El vengador tóxico

l_ed8f2762ccb3a1e0df929a3e001a5328

En Tromaville,“capital mundial de la química tóxica”, se almacenan millones de residuos venenosos y sustancias químicas radiactivas. Hay basura por doquier, muchos criminales, muchos cabronazos, muchos pistoleros de gatillo fácil y corruptos de primerísima, con un alcalde seboso al frente que es un hideputa completo, un calavera que no deja vicio en la trastienda, rodeado siempre de matones y conejitas ligeras de ropa. Esa es la ciudad en la que vive Melvin, un joven escuchimizado, torpe y pazguato que trabaja limpiando retretes y fregando suelos de un gimnasio. Melvin es un cenizo que no da pie con bola. La fregona la mete en los lugares más inoportunos y siempre se hace una maraña con ella y con el cubo.“Ese tío es un tipejo: no sabe ni fregar”, le espetan. Los clientes cachitas y las macizorras del gimnasio, todos más malos que la bicha, se burlan continuamente de él y le toman el pelo porque consideran que es un débil y más tonto que mear a barlovento. Un día le preparan una buena, una broma peligrosa: engañado, el joven enclenque, ataviado con un minúsculo tutú rosa, besa a una oveja en los morros. Cuando esto ocurre, todo el mundo se descojona en su jeta con inquina y Melvin, ahíto de vergüenza, se acaba tirando por una ventana del edificio. Cae, curiosamente, dentro de un barril de residuos fétidos, viscosos, nocivos y burbujeantes, donde se achicharra. Por lo que sea, el contenido del barril no le mata sino que le transforma: se convierte automáticamente en un monstruo terrible y amorfo, en el monstruo de la fregona, con fuerza y poderes sobrehumanos. Se convierte en “el primer superhéroe de Nueva Jersey”, en un justiciero deforme, con forúnculos. Desarrolla “un instinto básico de destruir la maldad”, de nutrida víscera, a degüello.

Toxie, el nuevo Melvin, el monstruo, se venga por fin del mundo cruel: se instala pulcramente en un vertedero, se enamora de una ciega, se va de picnic con la chica, es capaz de comerse 800 huevos fritos de una tacada, baila al ritmo del hula-hoop, salva a un bebé, ayuda a los abuelos a cruzar las calles y desenrosca las tapas atascadas de los tarros de vidrio…También, en sintonía, se dedica a limpiar las calles de delicuentes y de chusma contraindicada, machacando las cabezas que haga falta en su camino y consiguiendo, al mismo tiempo, un fantástico índice de popularidad: a veces las masas son ciertamente biliosas. Sus nobles principios no admiten discusión. Él mismo los proclama ante los villanos: “Decidles a los de vuestra ralea que las cosas van a cambiar en esta ciudad. Y no estoy hablando en broma”. Así, Toxie, se carga sañudamente a los que atropellan a los niños en bicicleta, a los gamberros que roban y golpean a indefensas ancianas, a las bandas de navajeros que atracan en los restaurantes, a los violadores de bragueta automotriz, a los proxenetas infantiles, a los que maltratan a los perros lazarillo, a los abundantes polis que trafican con droga, a los que – sin la más mínima sensibilidad ambiental- especulan con los depósitos de desechos, a las autoridades que abusan arbitrariamente de su poder, etcétera. Toxie no olvida nunca sus orígenes y suele dejar en sus difuntos un inequívoco sello de autor: les coloca encima una fregona.

Lejos de Nueva Jersey no se conoce todavía la existencia de mutantes con las características de ese monstruo. Pero El Vengador Tóxico, una película de culto (escatológico) y bazofia paranormal –con varias secuelas-, podría perfectamente haber situado la acción en las inmediaciones de Terrassa porque, en las cosas del fregar, esta población tiene una importancia capital e histórica. La criptozoología y los cálculos de probabilidad así lo confirman: en Terrassa se creó la llamada Mery, aquella fregona de palo con su original sistema escurridor en la cubeta. Gracias a la contribución de Joan Gunfaus, inventor, pionero, fabricante de fregonas e impulsor de su uso, éstas se expandieron por el territorio y por el mundo, liberando a las rodillas de posturas fatigosas y optimizando el rendimiento de las pasadas. En Terrassa, pues, existía un aventajado potencial de esos utensilios de limpieza, susceptibles de distintivos monstruosos. Humillados lacerantemente nunca han faltado en la ciudad de las personas, vengadores pueden encontrarse en catálogo, lo jocoso aquí siempre ha sido muscular y basura, claro, de haberla hayla, quizás en demasía.

dispositivo-escurridor-para-friegasuelos.2

El abrazo real de un barrendero

(Dedicado a Corinna)

El rey y Franco

Juan Carlos Emeterio Cuesta era barrendero cuando Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, nuestro sempiterno monarca campechano y casi republicano, ahora emérito, visitó Euskadi a principios de febrero de 1981, aquel mes convulso de tricornios en el parlamento de la “joven democracia”. El Borbón se administró un buen baño de masas a la vasca -¡glups!- y cantó “Desde Santurce a Bilbao” mientras la Sofi, perfecta sonrisa humanitaria, daba palmas y solicitaba con brío la intervención melódica del acordeonista. Fue un viaje estupendo para nuestra humilde realeza, sin grandes contratiempos y de gran prestigio. En la Casa de Juntas de Guernica, por ejemplo, el monarca juró los fueros y las libertades… y supo hacer frente con “fe en la democracia y confianza en el pueblo vasco” a los rencorosos intentos de boicot de los que “practican la intolerancia”. Los aplausos atronaron: se ganó casi todas las orejas de los morlacos. Durante la visita a Bilbao y a sus alrededores, el rey, como acostumbraba, volvió a ser uno más del pueblo, el más sencillo, el más simpático, una bellísima persona. Allí, entre los admiradores rendidos al dechado de virtudes borbónicas, estaban Juan Carlos Emeterio y su mujer. Juan Carlos Emeterio había hecho la mili en el buque el “Saltillo”, propiedad del Conde de Barcelona (Don Juan de Estoril), y había conocido al rey cuando éste era un mocoso (real). Cuando Juanqui lo supo, gracias a la mujer del tal Emeterio, no dudó en abrazar sincera y acaloradamente al barrendero: eran tal para cual, tocayos, compinches a la pata llana, bajo la misma corona. Seguidamente, con la alegría del reencuentro, el rey, animoso facilitador, hizo las debidas presentaciones ante su celebérrima familia. Así las cosas, Juan Carlos Emeterio conoció, in situ, a Felipito, por entonces Príncipe de Asturias, y a la reinona Sofía, griega de España.

Pocos días después, Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, adornado con supermedallas militares, tuvo que emitir un comunicado en televisión a altas horas de la madrugada condenando un golpe de estado en el que él, según se nos cuenta, no tenía nada que ver. Los monarcas ochenteros eran así, casi barrenderos, se reciclaban y limpiaban, con un golpe de efecto, su conciencia y la conciencia democrática de todo el Estado (de las autonomías) si era menester. No hay duda: un campechano nunca da sus abrazos en vano.

La justicia del humor

rey_oso_by_red_queen_ashura-d6ainv2

En el año 2008, Nicola Lococo fue juzgado por la Audiencia Nacional, por injurias graves al rey, tras publicar un artículo en el que se mofaba de las embriagadas cacerías del ahora emérito monarca campechano. Todavía no se había producido el famoso viaje de Don Juan Carlos I para matar elefantes en Botsuana (ni tampoco su abdicación en favor de Felipe VI). La cosa, entonces, no iba de paquidermos, sino de osos y de osos, como Mitrofán, con presunta cogorza. Nicola Lococo se enfrentaba a una multa de miles de euros por el supuesto delito de llamar, entre otros crueles palabros, “mequetrefe” y “soberano irresponsable” al Jefe del Estado, que por entonces no pedía perdón con facilidad después de un sangrante desplazamiento de ocio. Finalmente, Nicola fue absuelto de los cargos que se le imputaban. No hay que extrañarse, pues él mismo desplegó toda su verborrea de defensa durante el desarrollo del litigio: recitó versos, enseñó libros, citó a grandes autores de diferentes épocas y corrientes literarias, habló de su interés por el panda Chu-lin del zoo de Madrid, explicó que hasta los seis años se crió junto a un osito de peluche del que se separó definitivamente cuando lo vio cogido con pinzas al salir de la lavadora, que la tradición de honrar la figura del oso era común entre los reyes merovingios y que los soberanos europeos y las dinastías posteriores, especialmente desde que Carlomagno ascendió al trono, han intentado exterminar a ese noble animal para sustituirlo por leones -ajenos al viejo continente- en emblemas, banderas y escudos de armas, tratando de borrar cualquier vestigio anterior a la deslealtad y usurpación carolingia, apoyada por la iglesia católica. “No es casualidad que los borbones se dediquen a cazar osos”, expresó en la vista oral. La sentencia dictada por el juez, que definió la exposición de Lococo como “estructuralmente delirante”, recoge el siguiente párrafo sobre su intervención: “Recuérdese que este individuo ha comenzado por proclamarse oso, con vinculación desde generaciones anteriores a esta especie y antimonárquico tanto por la matanza de niños realizada por el Rey Herodes, como al descubrir de la falsedad de los Reyes Magos, explicando su especial furor cuando se enteró del hecho, en que se conjugaba el binomio oso/rey. Su discurso a lo largo de todo el juicio, que no ha sido corto, se ha mantenido en el mismo tono por lo que se van a ahorrar más consideraciones, a falta de informe de especialista médico-forense sobre la personalidad del acusado”. Ni que decir tiene que cuando Nicola soltó ante el tribunal la frase shakespeariana “Algo huele a podrido en Dinamarca”, la justicia probablemente se tuvo que aguantar la risa. Aunque sólo sea por eso, Lococo me parece un hombre de lo más respetable y un gran conocedor de las prácticas de la dama ciega y del entramado jurídico, judicial y procesal que la visten. Un tipo de esos que a veces nos acerca a la verdad de las cosas, que nos puede revelar su auténtica esencia desde el disparate erudito.

PD- Por cierto, para disparate nada erudito, diez años después, en 2018, la condena de  años de prisión a un rapero, Valtonyc, por su música -mala- y letras -aún peores- pero que entran dentro de la libertad de expresión, aunque se metan un poquito con la monarquía.

Pablo Iglesias versus el conde egarense

En plena restauración borbónica, tiempo de alternancia entre los dos grandes partidos dinásticos, Alfonso Sala Argemí (1863-1945), el primer Conde de Egara (Comte d’Ègara), coincidió en las Cortes Generales con Pablo Iglesias Posse (1850-1925), trabajador y tipógrafo, republicano, líder carismático y fundador del partido Socialista Obrero Español, el PSOE (actualmente un poquito menos marxista y menos revolucionario -aunque no se lo crean a estas alturas- que en sus inicios). Ambos, Pablo y Alfonso, en la segunda década del siglo XX, discutieron sobre el trabajo nocturno de las mujeres en las fábricas. Pablo Iglesias quería erradicarlo de manera inmediata, por su dureza y su escasa retribución. Pero Alfonso Sala, gran industrial, monárquico y “honorable patricio” de Terrassa (aquella Tarrasa), optó por un discurso de corte más moderniqui y defendió la igualdad de oportunidades de esas criaturas a ser explotadas en la noche fabril, por la rentabilidad que acarreaban y el bajo coste de la mano de obra femenina, eso sí. En esa línea ideológica, el conde resultó ser un iluminado, un hombre de otra era, un visionario de futuros techos de cristal.

El Ministro de Educación Nacional de Francisco Franco, Ibañez Martín, en 1950, cuando se inauguró, en su honor, un monumento en la ciudad terrassense, lo dejó claro: “Adelantándose al momento en que vivió, fue don Alfonso Sala un hombre de valores sociales. Patrón ejemplar, modelo en su clase, que supo captarse el amor de sus obreros por el espíritu de justicia que inspiraban todos sus actos y por la simpatía irresistible que emanaba de su persona”. Para algunos, pues, todo un auténtico prócer de la patria chica, custodio, insigne y filántropo.

La semana pasada, marzo de 2017, el Grup Escombrem els Represors de Catalunya (GERC) –sin duda con ganas de barrer con el pasado- hizo público que tenía “confiscado” el medallón con la efigie de Alfonso Sala del citado monumento, extraído de la escultura de piedra, porque consideraba impresentable que “después de casi 40 años de ayuntamientos democráticos, en Terrassa se continúe manteniendo una calle y un monumento a este enemigo del pueblo catalán y de las clases trabajadoras”.

La ley de la hospitalidad

ley hospitalidad

En 1900, el por entonces Ministro de Gobernación español, Eduardo Dato, llegó a Terrassa en tren de vapor, acompañado por un marqués, diputados, algún presidente provincial y varias lechuzas más engalanadas. La comitiva del ministro se completaba con el alcalde de la ciudad, Josep Ventalló, y con el no muy popular Capitán General de Cataluña. El termómetro del conflicto social e identitario marcaba altas temperaturas. Terrassa era territorio comanche, llena de una jauría de obreros resentidos y otros porculeros incívicos con ganas de liarla parda.

Según cuentan las crónicas, desde que Eduardo Dato pisó suelo egarense, la diversión estuvo garantizada, con gritos como mínimo groseros “a las mismas barbas del recién llegado”. Fue silbado, abucheado, empujado, insultado: salió por la puerta trasera del ayuntamiento. Al visitar una fábrica, también tuvo que esconderse. En el banquete que le ofrecieron después en un conocido centro social, los comensales, que se esforzaban -sobre todo el alcalde- en ponerse vivaspaña, apenas se escuchaban: el ruido exterior era monumental. Una jornada particular: agitación, detenciones, guardias civiles, correrías, palos, disturbios. El ministro, desbordado por los acontecimientos, se mostró a lo largo del día un tanto multipolar: lo mismo llamaba al presidente Silvela, conservador, que apartaba farrucamente a los guardias que le custodiaban para encararse a los manifestantes y declarar que no necesitaba protección alguna, al confiar plenamente en la “hidalguía de los vecinos de Tarrasa”. Contemporizando, le decía al alcalde Ventalló que no era el momento para hacer declaraciones políticas. Acto seguido, soltaba una perorata sobre la descentralización y las regiones y la nobleza de los patriotas. “No creo que Tarrasa albergue a un mal español”, concluyó el ministro. El hombre incluso tuvo tiempo de pedir, en voz alta, la liberación de los alborotadores que habían sido detenidos por los polis a su servicio: estaba completamente desnortado.

El bochinche y las protestas, con engorrosos chiflidos, no cesaron a lo largo del día. Finalmente, el ministro y su séquito fueron conducidos a unos carruajes desde los que se trasladaron hasta un tren especial, habilitado para salir pitando de allí, a toda máquina. Los carruajes fueron apedreados y hubo algunos heridos. El marqués que acompañaba a Eduardo Dato recibió un buen chinazo en la cabeza. Una vez en marcha, el tren pasó de largo la estación de Sabadell, donde estaba prevista la siguiente parada de la comitiva, y se dirigió directamente a Barcelona, desde donde, al día siguiente, el ministro puso tierra de por medio.

Un comunicado posterior en la prensa afirmaba que se habían “repartido dos reales y un pito a cada obrero para que silbara”

Eduardo Dato fue asesinado en 1921 por anarquistas catalanes, en Madrid.

Our Hospitality (1923) es una película de Buster Keaton, el gran humorista que logró, en 1927, una suerte de eternidad gracias a la historia de The General, sobre un tren y su maquinista. En Our Hospitality, el joven y cándido Willie McKay viaja al lugar en el que nació en un viejuno tren de vapor que es apedreado por los leñadores en su trayecto. El chico llega a su destino tiznado. Los Canfield, enemigos acérrimos de su familia, no le esperan precisamente con los brazos abiertos: intentan asesinarlo varias veces. McKay, tras múltiples peripecias, huye en un tren disfrazado de mujer (de época). Las persecuciones se suceden y la locomotora acaba arrastrando al joven por las vías.

Limpieza en el condado

Alfons Sala i Argemi

Alfonso Sala i Argemí (1863-1945), liberal y proteccionista al alimón, amiguete de su tocayo coronado, diputado casi perenne, facilitador desmedido, relaciones públicas, el gran conseguidor, “el incansable”, el de los contactos, servicial y enérgico, fue el máximo exponente del fenómeno conocido como salisme, el salismo, una de las mayores aportaciones vallesanas a la historia contemporánea del clientelismo político, el caciquismo y la dominación social sobre un territorio a través de redes de influencia y un poder económico e institucional absoluto. El conde de Egara y unos cuantos prohombres respetables como él formaron una bonita camarilla de oligarcas, de conocidos apellidos, grandes industriales y familiares, que controlaron el cotarro en Terrassa desde finales del XIX hasta el franquismo y más allá, superando la anormalidad republicana y la Guerra Civil, superando asismismo sus disputas con los falangistas más “puros” y tercerposicionistas. Porque desde que Sabadell y Terrassa, con sus eternas rivalidades, se adscribieron en distintos distritos electorales, el bueno de Alfonso Sala -con breves excepciones- se merendó a sus opositores con patatas. Fue diputado en las Cortes Españolas durante décadas, desde 1893. Treinta años más tarde, con autoridad formal e informal, con el influjo consolidado, fue nombrado senador vitalicio por Alfonso XIII, que posteriormente le otorgaría su título nobiliario y un hermoso condado de privilegios para dormir en los laureles, cuando su anticatalanismo era más que palpable… y también su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. Su influencia en Madrid y en otras plazas mayores se aprovechaba para que los salistas medraran y mejoraran (más) su posición en la ciudad y en la comarca, haciendo y deshaciendo a su antojo. El resultado: siempre mandaban los mismos y, en las elecciones que se celebraban, cuando se celebraban, siempre ganaban los mismos, con ayuntamientos afectos y bien pergeñados corporativamente. La fórmula aplicada en Terrassa y en su zona de influencia fue de una enorme caballerosidad democrática y de un guante blanco fino y exquisito, tal como se esperaba de la ilustrada, moderna y modernista burguesía industrial: fraude, pucherazos, actas adulteradas, votos negociados, amaños; favores personales, regalías, prebendas, gestiones generosas e indulgentes con ciertos vasallos representativos; intolerancia, amenazas, presiones, coacciones, filípicas y acoso a la disidencia: milicias ciudadanas, porras, algunos disparos certeros en las testas del obrerismo; timón férreo en medios e instituciones, apariencia de orden, imagen de “estar con la gente” y “dejarse la piel” por la demarcación, dosis de clemente paternalismo, obsequiosidad tendenciosa y un discurso florido, folclórico, de tintes locales e interés vecinal. Muchos han bebido y todavía beben de sus fuentes. Alfonso Sala era el jefe de la tribu, el que nombraba los cargos o degradaba, con el respaldo de sus acaudalados acólitos. Desprestigiar a aquellos limpios y distinguidos señores, los salistas, podía salir muy caro, incluso tras la muerte de su figura principal.

monument alfons sala, a plaça vella
En agosto de 1955, aparece la siguiente noticia sobre inmersiones nudistas en la prensa: “Tarrasa. Esta madrugada han sido detenidos dos individuos que completamente desnudos se estaban bañando en el estanque existente en los céntricos jardines del Paseo Conde de Egara. Los gamberros se llaman Ramón Martínez Carbón, de 27 años, y Julián Serra Sarrión, de 18 años. Detenidos por la autoridad fueron internados en los calabozos de las Casas Consistoriales. Este mediodía empezaron a cumplir el castigo impuesto, barriendo las calles de la ciudad bajo vigilancia de un guardia municipal. El espectáculo ha causado regocijo entre el vecindario”. Lo dicho, un prócer con incidencia de ultratumba, con esa clase de clasismo que hace del barrer un acto impuro, abominable y poco meritorio, como el bañarse en porretas -cuando aprieta el calor- en piscinas, pozas, estanques u otros lugares públicos, por ejemplo.

PD – No ha mucho, en este siglo XXI, en Terrassa, se discutía si el impecable e implacable Alfonso Sala merecía o no una calle con nombre y apellidos, más allá del céntrico paseo con el título nobiliario que le concedieron. Un debate estéril y en contra de las apetencias y deseos del mismísimo conde afectado, humilde servidor de la pujanza endogámica, uno de los pocos -quizás el único- que se pudo dar el lujo de rechazar en vida tal distinción en el nomenclátor callejero de la ciudad, como hizo notar por escrito en una carta dirigida al agradecido alcalde salista de turno que tuvo semejante brillantísima idea con demasiada antelación.

La ciudad republicana

Ciudad de vapores y chimeneas, conocida por sus telas, fibras, tejidos, paños y calcetines, en la que se desarrolló una industria lanera que, gracias a la explotación de mano de obra (también infantil), catapultó a una burguesía de apellidos reducidos que, a su vez, impulsó un movimiento cultural y una arquitectura modernista que, en la actualidad, a toro pasado, mola honrar festivamente en primavera. Ciudad de larga tradición textil en la que los monárquicos (carlistas o no) también dejaron honda huella. Ciudad donde la actriz y coplera Paquita Rico, en 1959, fue definitivamente coronada.

Paquita Rico ya había interpretado el papel de María de las Mercedes de Orleans y Borbón, reina consorte, primera esposa de su primo, el monarca Alfonso XII, el de las preguntitas chorras en aquellas películas añejas y caramelizadas protagonizadas por Vicente Parra. Con el papel de la desdichada María de las Mercedes, que muere a los pocos meses de casarse con el rey, tras vivir el romanticismo loco de un amor -¡glups!- casi adolescente entre primos; Paquita Rico se consagró como famosa soberana de la época. Su última aparición estelar en el cine, ya en los años ochenta, fue en la película El Cid Cabreador, una obra maestra que ya se intuye en el propio título, en la que parodiaba, sin atisbo de Sissi emperatriz, a la mismísima Doña Urraca, reina zamorana, la del cerco. Nada de ello, ciñéndose a la majestuosidad, es comparable a lo que experimentó Paquita en la ciudad de las sucias chimeneas y de las bonitas telas para lencería, Terrassa, donde, en el marco de un festival benéfico, fue conducida al más alto trono del muslamen sin carreras y, con pompa y boato, proclamada oficialmente “Reina de las Medias de España”.

Apostilla: Según la canción, María de las Mercedes, la Merceditas de aciago final, en su féretro, cubierta por un velo de rico carmesí, llevaba puestos zapatitos de charol, pero nada se nos dice de su juego de medias o calcetines. Sin perder la costura, la propia Paquita Rico, gran señora de pantys, en la copla del romance de María de las Mercedes, presta bastante más atención a la vestimenta de los monarcas. Otra composición folclórica, más flamenquita, extravagante e irreverente, casi de república cañí, omite por completo cualquier referencia a los tejidos y a la indumentaria regia. ¡Vaya tela!

El día de la mona

Tarzan y familia

En Terrassa, como un vulgar Tarzán, Plácido, un veinteañero, abandonó la civilización y se fundió con la madre naturaleza. Corría el año 1981. Plácido vivía en el barrio de Ca n’Anglada, en el este de la ciudad, donde se le conocía como “el Profeta”, un bonito sobrenombre. El joven se alejó del casco urbano y se encaminó a la montaña, hacia el parque natural de Sant Llorenç del Munt, místicamente, en busca de lianas que le proyectaran al cielo. Cerca de la Font de la Pola, en una lúgubre cueva, solo, sin Jane y sin Chita, se pasó casi seis semanas en ayunas, bebiendo exlusivamente sorbitos de agua. Perdió más de veinte kilos, veinte kilos de primate. El extravagante asceta decía ser la reencarnación de Jesucristo, ni más ni menos, amén, y había subido hasta allí para hacer la Cuaresma como el Altísimo manda, con la intención de “evitar la invasión de Polonia y una explosión nuclear”. La prensa de la época descubrió el suculento pastel del enfermo visionario y dejó amplio testimonio de la monería.