue perdiendo también su empuje natural: se cerraron múltiples locales y clubs: la magia murió asesinada. Furry se aferró entonces a la basura y al carrito de limpieza, dejando la guitarra para el esparcimiento ocioso y para pequeñas celebraciones entre amigos. “No soy una estrella, pero podría ser una luna”, afirmó con sorna en alguna ocasión.

furry bottleneck

Walter “Furry” Lewis empezó a trabajar de barrendero municipal en 1922. Hasta 1963 no aparcó la escoba. Hacia 1959, poco antes de retirarse definitivamente de su oficio limpiador, le descubrieron (redescubrieron) y le convencieron para volver a escena como uno de los últimos supervivientes de los viejos tiempos, el jarrón chino de las esencias primigenias. Puso algunos reparos al principio -era ya un anciano y no estaba interesado en reactivar su carrera cuarenta años después-, pero, como espíritu emocional, elevado y carismático, tenía una personalidad contradictoria: borrachuza, pendenciera, enraizada, materialista, prosaica, cómica e inequívocamente juguetona: “Follow me, baby, I will turn your money green. Show you more money than Rockerfeller ever seen” Se volvió una celebridad en los siguientes lustros, participó en una película –Un caradura simpático, junto al inefable Burt Reynolds-, cosechó aplausos, grabó discos, salió de gira y no rehuyó los focos ni el mercadeo, aunque seguía durmiendo junto a un revólver por si las moscas y seguía discutiendo airadamente por unos pocos centavos, por unas latas de cerveza o por los sobrantes de otros líquidos espiritosos de alta graduación. El 4 de julio de 1975, en la ciudad que le vio barrer, actuó como telonero de los Rolling Stones ante más de cincuenta mil personas. Sus Satánicas Majestades le tuvieron que insistir: se hizo de rogar justo hasta llegar a los 1000 dólares de emolumento. “Hola a todos”, dijo; contó un chiste picante sobre un hambriento pedigüeño que se acercaba a mujeres que se levantaban la falda como único plato en el menú, soltó una explosiva y aparatosa carcajada, cantó un par de canciones y se marchó por el foro. Cuando le preguntaron si no se quedaba a presenciar el concierto de “la mejor banda de rock and roll del mundo”, contestó enrabietado: “Eso a mí no me importa ”.

Furry murió de neumonía en 1981, cojo y medio ciego. “Prefiero ver mi ataúd entrando por la puerta que escuchar a mi chica decir que ya no me quiere”, transmitió en su legado musical. Su tumba tiene dos lápidas. En una aparece el título de una de sus composiciones: When I Lay My Burden Down. En la otra, con un epitafio más lacónico pero preciso, simplemente la palabra Bluesman.

La sal de la tierra

Rosaura Revueltas

Una mujer, Esperanza, corta leña para quemar. Con la leña, calienta el agua en un barreño. Con el agua caliente del barreño, lava la ropa, frotando. “¿Cómo iniciar una historia que no tiene principio?” Son las primeras escenas y las primeras palabras de la película Salt of the earth (La sal de la Tierra), 1954, de Herbert J. Biberman. La fascinante voz de Rosaura Revueltas envuelve las imágenes siguientes, mientras se hace la presentación, en un lugar árido y ficticio llamado Zinctow, en Nuevo México, en Estados Unidos. Rosaura es la actriz protagonista y encarna a Esperanza Quintero, la esposa de Ramón, un minero de origen mexicano que, junto a otros hombres, organizados sindicalmente, planta cara a los abusos de los patronos de una explotación de zinc. Aquellos hombres del pozo, chicanos, tienen prioridades. Piden más seguridad, más ayuda subterránea, más salario, mejores condiciones laborales…Pero las mujeres de los mineros necesitan también un mínimo de salubridad en los barracones que habitan: ellas quieren hogares en las mismas condiciones que los obreros angloamericanos, quieren agua corriente, quieren agua caliente, quieren lavabos, quieren baños, quieren cañerías en buen estado…Están hartas de cortar leña a mano para comer, para hacer la colada, para fregar, para limpiar…Todos los días, varias veces al día. La vida allí es desoladora y triste: Esperanza, embarazada, llega a desear que el hijo que lleva en las entrañas no vea la suciedad de aquel oscuro e injusto mundo de minerales y dinamita. “¿Qué hay más importante que la sanidad?”, se pregunta ante la incomprensión de su marido. Otras mujeres aún van más lejos: plantean una concentración femenina para quejarse de las instalaciones, con pancartas: “Queremos sanidad, no discriminación”. Pero los hombres ya han paralizado las máquinas y han empezado la huelga, con sus particulares demandas, una huelga que durará meses, y las mujeres se quedan en casa, como amas de casa, cuidando de la numerosa prole, cocinando, limpiando, barriendo, fregando, cortando leña… Las mujeres quieren ayudar pero los hombres no permiten que se acerquen. Los hombres mineros patrullan la zona, cortan carreteras, protestan: la compañía no cede: hay detenciones, palizas, encierros con cargos falsos, intentos de soborno, prácticas divisivas, esquiroles, chivatos, provocadores, policías armados de gatillo fácil y secuaces del escarmiento. La resistencia, la unidad y la solidaridad entre ellos parece inquebrantable, masculinamente inquebrantable, pero la lucha se prolonga, crecen las dudas y algunas familias no pueden soportarlo y se trasladan a otros lugares. La tienda de la compañía se niega a servir a los huelguistas, las reservas se agotan, se margina a los trabajadores chicanos que lentamente, ahogados por los plazos y el hambre, van perdiendo la moral…Esperanza da a luz sin atención médica. Llega ayuda externa y se multiplica también la intensidad de la coacción. Por mandato judicial, se prohibe a los mineros manifestarse en piquetes, bajo la amenaza de cuantiosas multas y duras penas de cárcel. La huelga parece abocada al fracaso. Pero las mujeres toman el relevo y demuestran su entereza, su solidaridad, su coraje, su compañerismo, entre ellas y con ellos, como hermanos. Se intercambian los roles. Las mujeres hacen piquetes y resisten todos los atropellos. Los hombres, a regañadientes, poco a poco, sustituyen a las mujeres en las tareas domésticas: cortan leña, cuidan a los niños, barren, friegan, lavan, tienden la ropa… Descubren, entonces, la importancia de la sanidad y de la higiene….y de conseguir juntos la sal de la tierra, con dignidad y limpieza entre sexos, entre semejantes y entre generaciones.

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Pese a las restricciones sufridas y las críticas narrativas (e ideológicas) que se puedan hacer de la obra, la mexicana Rosaura Revueltas consiguió una interpretación maravillosa, honesta, punzante, emocionante y trabajada; en el papel de la esposa de un rudo minero chicano dispuesto a batirse el cobre contra los patronos del zinc pero reacio a compartir las escasas pepitas de oro en su propia casa. Una interpretación tan maravillosa que, prácticamente, no volvió a actuar en ninguna otra película. Su talento como actriz fue reconocido en Europa, donde llegó a formar parte de la compañía de teatro de Bertolt Brecht, pero en Estados Unidos y en su México natal estaba vetada por la industria cinematográfica, por su fundamental participación en Salt of the Earth y sus supuestas simpatías comunistas, en plena Guerra Fría. Se la incluyó en la lista negra, fue arrestada por entrada ilegal en territorio norteamericano, fue deportada durante el rodaje para impedir que completase las últimas escenas. Un rodaje, por cierto, especialmente tremebundo en lo represor y en manía persecutoria, plagado de incidentes provocados por la fascistoide fiebre macarthista: insultos constantes, megafonía a todo trapo, avionetas que sobrevolaban la zona para interrumpir las tomas, detenciones arbitrarias, agresiones, presiones, peleas, incendios, disparos, amenazas de muerte, insólitas acusaciones de espionaje a los miembros del equipo técnico… Las autoridades y las mentes más lunáticas –como Howard Hugues (el aviador, multimillonario y vomitivo cineasta del “todo el mundo tiene un precio”)- no cejaron en el empeño de torpedear el filme, en el rodaje, en el montaje, en la distribución y en la exhibición posterior; un filme que el senador Donald Jackson definió como “arma de la URSS”; un filme boicoteado y fustigado hasta el paroxismo: un calvario. Casi todos los integrantes del staff fueron duramente represaliados: el director –uno de los conocidos como Diez de Hollywood-, el productor, el guionista, el compositor…hasta el responsable de fotografía y los actores voluntarios. Todos vieron truncadas sus carreras artísticas. Todos se vieron apartados del cine y con serios problemas para conseguir un empleo, por motivos políticos. Rosaura Revueltas, una de las pocas actrices profesionales del rodaje, explicó así su particular experiencia: “Oí a un fiscal del gobierno descubrirme como una mujer peligrosa que debía ser expulsada del país. Otra vez, se refería a mí como esa muchacha -despectivamente-. Como no tenía evidencia de mi índole subversiva, sólo me queda deducir que era yo peligrosa porque había interpretado un papel que daba estatura y dignidad al personaje de la mujer mexico-norteamericana”. Aunque sometida a una auténtica, inquisitorial e inquietante caza de brujas, sazonada con infamia, bazofia, discriminación, sal gorda y pánico reaccionario, que dejó en principio la tierra yerma, Rosaura protagonizó una muy buena película, de valiosos yacimientos y de cosecha tardía, representando a una mujer de profundas raíces que quiere escuchar la radio y bailar sin pisotones, en una colectividad esquilmada, oprimida y despreciada que reclama justicia, saneamiento y un trato igualitario. ¿Cómo acabar una historia que no tiene fin?