El día de la mona

Tarzan y familia

En Terrassa, como un vulgar Tarzán, Plácido, un veinteañero, abandonó la civilización y se fundió con la madre naturaleza. Corría el año 1981. Plácido vivía en el barrio de Ca n’Anglada, en el este de la ciudad, donde se le conocía como “el Profeta”, un bonito sobrenombre. El joven se alejó del casco urbano y se encaminó a la montaña, hacia el parque natural de Sant Llorenç del Munt, místicamente, en busca de lianas que le proyectaran al cielo. Cerca de la Font de la Pola, en una lúgubre cueva, solo, sin Jane y sin Chita, se pasó casi seis semanas en ayunas, bebiendo exlusivamente sorbitos de agua. Perdió más de veinte kilos, veinte kilos de primate. El extravagante asceta decía ser la reencarnación de Jesucristo, ni más ni menos, amén, y había subido hasta allí para hacer la Cuaresma como el Altísimo manda, con la intención de “evitar la invasión de Polonia y una explosión nuclear”. La prensa de la época descubrió el suculento pastel del enfermo visionario y dejó amplio testimonio de la monería.

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