Yankee go home

John Wayne, ganador de un oscar de ojo al parche, el vaquero de las espuelas para mortificar el lomo, el Duque, el patriota de manual, el rudo macho que odiaba a los forasteros y daba estopa a los indios, era un hombre de convicciones firmes. Cuando los Estados Juntillos estaban metidos en faena guerrera, el actor escribió al presidente de la república federal (imperio) para hablarle de bueyes y para que su poderoso gobierno colaborara con una película propagandística que le rondaba la cabeza y que trataría sobre las bondades de las fuerzas especiales de élite en Vietnam, con sus incursiones integradoras y formativas, cargadas de munición. Creía el vaquero que gran parte de la opinión pública estadounidense todavía no se hacía a la idea de la magnanimidad de fumigar la selva con agente naranja, por lo que era necesario inyectar ardor belicista en las salas de cine. La película se realizó tiempo después, aún en pleno conflicto. Boinas Verdes (The Green Berets, 1968), una obra maestra en lo vomipurgante dirigida por el propio actor, justificaba la noble intervención del ejército norteamericano en el país del sudeste asiático y retrataba a los charlies del Viet Cong como a demonios sulfurosos y desalmados capaces de cometer, por puro deleite, las más inhumanas canalladas en la tierra. El hombre que en la ficción mató a Liberty Valance, el Duque, feo, fuerte y formal, bebedor y fumador empedernido, anticomunista y halcón insatisfecho de alas duras, sabía muy bien lo que necesitaba el país y hasta su amiguete Ronald Reagan, otro as de la interpretación y del discurso derechista, acabó reconociendo sus méritos como guía espiritual de la nación. “Terminé preguntándome qué habría hecho John Wayne en tales circunstancias” afirmó el presidente Reagan durante su mandato -con el oscarizado cowboy ya fallecido- cuando intentaba explicar los porqués de la invasión de la isla de Granada (1983), una proeza gringa de la infamante intrusión en nombre de la democracia.

El estreno de Boinas Verdes no pasó inadvertido en Terrassa, ciudad catalana de la que se hizo eco la prensa estadounidense por la fuerte oposición registrada en el lugar – donde se llegaron a quemar banderas USA de barras y estrellas – durante la visita de Richard Nixon a la grande y libre del caudillo en el otoño de 1970. Apenas un  año antes, en octubre de 1969, mientras se proyectaba la susodicha y pedagógica película de guerra en el Cine Imperial -reconvertido hoy en salón de convenciones y manduca-, un grupo de jóvenes interrumpió la sesión, repartió octavillas, gritó consignas contra la intervención yanqui en Vietnam y lanzó pintura roja y tomates sobre la pantalla en la que un envejecido John Wayne aparecía con inequívoco gesto de merendarse con pan a Ho Chi Minh y a sus secuaces. El tomate autóctono, en términos de actividad antiamericana, convirtió el suceso en una de las vindicaciones con más rechifla concebidas en la ciudad, tal vez sólo superada cuando, bastante tiempo después, Ronald Reagan fue declarado “persona non grata” por la asociación de vecinos de un barrio periférico de la misma aldea egarense.