Héroes, basureros, bombas y lindos gatitos

A Marcelo, el manso y gordinflón

Creaciones de la factoría estadounidense DC Comics, Catwoman, la amiga de los mininos, y Supermán, que no se caga en los calzoncillos porque los lleva por fuera de los leotardos, son dos archiconocidos personajes de ficción, de trepidantes historietas sobrehumanas, llevados también a la gran pantalla. Ambos, acostumbrados a flirtear con el peligro a horas intempestivas, se han encontrado de todo en sus múltiples peripecias, con garra y dinamita. Hemos visto a Catwoman caer sobre cubos y bolsas de basura de forma espatarrante, panza arriba y panza abajo, poniendo en riesgo alguna de sus finitas pero numerosas vidas. Hemos visto a Supermán, incluso, retirar los desechos de las calles como cualquier barrendero municipal, con escobón y carrito de mano. Sus temerarias proezas no se discuten en ese universo imaginario poblado de superhéroes, donde parece fácil atrapar a los gatos perdidos en el garbanzal.

El jueves de la semana pasada, 2 de febrero de 2012, en A Coruña, donde la leyenda cuenta que Hércules derrotó a Gerión el gigante, una señora y un señor daban de comer a los gatos de las calles: siempre hay un papel para esos imprescindibles figurantes del paisanaje whiskas en cualquier ciudad que se precie. De pronto, advirtieron que salía humo de una extraña bolsa de plástico situada en la entrada de una oficina de empleo de la Xunta de Galicia. Alarmados, abandonaron el ronroneo y buscaron ayuda por los alrededores. José Manuel, Emilio y Alberto, basureros, pasaban por allí y escucharon sus desesperados maullidos. Los tres, en su jornada de trabajo, de madrugada, estaban vaciando unos contenedores cercanos. Diligentemente, justicieros, dispuestos a socorrer a los necesitados, se acercaron para ver qué sucedía. Mientras el conductor del equipo permanecía en la cabina del camión de recogida de residuos, los otros dos operarios, que viajaban en la parte trasera del vehículo, se bajaron para desentrañar el enigma de aquel voluminoso paquete. La señora y el señor que alimentaban a los bigotudos felinos, marramamiau, habían retirado ya la bolsa humeante de la puerta del edificio y la habían dejado en el centro de la calzada. José Manuel y Emilio se aproximaron a ésta y, ni cortos ni perezosos, le dieron una patada de inspección académica del riesgo. Al balancearse con el golpe, descubrieron su contenido: aerosoles, envases de gas y productos pirotécnicos ensamblados, con cinco mechas ardiendo. Uno de los dos hombres, sin buscarse los tres pies, trató de apagarlas a pisotones, pero no lo consiguió, como si la kryptonita anulara totalmente sus poderes pedestres. Se agachó y arrancó dos de un tirón. “Entonces la señora se nos acercó y nos dijo que tenía una botella de agua para los gatos”, relataba el basurero. Al rociar con ella las mechas, lograron apagarlas por completo y llevarse, finalmente, el gato al agua. Después, José Manuel y Emilio cogieron la bolsa y la transportaron hasta el camión. Alberto, que les estaba esperando, al verles llegar con semejante fardo, ¡zape!, ¡marditos roedores!, les espetó lo siguiente: “¿Cómo venís con eso aquí, que puede explotar?”. En consecuencia, una vez avisada la policía, dejaron la bolsa a buen recaudo, bajo la atenta vigilancia de los dos entusiastas de la manutención gatuna, y siguieron trabajando como si tal cosa. Cuando llegaron los agentes y los cuerpos especiales para desactivar explosivos (los TEDAX), se procedió a la retirada del artefacto y se volvió a requerir la presencia de los basureros para declarar en el escenario del crimen. Allí mismo, fueron informados de lo cerquita que habían estado de no contarlo: dos minutos más y la bomba casera hubiese estallado en sus morros, ale y ale pum, con nefastas consecuencias. Conmocionados, se quedaron tristes y azules. No obstante, desfaciendo el gatuperio, habían demostrado un valor extraordinario.

Las parejas de los tres operarios de limpieza, de uñas, no estaban nada satisfechas con la gesta de sus maridos. “Nos dijeron que éramos tontos”, declaró después uno de los basureros. Con tantos villanos robando las raspas de sardina, con tanto desempleo, con tanta suciedad, no hay que olvidarse nunca de ponerse en el cuello el cascabel pertinente. Para no salir escaldado, las heroicidades deben dosificarse con tiento. Lo dicta el sentido común.

Copypaste y referencias: esta noticia y esta otra.

Españoles por el (sucio) mundo

La delegación española en la ONU protestó airadamente ante el Secretario General de dicha organización internacional y ante los miembros de la diplomacia estadounidense. Ocurría en los últimos días de 1970, en diciembre, pocos meses después del viaje de Richard Nixon a Madrid, en el que los representantes de ambas naciones se chuparon los cuellos asimétricamente, y el bajito anfitrión, sobre todo, como era su costumbre, se estiró más de la cuenta. Pero lo sucedido en el día de los inocentes de 1970 no se podía tolerar bajo ninguna circunstancia. La situación requería una protesta enérgica por el ultraje. 

Con el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, cuando se creó la ONU, allá por 1945, el régimen franquista fue repudiado por su origen fascista, antidemócrata, fraticida y dictatorial. Poco a poco, gracias a las sinrazones estratégicas de la Guerra Fría entre los bloques capitalista y comunista, el caudillo, Francisco Franco, aislado internacionalmente, fue logrando el apoyo de los países del bando occidental, liderados por los norteamericanos, que casi le acabaron perdonando sus pequeños defectillos ideológicos y sus pecados veniales de represión asesina al por mayor: ¡qué güenos son nuestros queridísimos hijos de puta! La visita del presidente Eisenhower, en diciembre de 1959, fue el espaldarazo definitivo que necesitaba el dictador para legitimarse ante el resto del mundo, a despecho de rojos y represaliados. Unas cuantas bases militares y, venga, ¡arriba el jamón y los futuros baños en Palomares! La berlanguiana Villar del Río se quedó corta en las celebraciones de bienvenida: “Americanos, vienen a España guapos y sanos. Viva el tronío, de ese gran pueblo con poderío”. Porque el inefable caudillo recibió al presidente Eisenhower a lo grande piruli: impecables descapotables, caballitos y lanceros con capa blanca en comitiva, fábricas y colegios cerrados, más de un millón de personas en las calles, escudos autóctonos, banderolas de barras y estrellas, proyectores y bombillas a cascoporro, amplio surtido de fotos guays de los dos gobernantes, arcos florales monstruosos y distintas representaciones del folclore patrio, entre otras chucherías. Por si el norteamericano aún dudaba de su lealtad, ya en el Palacio del Pardo, el dictador nacional-pelayo-católico le regaló un enorme puro canario (de un metro) y le nombró Presidente de la Federación Española de Béisbol y también -¡atención, atención!- alcalde honorífico de Marbella, donde, pasado el tiempo, ya como exmandatario, Eisenhower acabó comprando una bonita vivienda para sus ratos de golf y de ocio soleado. En semejante clima distendido, pese a la brevedad del encuentro, las conversaciones entre los dos jefes de estado fueron fructíferas y muy agradables. Franco, sin apenas sonrojarse, afirmó que “Estados Unidos es responsable de la paz que disfrutamos y de que el Occidente de Europa haya permanecido libre, sin caer en el yugo comunista”. Ahí es nada, sin recuerdos para Hitler. En la reunión estuvo presente Jaime de Piniés, que hizo de intérprete, un diplomático español de raza, gallardía gibraltareña y largo recorrido que es recordado, sobre todo, porque se encaró y estuvo a punto de liarse a mamporros con el todopoderoso Nikita Jruschov, cuando éste dirigía la Unión Soviética y se entretenía dando zapatazos en las mesas de las asambleas. La visita relámpago de Eisenhower, de apenas unas horas, fue aprovechada hasta el tuétano: adiós a la autarquía: disfruten de reconocimiento universal, amigos. Nos vemos y nos llamamos pronto. Les deseo lo mejor. Pónganse cómodos, viajen con nosotros y siéntense en el lugar que se merecen, con autoridad y bambolla, más chulos que un ocho.

La protesta de la delegación española, en 1970, tenía por objeto proteger a sus diplomáticos de la violencia de las calles de Nueva York, donde se encuentra el edificio central de la ONU, unas calles que seguían la “ley de la selva”, según declaraba Jaime de Piniés, por entonces ya embajador español en la institución internacional. La protesta se hacía tras la última agresión sufrida por uno de sus miembros, el mismísimo Piniés, hombre de orden que, sintiendo el peligro constante, no dudaba en pedir autorización para llevar encima una pistola, partidario como era de trasladar la sede de la entidad a lugares menos salvajes y canallescos. Porque, al parecer, el embajador, al salir de su coche, había sido agredido por un basurero de la ciudad, que le derribó y le provocó heridas en la sien y otras magulladuras de menos importancia. La prensa de la época lo explicaba con las siguientes palabras: Estaba abriendo la puerta, tras estacionar, cuando un hombre fuerte y musculoso se apeó de un camión de basuras situado frente a él y le ordenó que se fuese de allí. Piniés contestó que era un lugar reservado para él y que se quedaba allí. Después de un breve intercambio de palabras, el embajador trató de tranquilizar al hombre. Piniés bajó del automóvil y entonces fue agredido. Las declaraciones del diplomático reflejaban su malestar: “El hombre me golpeó con los pies en la cabeza, en la cara y también en mi pierna, donde fui herido durante la guerra de liberación española, y más tarde salió huyendo en el camión con su compañero, que fue testigo de todo el incidente”. Y seguía: “Grité varias veces pidiendo ayuda a unos cuantos transeúntes que pasaban por allí, pero a nadie parecía importarle. Cuando conseguí levantarme tuve que andar media manzana, mientras la sangre corría por mi cabeza y por mi cara, hasta que encontré a un policía”. El agente se ofreció a pedirle una ambulancia para ir al hospital, pero él lo rechazó y se dirigió a su médico particular. Más tarde, un oficial de la policía le llamó y le preguntó si debía arrestar al agresor, que, según Piniés, era negro. El diplomático español señaló que le parecía bastante extraña la pregunta después de las vejaciones de que había sido objeto. En el interrogatorio posterior, el basurero, Irving Davis, dijo que no conocía la identidad de la persona agredida, y que actúo así porque el vehículo del embajador le molestaba para continuar con su trabajo de limpieza. Los basureros, a veces, cuando van apurados de faena, no saben guardar las apariencias: no entienden de extraterritorialidad ni de grandes acuerdos bilaterales entre pueblos hermanos.

P.D.- En nombre de la ciudad, oficialmente, el alcalde de Nueva York en aquella época, John Lindsay, pidió disculpas a Jaime de Piniés por el altercado.

Divina y hacendosa

Sueca, pero no como las suecas del carpetovetónico landismo, Greta Lovisa Gustafsson, actriz, en adelante Greta Garbo, distante y divina, ambigua y enigmática, mística e independiente, era hija de un barrendero borrachín y de una limpiadora de hogar… Y, ¡alehop!, forjó un carácter impenetrable y recóndito, con el polvo sentimental y privado bajo la alfombra de los secretos que, por delicadeza higiénica y buenos modales, nunca se sacude fuera de la propia casa.  

Greta Garbo nació (1905) en la isla de Sodermalm, en Estocolmo, y no pasó una infancia especialmente alegre y abundante. Trabajó en una peluquería, vendiendo sombreros y probando pastelillos, en plena adolescencia. Luego, llegó el cine. Descubierta por Mauritz Stiller, un director cazatalentos que le enseñó el arte de mirar estiradamente y la obligó a adelgazar por el ojo donde cabe el bramante; saltó el charco y aterrizó en Hollywood de la mano de Louis B.Mayer, el famoso productor. Depiladas las cejas hasta el mínimo trazo, Greta se convirtió en una gran estrella del celuloide, la que mejor quedaba en los primeros planos, la cautivadora de rostro helenístico pero escandinavo, la de perfectos perfiles, de voz andrógina (cuando surgió el sonoro) y enorme precipicio espiritual; gélida, marmórea y lejana como el auténtico glamour, sin aristas, profesionalmente contenido pero de vislumbre emocionante, en blanco y negro. Rodó una veintena de películas y sólo un par de comedias. Con el estreno de Ninotchka (1939), poca broma, con  Lubitch tras la cámara y un joven Billy Wilder como guionista, se publicaba aquello de “la Garbo ríe” porque hasta entonces, presa del sacrificio hierático, de la tragedia, de los papeles amargos y de las mujeres fatales, casi nadie la había visto romper a carcajadas. Curiosamente, se desternilló interpretando a una estricta soviética de hoz y martillo que sucumbía en París a los encantos de un vivales capitalista: ¡qué divertido y libre era el capitalismo!, cuando había plata, corriente electrógena en el rodaje, claquetas y un hermoso decorado romántico. A los 36 años, en la cima del éxito, con fortuna ya acumulada, Greta Garbo se retiró a su apartamento de Nueva York y no volvió a actuar; huyendo de los paparazzis, oculta tras gafas oscuras, sin prodigarse en saraos, sin grandes ostentaciones, sin mostrar demasiado la patita, como una Marisol o Pepa Flores cualquiera por la costa malagueña, alimentando el mito, la esquiva aureola de los ausentes y el insalubre huroneo de los gacetilleros más depravados.

Greta, pese a las habladurías, siempre fuera de alcance y temerosa de las multitudes, nunca se casó y nunca se adaptó a la vida de Hollywood. “Nunca pedí que me abandonaran, sólo dije que quería estar sola: hay una gran diferencia”. La Garbo, con su determinante artículo por delante, no hacía publicidad, no firmaba autógrafos, no iba a los estrenos, no concedía entrevistas. “Es cruel molestar a la gente que desea que la dejen en paz; para mí, eso es asesinar la belleza”. Tampoco recogía los premios y las condecoraciones, ni siquiera el Óscar honorífico que le otorgaron en 1954, frenada por su pavor patológico a la densidad demográfica y a las relaciones intrascendentes del famoseo. “No soy tímida, no soy asocial. Hablo con facilidad con la gente que conozco, pero no me interesa la vida oficial. No me gusta aparecer en periódicos y revistas. No me gusta verme expuesta”. Greta Garbo interpretó en la pantalla a la reina Cristina de Suecia, aquella reina ilustrada y conversa que no se rindió al matrimonio de conveniencia – tal como le reclamaban los demás aristócratas – para perpetuar la dinastía; aquella reina que abdicó voluntariamente y sin dar muchas explicaciones, que es lo mejor que se puede comentar de una reina. “He sido un símbolo toda mi vida; estoy cansada de ser un símbolo. Deseo ser un ser humano”, decía la soberana del film cerca del trono. Y añadía: “Os agradezco vuestra lealtad, pero hay una voz en nuestras almas que nos dice lo que debemos hacer y la obedecemos. No tengo otra elección”. Problemas de intimidad, confianza y conciencia, similares a los de la actriz sueca, que también hizo de Ana Karenina y de Mata Hari, ambas con final prematuro y tormentoso. Greta Garbó murió en 1990, a los 84 años, aunque su imagen, gracias a los trucos de escapismo escurridizo del repligue doméstico, permanece inalterable; joven, seductora y flamante como las calles sin tránsito recién regadas, con las barreduras recogidas, en una atmósfera limpia donde no se levantan nocivas e innecesarias polvaredas porque sí. “Los periodistas son la peor raza que existe”, llegó a afirmar rotundamente. Y, con el coloreado periodismo practicado en los cochambrosos alrededores, razón no le faltaba, no. No le faltaba razón.

Mosqueteros del taxi

El ladrón roba un taxi, ese vehículo camuflado, y se da a la fuga, a todo trapo, sin mirar el taxímetro. Ocurre en 1988, en Terrassa. Inmediatamente, enterados de la pérdida sufrida por su compañero de fatiguitas y callejeo al volante, ocho taxistas egarenses, con sólidos valores de emisora y más ganas de carabirubí que el mismísimo Fary, se organizan y salen a buscar al delincuente, sedientos de venganza y, como Travis Bickle, capaces de “cortar por lo sano” y “hacer frente a la chusma” sin requerir presencia policial. Le persiguen por toda la ciudad, que afortunadamente para las suspensiones de los coches no es San Francisco, y le consiguen acorralar en un barrio. El ladrón, à bout de souffle, abandona el taxi y escapa a pie, emulando a Benny Hill en la cadencia de pisadas. Los taxistas, con licencia para caracolear por las ondas del Justo Molinero, recuperan por fin el vehículo. ¿Solidaridad? ¿Corporativismo? ¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí?

Los últimos de Filipinas: The Return

«Dice un periódico de Barcelona:

Recientemente llegó a Sabadell, desde Cádiz, habiendo hecho el viaje a pie, un infeliz soldado procedente de Filipinas, que después de haber permanecido más de un año prisionero de los indígenas, logró huir nadando, dirigiéndose a Manila.

En cuanto llegó a Sabadell, el alcalde avisó al de Tarrasa, de donde es vecino el repatriado, y esta autoridad dispuso que en carruaje fuese trasladado a dicha ciudad para su ingreso en el hospital. El desgraciado defensor de la patria es hijo de una familia aragonesa que vivía en la calle del Valle de Tarrasa. A su regreso de Filipinas, no ha encontrado a ningún individuo de su familia, pues su madre y hermano habían muerto, y su padre se marchó a Aragón, su país nativo»

La Cruz: diario católico. Año III, nº642, diciembre de 1903.

Barrer la calle y olé

“Toda persona sensible es un artista, aunque esté barriendo una calle”. Curro Romero. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, 1997.

Uno puede disfrutar del lenguaje taurino y, al alimón, aborrecer a toda la cuadrilla de matadores de grana y oro, y a sus subalternos en la barbarie. De la misma manera, se puede ser currista sin que te gusten las corridas de toros. El mundo al revés por montera, la lógica irracional de la éstética. Eso es así, naturalmente, hasta en la Cataluña libre de faenas pero practicante irredenta de los cuernos con bolas. Que Curro Romero ya no toree en los cosos importa bien poco: el currismo se inventó para traspasar las fronteras del tiempo. Porque Curro, el Faraón de Camas, alternó ramilletes de romero en la solapa con almohadillazos volando, salidas a hombros con vituperios, ovaciones en los tendidos con broncas mayúsculas, triunfos de leyenda con fracasos estrepitosos. Genio de la inhibición, maestro de las espantás, imprevisible como los mengues que le iluminaban, controvertido, alimentó durante más de cuatro décadas los mitos del arte, del duende y del gran clasicismo en la tauromaquia, domeñando con temple y aplomo lo infinitesimal, deteniendo hasta los relojes cuánticos cuando – de tarde en tarde- le venía la inspiración, el garbo, la elegancia y el tronío de figura principal en su jurisdicción del albero. Como faraón y capitán de gladiadores, reconocido pero silente, de carácter pausado y tímido, nunca se caía del cartel y llenaba las plazas hasta la bandera. Tras el milagro estacional de las verónicas, tras subir a los altares de la lidia en levitación – con los pies bien plantaos en el suelo-, tras destapar el frasco de las esencias; podía pasarse meses enteros durmiendo en la suerte, en el burladero más inhóspito, pinchando en hueso. La estocada final no entraba siempre en sus planes de grandeza: los espadazos fueron tan frecuentes como su hostilidad ante el verbo matar o su resquemor por las orejas cortadas: él prefería dar la vuelta al ruedo con un arbusto aromático -el fetiche – en las manos. Si un astado no le hacía tilín, por sentimiento, por instinto esotérico, por temor a la arboladura o por lo que sea, no dudaba en despachar de un bajonazo la faena o en soltar el capotillo o la muleta para salir por piernas hasta el callejón, preso del pánico y la cagarrina del manso. “Prefiero hacer las cosas cuando estoy a gusto y no a disgusto. Creo que soy puro”, decía nuestro Bartleby cañí de los toros. Se retiró ya sexagenario, con unas cuantas cornadas en el cuerpo pero saciada su hambre florida de gloria, abriendo la puerta grande de la jondura sentimental sevillana. Los curristas y guasones romeristas lo afirmaban sin rubor: merecía la pena pagar la entrada sólo por ver su donosura y talento desfilando en el paseíllo hacia la presidencia, aunque luego no diera ni un maldito pase en condiciones.

Curro, mi Curro, aficionado del Betis, fiel a sí mismo, odiaba la mediocridad y las medias tintas, manque pierda. Solemne, flamenquista boyante, paladín del toreo pinturero y de pellizco, fue íntimo amigo de Camarón de la Isla, que le dedicó una de sus obras y una canción, con Paco de Lucía a la guitarra. Casi ná: arte y majestad. El Faraón de Camas armaba el taco feo con reincidencia y aviso de cornetas. En alguna ocasión, incluso, se negó a matar a toros que le tocaron en lote: el público, entonces, bramaba y embestía al bulto, le dedicaba los peores insultos y le lanzaba rollos de papel higiénico, almohadillas y otros proyectiles más contundentes. Él no entraba al trapo ni humillaba el morro, imperturbable en sus nervios de seda. En la moderna ciudad de Madrid, la de la chupi movida, a finales de los ochenta, le llevaron vestido de luces a comisaría por alteración del orden público: los aficionados no solían respetar su diplomacia caprichosa y entreguista con cornúpetas y morlacos. Ante el juez, declaró que “el toro estaba toreado”, esto es, movido, pregonado; que sintió un miedo terrible y que, por eso, no quiso arrimarse a la bestia, porque pensaba que iba a sufrir tontamente una cogida, sin pena ni gloria. Un torero sorprendente, un visionario que lidiaba con lentillas, un valiente cobarde, un cobarde valiente que dejó un reguero de sangre animal en el coso…y también el currismo como fenómeno sociológico y una legión de devotos con la sensibilidad a flor de piel, preparados para barrer, por amor al arte, plazas y callejones por los que ya no pasa ni un alma estrellada.

Keep on truckin

El niño Robert Crumb, con sus hermanos, rebuscaba cosas en la basura. Así lo cuenta el propio Robert en la película Crumb (1994), dirigida por Terry Zwigoff y producida por David Lynch. “Una vez Charles –el mayor- trajo algo del contenedor, un camión de los helados de madera que yo ansiaba y que él no me dejaba tocar”. Cuando la madre intercedió para que Charles prestara a su hermanito el juguete que había encontrado, el primogénito no opuso demasiada resistencia: hizo añicos el camión de madera contra un muro y, entonces, le dejó jdugar hasta que se hartara con los fragmentos.

Robert Crumb, estadounidense, nacido en 1943, es un juglar alto, flaco y miope, de enormes lentes. Siempre está dibujando. Marginal, extravagante, escurridizo, misántropo. Fetichista, tecnófobo, contradictorio, inadaptado. Tranquilo, ocurrente, separado y desgajado. Risueño de la carcoma interior, sin romanticismos, onanista compulsivo, asqueado de la mediocridad borreguil circundante, con fijación por las mujeres, sazonado de misoginia. Tomó LSD, reniega de los laureles que le coronan, toca el banjo -muy bien-  y colecciona discos viejos de 78 revoluciones: “Escucho música antigua…de las pocas veces que tengo amor por la humanidad”. Robert es uno de los grandes del llamado cómic underground. Ilustrador, historietista de fanzines y revistillas contraculturales, azote de la gran farsa, de lo políticamente correcto, del american way of life, de la comercialización disparatada del hueso de unicornio: “Todo el mundo es un anuncio ambulante”. Pese a quien pese, aunque se crea lo contrario, los hippies, el rock y la psicodelia nunca fueron lo suyo. Hasta la mismísima Janis Joplin, voz en traca, le recomendó para superar sus problemas con las mujeres que se dejara crecer el pelo, que se vistiera a lo jipilón florecilla y que se fuera a vacilar a un parque. Robert nunca siguió su consejo.

La familia Crumb -ríete del desencanto de los hermanos Panero- queda retratada en el documental de Zwigoff. El padre era un tipo rígido que nunca sonreía en casa y que hubiese deseado tener un hijo marine. La madre, puritana católica, como una chota, se pasaba las horas buscando gatitos y anfetaminas. Charles, el hermano que le destrozó el camión, el más impopular durante su etapa en el instituto, ermitaño, recluido, talentoso y consumado lunático, se suicidó al año de acabar el rodaje, completamente abandonado de sí mismo: “Nunca estoy estreñido. Es todo lo que puedo decir de mí”. Maxon, el otro hermano, vive en un hotel de mala muerte, sale a mendigar a la calle con un cuenco, persigue a las jóvenes para quitarles los pantalones en público y se pasa horas sentado sobre una cama de clavos, como los faquires. Emocional y sexualmente, todos se criaron en la escuela del rechazo y en una de las más puras represiones.

Robert Crumb, perro verde, con todos sus arañazos en la espalda, logró, más o menos, escapar del derrumbe total y se quedó en locatis adverso, en los trazos gruesos de la frontera de la disparidad, pululando en las esquinas clarividentes de lo grotesco, dibujando en los asideros del precipicio, rotulando el hilarante desequilibrio, siempre con voluptuosos contornos. Eso sí, internacionalmente reconocido y con capacidad de generar suculentos dividendos:“Hay gente que toma mi trabajo demasiado en serio. Y cuanto más en serio me toman, más dinero gano”. Crumb reside actualmente en el sur de Francia, en un pueblecito medieval con bonito río, en una enorme casa señorial de piedra, ideal bohemios urbanitas con fantasías campestres o alienígenas. Ha publicado una obra de inspiración bíblica en múltiples países. Resiste como un jabato de garabato, no obstante, en el más vibrante y periférico de los submundos, infectado por el virus de las nalgas femeninas sobre piernas escandalosamente robustas.