El gran regate de Johan Cruyff

¡Johan Cruyff en Terrassa! Sí, Cruyff, el holandés, el flaco volador, el del meteórico cambio de ritmo, el reincidente Balón de Oro setentero, el líder de la Naranja Mecánica, el de la primera e histórica “manita” blaugrana en el Estadio Santiago Bernabeu, el ideólogo del preciosista “Dream Team”, el gran conseguidor de la batalla de Wembley, el que se trajo al paraguayo Romerito, el tipo que cambió el cigarrillo por el chupa-chups, el “Quinto Beatle”, un hombre con garra. Efectivamente, ladies and gentlemen, Johan Cruyff iba a darse un garbeo por las palpitantes calles de la ciudad egarense. Así lo confirmó, muy ufano, el alcalde socialista, Manuel Royes, durante la celebración del Pleno Municipal del Ayuntamiento de Terrassa, en enero de 1997. Un Royes, por otra parte,que se reconocía como “catalanista, anglòfil i del Barça”. O sea, de la culerada satisfecha hasta sus médulas.

Al parecer, Cruyff, que por entonces ya disponía de un tiempo astronómico para jugar en maravillosos torneos de golf (benéficos y no tan benéficos), comería con empresarios de la localidad y, después, asistiría al encuentro entre el Terrassa F.C. y el Yeclano, de Segunda División B. El alcalde Royes, con buenrroyismo, dijo que aprovecharía la ilustre visita del genio del júmbol para solicitar a éste ideas y propuestas para relanzar al club del “Torrente Colorao”, la peña de hinchas.

Un día después del anuncio del alegre advenimiento, apenas un día después, a las 24 horas de la confirmación hecha por el pagado alcalde en la sala central del consistorio, Johan Cruyff canceló su visita a Terrassa y anuló todos sus compromisos en la ciudad.

A pesar del desplante, aquel domingo el conjunto local ganó al Yeclano por tres goles a cero y, años después, aún con mandato socialista en el municipio, se inauguró un campo de golf en los bosques -¡snif!– y terrenos de Torrebonica (y Can Bon Vilar ). Es de recibo: los “cruyffistas” eran, son y seran gentes de carácter…y te hacían la bicicleta (o te la vendían) con exquisita facilidad.

El negro no puede dormir

William Silvio Modesto Verísimo (Araquarua, 1953), más conocido como Bio, “El Perla”, jugó en el Terrassa F.C. en la segunda década de los años setenta del siglo XX, dejando buenos registros goleadores y jugadas para enmarcar y para epatar a la galería, como buen alumno de la escuela brasileña, de donde procedía. El mismísimo Johan Cruyff, el astro sin discusión del F.C.Barcelona de aquellos años, tras un torneo menor en el que lo vio jugar, recomendó su fichaje y Bio acabó vistiendo la camiseta azulgrana, con la que no marcó muchos goles pero sí alguno antológico (como el penalti de clasificación para la final de la Recopa ante el Anderlecht, que catapultó al conjunto hasta Basilea 1979). Luego pasó al Espanyol y luego, más tarde, inició un largo periplo por distintos equipos de menos talla y alcurnia. No dejó de visitar Terrassa, donde su negritud era extraña en aquel entoces, a veces solo, a veces con compañeros y excompañeros y hasta con algún aficionado de postín como Rudy Ventura, que animaba el aquelarre con la trompeta. Bio no era especialmente disciplinado, faltaba a entrenamientos y tenía bastantica predilección por la juerga. Cerraba locales y pagaba rondas a todo quisqui. Abusaron de él todo lo que pudieron y tantas veces como pudieron hasta dejarlo canino. Una noche tras otra, consiguiendo que se apagara definitivamente su llama de triunfador. Bonachón, carismático y con amplia sonrisa, a los cuarenta se retiró del fútbol, ya para él meramente alimenticio, si acaso. Intentó permanecer, no obstante, en Cataluña: todas las puertas se le cerraron. Las malas influencias, su prodigalidad y algunas inversiones fallidas no ayudaron demasiado. Finalmente, en 1994, regresó a su Brasil natal.

En Guarulhos, cerca de San Paulo, cayó (aún más) en picado y llegó a vivir una larga temporada a la intemperie, entre cartones, hasta que los amigos del Gremio Esportivo 33 le buscaron una barraca que le servía de refugio al pie de un campo de fútbol, donde pintaba las líneas del terreno, recogía botellas y realizaba otras tareas menores de mantenimiento. Sin embargo, en la indigencia, ya había contraído una enfermedad pulmonar grave que a la postre sería fatal. Los veteranos del Barça le enviaban una asiganción dineraria, pero no daba para mucho. Bio lanzó un último llamamiento desesperado desde el hospital brasileño en el que estaba ingresado: quería volver, se consideraba “un català de lluny” y sólo necesitaba que alguien le pagara el billete de avión para cruzar el charco. Nadie respondió a su señal y a los pocos días murió allí de tuberculosis. Ocurrió en 2008. Tenía 54 años. Su exquisita técnica todavía se recuerda.

En el pedestal más alto

Mis padres han muerto. Mi padre, Antonio, hace ya meses. Mi madre, Fernanda, hace apenas unos días. Los últimos años de su vida los pasaron en una residencia, extrañamente, con plaza pública, tras mover ingentes cantidades de papeles y pelear sangre con el personal de la administración de dependencia. Porque la dependencia se administra con cuentagotas, parece: otros tuvieron menos suerte. La enfermedad de mi madre requería atención 24 horas al día. El alzheimer destroza la cabeza y todo el entorno, pese a que el físico puede mantenerse como una rosa fresca durante tiempo. Los familiares más directos íbamos a visitarla cada vez que podíamos. Y la sacábamos un ratito para que le diera el sol… pero luego nos retirábamos a casa y todo quedaba en una nebulosa, ingrata, pero nebulosa….y nos tomábamos cervezas, paseábamos por el parque o nos rascábamos los genitales en el sofá, compungidos, sí, aunque en el sofá, queriendo pensar que hacíamos lo mejor para ella. En la residencia se quedaba todo el personal que trabaja allí con enfermos y ancianos, los que los trasladan en situaciones paupérrimas, los que les limpian el culo, les dan la medicación, procuran que coman, organizan actividades para distraerlos y, en suma, les cuidan verdaderamente. Mujeres en su mayoría, claro está: pocos santos varones en la nómina del feminismo, especialmente si de cuidados a terceros se trata. Los cuidados no molan desde el punto de vista machirulo y tampoco no hay quien cuide a las cuidadoras de las ventiscas emocionales: no es un buen negocio, pues, para los Rubiales de turno, pese a ser la base de la vida humana. Sin embargo, esas personas, esas mujeres y esos pocos hombres, son ángeles. O lo más cercano a los ángeles que he visto yo en el planeta tierra. No tienen alas pero no las necesitan. Valen un potosí porque, cuando ya no podemos o ya no queremos, se encargan de nuestras miserias y nuestros despojos (como nuestros abuelos, a los que tratamos como si no nos fuéramos a morir nunca). Y lo hacen, al menos en nuestro caso, con toda la dedicación y profesionalidad habida y por haber, más allá de sus obligaciones. Deberían cobrar más, deberían tener mejores condiciones y deberían, sobre todo, ser respetadas y valoradas socialmente como merecen. Gracias, pues, a toda la plantilla de la residencia que ha estado con mis viejos hasta el último momento, desde el equipo directivo -siempre atento- a la última auxiliar, desde el cocinero a la enfermera, pasando, cómo no, por las limpiadoras. Ojalá que os vaya bien bonito. Para mí, estáis en el pedestal más alto, sin duda.

Juegos peligrosos

Dos hombres entraron de madrugada en un bar donde se jugaba a las cartas: la sordidez del ambiente se presupone. Entraron con armas de fuego, que es una forma muy convincente –y cobarde- de entrar a matar a los mamíferos desarmados y/o sorprendidos. Tras apropiarse de una buena mordida de las apuestas que había sobre la mesa y vaciar, por vicio canalla y por militancia criminal, la caja registradora del bar, los dos gentiles decidieron jugar con las vidas de las diez personas allí congregadas, en un arranque de macabra ludopatía entre ludópatas. Así, a punta de cañón, obligaron a los presentes a ponerse en pelotas, en círculo, y decidieron organizar una “ruleta rusa” de balas probabilísticas. Con un revólver de tambor giratorio y una única bala cargada, uno de los dos asaltantes se puso en medio del círculo de los despojados y empezó a apretar el gatillo, apuntando con el arma cada una de las veces a una persona distinta del grupo. Diga lo que diga el dicho, al cuarto intento, a la cuarta, la bala pasó silbando junto a las orejas de uno de los hombres desnudos, que estuvo a bien poquito de no contarlo, con desparrame de sesos incluido. Luego, tras ese disparo, otro de los secuestrados, manojo de nervios, puso pies en polvorosa e intentó burlar la vigilancia. No lo consiguió: un tiro le entró por la espalda.

Antes de salir del local, los dos delincuentes se mofaron de la poca entereza y de la poca dignidad demostrada por todos los participantes involuntarios y desarmados de aquel juego, de aquella muy sensata ruleta rusa, a efectos de botín, que se organizó en Can Boada, barrio de la aldea egarense, Terrassa, en el año 1982.

Dos hombres que jugaban con fuego y no se meaban en la cama, dos hombres moralizantes: dos cobardes y dos hienas más. Jugar con fuego: esa trampa de los los ventajistas.

El violinista sin tejado

En Terrassa, donde Vicenç Vellsolà, el violinista, hizo sus pinitos artísticos a principios del siglo pasado, ya no existe mucho entusiasmo social por los instrumentos de cuerda frotada. En la actualidad, salvo contadas excepciones, la disposición de ánimo de los egarenses es bien distinta. Quizás eso explique que, ya en el 2009, la policía municipal de la ciudad retirase un violín a un hombre en la Avenida de Barcelona, tampoco demasiado lejos de la calle dedicada -en el barrio de Vallparadís- al tal Vellsolà. Sí, al parecer, a las dos y media de la madrugada de un domingo de octubre, un diletante solista estaba tocando uno de esos cordófonos en un banco de la citada avenida… y no todos los vecinos agradecían gozosamente la bella factura de sus interpretaciones. Los policías, alertados por algún forzado insomne, desvelado y “desviolinado”, acudieron al lugar y le afearon la conducta al virtuoso, le sancionaron y le reprocharon el estruendo. Como el tipo, erre que erre, no se dejaba intimidar, defendía a capa y espada su rendimiento filarmónico y pretendía seguir frotando su instrumento (el violín), los policías optaron por finiquitar el concierto a las bravas, requisándole el aparato (el violín). Los agentes de la autoridad, en definitiva, se llevaron el violín, que fue intervenido, y el hombre continuó a la intemperie. Porque, según testimonió, el espontáneo artista no tenía domicilio y vivía en la calle, pernoctando habitualmente en los bancos de esa avenida : no existía, por entonces, ningún espacio público para dar cobijo nocturno a las personas sin techo. Todo un arte que chirrría cuando ocurre.

 

El deportista

Año 2010, mayo primaveral, fin de semana de parranda, Terrassa, en una zona de esas que el nuevo urbanismo reserva para encarrilar el tiempo (aparentemente) libre y para las concentraciones humanas de noctámbulos y machacones; o sea, en el Parc Vallès. Un individuo fue identificado por miembros de la policía local por dañar un banco del mobiliario público. Los agentes acudieron al sector alertados por un vigilante que había visto al sujeto en cuestión intentando arrancar de cuajo un banco atornillado en el suelo. Cuando los policías se presentaron en el lugar y pudieron confirmar la consumación de tan inusual hecho, el tipo les dijo literalmente que estaba “haciendo pesas”. El excéntrico apasionado de la halterofilia llevaba, además, una navaja en el bolsillo: también parecía practicar el montañismo. Su espíritu olímpico, su saludable ejercicio y su atlética dedicación, no le sirvieron, sin embargo, de gran cosa: los agentes le abrieron allí mismo las pertinentes diligencias.

Los churumbeles

Año 1976, octubre, calle Tortosa, barrio de La Grípia, Terrassa de los infantes mocosos, retoños del baby boom. La señora Carmen L.M. está muy harta, hartísima, y quiere protestar públicamente por el trato que reciben los niños, esas criaturitas activas y elásticas de metabolismo disparatado. La pasional y reivindicativa Carmen, reina de los bajitos, amiga de la muchachada, cuelga un enorme letrero en la fachada de su vivienda: A LOS NIÑOS DEL BARRIO NO MARTIRIZARLOS MÁS”, se puede leer en grandes letras. Cuando una patrulla de la policía se interesa por el tema y la comidilla que se ha generado en el vecindario, Carmen sale al balcón para defender la modesta pero llamativa obra. Ella misma, coraje en vena, a gritos, comunica a los guardias su loable empeño por la erradicación del martirio infantil en las proximidades. Así, les explica a los polis que sí, que a sus niños, a los suyos, a sus vástagos, les pegaban todos los demás chavales del barrio. Y por eso su rebeldía. Y por eso su decisión. Y por eso la pancarta. Y por eso la cruzada contra los aprendices de matones y su popularidad entre los miembros de las imberbes pandillas.

La crudeza infantil y la reacción tuitiva de las madres, una combinación siempre interesante y sorprendente, incluso cuando aún no se hablaba de bullying…y cuando las madres que habían parido, protestaran o no, raramente decidían nada importante.

Apostilla: Se desconocen los niveles de vergüenza ajena experimentada por los hijos. La tecnología de entonces no permitía medir algunos parámetros.

Flores en el concierto

Pete Seeger, el gran músico, carne de folk en lucha, siempre comprometido, siempre del lado de los desfavorecidos, divulgador del acervo popular y tradicional norteamericano, lejos de la cantinela oficial, reacio a los artificios, perseguido por el macarthismo, censurado en Estados Unidos, cruzó el charco en 1971 para dirigirse con su arte a las orejas de nuestro marchito pueblo patrio, sometidas todavía al yugo franquista, cuyas coplillas dictatoriales no abandonaban la cara al sol ni los noviazgos con la muerte. Así las cosas, el concierto previsto en Barcelona fue suspendido por las autoridades del régimen, lo que provocó incidentes y cargas de los policías a caballo. Pocos días antes, el 7 de febrero de aquel año, sin embargo, en el pabellón de la Sagrada Familia, en la ciudad egarense, Pete había conseguido completar una de sus “sediciosas” actuaciones, armado con guitarra y banjo, atrincherado en los nocivos versos. Miles de personas fueron testigos del acontecimiento, que no defraudó, dicen, que fue memorable. Muchos se quedaron sin poder entrar al recinto. El cantautor Raimon, l’home al vent, que le había alojado en su piso, que le hizo de corifeo y maestro de ceremonias, comentó: “Que este hombre cante por primera vez en el país, en Terrassa, me parece un hecho lleno de significado. Y no es ninguna casualidad. A los cerdos no les parecerá bien y la borregada no le dará importancia. Nosotros sabemos y somos conscientes del sentido de internacionalismo y de fe en los oprimidos contra los opresores que este acto tiene”. Pete Seeger desplegó parte de su mejor repertorio: Which side are you on?, What did you learn in school today?, Guantanamera…Para sorpresa de todos, se arrancó, incluso, con una canción en catalán, El desembre congelat, lo que permitió amplificar los coros y generó una explosión de júbilo: d’una ro, d’una sa, d’una rosa bella, fecunda i poncella. Una liberación momentánea, aprendiendo de las flores fragantes y sencillas que germinan a la contra.

Aquí os dejo un ejemplo de lo que era capaz de hacer Pete Seeger con los desperdicios y la suciedad; la canción Garbage: