El don de la ubicuidad

Joseph Figlock trabajaba de barrendero en la Detroit (Michigan, Estados Juntillos) de los años treinta del siglo pasado, esto es, el siglo XX. Mientras discurría con sus quehaceres laborales, un día de 1937, un bebé que había caído por la ventana de un cuarto piso aterrizó sobre él, que amortiguó el golpe. Los dos sufrieron distintas heridas, pero lograron salvarse milagrosamente sin aparentes secuelas.

Menos de un año después, ya en 1938, Figlock se encontraba de nuevo barriendo con su escoba en la calle, como buen héroe que era, cuando otro bebé -se ve que Detroit era una ciudad propicia para caerse o para arrojar a la chiquillería por los cielos- cayó sobre él desde las alturas de otra cuarta planta de uno de los edificios colindantes. Otra vez ambos se salvaron, sin grandes consecuencias.

Desde entonces, se convirtió en un personaje popular en el vecindario. Salió hasta en la revista Time. Lo apodaron no sin cierta guasa “Baby Magnet”.

El destajo como milagro

El 29 de marzo de 1929, Viernes Santo, hacia las 11 de la mañana, el jovencísimo José María Sáez conducía un camión de recogida de basura en la ciudad de León, España, donde se trabajaba a destajo. Le acompañaban en el servicio los operarios José Diez García y Andrés Arias Prieto. El chófer apretaba a fondo el acelerador: quería acabar pronto y no perderse las procesiones de Semana Santa que se desarrollaban en las siguientes horas en la ciudad, con sus tambores machacones y cornetillas. Tanto era su fervor religioso que José María cada vez iba más rápido, a punto de coger la autopista hacia el cielo. Sus compañeros le advirtieron del peligro que corrían y le instaron a reducir la marcha, procurando incluso que bajara a la tierra de los vivos. Cuando el vehículo circulaba por la conocida como carretera de los Cubos, perdió el control, empezó a zigzaguear y acabó estrellándose contra la muralla de la fortificación leonesa, atropellando al mismo tiempo a Genaro o Jenaro (para gustos, los colores) Blanco Blanco, un mundano y vicioso buscavidas de múltiples oficios y raíz canallesca, bastante disparatada, muy conocido en la localidad. Genaro murió de inmediato, roto por completo, con el cráneo chafado y sin posible reanimación, en apariencia. Más tarde, José María fue condenado por homicidio imprudente y se fijó una cifra de 5000 pesetas de indemnización para los familiares de Genaro, un primer milagro para sus huérfanos descendientes.

Al año siguiente, en 1930, un grupo de paisanos (los llamados “evangelistas”, bohemios y descacharrantes a partes iguales) decidió honrar la figura de Genaro cada madrugada de Jueves Santo y comenzó la tradición profana del Entierro de Genarín, parodia de los últimos día de Jesucristo Nuestro Señor pero con el susodicho canalla mayor como mesías, con glosas a su vida, obra y variopinto anecdotario, críticas a la sociedad de la época (de la que toque cada temporada), poesías, ofrendas y mucha sátira…y fiesta y alcohol a raudales, también. Desde entonces (con interrupciones de 1957 a 1977, por las quejas del clero y la prohibición de las autoridades franquistas, y en los últimos años, por la pandemia del coronavirus) se pasean las figuras de “San Genarín” entre las masas por las calles de la ciudad, en procesión etílica si es menester, una procesión que los cristianos más devotos se pierden por su orígen laico y profano…y porque, supongo, no es merecedora de un trabajo a destajo y a toda leche que mate a individuos comunes, guiado por la religiosidad más pacata y meapilas.

El desconfinamiento del juez

Thomas Stanton no se sentía nada bien. La toga de juez se le hacía grande y él estaba cada vez más y más flaco. Miles de documentos, muchísimas sentencias e innumerables otrosís. E impartir justicia, claro, que no sólo es ciega sino imposible, sensu stricto, a poco que se sea decentemente humano y humanamente decente. El juez, muy reputado en la concurridísima Nueva York, estaba enfermito y decidió ir al médico.

– ¿Qué le sucede?, preguntó el doctor

– Mi vida no tiene sentido, no tengo tiempo, he perdido el apetito, no puedo dormir, me encuentro fatal, me estoy quedando en los huesos…

El galeno, tras examinar detenidamente el caso y los antecedentes atribulados de aquel hombre de tribunales, le indicó que lo que le pasaba es que se estaba friendo el cerebro, más o menos.

-Usted lo que necesita es una ocupación puramente corporal, hacer trabajar los brazos, las piernas, todo lo que se quiera menos la cabeza, y procurar en lo posible que sea una ocupación al aire libre.

Thomas Stanton estuvo reflexionando sobre lo que le había dicho el médico y, finalmente, decidió romper con todo, abandonar el juzgado y desaparecer de la gran ciudad.

Meses después, en una pequeña localidad cercana a Nueva York, un amigo suyo fue interpelado por un barrendero municipal.

– Oye, ¿no me reconoces?

El barrendero era Thomas Stanton, con excelente aspecto, sin anemia ni dispepsia ni hipocondría, cantarín y risueño durante toda su jornada laboral.

– He escogido este oficio porque reúne las condiciones necesarias para la mejora de mi salud y prefiero ganar siete francos y tener buen apetito a reunir varios miles de francos cada mes y tener que gastarlos en médicos y medicinas.

El caso apareció en la prensa de aquella época (1909) como algo insólito y propio de perros verdes.

En paños menores

En enero de 1974, en la población siciliana de Villabate, cerca de Palermo, Italia, los barrenderos del lugar acudieron a trabajar con ropa interior en el exterior, esto es, en calzoncillos y con las canillas al aire. Reclamaban, así, con una singular protesta, uniformes y equipos de protección, que no recibían. La prensa internacional se hizo eco de sus demandas y los trabajadores, al fin, consiguieron los monos y guantes que solicitaban (más un aumento salarial extra).

En julio de 1980, unos años después, con un tiempo más caluroso, un barrendero de A Estrada, en la provincia de Pontevedra, Galicia, España de las autonomías ya, hizo lo mismo, aunque en una acción directa individual. El hombre, contratado temporalmente, se quejó ante el ente corresponidente (la oficina comarcal de empleo) de la falta de ropa y equipos adecuados, por él y por todos sus compañeros…pero por él primero. Como no obtuvo respuesta, decidió tirar por la tangente y ponerse a barrer también en calzoncillos, sin pantalones, generando un cierto revuelo -recordemos que era época de destape- y la atención exclusiva de la prensa patria. Se desconoce, desde aquí, si logró su objetivo. Se desconoce, asimismo, si renovó o no su contrato.

PD- Las bragas y otros elementos de lencería no aparecen en este post porque, aunque ahora nos resulte extraño, no fue hasta finales de los años ochenta del siglo pasado cuando se generalizó el trabajo de la mujer como barrendera de calles, si es que alguna vez se generalizó del todo. Barrenderos y, sobre todo, basureros siguen siendo hoy figuras laborales esenciales, sí, eso dicen algunos, pero todavía fuertemente masculinizadas, especialmente en las tareas con mejor categoría.

La dimisión del alcalde de Madrid

En abril de 1927 dimitía el por entonces alcalde de Madrid, ya que un barrendero de la ciudad que tiró basura en un lugar “inapropiado” para ello -según los cánones de reciclaje de la época- había sido castigado con tres días de arresto por orden del Gobernador Civil de la provincia. Como el alcalde consideraba que los asuntos disciplinarios del barrido y la limpieza urbana eran competencia suya y no de otra administración o cargo público, presentó su dimisión irrevocable y dejó la vara de mando al siguiente macho alfa. Ese, el de jurisdicción sobre el barrendero, fue el único motivo que alegó el susodicho alcalde, Fernando Suárez de Tangil, a la sazón conde de Vallellano, para abandonar la máxima autoridad de la capital de España.

Un hombre, por lo que vemos, con mucho orgullo, pero cuya limpieza, entre otras cuestiones, quedó empañada por su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, con la Francisco Franco, con el que llegó a ser ministro de obras públicas, un terreno muy pantanoso.

República (triste) de barrenderos

barrenderos

A Alfonso XIII (1886-1941), bisabuelo de nuestro Felipe VI, le gustaba decir que “hubiese sido feliz siendo un simple barrendero de la Puerta del Sol”. No obstante, nunca barrió las calles con carrito, capazo y escoba, al menos en el sentido literal, que se sepa. Apoyó, eso sí, la draconiana dictadura de Miguel Primo de Rivera y quiso, luego, rectificar, hacer como si nada y salir airoso por la senda constitucional, como alguno de sus antepasados más felones. No lo consiguió: las borbonadas estaban ya muy vistas, aunque después vendrían otras de mucho más empaque y jugo (aunque esa es otra historia). Cuando se plantearon elecciones municipales, el 12 de abril de 1931, éstas se consideraron como un plebiscito entre monarquía y república. El triunfo de las fuerzas republicanas en las principales capitales de provincia y en numerosas villas frente a los monárquicos alfonsinos llevó a la proclamación de la II República en España…y Alfonso partió lejos, rumbo al exilio, a vivir desarraigado de hotel en hotel, de país en país hasta morir en la Italia fascista, donde no sufrió hambrunas ni tuvo que vestir –¡snif!- uniforme de operario de limpieza urbana.

El 14 de abril de 1931, el mismo día de la proclamación de la II República, los barrenderos de Madrid desfilaron contentos, en gran algarabía y con sus útiles de trabajo por las principales calles de la ciudad cantando una cancioncilla sobre el reciente rey destronado: “Que no se ha ido, que le hemos barrido, que no se ha marchado, que le hemos echado”.

Menos contentos estuvieron cuando, pocos años después, finiquitado el sueño republicano por un golpe de estado y una cruenta guerra civil, los sanguinarios franquistas –que a la postre legitimarían de nuevo lo borbónico a través de Juan Carlos I- decidieron purgar incluso a la plantilla de barrenderos de la capital, fusilando a unos cuantos de ellos, mandando a campos de concentración a otros tantos y represaliando a los que creían que aún tenían ganas de juerga. Y la Puerta del Sol, mientras tanto, siguió sin barrerse regiamente.

Barrendera y detective

El 24 de febrero de 2016, en esa Sevilla de color especial, en el conocido Parque de María Luisa, en uno de sus bancos, una mujer joven fue hallada muerta, aparentemente por suicidio, según determinó en primera instancia la policía, al descubrir gran número de pastillas y una nota en su bolso que así lo hacían creer. Se ordenó, pues, recoger la basura del lugar y despejar el entorno rápidamente. Tal cometido recayó en Carmen Moreno, Carmen “la del pincho”, una barrendera que llevaba casi treinta años limpiando el parque y que siempre iba y va con un palo con un pincho –de ahí su apodo- para retirar los desechos del suelo. Carmen, no obstante, gran seguidora de la serie televisiva de investigación forense C.S.I (Crime Scene Investigation), al ver los restos que había en los lugares cercanos, sospechó enseguida que aquello parecía más bien un asesinato y decidió actuar como lo hacían los personajes de su serie de televisión predilecta: se pusó una bolsa de plástico a modo de guante para “no contaminar las pruebas” y recogió de la zona cercana al banco todos los pañuelitos de papel y el protegeslip con marcas de sangre que encontró, depositando todo ello después en otra bolsa de plástico, que volvió a meter en otra bolsa de plástico –para más protección-, y guardando dichas piezas objeto de sus pesquisas en un lugar localizable.

Cuando la policía, una vez la autopsia determinó que la joven fue violada y asesinada, quiso enmendar su error y se interesó por los restos hallados en los alrededores para analizarlos, Carmen, la barrendera con aficiones detectivescas, indicó sin género de duda donde estaban guardados, lo que a la postre sirvió para resolver el crimen y detener a su autor material.

Gracias a una escoba

En 1967, en noviembre, en pleno sistema de bloques, un soldado raso del Ejército Nacional del Pueblo se afanaba en barrer con escoba las zonas limítrofes entre la Alemania Oriental (RDA), a la que pertenecía, y la Alemania Occidental (RFA), ante la mirada de los centinelas de ambos bandos, armados hasta los dientes. En una de los lugares más peligrosos existentes hasta entonces y que más vidas se había cobrado, en Berlín, el soldado barría con ahínco para dejar el espacio interfronterizo bien limpito. Cuando se aproximó a la raya blanca final que delimitaba ambos territorios, el soldado soltó la escoba, pegó un brinco y se pasó al lado oeste. La maniobra fue tan rápida que los centinelas ni siquiera lograron disparar, ojipláticos como quedaron. Pudo disfrutar, así, sencillamente, de las bondades del capitalismo -¡auj!-, un nuevo edén donde los perros se ataban con longanizas (para algunos). Todo ello gracias a una escoba.