Un barrendero extravagante

Walter Reginald Farr, apodado Snowy (por su blanco pelaje), fue uno de los barrenderos más conocidos del planeta, por su peculiar imagen y su proceder estrambótico. Nació en 1919 en Longstanton, en el norte de Londres, Inglaterra, pero empezó a dar sus primeros escobazos en los años cincuenta del siglo pasado, ya con barba estrafalaria, en Oakington, no muy lejos de allí. Utilizaba un sombrero de copa para trabajar y un carro de limpieza decorado con mil y un abalorios, peluches, muñecos y banderines de chillones colores. Entrenaba a gatos, perros, palomas, conejillos de indias y ratones para que hiciesen piruetas y maravillaran a su cada vez más numeroso público, encantado de tener a un servidor tan chiripitifláutico. Frecuentemente, se metía los ratoncitos en la boca -antes de los reptilianos de V- y los escupía después. En 1970, sustituyó su carrito por un tractor donde lucía una casaca roja del imperio británico, de la ropa reciclada que solía utilizar para disfrazarse. Durante años y hasta su jubilación, gracias a su espectáculo callejero, recaudó cientos de miles de libras para diferentes causas, por lo que fue realmente condecorado. Murió en 2007. En su actual lápida reza: “Un personaje excéntrico, que apoyó incansablemente a organizaciones benéficas para ciegos”.







La herencia

Guido Napoleone falleció en las postrimerías de 1974, en Campobasso, Italia, en la montañosa y fría región de Molise. Era viudo y no tenía hijos. Cuando abrieron su testamento se encontraron con una sorpresa. Había instituido como herederos a los barrenderos de su localidad. Lo había hecho porque consideraba que «nadie lleva peor existencia» que ellos. Los había visto trabajar en condiciones climáticas muy adversas y con gran desgaste físico. Los cien miembros del servicio de limpieza de la villa, una vez realizado el reparto, obtuvieron cada uno unos 120 euros al cambio de hoy, lo que entonces no era moco de pavo. Su legado solidario fue, en suma, muy higiénico, aunque un tanto paternalista, eso sí. Sirvan estas líneas, en todo caso, para recordarlo.

En el buche de la paloma

Michael era un muchacho pobre y problemático de unos diez años que había abandonado los estudios pero quería mucho a las palomas, muchísimo. Esas ratas voladoras y símbolos de la paz le tenían obnubilado. Julius era su paloma preferida. La amaba. Julius murió y el chico, devastado, decidió construir una caja de madera para enterrarla y rendirle un bonito tributo. Dejó la caja con la paloma en las escaleras del porche de su vivienda y subió a casa a buscar alguna cosa que se le había olvidado. Justo en ese momento pasó el camión de la basura y uno de los operarios, pensando que la caja era un desecho más entre los muchos desperdigados por la ciudad, la tiró a la compactadora del vehículo, donde fue triturada de inmediato. Michael, que bajaba ya por las escaleras, pudo ver la sangrante escena. Corrió hasta donde estaba el operario de limpieza y le propinó tal puñetazo que lo tumbó y lo dejó totalmente desnortado, pese a la diferencia de edad. Era su forma de hacer justicia. Un golpe por todos los colombófilos del mundo (y por un buena separación de residuos).

Michael contaba jactancioso esa anécdota de su vida cuando creció, cogió bastante más cuerpo y acabó dedicándose al boxeo. Le conocieron como Mike Tyson y ganó un par de mundiales de los pesos pesados. También arrancó, de un mordisco, un trozo de oreja a unos de sus contrincantes. Esa, sin embargo, es otra historia.

El Limpiador

Mariano Rajoy Brey (M.Rajoy para los enemigos) fue presidente del gobierno de España entre 2011 y 2018, cuando una moción de censura de la oposición le apartó del poder, mientras él retozaba en un restaurante y salía un poco perjudicado del lugar, parece. En el año 2002, como ministro, vicepresidente y portavoz del ejecutivo de Aznar (Jose Mari), se hizo (más) famoso (aún) por unas declaraciones respecto a la mayor tragedia ambiental acaecida en las costas de la península, el hundimiento del carguero Prestige y su posterior vertido de crudo al mar, que él definió como “unos hilillos, cuatro regueros casi solidificados con aspecto de plastilina en estiramiento vertical”. Las tareas de limpieza duraron años.

Mariano Rajoy Brey hizo la mili un poco de mocico viejo. “Después de varias prórrogas por estudios, hice el servicio militar en Valencia como soldado raso”, declaró. “Me destinaron a la Capitanía General y tras preguntar cuál era mi oficio -registrador de la propiedad, dijo- me destinaron al servicio de limpieza. Limpiaba las escaleras mañana y tarde, con gran esmero y pulcritud. Pasé catorce meses de mi vida haciendo trabajos de limpieza en Valencia”.

Años después, ni Valencia parecía un edén resplandeciente ni se vio a Mariano Rajoy entre los miles y miles de voluntarios que conformaron la marea blanca que se esforzó por dejar las costas gallegas más habitables y con menos chapapote.

Higiene personal y pública de un paleto

Larry Joe Bird, de tez blanca y ojos azules, nació en 1956, en el seno de una humilde familia donde raramente se cumplen los mejores sueños, en el estado de Indiana (Estados Unidos), con un padre proclive a borracheras monumentales y veterano de la guerra de Corea -que lo dejó perturbado para el resto de sus días-, una orgullosa madre coraje capaz de arañar el suelo por sus hijos y tres hermanos más. Vivió su infancia y su primera juventud entre estrecheces económicas, precariamente, a salto de mata, en French Lick, un pequeño pueblo de apenas unos cientos de habitantes, lejos de las grandes urbes y aglomeraciones. Allí, cuando disponía de tiempo y las múltiples tareas de aquel entorno rural le dejaban, jugaba a béisbol y a baloncesto, deporte para el que tenía especial talento, como demostró en su instituto. Luego, Larry se echó una novieta que quedó embarazada: nuevas preocupaciones y una boca más que alimentar. Más tarde, probó suerte en una universidad de ínclita fama. Su estancia allí duró menos de un mes. No soportó el ambiente cosmopolita, elitista y cultureta del campus, en el que se sentía inferior, pese a medir más de dos metros y ser un buscabroncas en cualquier pista. Le llamaban “el paleto de French Lick”. Y decidió volverse al pueblo, donde consiguió un empleo como operario de limpieza urbana. «Me encantaba ese trabajo», comentó tiempo después. «Era al aire libre, estaba con mis amigos. Sentí que realmente estaba logrando algo en mi vida. ¿Cuántas veces estás dando vueltas por tu ciudad y te dices a ti mismo: ¿Por qué no arreglan eso? ¿Por qué no limpian las calles? Aquí tuve la oportunidad de hacer eso. Tuve la oportunidad de hacer que mi comunidad se viera con mejores ojos”. Larry recogió muchas bolsas de desperdicios para encestarlas en el camión de recogida. Y afinó aún más su puntería.

Larry Joe Bird, más conocido como Larry Bird, tras el suicidio de su padre y otros tristes avatares, dejó los quehaceres de limpieza que tanto le habían enseñado, volvió a la universidad (a otra más mundana) y triunfó en el mundo del baloncesto, sobre todo en los años ochenta del siglo pasado Está considerado unos de los mejores jugadores de la historia, con tres anillos de la NBA y una medalla de oro olímpica junto al llamado “Dream Team”, aquel equipo de ensueño, casi de dibujos animados.

Una de boxeo

De apenas metro y medio de altura, rechonchete y prácticamente sin cuello, con brazos larguísimos y violenta pegada, aunque reacio al entrenamiento, Joe Walcott fue un boxeador que ostentó el campenonato mundial de peso wélter entre 1901 y 1906, el primer negro en conseguirlo y uno de los mejores de la historia en su categoría, según dicen. Pasó la infancia en Barbados, en las Antillas Menores, y de ahí se trasladó bien jovencito a Estados Unidos, a Boston, Massachussets, donde entre otros disparatados trabajos alimenticios ejerció como limpiador en algunos de los innumerables gimnasios y clubes de la zona, lo que le sirvió para aprender a pegar, se entiende. Después, triunfó en el boxeo. Luchó con todo quisqui, sin importarle el peso o la envergadura. Su carrera resultó excepcional en puntos y derribos. «Cuanto más grandes son, más duramente caen», sentenció para los anales. Se casó, tuvo hijos, aumentó su fama y su gloria (y su economía), se compró una bonita finca en Malden y vivió bastante bien durante años. Más tarde, cuando su estrella deportiva se apagó, se divorció, se arruinó, mató accidentalmente a una persona, fue arrestado, perdió varios dedos de la mano y acabó prácticamente como empezó, pero en el mítico Madison Square Garden, en Nueva York, donde se encargaba de barrer las gradas del conocidísimo pabellón. Pocas personas, por tanto, más “limpias” han pisado un ring. Hay un vídeo añejo en internet en el que el “Demonio de Barbados”, como lo apodaban, sale desbarrando y repasando su trayectoria, hablando de lo divino y lo humano con una escoba como compañía. Murió atropellado por un automóvil, en Dalton, Ohio. Nadie reclamó el cuerpo. En su lápida reza “Joe Walcott 1872-1935. Ex campeón mundial”.

PD- No confundir a Joe Walcott con Jersey Joe Walcott, el campeón del mundo de los pesos pesados entre 1951 y 1952, que adoptó su nombre como homenaje a aquel  «Demonio de Barbados» ya desaparecido.

El risueño guardián

Roy Jay Glauber (1925-2018) fue un reputado científico y profesor de la prestigiosa universidad de Harvard, en Estados unidos. En el año 2005, junto a otros colegas, recibió el Premio Nobel de física por su contribución a la teoría cuántica de coherencia óptica. No obstante, según decía, ser el «Guardián de la Escoba» era su cargo más distinguido, pues durante años fue el encargado de barrer con dicho instrumento de limpieza el escenario –donde el público arrojaba aviones de papel- de los «innobles» premios Ig Nobel, otros premios de relumbrón pero a contracorriente otorgados desde 1991 a las investigaciones, tesis y materias más descacharrantes, absurdas, irrelevantes, cómicas y extrañas, que vale la pena repasar para echarse unas buenas carcajadas. Fue Roy, pues, como dice el dicho, un barrendero que siempre iba riendo por la vida, un cachondo en el mejor de los casos, pese a sus sesudos quehaceres cotidianos enfocados al estudio.

El tránsito de la cartonera

Cuarentona y madre soltera, afrobrasileña y pobre de solemnidad, en los años 50 del siglo XX, Carolina María de Jesús recogía cartones, chatarra y otros residuos de las calles para luego venderlos y alimentar, así, a sus tres hijos. Era una catadora, esto es, una recicladora informal de basura. En sus escasos ratos libres escribía un diario de su vida y la de sus convecinos en la favela Canindé de São Paulo, donde habitaba, en una chabola de lo más precaria que ella misma construyó. Para confeccionar el diario, con textos punzantes de enorme crudeza pero de estilo muy sencillo, utilizaba los papeles que encontraba por ahí, que luego cosía con mimo en un cuaderno. Carolina María de Jesús aprendió a escribir de chiripa y de forma paupérrima -no era normal que personas como ella, negra y de familia humilde, hubiesen recibido en su época ningún tipo de educación- y leyó mucho en la biblioteca de la casa donde trabajó anteriormente como empleada doméstica. En 1960, la descubrieron y logró publicar su diario Quarto de despejo (Cuarto de desecho), que rápidamente se convirtió en un éxito de ventas y fue traducido a varios idiomas. Salió de la favela y de las estrecheces económicas, de momento. Entonces, fue repudiada por menesterosos (por traidora) y por círculos intelectuales y con posibles (por desclasada, exótica y carente de valor). Dejó la basura para dedicarse exclusivamente a la escritura y la poesía. En sus últimos tiempos, pasado el éxito editorial que la catapultó, olvidada por completo, volvió a una favela y algún que otro cartón tuvo que recoger para subsistir. Murió en 1977.