Recursos inhumanos

El Estatuto Básico del Empleado Público, vigente desde abril de 2007, hace ya unos añitos, establece en su disposición adicional primera los principios que deben aplicarse a todas, todas, las entidades del sector público. El Ministerio de Administraciones Públicas del gobierno central publicó, unos meses después, los criterios para la aplicación de dicho Estatuto Básico en la Administración Local, dejando claro (punto 1.3) que los principios rectores para el acceso al empleo público tienen que garantizarse necesariamente en todas las sociedades mercantiles en cuyo capital social participen total o mayoritariamente las Entidades Locales. No en vano lo público, se afirma, es cosa de todos…y la sociedad -¡atchús!- solicita respeto y compromiso, con luz y taquígrafos.

Anteriormente, existían otras normativas y criterios, si bien, en teoría, la incuestionable exigencia moral de la ciudadanía en democracia, desde siempre, es la de objetivar los procesos selectivos y la promoción del personal al servicio de cualquier entidad constituida mayoritariamente con capital público, incluso las que se rijan en sus actuaciones habituales por el derecho privado. No tener en cuenta los principios rectores de aplicación necesaria en dicho ámbito sería huir del derecho administrativo y de máximas democráticas e igualitarias, amén de ir en contra de la profesionalidad debida, de la función social de lo público y de la consecución, como objetivo, de los mejores recursos posibles, con las mejores plantillas. Eso, al menos, es lo que se dice y se alienta, aunque sea desmentido en la práctica por múltiples casos de opacidad. Hay entidades y empresas públicas que todo lo ensucian y que ya han tenido problemas por saltarse a la torera los principios constitucionales de publicidad, igualdad, capacidad y mérito, con sistemas propios de cooptación, que no garantizan la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos ni, por supuesto, un personal satisfactorio, apto, competente, calificado e implicado con el bien común. Enchufismo, amiguismo, clientelismo, nepotismo, etcétera, son lacras difíciles de erradicar. La cosa empeora si los responsables de controlarlas se las pasan por el forro, traicionando a los que les sientan en sus bonitas sillas, en vez de actuar bajo el imperio de la ley que les consagra y/o del poder representativo y delegado que, presuntamente, se les otorga bajo formas democráticas instauradas. La reparación del daño causado, para estos responsables irresponsables, consiste en perseguir y criminalizar a los que denuncian los abusos, en culpar a las víctimas, en jalear a los matones, en prometer que jamás volverá a pasar (como hicieron la última vez que pasó), en quitar hierro a sus desmanes, en hacerse el sueco, en comadrear por los pasillos, en intercambiar favores y cromos, en ofrecer un trocito del pastel, en bañarse en demagogia, en flipar pepinillos con el expediente previo y las abundantes recomendaciones del seleccionado (fraudulentamente), en proponer nuevos sistemas -perfectamente manipulables- para seguir haciendo exactamente lo mismo con los mismos, en poner sobre el tapete planes y estudios de supuestos especialistas externos que, vendidos pérfidamente a su desleal postor, sin sonrojarse, en bello envoltorio, desvían el tiro y concluyen que lo negro más negro es blanco nuclear y prístino, científicamente, con la garantía acreditada de los técnicos (de la falacia y de la hipocresía). No dudan estos individuos, tipos chungos y ventajistas, en solicitar apoyos que incriminen a otros, en firmar documentos que indiquen que hubo consentimiento de distintas partes, en blandir la urgencia de la decisión, en mentir por costumbre y, sobre todo, en naturalizar las irregularidades, la corrupción y las corruptelas. También, cómo no, se empeñan en rebuscar en la historia ajena y en apuntar a las trincheras de enfrente, que siempre, claro, esconden a la peor soldadesca. La consecuencia: aunque floten en mierda caldosa, aunque la sinvergonzonería sea evidente y no se pueda ya ocultar, se van de rositas a dormir a pierna suelta en su cama, tan panchos, manteniéndose en su privilegiada atalaya de impunidad, con fe ciega en los pasajes turbios y en la cleptocracia que les sirve de malla, contando fantásticos borreguitos saltarines…y, oye, próximamente, ya con apariencia de absoluta imparcialidad e incluso luciendo un espléndido galardón de pulcritud en el lomo, metemos a quien nos dé la gana: que no, que no me olvido de tu hija. Afortunadamente, supongo, existen personas honestas que abominan de conseguidores, caciques, tiranillos, rastreros, patrimonialistas de institución, favorecedores inmotivados y caprichosas hadas madrinas de su propia gente; personas que no comulgan con un entorno podrido y amoral de vasallaje, que no se tragan las malas “buenas intenciones” ni las perversas lágrimas de cocodrilo, que no confunden lo público con el chiringito privado, que no menosprecian cínicamente sus obligaciones sociales, que no ocultan los ultrajes por electoralismo o por interés corporativo, que no negocian con otros agentes el sometimiento a la arbitrariedad. Personas, al fin y al cabo, que saben decir que no a las cabildadas más dañinas para una organización pública.

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