Nunca pongas gelignita en el contenedor

Alec Carter y William “Bluey” Favell siempre habían trabajado en Sydney, en el condado de Nueva Gales del Sur, Australia. Conocían la ciudad y sus alrededores perfectamente. Como cada día se habían levantado para recoger los malditos desperdicios del consumo de sus vecinos, en la parte posterior de un camión de basura. Era una mañana plácida y sin grandes contratiempos, parecía, como siempre. El camionero, Bill Ebb, conducía sin prisas, pendiente de los empleados que desarrollaban sus tareas detrás y pendiente de los mecanismos hidráulicos y las botoneras del vehículo. Al llegar a las puertas del Hotel Hilton, en George Street, donde en esos momentos se desarrollaba una reunión de jefes de estado de la Commonwealth, Alec y William se bajaron del camión y arrastraron el contenedor de residuos hasta el lugar adecuado para su recolección. Cuando el contenedor se depositó en la tolva y su contenido se empezó a compactar, una explosión tremebunda destrozó sus cuerpos y la parte trasera del camión. Alec y William murieron al instante. Bill Ebb y John Watson (otro operario) quedaron malheridos. El policía Paul Burmistriw, que había observado bien de cerca cómo vaciaban aquellos desechos, falleció tiempo después en el hospital. Otros quedaron afectados por la metralla y la fuerte onda expansiva. La bomba no había alcanzado su objetivo, pero consiguió matar indiscriminadamente. Mató a unos trabajadores, claro está, unos pringaos, unos perfectos desconocidos. Fue el primer atentado terrorista de ese tipo registrado en Australia. Los autores no pensaron en los basureros ni en sus familias, desde luego. ¡Menuda bazofia! Vaya desde aquí nuestro homenaje.