El día de la mona

Tarzan y familia

En Terrassa, como un vulgar Tarzán, Plácido, un veinteañero, abandonó la civilización y se fundió con la madre naturaleza. Corría el año 1981. Plácido vivía en el barrio de Ca n’Anglada, en el este de la ciudad, donde se le conocía como “el Profeta”, un bonito sobrenombre. El joven se alejó del casco urbano y se encaminó a la montaña, hacia el parque natural de Sant Llorenç del Munt, místicamente, en busca de lianas que le proyectaran al cielo. Cerca de la Font de la Pola, en una lúgubre cueva, solo, sin Jane y sin Chita, se pasó casi seis semanas en ayunas, bebiendo exlusivamente sorbitos de agua. Perdió más de veinte kilos, veinte kilos de primate. El extravagante asceta decía ser la reencarnación de Jesucristo, ni más ni menos, amén, y había subido hasta allí para hacer la Cuaresma como el Altísimo manda, con la intención de “evitar la invasión de Polonia y una explosión nuclear”. La prensa de la época descubrió el suculento pastel del enfermo visionario y dejó amplio testimonio de la monería.

El cielo no puede esperar

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“La convertiré en posesión de erizos y en aguas estancadas, y la barreré con la escoba de la destrucción” (Isaías 14:23)

Como es Semana Santa, hablaremos de Babilonia. Los ríos babilónicos, garantes de fertilidad mesopotámica, eran aptos para el exilio fluvial de los pueblos al ritmo de Boney M, pero no nos detendremos hoy en las vicisitudes lamentables de cualquier destierro –ni siquiera en su vertiente discotequera- porque estamos hasta el péplum de tanto sufrimiento, de tantas crucifixiones y de tantas costumbres televisivas de temporada, con el galeote y auriga Judá Ben-Hur como penitente mayor en la cofradía de la reposición. Nosotros, por una vez, queremos seguir cantando a nuestros captores y la mítica Babilonia, ciudad y símbolo, nos ofrece cachondeo, sonoridad, misterio y encanto sicalíptico: no en vano se asocia a la “Gran Ramera” en el Apocalipsis. En sus calles, siempre en términos bíblicos, se podían encontrar maleantes y pecadores de todo tipo. Babilonia, “hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los caldeos”, acabaría destruida como Sodoma y Gomorra, según un airado Todopoderoso…y así quedó, efectivamente, devastada y abandonada durante siglos, hasta que Saddam Hussein padeció la fiebre del ladrillo y el ejército estadounidense quiso acampar en sus ruinas. Antes, los gobernantes que aparecen en el Antiguo Testamento habían derrochado a manos llenas en la construcción, en el vicio y en el despiporre sin techo, como si quisiesen emular los actos futuros de la mejor de las burbujas. Nabucodonosor II, al parecer, se llevaba la palma en arquitectura megalómana: se empeñó en colgar unos maravillosos jardines y acabó soñando con colosos de cabeza de oro y pies de barro… y haciendo el bestia entre otros animales. Belsasar, su hijo, pillaba unas jumeras de campeonato en los banquetes multitudinarios de gente bien, pedía las copas más faroleras y, cuando la embriaguez era absoluta en la fiesta, buscaba a los magos porque veía potentes luces e inscripciones por las paredes. Fue durante el reinado de Nimrod, no obstante, el primer gran tirano de Babilonia, que los hombres quisieron llegar a lo más alto -the sky is the limit- y construyeron la archiconocida Torre de Babel, esa humilde y necesaria edificación con divinas pretensiones (ideal parejas paganas). El Todopoderoso no se lo pensó dos veces y creó, entonces, la confusión en el lenguaje.

Jesucristo Superstar

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Norman Jewisson llevó a la gran pantalla a principios de los años setenta del siglo pasado la obra Jesus Christ Superstar, la ópera rock, con actores-cantantes ataviados a lo jipilón, con romanos de chiste armados con metralletas, con tanques y aviones de combate cruzando el desierto, con un Herodes en bermudas playeras y con un Judas Iscariote de color (de color negro) que ponía en solfa hasta a Dios es Cristo a través de un surrealismo incisivo y mordiente. La peliculilla quedó muy happy-martirio-hosanna-flower, muy guitarrera y reivindicativa, con todos sus diálogos cantados e incluso bien cantados: su banda sonora permanece en la memoria colectiva. La historia se inspiraba en la Pasión bíblica de los últimos días de Jesús de Nazaret –el también profeta del Islam– y, en ella, se cuestionaban algunas ideas religiosas en torno a su figura. Según el Judas del film, Jesús, enloquecido por la adulación de unos palmeros con hambre de cielos redentores, no era nada chipiguay desde que se emperraba un poquitín demasiado en dárselas de mesías…y más le hubiese valido quedarse cerquita de su pesebre natal fabricando sillas y otros chirimbolos de carpintero. Entre la comunidad cristiana, católica, apostólica y romana más tradicionalista (sin demasiados guasones), entre la comunidad de creyentes fervorosos y pertinaces del rosario, no fueron pocos los que clamaron al cielo por aquel blasfemo, irreverente y exitoso resurgir de Sodoma y Gomorra. Tarde o temprano, la cólera divina arrasaría con todos los impíos y con todos los copleros y rockeros pecadores.

En 1975, en la cresta de la ola, el inefable Camilo Sesto, el gran autor e intérprete de baladas y melodías inolvidables como El amor de mi vida o Vivir así es morir de amor, produjo y llevó a los escenarios de la Celtiberia una adaptación en castellano de la ópera rock en la que se basaba la película de Jewisson. El público le hizo reverencias durante meses. En septiembre de 1976, mientras Camilo Sesto actuaba en el local del Coro Vell, en la villa de Terrassa, un falso contacto con el micro produjo una descarga eléctrica que dejó al popular músico prácticamente sin conocimiento. Nadie atribuyó entonces el percance a la cólera divina.

Chatarra para todos

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El Ayuntamiento de Terrassa elaborará próximamente un estudio de mercado para la creación y constitución de una cooperativa municipal para las personas que viven de recoger chatarra, cartones y papeles en la calle, de manera irregular. Esta iniciativa, aprobada por unanimidad el pasado mes de febrero de 2015 por todos los grupos políticos con representación en el consistorio, choca frontalmente con las sanciones que se pueden aplicar en la localidad a aquellos que manipulan los contenedores y los desechos allí depositados o en los sitios habilitados para tal efecto en la vía pública. Sin embargo, la propuesta, con un amplio consenso institucional, pues, va dirigida a los “más vulnerables entre los más vulnerables”, a aquellos cuya “única salida que tienen o que les queda para ganarse la vida” es el reciclaje esporádico, con la “voluntad de restituir la dignidad a las personas a ojos de la ciudadanía”. Todo, ergo, por el pueblo. Por el pueblo llano; eso sí, teniendo en cuenta la rentabilidad de la recuperación de dichos materiales, las cuestiones jurídicas inherentes, los más que probables problemas de gestión y el impacto en otros organismos municipales como la empresa pública Eco-Equip, la encargada de recoger los residuos en Terrassa. Pero todo por el pueblo, en suma, en la ciudad de las personas.

Los recolectores informales de chatarra, papel y cartón -una imagen hoy tan habitual como la de los que registran los contenedores en busca de comida-, cada vez más abundantes, cada vez más desesperados, cada vez quizá menos estéticos -para el canon de belleza del establishment-, cada vez sin duda más informales, todavía no se han pronunciado al respecto. Ni siquiera como ciudadanos. Ni siquiera como personas. Ni siquiera como mamíferos que son.

Carnaval te quiero

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En Terrassa, el Carnestoltes, su programa y su cartel ya acumulan unas cuantas polémicas a lo largo del tiempo: siempre es difícil limpiar el confeti. En 1567, como muestra, algunas autoridades locales ya se sentían francamente jorobadas por las prácticas festivas y licenciosas del vulgo harapiento, insensato y juerguista; capaz de mancillar la honorabilidad de la nobleza en un periquete. Para no ofender a Felipe II, el monarca católico del imperio español, ni a la Santa Inquisición, la guardiana de la fe, se prohibió el lanzamiento de frutas cítricas e inmundicias -¡glups!- entre los moradores. También se prohibió, con gran acierto, la música, el baile, los disfraces, las máscaras, las bromas y cualquier manifestación de alegría o entusiasmo. Si no se cumplía con lo establecido, que los pobres culpables no esperaran misericordia: las rejas, en el peor de los casos, eliminarían las ganas de francachela. El carnaval quedaba así un pelín descafeinado…pero políticamente muy correcto, muy correcto para la época. Una época en la que el gran bufón de la corte era un enano ocurrente y consentido que no se apartaba demasiado del cuello de golilla del rey. Un enano, ¡qué gracia! La figura, olé, del bufón de palacio. Eso sí que era divertirse de forma sana, sin consecuencias penales y sin sacar las cosas de quicio.

“Ara hoiats totqom generalment queus notiffiquen i fan assaber de part del honorable en Barthomeu Vidal balle de la vila y terme del Castell de Terrassa per la Sacra Catholica y Real Magestat del Rey Nostre Senyor, que com se tinga intelligencia y altrament se entengue per lletras del Rey Nostre Senyor enuiades al Excellentissimo Llochtinent General y a la ciutat de Barcelona, essere seguit o volerse seguir algun insult en la matexa persona de Sa Magestat, e per ditas cosas la dita ciutat de Barcelona, com es rahó sentirse dels treballs del Sant Catholic REY y Senyor, hauer manat an grans penes ningu gosas ballar en ninguna manera de sons, fer masqueras y altres coses. E com lo dit honorable balle sia stat suplicat humilment per los honorables conselles y consell de la present vila de e sobre dites coses volgues posar orde. Per ço ab temor de la present publica crida diu, intime, mane y notifica a totes y segles persones de qualseuol ley grau o conditio sien, que de aquesta hora en auant axí de dias com de nit palesament ni amagada axí per paasses, carrers, cases, ni altrament sonar en ninguna manera de asturments, ni ab aquells ballar, ni altrament fer ninguna manera de masqueras, ni desfreces, tirar taronges, ni inmundicies algunes, ni regosijos alguns, altrament qui lo contrari fara, perde los tals astruments e incorregue en pena de deu lliures barceloneses als cofres reals de Sa Magestat aplicadores y qui no tindrà que pagar, que haie de star vuit dies continuos en los carcers de la present vila. E guart si qui guardar sia, que amor ni graties no ne haura”.

Las escobas de las pirujas

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A mediados del siglo XV surgen las primeras manifestaciones, imágenes y creencias que asocian escobas voladoras con brujería. Desde entonces, y hasta entrado el siglo XVIII, cientos de miles de “brujas” fueron ejecutadas en Europa, la mayoría en la hoguera, en un genocidio amparado en la labor inquisitorial protestante y católica, que de todo hubo. Presuntamente, las brujas volaban sobre escobas, palos, horquetas y toneles, entre otras cosas, para trasladarse a los aquelarres, donde daban rienda suelta a su maléfica y demoníaca existencia, usando unturas, brebajes, pócimas y todo tipo de pomadas. Numerosas testificaciones en disparatados procesos y las propias confesiones de las encausadas -obtenidas mediante horribles torturas- confirmaban -¡glups!- la presencia de objetos ordinarios para la locomoción por los aires.

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El empleo de ungüentos con sustancias y hierbas alucinógenas (beleño, belladona, estramonio, mandrágora…) aplicados en los palos de escoba y administrados por mucosas genitales y ano, como “consolador químicamente reforzado” -en palabras de Antonio Escohotado-, podría explicar la sensación de ingravidez, la levitación, el cabalgar lunático y alucinaciones tales como el transporte aéreo de los cuerpos (low cost). Hay personas, por tanto, que se masturban muy bien y buscan una extática y etérea clarividencia, en conciliábulo o en tenebrosa soledad, hasta l@s barrender@s…y las brujas.

A título de imprudencia

Era de noche en Terrassa, noche cerrada. No vieron nada. No escucharon nada. Nada les hizo sospechar la gravedad de la lesión. Ellos se limitaron a hacer su trabajo policial correctamente. Eso declararon. Eso mantuvieron todos los agentes implicados desde el principio. Pero Jonathan Carrillo murió por una bofetada, según los hechos probados. Nada dijeron entonces, a nadie. Cayó a plomo de espaldas y se fracturó el cráneo. Y ellos, que nada vieron y nada escucharon, vieron y escucharon previamente muchas cosas: que iba borracho, que se tambaleaba, que intentaba despelotarse, que insultaba y llamaba la atención…Luego, no se sabe, no se contesta muy bien, tropezó, seguramente, y se fue al suelo. Por eso llamaron a una ambulancia, porque iba borracho y estaba inconsciente casi por arte de birlibirloque, durmiendo la mona en la calle, ipso facto, así. Por eso no avisaron del fuerte impacto a los profesionales sanitarios. Pero Jonathan Carrillo murió por una bofetada, según los hechos probados, según los testimonios sin uniforme, en septiembre de 2009, a los 26 años.

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En enero de 2015, los cuatro policías acusados de homicidio, encubrimiento y omisión del deber de socorro salieron absueltos. No hubo responsables ni indemnización. La sala que los juzgó consideró que sí, desde luego, que se produjo por parte de un agente una “acción antijurídica…una acción voluntaria de golpear y un resultado de muerte que sería atribuible a título de imprudencia”. No obstante, como ellos no vieron nada ni escucharon nada, corporativamente, nada más se podía hacer. Una nadería como otra cualquiera. Nada de nada. No se podía determinar «qué vieron o qué dejaron de ver el resto de agentes». Nadie encajaba, pues, en la autoría de los delitos que se imputaban. La familia de Jonathan Carrillo se mostró indignada con el fallo…Y otros, muchos, muchísimos, también.