La escombrera moral

El 30 de abril de 1945, la “escoba de hierro”, Adolf Hitler, se pegó un tiro, no sin antes haber ordenado también la destrucción de numerosas infraestructuras alemanas. Exigía fe ciega hasta el final en su lunático proyecto y acabó traicionando a los suyos acoquinándose ante el avance del ejército soviético, a las puertas de Berlín. Poco después, a principios de mayo, llegó la rendición de los nazis (en la Segunda Guerra Mundial). Desde que Hitler ascendió al poder en Alemania, en enero de 1933, él y sus adláteres, de mayor y menor rango, habían sembrado terror, devastación y muerte por todos los territorios por los que habían pasado. Durante los años de existencia del llamado Tercer Reich, el régimen llevó al extremo su maquinaria sangrienta y deshumanizadora: millones, millones y millones de víctimas en nombre de una patria por encima de lo humano. En otros lugares lo explican mejor, tanto en lo que respecta a los ardores bélicos hacia el exterior como en lo que concierne a la “limpieza” de otros mamíferos congéneres (judíos, gitanos, incapacitados, disidentes, oponentes políticos, homosexuales…). Los nazis cometieron las villanías más abyectas de forma sistemática…y la población civil no les paró los pies.

Tras la guerra, Alemania y Austria eran un erial lleno de cascotes y edificios derruidos. Los ejércitos aliados (Gran Bretaña, EEUU, Unión Soviética, Francia…) habían bombardeado y destruido pueblos y ciudades enteras, donde solamente quedó hambre, miseria, cascajos y desechos al por mayor. La reconstrucción iba a ser difícil, una monumental tarea. En ese contexto surgen las Trümmerfrauen, esto es, las llamadas “mujeres de los escombros”. Ante la falta de mano de obra masculina y la desconfianza instaurada, se recurrió a las mujeres locales, civiles, para asear la zona y recuperar materiales. Reclutadas a partir de los 15 años de edad, las Trümmerfrauen despejaron sitios, picaron, cavaron, lustraron, cargaron piedras, rescataron ladrillos y, en suma, pusieron orden al destrozo durante la primera posguerra, con frío y con calor…y manualmente, sobre todo. Muchas de ellas fueron torturadas, vejadas, golpeadas y violadas por sus nuevos libertadores. Nadie castigó esos abusos y crímenes. Nadie les paró los pies.

La infalibilidad empañada

Conducir barredoras es como llevar una especie de papamóvil, el vehículo acristalado y blindado a prueba de balas que transporta al Sumo Pontífice, máximo representante de la iglesia católica en el mundo terrenal, durante sus desplazamientos entre las masas, tras el atentado sufrido por Juan Pablo II en la Plaza del Vaticano (Roma) en 1981. De hecho, a mí, por ejemplo, con suficiente antigüedad en la conducción de máquinas barredoras, a veces, me da por saludar y bendecir a los transeúntes que me cruzo en el tajo, ya que el ritmo es pausado, hay suficiente visibilidad (rodeado como estoy de vidrios), suelo llevar un casquete para tapar la coronilla y cualquier uniforme otorga, quieras que no, un cierta aura, mientras se limpia la mierda circundante, desde la más a la menos espiritual.

Sin embargo, la relación entre el pontificado romano y los operarios de limpieza viaria no siempre ha sido idílica, precisamente. En septiembre de 2010, en un bar de Londres, seis barrenderos charlaban durante el desayuno de lo divino y lo humano, con chanzas y chascarrillos constantes, intentando descansar y despejarse de sus quehaceres en la calle. Entre comentarios insustanciales y bromas, uno de ellos dijo que estaría bien asesinar al Papa Benedicto XVI (aquel Ratzinger taciturno apodado “el barrendero de Dios”), que iba a visitar a los traidores anglicanos y a la ciudad en breve…Y estuvieron un rato especulando cómo hacerlo, jejeje, jajaja, risas por doquier. ¡Qué divertido era atentar de boquilla!, la verdad. Ellos eran musulmanes, con ingresos humildes, inmigrantes argelinos en su mayoría, ocupando su puesto en una sociedad de las oportunidades meritocrática y capitalista, en The Big Smoke, con tareas de esfuerzo físico y poco prestigio que gran parte de los autóctonos no realizarían jamás. Vamos, lo normal: el último en entrar, el primero en joderse (salvo que se disponga de padrino y un buen fajo de lereles). Pocas veces encontraban ocasión para disparatar y regocijarse a sus anchas. En aquel bar hallaron su espacio de esparcimiento.

Los seis barrenderos, al día siguiente, acudieron a su puesto de trabajo, antes del amanecer, como de costumbre, en el distrito de Westminster de la capital británica. Allí, en la entrada de la empresa, delante del resto de compañeros, fueron detenidos, con un enorme despliegue de agentes. Alguien los escuchó en el bar, no se descojonó tanto como ellos y llamó a la policía. Les aplicaron ley antiterrorista (como a Evaristo, el rey de la baraja), les registraron las casas, registraron las casas de sus familias y vínculos, salieron en los medios de comunicación y no les dejaron ir hasta que el Papa volvió a sus aposentos en la península itálica, con bastante posterioridad. Salieron sin cargos, pero con miedo a perder sus visas, entre otros temores de por vida.

Ya lo cantaban Los Chichos en aquella canción hipermachirula: “El cristal, cuando se empaña, se limpia y vuelve a brillar”. Ni más ni menos.

El muerto vivo

Aquella noche, como en los dos últimos meses, Ómar Enrique Hernández López, un joven veinteañero, estaba recogiendo latas y otros desechos para ganarse la vida. Hacía días que habían desaparecido varios indigentes y varios compañeros suyos de “profesión”, la de pescadores de tesoros en la mierda. Pero casi nadie reparaba en ello. Eran pobres, recicladores infomales de basura en su mayoría, en la inmensa Barranquilla (Colombia). Era sábado de Carnaval y la ciudad estaba preparada para la fiesta. Corría el año 1992. De pronto, al pasar por delante de la Universidad Libre (Unilibre), uno de los celadores del edificio le indicó que podía llevarse los cartones que había acumulados dentro. El celador se ganó la confianza de Ómar Enrique y éste entró con él, recorrió varios pasilllos y llegó al anfiteatro, donde supuestamente existía abundante material para poder vender y reciclar con posterioridad. Ómar Enrique se frotaba las manos. No obstante, una vez allí, recibió una somanta de palos por parte de los cuatro celadores destinados en el sitio, que le habían tendido una trampa y se ensañaron con él, en una paliza a garrotadas hasta dejarlo en el suelo completamente ensangrentado. Después, le pegaron un tiro de gracia que agraciadamente no consiguió su objetivo: matarlo. Ómar se hizo el muerto mientras lo transportaban a la morgue de la universidad y le metían en formol. Había más cuerpos enteros y trozos humanos descuartizados en el lugar. Pasaron las horas. De vez en cuando, entraba alguien a revisar a los fallecidos. “Éste está aún muy blando”, dijo alguien al tocarlo. Ómar Enrique, cuando vio la puerta despejada y la oportunidad, zaherido, trastabillando, decidió escapar todo lo rápido que pudo, saltó una valla por el patio de atrás y se dirigió a la comisaría de la policía más cercana, donde relató los hechos, ante la incredulidad primera de los agentes. ¿Por qué iban a querer asesinar a un pobre desgraciado que recogía basura en la calle? No obstante, tras mucha insistencia por parte de Ómar Enrique, enviaron un destacamento y se descubrió entonces aquel circo de los horrores, el pastel de una red de tráfico de cuerpos y órganos para, entre otras cosas, el estudio de futuros médicos, formado por 11 cadáveres enteros y varios miembros de otros más. Una red en la que fueron apaleados y ejecutados, como mínimo, una decena de recicladores y habitantes de la basura, a los que siempre se les invitaba a recoger materiales “valiosos” desechados por la universidad para que cayeran en aquella ratonera de muerte.

La operación y el juicio sobre el caso no aclararon del todo el asunto. A los pocos años, los principales imputados estaban en libertad. Un acusado reconoció haber apaleado a más de 50 individuos durante su «trabajo» en la universidad. Otro fue asesinado tiempo después. Ni siquiera se llegó a identificar a la mayoría de fallecidos encontrados durante aquel fatídico inicio de fiestas carnavalescas, que se presume vivían casi todos de la basura. El 1 de marzo se instituyó en su honor el Día Internacional de los Recicladores.

La playa

Había sido despedido por la empresa de limpieza urbana tras dar positivo en un control de drogas. Amenazó con volver y hacer algo…y ahí quedó la cosa. Volvió cinco meses después, una mañana cualquiera, cuando una cuadrilla de barrenderos municipales se disponían a iniciar su jornada habitual desde una caseta situada en el paseo de la hermosa playa de la localidad de Fort Lauderdale, la “Venecia americana”, en Estados Unidos. Y, efectivamente, hizo algo, pero no directamente contra la empresa, que era la fuerte en la cuestión: sacó su pistola y disparó en la cabeza a seis excompañeros de base. Cinco murieron de inmediato. Otro fue herido de gravedad. Dos de ellos pudieron escapar y relatar los hechos. Después, el autor del crimen se suicidó con la misma arma. Ocurrió en 1996. La playa no se limpió como se esperaba, claro. La sangre de unos inocentes barrenderos deslucía el idílico paisaje de mar, arena y palmeras.

Nunca pongas gelignita en el contenedor

Alec Carter y William “Bluey” Favell siempre habían trabajado en Sydney, en el condado de Nueva Gales del Sur, Australia. Conocían la ciudad y sus alrededores perfectamente. Como cada día se habían levantado para recoger los malditos desperdicios del consumo de sus vecinos, en la parte posterior de un camión de basura. Era una mañana plácida y sin grandes contratiempos, parecía, como siempre. El camionero, Bill Ebb, conducía sin prisas, pendiente de los empleados que desarrollaban sus tareas detrás y pendiente de los mecanismos hidráulicos y las botoneras del vehículo. Al llegar a las puertas del Hotel Hilton, en George Street, donde en esos momentos se desarrollaba una reunión de jefes de estado de la Commonwealth, Alec y William se bajaron del camión y arrastraron el contenedor de residuos hasta el lugar adecuado para su recolección. Cuando el contenedor se depositó en la tolva y su contenido se empezó a compactar, una explosión tremebunda destrozó sus cuerpos y la parte trasera del camión. Alec y William murieron al instante. Bill Ebb y John Watson (otro operario) quedaron malheridos. El policía Paul Burmistriw, que había observado bien de cerca cómo vaciaban aquellos desechos, falleció tiempo después en el hospital. Otros quedaron afectados por la metralla y la fuerte onda expansiva. La bomba no había alcanzado su objetivo, pero consiguió matar indiscriminadamente. Mató a unos trabajadores, claro está, unos pringaos, unos perfectos desconocidos. Fue el primer atentado terrorista de ese tipo registrado en Australia. Los autores no pensaron en los basureros ni en sus familias, desde luego. ¡Menuda bazofia! Vaya desde aquí nuestro homenaje.

A la calle

Bruno

Hoy, tras cuarenta y tantos días de confinamiento, los niños de todo el estado español han salido a la calle. Y si hay una calle especial para los niños, desde hace más de cincuenta años, esa es la universal Sesame Street, donde pululan personajes tan entrañables como Caponata, Coco, Epi, Blas, Gustavo, Elmo, Triki y, mi preferido, Óscar el gruñón, que vive dentro de un cubo de basura y es un auténtico cascarrabias, tanto que evolucionó del naranja al verde. Tiene el sitio hasta un recolector de residuos propio, Bruno, otro dislate de marioneta. No hace falta explicar mucho sobre Sesame Street: es el programa televisivo infantil más longevo y suma y sigue, multipremiado, de factura estadounidense pero versionado en infinidad de países, ideado por el titiritero Jim Henson y con un contenido pedagógico y de calidad incuestionable.

barrio sésamo

Un año después de la primera emisión del programa, no obstante, en 1970, el estado sureño de Misisipi (EEUU) se planteó su prohibición –que no prosperó en los tribunales, afortunadamente- por su preponderante y nociva inmoralidad, ya que en él aparecían -¡glups!- monstruos, presuntos muñecos homosexuales, mujeres solteras e independientes, blancos junto a negros, asiáticos y latinos, todos mezclados…Y porque su elenco protagonista estaba altamente integrado por niños, que salían a divertirse y -arriba o abajo, cerca o lejos- circulaban libremente por la famosa calle.

 

 

Basura espacial

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Temía Abraracurcix, el jefe galo de la irreductible aldea de Asterix, que el cielo le cayese sobre la cabeza. Cosa harto improbable, ciertamente. Sin embargo, ¡por tutatis!, la cantidad de basura en el espacio se ha multiplicado en los últimos años, orbitando alrededor de la tierra. La chatarra cósmica se ha convertido en un gran problema y nadie, hasta ahora, parece haber encontrado una solución adecuada. Material obsoleto, partículas artificiales y trozos de metal de distintas dimensiones giran sobre la atmósfera y ponen en peligro las telecomunicaciones, el control remoto, el potencial militar y, en general, el sueño espacial -¿pesadilla?- de las grandes potencias. Las estrategias de marcaje entre éstas pueden ser de lo más variopintas y disparatadas. Buena o mala, la huella del ser humano en el universo parece muy poco limpia. Restos de la megalomanía sideral, extraída siempre de las entrañas terrestres, pululan por el firmamento como grandes montones de desechos empujados a gran velocidad: en Futurama, la serie animada de Matt Groening, el profesor Hubert J. Farnsworth, inventor del oloroscopio, consigue deshacerse de una gran bola de basura que desde el cielo amenaza Nueva York gracias a enviar otra gran bola de porquería al espacio; en Quark, la escoba espacial, otra serie televisiva de finales de los setenta, la descacharrante tripulación de la United Galaxy Sanitation Patrol se dedica a recoger los desperdicios de las demás naves. Quizás algo así sea lo conveniente. Quizás. O dejar de hacer el canelo. Alea jacta est.

Letrinas palaciegas

vaterharrington

Tras siglos de decadencia y de impúdicos esfínteres, llegó Sir John Harington, un tipo extravagante y travieso, escritor, poeta, artista de epigramas y de ingenio escatológico, un picarón consentido, educado en Eton y en Cambridge.

John Harington era ahijado de Isabel I de Inglaterra, la última Tudor, la Reina Virgen, la protestante. Ésta tuvo varios desencuentros con él y siempre, transcurrido un tiempo prudencial, le acababa perdonando: así son las madrinas solteras con sus queridos golfantes. Entre las hazañas que se atribuyen al escritor destaca la traducción al inglés (íntegra) de la obra cumbre de Ludovico Ariosto, Orlando Furioso, un complejo peñazo de 40.000 versos, relamidos en octavas reales. Una traducción que Isabel I impuso como castigo a Harington por su predisposición hacia los personajes que describían a las mujeres como seres lascivos e infieles.

John Harington también es el autor de The metamorphosis of Ajax: a new discourse on a stale subject y de And Apologie for Ajax, textos por los que fue desterrado. Porque Ajax, de Ayáx el Grande -el héroe mitológico griego que combate junto con Aquiles en la guerra de Troya-, fue el nombre con el que Harington bautizó a su invento para las deposiciones humanas, el inodoro con cisterna de agua, el water-closet, el WC, si bien todavía sin sifón y sin conexión con el alcantarillado (que no existía en aquellos lares de la Pérfida Albión).

Tras uno de sus rifirrafes con la reina, Harington había ideado un pulcro sistema para congraciarse con ella que versaba sobre la problemática de sus mierdas y orines regios, un sistema destinado, según decía, a convertir la peor de las alcobas en “tan dulce como la mejor cámara”. La reina, en principio encantada, colocó el armatoste en su palacio de Richmond. El propio Harington, también muy higiénico, se instaló otro en su vivienda. Fueron los dos únicos retretes que se conocieron en los siguientes siglos.

Cuando en 1596 Harington publicó sus textos sobre el Ajax, de satírico contenido político y bajo el pseudónimo de Misacmos Muse, la descripción detallada que hacía del aparato fue objeto de burla y rechazo. La reina Isabel, nuevamente, le expulsó de la corte por falta de decoro y Sir John nunca más volvió a restablecerse del todo de sus diarreas.

Hasta que Alexander Cummings -ya a finales del XVIII- se puso en serio, el inodoro permaneció en el más absoluto de los olvidos. Desde entonces, con mayor o menor fortuna, se ha rehabilitado la figura de Harington: hay lugares en los que al váter lo siguen llamando john, en homenaje a su precursor isabelino.

PD- Hoy, 19 de noviembre, por cierto, es el Día Mundial del Retrete, coincidiendo con el Día Mundial del Hombre, genuinamente masculino. La ONU informa: unos 2.500 millones de personas no tienen acceso a instalaciones de saneamiento adecuadas, como retretes o letrinas, lo que conlleva consecuencias trágicas para la salud, la dignidad y la seguridad humanas, así como para el medio ambiente y el desarrollo social y económico.«Igualdad y Dignidad» es el tema de este año (2014) del Día Mundial del Retrete. El objetivo es mostrar la amenaza de violencia sexual a la que se enfrentan las mujeres y las niñas debido a la falta de intimidad, y también las desigualdades presentes en el acceso al saneamiento. Por lo general, los retretes siguen sin adecuarse a las necesidades específicas de ciertos grupos de población, como las personas con discapacidad, los ancianos y las mujeres y niñas, que requieren instalaciones para atender su higiene durante la menstruación. Bajo el lema «NoPodemosEsperar», el Día Mundial del Retrete es la ocasión para llamar a la acción y resaltar la imperiosa necesidad de abandonar la práctica de la defecación al aire libre, especialmente en el caso de las mujeres y las niñas, quienes son particularmente vulnerables.