El adiós a un compañero

Marc comenzó a trabajar en la empresa pública de limpieza y recogida de residuos de Terrassa, Eco-Equip, casi cuando yo lo hice, en los años noventa del siglo pasado. Por entonces, él era ya capataz y yo un simple peón que removía contenedores de basura arriba y abajo. Los dos, unos pipiolos, jovencitos -yo más que él- y con ganas de tragarnos el mundo. Trabajábamos de noche, a destajo, todos los festivos y fines de semana…y, además, los días extras que caían como maná del cielo, pues ayudaban a arreglar la maltrecha nómina que teníamos en aquel tiempo. Él conducía una furgoneta provista de emisora, con la que se mantenía en contacto con el resto de flota de vehículos y organizaba -o desorganizaba, según- el servicio y daba las instrucciones precisas para su presunto buen funcionamiento: todo iba como el culo, a veces, pero salíamos in extremis a flote, manteniendo la ciudad si no limpia, sí en condiciones aceptables. Y eso que la apuesta por el reciclaje y la separación en casa tardaría en llegar. Marc, al principio, llevaba en la furgoneta a su perro, para protegerse, porque le gustaba, porque sí o porque simplemente le dejaban hacerlo (o tal vez por todas las razones anteriores a la vez). El perro, no poco grande, tipo pastor alemán, siempre ladraba cuando me veía. Yo le tenía un miedo atroz, sobre todo cuando debía montarme en la furgoneta del capataz. El perro ladraba y ladraba y parecía que se iba a comer a alguien para no dejar ni los huesos. Marc entonces giraba la cabeza y le conminaba a callar de forma abrupta y a la vez socarrona, como solía hacer también con los trabajadores subordinados de tanto en tanto, cuando estaba más eléctrico. El perro bajaba las orejas y se comportaba el resto del trayecto como un osito amoroso. Se dejaba tocar, cambiaba su gesticulación a rangos plácidos e incluso emitía sonidos cariñosos. Yo se lo agradecía, aunque iba con el rabillo del ojo pendiente del chucho, por si acaso. Nunca, nunca, por eso, desobedeció a su amo mientras me llevaba de un lado a otro.

Marc, Marc Antoni Escoda, ha muerto hoy, décadas después de nuestras primeras experiencias laborales y caninas. Ha podido con él el maldito coronavirus. Seguía siendo joven, alrededor de cincuenta años, tenía todavía mucha cuerda por delante y un hijo al que enseñar el esplendor que nos ofrece la vida. No fue mi amigo, no en la forma clásica, pero mantuve con él más contacto que con la mayoría de mis amigos. Fue algo más: fuimos testigos el uno del otro, durante veinticinco años: nos vimos crecer y engordar. Fue, también, uno de los anónimos héroes de la basura, que no recibirá los aplausos que merecería, que no se pudo despedir de casi nadie y que no tendrá ya perro oficial ni oficioso que le ladre sus virtudes pasadas. Si lo viera, si viera lo surrealista de todo, de cómo han sido sus últimas agónicas jornadas, desde donde esté, seguro que se le escapaba una de esas risas limpias, críticas, irónicas y bravuconas a las que nos tenía acostumbrados. Hasta siempre, mi capataz. Que la tierra te sea leve, compañero.

Juegos peligrosos

Dos hombres entraron de madrugada en un bar donde se jugaba a las cartas: la sordidez del ambiente se presupone. Entraron con armas de fuego, que es una forma muy convincente –y cobarde- de entrar a matar a los mamíferos desarmados y/o sorprendidos. Tras apropiarse de una buena mordida de las apuestas que había sobre la mesa y vaciar, por vicio canalla y por militancia criminal, la caja registradora del bar, los dos gentiles decidieron jugar con las vidas de las diez personas allí congregadas, en un arranque de macabra ludopatía entre ludópatas. Así, a punta de cañón, obligaron a los presentes a ponerse en pelotas, en círculo, y decidieron organizar una “ruleta rusa” de balas probabilísticas. Con un revólver de tambor giratorio y una única bala cargada, uno de los dos asaltantes se puso en medio del círculo de los despojados y empezó a apretar el gatillo, apuntando con el arma cada una de las veces a una persona distinta del grupo. Diga lo que diga el dicho, al cuarto intento, a la cuarta, la bala pasó silbando junto a las orejas de uno de los hombres desnudos, que estuvo a bien poquito de no contarlo, con desparrame de sesos incluido. Luego, tras ese disparo, otro de los secuestrados, manojo de nervios, puso pies en polvorosa e intentó burlar la vigilancia. No lo consiguió: un tiro le entró por la espalda.

Antes de salir del local, los dos delincuentes se mofaron de la poca entereza y de la poca dignidad demostrada por todos los participantes involuntarios y desarmados de aquel juego, de aquella muy sensata ruleta rusa, a efectos de botín, que se organizó en Can Boada, barrio de la aldea egarense, Terrassa, en el año 1982.

Dos hombres que jugaban con fuego y no se meaban en la cama, dos hombres moralizantes: dos cobardes y dos hienas más. Jugar con fuego: esa trampa de los los ventajistas.

El violinista sin tejado

En Terrassa, donde Vicenç Vellsolà, el violinista, hizo sus pinitos artísticos a principios del siglo pasado, ya no existe mucho entusiasmo social por los instrumentos de cuerda frotada. En la actualidad, salvo contadas excepciones, la disposición de ánimo de los egarenses es bien distinta. Quizás eso explique que, ya en el 2009, la policía municipal de la ciudad retirase un violín a un hombre en la Avenida de Barcelona, tampoco demasiado lejos de la calle dedicada -en el barrio de Vallparadís- al tal Vellsolà. Sí, al parecer, a las dos y media de la madrugada de un domingo de octubre, un diletante solista estaba tocando uno de esos cordófonos en un banco de la citada avenida… y no todos los vecinos agradecían gozosamente la bella factura de sus interpretaciones. Los policías, alertados por algún forzado insomne, desvelado y “desviolinado”, acudieron al lugar y le afearon la conducta al virtuoso, le sancionaron y le reprocharon el estruendo. Como el tipo, erre que erre, no se dejaba intimidar, defendía a capa y espada su rendimiento filarmónico y pretendía seguir frotando su instrumento (el violín), los policías optaron por finiquitar el concierto a las bravas, requisándole el aparato (el violín). Los agentes de la autoridad, en definitiva, se llevaron el violín, que fue intervenido, y el hombre continuó a la intemperie. Porque, según testimonió, el espontáneo artista no tenía domicilio y vivía en la calle, pernoctando habitualmente en los bancos de esa avenida : no existía, por entonces, ningún espacio público para dar cobijo nocturno a las personas sin techo. Todo un arte que chirrría cuando ocurre.

 

El deportista

Año 2010, mayo primaveral, fin de semana de parranda, Terrassa, en una zona de esas que el nuevo urbanismo reserva para encarrilar el tiempo (aparentemente) libre y para las concentraciones humanas de noctámbulos y machacones; o sea, en el Parc Vallès. Un individuo fue identificado por miembros de la policía local por dañar un banco del mobiliario público. Los agentes acudieron al sector alertados por un vigilante que había visto al sujeto en cuestión intentando arrancar de cuajo un banco atornillado en el suelo. Cuando los policías se presentaron en el lugar y pudieron confirmar la consumación de tan inusual hecho, el tipo les dijo literalmente que estaba “haciendo pesas”. El excéntrico apasionado de la halterofilia llevaba, además, una navaja en el bolsillo: también parecía practicar el montañismo. Su espíritu olímpico, su saludable ejercicio y su atlética dedicación, no le sirvieron, sin embargo, de gran cosa: los agentes le abrieron allí mismo las pertinentes diligencias.

Los churumbeles

Año 1976, octubre, calle Tortosa, barrio de La Grípia, Terrassa de los infantes mocosos, retoños del baby boom. La señora Carmen L.M. está muy harta, hartísima, y quiere protestar públicamente por el trato que reciben los niños, esas criaturitas activas y elásticas de metabolismo disparatado. La pasional y reivindicativa Carmen, reina de los bajitos, amiga de la muchachada, cuelga un enorme letrero en la fachada de su vivienda: A LOS NIÑOS DEL BARRIO NO MARTIRIZARLOS MÁS”, se puede leer en grandes letras. Cuando una patrulla de la policía se interesa por el tema y la comidilla que se ha generado en el vecindario, Carmen sale al balcón para defender la modesta pero llamativa obra. Ella misma, coraje en vena, a gritos, comunica a los guardias su loable empeño por la erradicación del martirio infantil en las proximidades. Así, les explica a los polis que sí, que a sus niños, a los suyos, a sus vástagos, les pegaban todos los demás chavales del barrio. Y por eso su rebeldía. Y por eso su decisión. Y por eso la pancarta. Y por eso la cruzada contra los aprendices de matones y su popularidad entre los miembros de las imberbes pandillas.

La crudeza infantil y la reacción tuitiva de las madres, una combinación siempre interesante y sorprendente, incluso cuando aún no se hablaba de bullying…y cuando las madres que habían parido, protestaran o no, raramente decidían nada importante.

Apostilla: Se desconocen los niveles de vergüenza ajena experimentada por los hijos. La tecnología de entonces no permitía medir algunos parámetros.

Flores en el concierto

Pete Seeger, el gran músico, carne de folk en lucha, siempre comprometido, siempre del lado de los desfavorecidos, divulgador del acervo popular y tradicional norteamericano, lejos de la cantinela oficial, reacio a los artificios, perseguido por el macarthismo, censurado en Estados Unidos, cruzó el charco en 1971 para dirigirse con su arte a las orejas de nuestro marchito pueblo patrio, sometidas todavía al yugo franquista, cuyas coplillas dictatoriales no abandonaban la cara al sol ni los noviazgos con la muerte. Así las cosas, el concierto previsto en Barcelona fue suspendido por las autoridades del régimen, lo que provocó incidentes y cargas de los policías a caballo. Pocos días antes, el 7 de febrero de aquel año, sin embargo, en el pabellón de la Sagrada Familia, en la ciudad egarense, Pete había conseguido completar una de sus “sediciosas” actuaciones, armado con guitarra y banjo, atrincherado en los nocivos versos. Miles de personas fueron testigos del acontecimiento, que no defraudó, dicen, que fue memorable. Muchos se quedaron sin poder entrar al recinto. El cantautor Raimon, l’home al vent, que le había alojado en su piso, que le hizo de corifeo y maestro de ceremonias, comentó: “Que este hombre cante por primera vez en el país, en Terrassa, me parece un hecho lleno de significado. Y no es ninguna casualidad. A los cerdos no les parecerá bien y la borregada no le dará importancia. Nosotros sabemos y somos conscientes del sentido de internacionalismo y de fe en los oprimidos contra los opresores que este acto tiene”. Pete Seeger desplegó parte de su mejor repertorio: Which side are you on?, What did you learn in school today?, Guantanamera…Para sorpresa de todos, se arrancó, incluso, con una canción en catalán, El desembre congelat, lo que permitió amplificar los coros y generó una explosión de júbilo: d’una ro, d’una sa, d’una rosa bella, fecunda i poncella. Una liberación momentánea, aprendiendo de las flores fragantes y sencillas que germinan a la contra.

Aquí os dejo un ejemplo de lo que era capaz de hacer Pete Seeger con los desperdicios y la suciedad; la canción Garbage:

Sobre deudas soberanas

En 1975, en una noche estival, en la ciudad de Terrassa, el conductor de un camión de basuras fue retenido contra su voluntad por el propietario de un bar situado en el barrio de Ca n’Anglada. El dueño del establecimiento le mostró sobradas razones de peso: cabreo comercial y un enorme garrote en la mano. El servicio de recogida de residuos quedó interrumpido, consecuentemente, por causas de fuerza mayor. Los vecinos salieron a la calle y rodearon a los protagonistas, tomando también parte en el guirigay que se había formado. La policía -¡glups!- tuvo que intervenir para evitar el linchamiento. Pero las deudas son las deudas.

El vengador tóxico

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En Tromaville,“capital mundial de la química tóxica”, se almacenan millones de residuos venenosos y sustancias químicas radiactivas. Hay basura por doquier, muchos criminales, muchos cabronazos, muchos pistoleros de gatillo fácil y corruptos de primerísima, con un alcalde seboso al frente que es un hideputa completo, un calavera que no deja vicio en la trastienda, rodeado siempre de matones y conejitas ligeras de ropa. Esa es la ciudad en la que vive Melvin, un joven escuchimizado, torpe y pazguato que trabaja limpiando retretes y fregando suelos de un gimnasio. Melvin es un cenizo que no da pie con bola. La fregona la mete en los lugares más inoportunos y siempre se hace una maraña con ella y con el cubo.“Ese tío es un tipejo: no sabe ni fregar”, le espetan. Los clientes cachitas y las macizorras del gimnasio, todos más malos que la bicha, se burlan continuamente de él y le toman el pelo porque consideran que es un débil y más tonto que mear a barlovento. Un día le preparan una buena, una broma peligrosa: engañado, el joven enclenque, ataviado con un minúsculo tutú rosa, besa a una oveja en los morros. Cuando esto ocurre, todo el mundo se descojona en su jeta con inquina y Melvin, ahíto de vergüenza, se acaba tirando por una ventana del edificio. Cae, curiosamente, dentro de un barril de residuos fétidos, viscosos, nocivos y burbujeantes, donde se achicharra. Por lo que sea, el contenido del barril no le mata sino que le transforma: se convierte automáticamente en un monstruo terrible y amorfo, en el monstruo de la fregona, con fuerza y poderes sobrehumanos. Se convierte en “el primer superhéroe de Nueva Jersey”, en un justiciero deforme, con forúnculos. Desarrolla “un instinto básico de destruir la maldad”, de nutrida víscera, a degüello.

Toxie, el nuevo Melvin, el monstruo, se venga por fin del mundo cruel: se instala pulcramente en un vertedero, se enamora de una ciega, se va de picnic con la chica, es capaz de comerse 800 huevos fritos de una tacada, baila al ritmo del hula-hoop, salva a un bebé, ayuda a los abuelos a cruzar las calles y desenrosca las tapas atascadas de los tarros de vidrio…También, en sintonía, se dedica a limpiar las calles de delicuentes y de chusma contraindicada, machacando las cabezas que haga falta en su camino y consiguiendo, al mismo tiempo, un fantástico índice de popularidad: a veces las masas son ciertamente biliosas. Sus nobles principios no admiten discusión. Él mismo los proclama ante los villanos: “Decidles a los de vuestra ralea que las cosas van a cambiar en esta ciudad. Y no estoy hablando en broma”. Así, Toxie, se carga sañudamente a los que atropellan a los niños en bicicleta, a los gamberros que roban y golpean a indefensas ancianas, a las bandas de navajeros que atracan en los restaurantes, a los violadores de bragueta automotriz, a los proxenetas infantiles, a los que maltratan a los perros lazarillo, a los abundantes polis que trafican con droga, a los que – sin la más mínima sensibilidad ambiental- especulan con los depósitos de desechos, a las autoridades que abusan arbitrariamente de su poder, etcétera. Toxie no olvida nunca sus orígenes y suele dejar en sus difuntos un inequívoco sello de autor: les coloca encima una fregona.

Lejos de Nueva Jersey no se conoce todavía la existencia de mutantes con las características de ese monstruo. Pero El Vengador Tóxico, una película de culto (escatológico) y bazofia paranormal –con varias secuelas-, podría perfectamente haber situado la acción en las inmediaciones de Terrassa porque, en las cosas del fregar, esta población tiene una importancia capital e histórica. La criptozoología y los cálculos de probabilidad así lo confirman: en Terrassa se creó la llamada Mery, aquella fregona de palo con su original sistema escurridor en la cubeta. Gracias a la contribución de Joan Gunfaus, inventor, pionero, fabricante de fregonas e impulsor de su uso, éstas se expandieron por el territorio y por el mundo, liberando a las rodillas de posturas fatigosas y optimizando el rendimiento de las pasadas. En Terrassa, pues, existía un aventajado potencial de esos utensilios de limpieza, susceptibles de distintivos monstruosos. Humillados lacerantemente nunca han faltado en la ciudad de las personas, vengadores pueden encontrarse en catálogo, lo jocoso aquí siempre ha sido muscular y basura, claro, de haberla hayla, quizás en demasía.

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