El milagro

Basauri, Vizcaya, País Vasco, 1994. Son las ocho de la mañana y uno de los operarios de limpieza que trabaja detrás del camión de basura ve una bolsa de grandes dimensiones junto a una señal de tráfico. Silba y hace parar al conductor. Los dos peones de detrás del camión bajan de los estribos y se dirigen a la bolsa. La gente tira todo en cualquier lado, desde luego. Es un no parar. La recogen y la echan dentro de la prensa. Los mecanismos hidráulicos la engullen -como cantaba Rosendo en Obstáculo Impertinente- y se mezcla con otros residuos que se van compactando cada vez más dentro de la caja del vehículo a medida que avanza el recorrido y la jornada laboral. Más de una hora después, sin que los operarios de limpieza sepan de qué va todo aquello, patrullas policiales persiguen al camión de la basura y lo detienen fulminantemente. Hacen bajar a los tres basureros (conductor y peones) y se hacen cargo del camión, que llevan a un descampado en el polígono de Asparren. Al parecer, como más tarde se sabría, la bolsa que recogieron junto a la señal de stop contenía cuatro kilos de amonal y un kilo y medio de amerital, dos detonadores, un temporizador de seguridad y un receptor de mando a distancia. Había sido puesta en el suelo por la banda terrorista ETA, que avisó a un medio de comunicación de la colocación de la bomba al ver frustado su atentado (posiblemente contra la policía). Mientras se producía el aviso (a las nueve de la mañana) y mientras llegaron los ertzainzas para detener al camión, los operarios siguieron trabajando como si tal cosa, en movimiento por la ciudad, entre el traqueteo propio de aquel vehículo de recogida, y la basura se iba aplastando con más fuerza: el artefacto no explotó de milagro.

Para ser conductor de primera

En 1974, Damon Robinson trabajaba como conductor de un camión de basura para una empresa de una localidad inglesa cualquiera. Tuvo, no obstante, una semana un tanto desafortunada. El lunes metió el camión en una zanja. El martes acabó su jornada normalmente, sin demasiados impedimentos. El miércoles se estrelló contra un muro. El jueves quemó el embrague. El viernes volcó el vehículo en plena calle. Al ser despedido, Damon Robinson declaró: «No me siento molesto porque me hayan echado del trabajo pues recononozco que no soy muy buen conductor»

Arriba el telón

Hoy, primero de mayo, se celebra el Día de los Trabajadores. Esto es así porque en 1886, en esa fecha, el movimiento obrero convocó una huelga general en Chicago, en el estado de Illinois, Estados Unidos, para reclamar mejores condiciones laborales y jornadas de ocho horas, en un contexto fabril de explotación capitalista desorbitada y de represión de cualquier descontento, especialmente si tenía raíz anarquista, cuya fama dinamitera -creada para alimentar el monstruo de la violencia- hacía temblar a los poderes fácticos, que no se andaban tampoco con chiquitas, con el apoyo de fuerzas policiales y parapoliciales. La huelga se propagó por todo el país, pero tuvo el epicentro de las movilizaciones y el conflicto en la llamada ciudad de los vientos, donde durante varios días se alargó la revuelta, que culminó con la masacre de Haymarket del 4 de mayo. Tras los sucesos, explicados ya aquí con anterioridad, fueron detenidas las 8 personas que a la postre serían conocidas como los «mártires de Chicago».

Poco después, una vez detenidos los presuntos cabecillas de los trabajadores (no sin polémica), antes de ser ni siquiera juzgados (aunque todo fuese finalmente una pantomima), uno de los empresarios teatrales más reputados de la ciudad, con gran ímpetu moralizador, dirigió por carta a las autoridades y al juez encargado del caso la siguiente propuesta: «Teniendo en cuenta que ocho de los procesados serán condenados a muerte y que las ejecuciones costarán por tanto al estado la cantidad de 4.000 dólares, me ofrezco a ahorcarlos yo, durante ocho noches consecutivas, en mi teatro, sin retribución alguna». Según tenía previsto el ahorrativo patriota, la obra que iba a estrenar requería en escena una ejecución capital…y el monigote de pega que caía del patíbulo no quedaba suficientemente auténtico: mejor si ponían un anarquista de carne y hueso cada noche de espectáculo, temblando y hasta el último estertor de vida. Además, el morbo era negocio (como ahora), sería un castigo ejemplar para los fastidiosos asalariados (con sus dichosas reivindicaciones), la burguesía y el empresariado local se refocilarían de gusto y no habría que recurrir mucho a la ficción para los efectos especiales. Obviamente, la intervención como extra del verdugo oficial estaba garantizada y se reservaría asimismo un palco del recinto durante las ocho noches a todos los agentes y prohombres encargados de dar fe del cumplimiento de la pena. La insólita y melodramática propuesta del emprendedor que, entre candilejas, creaba pérfida riqueza, no obstante, fue rechazada. El teatrillo y la farsa continuarían por los cauces habituales de la judicatura: cuatro de los reos fueron colgados de una soga hasta la muerte, uno se suicidó en la cárcel (en misteriosas circunstancias) y los otros tres fueron liberados años más tarde, tras demostrarse la patraña en la que se basaban las acusaciones en su contra.

La dieta del dragón

La asamblea de dragones, reunida junto al ciprés sagrado, había decidido por unanimidad ir a la huelga. Los dragones no querían comer más carne humana (ni de otro tipo) por miedo a contagiarse…y se habían plantado. Eran la peste estos humanos, fuesen vasallos o reyes, princesas o caballeros. Más de un dragón caía cada año para satisfacer las necesidades de los creadores de leyendas. Mucha sangre derramada a través de los siglos y demasiados rosales esparcidos en el valle, amén de estigmas y estereotipos nada gratos para la especie. Ellos ya eran pocos (unos cientos), pero no cobardes. Así las cosas, elaboraron un texto con sus demandas. Las principales, que los dragones no muriesen al final del cuento y que no sufriesen, que pudiesen vivir una vida plácida cultivando la tierra, en sus huertos, hasta el fin de sus días y, sobre todo, que no tuviesen que ingerir personas, que daban asco y eran veneno puro para sus entrañas, lo que les provocaba fiebre, vómitos y fuertes cagaleras. Fijados los objetivos, esperaron al 23 de abril, fecha clave de gran circulación de jinetes santos y amoríos, para hacer más presión y llevar en manifestación sus reclamaciones a los cuentistas. Entre grandes llamaradas procedentes de sus hocicos, los dragones se desplazaron desde sus cuevas hasta el ciprés sagrado y, desde allí, hasta el feudo de la fábula, aplaudiendo las soflamas que salían del megáfono de la cabecera. Llegados a su destino, registraron sus propuestas ante la patronal de literatura y fantasías diversas, que consideró un ultraje la acción “violenta” de los dragones, que se sentaron en la plaza y se cruzaron de alas. No tardaron en salir princesitas que solicitaban ser devoradas. Luego, unos caballeros con lanzas y espadas estuvieron intimidando y retando a los manifestantes, a lomos de hermosos corceles. Pero nada. Los dragones no picaron el cebo y aguantaron bien, aunque se produjo alguna que otra escaramuza y se quemó un contenedor de un resoplido mal dirigido. Los cuentistas, entonces, tras tomar una pócima de mándragora, propusieron a los dragones participar en los relatos con gel hidroalcohólico en las garras. Los dragones se tomaron a mofa dicha oferta y gritaron al unísono “Veganismo o barbarie”.

Poco después, fue la barbarie la que triunfó: los dragones fueron hostigados, masacrados y narrados con furia y ensañamiento en las próximas andanzas del medioevo y en los nuevos capítulos de la novela de caballería, obligados a achicharrar y meterse en sus fauces a tutti quanti, niños, jóvenes, maduros y viejos; cabritos y ovejas, hombres y mujeres. Los pocos dragones que resistieron no encontraron nunca más trabajo porque fueron inscritos en listas negras o fueron borrados para siempre, viéndose en la tesitura de comer verdín y coliflores en la clandestinidad. Al fin y al cabo, colorín colorado, nada más humano que un cuento.

La herencia del maltratador

Encarnación Rubio barría las calles de la ciudad, en la urbanización El Ventorrillo, en Cúllar-Vega, Granada. Estaba en trámites de separación de Francisco Jiménez, su expareja, que tenía en aquel momento una orden de alejamiento judicial por agresiones y por haberla amenazado de muerte. Habían tenido tres hijos en común (uno recién fallecido en un accidente de tráfico) y las cosas iban muy mal entre ellos, drama tras drama. Francisco, una mañana de marzo de 2004, cogió el coche, buscó a Encarnación por la urbanización donde trabajaba y, cuando vio a su víctima a tiro, la atropelló a gran velocidad, proyectándola contra un muro. Encarnación, con gran esfuerzo, logró levantarse de la primera embestida. Pero Francisco no tenía bastante y la volvió a atropellar. Luego, le pasó el vehículo hasta tres veces por encima, para asegurarse el tanto, o sea, la muerte, con sumo ensañamiento. Un anciano cercano trató de defenderla y también fue arrollado, saliendo herido. Nada pudieron hacer ya los servicios de emergencia por Encarnación. Descanse en paz. Francisco fue detenido y condenado a prisión, donde murió dos años después por una enfermedad infecciosa. Los recibos que quedaban por pagar del coche que se utilizó de arma para asesinar a Encarnación fueron abonados íntegramente por su hija, Sonia, también barrendera, que, con riesgo de embargo, se tuvo que hacer cargo de todas las deudas que heredó del canalla de su padre.

Más magos que los magos

Cada 5 de enero, en la víspera de la epifanía cristiana de los magos de oriente, en el valle del Rauris, en Austria, unos extraños personajes de origen pagano llamados schanabelperchten recorren el lugar y pasan por las casas para vigilar que éstas y sus cercanías estén en orden y, sobre todo, bien limpias. Si no lo están, abren el vientre de los moradores y se lo llenan con la basura que encuentran, dicen. Los schanabelperchten tienen grandes picos y visten andrajosamente. Llevan unas enormes tijeras para cortar las barrigas, aguja e hilo para coserlas, una escoba para barrer y una cesta en la espalda con los restos de sus incívicas y sucias víctimas.

Que quede aquí como idea para los ayuntamientos con ganas de innovar en el servicio de limpieza. Eso sí que sería mágico.

Un esqueleto en la basura

Posada

Dos barrenderos de Valencia encuentran una maleta de gran tamaño mientras prestan su servicio, junto a unos cubos de basura. Estamos en 1977. Como el hallazgo les resulta extraño, deciden abrirla. Estupefactos, contemplan que la maleta contiene un esqueleto humano, con los huesos perfectamente numerados y etiquetados. Cráneo, húmeros, fémures, etcétera. Se llevan un susto de muerte. Se quedan calaveras dentro del uniforme. Corren espantados hacia la comisaría de policía para explicar lo sucedido. Se monta un buen bochinche.

Tras las pertinentes averiguaciones, se aclara el caso. La maleta pertenecía a un estudiante de medicina que usaba el material óseo para actividades formativas. El tipo, incumpliendo varias normativas, se había desecho del esqueleto porque ya no lo usaba…ni siquiera para caldo. No lo reutilizó ni lo recicló.

El piojo verde

piojo.asp

Los primeros años del franquismo, tras la guerra civil española, fueron los más criminales del régimen, ya de por sí asesino. Más allá de la persecución política e ideológica-y por si fuera poco-, la hambruna generalizada, la pobreza y la enfermedad golpearon a la población con saña durante aquellos primeros años cuarenta del siglo XX. Las muertes se contaron a paladas. Fue un tiempo gris y triste, de terror, racionamiento, escasez, hacinamiento, aceite de ricino, chinches y piojos por doquier. Y así, como “piojo verde” se conoció popularmente a la epidemia de tifus exantématico o europeo -ocasionado por el piojo de la la ropa- que arrasó varias localidades de la península. El nombre, cuentan, no se sabe exactamente por qué extraña relación, le viene de la copla “Ojos Verdes, de Rafael de León, aquella de “apoyá en el quisió de la mansebía”, sobre una prostituta que, tras una noche desenfrenada y heroica, perdona la deuda al putañero que la deja marcada para siempre. Una canción, claro, muy mal vista por los pacatos beatos y oligarcas de la época. En cualquier caso, el “piojo verde” no era un héroe, sino un villano que provocaba fuertes fiebres, delirios, erupciones cutáneas y trombosis en los infectados, siendo, en el peor de los casos, el deceso la última consecuencia de la atroz agonía. El régimen, que intentó siempre ocultar las verdaderas consecuencias del contagio, acabó, no obstante, por recomendar públicamente la desinfección y la higiene, sobre todo entre los pobres, a los que parecía acusar de causantes de su propia desdicha. “Toda esa gente sucia, hedionda, apática y llena de mugre puede ser muy bien la conductora del terrible insecto”, se escribía en la prensa controlada por el gobierno, la del Movimiento. Incluso, según el entonces Director General de Sanidad, José Alberto Palanca, se achacaba la llegada de ese tipo de tifus específico a España al desorden que provocaron los republicanos y a las Brigadas Internacionales que los apoyaron, aunque más probablemente procediese de África y del temible ejército africanista que trajo Franco al consumar el golpe de estado en el 36. Miles de personas perecieron por el llamado “piojo verde” durante aquel período. Se hicieron habituales los despiojamientos, la delación “sanitaria”, los estrambóticos purgantes y las cabezas rapadas de la chiquillería. Pasado el peligro, gracias al DDT (cuyos efectos adversos todavía se desconocían), y muchos años después, el propio Palanca, en un ataque de sinceridad, afirmó: “Se hizo todo lo posible para que la epidemia se distribuyera ampliamente por la superficie del país, y hay que confesar que se consiguió”. Otro crimen del franquismo, pues.