Mosqueteros del taxi

El ladrón roba un taxi, ese vehículo camuflado, y se da a la fuga, a todo trapo, sin mirar el taxímetro. Ocurre en 1988, en Terrassa. Inmediatamente, enterados de la pérdida sufrida por su compañero de fatiguitas y callejeo al volante, ocho taxistas egarenses, con sólidos valores de emisora y más ganas de carabirubí que el mismísimo Fary, se organizan y salen a buscar al delincuente, sedientos de venganza y, como Travis Bickle, capaces de “cortar por lo sano” y “hacer frente a la chusma” sin requerir presencia policial. Le persiguen por toda la ciudad, que afortunadamente para las suspensiones de los coches no es San Francisco, y le consiguen acorralar en un barrio. El ladrón, à bout de souffle, abandona el taxi y escapa a pie, emulando a Benny Hill en la cadencia de pisadas. Los taxistas, con licencia para caracolear por las ondas del Justo Molinero, recuperan por fin el vehículo. ¿Solidaridad? ¿Corporativismo? ¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí?

Los últimos de Filipinas: The Return

«Dice un periódico de Barcelona:

Recientemente llegó a Sabadell, desde Cádiz, habiendo hecho el viaje a pie, un infeliz soldado procedente de Filipinas, que después de haber permanecido más de un año prisionero de los indígenas, logró huir nadando, dirigiéndose a Manila.

En cuanto llegó a Sabadell, el alcalde avisó al de Tarrasa, de donde es vecino el repatriado, y esta autoridad dispuso que en carruaje fuese trasladado a dicha ciudad para su ingreso en el hospital. El desgraciado defensor de la patria es hijo de una familia aragonesa que vivía en la calle del Valle de Tarrasa. A su regreso de Filipinas, no ha encontrado a ningún individuo de su familia, pues su madre y hermano habían muerto, y su padre se marchó a Aragón, su país nativo»

La Cruz: diario católico. Año III, nº642, diciembre de 1903.

Barrer la calle y olé

“Toda persona sensible es un artista, aunque esté barriendo una calle”. Curro Romero. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, 1997.

Uno puede disfrutar del lenguaje taurino y, al alimón, aborrecer a toda la cuadrilla de matadores de grana y oro, y a sus subalternos en la barbarie. De la misma manera, se puede ser currista sin que te gusten las corridas de toros. El mundo al revés por montera, la lógica irracional de la éstética. Eso es así, naturalmente, hasta en la Cataluña libre de faenas pero practicante irredenta de los cuernos con bolas. Que Curro Romero ya no toree en los cosos importa bien poco: el currismo se inventó para traspasar las fronteras del tiempo. Porque Curro, el Faraón de Camas, alternó ramilletes de romero en la solapa con almohadillazos volando, salidas a hombros con vituperios, ovaciones en los tendidos con broncas mayúsculas, triunfos de leyenda con fracasos estrepitosos. Genio de la inhibición, maestro de las espantás, imprevisible como los mengues que le iluminaban, controvertido, alimentó durante más de cuatro décadas los mitos del arte, del duende y del gran clasicismo en la tauromaquia, domeñando con temple y aplomo lo infinitesimal, deteniendo hasta los relojes cuánticos cuando – de tarde en tarde- le venía la inspiración, el garbo, la elegancia y el tronío de figura principal en su jurisdicción del albero. Como faraón y capitán de gladiadores, reconocido pero silente, de carácter pausado y tímido, nunca se caía del cartel y llenaba las plazas hasta la bandera. Tras el milagro estacional de las verónicas, tras subir a los altares de la lidia en levitación – con los pies bien plantaos en el suelo-, tras destapar el frasco de las esencias; podía pasarse meses enteros durmiendo en la suerte, en el burladero más inhóspito, pinchando en hueso. La estocada final no entraba siempre en sus planes de grandeza: los espadazos fueron tan frecuentes como su hostilidad ante el verbo matar o su resquemor por las orejas cortadas: él prefería dar la vuelta al ruedo con un arbusto aromático -el fetiche – en las manos. Si un astado no le hacía tilín, por sentimiento, por instinto esotérico, por temor a la arboladura o por lo que sea, no dudaba en despachar de un bajonazo la faena o en soltar el capotillo o la muleta para salir por piernas hasta el callejón, preso del pánico y la cagarrina del manso. “Prefiero hacer las cosas cuando estoy a gusto y no a disgusto. Creo que soy puro”, decía nuestro Bartleby cañí de los toros. Se retiró ya sexagenario, con unas cuantas cornadas en el cuerpo pero saciada su hambre florida de gloria, abriendo la puerta grande de la jondura sentimental sevillana. Los curristas y guasones romeristas lo afirmaban sin rubor: merecía la pena pagar la entrada sólo por ver su donosura y talento desfilando en el paseíllo hacia la presidencia, aunque luego no diera ni un maldito pase en condiciones.

Curro, mi Curro, aficionado del Betis, fiel a sí mismo, odiaba la mediocridad y las medias tintas, manque pierda. Solemne, flamenquista boyante, paladín del toreo pinturero y de pellizco, fue íntimo amigo de Camarón de la Isla, que le dedicó una de sus obras y una canción, con Paco de Lucía a la guitarra. Casi ná: arte y majestad. El Faraón de Camas armaba el taco feo con reincidencia y aviso de cornetas. En alguna ocasión, incluso, se negó a matar a toros que le tocaron en lote: el público, entonces, bramaba y embestía al bulto, le dedicaba los peores insultos y le lanzaba rollos de papel higiénico, almohadillas y otros proyectiles más contundentes. Él no entraba al trapo ni humillaba el morro, imperturbable en sus nervios de seda. En la moderna ciudad de Madrid, la de la chupi movida, a finales de los ochenta, le llevaron vestido de luces a comisaría por alteración del orden público: los aficionados no solían respetar su diplomacia caprichosa y entreguista con cornúpetas y morlacos. Ante el juez, declaró que “el toro estaba toreado”, esto es, movido, pregonado; que sintió un miedo terrible y que, por eso, no quiso arrimarse a la bestia, porque pensaba que iba a sufrir tontamente una cogida, sin pena ni gloria. Un torero sorprendente, un visionario que lidiaba con lentillas, un valiente cobarde, un cobarde valiente que dejó un reguero de sangre animal en el coso…y también el currismo como fenómeno sociológico y una legión de devotos con la sensibilidad a flor de piel, preparados para barrer, por amor al arte, plazas y callejones por los que ya no pasa ni un alma estrellada.

Keep on truckin

El niño Robert Crumb, con sus hermanos, rebuscaba cosas en la basura. Así lo cuenta el propio Robert en la película Crumb (1994), dirigida por Terry Zwigoff y producida por David Lynch. “Una vez Charles –el mayor- trajo algo del contenedor, un camión de los helados de madera que yo ansiaba y que él no me dejaba tocar”. Cuando la madre intercedió para que Charles prestara a su hermanito el juguete que había encontrado, el primogénito no opuso demasiada resistencia: hizo añicos el camión de madera contra un muro y, entonces, le dejó jdugar hasta que se hartara con los fragmentos.

Robert Crumb, estadounidense, nacido en 1943, es un juglar alto, flaco y miope, de enormes lentes. Siempre está dibujando. Marginal, extravagante, escurridizo, misántropo. Fetichista, tecnófobo, contradictorio, inadaptado. Tranquilo, ocurrente, separado y desgajado. Risueño de la carcoma interior, sin romanticismos, onanista compulsivo, asqueado de la mediocridad borreguil circundante, con fijación por las mujeres, sazonado de misoginia. Tomó LSD, reniega de los laureles que le coronan, toca el banjo -muy bien-  y colecciona discos viejos de 78 revoluciones: “Escucho música antigua…de las pocas veces que tengo amor por la humanidad”. Robert es uno de los grandes del llamado cómic underground. Ilustrador, historietista de fanzines y revistillas contraculturales, azote de la gran farsa, de lo políticamente correcto, del american way of life, de la comercialización disparatada del hueso de unicornio: “Todo el mundo es un anuncio ambulante”. Pese a quien pese, aunque se crea lo contrario, los hippies, el rock y la psicodelia nunca fueron lo suyo. Hasta la mismísima Janis Joplin, voz en traca, le recomendó para superar sus problemas con las mujeres que se dejara crecer el pelo, que se vistiera a lo jipilón florecilla y que se fuera a vacilar a un parque. Robert nunca siguió su consejo.

La familia Crumb -ríete del desencanto de los hermanos Panero- queda retratada en el documental de Zwigoff. El padre era un tipo rígido que nunca sonreía en casa y que hubiese deseado tener un hijo marine. La madre, puritana católica, como una chota, se pasaba las horas buscando gatitos y anfetaminas. Charles, el hermano que le destrozó el camión, el más impopular durante su etapa en el instituto, ermitaño, recluido, talentoso y consumado lunático, se suicidó al año de acabar el rodaje, completamente abandonado de sí mismo: “Nunca estoy estreñido. Es todo lo que puedo decir de mí”. Maxon, el otro hermano, vive en un hotel de mala muerte, sale a mendigar a la calle con un cuenco, persigue a las jóvenes para quitarles los pantalones en público y se pasa horas sentado sobre una cama de clavos, como los faquires. Emocional y sexualmente, todos se criaron en la escuela del rechazo y en una de las más puras represiones.

Robert Crumb, perro verde, con todos sus arañazos en la espalda, logró, más o menos, escapar del derrumbe total y se quedó en locatis adverso, en los trazos gruesos de la frontera de la disparidad, pululando en las esquinas clarividentes de lo grotesco, dibujando en los asideros del precipicio, rotulando el hilarante desequilibrio, siempre con voluptuosos contornos. Eso sí, internacionalmente reconocido y con capacidad de generar suculentos dividendos:“Hay gente que toma mi trabajo demasiado en serio. Y cuanto más en serio me toman, más dinero gano”. Crumb reside actualmente en el sur de Francia, en un pueblecito medieval con bonito río, en una enorme casa señorial de piedra, ideal bohemios urbanitas con fantasías campestres o alienígenas. Ha publicado una obra de inspiración bíblica en múltiples países. Resiste como un jabato de garabato, no obstante, en el más vibrante y periférico de los submundos, infectado por el virus de las nalgas femeninas sobre piernas escandalosamente robustas.

 

 

Magdalenas en el banquillo

El pasado mayo, 2011, en Dendermonde (Bélgica, sivilización usidental), condenaron a seis meses de prisión a un tipo, Steven de Geynst, que había cogido dos paquetes de magdalenas caducadas de un contenedor de basura que se encontraba en el aparcamiento de un supermercado de la localidad de Rupelmonde, cerca de Amberes. El supermercado pertenecía a la cadena Carrefour y sus responsables, por supuesto, interpusieron la pertinente denuncia: los emprendedores generan riqueza, como se dice, y hay que estar agradecidos a su enorme (y desinteresada) contribución social, a sus economías de escala y a su escala moral. Steven, mientra cometía su “dulce” fechoría, fue descubierto por algunos trabajadores del centro -¡ese pueblo llano, hurra, trabajador y solidario!-, que le retuvieron y avisaron a la policía, que fue informada de la actitud makoki y agresiva del individuo cuando pretendía pirarse tan ricamente, exento de culpa, con su botín de bizcochos. El tribunal que emitió la sentencia condenatoria consideró que la acción de recuperar las magdalenas tiradas en la basura era un robo, un delito grave, porque la propiedad de éstas seguía siendo de la empresa, aun cuando el supermercado se hubiese ya desprendido de los productos alimentarios y los hubiese depositado en los contenedores para desperdicios del aparcamiento exterior. La prisión, según la justicia belga, era lo más adecuado: las penas de privación de libertad entre barrotes quitan a cualquiera las ganas de ingerir productos de bollería industrial caducada y arrojada al contenedor: todo sea por la salud y por el arte pastelero. La federación empresarial de comercios y servicios se mostró encantada con la sentencia: los que rebuscan en la basura ajena son unos criminales, de los peores; la propiedad privada de los residuos sin aparente aprovechamiento posterior está por encima del hambre; la justicia es ciega, ciertamente, y proporcionada en caletre; el consumismo tiene sus reglas de glotonería; la infamia y la dignidad van de la mano en el manicomio capitalista.

Frank Morris, el de la fuga de Alcatraz, utilizó una cabeza de cartón para despistar a los guardias que le custodiaban, pero hoy la de recogecartones es una profesión peligrosísima. Lejos quedan los días en los que el encargado de limpiar con la escoba asumía riesgos para ayudar a Papillón, condenado a trabajos forzados en ultramar, a alimentarse durante su duro encierro y aislamiento en celda de castigo. Papillón, interpretado en el cine por Steve McQueen (el de La Huida, 1972), consigue finalmente escapar, tras años de intentonas, padecimientos y carpanta. También consiguió escapar Makoki del frenopático. Makoki, el personaje de cómic de aquella extinta “línea chunga”, con su casco de electroshocks en la cabeza, halló la muerte en un contenedor de basura, chamuscado, llevándose por delante a dos cabezas rapadas, tras montar con anterioridad varias pajarracas con su basca:  Morgan, Cuco, Ojotrueno, Buitre Buitaker, el Doctor Otto… Makoki también visitó la cárcel Modelo, bazuca en ristre, con la intención de liberar a su choni y colega Emo, dispuesto para salir de la cuadra, abrirse, y montarse en el Expreso de Medianoche en viaje dinamitero. Makinavaja, otro mítico personaje de historietas, el último choriso, con más de treinta años d’ofisio y tres sirlacos en el culo, capaz de abandonar en un contenedor una bomba o varios originales del pintor surrealista Joan Miró, también se fuga de la prisión, la misma Modelo, si bien por motivos nada nutritivos y con una planificasión totarmente elaborá. Maki, er Popeye y er Moromierda se fugan disfrazados de abuelita, con una pañoleta en la cabeza, para ver las olimpiadas de Barcelona, en los inicios de los noventa. Casi dos décadas después, la fuga de cerebros llegó a los tribunales de Bélgica en forma de escoria indesente y un justisiero frenesí por el talego… y por el comersio (mayorista y minorista) y por el bebersio de los cascos usados. Po un botellaso en toa la cara, osche, al estilo Makoki, iba a demostrá quet-tos membriyos y boqueras del trullo, cagon san peo bendito, cago en la copenaria, son lastafa duna justisia de machdalenas, caduca, pasá de rojca y con cantidugui basura. Y las ratas del puerto, tan gozosas, han empezado a canturrear.


Yankee go home

John Wayne, ganador de un oscar de ojo al parche, el vaquero de las espuelas para mortificar el lomo, el Duque, el patriota de manual, el rudo macho que odiaba a los forasteros y daba estopa a los indios, era un hombre de convicciones firmes. Cuando los Estados Juntillos estaban metidos en faena guerrera, el actor escribió al presidente de la república federal (imperio) para hablarle de bueyes y para que su poderoso gobierno colaborara con una película propagandística que le rondaba la cabeza y que trataría sobre las bondades de las fuerzas especiales de élite en Vietnam, con sus incursiones integradoras y formativas, cargadas de munición. Creía el vaquero que gran parte de la opinión pública estadounidense todavía no se hacía a la idea de la magnanimidad de fumigar la selva con agente naranja, por lo que era necesario inyectar ardor belicista en las salas de cine. La película se realizó tiempo después, aún en pleno conflicto. Boinas Verdes (The Green Berets, 1968), una obra maestra en lo vomipurgante dirigida por el propio actor, justificaba la noble intervención del ejército norteamericano en el país del sudeste asiático y retrataba a los charlies del Viet Cong como a demonios sulfurosos y desalmados capaces de cometer, por puro deleite, las más inhumanas canalladas en la tierra. El hombre que en la ficción mató a Liberty Valance, el Duque, feo, fuerte y formal, bebedor y fumador empedernido, anticomunista y halcón insatisfecho de alas duras, sabía muy bien lo que necesitaba el país y hasta su amiguete Ronald Reagan, otro as de la interpretación y del discurso derechista, acabó reconociendo sus méritos como guía espiritual de la nación. “Terminé preguntándome qué habría hecho John Wayne en tales circunstancias” afirmó el presidente Reagan durante su mandato -con el oscarizado cowboy ya fallecido- cuando intentaba explicar los porqués de la invasión de la isla de Granada (1983), una proeza gringa de la infamante intrusión en nombre de la democracia.

El estreno de Boinas Verdes no pasó inadvertido en Terrassa, ciudad catalana de la que se hizo eco la prensa estadounidense por la fuerte oposición registrada en el lugar – donde se llegaron a quemar banderas USA de barras y estrellas – durante la visita de Richard Nixon a la grande y libre del caudillo en el otoño de 1970. Apenas un  año antes, en octubre de 1969, mientras se proyectaba la susodicha y pedagógica película de guerra en el Cine Imperial -reconvertido hoy en salón de convenciones y manduca-, un grupo de jóvenes interrumpió la sesión, repartió octavillas, gritó consignas contra la intervención yanqui en Vietnam y lanzó pintura roja y tomates sobre la pantalla en la que un envejecido John Wayne aparecía con inequívoco gesto de merendarse con pan a Ho Chi Minh y a sus secuaces. El tomate autóctono, en términos de actividad antiamericana, convirtió el suceso en una de las vindicaciones con más rechifla concebidas en la ciudad, tal vez sólo superada cuando, bastante tiempo después, Ronald Reagan fue declarado “persona non grata” por la asociación de vecinos de un barrio periférico de la misma aldea egarense.

Un corredor limpio

Emil Zatopek

Emil Zatopek, el singular atleta de gesto sufrido, corría mucho y ganaba casi todas las carreras de fondo en las que participaba con la camiseta nacional de Checoslovaquia, aquella porción de tierra al otro lado del telón de acero, hoy dividida en dos, tras un divorcio de voces «aterciopeladas» hacia el capitalismo rampante. En los juegos olímpicos de Helsinki, en 1952, Emil, “la locomotora humana”, consiguió, en  pocos días, del 20 al 27 de julio, una hazaña aún no repetida: tres medallas de oro en las pruebas de 5.000 metros, 10.000 metros y maratón, la guinda del pastel. Se convirtió, así, en una celebridad mundial, apto para el aprovechamiento mediático y muy del gusto del aparato propagandístico soviético. Emil Zatopek acumuló trofeos y triunfos durante una década gloriosa de sudor y zancadas. Retirado de las pistas, por esas cosas del azar meritocrático, hizo también una brillante carrera en el ejército, llegando al grado de coronel sin despeinarse demasiado, luciendo su más que incipiente calvorota.

En 1968, unos locuelos de la práctica comunista en un estado satélite, encabezados por Alexander Dubcek y partidarios del «socialismo con rostro humano», decidieron alejarse un pelín de la ortodoxia soviética y de aquellos burócratas moscovitas con la siempre fastidiosa cara de Brézhnev, hombre con doctrina intervencionista y cejas pobladas. Dubcek y los suyos emprendieron en el gobierno checoslovaco una serie de reformas aperturistas, encaminadas a descentralizar el poder y ampliar las prisiones de la libertad en primavera. Los rusos se lo tomaron estupendamente y, tras unos meses de baile desengrasante y vacilón, en agosto, junto a otros colegas del Pacto de Varsovia, enviaron como regalo, en nombre de la asitencia fraternal, soldadesca en abundancia y miles de carros de combate, con sus cañones a punto y patente de corso. La invasión militar de Checoslovaquia acabó con las reformas en un santiamén, pero no sin una resistencia pacífica e imaginativa de los oriundos del lugar, basada en la no cooperación, que descolocó al Kremlin en los primeros instantes. Poco tiempo después, esgrimida la amenaza del terror, se instauró un nuevo gabinete (comité) más disciplinado y obediente, más de hoz y martillo, a machamartillo.

Sin necesidad de mojarse, desde una cómoda posición en la que otros cerrarían el pico, Emil Zatopek, el icono deportivo, el héroe, el de las insuperables gestas, se había mostrado muy deslenguado durante la Primavera de Praga, otorgando su apoyo incondicional a las políticas de Dubcek y solicitando públicamente el boicot a la URSS en las olimpiadas de México. El atleta había firmado también el manifiesto de  «las dos mil palabras», documento antiautoritario que exigía un rápido avance hacia la plena democracia, más allá de las propuestas reformistas llevadas a cabo hasta entonces. Tras la invasión militar y la «normalización» consiguiente, el nuevo gobierno títere le expulsó de la capital, del ejército y del partido comunista. Todo ello por pertenecer a ese grupete de “renegados oportunistas, antisocialistas y antisoviéticos” capaces de “desencadenar crisis sociales con peligro para la consolidación de la sociedad”. Zatopek fue enviado a las minas de uranio para que tonificara los músculos a la fuerza y, posteriormente, con la intención de exhibir su “degradación” y humillarlo ante sus congéneres, obligado a trabajar como operario de limpieza urbana. El ingreso en la plantilla de barrenderos y basureros no erosionó su popularidad ni tampoco su prestigio civil: los que le reconocían le ovacionaban y le aplaudían por las calles. Cuentan que sus propios compañeros de fatiguitas laborales no permitían que recogiera ningún cubo de basura y que, como muestra de admiración y respeto, los vecinos, enterados del itinerario por el que debía pasar, se ocupaban ellos mismos de limpiar y barrer la zona. Las más de las veces, pues, el atleta retirado se limitaba a dar, con cachaza o al trote, una particular vuelta de honor por los barrios, a despecho de aquellas autoridades colaboracionistas que, abyectamente, intentaron llenarlo de oprobio.

En los años setenta, su figura fue más o menos rehabilitada por el régimen, después de retractarse, con amplia difusión, en una de aquellas clásicas y «espontáneas» autocríticas sin caenas que tanto abundaron durante la Guerra Fría. “Siento haberme comportado como uno de los que echó aceite en un fuego que hubiera podido convertirse en un peligro para el sistema mundial socialista”, dijo Zatopek. A diferencia de la insólita relación profesional con los desechos, no obstante, el comprensible arrepentimiento que le sobrevino entonces no logró dar más fulgor histórico a su extenso y laudable medallero.