Barrer la calle y olé

“Toda persona sensible es un artista, aunque esté barriendo una calle”. Curro Romero. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, 1997.

Uno puede disfrutar del lenguaje taurino y, al alimón, aborrecer a toda la cuadrilla de matadores de grana y oro, y a sus subalternos en la barbarie. De la misma manera, se puede ser currista sin que te gusten las corridas de toros. El mundo al revés por montera, la lógica irracional de la éstética. Eso es así, naturalmente, hasta en la Cataluña libre de faenas pero practicante irredenta de los cuernos con bolas. Que Curro Romero ya no toree en los cosos importa bien poco: el currismo se inventó para traspasar las fronteras del tiempo. Porque Curro, el Faraón de Camas, alternó ramilletes de romero en la solapa con almohadillazos volando, salidas a hombros con vituperios, ovaciones en los tendidos con broncas mayúsculas, triunfos de leyenda con fracasos estrepitosos. Genio de la inhibición, maestro de las espantás, imprevisible como los mengues que le iluminaban, controvertido, alimentó durante más de cuatro décadas los mitos del arte, del duende y del gran clasicismo en la tauromaquia, domeñando con temple y aplomo lo infinitesimal, deteniendo hasta los relojes cuánticos cuando – de tarde en tarde- le venía la inspiración, el garbo, la elegancia y el tronío de figura principal en su jurisdicción del albero. Como faraón y capitán de gladiadores, reconocido pero silente, de carácter pausado y tímido, nunca se caía del cartel y llenaba las plazas hasta la bandera. Tras el milagro estacional de las verónicas, tras subir a los altares de la lidia en levitación – con los pies bien plantaos en el suelo-, tras destapar el frasco de las esencias; podía pasarse meses enteros durmiendo en la suerte, en el burladero más inhóspito, pinchando en hueso. La estocada final no entraba siempre en sus planes de grandeza: los espadazos fueron tan frecuentes como su hostilidad ante el verbo matar o su resquemor por las orejas cortadas: él prefería dar la vuelta al ruedo con un arbusto aromático -el fetiche – en las manos. Si un astado no le hacía tilín, por sentimiento, por instinto esotérico, por temor a la arboladura o por lo que sea, no dudaba en despachar de un bajonazo la faena o en soltar el capotillo o la muleta para salir por piernas hasta el callejón, preso del pánico y la cagarrina del manso. “Prefiero hacer las cosas cuando estoy a gusto y no a disgusto. Creo que soy puro”, decía nuestro Bartleby cañí de los toros. Se retiró ya sexagenario, con unas cuantas cornadas en el cuerpo pero saciada su hambre florida de gloria, abriendo la puerta grande de la jondura sentimental sevillana. Los curristas y guasones romeristas lo afirmaban sin rubor: merecía la pena pagar la entrada sólo por ver su donosura y talento desfilando en el paseíllo hacia la presidencia, aunque luego no diera ni un maldito pase en condiciones.

Curro, mi Curro, aficionado del Betis, fiel a sí mismo, odiaba la mediocridad y las medias tintas, manque pierda. Solemne, flamenquista boyante, paladín del toreo pinturero y de pellizco, fue íntimo amigo de Camarón de la Isla, que le dedicó una de sus obras y una canción, con Paco de Lucía a la guitarra. Casi ná: arte y majestad. El Faraón de Camas armaba el taco feo con reincidencia y aviso de cornetas. En alguna ocasión, incluso, se negó a matar a toros que le tocaron en lote: el público, entonces, bramaba y embestía al bulto, le dedicaba los peores insultos y le lanzaba rollos de papel higiénico, almohadillas y otros proyectiles más contundentes. Él no entraba al trapo ni humillaba el morro, imperturbable en sus nervios de seda. En la moderna ciudad de Madrid, la de la chupi movida, a finales de los ochenta, le llevaron vestido de luces a comisaría por alteración del orden público: los aficionados no solían respetar su diplomacia caprichosa y entreguista con cornúpetas y morlacos. Ante el juez, declaró que “el toro estaba toreado”, esto es, movido, pregonado; que sintió un miedo terrible y que, por eso, no quiso arrimarse a la bestia, porque pensaba que iba a sufrir tontamente una cogida, sin pena ni gloria. Un torero sorprendente, un visionario que lidiaba con lentillas, un valiente cobarde, un cobarde valiente que dejó un reguero de sangre animal en el coso…y también el currismo como fenómeno sociológico y una legión de devotos con la sensibilidad a flor de piel, preparados para barrer, por amor al arte, plazas y callejones por los que ya no pasa ni un alma estrellada.

Keep on truckin

El niño Robert Crumb, con sus hermanos, rebuscaba cosas en la basura. Así lo cuenta el propio Robert en la película Crumb (1994), dirigida por Terry Zwigoff y producida por David Lynch. “Una vez Charles –el mayor- trajo algo del contenedor, un camión de los helados de madera que yo ansiaba y que él no me dejaba tocar”. Cuando la madre intercedió para que Charles prestara a su hermanito el juguete que había encontrado, el primogénito no opuso demasiada resistencia: hizo añicos el camión de madera contra un muro y, entonces, le dejó jdugar hasta que se hartara con los fragmentos.

Robert Crumb, estadounidense, nacido en 1943, es un juglar alto, flaco y miope, de enormes lentes. Siempre está dibujando. Marginal, extravagante, escurridizo, misántropo. Fetichista, tecnófobo, contradictorio, inadaptado. Tranquilo, ocurrente, separado y desgajado. Risueño de la carcoma interior, sin romanticismos, onanista compulsivo, asqueado de la mediocridad borreguil circundante, con fijación por las mujeres, sazonado de misoginia. Tomó LSD, reniega de los laureles que le coronan, toca el banjo -muy bien-  y colecciona discos viejos de 78 revoluciones: “Escucho música antigua…de las pocas veces que tengo amor por la humanidad”. Robert es uno de los grandes del llamado cómic underground. Ilustrador, historietista de fanzines y revistillas contraculturales, azote de la gran farsa, de lo políticamente correcto, del american way of life, de la comercialización disparatada del hueso de unicornio: “Todo el mundo es un anuncio ambulante”. Pese a quien pese, aunque se crea lo contrario, los hippies, el rock y la psicodelia nunca fueron lo suyo. Hasta la mismísima Janis Joplin, voz en traca, le recomendó para superar sus problemas con las mujeres que se dejara crecer el pelo, que se vistiera a lo jipilón florecilla y que se fuera a vacilar a un parque. Robert nunca siguió su consejo.

La familia Crumb -ríete del desencanto de los hermanos Panero- queda retratada en el documental de Zwigoff. El padre era un tipo rígido que nunca sonreía en casa y que hubiese deseado tener un hijo marine. La madre, puritana católica, como una chota, se pasaba las horas buscando gatitos y anfetaminas. Charles, el hermano que le destrozó el camión, el más impopular durante su etapa en el instituto, ermitaño, recluido, talentoso y consumado lunático, se suicidó al año de acabar el rodaje, completamente abandonado de sí mismo: “Nunca estoy estreñido. Es todo lo que puedo decir de mí”. Maxon, el otro hermano, vive en un hotel de mala muerte, sale a mendigar a la calle con un cuenco, persigue a las jóvenes para quitarles los pantalones en público y se pasa horas sentado sobre una cama de clavos, como los faquires. Emocional y sexualmente, todos se criaron en la escuela del rechazo y en una de las más puras represiones.

Robert Crumb, perro verde, con todos sus arañazos en la espalda, logró, más o menos, escapar del derrumbe total y se quedó en locatis adverso, en los trazos gruesos de la frontera de la disparidad, pululando en las esquinas clarividentes de lo grotesco, dibujando en los asideros del precipicio, rotulando el hilarante desequilibrio, siempre con voluptuosos contornos. Eso sí, internacionalmente reconocido y con capacidad de generar suculentos dividendos:“Hay gente que toma mi trabajo demasiado en serio. Y cuanto más en serio me toman, más dinero gano”. Crumb reside actualmente en el sur de Francia, en un pueblecito medieval con bonito río, en una enorme casa señorial de piedra, ideal bohemios urbanitas con fantasías campestres o alienígenas. Ha publicado una obra de inspiración bíblica en múltiples países. Resiste como un jabato de garabato, no obstante, en el más vibrante y periférico de los submundos, infectado por el virus de las nalgas femeninas sobre piernas escandalosamente robustas.

 

 

Un corredor limpio

Emil Zatopek

Emil Zatopek, el singular atleta de gesto sufrido, corría mucho y ganaba casi todas las carreras de fondo en las que participaba con la camiseta nacional de Checoslovaquia, aquella porción de tierra al otro lado del telón de acero, hoy dividida en dos, tras un divorcio de voces «aterciopeladas» hacia el capitalismo rampante. En los juegos olímpicos de Helsinki, en 1952, Emil, “la locomotora humana”, consiguió, en  pocos días, del 20 al 27 de julio, una hazaña aún no repetida: tres medallas de oro en las pruebas de 5.000 metros, 10.000 metros y maratón, la guinda del pastel. Se convirtió, así, en una celebridad mundial, apto para el aprovechamiento mediático y muy del gusto del aparato propagandístico soviético. Emil Zatopek acumuló trofeos y triunfos durante una década gloriosa de sudor y zancadas. Retirado de las pistas, por esas cosas del azar meritocrático, hizo también una brillante carrera en el ejército, llegando al grado de coronel sin despeinarse demasiado, luciendo su más que incipiente calvorota.

En 1968, unos locuelos de la práctica comunista en un estado satélite, encabezados por Alexander Dubcek y partidarios del «socialismo con rostro humano», decidieron alejarse un pelín de la ortodoxia soviética y de aquellos burócratas moscovitas con la siempre fastidiosa cara de Brézhnev, hombre con doctrina intervencionista y cejas pobladas. Dubcek y los suyos emprendieron en el gobierno checoslovaco una serie de reformas aperturistas, encaminadas a descentralizar el poder y ampliar las prisiones de la libertad en primavera. Los rusos se lo tomaron estupendamente y, tras unos meses de baile desengrasante y vacilón, en agosto, junto a otros colegas del Pacto de Varsovia, enviaron como regalo, en nombre de la asitencia fraternal, soldadesca en abundancia y miles de carros de combate, con sus cañones a punto y patente de corso. La invasión militar de Checoslovaquia acabó con las reformas en un santiamén, pero no sin una resistencia pacífica e imaginativa de los oriundos del lugar, basada en la no cooperación, que descolocó al Kremlin en los primeros instantes. Poco tiempo después, esgrimida la amenaza del terror, se instauró un nuevo gabinete (comité) más disciplinado y obediente, más de hoz y martillo, a machamartillo.

Sin necesidad de mojarse, desde una cómoda posición en la que otros cerrarían el pico, Emil Zatopek, el icono deportivo, el héroe, el de las insuperables gestas, se había mostrado muy deslenguado durante la Primavera de Praga, otorgando su apoyo incondicional a las políticas de Dubcek y solicitando públicamente el boicot a la URSS en las olimpiadas de México. El atleta había firmado también el manifiesto de  «las dos mil palabras», documento antiautoritario que exigía un rápido avance hacia la plena democracia, más allá de las propuestas reformistas llevadas a cabo hasta entonces. Tras la invasión militar y la «normalización» consiguiente, el nuevo gobierno títere le expulsó de la capital, del ejército y del partido comunista. Todo ello por pertenecer a ese grupete de “renegados oportunistas, antisocialistas y antisoviéticos” capaces de “desencadenar crisis sociales con peligro para la consolidación de la sociedad”. Zatopek fue enviado a las minas de uranio para que tonificara los músculos a la fuerza y, posteriormente, con la intención de exhibir su “degradación” y humillarlo ante sus congéneres, obligado a trabajar como operario de limpieza urbana. El ingreso en la plantilla de barrenderos y basureros no erosionó su popularidad ni tampoco su prestigio civil: los que le reconocían le ovacionaban y le aplaudían por las calles. Cuentan que sus propios compañeros de fatiguitas laborales no permitían que recogiera ningún cubo de basura y que, como muestra de admiración y respeto, los vecinos, enterados del itinerario por el que debía pasar, se ocupaban ellos mismos de limpiar y barrer la zona. Las más de las veces, pues, el atleta retirado se limitaba a dar, con cachaza o al trote, una particular vuelta de honor por los barrios, a despecho de aquellas autoridades colaboracionistas que, abyectamente, intentaron llenarlo de oprobio.

En los años setenta, su figura fue más o menos rehabilitada por el régimen, después de retractarse, con amplia difusión, en una de aquellas clásicas y «espontáneas» autocríticas sin caenas que tanto abundaron durante la Guerra Fría. “Siento haberme comportado como uno de los que echó aceite en un fuego que hubiera podido convertirse en un peligro para el sistema mundial socialista”, dijo Zatopek. A diferencia de la insólita relación profesional con los desechos, no obstante, el comprensible arrepentimiento que le sobrevino entonces no logró dar más fulgor histórico a su extenso y laudable medallero.