Lawfare y calentamiento global

Hacia el año 2001 -como la odisea del espacio- testifiqué en un juicio a favor de unos compañeros que habían interpuesto un conflicto colectivo contra la empresa de limpieza viaria y recogida de residuos en la que trabajábamos entonces (y en la que sigo trabajando). Era veranito (o casi) y hacía bastante calor. Yo, adaptado a los rigores del cambio climático del nuevo siglo, iba con una camiseta holgada, pantalón corto hasta las rodillas y sandalias, limpio, afeitado y recién duchado. Así llegué al juzgado, donde me metieron en un cuarto bien fresquito, por lo que no sudé mucho. Cuando llegó el momento de mi declaración, un alguacil me vino a buscar para acompañarme hasta la sala donde se desarrollaba el juicio. Me identificaron y procedí a situarme en el lugar que me indicaron. El juez, un señoro en toda la extensión del término, soltó la perorata habitual sobre prometer o jurar decir la verdad, advirtiéndome de que incurriría en delito en caso de falsear o mentir en mi declaración. Yo prometí. Seguidamente, el hombre con un exabrupto me preguntó:

– ¿Usted cree que puede venir aquí vestido de esa guisa?

A lo que añadió, enfadadísimo, algo parecido a esto:

– ¿Usted me ve a mí en calzoncillos? ¿No ve usted mi toga? ¿Usted cree que puede venir al juzgado ataviado como un mangante?

Francamente, me quedé turulato y sin palabras, desnortado. Mejor: la abogada de los compañeros ya me indicaba con aspavientos desde su posición que no le discutiera al juez, que no le contestara. Y así hice, un trágala como buen palurdo que era (y sigo siendo). Tras lo cual, me dieron permiso para declarar y ser interrogado por las partes. Declaré y no sé ni lo que dije, nervioso como estaba, mientras me entraban los calores de la muerte. Perdimos el juicio, claro.

Nuestra acera

En las ciudades, sobre todo, limpiar la puerta de casa no está de moda. ¿Para qué?, si ya hay servicios municipales encargados de ese menester, pagados directa o indirectamente con impuestos que no son moco de pavo. Servicios, además, generalmente formados por personas poco profesionales que no hacen nada en la calle, salvo estar enganchadas al móvil y arrastrar escobas, rastrillos y capazos con desgana. No funcionan y punto. Y esto es el acabose, con mierdas por doquier, sorteando infinidad de obstáculos, manchas, envoltorios y latas de bebidas que han dejado los hijos de otros la noche anterior. O no se sabe: puede que lleven ahí más de una semana. Sí, de hecho, llevan un mes, probablemente. Mientras, llega el otoño y las hojas -suciedad a todos los efectos y rompepiernas de ancianos desválidos, especialmente cuando se mojan-, se acumulan en la acera (si tenemos suerte de tener árboles cerca) y se entremezclan con residuos de todo tipo. Porque queremos sombra en verano pero no polen hasta las rodillas. Ni hojas caídas, ni flores, ni ramas, ni cortezas, ni pinaza… Y aquí nadie limpia…Y pasa un barrendero y otro y otro y una cuadrilla y no se para delante de mi bar. Enfrente, sin embargo, que está impoluto y se podría comer en el suelo, hay un operario recogiendo cuatro colillas. Ojalá el viento haga de las suyas: el karma, jeje. Ciudadanos de primera y de segunda y de quinta clase, la nuestra. Papeleras rebosantes en la entrada de la heladería y alcantarillas atascadas después del tormentón. Quiero una solución inmediata, ya, que no sabes quién soy, que no sabes a quién conozco. Ahora mismito voy a enviar varios mensajes y fotos al alcalde a través de las redes sociales para que quede bien claro lo que está pasando en el barrio, incluyendo la cháchara que mantuvieron el otro día estos improductivos sinvergüenzas con uniforme amarillo en su tiempo de descanso, holgazanes por naturaleza. Porque yo sí que estoy cansado. Tan cansado, la verdad, que hoy desmontaré la terraza y no pienso adecentar la zona después. Bastante hago con llevar la basura que no separo bien -¡que reciclen ellos!- al pie del contenedor, que está desbordado, como siempre, y me pilla lejillos la siguiente batería. Si encuentro una papelera antes, la dejo allí, por supuesto. Total, todo se mezcla después en el camión….y también tengo una mescolanza de ideas que apenas me da para pasear a mi perro y que se cague en el parque infantil. Miro a un lado, miro a otro: alguien entenderá el mensaje de la bestia. Me voy sin agacharme. Creced, creced. Desechad, desechad. Consumid, consumid, malditos.

El chiste

Toñito era uno de los zánganos consagrados del barrio, un enteraíllo de barra que frisaba los cuarenta y vivía de dar sablazos, a salto de mata. Llevaba en paro desde los orígenes de la civilización olmeca y compartía vivienda con su madre Matilde, titular del inmueble familiar, cascarrabias, sufridora nata, pensionista y pagadora de facturas. Toñito anhelaba el reconocimiento público, caer en gracia y ser querido, más allá del nido materno y de la manzana circundante. No obstante, sus malas pulgas, su jactancia, su vagancia y su discurso plomizo se lo impedían. Toñito, por así decirlo, no supo aprovechar sus no pocos atributos: torpeza, escualidez, desaliño, mirada de gacela desnortada, voz de pito, dientes ennegrecidos, calva con melenas lacias, hermosos orejones, mentalidad decimonónica y carácter abrabuconado. A pesar de ello, tenía una virtud muy notable: los chistes malos los convertía en pésimos y en muy pésimos si intuía que el público los recibía tibiamente o no los pillaba de inmediato, ayudándose entonces de explicaciones innecesarias, reiteraciones cansinas, preguntas avasalladoras y carcajadas salidas del averno, las suyas propias, las únicas que cosechaba. No se le conocían novias ni novios ni grupo de amigos más o menos estable. Los sábados por la noche, se echaba unas gotas de colonia y se encaminaba en solitario al último karaoke en activo de la ciudad, donde -con la intención de seducir por la vía simpática- cantaba a pleno pulmón Mi gran noche –cosa que llevaba haciendo unos veinte años– y se pimplaba una caja de botellines de cerveza mientras malgastaba ocurrencias de gusto discutible, sin que la poca concurrencia le prestara demasiada atención, exceptuando al camarero que le cobraba la cuenta, en el momento preciso de cobrarle la cuenta. Entre semana, por no aguantar la cháchara damnificada de su madre, siempre quejosa, si el tiempo lo permitía, se pasaba el día en la calle sin hacer nada, en chándal y con unas zapatillas que acumulaban polvo para llenar un terrario de reptiles, en los bancos de la plazoleta, en el bar de abajo o deambulando sin ton ni son por el barrio, su límite geográfico y vital, un conglomerado gris de pisos y viviendas de estilo casi soviético, junto a una riera sin agua pero con más basura y ratas que maleza. Si el tiempo era adverso, esto es, cuando llovía o nevaba, pegaba mucho el sol o hacía mucho viento, no salía de su habitación, excepto a la hora de la comida, que apenas probaba: se mantenía a base de birras y ponches con huevo. Una habitación, por cierto, con un camastro, un armario totalmente desactualizado lleno de ropa desactualizada y un póster de Charlot vestido de militar, antimilitarista. Una habitación con una ventana y un pequeño balcón donde guardaba sus pajarillos enjaulados, otra de sus aficiones. En ese lugar, su lugar en el mundo, había pasado la mayor parte de su vida sin grandes agitaciones cósmicas, aunque sí algún que otro tocamiento onanista.

Una mañana, Matilde recibió en casa una notificación del ayuntamiento con suma esperanza, a su modo, es decir, con dos gruñidos esta vez casi alegres. Toñito había sido aceptado en un plan de ocupación como barrendero durante seis meses. El trabajo no estaba demasiado bien pagado, pero algo era algo y contribuiría así a la maltrecha economía de la casa, pensaba ella. Toñito se tomó la noticia un poco peor: no recordaba haberse apuntado a ninguna oferta de empleo y sus pajarillos necesitaban toda su atención en ese momento, lo que constituía un problemón. No obstante, por no contrariar a su madre, decidió comenzar a currar, por una vez. Una semana después, Toñito andaba por la calles vestido con uniforme amarillo y reflectantes incorporados, con capazo y escoba. El primer día le habían dado unas pequeñas instrucciones de cómo organizarse y desarrollar su cometido por los planos asignados de la ciudad. Fueron en vano. Al mover el primer contenedor, tropezó, fue arrollado por un coche, se dislocó el hombro, se partió el fémur, se llenó de magulladuras y tuvo que ser atendido por los servicios de emergencia. Se pasó seis meses de baja y luego ya no le renovaron el contrato. Cobró, eso sí, los seis meses de salario estipulado, sin cooperar por supuesto con su madre, lo que le permitió limitar sus sablazos e incrementar sus horizontes de grandeza hasta un nivel de tabaco, porros y cervezas aceptable para él. Luego, además, consiguió un pequeño subsidio. Le había cogido el tranquillo melodramático a ir con muletas, que gozaban de gran prestigio social por aquella zona y garantizaban un trato menos salvaje por parte del vecindario. En la rehabilitación conoció a Ana, una chica treintañera, fisioterapeuta, de la que se medio enamoró porque le sonreía mucho mientras le trataba y le untaba cremita en la pierna. Fue entonces, aspeado por el amor platónico -que le rebajó su mala uva- y por su nueva y boyante situación, que decidió cambiar de rumbo y hacerse comediante profesional, su gran sueño. Se lo podía permitir ahora que había logrado cierto grado de autosuficiencia. De todas formas, estaría bien ganarse en el futuro los garbanzos con algo que realmente le gustase. Se vino arriba.

Como no tenía contactos, escribió a los programas de televisión que consideró oportunos, los más apropiados para hacer el ganso. No se sabe cómo, pero le respondieron y alguien vio potencial en él ya que fue convocado para un concurso de talentos. Toñito estaba que no cabía en sí. Hasta sus pájaros parecían cantar mejor. Durante semanas, preparó anécdotas y chascarrillos, actúo ante el espejo, se machacó a conciencia, imitó a sus ídolos y ensayó piruetas. Matilde estaba negra con tanta tontería.

El concurso de talentos tenía un jurado formado por cuatro conocidas estrellas de la televisión, de lengua viperina, que puntuaban a los concursantes y daban su parecer sobre las actuaciones que se desarrollaban en el escenario. Para participar, Toñito se había desplazado desde su ciudad natal en tren, toda una odisea para alguien acostumbrado a cero en movilidad. Le habían convocado a las doce del mediodía en la capital, apenas a cuarenta minutos de distancia. Allí, cuando llegó, le hicieron pasar a un camerino, donde le maquillaron y le vistieron de gala, tal como habían quedado por teléfono. Bien vestido, daba el pego. Se sentía hasta guapo, un guapo renqueante pero guapo. Tras mucho esperar, escuchó su nombre por los altavoces. Llegó el momento. Toñito salió al escenario, donde le preguntaron sus datos personales y le indicaron que podía comenzar su función. Se encendieron unos focos que le daban en toda la cara, sonó una música circense y después se hizo el silencio. Toñito estaba a punto de comenzar.

Toñito tenía previsto contar unos pocos chistes, cantar luego una versión picante de Mi gran noche y rematar su obra maestra con un par de imitaciones. No llegó al tercer chiste. Nadie rió, casi todos los presentes le abuchearon y fue cortado de cuajo por el jurado.

– ¿Tú de dónde has salido?- le dijo uno- No tienes ni la más mínima gracia.

– Jamás había visto una bufonada infecta de tal calibre. Eres el horror, lo peor que ha pasado por aquí -le dijo otro-. No vales ni para estar escondido.

Toñito intentó explicarse y comentar la naturaleza cómica de su número, pero no le dejaron los silbidos del público, que señalaba con el dedo pulgar hacia abajo. Se enfadó entonces, comenzó a insultar al respetable y le tuvieron que sacar a rastras los agentes de seguridad, no sin antes destrozarle la otra pierna, la buena.

Toñito regresó al barrio hundido y humillado. Hasta Matilde decidió gruñir menos cuando pasaba la escoba por la puerta de su habitación, por no molestar a su hijo entristecido. Habían emitido el programa en horario de máxima difusión, con su intervención y todos los detalles, hasta el momento de ser expulsado a las bravas y los comentarios posteriores del jurado, desagradables e hirientes. Ahora era toda una celebridad, pero no como a él le hubiese gustado. Salía a la calle y notaba alrededor las miradas de desprecio, de guasa y de maledicencia. Ni siquiera sus pajarillos le animaban y parecían haber enmudecido. Se encerró en sí mismo. Se desdibujó y dejó de ir al bar, de ir a la plazoleta, de pasear por ahí. Pensó incluso en quitarse de en medio. La borrasca se instaló sobre su habitación. Las ganas de trabajar, desaparecidas de antemano, se perdieron para siempre. Solo le quedaba el amor incondicional y asfixiante de su madre…y la dependencia absoluta de ella.

Ana, la fisioterapeuta, pasó la mañana del sábado comprando en el mercado. Más tarde quedó con unas amigas para echar un café. El café se alargó y acabaron comiendo juntas en un restaurante. La tarde la aprovechó para ir a recoger unos zapatos que tenía encargados y dar una vuelta por el centro. Llegó a casa casi a la hora de cenar. Se duchó, se puso cómoda, se preparó una tortilla y decidió poner la tele para entretenerse un rato. Cuando vio aparecer a Toñito se sorprendió y aumentó el volumen del aparato. Ana escuchó su primer chiste y rió de lo lindo. Ana escuchó su segundo chiste y se meó de la risa. No hubo una tercera oportunidad, pues le cortaron la actuación y ella no entendió lo que ocurrió después. Pero Ana había pasado un rato genial, de alborozo, y su risa iluminó toda la estancia. Y Toñito, que había abandonado la rehabilitación y había desnortado aún más su mirada, jamás lo supo y jamás recibió noticia de su risueña admiradora. Un destino maléfico les esquivó para siempre.

Recomendación personal y sesgado protocolo para presentaciones

Acuda siempre que pueda a los actos de presentación con la más perfecta de las sonrisas, la afición desatada por el saludo y la mirada de teletienda, la más morrocotuda que posea, con calambre y gusto. No baje nunca las cejas, nunca, pero procure que no se le caiga la baba. No haga bombitas ni masque chicle, por el bien de la estética y del asfalto. En época de pandemia, incluso, puede utilizar mascarilla: evitará la ridiculez de ciertas muecas y ocultará los peores dejes de mal humor. Cuide, asimismo, el lenguaje corporal y los aspavientos, además del aliento (importante). No olvide que las presentaciones de herramientas, vehículos, maquinaria, cachivaches y otros chirimbolos pueden ser divertidas y de gran interés sociológico y político, si bien no tanto como el piscolabis con globos, las inauguraciones faraónicas, los folletos de información institucional, algunos estudios estadísticos o las entregas de ciertas menciones y premios, amén de otras piezas folclóricas del teatrillo de costumbres y de las variadas atracciones de feria que ofrecen nuestros mandamases y pastores preferidos. No pretenda que le vuelvan a presentar las cosas que ya le han presentado antes de sus estreno. No se deje embaucar ni deslumbrar por la razón y la lógica,  por el control y el seguimiento posterior. No pegue mocos ni sustancias salivadas en el escaparate o en los bajos del pupitre. Sea flexible, puñeta: estírese como las gomas y chupe bien los caramelitos que le regalen. No sea desagradable.

La impostura del chupóptero

Antes de despedirme sin indemnización y de forma fulminante por causas –me comunicó- económicas, organizativas y técnicas, no se olvidó de verbalizar memorablemente todo un ideario: “Esta empresa no es una ONG. Aquí se requieren buenos profesionales, de primera, que demuestren su valía, comprometidos con la causa y con nuestros objetivos, que expriman sus posibilidades, que den el máximo, que roben horas al tiempo, que no pongan palos en las ruedas, que remen en la misma dirección, desde el vértice de mando hasta el último empleado”. Dejé la fregona en el cuarto de limpieza y me largué con mis bártulos. Me fui de allí, a la cola del paro, a malvivir en la desesperación, mientras él, con su estupendo traje morado, se quedaba supervisando las operaciones de ampliación del despacho que ocuparía el nuevo y flamante fichaje de la empresa, un lince: el hijo del diputado Rochas, al que le gusta lo amarillo y que, en puridad, parece tan tonto e inútil como el mismísimo coordinador de áreas (sobrino del concejal Escudé), el responsable de logística (casado con una conocida dirigente del partido más de izquierdas que la izquierda haya parido), la jefa del departamento comercial (“miss enchufe”, la llaman), la administrativa experta en cizañas (compi de escuela y de juergas de la anteriormente susodicha), el encargado de línea electrónica (cuñado de un destacado picatoste y patán axiomático) o el alcornoque Tobías, de recursos humanos, evangelista burgalés y víctima permanente de la adormidera. También se quedaba por allí, cobrando una pasta gansa, el Product Manager, como él mismo se hace llamar en un acto de orinal, cuyas máximas virtudes, frustrado como está, son 1-chupar el culo de los que le rebasan en altura, que pisotean como desean su quintaesencia de felpudo, 2-humillar sin motivo, a grito pelao, a sus subalternos, a los que, por no perder la costumbre, desprecia con insana rotundidad y 3-mantener una estrecha relación táctil, de naturaleza adúltera y sumamente secreta, con el señor del traje morado, que trata su propia homosexualidad como si fuera una enfermedad deleznable. Fui yo, que paso cantidad de lo que hagan con sus cuerpos y con sus jugos, quien les descubrió accidentalmente en el cuarto de las fregonas, dándose amor y calentura. Sin que me diera tiempo a abrir la boca –que no pensaba abrir-, me encontré de patitas en la calle, por motivos técnicos.

El puesto de limpieza, por lo que me he enterado después, ha sido otorgado honestamente a una prima segunda, algo desdichada y con ambiciones menores, del más honesto y diligente de los políticos de la comarca, cuyo itinerario ideológico se asemeja a una montaña rusa en un terremoto. Un político de nobles intenciones, impecable servidor público en defensa del interés general, que verdaderamente está por la gente, por el pueblo y por solucionar sus problemas, los auténticos problemas, que lo mismo te consigue un abono para el palco del teatro que te coloca al hermano díscolo en la empresa de unos amiguetes que le deben un par de favores. Si no me he muerto antes, ya puede contar con mi voto de cara a las próximas elecciones. Si no me he muerto antes, claro, y si antes, por ahorrarles sufrimiento, no me he tirado por un puente junto a mi familia y a todos mis colegas en paro, con sus miserables ayudas sociales casi agotadas, recortadas hasta la nada por el partido del impecable político bienintencionado: los listos y los que quieren trabajar, con tesón y actitud positiva, no tienen más límite que el cielo; los parásitos, los grandes parásitos, vagos y ociosos como son, que no curran porque no les da la gana y porque aspiran a unas condiciones laborales altamente encopetadas y a un salario -¡oh!- que les cubra como mínimo las necesidades básicas, se van a comer un pimiento. Cigarras versus hormigas…y el cuento de la recompensa del esfuerzo en un entorno podrido y hostil, lleno de hipócritas: la sociedad del talento, el éxito de las mierdas, el clan de los frescales, la anomia tornadiza, descompuesta y consentida de los privilegiados y de los cachorros que no abandonan la camada; la brillantez del agujero negro que todo se lo traga; el sarcasmo de formales, respetables y serios.

Fullaraca

De bon matí, l’escombriaire va fer figa. Normalment, posseïa empenta, torrefacció, força i un cor ben silvestre. Un altre llampec, de sobte, i es va quedar sense esma i sense piles. Quan, després de dies de gota freda, els veïns vam poder obrir un altre cop les finestres de la terrassa, l’home de l’impermeable groc jeia de cap per avall, subjugat per la rosada, entre merda, deixalles i brossa de tota mena; branques, troncs, fulles mullades i lirisme de tardor.

Hi ha ràfegues, borrasques i èpoques de caiguda en què els escombriaires les passen magres i es cagen amb molta honorabilitat presidencial en el vent de llevant, en la Fageda d’en Jordà, en la mare del Tano –climatòleg gitano- i en els rebesavis dels més il·lustres fabricants de botes d’aigua, caputxes i gavardines.

La recollida de residus, escombraries i restes del daltabaix serà selectiva, molla i gairebé mortuòria. La neteja viària es farà amb llanxes pneumàtiques i escafandres. I encara, somrient, ens vindrà a cantar Gene Kelly sota la pluja!

Tirar la basura

Desde que se decretó el estado de alarma por motivo de la Covid-19 ningún picatoste o político importante ha comentado que tirar la basura era una de las actividades permitidas, cualesquiera que sea la fase en la que se esté del presente galimatías jurídico. Todo el mundo lo ha sobreentendido, pero nadie lo ha publicado en el BOE. Tampoco ha sido motivo de polémica en los rifirrafes entre gobierno y oposición. Sacar la basura de casa a la calle para depositarla en el lugar de recogida correspondiente no parece tema de debate. Se da por hecho que hay que limpiar y deshacerse de los desperdicios, de lo sobrante, de la llamada suciedad, restos, barreduras e inmundicias, aunque ello sea incluso discutible en una economía circular plena. Sí que se determinó que la recogida de residuos era una actividad esencial…y se acabó por aplaudir también a sus profesionales, con más o menos hipocresía. Sí que se indicaron instrucciones para gestionar los desechos presuntamente contaminados por el virus de forma correcta, aunque vistas las enormes cantidades de mascarillas y guantes desperdigados por el suelo no parece que se tuvieran y se tengan demasiado en cuenta. La cuestión, en todo caso, es que nadie ha dispuesto hasta ahora que se puede ir a la calle a tirar la basura, en distintas franjas horarias, con distintas bolsas de separación en origen, reciclando o no, hasta la zona de depósito más cercana -no a kilómetros de distancia-, sea en un sistema de contenedores u otro. No se ha recogido la casuística relativa a la materia. Por ello, los que únicamente salimos a sacar la basura nos encontramos en un supuesto no regulado, en la más absoluta alegalidad, lo cual tiene consecuencias claras. Así las cosas, habitamos en un inframundo en el que deportistas, niños, abuelos, trabajadores y otros colectivos son vistos con cierta compasión por el reciclador (o no) de turno. Nosotros sacamos la basura cómo y cuando nos sale del chirri o del nabo, según el sexo. Y aunque, para expandir la pandemia, todo quisqui procura incumplir todas las normas posibles -porque somos lobos (ibéricos) para el hombre-, nosotros, seres libres en tanto que no legislados, nos venimos arriba. Y dejamos las bolsas fuera del contenedor adecuado. Y dejamos muebles y trastos viejos en las zonas aledañas. Y no barremos nuestra puerta pero nos quejamos de los servicios de limpieza, como si mantener limpio el entorno fuera únicamente su responsabilidad. Y, si hace falta, lanzamos la mierda desde el balcón a la acera. Y somos felices así. Resistiremos. Todo saldrá bien.

Sobre mi madre

Mi madre ya no ejerce de madre. Ella está todavía por aquí, pero como si no estuviera. No conoce a sus hijos. No conoce a su marido. No conoce a su nieta. No conoce a nadie. No se conoce ni a sí misma. Padece alzheimer.

Mi madre apenas fue a la escuela, pero sabía leer. De hecho, sigue leyendo, pero no comprende lo que lee. Se queda con el continente, no con el contenido. Si le preguntas qué ha leído, no responde, porque no puede responder. No retiene ni un segundo lo que acaba de decir. Nunca.

Mi madre llevaba firmemente las riendas de su casa. Era capaz de controlar todos los aspectos de la rutina diaria. Ahora no controla ni los esfínteres, a veces. Sobrevive en una residencia de ancianos, donde depende totalmente de sus cuidadores (perdón, cuidadoras, sobre todo).

Mi madre usa gafas, desde hace años, pero si se le pierden es imposible que se las gradúen correctamente. No entiende las instrucciones ni hacia dónde apuntan las líneas de la E.

Mi madre, que era un rayo y pellizcaba impunemente a sus retoños por debajo de la mesa cuando éstos hacían alguna trastada, permanece en un limbo en el que se tiende a la melancolía. Las lágrimas corren por sus mejillas asiduamente, lágrimas cuya causa no alcanza a expresar.

Mi madre no aplaude a los sanitarios. Está confinada dentro del confinamiento por culpa del Covid, sin salir apenas de la habitación. Varias son las jaulas que lleva encima.

Mi madre, sin embargo, pinta y colorea dibujos en hermosas libretas. Y canta mucho, muchísimo, muy bien. Curiosamente, no ha olvidado las canciones, coplas casi todas. Incluso, de tanto en tanto, tiene reminiscencias del pasado, desarboladas, incoherentes, surrealistas, deslavazadas… Y, de tanto en tanto, parece una persona en plenitud.

Mi madre impresiona. A su manera, siempre lo hizo.