El piojo verde

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Los primeros años del franquismo, tras la guerra civil española, fueron los más criminales del régimen, ya de por sí asesino. Más allá de la persecución política e ideológica-y por si fuera poco-, la hambruna generalizada, la pobreza y la enfermedad golpearon a la población con saña durante aquellos primeros años cuarenta del siglo XX. Las muertes se contaron a paladas. Fue un tiempo gris y triste, de terror, racionamiento, escasez, hacinamiento, aceite de ricino, chinches y piojos por doquier. Y así, como “piojo verde” se conoció popularmente a la epidemia de tifus exantématico o europeo -ocasionado por el piojo de la la ropa- que arrasó varias localidades de la península. El nombre, cuentan, no se sabe exactamente por qué extraña relación, le viene de la copla “Ojos Verdes, de Rafael de León, aquella de “apoyá en el quisió de la mansebía”, sobre una prostituta que, tras una noche desenfrenada y heroica, perdona la deuda al putañero que la deja marcada para siempre. Una canción, claro, muy mal vista por los pacatos beatos y oligarcas de la época. En cualquier caso, el “piojo verde” no era un héroe, sino un villano que provocaba fuertes fiebres, delirios, erupciones cutáneas y trombosis en los infectados, siendo, en el peor de los casos, el deceso la última consecuencia de la atroz agonía. El régimen, que intentó siempre ocultar las verdaderas consecuencias del contagio, acabó, no obstante, por recomendar públicamente la desinfección y la higiene, sobre todo entre los pobres, a los que parecía acusar de causantes de su propia desdicha. “Toda esa gente sucia, hedionda, apática y llena de mugre puede ser muy bien la conductora del terrible insecto”, se escribía en la prensa controlada por el gobierno, la del Movimiento. Incluso, según el entonces Director General de Sanidad, José Alberto Palanca, se achacaba la llegada de ese tipo de tifus específico a España al desorden que provocaron los republicanos y a las Brigadas Internacionales que los apoyaron, aunque más probablemente procediese de África y del temible ejército africanista que trajo Franco al consumar el golpe de estado en el 36. Miles de personas perecieron por el llamado “piojo verde” durante aquel período. Se hicieron habituales los despiojamientos, la delación “sanitaria”, los estrambóticos purgantes y las cabezas rapadas de la chiquillería. Pasado el peligro, gracias al DDT (cuyos efectos adversos todavía se desconocían), y muchos años después, el propio Palanca, en un ataque de sinceridad, afirmó: “Se hizo todo lo posible para que la epidemia se distribuyera ampliamente por la superficie del país, y hay que confesar que se consiguió”. Otro crimen del franquismo, pues.

Y se marchó

Alfonso XIII

Y se marchó, como dice la canción de Perales. Tras la derrota de las fuerzas monárquicas en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 y la posterior proclamación de la Segunda República, un día luminoso como hoy, 14 de abril; Alfonso XIII partió con su séquito dirección a Cartagena, donde embarcaría y zarparía hacia el exilio. Antes, cuando algunos miembros de su gabinete le plantearon la posible la prolongación del régimen hasta unos comicios generales que quizás le salvaran in extremis, el Borbón -dinastía lamentable que se sufre desde Felipe V, hasta la fecha, gracias al criminal Francisco Franco- dejó dicho lo siguiente: “Yo no puedo admitir el continuar un papel en una broma trágica”. Muy digno él, añadió para la posteridad: “No quiero que por mí se derrame una gota de sangre”. Y así, ahítos de orgullo y satisfacción, los miembros de la comitiva real, compuesta por varios gerifaltes, salieron de Madrid el mismo día 14 en cuatro automóviles camino de la costa, hacia el sureste de la península ibérica. El crucero que les esperaba se llamaba “Príncipe Alfonso” y, en el lugar más visible, blandía la bandera rojigualda de tres franjas reconocida por la monarquía española. A las cinco y media de la tarde del día 15 de abril, ante un gentío enfervorizado que festejaba el advenimiento de una naciente y próspera época -creían-, la embarcación levó anclas con su conocidísimo pasajero ya destronado a bordo. El destino: Marsella, de indudable connotación republicana. Una vez depositado el producto regio en el puerto marsellés, con todo su séquito, el crucero volvió a Cartagena. Cuando llegó otra vez al muelle, los tripulantes habían cosido una franja morada en la bandera principal, conviertiéndola en la tricolor propia del nuevo sistema democrático. También le habían cambiado el nombre al buque. A su barco le llamaron “Libertad”.

Picasso, los huevos y la pastelería

Lunes de Pascua. Día de la mona y de huevos de chocolate. Pablo Picasso afirmó en su momento que “después de Cristobal Colón” era el surrealista Salvador Dalí quien tenía “el monopolio de los huevos. Tortillas, huevos al plato, huevos revueltos, huevos duros, huevos pasados por agua. Dalí los ha representado en todas sus variedades”. Pero nada dijo de los huevos de chocolate.

Ou de colom. Llibre

Picasso vivió largo tiempo en Barcelona, donde la tradición de la torta pascuense llamada mona está muy extendida. Hacia 1962, el inventor del cubismo y autor del celebérrimo Guernica llevaba décadas sin pisar la ciudad condal, por motivos políticos obvios. El galerista y marchante de arte Joan Gaspar era su amigo y tenía previsto hacerle una visita a París, donde residía el pintor. Como Picasso siempre le hablaba de cómo añoraba el ajetreo barcelonés y cómo le gustaba el monumento a Colón situado al final de las Ramblas, Gaspar decidió llevarle un presente que se lo recordara. Era la época perfecta para encargar un dulce que representara dicho monumento. Así las cosas, contactó con el conocido maestro Antoni Escribà Serra, de familia pastelera, e hizo el encargo, un encargo enteramente de chocolate. Escribà mostró sus reticencias al principio, pues tenía un modo de trabajar muy particular, más imaginativo e improvisado, y no le gustaban las imágenes exactas copiadas de la realidad, pero finalmente aceptó la misión. Tenía trazas y oficio para superar el reto. Cuando hubo completado la base, con sus leones, todo tipo de detalles y volutas, pasó a reproducir con gran exactitud la columna corintia con su correspondiente capitel…Luego, llegado el momento de copiar la estatua del almirante, se cansó de tan arduo trabajo y decidió rematar la faena no con un Cristobal Colón de pega, sino con un típico huevo de Pascua agujereado, del que salía un dedo índice a tamaño natural. Una cosa muy surrealista, ciertamente. Todos los que vieron culminada la creación de repostería se quedaron pasmados. Picasso, sin embargo, al recibir el presente, se mostró sumamente agradecido, lo guardó en una vitrina y, durante años, lo exhibió ante sus visitantes como un gran obra de arte. Tan agradecido se mostró que, incluso, le regaló a Escribà una valiosa litografía en blanco y negro. El maestro pastelero, tan sorprendente como siempre, tiempo después, se cansó de la litografía tal como estaba y pintó sobre ella con vistosos colores. Con un par de huevos.

La procesión de los porretas

Domingo de Resurrección, como hoy. Semana Santa. Los cristianos celebran que Jesucristo Nuestro Señor regresa a la vida al tercer día de ser crucificado, su mayor logro, lo que mueve y conmueve más a los beatos y creyentes. No obstante, vecinos, costaleros y cofrades lloran desconsolados porque no pueden hacer la procesión prevista para el día, la del Cristo Resucitado. No llueve ni caen chuzos de punta. Tampoco hay un estado de alarma implantado ni una pandemia que impida el recorrido por las calles. Estamos en 1980, en Mijas, un pueblo costero de Málaga, por entonces de unos quince mil habitantes. Al ir a buscar la imagen del Cristo a la iglesia, el párroco y otros miembros de la hermandad correspondiente encuentran allí una profanación propia del diablo. La figura del Cristo tiene los brazos rotos y todo alrededor está lleno de basura, de botellas de licor de alta graduación vacías, de latas, de colillas…No hay tiempo material para recomponer el destrozo. Se tiene que suspender el acto.

Con anterioridad, por la noche, de madrugada, un grupo de unos cuarenta o cincuenta jóvenes, ávidos de diversión, un tanto perjudicados, entre cánticos, se había colado en la parroquia y había decidido darle una vueltecita al Cristo por el pueblo. Los chicos lo cargaron a cuestas y lo llevaron en volandas hasta la fuente de la plaza, “para darle de beber agua”, al pobrecico, que todavía tenía las marcas de las lanzas romanas en el torso. Luego, la imagen, desplazada de aquí para allá, acabó por caerse, rompiéndose los brazos. Como la figura estaba maltrecha, los jóvenes pensaron que era buena idea llevarla en la ambulancia municipal hasta un hospital para hacerle una “cura” e intentaron descerrajar el garaje donde se guardaba dicho vehículo. Estuvieron un buen rato dando porrazos pero no lo consiguieron. Cansados ya de tanto trote, volvieron en comparsa otra vez a la iglesia, donde siguieron la fiesta hasta el amanecer. “Viva Cristo Resucitado y vivan los porros”, gritaron todo el tiempo.

Jesucristo contra la impostura virginal

Al grito de “Yo soy Jesucristo resucitado”, Lazlo Toth, un melenudo con barbas de exactamente 33 años, rompió a martillazos una de las esculturas renacentistas más célebres, la Piedad del Vaticano, La Pietà, de Miguel Ángel, il Divino, en la que se representa a la Virgen María sosteniendo a Cristo recién muerto y desclavado de la cruz, situada en una capilla de la Basílica de San Pedro. Corría el año 1972 y Toth, de origen húngaro, un geólogo de formación que trabajaba hasta entonces en una fábrica de jabones, se había trasladado desde Australia -donde residía- a Roma para hablar con el Papa, al que dirigió unas cuantas cartas que nunca fueron contestadas. Tenía “varios misterios que revelar”. Finalmente, como nadie le hacía caso -pese a las notas que publicó en la prensa- decidió cortar por lo sano y atacar a la susodicha escultura, más concretamente a la imagen de la Virgen, “una impostora”, afirmó, porque él era eterno, porque ella no existía y aun así se hacía pasar por su madre. Dios de la Misericordia y Todopoderoso, único y trino a la vez, le había ordenado actuar así contra la estatua de la sagrada mujer, a la que le desgajó entero el brazo izquierdo, le hizo añicos la mano, le destrozó parte del manto, le arrancó la nariz, le puso un ojo a la virulé (figuradamente, nunca mejor dicho), le rompió un párpado y le dejó marcas en la mejilla y en el dorso de la cabeza. Los virginales trozos de mármol se esparcieron por toda la zona. La concurrencia allí reunida, tras superar un primer momento de inmovilizante consternación casi mariana, una vez interceptado el martillo y reducido su propietario, intentó linchar a Toth. “Mejor que me maten porque así iré directamente al Paraíso”. No fue a tan ídilico lugar, al menos no directamente. Los ánimos se calmaron y se lo llevaron detenido los carabineros entre abucheos. Se pasó una temporadita en la cárcel de Regina Coeli -“Reina del Cielo” en latín, curiosamente, una edificación dedicada a la Virgen- y dos años más en un hospital psiquiátrico en el que le medicalizaron a lo bestia y le aplicaron descargas eléctricas, sin piedad. Después, fue deportado otra vez a Australia, donde se perdió su rastro.

La escultura se restauró con gran precisión y se parapetó tras una enorme luna de cristal blindado y supuestamente irrompible. Un grupo de artistas nihilistas y radicales de la época atribuyeron a Lazlo Toth unas virtudes en el campo del terrorismo cultural que él nunca pretendió. Se organizaron bajo el lema “No más obras maestras”.

El adiós a un compañero

Marc comenzó a trabajar en la empresa pública de limpieza y recogida de residuos de Terrassa, Eco-Equip, casi cuando yo lo hice, en los años noventa del siglo pasado. Por entonces, él era ya capataz y yo un simple peón que removía contenedores de basura arriba y abajo. Los dos, unos pipiolos, jovencitos -yo más que él- y con ganas de tragarnos el mundo. Trabajábamos de noche, a destajo, todos los festivos y fines de semana…y, además, los días extras que caían como maná del cielo, pues ayudaban a arreglar la maltrecha nómina que teníamos en aquel tiempo. Él conducía una furgoneta provista de emisora, con la que se mantenía en contacto con el resto de flota de vehículos y organizaba -o desorganizaba, según- el servicio y daba las instrucciones precisas para su presunto buen funcionamiento: todo iba como el culo, a veces, pero salíamos in extremis a flote, manteniendo la ciudad si no limpia, sí en condiciones aceptables. Y eso que la apuesta por el reciclaje y la separación en casa tardaría en llegar. Marc, al principio, llevaba en la furgoneta a su perro, para protegerse, porque le gustaba, porque sí o porque simplemente le dejaban hacerlo (o tal vez por todas las razones anteriores a la vez). El perro, no poco grande, tipo pastor alemán, siempre ladraba cuando me veía. Yo le tenía un miedo atroz, sobre todo cuando debía montarme en la furgoneta del capataz. El perro ladraba y ladraba y parecía que se iba a comer a alguien para no dejar ni los huesos. Marc entonces giraba la cabeza y le conminaba a callar de forma abrupta y a la vez socarrona, como solía hacer también con los trabajadores subordinados de tanto en tanto, cuando estaba más eléctrico. El perro bajaba las orejas y se comportaba el resto del trayecto como un osito amoroso. Se dejaba tocar, cambiaba su gesticulación a rangos plácidos e incluso emitía sonidos cariñosos. Yo se lo agradecía, aunque iba con el rabillo del ojo pendiente del chucho, por si acaso. Nunca, nunca, por eso, desobedeció a su amo mientras me llevaba de un lado a otro.

Marc, Marc Antoni Escoda, ha muerto hoy, décadas después de nuestras primeras experiencias laborales y caninas. Ha podido con él el maldito coronavirus. Seguía siendo joven, alrededor de cincuenta años, tenía todavía mucha cuerda por delante y un hijo al que enseñar el esplendor que nos ofrece la vida. No fue mi amigo, no en la forma clásica, pero mantuve con él más contacto que con la mayoría de mis amigos. Fue algo más: fuimos testigos el uno del otro, durante veinticinco años: nos vimos crecer y engordar. Fue, también, uno de los anónimos héroes de la basura, que no recibirá los aplausos que merecería, que no se pudo despedir de casi nadie y que no tendrá ya perro oficial ni oficioso que le ladre sus virtudes pasadas. Si lo viera, si viera lo surrealista de todo, de cómo han sido sus últimas agónicas jornadas, desde donde esté, seguro que se le escapaba una de esas risas limpias, críticas, irónicas y bravuconas a las que nos tenía acostumbrados. Hasta siempre, mi capataz. Que la tierra te sea leve, compañero.

De renos y bacterias

Todo comenzó con la muerte de miles de renos, en la península de Yamal, en la franja ártica siberiana, en Rusia, donde los indígenas nómadas nenets se dedican a la cría tradicional a gran escala de esos mamíferos de espléndida cornamenta. Luego, por un proceso de zoonosis, llegaron las decenas de personas infectadas e incluso el fallecimiento de un niño de la zona por carbunco o ántrax, una enfermedad desaparecida desde hacía décadas. Se procedió al aislamiento y a la preceptiva cuarentena, con la intervención expeditiva del ejército ruso. Los expertos atribuyeron el brote a la descongelación del permafrost -suelo poco profundo permanentemente helado- que se produjo aquel verano de 2016, cuando se alcanzaron temperaturas récord, y que había liberado la bacteria maligna, seguramente procedente de un cádaver de un animal infectado que permanecía intacto desde bastante tiempo atrás (unos 75 años, se calculó). El gobierno ruso ordenó primero vacunar a miles de renos y, meses después, el sacrificio de cientos de miles, prohibiendo la exportación de carne y pieles procedentes de Yamal, lo que incidió notablemente en la economía de los nenets.

Los científicos dicen que muchos microorganismos, virus y bacterias, desaparecidos desde hace tiempo o ni siquiera conocidos por la humanidad, pueden sobrevivir en el frío extremo y ser “liberados” con el cambio climático y el calentamiento global. Habrá que estar atento, por tanto, a los derretimientos, más allá del Covid-19, aunque sólo sea por evitar otra temporadita de estar confinado/a.

Los cerdos

En el año 2009, el por entonces mandamás en Egipto, el dictador Hosni Mubarak, ordenó sacrificar a todos los cerdos del país, supuestamente para prevenir la epidemia de la llamada gripe porcina, en realidad gripe A, pese a que por allí no había diagnosticado ningún caso y pese a que la Organizacion Mundial de la Salud advirtió de que no se conocía “ninguna persona contaminada por cerdos”. Los marranos -utilizados hasta entonces para la venta y exportación para el consumo humano-, unos 350.000, eran propiedad de la minoría copta, cristiana, concretamente de los llamados zebalin (zabbaleen o basureros), que se dedicaban y se dedican desde hace décadas a recoger de forma informal la mayor parte de los residuos de El Cairo, separarlos y reciclarlos en sus precarios talleres, instalados en el barrio de Manshiyat Nasser. La medida fue vista como un ataque religioso -debido al estigma del cerdo en el mundo musulmán- y encontró una firme oposición entre los zebalin (que recibieron a pedradas a la comitiva “sanitaria”). No obstante, el plan del gobierno de Mubarak se perpetró. Los recicladores informales dejaron entonces de recoger la materia orgánica de las casas, lo que provocó grandes y pestilentes acumulaciones de desechos en las calles de la capital. ¿Para qué querían ya la basura orgánica de otros si sólo servía para alimentar a sus gorrinos?