Sobre mi madre

Mi madre ya no ejerce de madre. Ella está todavía por aquí, pero como si no estuviera. No conoce a sus hijos. No conoce a su marido. No conoce a su nieta. No conoce a nadie. No se conoce ni a sí misma. Padece alzheimer.

Mi madre apenas fue a la escuela, pero sabía leer. De hecho, sigue leyendo, pero no comprende lo que lee. Se queda con el continente, no con el contenido. Si le preguntas qué ha leído, no responde, porque no puede responder. No retiene ni un segundo lo que acaba de decir. Nunca.

Mi madre llevaba firmemente las riendas de su casa. Era capaz de controlar todos los aspectos de la rutina diaria. Ahora no controla ni los esfínteres, a veces. Sobrevive en una residencia de ancianos, donde depende totalmente de sus cuidadores (perdón, cuidadoras, sobre todo).

Mi madre usa gafas, desde hace años, pero si se le pierden es imposible que se las gradúen correctamente. No entiende las instrucciones ni hacia dónde apuntan las líneas de la E.

Mi madre, que era un rayo y pellizcaba impunemente a sus retoños por debajo de la mesa cuando éstos hacían alguna trastada, permanece en un limbo en el que se tiende a la melancolía. Las lágrimas corren por sus mejillas asiduamente, lágrimas cuya causa no alcanza a expresar.

Mi madre no aplaude a los sanitarios. Está confinada dentro del confinamiento por culpa del Covid, sin salir apenas de la habitación. Varias son las jaulas que lleva encima.

Mi madre, sin embargo, pinta y colorea dibujos en hermosas libretas. Y canta mucho, muchísimo, muy bien. Curiosamente, no ha olvidado las canciones, coplas casi todas. Incluso, de tanto en tanto, tiene reminiscencias del pasado, desarboladas, incoherentes, surrealistas, deslavazadas… Y, de tanto en tanto, parece una persona en plenitud.

Mi madre impresiona. A su manera, siempre lo hizo.

El adiós a un compañero

Marc comenzó a trabajar en la empresa pública de limpieza y recogida de residuos de Terrassa, Eco-Equip, casi cuando yo lo hice, en los años noventa del siglo pasado. Por entonces, él era ya capataz y yo un simple peón que removía contenedores de basura arriba y abajo. Los dos, unos pipiolos, jovencitos -yo más que él- y con ganas de tragarnos el mundo. Trabajábamos de noche, a destajo, todos los festivos y fines de semana…y, además, los días extras que caían como maná del cielo, pues ayudaban a arreglar la maltrecha nómina que teníamos en aquel tiempo. Él conducía una furgoneta provista de emisora, con la que se mantenía en contacto con el resto de flota de vehículos y organizaba -o desorganizaba, según- el servicio y daba las instrucciones precisas para su presunto buen funcionamiento: todo iba como el culo, a veces, pero salíamos in extremis a flote, manteniendo la ciudad si no limpia, sí en condiciones aceptables. Y eso que la apuesta por el reciclaje y la separación en casa tardaría en llegar. Marc, al principio, llevaba en la furgoneta a su perro, para protegerse, porque le gustaba, porque sí o porque simplemente le dejaban hacerlo (o tal vez por todas las razones anteriores a la vez). El perro, no poco grande, tipo pastor alemán, siempre ladraba cuando me veía. Yo le tenía un miedo atroz, sobre todo cuando debía montarme en la furgoneta del capataz. El perro ladraba y ladraba y parecía que se iba a comer a alguien para no dejar ni los huesos. Marc entonces giraba la cabeza y le conminaba a callar de forma abrupta y a la vez socarrona, como solía hacer también con los trabajadores subordinados de tanto en tanto, cuando estaba más eléctrico. El perro bajaba las orejas y se comportaba el resto del trayecto como un osito amoroso. Se dejaba tocar, cambiaba su gesticulación a rangos plácidos e incluso emitía sonidos cariñosos. Yo se lo agradecía, aunque iba con el rabillo del ojo pendiente del chucho, por si acaso. Nunca, nunca, por eso, desobedeció a su amo mientras me llevaba de un lado a otro.

Marc, Marc Antoni Escoda, ha muerto hoy, décadas después de nuestras primeras experiencias laborales y caninas. Ha podido con él el maldito coronavirus. Seguía siendo joven, alrededor de cincuenta años, tenía todavía mucha cuerda por delante y un hijo al que enseñar el esplendor que nos ofrece la vida. No fue mi amigo, no en la forma clásica, pero mantuve con él más contacto que con la mayoría de mis amigos. Fue algo más: fuimos testigos el uno del otro, durante veinticinco años: nos vimos crecer y engordar. Fue, también, uno de los anónimos héroes de la basura, que no recibirá los aplausos que merecería, que no se pudo despedir de casi nadie y que no tendrá ya perro oficial ni oficioso que le ladre sus virtudes pasadas. Si lo viera, si viera lo surrealista de todo, de cómo han sido sus últimas agónicas jornadas, desde donde esté, seguro que se le escapaba una de esas risas limpias, críticas, irónicas y bravuconas a las que nos tenía acostumbrados. Hasta siempre, mi capataz. Que la tierra te sea leve, compañero.

Juegos peligrosos

Dos hombres entraron de madrugada en un bar donde se jugaba a las cartas: la sordidez del ambiente se presupone. Entraron con armas de fuego, que es una forma muy convincente –y cobarde- de entrar a matar a los mamíferos desarmados y/o sorprendidos. Tras apropiarse de una buena mordida de las apuestas que había sobre la mesa y vaciar, por vicio canalla y por militancia criminal, la caja registradora del bar, los dos gentiles decidieron jugar con las vidas de las diez personas allí congregadas, en un arranque de macabra ludopatía entre ludópatas. Así, a punta de cañón, obligaron a los presentes a ponerse en pelotas, en círculo, y decidieron organizar una “ruleta rusa” de balas probabilísticas. Con un revólver de tambor giratorio y una única bala cargada, uno de los dos asaltantes se puso en medio del círculo de los despojados y empezó a apretar el gatillo, apuntando con el arma cada una de las veces a una persona distinta del grupo. Diga lo que diga el dicho, al cuarto intento, a la cuarta, la bala pasó silbando junto a las orejas de uno de los hombres desnudos, que estuvo a bien poquito de no contarlo, con desparrame de sesos incluido. Luego, tras ese disparo, otro de los secuestrados, manojo de nervios, puso pies en polvorosa e intentó burlar la vigilancia. No lo consiguió: un tiro le entró por la espalda.

Antes de salir del local, los dos delincuentes se mofaron de la poca entereza y de la poca dignidad demostrada por todos los participantes involuntarios y desarmados de aquel juego, de aquella muy sensata ruleta rusa, a efectos de botín, que se organizó en Can Boada, barrio de la aldea egarense, Terrassa, en el año 1982.

Dos hombres que jugaban con fuego y no se meaban en la cama, dos hombres moralizantes: dos cobardes y dos hienas más. Jugar con fuego: esa trampa de los los ventajistas.

El violinista sin tejado

En Terrassa, donde Vicenç Vellsolà, el violinista, hizo sus pinitos artísticos a principios del siglo pasado, ya no existe mucho entusiasmo social por los instrumentos de cuerda frotada. En la actualidad, salvo contadas excepciones, la disposición de ánimo de los egarenses es bien distinta. Quizás eso explique que, ya en el 2009, la policía municipal de la ciudad retirase un violín a un hombre en la Avenida de Barcelona, tampoco demasiado lejos de la calle dedicada -en el barrio de Vallparadís- al tal Vellsolà. Sí, al parecer, a las dos y media de la madrugada de un domingo de octubre, un diletante solista estaba tocando uno de esos cordófonos en un banco de la citada avenida… y no todos los vecinos agradecían gozosamente la bella factura de sus interpretaciones. Los policías, alertados por algún forzado insomne, desvelado y “desviolinado”, acudieron al lugar y le afearon la conducta al virtuoso, le sancionaron y le reprocharon el estruendo. Como el tipo, erre que erre, no se dejaba intimidar, defendía a capa y espada su rendimiento filarmónico y pretendía seguir frotando su instrumento (el violín), los policías optaron por finiquitar el concierto a las bravas, requisándole el aparato (el violín). Los agentes de la autoridad, en definitiva, se llevaron el violín, que fue intervenido, y el hombre continuó a la intemperie. Porque, según testimonió, el espontáneo artista no tenía domicilio y vivía en la calle, pernoctando habitualmente en los bancos de esa avenida : no existía, por entonces, ningún espacio público para dar cobijo nocturno a las personas sin techo. Todo un arte que chirrría cuando ocurre.

 

El deportista

Año 2010, mayo primaveral, fin de semana de parranda, Terrassa, en una zona de esas que el nuevo urbanismo reserva para encarrilar el tiempo (aparentemente) libre y para las concentraciones humanas de noctámbulos y machacones; o sea, en el Parc Vallès. Un individuo fue identificado por miembros de la policía local por dañar un banco del mobiliario público. Los agentes acudieron al sector alertados por un vigilante que había visto al sujeto en cuestión intentando arrancar de cuajo un banco atornillado en el suelo. Cuando los policías se presentaron en el lugar y pudieron confirmar la consumación de tan inusual hecho, el tipo les dijo literalmente que estaba “haciendo pesas”. El excéntrico apasionado de la halterofilia llevaba, además, una navaja en el bolsillo: también parecía practicar el montañismo. Su espíritu olímpico, su saludable ejercicio y su atlética dedicación, no le sirvieron, sin embargo, de gran cosa: los agentes le abrieron allí mismo las pertinentes diligencias.

Los churumbeles

Año 1976, octubre, calle Tortosa, barrio de La Grípia, Terrassa de los infantes mocosos, retoños del baby boom. La señora Carmen L.M. está muy harta, hartísima, y quiere protestar públicamente por el trato que reciben los niños, esas criaturitas activas y elásticas de metabolismo disparatado. La pasional y reivindicativa Carmen, reina de los bajitos, amiga de la muchachada, cuelga un enorme letrero en la fachada de su vivienda: A LOS NIÑOS DEL BARRIO NO MARTIRIZARLOS MÁS”, se puede leer en grandes letras. Cuando una patrulla de la policía se interesa por el tema y la comidilla que se ha generado en el vecindario, Carmen sale al balcón para defender la modesta pero llamativa obra. Ella misma, coraje en vena, a gritos, comunica a los guardias su loable empeño por la erradicación del martirio infantil en las proximidades. Así, les explica a los polis que sí, que a sus niños, a los suyos, a sus vástagos, les pegaban todos los demás chavales del barrio. Y por eso su rebeldía. Y por eso su decisión. Y por eso la pancarta. Y por eso la cruzada contra los aprendices de matones y su popularidad entre los miembros de las imberbes pandillas.

La crudeza infantil y la reacción tuitiva de las madres, una combinación siempre interesante y sorprendente, incluso cuando aún no se hablaba de bullying…y cuando las madres que habían parido, protestaran o no, raramente decidían nada importante.

Apostilla: Se desconocen los niveles de vergüenza ajena experimentada por los hijos. La tecnología de entonces no permitía medir algunos parámetros.

Flores en el concierto

Pete Seeger, el gran músico, carne de folk en lucha, siempre comprometido, siempre del lado de los desfavorecidos, divulgador del acervo popular y tradicional norteamericano, lejos de la cantinela oficial, reacio a los artificios, perseguido por el macarthismo, censurado en Estados Unidos, cruzó el charco en 1971 para dirigirse con su arte a las orejas de nuestro marchito pueblo patrio, sometidas todavía al yugo franquista, cuyas coplillas dictatoriales no abandonaban la cara al sol ni los noviazgos con la muerte. Así las cosas, el concierto previsto en Barcelona fue suspendido por las autoridades del régimen, lo que provocó incidentes y cargas de los policías a caballo. Pocos días antes, el 7 de febrero de aquel año, sin embargo, en el pabellón de la Sagrada Familia, en la ciudad egarense, Pete había conseguido completar una de sus “sediciosas” actuaciones, armado con guitarra y banjo, atrincherado en los nocivos versos. Miles de personas fueron testigos del acontecimiento, que no defraudó, dicen, que fue memorable. Muchos se quedaron sin poder entrar al recinto. El cantautor Raimon, l’home al vent, que le había alojado en su piso, que le hizo de corifeo y maestro de ceremonias, comentó: “Que este hombre cante por primera vez en el país, en Terrassa, me parece un hecho lleno de significado. Y no es ninguna casualidad. A los cerdos no les parecerá bien y la borregada no le dará importancia. Nosotros sabemos y somos conscientes del sentido de internacionalismo y de fe en los oprimidos contra los opresores que este acto tiene”. Pete Seeger desplegó parte de su mejor repertorio: Which side are you on?, What did you learn in school today?, Guantanamera…Para sorpresa de todos, se arrancó, incluso, con una canción en catalán, El desembre congelat, lo que permitió amplificar los coros y generó una explosión de júbilo: d’una ro, d’una sa, d’una rosa bella, fecunda i poncella. Una liberación momentánea, aprendiendo de las flores fragantes y sencillas que germinan a la contra.

Aquí os dejo un ejemplo de lo que era capaz de hacer Pete Seeger con los desperdicios y la suciedad; la canción Garbage:

Sobre deudas soberanas

En 1975, en una noche estival, en la ciudad de Terrassa, el conductor de un camión de basuras fue retenido contra su voluntad por el propietario de un bar situado en el barrio de Ca n’Anglada. El dueño del establecimiento le mostró sobradas razones de peso: cabreo comercial y un enorme garrote en la mano. El servicio de recogida de residuos quedó interrumpido, consecuentemente, por causas de fuerza mayor. Los vecinos salieron a la calle y rodearon a los protagonistas, tomando también parte en el guirigay que se había formado. La policía -¡glups!- tuvo que intervenir para evitar el linchamiento. Pero las deudas son las deudas.