Los hombres grises llegaron a la ciudad de Beppo, el viejo barrendero, para optimizar las actividades de sus habitantes y eliminar aquéllas superfluas, inútiles e innecesarias. Ellos, los del Banco del Tiempo, siempre con bombín y cartera, siempre ocupados, indeterminados, desconocidos, fríos, incansables, agentes del miedo, adiestrados en la humareda falaz, quieren acaparar y robar todos los segundos de las vidas ajenas: “el tiempo es dinero”, “están ustedes perdiendo su tiempo”. Seguir leyendo
La trapera
Pero entre todos los modos de vivir, ¿qué me dice el lector de la trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa; su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la abeja, vuela de flor en flor (permítaseme llamar así a los portales de Madrid, siquiera por figura retórica y en atención a que otros hacen peores figuras que las debieran hacer mejores). Vuela de flor en flor, como decía, sacando de cada parte sólo el jugo que necesita: repáresela de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en esto a muchas personas de más decente categoría que ella, su gancho es parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces, por un sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado ya está en el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente periodista y un buen traductor de Scribe; su clase de talento es la misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado: he ahí la diferencia.
Mariano José de Larra (1809-1837). Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos.
El texto completo: aquí
«Los traperos«, de José Gutiérrez Solana (1886-1945)
Mártires y basura
“Aquí, en esta ‘república libre’, en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no encuentran sitio en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una existencia triste y miserable. Aquí, he visto a seres humanos buscando la comida del día en los montones de basura de las calles para calmar su hambre atroz”. Así se expresó George Engel, en 1886, poco después de conocer la sentencia que le llevaría más tarde a la horca.
George Engel, desbaratado por la pobreza, dejó su Alemania natal en 1872 y, como otros muchos emigrantes, llegó a Estados Unidos con su hatillo de esperanzas. En América, sin embargo, no encontró la soñada tierra prometida. Se afilió a una organización anarquista e intentó mejorar las condiciones de los de su clase. Defendió las “ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño y ocho para el hogar y el recreo”, secundando en Chicago la huelga nacional convocada para el 1 de mayo de 1886, que derivaría tres días después en una masacre con decenas de muertos y cientos de heridos por disparos policiales indiscrimados, tras una multitudinaria concentración reivindicativa para reducir la leonina jornada laboral usual en las empresas hasta entonces y para protestar contra la brutal represión ejercida por las fuerzas del orden durante la movilización en curso, que ya había arrojado varios cadáveres obreros en las puertas de las fábricas. Cuando la concentración del 4 de mayo – celebrada en una céntrica plaza de la localidad y que había transcurrido pacíficamente- agonizaba bajo la lluvia y los asistentes abandonaban el acto, irrumpió en escena la patrulla – con unos doscientos guardias armados- capitaneada por el arrogante John ‘Black Jack’ Bonfield, con el propósito de cargar y disolver a las bravas a los presentes. En la confusión que se produjo, estalló una bomba -de origen indeterminado- y falleció el joven gendarme Mathias J. Degan. Los policías, entonces, la emprendieron a balazos, a tiro limpio, a sangre y fuego, a quemarropa, a mansalva, al bulto humano, al tuntún de la diana, sin escrúpulos, en plan matón. El resultado: una auténtica carnicería. Esa misma noche, casi de inmediato, la ciudad se puso patas arriba, en estado de sitio: militarización, toque de queda, batidas, registros, arrestos, incautaciones, implacables interrogatorios, acoso a los cabecillas; golpes, allanamiento y devastación en los barrios periféricos de la inmigración obrera. La consigna de la fiscalía era clara: «Primero, haced las redadas; después, buscad la legalidad». El capitán Michael Schaack, feroz lobito bueno con uniforme, aplaudido como salvador de las esencias patrias, se colocó las mejores medallas en la persecución de aquella «basura humana» formada por enemigos del pueblo, extranjeros, alborotadores y abyectos artesanos de la dinamita y la nitroglicerina. George Engel fue detenido por su presunta implicación en los trágicos hechos de aquel inicio de mayo turbulento. En 1886 fue condenado a muerte. En 1887 fue ejecutado, junto a otros tres hombres: Agust Spies, Adolf Fischer y Albert Parsons, todos ellos de conocido activismo. José Martí, el líder revolucionario cubano, cubrió como periodista el suceso: “Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro…Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: ‘la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora’. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable”.
Engel, Spies, Fischer y Parsons fueron ejecutados por «conspiración de homicidio», por sus puntos de vista, por el uso de un lenguaje incendiario y sedicioso cuyo fin era sembrar el terror, aniquilar el orden público, asesinar a los agentes de la autoridad y, entre otras barbaridades, poner bombas en cualquier lugar transitado por las gentes de bien. Michael Schwab, Louis Lingg, Samuel Fielden (condenados también a muerte) y Oscar Neebe (condenado a 15 años de trabajos forzados) fueron los otros encausados en el mismo proceso judicial, un montaje, una patraña colectiva repleta de múltiples irregularidades, con testimonios falsos, trampas, pruebas amañadas, torturas y traidores pagados, sin las garantías procesales mínimas, en un contexto de agitación, lucha, violencia (violencia oficial, amarilla y patronal incluida) y paranoia política en el que la prensa, sedienta de venganza, actuaba como rabioso perro de presa de los poderes fácticos, esto es, los que controlaban verdaderametne el meollo, los industriales, los magnates y los grandes patronos de una ciudad acostumbrada al más salvaje capitalismo. «Todos los postes de la luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un socialista si es necesario para evitar que se propague el incendio y para prevenir cualquier intento subversivo», publicaba el diario local de más tirada. El fiscal del estado se dirigió al jurado en estos términos: “Señores, declarad culpables a estos hombres, denles un buen escarmiento y salven nuestra sociedad y nuestras instituciones”. Los miembros del jurado, seleccionados uno a uno para castigar severamente en función de los prejuicios justos, al servicio de la causa, no tardaron más de tres horas en emitir el veredicto de culpabilidad, aun cuando no se descubrió nunca quien cometió el atentado que se utilizó como pretexto para endosarles el marrón, un marronazo ejemplar, sañudo y desalentador, en la bandeja fúnebre de los anarquistas.
Antes de morir en el cadalso, George Engel envió una carta al gobernador de Illinois, Richard James Oglesby, en la que proclamaba su absoluta inocencia y rechazaba, por tanto, la posibilidad de conmutar la pena máxima por otra solo en apariencia menor, como la cadena perpetua. “Libertad o muerte. Yo renuncio a cualquier tipo de misericordia”, dejó escrito. No en vano su mayor deseo, tal como afirmó durante el desarrollo del juicio, era que la clase trabajadora pudiese reconocer perfectamente a sus amigos…pero también a sus enemigos.
Hoy, primero de mayo, se celebra el Día Internacional de los Trabajadores, instituido desde 1889 como jornada obrera por antonomasia, en homenaje a Engel, Spies, Fischer, Parsons y todos los demás condenados en aquel escabroso y despiadado intento de criminalizar por la vía más sucia las movilizaciones sociales de raíz contestataria; en homenaje a los llamados Mártires de Chicago.
1. Durante el juicio, Oscar Neebe recriminó directamente al capitán Schaack su proceder en las redadas policiales. «Se registraron centenares de casas, de las que desaparecieron relojes y mucho dinero. ¿Sabéis quienes son los ladrones? Lo sabéis, capitán Schaack. Vuestra compañía es una de las peores de la ciudad. Os lo digo a la cara y bien alto. Capitán Schaack, es usted uno de ellos, es usted un anarquista según su propia definición, a la manera que usted los concibe». Schaack rió complacido. Tiempo después, en 1889, los policías John Bonfield y Michael Schaack, grandes protagonistas en la defensa de la propiedad privada, del patrimonio, del sistema y del «interés general» durante los hechos de mayo de 1886, junto a otros oficiales, fueron destituidos por corrupción, pillaje, vínculos ilícitos, proxenetismo, abuso de poder, aceptación de sobornos y comercio con mercancías robadas en su propio beneficio. Se afirmó, incluso, que los policías vendieron objetos personales incautados a alguno de los sentenciados a muerte en el proceso. Michael Schaack gestionaba a su antojo un fondo extraoficial, nutrido por las grandes fortunas de Chicago y que rondaba el medio millón de dólares, con el único fin de combatir la subversión y las organizaciones de trabajadores insurreccionales o descontentas. Denunciaron por calumnias al diario que publicó dichas informaciones. Perdieron la causa.
2. En 1893, el nuevo gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, reconoció que el juicio a los ocho Mártires de Chicago no fue legal – lo que le valió una tormenta de críticas de los sectores más reaccionarios- ni siguió los cauces democráticos exigidos, que el caso carecía de precedentes, que se obligó a unos hombres a ser enjuiciados a la vez, que el jurado fue escogido con la única intención de sancionar a los reos, que el juez Joseph Gary y el fiscal Julius Grinnell actuaron con notoria parcialidad, malicia y predisposición; que no se probó la culpabilidad de los encausados, que nunca se descubrió a los autores del crimen especificado en el acta de acusación, que algunos de los procesados no habían estado siquiera en el lugar de los hechos objeto del pleito, que se inventaron evidencias, que se torturó, que se pagaron y compraron testigos, que se encerró aleatoriamente a personas para que declararan en una dirección concreta, que se crearon conspiraciones ficticias, que no se respetaron derechos fundamentales como la libertad de expresión o de reunión, que la justicia trataba desigualmente y con más encono a los trabajadores, que los pistoleros de la patronal y los agentes del orden habían cometido previamente espeluznantes asesinatos que nunca fueron investigados, que la policía de la ciudad procedió en numerosas ocasiones sin autorización y apaleó brutalmente a hombres indefensos, que el capitán Bonfield era un ser sanguinario y violento, al que se atribuían las siguientes palabras: «Si algunos de ustedes, los santurrones y misericordiosos, hubieran usado libremente las cachiporras por la mañana, no necesitaría usar el plomo por la tarde». Ante las copiosas anomalías y prácticas fraudulentas, Fielden, Neebe y Schwab fueron excarcelados (no sin polémica) como víctimas inocentes de un error de las instituciones norteamericanas. Lingg, que no era precisamente una hermanita de la caridad, experto en explosivos y el único de los ocho que declaró abiertamente ser partidario del uso de bombas como forma de lucha directa hacia la emancipación de clase, se había suicidado en la celda años atrás, mientras los «honrados y respetables ciudadanos», por un atentado que nunca perpetró, ajustaban en su cuello la soga de la inmundicia social.
Mis vasallos
Carlos III de Borbón llegó a Madrid para ser rey, con su séquito de lumbreras. Se encontró una ciudad impracticable, pestilente, insalubre, nauseabunda, llena de desperdicios, inmundicias y lodo putrefacto; un enorme vertedero sobre la meseta por el que los cerdos –Sus scrofa domestica– campaban a sus gorrinas anchas. Como el monarca era hijo del despotismo ilustrado –todo para el pueblo- se sacó rápidamente de la corona una normativa Real de obligado cumplimiento. Dos pulcros italianos preñados de perfumada y sabia extranjería, el ministro Esquilache, ojeriza de motín, y el arquitecto Sabatini, barroco de Alcalá e inventor de las conocidas chocolateras para residuos, se encargaron de adecentar Madrid, el rompeolas -¡glups!- de todas las Españas, y algo lustroso consiguieron, ciertamente: la higiene pública mejoró gracias a las fosas sépticas, el empedrado, la vara de sanción y el control administrativo. Ya no se podía, como hasta entonces, lanzar excrementos y orines por la ventana al grito de “Agua va”, estorbando el tránsito de la gente “que camina arrimada a las paredes de las casas”. Las brozas de escoba, mondas de cocina, cenizas y todas las demás basuras debían ser depositadas en zonas externas y accesibles para ser recogidas con “caballerías y serones destinados a este fin”. Más tarde, llegó el acabose: se exigió también que los madrileños regasen y barriesen a diario, soberanamente, las entradas a sus humildes moradas sin trono. Tanta limpieza de espíritu no fue acogida por el pueblo llano con demasiada simpatía: las protestas y el malestar se hicieron evidentes. El rey, autócrata y paternalista, aficionado a la caza goyesca, declaró: «Mis vasallos son como niños, lloran cuando se les lava».
Garbage Man
Como Muddy Waters, el irlandés Rory Gallagher, el gran guitarrista que, cuando no sabía qué dirección tomar, recomendaba a su chica que barriese las penas y las tirase al cubo de los desperdicios, se preocupó muy mucho por el hombre de la basura. ¡Y menos mal que se preocupó!, francamente.
El día de los enamorados
San Valentín, me cago en tu cariño y en tus estúpidos requiebros: te despido por causas arbitrariamente objetivas, sin indemnización ni hostias, de un flechazo. Ya no soporto tus empalagosos besos ni tu escasa competitividad en la cama. Tu costosa mano de obra ni acaricia ni luce ni genera riqueza. Eres deficitario, vago, conflictivo y mentalmente inestable. No escuchas, no te comprometes, no evolucionas a buen ritmo y no cuidas el músculo que soporta este proyecto. Te has abandonado por completo e, inflexible como eres, sin ningún espíritu emprendedor, no te adaptas a los cambios ni a las nuevas vicisitudes que se presentan. Ya no me divierto contigo: no hay chispa ni beneficios a corto plazo. Nuestra relación sentimental tiene el mismo futuro y el mismo crédito que tu cartilla de ahorros, en números rojos. Tú sólo piensas en el amor y en el amor como derecho, sin implicarte lo suficiente en el trabajo, lejos de esta empresa; pero a mí, como a Penélope, no me faltan otros pretendientes que hacen más por menos, guapos, dóciles, profesionales, serviciales, baratos y modernamente precarios. Me gusta el riesgo, me gusta darme lujos y no quiero que se me pase el arroz junto a un ganapán desechable que nunca se esforzará lo necesario para superar la crisis presente. Espero que lo comprendas. Si no, que te den morcilla a la europea…y una legislación laboral bendecida por los patronos. Besitos.
PD- Te dejo en la nevera las tres dosis de cianuro. No olvides recoger a los peques de la guardería.
Sevilla tiene un color especial
Sevilla, tan sonriente, tan colorida. La ordenanza de limpieza municipal de la ciudad de Sevilla establece un código de colores perfectamente identificable para la correcta utilización de los contenedores y los diferentes residuos: gris para la fracción orgánica, amarillo para los envases, verde para el vidrio, azul para el papel y el cartón. La ordenanza actual (artículo 59) indica que “la recogida neumática fija en la vía pública tendrá carácter de selectiva, implantándose al menos los buzones de color gris (orgánicos y resto de residuos domiciliarios) y amarillo (envases ligeros de carácter doméstico). También podrán instalarse buzones de color azul para el depósito de papeles y cartón”. El cromatismo está claro, y no se refuta el noble discurso de la selección en origen.
La semana pasada, primer fin de semana del febrerillo loco de 2012, en la zona de la Alameda de Hércules, en el centro de la ciudad sevillana, los operarios de la empresa pública municipal de limpieza, Lipasam, descargaban los residuos de una batería de contenedores subterránea. Un ciudadano anónimo, cansado de sus sucias maniobras, grabó el trabajo de vertido con una cámara y colgó el vídeo en internet. En las imágenes, se ve cómo los basureros mezclan la basura de los distintos contenedores de la batería y la depositan en un mismo camión. Algunos ciudadanos se indignaron muchísimo. El alcalde actual, del PP, Juan Ignacio Zoido, comunicó vía twitter que iba a investigar el asunto. Después, tras consultar con los técnicos -¡vivan los informes no politizados!- defendió de forma estrambótica el proceder de los muchachos de Lipasam. Se ofreció una versión oficial: la empresa cumple con sus obligaciones, la operación no estaba sistematizada ni era común en otros emplazamientos pero, aun así, era excusable ante la opinión pública y, más importante, adecuada para la apacible salida por la espita técnica: esas cosas del buen gobierno que hacen dudar al más incauto. Porque según el alcalde, para que la recogida selectiva sea eficaz, se tiene que verificar el estado de los contenedores porque “si hay un 20% de materias que no son las que corresponden, lo único que hacemos es contaminar todos los residuos que no se han mezclado y hay que proceder a esa comprobación”. Con ello, se justificaba que se mezclasen distintos residuos en un mismo camión, por relaciones porcentuales, para no contaminar más en otros puntos de recogida lo que no está contaminado por los usuarios que sí reciclan. El alcalde añadió que “ya que estamos colocando contenedores selectivos, hagamos un buen uso de ellos” porque los vecinos que actúan de forma incorrecta “producen un perjuicio a la comunidad”. Las culpas, de ese modo, quedaron ubicadas en el terreno etéreo de los siempre minoritarios incívicos que nos rodean, que nunca representan al grueso de la ejemplar ciudadanía, y que provocan puntualmente estragos en determinados lugares porque lo llevan en la sangre. Por tanto, no había necesidad de describir detalladamente los procesos instaurados en la empresa, ni las medidas correctoras que se aplicarán, ni las pautas o mecanismos de control existentes: balones fuera y la perfección administrativa permanece. Algunos ciudadanos, entonces, se indignaron muchísimo más. La tesis defendida por Zoido, nueva y técnicamente, fue rebatida. Los miembros de la asociación de consumidores Facua, creyendo que la práctica podía ser generalizada, pidieron que se aclarasen los hechos por medio de dos escritos remitidos al alcalde popular y al actual gerente de Lipasam, Francisco José Juan Rodríguez. El portavoz de la asociación se mostró muy molesto con las declaraciones del edil hispalense porque, desde su punto de vista, éste intentaba salirse por peteneras y eludir la responsabilidad del Ayuntamiento “en la recogida selectiva de residuos, al tratar de focalizar la irregularidad en un punto concreto y culpar a los vecinos del mal uso». Algunos ciudadanos cambiaron otra vez de pigmentación. Total, que el Ayuntamiento fue empujado a actuar servicial y contundentemente en pos del interés general y la ciudad sostenible: se arrancó la pegatina del buzón de vertido del contenedor donde ponía “envases” y se colocó una nueva donde pone “residuos orgánicos y resto”, más honesta pero no por ello menos indecente, como en los otros dos contenedores de la polémica batería…y santas pascuas y adiós al reciclaje y adiós a los artículos de la ordenanza de limpieza. De momento, así se ha zanjado el tema, adaptando el estilo cosmético de los políticos que aparecen en The Wire al gracejo andaluz, pinturero y residual de la intendencia frangollera. Y colorín colorado: Sevilla sigue teniendo su duende y sigue oliendo a azahar: me gusta estar con su gente.
Hoću, majko, hoću
Del polémico grupo serbio Riblja Čorba, Hoću majko hoću, un animado y pegadizo himno para barrenderos, basureros y otras gentes que currelan a diario en la limpieza. La letra viene a decir aquello de «Mamá quiero ser artista«, pero con menos ilusiones por el artisteo alfombrado de rosas y más interés por los profesionales del saneamiento urbano que encuentran la felicidad entre los desechos de la calle, enfundados en vistosos uniformes. Se puede cantar a coro, compañeros. Aquí, por supuesto, la podéis también disfrutar:






