Cerca del coche escoba

El primer ganador del Tour de Francia, en 1903, fue un deshollinador de escasa estatura que limpiaba chimeneas, Maurice Garin, que declaró que antes que campeón era un hombre del pueblo: “No sabía que estas dos nociones se harían consustanciales al deporte ciclista”. En 1904, en su segunda participación, Garin fue descalificado -aunque, para evitar tumultos pueblerinos, meses después de finalizar la carrera- por utilizar un coche para adelantar a sus rivales. Hasta que, en 1910, los organizadores de la ronda francesa no introdujeron las montañas pirenaicas en el recorrido, no existía en ciclismo el llamado coche escoba, una idea de Henri Desgrange para evitar las habituales trampas en la retaguardia de la prueba que, con posterioridad, sirvió para recoger y transportar a los corredores que no podían continuar, los desfallecidos, los reventados y los últimos de la fila, que quedaban así eliminados sin llegar a meta, sin aspirar siquiera al honor del farolillo rojo.

En julio de 1959, Federico Martín Bahamontes se convirtió en el primer ciclista español en ganar el Tour. Poco antes, ese mismo año, en la Vuelta a España, Fede, Federico –que nació Alejandro- se había retirado de la misma por la puerta de atrás. “En coche se va mejor”, dijo tras dejar de pedalear en las inmediaciones de Ayerbe, dirección a Pamplona. Porque Bahamontes, el Águila de Toledo, durante su vida deportiva, logró un palmarés barrendero envidiable: abandonó en el furgón escoba las tres principales competiciones por etapas: Vuelta (1959), Tour (1960) y Giro (1961). En las tres, en las tres grandes, se montó en el ingrato vehículo de barrido por la cola: una triple corona encadenada anualmente, con el maillot pringado de desdoro momentáneo.

Escalador de enorme talento y demarraje hasta el estertor, de embestidas violentas en el primer repecho que se encontrara, pésimo contrarrelojista, pésimo rodador en el llano y pésimo bajador atenazado por el miedo; figurilla soberbia, egocentrista, caprichosa, diletante, rebelde, excéntrica, irascible, descorcentante e imprevisible, quejica y pajarera -le dolía el «limaquillo», alegaba-; admirado y detestado por igual; potencia y astenia infantil al alimón; con poca diplomacia, mal perder y sin ningún sentido estratégico o de formación coordinada; Bahamontes nunca ganó la Vuelta a España. La de 1957, según él, se la robaron con malas artes y trapisondas, en beneficio de Jesús Loroño. La leyenda del Águila toledana se forjó en las altas cumbres de superior categoría, que casi siempre cruzó en solitario y en cabeza. Muchas anécdotas jalonan su irregular historial: desde esperar varios minutos al pelotón en la cima de un puerto mientras se comía tranquilamente un helado de vainilla hasta fingir una apendicitis a mitad de carrera cuando acumulaba un retraso horario importante, se veía perdido y no contaba con ninguna ayuda frente a los contrincantes que le disputaban la general. “Correr en los llanos y carreteras tan lisas y asfaltadas es propio de maricones”, llegó a afirmar sintomáticamente nuestro machito ibérico en un alarde de corrección política y tolerancia sexual, partidario de un ciclismo cuesta arriba, polvoriento, caluroso y con dos impetuosos cojones -¡glups!, pese a practicar la abstinencia durante la competición-, de distancias estratosféricas en bicicletas que pesaban como el plomo.

En la decimoquinta etapa de la Vuelta a España de 1960, entre Vitoria y Santander, Federico Martín Bahamontes, consagrado definitivamente ya como estrellita luminosa por su triunfo en el Tour anterior, mito en rodaje, avituallado con una gesta estupenda para la propaganda franquista, no se paró en la cuneta para aguardar la aparición del coche escoba y subirse en dicho automóvil  con cara de desmayo. El Águila de Toledo y uno de sus subalternos -los conocidos antes como «domésticos»-, José Herrero Berrendero – sobrino de Julián Berrendero-, se limitaron a circular junto al vehículo destinado a recoger a las “víctimas” por desfallecimiento y cansancio, como señal de protesta por la eliminación de otro de los gregarios del equipo, Julio San Emeterio, en la jornada previa, en la que éste llegó a meta sobre el tiempo máximo permitido. Bahamontes había pedido a la organización que lo repescara inmediatamente y amenazó con abandonar la prueba si no se cumplían sus exigencias, que no se tuvieron en cuenta: los jueces no se plegaron al chantaje del gran campeón. No obstante, al día siguiente, muy contrariado, el toledano tomó la salida: fue el último en firmar y siguió a la «serpiente multicolor» en un transporte motorizado del equipo hasta que comenzó el recorrido oficial, no neutralizado. Tenía un plan, por una vez, y quería echar un pulso a la dirección de carrera, amparado en su inmensa celebridad y en su condición de principal favorito. En un primer instante, justo al inicio, Federico atacó varias veces con su acostumbrada rabia para luego dejarse atrapar voluntariamente. Después, él y Herrero Berrendero aminoraron la marcha, se descolgaron del grupo y, a paso de tortuga, se despreocuparon de cualquier resultado deportivo. De paseo, al trantrán, sin prisas, junto al coche escoba, transitaron con cachaza por distintas localidades y carreteras, entre un público defraudado y faltón ante la desganada actitud del famosísimo Bahamontes. Cuando llevaban unos ochenta kilómetros en las piernas, un espectador insultó con más vehemencia que los demás a los dos corredores y acabó de calentar los ánimos, ya suficientemente calientes. Bahamontes y su compinche, entonces, pusieron pie en tierra, se desmontaron de sus sillines y trataron de aclarar la fastidiosa situación como buenamente supieron, con argumentos vigorosos de rodados atletas: se encaminaron hacia los que les habían increpado y se liaron a mamporros y puñetazos con ellos. Sacaron sus bombas de aire de la bicicleta – el blog muckraker prefiere el término mancha- y repartieron estopa a diestro y siniestro, ante la incredulidad de los testigos y la presencia de la gran mayoría de periodistas que cubrían el evento, que no prestaron la atención necesaria al desarrollo de la etapa porque el show que acaparaba casi todo el interés mediático se encontraba en el cierre de carrera. Alguno de los que intentó separar a los contendientes recibió un bombazo de propina en la cabeza.  El rifirrafe se solucionó con la mediación del director de la Vuelta y los dos ciclistas volvieron a la ruta. Al rato, se apearon de sus máquinas y anunciaron el próposito de renunciar a la prueba: nuevamente fueron convencidos para continuar. Más tarde, los corredores rezagados junto a Bahamontes ya formaban un buen conjunto de domingueros de excursión a pedales con los dorsales de la pachorra, dominados por la  indolencia, el ritmo apático, el espíritu contemplativo y la calma chicha. El Águila, Herrero Berrendero y otros siete ciclistas llegaron a Santander fuera de control, casi con una hora de diferencia respecto al vencedor en la línea de meta. Bahamontes fue expulsado de la Vuelta a España por “no estar dispuesto a tomar la salida al no ser repescado su compañero”, por “haber agredido de palabra y obra a un grupo de espectadores» y por “haberse retrasado deliberadamente, coaccionando a sus compañeros de pelotón”. Todo un espectáculo; ciclismo de antaño.

Nota: En 1965, Bahamontes disputó su último Tour. Se retiró también en el coche escoba, a su manera, tras escaparse en una etapa, ponerse en cabeza y esconderse poco después en unos matorrales hasta la llegada del vehículo.

 

Los leones del vertedero y el rocín del surrealismo

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“¿Queréis ir al vertedero a matar ratas?”, preguntaba Emmet Ray (interpretado por Sean Penn) en la estupenda película Acordes y Desacuerdos (1999), de Woody Allen. El personaje de Emmet, virtuoso de la guitarra, gran artista pero con grandes defectos mundanos, disfrutaba disparando con su pistola a las ratas que se movían entre montones de porquería. Moscas, gaviotas, gusanos…La fauna en los basureros es hasta cierto punto monótona. Ratones, gatos sin orfanato que los acoja, chuchos pulgosos. Los mamíferos que pueblan los vertederos de la civilización no sorprenden a casi nadie. Arqueológicamente, los restos ofrecen explicaciones sobre el modo de vida, el hábitat, la idiotez humana y el devenir surrealista de los tiempos: en 2010, se paralizaron las obras de conexión del Cuart Cinturó –ese espanto contra natura- y la C16 porque se descubrió durante las excavaciones un antiguo vertedero municipal de Terrassa, de suelo inestable como base, lo que obligó a retirar y redistribuir las miles de toneladas de residuos acumulados –de época- en los márgenes de la carretera y en las zonas anexas, cubriéndose después con unos pocos metros de tierra: una solución del Hombre y la Tierra. Biológica y zoológicamente, los restos alimentan a carroñeros y parásitos. Artísticamente, los restos son la monda lironda: los mejores depredadores afilan sus colmillos, las ratas nunca abandonan el navío de la fama, las sucias moscas revolotean sobre cualquier mierda inconsistente y cremosa.

Los residuos que se han generado en la ciudad de Terrassa se almacenan en el subsuelo de lugares como Coll Cardús, el Femer del Fava o los campos de Can Bogunyà, cerca del Llac Petit, una zona de interés parapsicológico que arrastra una terrible leyenda negra de muerte, ectoplasmas, plásticos, suciedad y mal ambiente. El vertedero de Can Bogunyà, pues, estaba situado cerca del barrio de Poble Nou, en el norte de la ciudad, en las inmediaciones de la salida por la carretera de Rellinars, bienvenida a los verdes bosques del parque. Las depresiones naturales y torrentes existentes se rellenaron con escombros y desechos, creándose una bonita planicie por cubrimiento, superposición y sepultura, apta para las nuevas cosechas del progreso y para corretear, en esparcimiento antílope, como si de una sábana africana se tratase. No se impermeabilizó el suelo: las aguas freáticas necesitaban condimento. Durante años, los vecinos de la zona presentaron reiteradas quejas por los humos, los gases, los objetos volátiles, la cercanía de las viviendas, el riesgo de contaminación, la proliferación de roedores y el vagabundeo de perros con hambre canina, no del todo higiénicos. También se quejaron de los malos olores: olía a tigre.

En 1970, el señor Barrachina, encargado del vertedero de Can Bogunyà, hizo un hallazgo extraordinario: tres leones decapitados habían sido depositados en las instalaciones del basurero sin que se conociera el porqué ni su procedencia. Dos machos y una hembra embarazada, adultos, con las garras mutiladas. ¿Brujería? ¿Broma macabra? ¿Ritos satánicos? ¿Qué hacían aquellos ejemplares propios del África Subsahariana en una región tan septentrional? ¿Por qué les habían amputado las cabezas y las extremidades? El misterio rondaba de nuevo por los terrenos de Can Bogunyà. El caso saltó a las páginas de los principales periódicos del país; las investigaciones no daban resultados; la comidilla no cesaba. Tanto revuelo se formó que, con cargas de conciencia, Joaquim Jover se vio impelido a confesar el crimen: Joaquim, residente en Terrassa, taxidermista de profesión, había comprado los leones al propietario del “Circo Zoo”, con la intención de disecarlos. El propietario del circo había matado a los animales porque estaba a punto de cerrar su entrañable negocio de entretenimiento infantil…y porque la leona, de un zarpazo, había acabado con la vida de un niño de 6 años, su propio nieto. Cuando los leones llegaron a Terrassa, hacía horas que dormían el sueño de los justos y el proceso de descomposición estaba suficientemente avanzado como para hacer imposible la preservación técnica de las piezas. El taxidermista decidió aprovechar las cabezas y las garras, desembarazándose después de los cuerpos, que dejó en el vertedero tras arduas labores de transporte. El misterio, así, quedó prácticamente resuelto. La extravagancia en mayúsculas, no obstante, acababa de empezar.

Salvador Dalí, bestia exótica de l’Empordà, artista universalmente reconido, pintor de todo tipo de animales estrambóticos y oníricos (desde hormigas hasta rinocerontes), el hombre que quería atravesar los Alpes montado en un elefante, el coautor -junto a Harpo Marx- del guión Jirafas en ensalada de lomos de caballo, leyó en la prensa la noticia de los leones del vertedero de Terrassa y tuvo una de sus brillantes ideas para perturbados que hace tiempo han perdido totalmente la cabeza: de Lorca a las felicitaciones a Franco a través de relojes blandos, en una particular persistencia de la memoria. Se relamió los bigotes: el safari surrealista (que no real en Botsuana) no admitía demoras: llamó inmediatamente a Joaquim Jover y le hizo un encargo. Joaquim tendría que disecar un hermoso corcel blanco, de las pezuñas a la crin. El caballo, de nombre Rocibaquinante, regalo de su colega Joan Abelló –que recibió una litografía como contrapartida-, fue trasladado desde Portlligat a Terrassa. En el matadero de la población vallesana, le aplicaron una descarga eléctrica y, una vez consumado el asesinato equino, fue conducido hasta el taller del taxidermista, que se aplicó todo lo que pudo en su oficio, en una tarea que duró casi un año. El caballo, con vida, pesaba 400 kg. El caballo, muerto y disecado, pesaba 400 kg. El pintor se mostró encantado con su macabra adquisición: “Además de un caballo blanco y un león llegado hace dos días, espero la próxima semana una monumental jirafa”. Dalí ofreció el caballo a su esposa, Gala, como presente de cumpleaños y varios operarios – en una disparatada maniobra- lo subieron por las escaleras para instalarlo en la suite 108 del hotel Ritz de Barcelona, donde solía alojarse la pareja y donde se cometieron innumerables chaladuras de portentoso talento, paranormal, de indomable gilipollez y cabalgar botarate.

Dalí y su caballo

El caballo disecado se encuentra, hoy, en la entrada de la Casa-Museo Castillo Gala Dalí, en Púbol, en una vitrina que no cruzan ni las moscas más limpias.

Salvapatrias de las escobas

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Esto de la corrupción, por favor, parece una cosa muy sucia y muy preocupante. Lo parece, sólo. Mariano Rajoy, el presi -¡Ánimo, Luis!-, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, comparece en noviembre de 2014 para anunciar medidas de limpieza, aunque “España no está corrompida, tiene algunos corruptos que están saliendo a la luz -la basura se saca-, y el resto está sana”. Sana como una manzana, con una “parte pequeña” podrida, pequeña pequeñita, minúscula, a título individual: Gürtel, Púnica, etcétera. Luego están las ignorantes dimisionarias, a título lucrativo, que no merecen más atención de los limpiadores, según los peperos de la bancada: Eurodisney es para los niños: lo sabe hasta el Tato, un gran torero.

No obstante, pese a que todo funciona razonablemente bien y estamos a punto de atar los perros con longanizas (de calidad garantizada), Rajoy piensa sacar brillo porque es un amante de la cosmética y también de la estética, amén del quirúrgico cometido higiénico. Los gatos, a lametones, que el agua no es necesaria en absoluto. El jefe del gobierno, il capo, ha lanzado una advertencia: “Algunos empiezan generalizando la corrupción, culpan a todos los políticos, siguen con la propia política y acaban señalando al sistema. Y a partir de ahí no queda espacio nada más que para los salvapatrias de las escobas, cuyo único programa consiste en barrer, con las consecuencias de todos conocidas”.

La oposición, en bloque, critica duramente al bueno de Mariano porque aparece sin sobres a la vista y sin apuntes contables fraudulentos. Mención aparte merece Alfred Bosch, de ERC, que le espeta: «Actuemos, es sencillo. Vamos a empezar a barrer. Queremos usar la escoba y barrer. ¿O acaso piensan esparcir toda esta porquería con un triste plumero? Necesitamos una escoba, un aspirador, un camión de la basura. Demuestren que quieren limpiar y no le nieguen a nadie la escoba. Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería». Y que se mueran los feos, que dirían Los Sírex. Yé-yé

Letrinas palaciegas

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Tras siglos de decadencia y de impúdicos esfínteres, llegó Sir John Harington, un tipo extravagante y travieso, escritor, poeta, artista de epigramas y de ingenio escatológico, un picarón consentido, educado en Eton y en Cambridge.

John Harington era ahijado de Isabel I de Inglaterra, la última Tudor, la Reina Virgen, la protestante. Ésta tuvo varios desencuentros con él y siempre, transcurrido un tiempo prudencial, le acababa perdonando: así son las madrinas solteras con sus queridos golfantes. Entre las hazañas que se atribuyen al escritor destaca la traducción al inglés (íntegra) de la obra cumbre de Ludovico Ariosto, Orlando Furioso, un complejo peñazo de 40.000 versos, relamidos en octavas reales. Una traducción que Isabel I impuso como castigo a Harington por su predisposición hacia los personajes que describían a las mujeres como seres lascivos e infieles.

John Harington también es el autor de The metamorphosis of Ajax: a new discourse on a stale subject y de And Apologie for Ajax, textos por los que fue desterrado. Porque Ajax, de Ayáx el Grande -el héroe mitológico griego que combate junto con Aquiles en la guerra de Troya-, fue el nombre con el que Harington bautizó a su invento para las deposiciones humanas, el inodoro con cisterna de agua, el water-closet, el WC, si bien todavía sin sifón y sin conexión con el alcantarillado (que no existía en aquellos lares de la Pérfida Albión).

Tras uno de sus rifirrafes con la reina, Harington había ideado un pulcro sistema para congraciarse con ella que versaba sobre la problemática de sus mierdas y orines regios, un sistema destinado, según decía, a convertir la peor de las alcobas en “tan dulce como la mejor cámara”. La reina, en principio encantada, colocó el armatoste en su palacio de Richmond. El propio Harington, también muy higiénico, se instaló otro en su vivienda. Fueron los dos únicos retretes que se conocieron en los siguientes siglos.

Cuando en 1596 Harington publicó sus textos sobre el Ajax, de satírico contenido político y bajo el pseudónimo de Misacmos Muse, la descripción detallada que hacía del aparato fue objeto de burla y rechazo. La reina Isabel, nuevamente, le expulsó de la corte por falta de decoro y Sir John nunca más volvió a restablecerse del todo de sus diarreas.

Hasta que Alexander Cummings -ya a finales del XVIII- se puso en serio, el inodoro permaneció en el más absoluto de los olvidos. Desde entonces, con mayor o menor fortuna, se ha rehabilitado la figura de Harington: hay lugares en los que al váter lo siguen llamando john, en homenaje a su precursor isabelino.

PD- Hoy, 19 de noviembre, por cierto, es el Día Mundial del Retrete, coincidiendo con el Día Mundial del Hombre, genuinamente masculino. La ONU informa: unos 2.500 millones de personas no tienen acceso a instalaciones de saneamiento adecuadas, como retretes o letrinas, lo que conlleva consecuencias trágicas para la salud, la dignidad y la seguridad humanas, así como para el medio ambiente y el desarrollo social y económico.«Igualdad y Dignidad» es el tema de este año (2014) del Día Mundial del Retrete. El objetivo es mostrar la amenaza de violencia sexual a la que se enfrentan las mujeres y las niñas debido a la falta de intimidad, y también las desigualdades presentes en el acceso al saneamiento. Por lo general, los retretes siguen sin adecuarse a las necesidades específicas de ciertos grupos de población, como las personas con discapacidad, los ancianos y las mujeres y niñas, que requieren instalaciones para atender su higiene durante la menstruación. Bajo el lema «NoPodemosEsperar», el Día Mundial del Retrete es la ocasión para llamar a la acción y resaltar la imperiosa necesidad de abandonar la práctica de la defecación al aire libre, especialmente en el caso de las mujeres y las niñas, quienes son particularmente vulnerables.

Regueros peligrosos

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En septiembre de 2014, un camión del servicio de limpieza y recogida de residuos de la ciudad de Terrassa, de la empresa Eco-Equip, provocó una gran mancha de aceite que dificultó el tránsito rodado y se extendió a lo largo de más de 2 kilómetros. Un motorista cayó al suelo al resbalar en ella, sin sufrir daños de consideración, afortunadamente. La policía local siguió el rastro de la mancha hasta llegar al camión, ya detenido por su conductor -“en cuanto se había dado cuenta”- y que estaba perdiendo aceite de la carga que transportaba, después de recoger algunos contenedores. Al parecer, el líquido oleaginoso no fue correctamente reciclado por los usuarios del servicio, los trabajadores del equipo no se percataron al instante del vertido y las gomas aislantes y el sistema de sellado estanco del vehículo de Eco-Equip no pudieron evitar la fuga de forma conveniente, preparada o segura para ese tipo de fluido. Una brigada de operarios de la misma empresa, a instancia municipal, tuvo que limpiar la mancha del asfalto durante horas.

En julio de 1976, un conductor de recogida de residuos de la empresa Conserlim, concesionaria entonces del servicio en la ciudad de Terrassa, no comprendía cómo se pudo abrir la compuerta trasera del camión. “Con el ruido del vehículo y la oscuridad de la noche no se dio cuenta de la avería hasta llegar al vertedero”. Las inmundicias, desechos y vidrios quedaron desperdigados por la calzada, obstaculizando el paso y con riesgo grave para la circulación. La policía local alertó a la empresa y solicitó el adecentamiento urgente de la vía. Una brigada de operarios acudió al lugar para limpiar el rastro dejado por el camión de basuras. Mientras se afanaban en retirar los restos del pavimento, tres de ellos fueron atropellados por un turismo. Los tres hombres, basureros, murieron en el acto.

Hasta que llega nocturno
sin demasiada ternura
y los engulle uno a uno
el camión de la basura

(Obstáculo Impertinente, 1987, Rosendo Mercado)

Por cierto, este último octubre de 2014, en la ciudad de Terrassa, los vertidos de los vehículos de limpieza urbana fueron bastante frecuentes. A final de mes, se paralizó un camión de basura porque perdía un ácido muy corrosivo -otro líquido no correctamente reciclado- de la caja trasera, que «suponía un riesgo evidente para los usuarios de la vía, para conductores y peatones». Pocos días antes, una máquina barredora también virtió hidráulico en la calzada. Lo sé por experiencia y por la prensa local:

máquina barredora vierte líquido

 

Además, en otro orden de cosas, en ese mismo mes, en el Pleno Municipal, tras múltiples críticas (interesadas y desinteresadas y no tanto), se aprobaron varias medidas para «mejorar» el servicio, por unanimidad de todos los grupos con representación en el ayuntamiento. La concejal responsable, Carme Labòria, del PSC, dijo: «Me gustaría remarcar y agradecer la dedicación de los trabajadores de Eco-Equip en la ejecución de sus tareas. Muchas veces son muy poco valoradas por los ciudadanos y creo que es un colectivo que se está esforzando mucho, que está trabajando, que ha sufrido unos grandes recortes, sobre todo en personal. Entendemos que se les tiene que agradecer la labor que desempeñan». Agradecimientos (¿peligrosos?) en reguero, en fin, casi como cantaba Rosendo.

Un ayuntamiento en transición

El 15 de junio de 1977 se celebraban las primeras elecciones generales en España -esa marca registrada machadianamente como país de charanga y pandereta-, tras cuarenta años de una dictadura poco grande y nada libre, con un caudillo presuntamente monórquido en el timón del Azor. Todavía faltaba bastante tiempo para que la composición de las corporaciones municipales emanara directamente de las urnas –abril de 1979– pero ya, en el interregno, se observaban algunos gestos de buena voluntad y/o de cínico compadreo: el pregonado espíritu de reconciliación se tenía que preservar en el escabeche apropiado. Así las cosas, el 22 de junio, a los pocos días de las elecciones generales, un albañil de la brigada de obras del Ayuntamiento de Terrassa (por entonces aún Tarrasa) procedía a retirar del edificio la placa conmemorativa de la “liberación” de la ciudad llevada a cabo -¡glups!- por el ejército franquista, colocada hasta la fecha en la puerta del citado consistorio. Mientras se entregaba a su encomiable labor de desmantelamiento y “derribo” del régimen anterior, el albañil perdió el equilibrio y se cayó de la escalera en la que estaba subido, dándose un señor porrazo, sin derecho a decidir, sin consulta previa, sin comicios, sin referendos vinculantes, sin votaciones que valgan. El desdichado paleta, al chocar con el suelo, se destrozó la mano y tuvo que ser trasladado con urgencia al hospital. La ansiada democracia, al menos en Terrassa, empezaba de forma accidentada, con magulladuras y severas lesiones en las extremidades, con las uñas rotas y las piezas fracturadas. Había que sanear, sin duda. Mucho.

26 enero terrassa 1939

San Martín de Porres, su fiel discípulo y las riadas del 62

Hoy, 3 de noviembre, se celebra San Martín de Porres, patrón universal de la paz, de la justicia social…y también de los barrenderos y basureros.

El peruano Martín de Porres y Velázquez (1579-1639) era, según se cuenta, un tipo muy humilde, muy caritativo, muy bueno y con mucho encaje: ni se inmutaba cuando le llamaban “perro mulato”. De ancestros afroamericanos y españoles, hijo bastardo, aprendiz de boticario, barbero y cirujano-sacamuelas, con múltiples oficios no siempre prestigiados, poseía para los creyentes católicos una extraña mezcla de virtudes: bilocación, levitación, sanación, videncia… No se separaba de su escoba y barría con ella todos los rincones del convento dominico de Lima en el que pasó la mayor parte de su existencia, donde pelaba a los monjes y donde tenía encomendadas las peores tareas de limpieza: claustros, alcobas, pocilgas, letrinas… Se le atribuyen distintos milagros y la insólita capacidad de hacer comer en un mismo plato a perro, ratón y gato, en perfecta camaradería. Fue canonizado por la iglesia católica en 1962, el año del Concilio Ecuménico Vaticano II, el año de las grandes riadas en la provincia de Barcelona y, sobre todo, en el Vallès Occidental: Terrassa y otras poblaciones cercanas quedaron destrozadas, anegadas y vapuleadas por la muerte.

El cubano René Muñoz llegó a España a finales de julio de 1961, con apenas veintidós años, y a las pocas semanas empezó a rodar como actor protagonista la película Fray Escoba, sobre la vida de Martín de Porres, un film de un misticismo lacrimógeno-ideológico a lo Marcelino, pan y vino. Según declaró, René había cruzado el charco para actuar como cantante de cabaret en una sala de fiestas, tras un paso previo por Lima, donde curiosamente se hizo ferviente devoto de Martín y le regalaron una estampita del futuro santo y una pequeña escoba de la suerte. Una noche, ya en Madrid, fue abordado en la calle por un cazatalentos cinematográfico que estaba buscando a un muchacho como él, con sus cualidades y atributos escénicos. Cuando, al día siguiente, en la entrevista de la productora, una vez mostrada su valía, enseñó la estampita, fue fichado de inmediato. Eso contaba René, que además era negro.

Fray Escoba cosechó un enorme éxito de taquilla en los cines del NO-DO franquista. René Muñoz se convirtió en una estrella de bienaventurado relumbrón y ganó premios por sus supuestas dotes interpretativas. De hecho, René, con posterioridad, durante décadas -y a riesgo de encasillarse-, volvió a meterse en el papel del llamado Santo de la Escoba tantas veces como fue posible, por todo el mundo, en distintos países: hizo giras de teatro, exhibiciones, posados, películas, telenovelas, series… En su faceta actoral, a Fray Escoba se pueden añadir títulos tales como Martín de Porres, Vida de San Martín de Porres, Un mulato llamado Martín o El cielo es para todos (un biopic por entregas centrado en las vicisitudes, sacrificios, aventuras y asombrosos hábitos de nuestro místico de la higiene, el fraile Martín de Porres), sin olvidar las inspiradas reminiscencias de obras como Bienvenido, padre Murray –que el critico Vicente Vergara definió como “Fray Escoba en el Oeste”- o la ejemplarizante Cristo Negro, cuya sinopsis no requiere de mayores detalles. Toda una vida, pues, ligada a la taumaturgia barrendera, espiritual y de raza.

En 1962, René Muñoz asistió en el Vaticano a la ceremonia de canonización de San Martín de Porres, acompañando al niño tinerfeño que, recuperado inexplicablemente de una grave gangrena, tras el examen de expertos católicos y doctores en la lectura de evangelios, sirvió para abrir el camino de la santidad oficial al limeño limpiador, al llamado «perro mulato». Fue un año movidito para René: participó, junto a otros artistas, en la caravana “Peregrinos de la Caridad”, recolectando fondos para los más desfavorecidos; se puso a escribir su biografía de veinteañero; sobrevivió sin apenas consecuencias a un aparatoso accidente de coche -Seat 600- en Palma de Mallorca, inició nuevos rodajes religiosos y se enfrascó en una ardua tarea pastoril predicando la solidaridad entre hermanos. En el mes de octubre, se organizó en Madrid una jornada “Pro-Barcelona”, para ayudar a las víctimas de las catastróficas inundaciones y recaudar todo el dinero posible a través de voluntarios. René Muñoz no faltó a la cita: en el barrio de Vallecas, tocó a todas las puertas que encontró, subió a los edificios más altos, cantó su repertorio en los bares e intentó, por cualquier medio a su alcance, que la gente colaborase en la campaña con donativos. Finalmente, en la calle, emulando a su más preciado personaje, cogió una escoba y se dedicó a barrer la calzada, amontonando las monedas que la concurrencia, atónita y entretenida, arrojaba para que las reuniese con las cerdas. Porque incluso a las cerdas, tarde o temprano, les puede llegar su San Martín, aunque sea de Porres, de pega y de archipámpano, aunque sólo sirva ya para lavar la mala conciencia de otros.

Todos los santos

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Miles de personas mueren cada año a causa de las sustancias tóxicas, la contaminación, los arsenales desaparecidos en combate y los residuos de guerra desperdigados en diferentes lugares del mundo. Otras muchas quedan mutiladas para siempre o sufren malformaciones y graves enfermedades por el mismo motivo, incluso mucho tiempo después de los armisticios y el cese final de las hostilidades. Según las estadísticas, en las próximas horas, una vida al menos será segada por los restos explosivos y el material bélico abandonado tras alguna sangrienta pero desactualizada contienda del pasado. Es el paisaje después de la batalla, la bala perdida que apenas importa y pronto desaparece por prestidigitación en las tesis de lo colateral. Últimamente, en las últimas décadas, han proliferado iniciativas para erradicar y retirar el material peligroso de las zonas infectadas, así como para prohibir o limitar el uso de determinado armamento. Se han firmado protocolos, convenciones y acuerdos entre países para reducir la incidencia del problema, un problema generacional, improrrogable y de preocupantes dimensiones. Se han puesto en marcha proyectos y campañas de sensibilización a escala global. Buenas intenciones, manuales de buenas prácticas, con más o menos hipocresía, con más o menos candidez. El llamado “derecho internacional humanitario”, se dice, trata de remediar los efectos nocivos sobre la población civil y las víctimas más vulnerables. Pero el humanitarismo, en cuestiones de pistolas que braman y echan humo, sigue siendo un estrambótico y desnutrido unicornio azul que permite dobleces, caprichos, predilecciones y asombrosas piruetas estéticas a las principales potencias y agrupaciones militares, fabricantes y usuarias, no exentas de cinismo. Quien ensucia, no paga (o paga muy poco) si resulta vencedor o sabe tocar con rabia y dominio las teclas del piano acribillado. Las deudas criminales y medioambientales de los principales guerreros no se registran como apunte contable: hay otras deudas más soberanas para la mano invisible que aprieta el gatillo en el mercado del estrangulamiento económico. Si es necesario, las erres del buen gestor de basuras invierten su valor y su significado en función del eje maligno de moda. Lo preventivo e inteligente se aplica a la mayor atrocidad consumada. Casi nunca, más bien nunca, se pide perdón. Casi nunca, más bien nunca, se ofrece ayuda suficiente y efectiva para la remoción o limpieza. Casi nunca, más bien nunca, se reconocen las culpas o las responsabilidades. En la demencial y tremebunda Oceanía de 1984, la guerra es la paz; la libertad, la esclavitud; la ignorancia, la fuerza.

Mientras tanto, en “remotos” rincones del orbe, en sitios como Gaza, Afganistán, Camboya, Laos, Sahara Occidental, Irak, Sudán, Libia, Líbano, Angola, Colombia, Siria, Yemen…, la escoria metálica, los fosfatos, el uranio, la metralla, las carcasas, los herbicidas, los aerosoles, las partículas y polvos cancerígenos, las submuniciones de bombas de racimo, los agentes biológicos y químicos, los productos radiactivos, los proyectiles y componentes de artillería dejados a la mano santa de Dios -¡Dios mío!-, los desechos, los fragmentos, los morteros, las granadas, las minas antipersona y los demás despojos letales pero olvidados durante años en los vertederos incontrolados de la guerra continúan cobrándose sus piezas de caza mayor en forma de desplazamientos masivos, terrenos impracticables, empozoñados o baldíos, aguas corrompidas, áreas restringidas, epidemias, tumores, amputaciones, cuerpos destripados indiscriminadamente y muertos inocentes escogidos por una sucia y no del todo azarosa ruleta de la fortuna: campesinos, trabajadores de la construcción y reconstrucción, basureros, recolectores, recuperadores, chatarreros, limpiadores… hombres, mujeres y niños, sobre todo niños, deslumbrados a veces por la violenta juguetería, artefactos y morralla que encuentran alrededor de los escombros.