Basura en los medios

Bolsa de basura

El 4 de mayo de 1984, la empresa CEMESA –encargada entonces de la recogida de basuras en la ciudad de Terrassa– comunicaba al señor José su despido fulminante. Los motivos: unas declaraciones suyas en la radio y en la prensa. José, representante de los trabajadores y el presidente del Comité de Empresa en aquella época, había afirmado públicamente en los medios de comunicación locales que existía corrupción en CEMESA, que en las nóminas se incluían pagas a catorce personas que no pertenecían a la plantilla, que no se abonaban las cuotas de los operarios a la Seguridad Social, que se obligaba a trabajar a aquellos con baja médica, que se realizaban encargos privados al margen de la contrata acordada con el Ayuntamiento de Terrassa y cuyos turbios ingresos no se hacían constar legalmente, que personas concretas habían salido beneficiadas durante largo tiempo…

Tras la fatal noticia del despido, sin expediente previo, el trabajador y sindicalista José se presentó al día siguiente como si tal cosa en su puesto, sin que le fuera permitido el acceso a las instalaciones de la empresa. El hombre no consideraba justo lo ocurrido e iba a reclamar hasta el final ante los órganos judiciales. El 10 de mayo, tras días de barrarle el paso, los responsables de CEMESA permitieron que el señor José volviera a desempeñar las funciones propias de la categoría laboral que ostentaba con anterioridad. No obstante, la empresa le reclamó inmediatamente quince millones de pesetas de indemnización (una burrada en aquellos años) por las presuntas calumnias e injurias vertidas en los medios. El día 21 de mayo tuvo lugar un acto de conciliación previo al juicio. No hubo acuerdo: el sindicalista no se achicó y nunca quiso retractarse de lo dicho. Eran otros tiempos y tipos de otra nuez.

A la postre, José continuó trabajando en la empresa de recogida de basuras y, obviamente, nunca llegó a pagar ni un céntimo de los 15 millones de pesetas que se le reclamaban.

Tras un escándalo mayúsculo, en enero de 1985, el encargado general de CEMESA, un tal Julián, fue cesado por actividad fraudulenta, tras demostrarse que las declaraciones realizadas por el señor José tenían cuerpo y sustento, sin infundios. La cosa no quedó sólo ahí: el caso del señor Julián, ya con el Ayuntamiento de Terrassa gestionando directamente la recogida de residuos en la ciudad a través de la empresa municipal Eco-Equip, aún traería mucha cola. Esa, no obstante, es otra historia

Chatarra para todos

chatarra

El Ayuntamiento de Terrassa elaborará próximamente un estudio de mercado para la creación y constitución de una cooperativa municipal para las personas que viven de recoger chatarra, cartones y papeles en la calle, de manera irregular. Esta iniciativa, aprobada por unanimidad el pasado mes de febrero de 2015 por todos los grupos políticos con representación en el consistorio, choca frontalmente con las sanciones que se pueden aplicar en la localidad a aquellos que manipulan los contenedores y los desechos allí depositados o en los sitios habilitados para tal efecto en la vía pública. Sin embargo, la propuesta, con un amplio consenso institucional, pues, va dirigida a los “más vulnerables entre los más vulnerables”, a aquellos cuya “única salida que tienen o que les queda para ganarse la vida” es el reciclaje esporádico, con la “voluntad de restituir la dignidad a las personas a ojos de la ciudadanía”. Todo, ergo, por el pueblo. Por el pueblo llano; eso sí, teniendo en cuenta la rentabilidad de la recuperación de dichos materiales, las cuestiones jurídicas inherentes, los más que probables problemas de gestión y el impacto en otros organismos municipales como la empresa pública Eco-Equip, la encargada de recoger los residuos en Terrassa. Pero todo por el pueblo, en suma, en la ciudad de las personas.

Los recolectores informales de chatarra, papel y cartón -una imagen hoy tan habitual como la de los que registran los contenedores en busca de comida-, cada vez más abundantes, cada vez más desesperados, cada vez quizá menos estéticos -para el canon de belleza del establishment-, cada vez sin duda más informales, todavía no se han pronunciado al respecto. Ni siquiera como ciudadanos. Ni siquiera como personas. Ni siquiera como mamíferos que son.

Los leones del vertedero y el rocín del surrealismo

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“¿Queréis ir al vertedero a matar ratas?”, preguntaba Emmet Ray (interpretado por Sean Penn) en la estupenda película Acordes y Desacuerdos (1999), de Woody Allen. El personaje de Emmet, virtuoso de la guitarra, gran artista pero con grandes defectos mundanos, disfrutaba disparando con su pistola a las ratas que se movían entre montones de porquería. Moscas, gaviotas, gusanos…La fauna en los basureros es hasta cierto punto monótona. Ratones, gatos sin orfanato que los acoja, chuchos pulgosos. Los mamíferos que pueblan los vertederos de la civilización no sorprenden a casi nadie. Arqueológicamente, los restos ofrecen explicaciones sobre el modo de vida, el hábitat, la idiotez humana y el devenir surrealista de los tiempos: en 2010, se paralizaron las obras de conexión del Cuart Cinturó –ese espanto contra natura- y la C16 porque se descubrió durante las excavaciones un antiguo vertedero municipal de Terrassa, de suelo inestable como base, lo que obligó a retirar y redistribuir las miles de toneladas de residuos acumulados –de época- en los márgenes de la carretera y en las zonas anexas, cubriéndose después con unos pocos metros de tierra: una solución del Hombre y la Tierra. Biológica y zoológicamente, los restos alimentan a carroñeros y parásitos. Artísticamente, los restos son la monda lironda: los mejores depredadores afilan sus colmillos, las ratas nunca abandonan el navío de la fama, las sucias moscas revolotean sobre cualquier mierda inconsistente y cremosa.

Los residuos que se han generado en la ciudad de Terrassa se almacenan en el subsuelo de lugares como Coll Cardús, el Femer del Fava o los campos de Can Bogunyà, cerca del Llac Petit, una zona de interés parapsicológico que arrastra una terrible leyenda negra de muerte, ectoplasmas, plásticos, suciedad y mal ambiente. El vertedero de Can Bogunyà, pues, estaba situado cerca del barrio de Poble Nou, en el norte de la ciudad, en las inmediaciones de la salida por la carretera de Rellinars, bienvenida a los verdes bosques del parque. Las depresiones naturales y torrentes existentes se rellenaron con escombros y desechos, creándose una bonita planicie por cubrimiento, superposición y sepultura, apta para las nuevas cosechas del progreso y para corretear, en esparcimiento antílope, como si de una sábana africana se tratase. No se impermeabilizó el suelo: las aguas freáticas necesitaban condimento. Durante años, los vecinos de la zona presentaron reiteradas quejas por los humos, los gases, los objetos volátiles, la cercanía de las viviendas, el riesgo de contaminación, la proliferación de roedores y el vagabundeo de perros con hambre canina, no del todo higiénicos. También se quejaron de los malos olores: olía a tigre.

En 1970, el señor Barrachina, encargado del vertedero de Can Bogunyà, hizo un hallazgo extraordinario: tres leones decapitados habían sido depositados en las instalaciones del basurero sin que se conociera el porqué ni su procedencia. Dos machos y una hembra embarazada, adultos, con las garras mutiladas. ¿Brujería? ¿Broma macabra? ¿Ritos satánicos? ¿Qué hacían aquellos ejemplares propios del África Subsahariana en una región tan septentrional? ¿Por qué les habían amputado las cabezas y las extremidades? El misterio rondaba de nuevo por los terrenos de Can Bogunyà. El caso saltó a las páginas de los principales periódicos del país; las investigaciones no daban resultados; la comidilla no cesaba. Tanto revuelo se formó que, con cargas de conciencia, Joaquim Jover se vio impelido a confesar el crimen: Joaquim, residente en Terrassa, taxidermista de profesión, había comprado los leones al propietario del “Circo Zoo”, con la intención de disecarlos. El propietario del circo había matado a los animales porque estaba a punto de cerrar su entrañable negocio de entretenimiento infantil…y porque la leona, de un zarpazo, había acabado con la vida de un niño de 6 años, su propio nieto. Cuando los leones llegaron a Terrassa, hacía horas que dormían el sueño de los justos y el proceso de descomposición estaba suficientemente avanzado como para hacer imposible la preservación técnica de las piezas. El taxidermista decidió aprovechar las cabezas y las garras, desembarazándose después de los cuerpos, que dejó en el vertedero tras arduas labores de transporte. El misterio, así, quedó prácticamente resuelto. La extravagancia en mayúsculas, no obstante, acababa de empezar.

Salvador Dalí, bestia exótica de l’Empordà, artista universalmente reconido, pintor de todo tipo de animales estrambóticos y oníricos (desde hormigas hasta rinocerontes), el hombre que quería atravesar los Alpes montado en un elefante, el coautor -junto a Harpo Marx- del guión Jirafas en ensalada de lomos de caballo, leyó en la prensa la noticia de los leones del vertedero de Terrassa y tuvo una de sus brillantes ideas para perturbados que hace tiempo han perdido totalmente la cabeza: de Lorca a las felicitaciones a Franco a través de relojes blandos, en una particular persistencia de la memoria. Se relamió los bigotes: el safari surrealista (que no real en Botsuana) no admitía demoras: llamó inmediatamente a Joaquim Jover y le hizo un encargo. Joaquim tendría que disecar un hermoso corcel blanco, de las pezuñas a la crin. El caballo, de nombre Rocibaquinante, regalo de su colega Joan Abelló –que recibió una litografía como contrapartida-, fue trasladado desde Portlligat a Terrassa. En el matadero de la población vallesana, le aplicaron una descarga eléctrica y, una vez consumado el asesinato equino, fue conducido hasta el taller del taxidermista, que se aplicó todo lo que pudo en su oficio, en una tarea que duró casi un año. El caballo, con vida, pesaba 400 kg. El caballo, muerto y disecado, pesaba 400 kg. El pintor se mostró encantado con su macabra adquisición: “Además de un caballo blanco y un león llegado hace dos días, espero la próxima semana una monumental jirafa”. Dalí ofreció el caballo a su esposa, Gala, como presente de cumpleaños y varios operarios – en una disparatada maniobra- lo subieron por las escaleras para instalarlo en la suite 108 del hotel Ritz de Barcelona, donde solía alojarse la pareja y donde se cometieron innumerables chaladuras de portentoso talento, paranormal, de indomable gilipollez y cabalgar botarate.

Dalí y su caballo

El caballo disecado se encuentra, hoy, en la entrada de la Casa-Museo Castillo Gala Dalí, en Púbol, en una vitrina que no cruzan ni las moscas más limpias.

Regueros peligrosos

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En septiembre de 2014, un camión del servicio de limpieza y recogida de residuos de la ciudad de Terrassa, de la empresa Eco-Equip, provocó una gran mancha de aceite que dificultó el tránsito rodado y se extendió a lo largo de más de 2 kilómetros. Un motorista cayó al suelo al resbalar en ella, sin sufrir daños de consideración, afortunadamente. La policía local siguió el rastro de la mancha hasta llegar al camión, ya detenido por su conductor -“en cuanto se había dado cuenta”- y que estaba perdiendo aceite de la carga que transportaba, después de recoger algunos contenedores. Al parecer, el líquido oleaginoso no fue correctamente reciclado por los usuarios del servicio, los trabajadores del equipo no se percataron al instante del vertido y las gomas aislantes y el sistema de sellado estanco del vehículo de Eco-Equip no pudieron evitar la fuga de forma conveniente, preparada o segura para ese tipo de fluido. Una brigada de operarios de la misma empresa, a instancia municipal, tuvo que limpiar la mancha del asfalto durante horas.

En julio de 1976, un conductor de recogida de residuos de la empresa Conserlim, concesionaria entonces del servicio en la ciudad de Terrassa, no comprendía cómo se pudo abrir la compuerta trasera del camión. “Con el ruido del vehículo y la oscuridad de la noche no se dio cuenta de la avería hasta llegar al vertedero”. Las inmundicias, desechos y vidrios quedaron desperdigados por la calzada, obstaculizando el paso y con riesgo grave para la circulación. La policía local alertó a la empresa y solicitó el adecentamiento urgente de la vía. Una brigada de operarios acudió al lugar para limpiar el rastro dejado por el camión de basuras. Mientras se afanaban en retirar los restos del pavimento, tres de ellos fueron atropellados por un turismo. Los tres hombres, basureros, murieron en el acto.

Hasta que llega nocturno
sin demasiada ternura
y los engulle uno a uno
el camión de la basura

(Obstáculo Impertinente, 1987, Rosendo Mercado)

Por cierto, este último octubre de 2014, en la ciudad de Terrassa, los vertidos de los vehículos de limpieza urbana fueron bastante frecuentes. A final de mes, se paralizó un camión de basura porque perdía un ácido muy corrosivo -otro líquido no correctamente reciclado- de la caja trasera, que “suponía un riesgo evidente para los usuarios de la vía, para conductores y peatones”. Pocos días antes, una máquina barredora también virtió hidráulico en la calzada. Lo sé por experiencia y por la prensa local:

máquina barredora vierte líquido

 

Además, en otro orden de cosas, en ese mismo mes, en el Pleno Municipal, tras múltiples críticas (interesadas y desinteresadas y no tanto), se aprobaron varias medidas para “mejorar” el servicio, por unanimidad de todos los grupos con representación en el ayuntamiento. La concejal responsable, Carme Labòria, del PSC, dijo: “Me gustaría remarcar y agradecer la dedicación de los trabajadores de Eco-Equip en la ejecución de sus tareas. Muchas veces son muy poco valoradas por los ciudadanos y creo que es un colectivo que se está esforzando mucho, que está trabajando, que ha sufrido unos grandes recortes, sobre todo en personal. Entendemos que se les tiene que agradecer la labor que desempeñan”. Agradecimientos (¿peligrosos?) en reguero, en fin, casi como cantaba Rosendo.

Comediantes en la basura

El humorista Josema Yuste, añorado hombre de empanadillas y nochevieja a las trece, se metió en el papel de un ejecutivo sin demasiados escrúpulos, Tomás Bernal, el Tiburón del Tibidabo, un asesor financiero agresivo, oportunista y firme adepto de la cultura del pelotazo, un exitoso joputa de los negocios. Tomás trabajaba para la firma Bürman & Bürman…y estaba encantado de no tener entrañas. En la película en la que se narran sus peripecias, Adiós Tiburón (1996), participan actores de indudable vis cómica y otros que resultan cómicos a su pesar: José Sazatornil, Agustín González, Enrique San Francisco, Isabel Serrano, Manuel “Manolito” Alexandre, Remedios Cervantes, Benito Pocino, Anne Igartiburu, Llàtzer Escarceller… Gran parte del rodaje tuvo lugar en la cocapital egarense del Vallès Occidental, en pasillos y habitaciones del Hospital de Terrassa.

ADIOS TIBURON

Adiós Tiburón exhala calidad y tiene un argumento poético y muy bien hilvanado, una trama de encaje de bolillos. Tomás, triunfador y cabrón, compra acciones de unos laboratorios a espaldas del consejo de administración de su empresa porque confía ciegamente en la seguridad de la inversión y en las potencialidades económicas de un medicamento “capaz de borrar la nostalgia y la tristeza con una sola dosis”, liberando también al paciente de la adicción a los fármacos. El asunto no sale como esperaba: asesinan al descubridor de la fórmula milagrosa y ésta se pierde de los laboratorios, con consecuencias nefastas para la operación financiera diseñada. El Tiburón del Tibidabo es despedido y entra en barrena picada, quedándose sin aleta y sin un chavo en el bolsillo. Repudiado por su entorno, decide, entonces, recuperar la fórmula y su posición social anterior, de gran consumidor y perfecto escualo dentado. Las pistas y pesquisas le llevan hasta el Hospital de Terrassa, donde Tomás, entre otras mamarrachadas, participa en carreras de sillas de ruedas con apuestas, baila reggae entre enfermeros, se disfraza de limpiadora con fregona, asiste como médico en un parto, se acuesta con pacientes con trastornos digestivos, se toma pastillitas de la risa, entabla pícaras conversaciones con suicidas, reflexiona sobre la lobotomía y está a punto de ser liquidado por un francotirador italiano de la mafia, Garabito, que tiene la misma cara que Mortadelo. La cosa acaba con un juicio de astracanada, multitudinario y abstruso, con carcajadas por doquier. Muy recomendable la peli, opino, si se ha perdido completamente la cordura y el buen gusto.

En una de sus escenas, el protagonista, Josema Yuste, aparece montado en un estribo de un camión de basura de Eco-Equip, la empresa municipal que se encarga en Terrassa de la recogida de residuos sólidos urbanos desde 1985, cuyos operarios hicieron de figurantes. El camión, un Pegaso con matrícula de Barcelona, es el medio de transporte que utiliza Tomás –tras ser mandado a la mierda- para llegar al Hospital de Terrassa. Mientras tanto, los empleados de Eco-Equip simulan su trabajo habitual de carga ataviados con su antiguo uniforme de colores rosados, colores que fueron sustituidos poco después por una combinación fosforito de azules y amarillos. Cuando el camión de basura sale en pantalla, cuando los chicarrones de Eco-Equip ya se vislumbran, empieza a sonar una exquisita y elaborada canción de autor, con un mensaje anti-sablista y de cautela dineraria ante los depredadores: “Ten cuidado donde te bañas, esconde la cartera de las manos largas y de la vista certera”. Y, según se cuenta, los operarios de Eco-Equip pudieron bañarse prácticamente gratis en la comicidad durante las dos noches en las que se requirieron los bártulos basureros y sus servicios como extras: en ambas jornadas, compartieron cena de catering con los actores del filme. Cine basura y basureros, en íntimo tentempié de hilaridad…y quizás escondiéndose la cartera. 

Un señor (truhan) en la basura

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Hasta mediados de los años ochenta (siglo XX), el señor J, encargado general en la empresa de recogida de residuos de Terrassa, mandamás en la calle, se llevaba su buen fajo de dinero negro a costa de lo ajeno, como sucio profesional del mangoneo en la limpieza. Si ello era normal en la economía sumergida de la siempre hábil masa tunante -en la que me incluyo, sin habilidades-, no lo era tanto que además, en el mismo acto, se diera también rejonazo directo a las instituciones democráticas oficiales, las de todos -¡ejem!-. Porque la empresa privada que tenía en aquella época la concesión del saneamiento urbano, gracias a las tretas del señor J, realizaba la recogida de basuras a particulares que pagaban bajo manga. ¿Por qué pagaban bajo manga? Pues porque el señor J, con autoridad y desidia para chupar del bote como un retorcido bellaco, ordenaba que se vaciasen dichas basuras particulares en el vertedero municipal, facturando el trabajo con toda la jeta del mundo al Ayuntamiento de Terrassa, cuyos controles de inicio fallaron por pasiva y quizás también por activa. Cargando el gasto en las arcas municipales, el señor J, según se afirmó, utilizaba los camiones de la concesionaria para transportar los desechos recolectados por otra empresa que él mismo dirigía. 

El señor J, en la más odiosa tradición picaresca –sin ser un desharrapado lazarillo-, beneficiándose del cardinal cargo que ocupaba, cobraba dos veces por la misma mierda y tributaba con gloria canalla por sus desdobladas reiteraciones lucrativas, lo cual debe considerarse un buen ejercicio para sortear cualquier crisis y ser admirado como listo supremo entre los jefes cañís y los jamás pasados de moda chulazos carpetovetónicos: hasta Mahatma Gandhi se aprovecharía si pudiera, solemos justificar los procaces del doble juego en nuestros íntimos salones. Bajo ese prisma, el señor J sabía lo que no estaba escrito: no se desperdiciarían oportunidades: rock and roll. La administración local, garante de los derechos de la comunidad, con gobierno entonces de mayoría absoluta socialista, apoquinaba religiosamente por los servicios prestados por el señor J, aunque ni por asomo fueran de su incumbencia. La cosa llegó a ser tan escandalosa que, al final, saltó la liebre. El Ayuntamiento de Terrassa, impelido a investigar los hechos, descubrió -¡oh, qué barbaridad!- que la práctica fraudulenta era corriente y cotidiana: sus fondos habían sido mermados por un solitario pirata malandrín. El señor J -¡eureka!- reconoció ante el consistorio el desfalco y su proceder ilegal…pero no fue denunciado por ningún delito: venga, pelillos a la mar, chaval, banalicemos la estafa y pasemos la pelota al poder disciplinario de la concesionaria de los trajines, acullá. El Ayuntamiento de Terrassa no se cebó ni se metió en pleitos penales: el hombre tampoco había matado a nadie, sólo se había embolsado por el morro una importante cantidad de dinero público, socializado para las mejores obras de interés general de un rapaz caradura, aunque de más baja intensidad y mejor estofa que otros futuros degenerados de renombre. ¿Fue el señor J una cabeza de turco? ¿Cuál fue el precio del poder? ¿Quién silenció a los corderos? Veamos cómo se desarrollaron los hechos a posteriri.

Una vez destapado el caso de corrupción, el señor J siguió removiendo los despojos de la ciudad, si bien apartado de primera línea, nominalmente destituido, y con expediente disciplinario abierto pero no del todo ejecutado, in albis. Poco después, la nueva concesionaria del servicio -conocedora indudablemente del asunto- le propuso que se tomara un año de excedencia por su “actuación desleal”. El señor J aceptó rápidamente la generosa propuesta: los errores muy gravísimos, con dolo, exigen un contundente castigo hasta en la Srpringfield de Los Simpsons, sobre todo si la sanción ni siquiera se produce como tal y depende de uno mismo, en espera de que las aguas se calmen. Se contrató a un nuevo encargado general y la memoria se fue diluyendo con el transcurrir de las estaciones. En estas, en 1985, el Ayuntamiento de Terrassa -desbordado por los múltiples y turbios acontecimientos sobrevenidos en la gestión de las basuras- quiso hacerse cargo directamente de la recogida de residuos en la ciudad a través de la empresa pública Eco-Equip, que asumió, por subrogación, los compromisos de la concesión anterior y a toda su plantilla de personal, a excepción del señor J, que disfrutaba, como trabajador excedente, de una extraña suspensión voluntaria. Pero éste tenía todavía que exhibir su ejemplar naturaleza y, cumplido el año de excedencia, solicitó su reingreso. Como de entrada no se aceptó su petición, denunció a la empresa Eco-Equip y las dos partes se vieron las caras en el acto de conciliación previa al juicio, donde -¡aleluya!- se pactó entre ambas que en el momento que quedase descubierta otra plaza de encargado se le volvería a admitir en nómina, o bien –si no estaba conforme- que se reincorporaría en otro puesto de categoría inferior, condicionado a la existencia de vacantes. Con lo redactado, el señor J salió del lugar con nuevas armas jurídicas, acordadas libremente, por supuesto. Meses después, presentó una demanda por despido nulo porque la empresa había contratado a nuevo personal y él no recibió ningún aviso, tal como se requería. Ganó el juicio, cuya sentencia fallaba a favor de la readmisión. La empresa pública comunicó a la autoridad judicial que no pensaba repescar a un hombre que actuó de forma tan sumamente mezquina –lo que ya sería de rechifla para el respetable- y solicitó, por tanto, que fijara la indemnización correspondiente, que se calculaba entonces sobre el sueldo dejado de percibir hasta la fecha. El señor J, limpio de toda culpa, vio recompensados sus esfuerzos en los tribunales y aumentó su patrimonio con unos cuantos millones de pesetas más, también limpios y conseguidos con honradez, nuevamente de la caja común del ayuntamiento, un pellizco nada desdeñable en aquellos maravillosos años ochenta. Porque todos y todas, como siempre, eran iguales e iguales ante la ley, con garantía de tutela judicial efectiva. Pero el mundano señor J, eso sí, cuyo nombre empezaba realmente por J, no se inspiró nunca en la literatura del señor K (Josef): sus procesos eran mucho más llevaderos y comprensibles…Y más ventajosos en última instancia.

Obertura de flautistas

Múltiples y graves problemas azotaron la ciudad de Terrassa por la recogida de basuras y la limpieza de sus calles, actividades prestadas por empresas privadas hasta mediados de los ochenta. Una de ellas, concesionaria de los consignados cometidos, dejó un reguero de anomalías e ilegalidades: adulteración en los cobros, impagos, deudas, desviaciones de recursos, desmanes con el erario, acumulaciones, dejadez, mugre. Los vecinos acababan asumiendo el coste, como casi siempre, y la casa permanecía sin barrer, sucia, infestada, como la Hamelín de las ratas antes de la llegada del flautista. Entidades ciudadanas y los propios trabajadores implicados, con firmeza, solicitaban la municipalización del servicio, sin que el equipo de gobierno supiese bien qué música poner. Así las cosas, en julio de 1985, el Ayuntamiento de Terrassa, de mayoría socialista, decidía hacerse cargo directamente de la gestión de residuos en la ciudad, con la intención de “dar el máximo rendimiento económico” a la partida destinada y, al mismo tiempo, “posibilitar una mejora sensible de las prestaciones, consiguiendo, también, una rentabilidad de tipo práctico”. Los defensores de la nueva forma de gestión esgrimían los argumentos del beneficio social de lo público y del reparto general consiguiente. Con un legado conflictivo por el hacer anterior -privado-, nacía Eco-Equip como sociedad anónima de capital -público- municipal, encargada en Terrassa de la recogida de residuos y la limpieza viaria,  riego y alcantarillado.

Al año de su fundación, se descubrieron irregularidades en las cuentas de la novel empresa, dedicada de forma singular al saneamiento. El gerente de entonces, un tal Calatayud –cuyo nombre no era Dolores-, dimitió y se marchó. Poco después, el concejal responsable, un tal Valentí –cuyo apellido no era Almirall-, también dimitió, con prácticamente toda la oposición solicitando su cese. Fueron unos primeros años turbulentos, con contrariedades desde el arranque y desde la misma trasmisión. En el Pleno del Ayuntamiento, se leyeron distintos informes, con la gerencia de Eco-Equip justificando las prácticas habituales del sector. Allí, en el consistorio, se dijo que personas no legitimadas habían firmado acuerdos que rebasaban con creces sus facultades, generando derechos y obligaciones sin eficacia jurídica. Hubo baile de nombres en los órganos rectores de la sociedad. Hubo encierro de trabajadores, huelgas, protestas. Se habló de la utilización de medios ilegales e inadmisibles, de inyecciones de capital no programadas, de faltas de consideración al ciudadano, de procesos en la vía judicial y administrativa. Salieron a colación, en aquellos primeros tiempos de funcionamiento, actuaciones al margen del principio de legalidad, pérdidas abultadas, desajustes en los números presentados, ocultación de información, camiones circulando sin papeles en regla, falta de control jurídico, cesiones fraudulentas de vehículos, despidos nulos, donaciones dudosas, altas indemnizaciones, contrataciones de personal conflictivas, controvertidos baremos… Algún concejal de la oposición, incluso, abogaba, literalmente, por la “desaparición de Eco-Equip”.

Fue una época, en suma, en la que abracadabrantes trompetistas de lo privado y flautistas mágicos de lo público se enfrentaron por el modo de gestionar la desratización urbana. Y parecía que, tocaran lo que tocaran, orquestados por batutas  no del todo limpias, los niños iban a caer igual e irremediablemente en el arroyo (o en la llamada Riera del Palau).