La hora del té

En 1973, en el condado de Yorkshire, en Inglaterra, tierra de grandes hábitos y tradiciones, en un paso a nivel, un tren expreso arrolló y partió en dos mitades un camión de basura, cuyo conductor, que quedó bastante maltrecho, fue localizado después a unos doce metros de distancia de la cabina. La colisión, además del salto estratosférico del conductor, provocó el descarrilamiento del expreso y varios heridos más entre los pasajeros.

Harry Featherstone, el guardabarreras encargado del paso, se había descuidado un pelín de su labor porque estaba tomando el té y se le había ido el santo al cielo con su exquisito sabor. Eso declaró en el juicio que se celebró a posteriori. Fue absuelto de todos los cargos, británicamente.

El Mesías, los Bee Gees y las togas andaluzas

Jesús de Nazaret, cuentan, fue juzgado por el Sanedrín judío y, posteriormente, por el prefecto romano Poncio Pilato, que se lavó las manos cuando, finalmente, le mandó con la cruz a cuestas hacia la muerte. El evangelio de Lucas reproduce la conversación entre Jesucristo, tradicionalmente representado como un flaco con melenas y barbas, y los dos ladrones que le acompañaban, a derecha y a izquierda, cuando fue crucificado en el Gólgota: Dimas, el ladrón bueno que se arrepentía de sus pecados, y Gestas, el malo, muy faltón, exigente, impío y chabacano éste para estar clavado por sus extremidades en un madero. Después de beber vinagre, Jesucristo, con gran talento para la resurrección y cuyas artes sanadoras eran archiconocidas, prometió a Dimas, recuperado en la cruz para la causa santa, llevárselo con él al Paraíso, un sitio chachi, celeste y sobrenatural.

Casi dos mil años después, más o menos, todas las discotecas chachis tenían bolas de espejo en el techo y ponían música bailonga de los Bee Gees, los de la fiebre nocturna del sábado. Barry Gibb, otro barbudo melenudo y larguirucho, se situó en el centro de otros dos tipos, hermanados los tres, y condujeron al paraíso a millones de marchosos danzarines, que, en éxtasis, podían beber vinagre, güisquises de garrafón y aun peores mejunges. Según un estudio científico imprescindible, célebre en el mundo de las emergencias médicas, uno de los grandes éxitos del grupo, la composición Stayin’ Alive, tiene un ritmo prácticamente perfecto para llevar a cabo las maniobras de reanimación cardiopulmonar a los que sufran un infarto de miocardio o parada cardíaca. Los Bee Gees resucitaban a los muertos y sabían –Too Much Heaven– lo difícil que resultaba alcanzar el cielo eterno.

En las tierras andaluzas, donde se tiende más a la saeta, a finales del siglo XX después de Cristo, algún magistrado se interesó especialmente por el proceso al llamado Rey de los Judíos. Así, en 1990, Eduardo Rodríguez, a la sazón juez de la Audiencia Provincial de Granada, dictó una sentencia en la que absolvió a Jesucristo, “alias el Nazareno”, de los delitos de blasfemia, rebelión y sedición por los que fue condenado y crucificado. Según estableció el magistrado, en el “antiguo procedimiento se siguieron los trámites de un ordenamiento jurídico involucionado que no tuvo en cuenta la esencia y condición del hombre”. La sentencia explicitaba que no procedían “costas judiciales materialmente apreciables pero sí cuantiosas espirituales, que por voluntad del acusado se repartían a los hombres de buena voluntad y los más débiles necesitados y marginados, todos hijos de Dios”. Ya en el siglo XXI, también después de Cristo, otro juez, este de Jaén, José Raúl Calderón, autor del libro Proceso a un inocente: ¿fue legal el juicio a Jesús?, siguen la brecha de las investigaciones. Un análisis pormenorizado de lo presuntamente acontecido y del Derecho de aplicación hace miles de años llevaba al magistrado jienense a afirmar que “lo lógico sería la nulidad del proceso y su inmediata puesta en libertad o su absolución por falta de pruebas”. Lo lógico, lo jurídicamente lógico, se entiende.

Desde luego, se agradecería que ciertos personajes patrios de lo divino aparcaran la religión aunque sea un ratete y se dedicaran, entonces, a bailar al ritmo redentor y revitalizante de Stayin’ Alive, sin rasgarse tanto las vestiduras ni clamar al cielo porque se remueva otro pasado, más reciente, fraticida y mucho más mundano. Algunos inocentes perjudicados, menos mesiánicos y aún no redivivos, mostrarían su satisfacción y, con administradores de justicia en sus cabales, hasta el buen ladrón podría salir beneficiado.

Los machotes también barren

Marzo, 1912, Mairena de Alcor, Sevilla, prensa de la época:

«Un individuo embriagado riñó con su esposa. Le detuvo un policía, encerrándole en la cárcel, donde permaneció cuatro horas. Después le sacaron de la cárcel, haciéndole barrer la plaza del ayuntamiento y amenazándole con un látigo. Como si se tratara de una caballería, le amarraron a una cuerda en la cintura y así estuvo barriendo largo rato. Se ha presentado el atropellado ante el gobernador denunciando el hecho».

 

Recursos inhumanos

El Estatuto Básico del Empleado Público, vigente desde abril de 2007, hace ya unos añitos, establece en su disposición adicional primera los principios que deben aplicarse a todas, todas, las entidades del sector público. El Ministerio de Administraciones Públicas del gobierno central publicó, unos meses después, los criterios para la aplicación de dicho Estatuto Básico en la Administración Local, dejando claro (punto 1.3) que los principios rectores para el acceso al empleo público tienen que garantizarse necesariamente en todas las sociedades mercantiles en cuyo capital social participen total o mayoritariamente las Entidades Locales. No en vano lo público, se afirma, es cosa de todos…y la sociedad -¡atchús!- solicita respeto y compromiso, con luz y taquígrafos.

Anteriormente, existían otras normativas y criterios, si bien, en teoría, la incuestionable exigencia moral de la ciudadanía en democracia, desde siempre, es la de objetivar los procesos selectivos y la promoción del personal al servicio de cualquier entidad constituida mayoritariamente con capital público, incluso las que se rijan en sus actuaciones habituales por el derecho privado. No tener en cuenta los principios rectores de aplicación necesaria en dicho ámbito sería huir del derecho administrativo y de máximas democráticas e igualitarias, amén de ir en contra de la profesionalidad debida, de la función social de lo público y de la consecución, como objetivo, de los mejores recursos posibles, con las mejores plantillas. Eso, al menos, es lo que se dice y se alienta, aunque sea desmentido en la práctica por múltiples casos de opacidad. Hay entidades y empresas públicas que todo lo ensucian y que ya han tenido problemas por saltarse a la torera los principios constitucionales de publicidad, igualdad, capacidad y mérito, con sistemas propios de cooptación, que no garantizan la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos ni, por supuesto, un personal satisfactorio, apto, competente, calificado e implicado con el bien común. Enchufismo, amiguismo, clientelismo, nepotismo, etcétera, son lacras difíciles de erradicar. La cosa empeora si los responsables de controlarlas se las pasan por el forro, traicionando a los que les sientan en sus bonitas sillas, en vez de actuar bajo el imperio de la ley que les consagra y/o del poder representativo y delegado que, presuntamente, se les otorga bajo formas democráticas instauradas. La reparación del daño causado, para estos responsables irresponsables, consiste en perseguir y criminalizar a los que denuncian los abusos, en culpar a las víctimas, en jalear a los matones, en prometer que jamás volverá a pasar (como hicieron la última vez que pasó), en quitar hierro a sus desmanes, en hacerse el sueco, en comadrear por los pasillos, en intercambiar favores y cromos, en ofrecer un trocito del pastel, en bañarse en demagogia, en flipar pepinillos con el expediente previo y las abundantes recomendaciones del seleccionado (fraudulentamente), en proponer nuevos sistemas -perfectamente manipulables- para seguir haciendo exactamente lo mismo con los mismos, en poner sobre el tapete planes y estudios de supuestos especialistas externos que, vendidos pérfidamente a su desleal postor, sin sonrojarse, en bello envoltorio, desvían el tiro y concluyen que lo negro más negro es blanco nuclear y prístino, científicamente, con la garantía acreditada de los técnicos (de la falacia y de la hipocresía). No dudan estos individuos, tipos chungos y ventajistas, en solicitar apoyos que incriminen a otros, en firmar documentos que indiquen que hubo consentimiento de distintas partes, en blandir la urgencia de la decisión, en mentir por costumbre y, sobre todo, en naturalizar las irregularidades, la corrupción y las corruptelas. También, cómo no, se empeñan en rebuscar en la historia ajena y en apuntar a las trincheras de enfrente, que siempre, claro, esconden a la peor soldadesca. La consecuencia: aunque floten en mierda caldosa, aunque la sinvergonzonería sea evidente y no se pueda ya ocultar, se van de rositas a dormir a pierna suelta en su cama, tan panchos, manteniéndose en su privilegiada atalaya de impunidad, con fe ciega en los pasajes turbios y en la cleptocracia que les sirve de malla, contando fantásticos borreguitos saltarines…y, oye, próximamente, ya con apariencia de absoluta imparcialidad e incluso luciendo un espléndido galardón de pulcritud en el lomo, metemos a quien nos dé la gana: que no, que no me olvido de tu hija. Afortunadamente, supongo, existen personas honestas que abominan de conseguidores, caciques, tiranillos, rastreros, patrimonialistas de institución, favorecedores inmotivados y caprichosas hadas madrinas de su propia gente; personas que no comulgan con un entorno podrido y amoral de vasallaje, que no se tragan las malas “buenas intenciones” ni las perversas lágrimas de cocodrilo, que no confunden lo público con el chiringito privado, que no menosprecian cínicamente sus obligaciones sociales, que no ocultan los ultrajes por electoralismo o por interés corporativo, que no negocian con otros agentes el sometimiento a la arbitrariedad. Personas, al fin y al cabo, que saben decir que no a las cabildadas más dañinas para una organización pública.

Grandes esperanzas

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Una tarde, R.Wilfer cerró su escritorio, se metió su manojo de llaves en el bolsillo como si fueran una peonza y se encaminó a casa. Vivía en la región de Holloway, al norte de Londres, entonces separada de la ciudad por campos y árboles. Entre Battle Bridge y esa parte del distrito de Holloway en la que residía había un trecho de Sáhara suburbano, donde se quemaban ladrillos y tejas, se hervían huesos, se azotaban alfombras, se arrojaba basura, peleaban perros, y los empleados de la limpieza amontonaban polvo. Mientras flanqueaba ese desierto por su ruta habitual, a la luz de los fuegos de los hornos que formaba chillones manchas en la niebla, R.Wilfer suspiraba y negaba con la cabeza.

-¡Ay!-decía-¡Las cosas podrían haber sido de otra manera!

Charles Dickens. Nuestro amigo común (1865)

La trapera

Pero entre todos los modos de vivir, ¿qué me dice el lector de la trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa; su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la abeja, vuela de flor en flor (permítaseme llamar así a los portales de Madrid, siquiera por figura retórica y en atención a que otros hacen peores figuras que las debieran hacer mejores). Vuela de flor en flor, como decía, sacando de cada parte sólo el jugo que necesita: repáresela de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en esto a muchas personas de más decente categoría que ella, su gancho es parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces, por un sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado ya está en el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente periodista y un buen traductor de Scribe; su clase de talento es la misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado: he ahí la diferencia.

Mariano José de Larra (1809-1837). Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos. 

El texto completo: aquí

«Los traperos«, de José Gutiérrez Solana (1886-1945)