Muchas y monas pertenencias

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Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) es, en gran medida, una película documental de basura exquisita, aquella de la que no es fácil desprenderse. Narra la historia de una mujer, Julita, que se come la pantalla en cada aparición, como galleta mojada en leche caliente (pero con sacarina). Su familia tampoco es moco de pavo. Delirante, surrealista, anecdótica y cómica hasta las trancas (a veces involuntariamente), la peli es altamente recomendable. Otros espacios y otros lugares les enseñarán de qué va y cuál es el hilo conductor, las vértebras por así decirlo del proyecto de Gustavo Salmerón, el director y uno de los hijos de la protagonista. Aquí nos centraremos en la objetología y en los muchísimos trastos que aparecen en el film, en la relación que mantienen con lo sentimental. Un castillo repleto de enseres, muebles, bártulos, cuadros, retratos, cajas, pinturas, muñecas, armaduras, vestidos, herramientas, estatuas y mil y un cachivaches amontonados, clasificados (al tuntún) y sin clasificar. Julita tiene que enfrentarse, por un golpe económico, a una decisión difícil: tirar o no tirar las cosas. Ella es partidaria de no deshacerse de nada porque cada objeto está vinculado a un recuerdo o a una energía del pasado. En realidad, para ella, lo telúrico y lo espiritual se imbrican a través de los objetos, por lo que pospone la conversión en residuo definitivo. Todo puede servir para algo, todo es potencialmente útil y, en tanto que útil, merece ser guardado. Lo que, en principio, pareciere algo positivo (al no reducir, no reutilizar ni reciclar absolutamente nada) se convierte en acaparamiento innecesario y en un auténtico vertedero mal gestionado. Su concepción apoteósica del no residuo dista mucho del residuo cero o del no residuo que defienden los ambientalistas. Todo por el amor, por el amor por las cosas, que impide la movilidad, la ligereza y la limpieza. Julita, sin embargo, sabe flotar sobre la basura y consigue sortear esos obstáculos gracias a su buen humor. El pitorreo, pues, vence a la cosificación y al amor más despreciable.

Una película fantástica y de enorme trasfondo filosófico.

El padre del contenedor

M_Poubelle_Ambassadeur_à_Rome_[...]Atelier_Nadar_btv1b531174210Eugène-René Poubelle nació en Caen, Francia, en 1831. En Caen, muchos años antes, en 1699, se había establecido una de las primeras iniciativas higiénicas para recoger los residuos domésticos en cestas de mimbre: en cierta manera (o así lo parece) su espíritu basurillas tenía denominación de origen. Jurista, higienista, político, diplomático… Republicano irredento, apasionado de los viñedos, de familia con posibles, se casó con una joven no manca en posesiones y tuvo dos hermosas hijas; todo perfecto para un prefecto que fue en varios destinos, todo de cuento, incluso en la bella ciudad de la luz, París, una de las más guarrras y con más acumulaciones de desechos desde tiempos inmemoriales, acostumbrados como estaban sus habitantes a arrojar cualquier mierda a la vía pública. Eugène-René estudió mucho, ejerció como profesor de derecho, fue condecorado en múltiples ocasiones, recibió la legión de honor y llegó a ser embajador en el Vaticano de la más laica de las naciones de entonces. No obstante, en la lengua francesa, a la basura en general y a los cubos de basura en particular se les llama poubelle gracias a él, a través de la figura del epónimo.

Su paso por París, como nuevo administrador de la ciudad y personaje importante -“la plus belle barbe blonde de la Repúblique“-, dejó un reguero de éxitos tales que nadie recuerda apenas (la torre Eiffel, el alcantarillado, las instituciones escolares, etcétera). No se olvida, sin embargo, sus ordenanzas de limpieza (1883-1884) y la obligatoriedad que impuso a los propietarios de inmuebles de recoger la basura en recipientes señalizados, herméticos y metálicos, de dimensiones tasadas, con tapa y con asas, para ser vaciados cada día en los carros de los servicios habilitados al efecto en una recogida por primera vez normalizada que implicaba activamente a la población, amén de la prohibición general de rebuscar en la basura en la calle al tuntún y de la institución de un primer sistema de reciclaje que procuraba separar tres fracciones diferenciadas: 1) materia orgánica, 2) trapos y papeles y 3) cristales, conchas y cáscaras. Dichas medidas de visionario, como gran padre del contenedor actual, no fueron acogidas precisamente con agrado por el público parisinio, lo que le valió a la postre su cruel fortuna lingüística. Eugène-René se enfrentó a la prensa, a políticos, a empresarios, a propietarios de inmuebles, a arrendatarios y, sobre todo, a las decenas de miles de recogedores informales y traperos, les chiffoniers, que pululaban por la calle y veían peligrar su modo de vida. “El prefecto del Sena nos fuerza a llevar los desperdicios a su despacho”, “nos arroja a la más profunda de las miserias, decían éstos, que llegaron a proclamar incluso “la libertad del gancho en la basura libre”. Ante la amenaza de disturbios, la destrucción de los recipientes y las continuas protestas, Eugène-René tuvo que ceder en parte a sus pretensiones, permitiendo a los chiffoniers, “les pecheurs de lune”, continuar con sus actividades, si bien en otras condiciones menos descuidadas y ejerciendo la selección fuera de los límites de la ciudad, lo que daría origen a los mercadillos de pulgas.

No sería hasta mediados del siglo XX que sus ideas se generalizaran. En pleno siglo XXI, una empresa de alta tecnología denominó Eugène al escáner inteligente que permitía reciclar los desechos domésticos del cubo. Visto lo visto, no parece que la palabra poubelle, en los próximos siglos, vaya a desaparecer del idioma francés.

Historia de una mancha

Bartolomeo V.

Tal día como hoy, en 1927, murió Bartolomeo. Nació en 1888. Con veinte años recién cumplidos abandonó su Italia natal y el oficio de panadero que estaba aprendiendo. Como muchos de sus paisanos, emigró a Estados Unidos con la esperanza de encontrar un lugar mejor y con menos asfixia. Sin embargo, allí, según manifestó, “los pobres dormían en los quicios de los portales y, de buena mañana, se les veía revolviendo los cubos de basura, buscando una hoja de repollo o alguna patata podrida”. Bartolomeo, pues, se estrelló contra la realidad y con la fragilidad de la condición de los nadies desembarcados. En la tierra de las oportunidades, en la acogedora América de los sueños al alcance de cualquiera, comenzó su periplo laboral como lavaplatos…y lo acabó como vendedor ambulante de pescado, empujando un carrito. Soltero perseverante, voluntarioso autodidacto, utópico, bigotudo, lustroso y cortés, abrazó el ideal anarquista: pasó hambre y distintas calamidades, en un entorno penetrado por el “pánico rojo” y el orden piramidal de las criaturas y las cosas. Alternó largos períodos de desempleo con duras ocupaciones mal pagadas y nada vivificantes, siempre a salto de mata, siempre en puestos no cualificados, siempre en el alambre de la estrechez. Como operario de limpieza, retiró la nieve de las calles y de las vías del ferrocaril. “Mi conciencia está limpia”, dejó escrito.

La muerte de Bartolomeo generó grandes protestas -hasta entonces nunca vistas- en todos los continentes y en las ciudades más importantes del mundo: Tokio, Sofía, París, Zurich, Buenos Aires, Londres, Nueva York, Sidney, Berlín, Lima, Ginebra, Boston… La muerte de Bartolomeo provocó atentados y disturbios ante las embajadas y símbolos norteamericanos. La muerte de Bartolomeo fue repudiada y lamentada por grandes personalidades de la época: Albert Einstein, Marie Curie, Miguel de Unamuno, Dorothy Parker, George Bernard Shaw, H.S.Wells, Walter Lippman, John Dos Passos, Romain Rolland, Emma Goldman… La muerte de Bartolomeo, con el tiempo, fue pintada, cantada, llevada al cine. La muerte de Bartolomeo fue horripilante: como a su gran amigo y compañero Nicola, le achicharraron los sesos con descargas eléctricas, en la silla más inhumana, tras siete años, tres meses y dieciocho días de calvario en la prisión, condenado a la pena capital por el hocico reaccionario.

En 1977, con apenas medio siglo de retraso y las facultades desinfectantes mermadas, Michael Dukakis, que posteriormente se presentaría como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, se encargó de hacer la rehabilitación pública y oficial. “Porque Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, ambos ejecutados poco después de la medioanoche del 23 de agosto de 1927, no tuvieron un proceso justo, porque tanto el juez como el fiscal tenían prejuicios contra los extranjeros y los disidentes, porque en el proceso dominó un clima de histeria política, se debe limpiar de manchas e injurias, para siempre, el nombre de sus familias y de sus descendientes. El Gobernador de Massachusetts declara el 23 de agosto de 1927 como el Día Conmemorativo de Sacco y Vanzetti”. La limpieza tardía volvió a evidenciar la suciedad de las clases en la alta sociedad.

Viaje a Lilliput

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Jonathan Swift (1667-1745), amante irreverente de las grandes bagatelas, satírico y escatológico, el escritor irlandés que junto a Gulliver nos llevó hasta Lilliput, Brobdingag, Laputa y a la tierra de los Houyhnhnms, entre otros destinos, llegó hace siglos a una conclusión irrefutable a través de la meditación: “El hombre es un palo de escoba”. Porque la criatura humana, como los yahoos, tiene “sus facultades animales perpetuamente encaramadas en las racionales y su cabeza en el lugar de sus talones, arrastrándose por el suelo”. El pragmatismo, la sabiduría y la asepsia científica y sin adulterar de Swift no admiten discusión, a pesar del tiempo transcurrido desde su fallecimiento. En Instrucciones a los sirvientes, por ejemplo, recomienda limpiar las telarañas con una escoba sucia y mojada, pues así se pegarán mejor…y se podrán bajar del techo con mayor eficacia. Tal muestra de innegable sensatez no debe caer en saco roto: las enseñanzas del afamado escritor irlandés son útiles en la actualidad y proporcionan soluciones integrales que pueden iluminar a los patricios y damas de hierro del siglo XXI. Todos los hábiles (pero pacatos) practicantes de la gobernanza del populacho, a partir de hoy, tendrían que leer El arte de la mentira política, dejar de lado las mojigaterías y plantear, de una vez por todas, medidas y reformas apodícticas para combatir tenazmente el apocalipsis del estado providencia, sin complejos ni titubeos, en aras de la verdad verdadera.

Los textos y sugerencias de Jonathan Swift tal vez ayuden a encontrar grandes remedios para la crisis presente. Porque Swift escribió Una modesta proposición por el “bien público”, preocupado como estaba por las “pordioseras del sexo femenino, seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos ellos cubiertos de harapos y molestando al pasajero al pedirle limosna”. Una proposición que ofrecía “algo sólido y real” para salir de la mala situación económica y para erradicar la pesada carga de niños inermes que, al crecer, por falta de trabajo, se convierten irremediablemente en ladrones y en otras gentes improductivas: pobres, refugiados, inmigrantes, tontos hambrientos, enfermos, inválidos, viejos, jóvenes en precario… Una modesta proposición sin gazmoñería ni utópico idelismo, por fin. Así las cosas, Swift propone directamente que los padres que no puedan mantener a sus hijos los vendan a personas de calidad y fortuna de todo el reino, como plato culinario, para que se los coman y se los zampen con gusto oligárquico: dicho menú es una fórmula “muy adecuada para terratenientes” porque “un niño es saludable, delicioso y nutritivo, ya sea estofado, asado, horneado o hervido” y da para dos platillos en una reunión de amigos. “Quienes sean más ahorrativos (como requieren los tiempos) pueden desollar también el cuerpo del infante: la piel del cual, tratada artificialmente, hará unos guantes de dama admirables, y botas de verano para caballeros finos”. El escritor recomienda comprar los niños vivos y prepararlos recién sacrificados, tal como hacemos con el provechoso cerdo, sin desperdiciar nada, con una excelente gestión de residuos orgánicos. Con ello, de buen seguro, habrá “grandes negocios para las tabernas” y mejorarán notablemente el comercio y el noble arte de “hacer buen tocino”. Puesta en marcha la trituradora infantil, al por mayor, la crisis actual quizás pase rápidamente a la historia como anécdota simpática y peregrina.

Llegó la hora de barrer, por tanto, y poner las cosas en orden definitivamente, con dieta hiperproteica, la bandeja repleta de párvulos enanos, sádicos tijeretazos, cortes, recortes, caña al mono (que es de goma) y frecuentes golpes de escoba en el tren de la bruja piruja.

Las escobas de Iván

OPRICHNIK

Iván IV de Rusia (1530-1584) fue un gobernante extremadamente limpio, el creador de una de las más grandes brigadas de barrenderos de la historia. Como los terratenientes boyardos, parte de la aristocracia y el clero discutían con él sobre los pormenores de dejar relucientes las estepas, el soberano moscovita se vio forzado a demostrar su extremada pulcritud ante el público en general y ante los siervos de la gleba en particular: el algodón nunca engaña. Dado que era reacio a eternizar tontamente las controversias con aquellos nobles chinchorreros, elaboró un perfil ideal en su departamento de recursos humanos y contrató a musculosos caballeros salidos de la nada –una gesta de la integración social zarista- para “barrer la inmundicia” del país y dejarlo como los chorros del oro. En los requerimientos de los diferentes puestos convocados, no se exigían grandes conocimientos de ofimática, pero sí actitud positiva, higiene personal y unos determinados valores: fe inquebrantable en el proyecto, lealtad, disciplina, seriedad, dinamismo, capacidad de gestionar conflictos, resistencia a la frustración, aplomo, reciedumbre, ningún escrúpulo. Porque lo que quería Iván era arrancar toda la mugre y, por consiguiente, los nuevos barrenderos debían tomarse el trabajo con absoluta devoción. Para ello se fundó, en 1565, la Oprichnik, una fuerza parapolicial con tintes religiosos, una secta inhumana formada por feroces patanes ávidos de degollina, mitad guerreros y mitad monjes, totalmente desquiciados, destetados y proscritos, en sincronía con la paranoia conspiratoria y la chaladura del propio Iván, de Iván el Terrible, que pretendía exterminar a sus enemigos políticos con su innovadora guardia de limpieza. Los caballeros de la Oprichnik vestían de riguroso y siempre elegante negro –Men in Black- y solían atar al lomo de sus monturas un cráneo de perro (la fidelidad al zar) y una escoba (el espíritu de barrido integral). Los chicos estaban sometidos, asimismo, a unas progresistas y creativas relaciones laborales, basadas en el palo y la zanahoria, lo nunca visto. Si se comportaban como buenos profesionales y besaban los pies del jefe supremo, gozaban de plena impunidad y obtenían suculentas recompensas. Si eran considerados traidores o indignos del culto al líder, se les hervía en ollas candentes, como liviana amonestación que no necesitaba más avisos en la vida terrenal. El oficio, no obstante, merecía la pena y los cometidos asignados aseguraban diversión, entretenimiento y aventuras trepidantes: purgas, empalamientos, violaciones, decapitaciones, asesinatos en masa, descuartizamientos públicos, sangre a raudales…En ciudades como Nóvgorod o Pskov, aquellos perros de presa, higienistas caninos en la devastación, guardianes de Rusia, llegaron al pináculo de la atrocidad: miles de muertos ejecutados por una supuesta conjura antizarista, engendrada en la mente del demente soberano.

Escudo oprichnik

La orden de los Oprichniki fue disuelta en 1572, ocho años después de su constitución, tras darse cuenta el bueno de Iván -por mor del delirio- de las intenciones perversas de todos los miembros de la misma, conchabados en su contra y demasiado blandengues con la tropa forastera. El zar creó otro ejército regular a su servicio y, sin dar los buenos días, exterminó a aquellos negros opositores de reciente cuño, los barrenderos que tan incondicionalmente le habían rendido pleitesía hasta entonces, unos perrillos falderos que se convertían en hienas carroñeras y mortíferos licántropos a cada chasquido del monarca, por un medio ambiente impecable: los tiranos de gran olfato dejan caer también a sus despiadados secuaces en el vertedero de la mortandad cuando el hedor llega al fondo de sus veleidosas narices: prolongue la vida de su lavadora, con terror… Así se acabó la rabia, sin que los peores instintos caninos prosperasen, sin dar tiempo a los feroces animalicos abandonados a lamerse las heridas. Luego el ciclo de las macabras escobas pasó: los arqueólogos de Vladímir Putin tal vez las encuentren en la tundra.

Blues entre barreduras

Furry Lewis

I seen a rat, sitting on top of a garbage can, eating a onion, crying”

En Beale Street, aunque las cosas se torcieran, hasta las ratas lloraban sobre los cubos de basura. Lo sabía bien el parlanchín, expresivo y atípico Walter “Furry” Lewis (1893?- 1981), experto en melancolía mundana, peleona y humorística; en versos procaces,  en negritud, en rasgaduras, en desperdicios y en cuellos de botella separados del casco. Durante años, Furry ejerció el encanto barrendero como modus operandi, cargó pesados fardos, recogió restos, se bebió el lustre inane en varios tragos y, día tras día, tal vez buscando el plecto y su propia senda hacia la resurrección entre montones de suciedad -de escombros, decadencia y ocaso-, tras veladas cada vez más exigüas y tenues, limpió con su escoba la legendaria calle de Memphis, en el estado norteamericano de Tennessee.

Furry Lewis nació en Greenwood, en la parte oriental del Delta del Mississippi, en el cogollo de la industria algodonera, un lugar con sonidos desgarrados y reminiscencias atávicas de raza y vejación esclavista. Nunca conoció a su padre, un hombre del campo que se separó de los suyos y desapareció para siempre. Siendo niño, se trasladó a Memphis con sus hermanas y con su madre, que se dedicó a lavar, cocinar y fregar en casas ajenas para mantener la intensidad familiar de desdicha. Furry pronto dejó la escuela: “Me han arrestado por falsificación, pero ni siquiera sé firmar con mi nombre”, cantaba tiempo después. En los recovecos de la gran ciudad, se construyó un rudimentario instrumento de cuerda con desechos, maderas, alambres y una caja de puros. Aprendió a tocarlo escuchando a un artista callejero llamado Blind Joe. Conoció las épocas más bulliciosas, canallas y líricas de Beale Street, a principios del siglo XX, cuando músicos de la talla de W.C. Handy se instalaron en la zona y crearon un mito de color (de color negro) a partir de atribulados ritmos populares, de tristeza infinita y heridas profundas en el alma. Según la versión del propio Lewis, un excelente cuentista, el taumaturgo y fetén quiropráctico del bottleneck, fue el mismísimo Handy, el autodenominado padre del blues –pionero en llevar el género del vagabundeo seglar a las partituras-, quien le regaló su primera guitarra en condiciones, una Martin, que conservó durante décadas. Con ella -y con otros trabajillos esporádicos (chico de los recados, buhonero, transportista, estibador…)-, Furry se ganaba la vida, en actuaciones ambulantes, en recitales, en bandas y orquestas, en exhibiciones para turistas en travesías fluviales, en espectáculos cómicos y de vodevil por los pueblos donde charlatanes, curanderos y farsantes (como el Duque y el Rey que transportaban Jim y Huckleberry Finn en su balsa por el río) trataban de vender milagrosos jarabes, elixires, aceites y ungüentos a una crédula concurrencia inclinada hacia el placebo. Llegó a ser uno de los songsters que antes imprimió la huella de demonio azul sobre un disco: “Puso carbólico en mi café, esencia de trementina en el té, estricnina en mis galletas. Oh, señor, pero ella nunca me hizo daño”. Tocó junto a Frank Stokes, Gus Cannon, Jim Jackson, Memphis Minnie… En 1917, en uno de sus viajes de emprendimiento indispensable y propiciamente alimenticio, sufrió un accidente de ferrocaril: había cogido el tren de mercancías en marcha porque no quiso pagar el billete: le amputaron una pierna por encima de la rodilla y el resto de su existencia dependería de una prótesis ortopédica. A partir de entonces -y hasta su vejez- apenas salió de Memphis ni del entorno de Beale Street. En la puerta del conocido Pee Wee’s, donde solía tocar, colgaba un cartel en el que rezaba una frase lapidaria que destilaba toda una filosofía: “Nunca cerramos antes del primer asesinato”. Cuando la quimera de los felices años veinte se quebró por completo, el hambre, el desempleo y la Gran Depresión hicieron estragos y convirtieron la miseria en nada, en nada acentuada y en nada a salto de mata: Furry no escapó de la quema pero tampoco podía salir corriendo: abandonó la música profesional y, poco a poco, cayó en el olvido. Comenzó así una larga trayectoria en el ostracismo, rutilante solo en el ambiente del barrio, regada con whishy barato, tabaquismo, ruina, rutina, declive, riñas y visitas constantes a las casas de empeño. Beale Street fue perdiendo también su empuje natural: se cerraron múltiples locales y clubs: la magia murió asesinada. Furry se aferró entonces a la basura y al carrito de limpieza, dejando la guitarra para el esparcimiento ocioso y para pequeñas celebraciones entre amigos. “No soy una estrella, pero podría ser una luna”, afirmó con sorna en alguna ocasión.

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Walter “Furry” Lewis empezó a trabajar de barrendero municipal en 1922. Hasta 1963 no aparcó la escoba. Hacia 1959, poco antes de retirarse definitivamente de su oficio limpiador, le descubrieron (redescubrieron) y le convencieron para volver a escena como uno de los últimos supervivientes de los viejos tiempos, el jarrón chino de las esencias primigenias. Puso algunos reparos al principio -era ya un anciano y no estaba interesado en reactivar su carrera cuarenta años después-, pero, como espíritu emocional, elevado y carismático, tenía una personalidad contradictoria: borrachuza, pendenciera, enraizada, materialista, prosaica, cómica e inequívocamente juguetona: “Follow me, baby, I will turn your money green. Show you more money than Rockerfeller ever seen” Se volvió una celebridad en los siguientes lustros, participó en una película –Un caradura simpático, junto al inefable Burt Reynolds-, cosechó aplausos, grabó discos, salió de gira y no rehuyó los focos ni el mercadeo, aunque seguía durmiendo junto a un revólver por si las moscas y seguía discutiendo airadamente por unos pocos centavos, por unas latas de cerveza o por los sobrantes de otros líquidos espiritosos de alta graduación. El 4 de julio de 1975, en la ciudad que le vio barrer, actuó como telonero de los Rolling Stones ante más de cincuenta mil personas. Sus Satánicas Majestades le tuvieron que insistir: se hizo de rogar justo hasta llegar a los 1000 dólares de emolumento. “Hola a todos”, dijo; contó un chiste picante sobre un hambriento pedigüeño que se acercaba a mujeres que se levantaban la falda como único plato en el menú, soltó una explosiva y aparatosa carcajada, cantó un par de canciones y se marchó por el foro. Cuando le preguntaron si no se quedaba a presenciar el concierto de “la mejor banda de rock and roll del mundo”, contestó enrabietado: “Eso a mí no me importa ”.

Furry murió de neumonía en 1981, cojo y medio ciego. “Prefiero ver mi ataúd entrando por la puerta que escuchar a mi chica decir que ya no me quiere”, transmitió en su legado musical. Su tumba tiene dos lápidas. En una aparece el título de una de sus composiciones: When I Lay My Burden Down. En la otra, con un epitafio más lacónico pero preciso, simplemente la palabra Bluesman.

La sal de la tierra

Rosaura Revueltas

Una mujer, Esperanza, corta leña para quemar. Con la leña, calienta el agua en un barreño. Con el agua caliente del barreño, lava la ropa, frotando. “¿Cómo iniciar una historia que no tiene principio?” Son las primeras escenas y las primeras palabras de la película Salt of the earth (La sal de la Tierra), 1954, de Herbert J. Biberman. La fascinante voz de Rosaura Revueltas envuelve las imágenes siguientes, mientras se hace la presentación, en un lugar árido y ficticio llamado Zinctow, en Nuevo México, en Estados Unidos. Rosaura es la actriz protagonista y encarna a Esperanza Quintero, la esposa de Ramón, un minero de origen mexicano que, junto a otros hombres, organizados sindicalmente, planta cara a los abusos de los patronos de una explotación de zinc. Aquellos hombres del pozo, chicanos, tienen prioridades. Piden más seguridad, más ayuda subterránea, más salario, mejores condiciones laborales…Pero las mujeres de los mineros necesitan también un mínimo de salubridad en los barracones que habitan: ellas quieren hogares en las mismas condiciones que los obreros angloamericanos, quieren agua corriente, quieren agua caliente, quieren lavabos, quieren baños, quieren cañerías en buen estado…Están hartas de cortar leña a mano para comer, para hacer la colada, para fregar, para limpiar…Todos los días, varias veces al día. La vida allí es desoladora y triste: Esperanza, embarazada, llega a desear que el hijo que lleva en las entrañas no vea la suciedad de aquel oscuro e injusto mundo de minerales y dinamita. “¿Qué hay más importante que la sanidad?”, se pregunta ante la incomprensión de su marido. Otras mujeres aún van más lejos: plantean una concentración femenina para quejarse de las instalaciones, con pancartas: “Queremos sanidad, no discriminación”. Pero los hombres ya han paralizado las máquinas y han empezado la huelga, con sus particulares demandas, una huelga que durará meses, y las mujeres se quedan en casa, como amas de casa, cuidando de la numerosa prole, cocinando, limpiando, barriendo, fregando, cortando leña… Las mujeres quieren ayudar pero los hombres no permiten que se acerquen. Los hombres mineros patrullan la zona, cortan carreteras, protestan: la compañía no cede: hay detenciones, palizas, encierros con cargos falsos, intentos de soborno, prácticas divisivas, esquiroles, chivatos, provocadores, policías armados de gatillo fácil y secuaces del escarmiento. La resistencia, la unidad y la solidaridad entre ellos parece inquebrantable, masculinamente inquebrantable, pero la lucha se prolonga, crecen las dudas y algunas familias no pueden soportarlo y se trasladan a otros lugares. La tienda de la compañía se niega a servir a los huelguistas, las reservas se agotan, se margina a los trabajadores chicanos que lentamente, ahogados por los plazos y el hambre, van perdiendo la moral…Esperanza da a luz sin atención médica. Llega ayuda externa y se multiplica también la intensidad de la coacción. Por mandato judicial, se prohibe a los mineros manifestarse en piquetes, bajo la amenaza de cuantiosas multas y duras penas de cárcel. La huelga parece abocada al fracaso. Pero las mujeres toman el relevo y demuestran su entereza, su solidaridad, su coraje, su compañerismo, entre ellas y con ellos, como hermanos. Se intercambian los roles. Las mujeres hacen piquetes y resisten todos los atropellos. Los hombres, a regañadientes, poco a poco, sustituyen a las mujeres en las tareas domésticas: cortan leña, cuidan a los niños, barren, friegan, lavan, tienden la ropa… Descubren, entonces, la importancia de la sanidad y de la higiene….y de conseguir juntos la sal de la tierra, con dignidad y limpieza entre sexos, entre semejantes y entre generaciones.

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Pese a las restricciones sufridas y las críticas narrativas (e ideológicas) que se puedan hacer de la obra, la mexicana Rosaura Revueltas consiguió una interpretación maravillosa, honesta, punzante, emocionante y trabajada; en el papel de la esposa de un rudo minero chicano dispuesto a batirse el cobre contra los patronos del zinc pero reacio a compartir las escasas pepitas de oro en su propia casa. Una interpretación tan maravillosa que, prácticamente, no volvió a actuar en ninguna otra película. Su talento como actriz fue reconocido en Europa, donde llegó a formar parte de la compañía de teatro de Bertolt Brecht, pero en Estados Unidos y en su México natal estaba vetada por la industria cinematográfica, por su fundamental participación en Salt of the Earth y sus supuestas simpatías comunistas, en plena Guerra Fría. Se la incluyó en la lista negra, fue arrestada por entrada ilegal en territorio norteamericano, fue deportada durante el rodaje para impedir que completase las últimas escenas. Un rodaje, por cierto, especialmente tremebundo en lo represor y en manía persecutoria, plagado de incidentes provocados por la fascistoide fiebre macarthista: insultos constantes, megafonía a todo trapo, avionetas que sobrevolaban la zona para interrumpir las tomas, detenciones arbitrarias, agresiones, presiones, peleas, incendios, disparos, amenazas de muerte, insólitas acusaciones de espionaje a los miembros del equipo técnico… Las autoridades y las mentes más lunáticas –como Howard Hugues (el aviador, multimillonario y vomitivo cineasta del “todo el mundo tiene un precio”)- no cejaron en el empeño de torpedear el filme, en el rodaje, en el montaje, en la distribución y en la exhibición posterior; un filme que el senador Donald Jackson definió como “arma de la URSS”; un filme boicoteado y fustigado hasta el paroxismo: un calvario. Casi todos los integrantes del staff fueron duramente represaliados: el director –uno de los conocidos como Diez de Hollywood-, el productor, el guionista, el compositor…hasta el responsable de fotografía y los actores voluntarios. Todos vieron truncadas sus carreras artísticas. Todos se vieron apartados del cine y con serios problemas para conseguir un empleo, por motivos políticos. Rosaura Revueltas, una de las pocas actrices profesionales del rodaje, explicó así su particular experiencia: “Oí a un fiscal del gobierno descubrirme como una mujer peligrosa que debía ser expulsada del país. Otra vez, se refería a mí como esa muchacha -despectivamente-. Como no tenía evidencia de mi índole subversiva, sólo me queda deducir que era yo peligrosa porque había interpretado un papel que daba estatura y dignidad al personaje de la mujer mexico-norteamericana”. Aunque sometida a una auténtica, inquisitorial e inquietante caza de brujas, sazonada con infamia, bazofia, discriminación, sal gorda y pánico reaccionario, que dejó en principio la tierra yerma, Rosaura protagonizó una muy buena película, de valiosos yacimientos y de cosecha tardía, representando a una mujer de profundas raíces que quiere escuchar la radio y bailar sin pisotones, en una colectividad esquilmada, oprimida y despreciada que reclama justicia, saneamiento y un trato igualitario. ¿Cómo acabar una historia que no tiene fin?

Cerca del coche escoba

El primer ganador del Tour de Francia, en 1903, fue un deshollinador de escasa estatura que limpiaba chimeneas, Maurice Garin, que declaró que antes que campeón era un hombre del pueblo: “No sabía que estas dos nociones se harían consustanciales al deporte ciclista”. En 1904, en su segunda participación, Garin fue descalificado -aunque, para evitar tumultos pueblerinos, meses después de finalizar la carrera- por utilizar un coche para adelantar a sus rivales. Hasta que, en 1910, los organizadores de la ronda francesa no introdujeron las montañas pirenaicas en el recorrido, no existía en ciclismo el llamado coche escoba, una idea de Henri Desgrange para evitar las habituales trampas en la retaguardia de la prueba que, con posterioridad, sirvió para recoger y transportar a los corredores que no podían continuar, los desfallecidos, los reventados y los últimos de la fila, que quedaban así eliminados sin llegar a meta, sin aspirar siquiera al honor del farolillo rojo.

En julio de 1959, Federico Martín Bahamontes se convirtió en el primer ciclista español en ganar el Tour. Poco antes, ese mismo año, en la Vuelta a España, Fede, Federico –que nació Alejandro- se había retirado de la misma por la puerta de atrás. “En coche se va mejor”, dijo tras dejar de pedalear en las inmediaciones de Ayerbe, dirección a Pamplona. Porque Bahamontes, el Águila de Toledo, durante su vida deportiva, logró un palmarés barrendero envidiable: abandonó en el furgón escoba las tres principales competiciones por etapas: Vuelta (1959), Tour (1960) y Giro (1961). En las tres, en las tres grandes, se montó en el ingrato vehículo de barrido por la cola: una triple corona encadenada anualmente, con el maillot pringado de desdoro momentáneo.

Escalador de enorme talento y demarraje hasta el estertor, de embestidas violentas en el primer repecho que se encontrara, pésimo contrarrelojista, pésimo rodador en el llano y pésimo bajador atenazado por el miedo; figurilla soberbia, egocentrista, caprichosa, diletante, rebelde, excéntrica, irascible, descorcentante e imprevisible, quejica y pajarera -le dolía el “limaquillo”, alegaba-; admirado y detestado por igual; potencia y astenia infantil al alimón; con poca diplomacia, mal perder y sin ningún sentido estratégico o de formación coordinada; Bahamontes nunca ganó la Vuelta a España. La de 1957, según él, se la robaron con malas artes y trapisondas, en beneficio de Jesús Loroño. La leyenda del Águila toledana se forjó en las altas cumbres de superior categoría, que casi siempre cruzó en solitario y en cabeza. Muchas anécdotas jalonan su irregular historial: desde esperar varios minutos al pelotón en la cima de un puerto mientras se comía tranquilamente un helado de vainilla hasta fingir una apendicitis a mitad de carrera cuando acumulaba un retraso horario importante, se veía perdido y no contaba con ninguna ayuda frente a los contrincantes que le disputaban la general. “Correr en los llanos y carreteras tan lisas y asfaltadas es propio de maricones”, llegó a afirmar sintomáticamente nuestro machito ibérico en un alarde de corrección política y tolerancia sexual, partidario de un ciclismo cuesta arriba, polvoriento, caluroso y con dos impetuosos cojones -¡glups!, pese a practicar la abstinencia durante la competición-, de distancias estratosféricas en bicicletas que pesaban como el plomo.

En la decimoquinta etapa de la Vuelta a España de 1960, entre Vitoria y Santander, Federico Martín Bahamontes, consagrado definitivamente ya como estrellita luminosa por su triunfo en el Tour anterior, mito en rodaje, avituallado con una gesta estupenda para la propaganda franquista, no se paró en la cuneta para aguardar la aparición del coche escoba y subirse en dicho automóvil  con cara de desmayo. El Águila de Toledo y uno de sus subalternos -los conocidos antes como “domésticos”-, José Herrero Berrendero – sobrino de Julián Berrendero-, se limitaron a circular junto al vehículo destinado a recoger a las “víctimas” por desfallecimiento y cansancio, como señal de protesta por la eliminación de otro de los gregarios del equipo, Julio San Emeterio, en la jornada previa, en la que éste llegó a meta sobre el tiempo máximo permitido. Bahamontes había pedido a la organización que lo repescara inmediatamente y amenazó con abandonar la prueba si no se cumplían sus exigencias, que no se tuvieron en cuenta: los jueces no se plegaron al chantaje del gran campeón. No obstante, al día siguiente, muy contrariado, el toledano tomó la salida: fue el último en firmar y siguió a la “serpiente multicolor” en un transporte motorizado del equipo hasta que comenzó el recorrido oficial, no neutralizado. Tenía un plan, por una vez, y quería echar un pulso a la dirección de carrera, amparado en su inmensa celebridad y en su condición de principal favorito. En un primer instante, justo al inicio, Federico atacó varias veces con su acostumbrada rabia para luego dejarse atrapar voluntariamente. Después, él y Herrero Berrendero aminoraron la marcha, se descolgaron del grupo y, a paso de tortuga, se despreocuparon de cualquier resultado deportivo. De paseo, al trantrán, sin prisas, junto al coche escoba, transitaron con cachaza por distintas localidades y carreteras, entre un público defraudado y faltón ante la desganada actitud del famosísimo Bahamontes. Cuando llevaban unos ochenta kilómetros en las piernas, un espectador insultó con más vehemencia que los demás a los dos corredores y acabó de calentar los ánimos, ya suficientemente calientes. Bahamontes y su compinche, entonces, pusieron pie en tierra, se desmontaron de sus sillines y trataron de aclarar la fastidiosa situación como buenamente supieron, con argumentos vigorosos de rodados atletas: se encaminaron hacia los que les habían increpado y se liaron a mamporros y puñetazos con ellos. Sacaron sus bombas de aire de la bicicleta – el blog muckraker prefiere el término mancha- y repartieron estopa a diestro y siniestro, ante la incredulidad de los testigos y la presencia de la gran mayoría de periodistas que cubrían el evento, que no prestaron la atención necesaria al desarrollo de la etapa porque el show que acaparaba casi todo el interés mediático se encontraba en el cierre de carrera. Alguno de los que intentó separar a los contendientes recibió un bombazo de propina en la cabeza.  El rifirrafe se solucionó con la mediación del director de la Vuelta y los dos ciclistas volvieron a la ruta. Al rato, se apearon de sus máquinas y anunciaron el próposito de renunciar a la prueba: nuevamente fueron convencidos para continuar. Más tarde, los corredores rezagados junto a Bahamontes ya formaban un buen conjunto de domingueros de excursión a pedales con los dorsales de la pachorra, dominados por la  indolencia, el ritmo apático, el espíritu contemplativo y la calma chicha. El Águila, Herrero Berrendero y otros siete ciclistas llegaron a Santander fuera de control, casi con una hora de diferencia respecto al vencedor en la línea de meta. Bahamontes fue expulsado de la Vuelta a España por “no estar dispuesto a tomar la salida al no ser repescado su compañero”, por “haber agredido de palabra y obra a un grupo de espectadores” y por “haberse retrasado deliberadamente, coaccionando a sus compañeros de pelotón”. Todo un espectáculo; ciclismo de antaño.

Nota: En 1965, Bahamontes disputó su último Tour. Se retiró también en el coche escoba, a su manera, tras escaparse en una etapa, ponerse en cabeza y esconderse poco después en unos matorrales hasta la llegada del vehículo.