Los churumbeles

Año 1976, octubre, calle Tortosa, barrio de La Grípia, Terrassa de los infantes mocosos, retoños del baby boom. La señora Carmen L.M. está muy harta, hartísima, y quiere protestar públicamente por el trato que reciben los niños, esas criaturitas activas y elásticas de metabolismo disparatado. La pasional y reivindicativa Carmen, reina de los bajitos, amiga de la muchachada, cuelga un enorme letrero en la fachada de su vivienda: A LOS NIÑOS DEL BARRIO NO MARTIRIZARLOS MÁS”, se puede leer en grandes letras. Cuando una patrulla de la policía se interesa por el tema y la comidilla que se ha generado en el vecindario, Carmen sale al balcón para defender la modesta pero llamativa obra. Ella misma, coraje en vena, a gritos, comunica a los guardias su loable empeño por la erradicación del martirio infantil en las proximidades. Así, les explica a los polis que sí, que a sus niños, a los suyos, a sus vástagos, les pegaban todos los demás chavales del barrio. Y por eso su rebeldía. Y por eso su decisión. Y por eso la pancarta. Y por eso la cruzada contra los aprendices de matones y su popularidad entre los miembros de las imberbes pandillas.

La crudeza infantil y la reacción tuitiva de las madres, una combinación siempre interesante y sorprendente, incluso cuando aún no se hablaba de bullying…y cuando las madres que habían parido, protestaran o no, raramente decidían nada importante.

Apostilla: Se desconocen los niveles de vergüenza ajena experimentada por los hijos. La tecnología de entonces no permitía medir algunos parámetros.

Flores en el concierto

Pete Seeger, el gran músico, carne de folk en lucha, siempre comprometido, siempre del lado de los desfavorecidos, divulgador del acervo popular y tradicional norteamericano, lejos de la cantinela oficial, reacio a los artificios, perseguido por el macarthismo, censurado en Estados Unidos, cruzó el charco en 1971 para dirigirse con su arte a las orejas de nuestro marchito pueblo patrio, sometidas todavía al yugo franquista, cuyas coplillas dictatoriales no abandonaban la cara al sol ni los noviazgos con la muerte. Así las cosas, el concierto previsto en Barcelona fue suspendido por las autoridades del régimen, lo que provocó incidentes y cargas de los policías a caballo. Pocos días antes, el 7 de febrero de aquel año, sin embargo, en el pabellón de la Sagrada Familia, en la ciudad egarense, Pete había conseguido completar una de sus “sediciosas” actuaciones, armado con guitarra y banjo, atrincherado en los nocivos versos. Miles de personas fueron testigos del acontecimiento, que no defraudó, dicen, que fue memorable. Muchos se quedaron sin poder entrar al recinto. El cantautor Raimon, l’home al vent, que le había alojado en su piso, que le hizo de corifeo y maestro de ceremonias, comentó: “Que este hombre cante por primera vez en el país, en Terrassa, me parece un hecho lleno de significado. Y no es ninguna casualidad. A los cerdos no les parecerá bien y la borregada no le dará importancia. Nosotros sabemos y somos conscientes del sentido de internacionalismo y de fe en los oprimidos contra los opresores que este acto tiene”. Pete Seeger desplegó parte de su mejor repertorio: Which side are you on?, What did you learn in school today?, Guantanamera…Para sorpresa de todos, se arrancó, incluso, con una canción en catalán, El desembre congelat, lo que permitió amplificar los coros y generó una explosión de júbilo: d’una ro, d’una sa, d’una rosa bella, fecunda i poncella. Una liberación momentánea, aprendiendo de las flores fragantes y sencillas que germinan a la contra.

Aquí os dejo un ejemplo de lo que era capaz de hacer Pete Seeger con los desperdicios y la suciedad; la canción Garbage:

Sobre deudas soberanas

En 1975, en una noche estival, en la ciudad de Terrassa, el conductor de un camión de basuras fue retenido contra su voluntad por el propietario de un bar situado en el barrio de Ca n’Anglada. El dueño del establecimiento le mostró sobradas razones de peso: cabreo comercial y un enorme garrote en la mano. El servicio de recogida de residuos quedó interrumpido, consecuentemente, por causas de fuerza mayor. Los vecinos salieron a la calle y rodearon a los protagonistas, tomando también parte en el guirigay que se había formado. La policía -¡glups!- tuvo que intervenir para evitar el linchamiento. Pero las deudas son las deudas.

Civismo

Santi, Santiago, lleva más de treinta años comiendo pipas en el banco del parque del barrio. Desde su adolescencia, con una vestimenta similar, chandalera preferiblemente. Las cáscaras, por supuesto, las tira al suelo, convirtiéndose en uno de los enemigos públicos de los barrenderos de la zona. También tira allí las colillas de los cigarros de liar y las latas de cerveza barata que se bebe, que se entremezclan con las hojas caídas de los árboles. Y pasa de limpiar y pasa del que le afea la conducta y pasa de todo en general. No trabaja -nunca lo ha hecho- y vive con su madre, una pobre mujer ya octogenaria cuya misión en la vida ha sido sufrir y ver la tele, cuanto más casposa mejor. Santi, Santiago, en otra época, vendía papelinas de cocaína a los colegas, a los que timaba en cantidad y calidad, financiándose con eso. Ahora ya, no se sabe cómo logra subsistir, más allá de puntuales sablazos y la pensión de mamá. A veces, se fuma un porrete. Otras veces, también. Perdonavidas como es, cuando pasa la barredora cerca, con su estruendo matinal, se enfada y le dedica al maquinista que la conduce gestos digamos poco diplomáticos. “Te voy a cortar los cojones”, dice. No quiere que el pajarillo que lleva en una jaula rodeada de tela se ponga demasiado nervioso.

El vengador tóxico

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En Tromaville,“capital mundial de la química tóxica”, se almacenan millones de residuos venenosos y sustancias químicas radiactivas. Hay basura por doquier, muchos criminales, muchos cabronazos, muchos pistoleros de gatillo fácil y corruptos de primerísima, con un alcalde seboso al frente que es un hideputa completo, un calavera que no deja vicio en la trastienda, rodeado siempre de matones y conejitas ligeras de ropa. Esa es la ciudad en la que vive Melvin, un joven escuchimizado, torpe y pazguato que trabaja limpiando retretes y fregando suelos de un gimnasio. Melvin es un cenizo que no da pie con bola. La fregona la mete en los lugares más inoportunos y siempre se hace una maraña con ella y con el cubo.“Ese tío es un tipejo: no sabe ni fregar”, le espetan. Los clientes cachitas y las macizorras del gimnasio, todos más malos que la bicha, se burlan continuamente de él y le toman el pelo porque consideran que es un débil y más tonto que mear a barlovento. Un día le preparan una buena, una broma peligrosa: engañado, el joven enclenque, ataviado con un minúsculo tutú rosa, besa a una oveja en los morros. Cuando esto ocurre, todo el mundo se descojona en su jeta con inquina y Melvin, ahíto de vergüenza, se acaba tirando por una ventana del edificio. Cae, curiosamente, dentro de un barril de residuos fétidos, viscosos, nocivos y burbujeantes, donde se achicharra. Por lo que sea, el contenido del barril no le mata sino que le transforma: se convierte automáticamente en un monstruo terrible y amorfo, en el monstruo de la fregona, con fuerza y poderes sobrehumanos. Se convierte en “el primer superhéroe de Nueva Jersey”, en un justiciero deforme, con forúnculos. Desarrolla “un instinto básico de destruir la maldad”, de nutrida víscera, a degüello.

Toxie, el nuevo Melvin, el monstruo, se venga por fin del mundo cruel: se instala pulcramente en un vertedero, se enamora de una ciega, se va de picnic con la chica, es capaz de comerse 800 huevos fritos de una tacada, baila al ritmo del hula-hoop, salva a un bebé, ayuda a los abuelos a cruzar las calles y desenrosca las tapas atascadas de los tarros de vidrio…También, en sintonía, se dedica a limpiar las calles de delicuentes y de chusma contraindicada, machacando las cabezas que haga falta en su camino y consiguiendo, al mismo tiempo, un fantástico índice de popularidad: a veces las masas son ciertamente biliosas. Sus nobles principios no admiten discusión. Él mismo los proclama ante los villanos: “Decidles a los de vuestra ralea que las cosas van a cambiar en esta ciudad. Y no estoy hablando en broma”. Así, Toxie, se carga sañudamente a los que atropellan a los niños en bicicleta, a los gamberros que roban y golpean a indefensas ancianas, a las bandas de navajeros que atracan en los restaurantes, a los violadores de bragueta automotriz, a los proxenetas infantiles, a los que maltratan a los perros lazarillo, a los abundantes polis que trafican con droga, a los que – sin la más mínima sensibilidad ambiental- especulan con los depósitos de desechos, a las autoridades que abusan arbitrariamente de su poder, etcétera. Toxie no olvida nunca sus orígenes y suele dejar en sus difuntos un inequívoco sello de autor: les coloca encima una fregona.

Lejos de Nueva Jersey no se conoce todavía la existencia de mutantes con las características de ese monstruo. Pero El Vengador Tóxico, una película de culto (escatológico) y bazofia paranormal –con varias secuelas-, podría perfectamente haber situado la acción en las inmediaciones de Terrassa porque, en las cosas del fregar, esta población tiene una importancia capital e histórica. La criptozoología y los cálculos de probabilidad así lo confirman: en Terrassa se creó la llamada Mery, aquella fregona de palo con su original sistema escurridor en la cubeta. Gracias a la contribución de Joan Gunfaus, inventor, pionero, fabricante de fregonas e impulsor de su uso, éstas se expandieron por el territorio y por el mundo, liberando a las rodillas de posturas fatigosas y optimizando el rendimiento de las pasadas. En Terrassa, pues, existía un aventajado potencial de esos utensilios de limpieza, susceptibles de distintivos monstruosos. Humillados lacerantemente nunca han faltado en la ciudad de las personas, vengadores pueden encontrarse en catálogo, lo jocoso aquí siempre ha sido muscular y basura, claro, de haberla hayla, quizás en demasía.

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El abrazo real de un barrendero

(Dedicado a Corinna)

El rey y Franco

Juan Carlos Emeterio Cuesta era barrendero cuando Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, nuestro sempiterno monarca campechano y casi republicano, ahora emérito, visitó Euskadi a principios de febrero de 1981, aquel mes convulso de tricornios en el parlamento de la “joven democracia”. El Borbón se administró un buen baño de masas a la vasca -¡glups!- y cantó “Desde Santurce a Bilbao” mientras la Sofi, perfecta sonrisa humanitaria, daba palmas y solicitaba con brío la intervención melódica del acordeonista. Fue un viaje estupendo para nuestra humilde realeza, sin grandes contratiempos y de gran prestigio. En la Casa de Juntas de Guernica, por ejemplo, el monarca juró los fueros y las libertades… y supo hacer frente con “fe en la democracia y confianza en el pueblo vasco” a los rencorosos intentos de boicot de los que “practican la intolerancia”. Los aplausos atronaron: se ganó casi todas las orejas de los morlacos. Durante la visita a Bilbao y a sus alrededores, el rey, como acostumbraba, volvió a ser uno más del pueblo, el más sencillo, el más simpático, una bellísima persona. Allí, entre los admiradores rendidos al dechado de virtudes borbónicas, estaban Juan Carlos Emeterio y su mujer. Juan Carlos Emeterio había hecho la mili en el buque el “Saltillo”, propiedad del Conde de Barcelona (Don Juan de Estoril), y había conocido al rey cuando éste era un mocoso (real). Cuando Juanqui lo supo, gracias a la mujer del tal Emeterio, no dudó en abrazar sincera y acaloradamente al barrendero: eran tal para cual, tocayos, compinches a la pata llana, bajo la misma corona. Seguidamente, con la alegría del reencuentro, el rey, animoso facilitador, hizo las debidas presentaciones ante su celebérrima familia. Así las cosas, Juan Carlos Emeterio conoció, in situ, a Felipito, por entonces Príncipe de Asturias, y a la reinona Sofía, griega de España.

Pocos días después, Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, adornado con supermedallas militares, tuvo que emitir un comunicado en televisión a altas horas de la madrugada condenando un golpe de estado en el que él, según se nos cuenta, no tenía nada que ver. Los monarcas ochenteros eran así, casi barrenderos, se reciclaban y limpiaban, con un golpe de efecto, su conciencia y la conciencia democrática de todo el Estado (de las autonomías) si era menester. No hay duda: un campechano nunca da sus abrazos en vano.

La justicia del humor

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En el año 2008, Nicola Lococo fue juzgado por la Audiencia Nacional, por injurias graves al rey, tras publicar un artículo en el que se mofaba de las embriagadas cacerías del ahora emérito monarca campechano. Todavía no se había producido el famoso viaje de Don Juan Carlos I para matar elefantes en Botsuana (ni tampoco su abdicación en favor de Felipe VI). La cosa, entonces, no iba de paquidermos, sino de osos y de osos, como Mitrofán, con presunta cogorza. Nicola Lococo se enfrentaba a una multa de miles de euros por el supuesto delito de llamar, entre otros crueles palabros, “mequetrefe” y “soberano irresponsable” al Jefe del Estado, que por entonces no pedía perdón con facilidad después de un sangrante desplazamiento de ocio. Finalmente, Nicola fue absuelto de los cargos que se le imputaban. No hay que extrañarse, pues él mismo desplegó toda su verborrea de defensa durante el desarrollo del litigio: recitó versos, enseñó libros, citó a grandes autores de diferentes épocas y corrientes literarias, habló de su interés por el panda Chu-lin del zoo de Madrid, explicó que hasta los seis años se crió junto a un osito de peluche del que se separó definitivamente cuando lo vio cogido con pinzas al salir de la lavadora, que la tradición de honrar la figura del oso era común entre los reyes merovingios y que los soberanos europeos y las dinastías posteriores, especialmente desde que Carlomagno ascendió al trono, han intentado exterminar a ese noble animal para sustituirlo por leones -ajenos al viejo continente- en emblemas, banderas y escudos de armas, tratando de borrar cualquier vestigio anterior a la deslealtad y usurpación carolingia, apoyada por la iglesia católica. “No es casualidad que los borbones se dediquen a cazar osos”, expresó en la vista oral. La sentencia dictada por el juez, que definió la exposición de Lococo como “estructuralmente delirante”, recoge el siguiente párrafo sobre su intervención: “Recuérdese que este individuo ha comenzado por proclamarse oso, con vinculación desde generaciones anteriores a esta especie y antimonárquico tanto por la matanza de niños realizada por el Rey Herodes, como al descubrir de la falsedad de los Reyes Magos, explicando su especial furor cuando se enteró del hecho, en que se conjugaba el binomio oso/rey. Su discurso a lo largo de todo el juicio, que no ha sido corto, se ha mantenido en el mismo tono por lo que se van a ahorrar más consideraciones, a falta de informe de especialista médico-forense sobre la personalidad del acusado”. Ni que decir tiene que cuando Nicola soltó ante el tribunal la frase shakespeariana “Algo huele a podrido en Dinamarca”, la justicia probablemente se tuvo que aguantar la risa. Aunque sólo sea por eso, Lococo me parece un hombre de lo más respetable y un gran conocedor de las prácticas de la dama ciega y del entramado jurídico, judicial y procesal que la visten. Un tipo de esos que a veces nos acerca a la verdad de las cosas, que nos puede revelar su auténtica esencia desde el disparate erudito.

PD- Por cierto, para disparate nada erudito, diez años después, en 2018, la condena de  años de prisión a un rapero, Valtonyc, por su música -mala- y letras -aún peores- pero que entran dentro de la libertad de expresión, aunque se metan un poquito con la monarquía.

Recursos inhumanos

El Estatuto Básico del Empleado Público, vigente desde abril de 2007, hace ya unos añitos, establece en su disposición adicional primera los principios que deben aplicarse a todas, todas, las entidades del sector público. El Ministerio de Administraciones Públicas del gobierno central publicó, unos meses después, los criterios para la aplicación de dicho Estatuto Básico en la Administración Local, dejando claro (punto 1.3) que los principios rectores para el acceso al empleo público tienen que garantizarse necesariamente en todas las sociedades mercantiles en cuyo capital social participen total o mayoritariamente las Entidades Locales. No en vano lo público, se afirma, es cosa de todos…y la sociedad -¡atchús!- solicita respeto y compromiso, con luz y taquígrafos.

Anteriormente, existían otras normativas y criterios, si bien, en teoría, la incuestionable exigencia moral de la ciudadanía en democracia, desde siempre, es la de objetivar los procesos selectivos y la promoción del personal al servicio de cualquier entidad constituida mayoritariamente con capital público, incluso las que se rijan en sus actuaciones habituales por el derecho privado. No tener en cuenta los principios rectores de aplicación necesaria en dicho ámbito sería huir del derecho administrativo y de máximas democráticas e igualitarias, amén de ir en contra de la profesionalidad debida, de la función social de lo público y de la consecución, como objetivo, de los mejores recursos posibles, con las mejores plantillas. Eso, al menos, es lo que se dice y se alienta, aunque sea desmentido en la práctica por múltiples casos de opacidad. Hay entidades y empresas públicas que todo lo ensucian y que ya han tenido problemas por saltarse a la torera los principios constitucionales de publicidad, igualdad, capacidad y mérito, con sistemas propios de cooptación, que no garantizan la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos ni, por supuesto, un personal satisfactorio, apto, competente, calificado e implicado con el bien común. Enchufismo, amiguismo, clientelismo, nepotismo, etcétera, son lacras difíciles de erradicar. La cosa empeora si los responsables de controlarlas se las pasan por el forro, traicionando a los que les sientan en sus bonitas sillas, en vez de actuar bajo el imperio de la ley que les consagra y/o del poder representativo y delegado que, presuntamente, se les otorga bajo formas democráticas instauradas. La reparación del daño causado, para estos responsables irresponsables, consiste en perseguir y criminalizar a los que denuncian los abusos, en culpar a las víctimas, en jalear a los matones, en prometer que jamás volverá a pasar (como hicieron la última vez que pasó), en quitar hierro a sus desmanes, en hacerse el sueco, en comadrear por los pasillos, en intercambiar favores y cromos, en ofrecer un trocito del pastel, en bañarse en demagogia, en flipar pepinillos con el expediente previo y las abundantes recomendaciones del seleccionado (fraudulentamente), en proponer nuevos sistemas -perfectamente manipulables- para seguir haciendo exactamente lo mismo con los mismos, en poner sobre el tapete planes y estudios de supuestos especialistas externos que, vendidos pérfidamente a su desleal postor, sin sonrojarse, en bello envoltorio, desvían el tiro y concluyen que lo negro más negro es blanco nuclear y prístino, científicamente, con la garantía acreditada de los técnicos (de la falacia y de la hipocresía). No dudan estos individuos, tipos chungos y ventajistas, en solicitar apoyos que incriminen a otros, en firmar documentos que indiquen que hubo consentimiento de distintas partes, en blandir la urgencia de la decisión, en mentir por costumbre y, sobre todo, en naturalizar las irregularidades, la corrupción y las corruptelas. También, cómo no, se empeñan en rebuscar en la historia ajena y en apuntar a las trincheras de enfrente, que siempre, claro, esconden a la peor soldadesca. La consecuencia: aunque floten en mierda caldosa, aunque la sinvergonzonería sea evidente y no se pueda ya ocultar, se van de rositas a dormir a pierna suelta en su cama, tan panchos, manteniéndose en su privilegiada atalaya de impunidad, con fe ciega en los pasajes turbios y en la cleptocracia que les sirve de malla, contando fantásticos borreguitos saltarines…y, oye, próximamente, ya con apariencia de absoluta imparcialidad e incluso luciendo un espléndido galardón de pulcritud en el lomo, metemos a quien nos dé la gana: que no, que no me olvido de tu hija. Afortunadamente, supongo, existen personas honestas que abominan de conseguidores, caciques, tiranillos, rastreros, patrimonialistas de institución, favorecedores inmotivados y caprichosas hadas madrinas de su propia gente; personas que no comulgan con un entorno podrido y amoral de vasallaje, que no se tragan las malas “buenas intenciones” ni las perversas lágrimas de cocodrilo, que no confunden lo público con el chiringito privado, que no menosprecian cínicamente sus obligaciones sociales, que no ocultan los ultrajes por electoralismo o por interés corporativo, que no negocian con otros agentes el sometimiento a la arbitrariedad. Personas, al fin y al cabo, que saben decir que no a las cabildadas más dañinas para una organización pública.