Basura espacial

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Temía Abraracurcix, el jefe galo de la irreductible aldea de Asterix, que el cielo le cayese sobre la cabeza. Cosa harto improbable, ciertamente. Sin embargo, ¡por tutatis!, la cantidad de basura en el espacio se ha multiplicado en los últimos años, orbitando alrededor de la tierra. La chatarra cósmica se ha convertido en un gran problema y nadie, hasta ahora, parece haber encontrado una solución adecuada. Material obsoleto, partículas artificiales y trozos de metal de distintas dimensiones giran sobre la atmósfera y ponen en peligro las telecomunicaciones, el control remoto, el potencial militar y, en general, el sueño espacial -¿pesadilla?- de las grandes potencias. Las estrategias de marcaje entre éstas pueden ser de lo más variopintas y disparatadas. Buena o mala, la huella del ser humano en el universo parece muy poco limpia. Restos de la megalomanía sideral, extraída siempre de las entrañas terrestres, pululan por el firmamento como grandes montones de desechos empujados a gran velocidad: en Futurama, la serie animada de Matt Groening, el profesor Hubert J. Farnsworth, inventor del oloroscopio, consigue deshacerse de una gran bola de basura que desde el cielo amenaza Nueva York gracias a enviar otra gran bola de porquería al espacio; en Quark, la escoba espacial, otra serie televisiva de finales de los setenta, la descacharrante tripulación de la United Galaxy Sanitation Patrol se dedica a recoger los desperdicios de las demás naves. Quizás algo así sea lo conveniente. Quizás. O dejar de hacer el canelo. Alea jacta est.

Letrinas palaciegas

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Tras siglos de decadencia y de impúdicos esfínteres, llegó Sir John Harington, un tipo extravagante y travieso, escritor, poeta, artista de epigramas y de ingenio escatológico, un picarón consentido, educado en Eton y en Cambridge.

John Harington era ahijado de Isabel I de Inglaterra, la última Tudor, la Reina Virgen, la protestante. Ésta tuvo varios desencuentros con él y siempre, transcurrido un tiempo prudencial, le acababa perdonando: así son las madrinas solteras con sus queridos golfantes. Entre las hazañas que se atribuyen al escritor destaca la traducción al inglés (íntegra) de la obra cumbre de Ludovico Ariosto, Orlando Furioso, un complejo peñazo de 40.000 versos, relamidos en octavas reales. Una traducción que Isabel I impuso como castigo a Harington por su predisposición hacia los personajes que describían a las mujeres como seres lascivos e infieles.

John Harington también es el autor de The metamorphosis of Ajax: a new discourse on a stale subject y de And Apologie for Ajax, textos por los que fue desterrado. Porque Ajax, de Ayáx el Grande -el héroe mitológico griego que combate junto con Aquiles en la guerra de Troya-, fue el nombre con el que Harington bautizó a su invento para las deposiciones humanas, el inodoro con cisterna de agua, el water-closet, el WC, si bien todavía sin sifón y sin conexión con el alcantarillado (que no existía en aquellos lares de la Pérfida Albión).

Tras uno de sus rifirrafes con la reina, Harington había ideado un pulcro sistema para congraciarse con ella que versaba sobre la problemática de sus mierdas y orines regios, un sistema destinado, según decía, a convertir la peor de las alcobas en “tan dulce como la mejor cámara”. La reina, en principio encantada, colocó el armatoste en su palacio de Richmond. El propio Harington, también muy higiénico, se instaló otro en su vivienda. Fueron los dos únicos retretes que se conocieron en los siguientes siglos.

Cuando en 1596 Harington publicó sus textos sobre el Ajax, de satírico contenido político y bajo el pseudónimo de Misacmos Muse, la descripción detallada que hacía del aparato fue objeto de burla y rechazo. La reina Isabel, nuevamente, le expulsó de la corte por falta de decoro y Sir John nunca más volvió a restablecerse del todo de sus diarreas.

Hasta que Alexander Cummings -ya a finales del XVIII- se puso en serio, el inodoro permaneció en el más absoluto de los olvidos. Desde entonces, con mayor o menor fortuna, se ha rehabilitado la figura de Harington: hay lugares en los que al váter lo siguen llamando john, en homenaje a su precursor isabelino.

PD- Hoy, 19 de noviembre, por cierto, es el Día Mundial del Retrete, coincidiendo con el Día Mundial del Hombre, genuinamente masculino. La ONU informa: unos 2.500 millones de personas no tienen acceso a instalaciones de saneamiento adecuadas, como retretes o letrinas, lo que conlleva consecuencias trágicas para la salud, la dignidad y la seguridad humanas, así como para el medio ambiente y el desarrollo social y económico.«Igualdad y Dignidad» es el tema de este año (2014) del Día Mundial del Retrete. El objetivo es mostrar la amenaza de violencia sexual a la que se enfrentan las mujeres y las niñas debido a la falta de intimidad, y también las desigualdades presentes en el acceso al saneamiento. Por lo general, los retretes siguen sin adecuarse a las necesidades específicas de ciertos grupos de población, como las personas con discapacidad, los ancianos y las mujeres y niñas, que requieren instalaciones para atender su higiene durante la menstruación. Bajo el lema «NoPodemosEsperar», el Día Mundial del Retrete es la ocasión para llamar a la acción y resaltar la imperiosa necesidad de abandonar la práctica de la defecación al aire libre, especialmente en el caso de las mujeres y las niñas, quienes son particularmente vulnerables.

Todos los santos

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Miles de personas mueren cada año a causa de las sustancias tóxicas, la contaminación, los arsenales desaparecidos en combate y los residuos de guerra desperdigados en diferentes lugares del mundo. Otras muchas quedan mutiladas para siempre o sufren malformaciones y graves enfermedades por el mismo motivo, incluso mucho tiempo después de los armisticios y el cese final de las hostilidades. Según las estadísticas, en las próximas dos horas, una vida al menos será segada por los restos explosivos y el material bélico abandonado tras alguna sangrienta pero desactualizada contienda del pasado. Es el paisaje después de la batalla, la bala perdida que apenas importa y pronto desaparece por prestidigitación en las tesis de lo colateral. Últimamente, en las últimas décadas, han proliferado iniciativas para erradicar y retirar el material peligroso de las zonas infectadas, así como para prohibir o limitar el uso de determinado armamento. Se han firmado protocolos, convenciones y acuerdos entre países para reducir la incidencia del problema, un problema generacional, improrrogable y de preocupantes dimensiones. Se han puesto en marcha proyectos y campañas de sensibilización a escala global. Buenas intenciones, manuales de buenas prácticas, con más o menos hipocresía, con más o menos candidez. El llamado “derecho internacional humanitario”, se dice, trata de remediar los efectos nocivos sobre la población civil y las víctimas más vulnerables. Pero el humanitarismo, en cuestiones de pistolas que braman y echan humo, sigue siendo un estrambótico y desnutrido unicornio azul que permite dobleces, caprichos, predilecciones y asombrosas piruetas estéticas a las principales potencias y agrupaciones militares, fabricantes y usuarias, no exentas de cinismo. Quien ensucia, no paga (o paga muy poco) si resulta vencedor o sabe tocar con rabia y dominio las teclas del piano acribillado. Las deudas criminales y medioambientales de los principales guerreros no se registran como apunte contable: hay otras deudas más soberanas para la mano invisible que aprieta el gatillo en el mercado del estrangulamiento económico. Si es necesario, las erres del buen gestor de basuras invierten su valor y su significado en función del eje maligno de moda. Lo preventivo e inteligente se aplica a la mayor atrocidad consumada. Casi nunca, más bien nunca, se pide perdón. Casi nunca, más bien nunca, se ofrece ayuda suficiente y efectiva para la remoción o limpieza. Casi nunca, más bien nunca, se reconocen las culpas o las responsabilidades. En la demencial y tremebunda Oceanía de 1984, la guerra es la paz; la libertad, la esclavitud; la ignorancia, la fuerza.

Mientras tanto, en “remotos” rincones del orbe, en sitios como Gaza, Afganistán, Camboya, Laos, Sahara Occidental, Irak, Sudán, Libia, Líbano, Angola, Colombia, Siria…, la escoria metálica, los fosfatos, el uranio, la metralla, las carcasas, los herbicidas, los aerosoles, las partículas y polvos cancerígenos, las submuniciones de bombas de racimo, los agentes biológicos y químicos, los productos radiactivos, los proyectiles y componentes de artillería dejados a la mano santa de Dios -¡Dios mío!-, los desechos, los fragmentos, los morteros, las granadas, las minas antipersona y los demás despojos letales pero olvidados durante años en los vertederos incontrolados de la guerra continúan cobrándose sus piezas de caza mayor en forma de desplazamientos masivos, terrenos impracticables, empozoñados o baldíos, aguas corrompidas, áreas restringidas, epidemias, tumores, amputaciones, cuerpos destripados indiscriminadamente y muertos inocentes escogidos por una sucia y no del todo azarosa ruleta de la fortuna: campesinos, trabajadores de la construcción y reconstrucción, basureros, recolectores, recuperadores, chatarreros, limpiadores… hombres, mujeres y niños, sobre todo niños, deslumbrados a veces por la violenta juguetería, artefactos y morralla que encuentran alrededor de los escombros.

Magdalenas en el banquillo

El pasado mayo, 2011, en Dendermonde (Bélgica, sivilización usidental), condenaron a seis meses de prisión a un tipo, Steven de Geynst, que había cogido dos paquetes de magdalenas caducadas de un contenedor de basura que se encontraba en el aparcamiento de un supermercado de la localidad de Rupelmonde, cerca de Amberes. El supermercado pertenecía a la cadena Carrefour y sus responsables, por supuesto, interpusieron la pertinente denuncia: los emprendedores generan riqueza, como se dice, y hay que estar agradecidos a su enorme (y desinteresada) contribución social, a sus economías de escala y a su escala moral. Steven, mientra cometía su “dulce” fechoría, fue descubierto por algunos trabajadores del centro -¡ese pueblo llano, hurra, trabajador y solidario!-, que le retuvieron y avisaron a la policía, que fue informada de la actitud makoki y agresiva del individuo cuando pretendía pirarse tan ricamente, exento de culpa, con su botín de bizcochos. El tribunal que emitió la sentencia condenatoria consideró que la acción de recuperar las magdalenas tiradas en la basura era un robo, un delito grave, porque la propiedad de éstas seguía siendo de la empresa, aun cuando el supermercado se hubiese ya desprendido de los productos alimentarios y los hubiese depositado en los contenedores para desperdicios del aparcamiento exterior. La prisión, según la justicia belga, era lo más adecuado: las penas de privación de libertad entre barrotes quitan a cualquiera las ganas de ingerir productos de bollería industrial caducada y arrojada al contenedor: todo sea por la salud y por el arte pastelero. La federación empresarial de comercios y servicios se mostró encantada con la sentencia: los que rebuscan en la basura ajena son unos criminales, de los peores; la propiedad privada de los residuos sin aparente aprovechamiento posterior está por encima del hambre; la justicia es ciega, ciertamente, y proporcionada en caletre; el consumismo tiene sus reglas de glotonería; la infamia y la dignidad van de la mano en el manicomio capitalista.

Frank Morris, el de la fuga de Alcatraz, utilizó una cabeza de cartón para despistar a los guardias que le custodiaban, pero hoy la de recogecartones es una profesión peligrosísima. Lejos quedan los días en los que el encargado de limpiar con la escoba asumía riesgos para ayudar a Papillón, condenado a trabajos forzados en ultramar, a alimentarse durante su duro encierro y aislamiento en celda de castigo. Papillón, interpretado en el cine por Steve McQueen (el de La Huida, 1972), consigue finalmente escapar, tras años de intentonas, padecimientos y carpanta. También consiguió escapar Makoki del frenopático. Makoki, el personaje de cómic de aquella extinta “línea chunga”, con su casco de electroshocks en la cabeza, halló la muerte en un contenedor de basura, chamuscado, llevándose por delante a dos cabezas rapadas, tras montar con anterioridad varias pajarracas con su basca:  Morgan, Cuco, Ojotrueno, Buitre Buitaker, el Doctor Otto… Makoki también visitó la cárcel Modelo, bazuca en ristre, con la intención de liberar a su choni y colega Emo, dispuesto para salir de la cuadra, abrirse, y montarse en el Expreso de Medianoche en viaje dinamitero. Makinavaja, otro mítico personaje de historietas, el último choriso, con más de treinta años d’ofisio y tres sirlacos en el culo, capaz de abandonar en un contenedor una bomba o varios originales del pintor surrealista Joan Miró, también se fuga de la prisión, la misma Modelo, si bien por motivos nada nutritivos y con una planificasión totarmente elaborá. Maki, er Popeye y er Moromierda se fugan disfrazados de abuelita, con una pañoleta en la cabeza, para ver las olimpiadas de Barcelona, en los inicios de los noventa. Casi dos décadas después, la fuga de cerebros llegó a los tribunales de Bélgica en forma de escoria indesente y un justisiero frenesí por el talego… y por el comersio (mayorista y minorista) y por el bebersio de los cascos usados. Po un botellaso en toa la cara, osche, al estilo Makoki, iba a demostrá quet-tos membriyos y boqueras del trullo, cagon san peo bendito, cago en la copenaria, son lastafa duna justisia de machdalenas, caduca, pasá de rojca y con cantidugui basura. Y las ratas del puerto, tan gozosas, han empezado a canturrear.