La justicia del humor

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En el año 2008, Nicola Lococo fue juzgado por la Audiencia Nacional, por injurias graves al rey, tras publicar un artículo en el que se mofaba de las embriagadas cacerías del ahora emérito monarca campechano. Todavía no se había producido el famoso viaje de Don Juan Carlos I para matar elefantes en Botsuana (ni tampoco su abdicación en favor de Felipe VI). La cosa, entonces, no iba de paquidermos, sino de osos y de osos, como Mitrofán, con presunta cogorza. Nicola Lococo se enfrentaba a una multa de miles de euros por el supuesto delito de llamar, entre otros crueles palabros, “mequetrefe” y “soberano irresponsable” al Jefe del Estado, que por entonces no pedía perdón con facilidad después de un sangrante desplazamiento de ocio. Finalmente, Nicola fue absuelto de los cargos que se le imputaban. No hay que extrañarse, pues él mismo desplegó toda su verborrea de defensa durante el desarrollo del litigio: recitó versos, enseñó libros, citó a grandes autores de diferentes épocas y corrientes literarias, habló de su interés por el panda Chu-lin del zoo de Madrid, explicó que hasta los seis años se crió junto a un osito de peluche del que se separó definitivamente cuando lo vio cogido con pinzas al salir de la lavadora, que la tradición de honrar la figura del oso era común entre los reyes merovingios y que los soberanos europeos y las dinastías posteriores, especialmente desde que Carlomagno ascendió al trono, han intentado exterminar a ese noble animal para sustituirlo por leones -ajenos al viejo continente- en emblemas, banderas y escudos de armas, tratando de borrar cualquier vestigio anterior a la deslealtad y usurpación carolingia, apoyada por la iglesia católica. “No es casualidad que los borbones se dediquen a cazar osos”, expresó en la vista oral. La sentencia dictada por el juez, que definió la exposición de Lococo como “estructuralmente delirante”, recoge el siguiente párrafo sobre su intervención: “Recuérdese que este individuo ha comenzado por proclamarse oso, con vinculación desde generaciones anteriores a esta especie y antimonárquico tanto por la matanza de niños realizada por el Rey Herodes, como al descubrir de la falsedad de los Reyes Magos, explicando su especial furor cuando se enteró del hecho, en que se conjugaba el binomio oso/rey. Su discurso a lo largo de todo el juicio, que no ha sido corto, se ha mantenido en el mismo tono por lo que se van a ahorrar más consideraciones, a falta de informe de especialista médico-forense sobre la personalidad del acusado”. Ni que decir tiene que cuando Nicola soltó ante el tribunal la frase shakespeariana “Algo huele a podrido en Dinamarca”, la justicia probablemente se tuvo que aguantar la risa. Aunque sólo sea por eso, Lococo me parece un hombre de lo más respetable y un gran conocedor de las prácticas de la dama ciega y del entramado jurídico, judicial y procesal que la visten. Un tipo de esos que a veces nos acerca a la verdad de las cosas, que nos puede revelar su auténtica esencia desde el disparate erudito.

PD- Por cierto, para disparate nada erudito, diez años después, en 2018, la condena de  años de prisión a un rapero, Valtonyc, por su música -mala- y letras -aún peores- pero que entran dentro de la libertad de expresión, aunque se metan un poquito con la monarquía.

Pablo Iglesias versus el conde egarense

En plena restauración borbónica, tiempo de alternancia entre los dos grandes partidos dinásticos, Alfonso Sala Argemí (1863-1945), el primer Conde de Egara (Comte d’Ègara), coincidió en las Cortes Generales con Pablo Iglesias Posse (1850-1925), trabajador y tipógrafo, republicano, líder carismático y fundador del partido Socialista Obrero Español, el PSOE (actualmente un poquito menos marxista y menos revolucionario -aunque no se lo crean a estas alturas- que en sus inicios). Ambos, Pablo y Alfonso, en la segunda década del siglo XX, discutieron sobre el trabajo nocturno de las mujeres en las fábricas. Pablo Iglesias quería erradicarlo de manera inmediata, por su dureza y su escasa retribución. Pero Alfonso Sala, gran industrial, monárquico y “honorable patricio” de Terrassa (aquella Tarrasa), optó por un discurso de corte más moderniqui y defendió la igualdad de oportunidades de esas criaturas a ser explotadas en la noche fabril, por la rentabilidad que acarreaban y el bajo coste de la mano de obra femenina, eso sí. En esa línea ideológica, el conde resultó ser un iluminado, un hombre de otra era, un visionario de futuros techos de cristal.

El Ministro de Educación Nacional de Francisco Franco, Ibañez Martín, en 1950, cuando se inauguró, en su honor, un monumento en la ciudad terrassense, lo dejó claro: “Adelantándose al momento en que vivió, fue don Alfonso Sala un hombre de valores sociales. Patrón ejemplar, modelo en su clase, que supo captarse el amor de sus obreros por el espíritu de justicia que inspiraban todos sus actos y por la simpatía irresistible que emanaba de su persona”. Para algunos, pues, todo un auténtico prócer de la patria chica, custodio, insigne y filántropo.

La semana pasada, marzo de 2017, el Grup Escombrem els Represors de Catalunya (GERC) –sin duda con ganas de barrer con el pasado- hizo público que tenía “confiscado” el medallón con la efigie de Alfonso Sala del citado monumento, extraído de la escultura de piedra, porque consideraba impresentable que “después de casi 40 años de ayuntamientos democráticos, en Terrassa se continúe manteniendo una calle y un monumento a este enemigo del pueblo catalán y de las clases trabajadoras”.

La ley de la hospitalidad

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En 1900, el por entonces Ministro de Gobernación español, Eduardo Dato, llegó a Terrassa en tren de vapor, acompañado por un marqués, diputados, algún presidente provincial y varias lechuzas más engalanadas. La comitiva del ministro se completaba con el alcalde de la ciudad, Josep Ventalló, y con el no muy popular Capitán General de Cataluña. El termómetro del conflicto social e identitario marcaba altas temperaturas. Terrassa era territorio comanche, llena de una jauría de obreros resentidos y otros porculeros incívicos con ganas de liarla parda.

Según cuentan las crónicas, desde que Eduardo Dato pisó suelo egarense, la diversión estuvo garantizada, con gritos como mínimo groseros “a las mismas barbas del recién llegado”. Fue silbado, abucheado, empujado, insultado: salió por la puerta trasera del ayuntamiento. Al visitar una fábrica, también tuvo que esconderse. En el banquete que le ofrecieron después en un conocido centro social, los comensales, que se esforzaban -sobre todo el alcalde- en ponerse vivaspaña, apenas se escuchaban: el ruido exterior era monumental. Una jornada particular: agitación, detenciones, guardias civiles, correrías, palos, disturbios. El ministro, desbordado por los acontecimientos, se mostró a lo largo del día un tanto multipolar: lo mismo llamaba al presidente Silvela, conservador, que apartaba farrucamente a los guardias que le custodiaban para encararse a los manifestantes y declarar que no necesitaba protección alguna, al confiar plenamente en la “hidalguía de los vecinos de Tarrasa”. Contemporizando, le decía al alcalde Ventalló que no era el momento para hacer declaraciones políticas. Acto seguido, soltaba una perorata sobre la descentralización y las regiones y la nobleza de los patriotas. “No creo que Tarrasa albergue a un mal español”, concluyó el ministro. El hombre incluso tuvo tiempo de pedir, en voz alta, la liberación de los alborotadores que habían sido detenidos por los polis a su servicio: estaba completamente desnortado.

El bochinche y las protestas, con engorrosos chiflidos, no cesaron a lo largo del día. Finalmente, el ministro y su séquito fueron conducidos a unos carruajes desde los que se trasladaron hasta un tren especial, habilitado para salir pitando de allí, a toda máquina. Los carruajes fueron apedreados y hubo algunos heridos. El marqués que acompañaba a Eduardo Dato recibió un buen chinazo en la cabeza. Una vez en marcha, el tren pasó de largo la estación de Sabadell, donde estaba prevista la siguiente parada de la comitiva, y se dirigió directamente a Barcelona, desde donde, al día siguiente, el ministro puso tierra de por medio.

Un comunicado posterior en la prensa afirmaba que se habían “repartido dos reales y un pito a cada obrero para que silbara”

Eduardo Dato fue asesinado en 1921 por anarquistas catalanes, en Madrid.

Our Hospitality (1923) es una película de Buster Keaton, el gran humorista que logró, en 1927, una suerte de eternidad gracias a la historia de The General, sobre un tren y su maquinista. En Our Hospitality, el joven y cándido Willie McKay viaja al lugar en el que nació en un viejuno tren de vapor que es apedreado por los leñadores en su trayecto. El chico llega a su destino tiznado. Los Canfield, enemigos acérrimos de su familia, no le esperan precisamente con los brazos abiertos: intentan asesinarlo varias veces. McKay, tras múltiples peripecias, huye en un tren disfrazado de mujer (de época). Las persecuciones se suceden y la locomotora acaba arrastrando al joven por las vías.

Limpieza en el condado

Alfons Sala i Argemi

Alfonso Sala i Argemí (1863-1945), liberal y proteccionista al alimón, amiguete de su tocayo coronado, diputado casi perenne, facilitador desmedido, relaciones públicas, el gran conseguidor, “el incansable”, el de los contactos, servicial y enérgico, fue el máximo exponente del fenómeno conocido como salisme, el salismo, una de las mayores aportaciones vallesanas a la historia contemporánea del clientelismo político, el caciquismo y la dominación social sobre un territorio a través de redes de influencia y un poder económico e institucional absoluto. El conde de Egara y unos cuantos prohombres respetables como él formaron una bonita camarilla de oligarcas, de conocidos apellidos, grandes industriales y familiares, que controlaron el cotarro en Terrassa desde finales del XIX hasta el franquismo y más allá, superando la anormalidad republicana y la Guerra Civil, superando asismismo sus disputas con los falangistas más “puros” y tercerposicionistas. Porque desde que Sabadell y Terrassa, con sus eternas rivalidades, se adscribieron en distintos distritos electorales, el bueno de Alfonso Sala -con breves excepciones- se merendó a sus opositores con patatas. Fue diputado en las Cortes Españolas durante décadas, desde 1893. Treinta años más tarde, con autoridad formal e informal, con el influjo consolidado, fue nombrado senador vitalicio por Alfonso XIII, que posteriormente le otorgaría su título nobiliario y un hermoso condado de privilegios para dormir en los laureles, cuando su anticatalanismo era más que palpable… y también su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. Su influencia en Madrid y en otras plazas mayores se aprovechaba para que los salistas medraran y mejoraran (más) su posición en la ciudad y en la comarca, haciendo y deshaciendo a su antojo. El resultado: siempre mandaban los mismos y, en las elecciones que se celebraban, cuando se celebraban, siempre ganaban los mismos, con ayuntamientos afectos y bien pergeñados corporativamente. La fórmula aplicada en Terrassa y en su zona de influencia fue de una enorme caballerosidad democrática y de un guante blanco fino y exquisito, tal como se esperaba de la ilustrada, moderna y modernista burguesía industrial: fraude, pucherazos, actas adulteradas, votos negociados, amaños; favores personales, regalías, prebendas, gestiones generosas e indulgentes con ciertos vasallos representativos; intolerancia, amenazas, presiones, coacciones, filípicas y acoso a la disidencia: milicias ciudadanas, porras, algunos disparos certeros en las testas del obrerismo; timón férreo en medios e instituciones, apariencia de orden, imagen de “estar con la gente” y “dejarse la piel” por la demarcación, dosis de clemente paternalismo, obsequiosidad tendenciosa y un discurso florido, folclórico, de tintes locales e interés vecinal. Muchos han bebido y todavía beben de sus fuentes. Alfonso Sala era el jefe de la tribu, el que nombraba los cargos o degradaba, con el respaldo de sus acaudalados acólitos. Desprestigiar a aquellos limpios y distinguidos señores, los salistas, podía salir muy caro, incluso tras la muerte de su figura principal.

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En agosto de 1955, aparece la siguiente noticia sobre inmersiones nudistas en la prensa: “Tarrasa. Esta madrugada han sido detenidos dos individuos que completamente desnudos se estaban bañando en el estanque existente en los céntricos jardines del Paseo Conde de Egara. Los gamberros se llaman Ramón Martínez Carbón, de 27 años, y Julián Serra Sarrión, de 18 años. Detenidos por la autoridad fueron internados en los calabozos de las Casas Consistoriales. Este mediodía empezaron a cumplir el castigo impuesto, barriendo las calles de la ciudad bajo vigilancia de un guardia municipal. El espectáculo ha causado regocijo entre el vecindario”. Lo dicho, un prócer con incidencia de ultratumba, con esa clase de clasismo que hace del barrer un acto impuro, abominable y poco meritorio, como el bañarse en porretas -cuando aprieta el calor- en piscinas, pozas, estanques u otros lugares públicos, por ejemplo.

PD – No ha mucho, en este siglo XXI, en Terrassa, se discutía si el impecable e implacable Alfonso Sala merecía o no una calle con nombre y apellidos, más allá del céntrico paseo con el título nobiliario que le concedieron. Un debate estéril y en contra de las apetencias y deseos del mismísimo conde afectado, humilde servidor de la pujanza endogámica, uno de los pocos -quizás el único- que se pudo dar el lujo de rechazar en vida tal distinción en el nomenclátor callejero de la ciudad, como hizo notar por escrito en una carta dirigida al agradecido alcalde salista de turno que tuvo semejante brillantísima idea con demasiada antelación.

La ciudad republicana

Ciudad de vapores y chimeneas, conocida por sus telas, fibras, tejidos, paños y calcetines, en la que se desarrolló una industria lanera que, gracias a la explotación de mano de obra (también infantil), catapultó a una burguesía de apellidos reducidos que, a su vez, impulsó un movimiento cultural y una arquitectura modernista que, en la actualidad, a toro pasado, mola honrar festivamente en primavera. Ciudad de larga tradición textil en la que los monárquicos (carlistas o no) también dejaron honda huella. Ciudad donde la actriz y coplera Paquita Rico, en 1959, fue definitivamente coronada.

Paquita Rico ya había interpretado el papel de María de las Mercedes de Orleans y Borbón, reina consorte, primera esposa de su primo, el monarca Alfonso XII, el de las preguntitas chorras en aquellas películas añejas y caramelizadas protagonizadas por Vicente Parra. Con el papel de la desdichada María de las Mercedes, que muere a los pocos meses de casarse con el rey, tras vivir el romanticismo loco de un amor -¡glups!- casi adolescente entre primos; Paquita Rico se consagró como famosa soberana de la época. Su última aparición estelar en el cine, ya en los años ochenta, fue en la película El Cid Cabreador, una obra maestra que ya se intuye en el propio título, en la que parodiaba, sin atisbo de Sissi emperatriz, a la mismísima Doña Urraca, reina zamorana, la del cerco. Nada de ello, ciñéndose a la majestuosidad, es comparable a lo que experimentó Paquita en la ciudad de las sucias chimeneas y de las bonitas telas para lencería, Terrassa, donde, en el marco de un festival benéfico, fue conducida al más alto trono del muslamen sin carreras y, con pompa y boato, proclamada oficialmente “Reina de las Medias de España”.

Apostilla: Según la canción, María de las Mercedes, la Merceditas de aciago final, en su féretro, cubierta por un velo de rico carmesí, llevaba puestos zapatitos de charol, pero nada se nos dice de su juego de medias o calcetines. Sin perder la costura, la propia Paquita Rico, gran señora de pantys, en la copla del romance de María de las Mercedes, presta bastante más atención a la vestimenta de los monarcas. Otra composición folclórica, más flamenquita, extravagante e irreverente, casi de república cañí, omite por completo cualquier referencia a los tejidos y a la indumentaria regia. ¡Vaya tela!

El día de la mona

Tarzan y familia

En Terrassa, como un vulgar Tarzán, Plácido, un veinteañero, abandonó la civilización y se fundió con la madre naturaleza. Corría el año 1981. Plácido vivía en el barrio de Ca n’Anglada, en el este de la ciudad, donde se le conocía como “el Profeta”, un bonito sobrenombre. El joven se alejó del casco urbano y se encaminó a la montaña, hacia el parque natural de Sant Llorenç del Munt, místicamente, en busca de lianas que le proyectaran al cielo. Cerca de la Font de la Pola, en una lúgubre cueva, solo, sin Jane y sin Chita, se pasó casi seis semanas en ayunas, bebiendo exlusivamente sorbitos de agua. Perdió más de veinte kilos, veinte kilos de primate. El extravagante asceta decía ser la reencarnación de Jesucristo, ni más ni menos, amén, y había subido hasta allí para hacer la Cuaresma como el Altísimo manda, con la intención de “evitar la invasión de Polonia y una explosión nuclear”. La prensa de la época descubrió el suculento pastel del enfermo visionario y dejó amplio testimonio de la monería.

Jesucristo Superstar

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Norman Jewisson llevó a la gran pantalla a principios de los años setenta del siglo pasado la obra Jesus Christ Superstar, la ópera rock, con actores-cantantes ataviados a lo jipilón, con romanos de chiste armados con metralletas, con tanques y aviones de combate cruzando el desierto, con un Herodes en bermudas playeras y con un Judas Iscariote de color (de color negro) que ponía en solfa hasta a Dios es Cristo a través de un surrealismo incisivo y mordiente. La peliculilla quedó muy happy-martirio-hosanna-flower, muy guitarrera y reivindicativa, con todos sus diálogos cantados e incluso bien cantados: su banda sonora permanece en la memoria colectiva. La historia se inspiraba en la Pasión bíblica de los últimos días de Jesús de Nazaret –el también profeta del Islam– y, en ella, se cuestionaban algunas ideas religiosas en torno a su figura. Según el Judas del film, Jesús, enloquecido por la adulación de unos palmeros con hambre de cielos redentores, no era nada chipiguay desde que se emperraba un poquitín demasiado en dárselas de mesías…y más le hubiese valido quedarse cerquita de su pesebre natal fabricando sillas y otros chirimbolos de carpintero. Entre la comunidad cristiana, católica, apostólica y romana más tradicionalista (sin demasiados guasones), entre la comunidad de creyentes fervorosos y pertinaces del rosario, no fueron pocos los que clamaron al cielo por aquel blasfemo, irreverente y exitoso resurgir de Sodoma y Gomorra. Tarde o temprano, la cólera divina arrasaría con todos los impíos y con todos los copleros y rockeros pecadores.

En 1975, en la cresta de la ola, el inefable Camilo Sesto, el gran autor e intérprete de baladas y melodías inolvidables como El amor de mi vida o Vivir así es morir de amor, produjo y llevó a los escenarios de la Celtiberia una adaptación en castellano de la ópera rock en la que se basaba la película de Jewisson. El público le hizo reverencias durante meses. En septiembre de 1976, mientras Camilo Sesto actuaba en el local del Coro Vell, en la villa de Terrassa, un falso contacto con el micro produjo una descarga eléctrica que dejó al popular músico prácticamente sin conocimiento. Nadie atribuyó entonces el percance a la cólera divina.

Carnaval te quiero

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En Terrassa, el Carnestoltes, su programa y su cartel ya acumulan unas cuantas polémicas a lo largo del tiempo: siempre es difícil limpiar el confeti. En 1567, como muestra, algunas autoridades locales ya se sentían francamente jorobadas por las prácticas festivas y licenciosas del vulgo harapiento, insensato y juerguista; capaz de mancillar la honorabilidad de la nobleza en un periquete. Para no ofender a Felipe II, el monarca católico del imperio español, ni a la Santa Inquisición, la guardiana de la fe, se prohibió el lanzamiento de frutas cítricas e inmundicias -¡glups!- entre los moradores. También se prohibió, con gran acierto, la música, el baile, los disfraces, las máscaras, las bromas y cualquier manifestación de alegría o entusiasmo. Si no se cumplía con lo establecido, que los pobres culpables no esperaran misericordia: las rejas, en el peor de los casos, eliminarían las ganas de francachela. El carnaval quedaba así un pelín descafeinado…pero políticamente muy correcto, muy correcto para la época. Una época en la que el gran bufón de la corte era un enano ocurrente y consentido que no se apartaba demasiado del cuello de golilla del rey. Un enano, ¡qué gracia! La figura, olé, del bufón de palacio. Eso sí que era divertirse de forma sana, sin consecuencias penales y sin sacar las cosas de quicio.

“Ara hoiats totqom generalment queus notiffiquen i fan assaber de part del honorable en Barthomeu Vidal balle de la vila y terme del Castell de Terrassa per la Sacra Catholica y Real Magestat del Rey Nostre Senyor, que com se tinga intelligencia y altrament se entengue per lletras del Rey Nostre Senyor enuiades al Excellentissimo Llochtinent General y a la ciutat de Barcelona, essere seguit o volerse seguir algun insult en la matexa persona de Sa Magestat, e per ditas cosas la dita ciutat de Barcelona, com es rahó sentirse dels treballs del Sant Catholic REY y Senyor, hauer manat an grans penes ningu gosas ballar en ninguna manera de sons, fer masqueras y altres coses. E com lo dit honorable balle sia stat suplicat humilment per los honorables conselles y consell de la present vila de e sobre dites coses volgues posar orde. Per ço ab temor de la present publica crida diu, intime, mane y notifica a totes y segles persones de qualseuol ley grau o conditio sien, que de aquesta hora en auant axí de dias com de nit palesament ni amagada axí per paasses, carrers, cases, ni altrament sonar en ninguna manera de asturments, ni ab aquells ballar, ni altrament fer ninguna manera de masqueras, ni desfreces, tirar taronges, ni inmundicies algunes, ni regosijos alguns, altrament qui lo contrari fara, perde los tals astruments e incorregue en pena de deu lliures barceloneses als cofres reals de Sa Magestat aplicadores y qui no tindrà que pagar, que haie de star vuit dies continuos en los carcers de la present vila. E guart si qui guardar sia, que amor ni graties no ne haura”.