Salvapatrias de las escobas

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Esto de la corrupción, por favor, parece una cosa muy sucia y muy preocupante. Lo parece, sólo. Mariano Rajoy, el presi -¡Ánimo, Luis!-, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, comparece en noviembre de 2014 para anunciar medidas de limpieza, aunque “España no está corrompida, tiene algunos corruptos que están saliendo a la luz -la basura se saca-, y el resto está sana”. Sana como una manzana, con una “parte pequeña” podrida, pequeña pequeñita, minúscula, a título individual: Gürtel, Púnica, etcétera. Luego están las ignorantes dimisionarias, a título lucrativo, que no merecen más atención de los limpiadores, según los peperos de la bancada: Eurodisney es para los niños: lo sabe hasta el Tato, un gran torero.

No obstante, pese a que todo funciona razonablemente bien y estamos a punto de atar los perros con longanizas (de calidad garantizada), Rajoy piensa sacar brillo porque es un amante de la cosmética y también de la estética, amén del quirúrgico cometido higiénico. Los gatos, a lametones, que el agua no es necesaria en absoluto. El jefe del gobierno, il capo, ha lanzado una advertencia: “Algunos empiezan generalizando la corrupción, culpan a todos los políticos, siguen con la propia política y acaban señalando al sistema. Y a partir de ahí no queda espacio nada más que para los salvapatrias de las escobas, cuyo único programa consiste en barrer, con las consecuencias de todos conocidas”.

La oposición, en bloque, critica duramente al bueno de Mariano porque aparece sin sobres a la vista y sin apuntes contables fraudulentos. Mención aparte merece Alfred Bosch, de ERC, que le espeta: “Actuemos, es sencillo. Vamos a empezar a barrer. Queremos usar la escoba y barrer. ¿O acaso piensan esparcir toda esta porquería con un triste plumero? Necesitamos una escoba, un aspirador, un camión de la basura. Demuestren que quieren limpiar y no le nieguen a nadie la escoba. Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería”. Y que se mueran los feos, que dirían Los Sírex. Yé-yé

Expertos y economistas

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En 1984, la conocida revista británica The Economist realizó una encuesta muy particular sobre las perspectivas y tendencias económicas para la siguiente década, tanto en el Reino Unido como en el resto del mundo. Respondieron la misma batería de preguntas dieciséis personas: cuatro exministros europeos de hacienda y finanzas, cuatro altos ejecutivos de compañías multinacionales, cuatro estudiantes de la universidad de Oxford y cuatro barrenderos londinenses. Diez años después, cumplido el plazo, se cotejaron las predicciones y los resultados obtenidos en la encuesta con la realidad. Los que menos acertaron y menos se aproximaron a las cifras definitivas fueron los exministros, a gran distancia. Los que más, los barrenderos de la calle, esos expertos gestores de los desechos del capitalismo, especialistas en logística inversa (a veces), en montones de hojas y papelitos (de diversa temática), en mercados infestados y, por supuesto, en un implacable consumo de usar y tirar, como ciencia exacta y fórmula axiomática del actual razonamiento económico.

El cubilote de los hermanos Marx

Plumas de Caballo

Los hermanos Marx se dejaron fotografiar dentro de un enorme cubo de basura para la portada de la revista Time (15 de agosto de 1932), laurel que obtuvieron tras el formidable éxito de la película Plumas de Caballo, donde consiguen ganar un partido de fútbol americano gracias a los aperos propios de la limpieza viaria. Los basureros, los barrenderos y demás técnicos de salubridad (poceros, traperos, chatarreros, fregadores, ambientalistas, etcétera) pueden henchirse de orgullo al contemplar la imagen de Zeppo y los geniales Groucho, Harpo y Chico -sólo falta Gummo en esa estampa de los cachorros de su misma madre, Minnie- en el interior de un recipiente destinado a los desperdicios y a la porquería, sobre un carro callejero de saneamiento. Cualquiera con el alma acrisolada se sentiría plenamente satisfecho al recoger una centésima parte del talento acumulado en ese cubo de portada. Una portada en la que hasta Groucho blande un escobón y que, tal vez, fue concebida como tributo a los profesionales del colectivo que tanto contribuyó a aupar a los comediantes al estrellato mundial. Porque los basureros, sin duda, tienen un papel fundamental en la carrera de los Marx.

En una respuesta dirigida a Eddie Cantor, cantante, actor y practicante de otros oficios faranduleros, Julius Henry, Groucho, el más vitriólico y recordado de los hermanos Marx, explicaba un gag que llevaron a cabo años atrás en un espectáculo de vodevil, Home Again. Lo reseñaba como un eficaz modelo a seguir para cosechar instantáneamente grandes risotadas. El gag se desarrollaba cuando uno de los hermanos irrumpía en el número y decía: “Papá, el basurero ya está aquí”. Groucho replicaba: “Dile que hoy no queremos nada”.

Algo parecido se cuenta en el libro Harpo Habla, del mismísimo Adolph,o sea, del posterior Arthur, o sea, de Harpo, el mudo que no lo era, el otro gran portento -versión pantomima- de la familia. Según Harpo, los hermanos Marx fueron contratados para actuar durante una semana en un teatro de la ciudad de Kalamazoo. Harpo, con su peluca roja destartalada, hacía el papel del inmigrante irlandés Patsy Brannigan, que llevaba a cuestas un cubo de basura. En la primera función, cuando él entró en escena, uno de los otros personajes le preguntó sobre su identidad. Harpo, que todavía no había enmudecido a su criatura artística, contestó: “Hombre, pues soy Patsy Brannigan, el basurero” De nuevo, el chiste estaba casi hecho: “Lo siento, no necesitamos por el momento”. El público agradeció con sonoras carcajadas la ocurrencia. El dueño del local, sin embargo, no se tomó nada bien este sketch y decidió despedir a los hermanos inmediatamente. Según cuenta Harpo, la mujer del propietario del teatro se había fugado a Escanaba con un basurero municipal, lo que por allí se había convertido en motivo de escarnio y en vox pópuli. Ante el notorio agravio sufrido, el empresario los echó a la calle, por más que los hermanos Marx desconociesen con anterioridad la perversa comidilla.

Los echaron, en suma, por el amor irrefrenable de un basurero y de una esposa con más horizontes que la mera fidelidad abnegada. No obstante, el diario local de Kalamazoo dedicó a los hermanos unas muy buenas críticas, buenísimas. Harpo cuenta que su madre, la excepcional Minnie, la representante-coraje y el incombustible motor para el lanzamiento de sus hijos, leyó esas críticas varias veces y que fue entonces cuando les dijo: “Chicos, estamos listos para hacer un circuito. Tenemos que ir donde los grandes agentes puedan vernos” Y así llegó Broadway y después Hollywood y el cine y la portada “basurillas” del Time y las risas que aún no cesan. ¡Qué linda es alguna inmundicia!

Y también dos huevos duros:

Chica de la limpieza: “Vengo a barrer el camarote”.

Groucho : “Precisamente lo que hacía falta. ¡Manos a la obra! Tendrá que empezar por el techo que es el único sitio que no está ocupado todavía”.

Soy un hombre

Echol Cole y Robert Walker murieron el primer día de febrero de 1968, aplastados por los mecanismos hidráulicos de un viejo y obsoleto camión de recogida de residuos. Los dos eran basureros en Memphis (Tenesse, EE.UU). Los dos eran negros, de raza negra.

Al día siguiente, la gran mayoría de trabajadores del servicio de limpieza y alcantarillado de la ciudad no se presentó a trabajar: comenzaba una huelga que pasaría a la historia. Casi todos los huelguistas eran afroamericanos, privados de derechos fundamentales y de las más mínimas garantías, sin poder organizarse sindicalmente en defensa de sus intereses colectivos. Durante años, se habían quejado del trato despiadado que recibían, del mal estado de los vehículos, de las paupérrimas condiciones laborales, de las largas jornadas que soportaban, de la desigualdad económica respecto a los empleados y los jefes blancos, que no les consideraban hombres dignos de humanidad. Los negros, independientemente de su edad, siempre eran chicos, mozos, niños, muchachos…bestias, bazofia, basura…nunca hombres.

Los blancos, si llovía y se suspendía el servicio, recibían su correspondiente paga. Los negros, no: eran enviados a su casa sin cobrar. La promoción interna se basaba en cuestiones de raza y, obviamente, los blancos acaparaban los puestos de mando, de responsabilidad y organización, aprovechándose siempre del estigma, del avasallamiento, de la impermeabilidad social y de las necesidades perentorias de los afroamericanos: avales de infalibilidad para una mano de obra barata, abundante, dócil, manipulable y perfectamente silenciada. Los negros ocupaban los peores puestos, los más duros, los más sucios, los peor remunerados. A diferencia de lo que ocurría con los blancos, eran despedidos por motivos triviales y arbitrarios: un simple retraso de minutos podía significar que te dieran la patada para siempre. Recogían los desperdicios sin bolsas, sin recipientes, sin cubos, sin contenedores, sin herramientas para el vertido, sin guantes, sin uniformes, sin equipos de protección. No se les pagaba por el tiempo que realmente invertían en el trabajo, que solía prolongarse hasta las 14 horas diarias, con apenas 15 minutos de descanso. No podían pararse a descansar en los barrios blancos porque “olían mal” y “perturbaban” a los vecinos. No disponían de ningún lugar para orinar o para ducharse y cambiarse antes de volver a su hogar. No eran más que mercancía, mulas de carga, negros, negritos para el abuso, que tenían que estar agradecidos y agachar la cabeza ante el magnánimo jefe blanco que les permitía sobrevivir a través de un salario apocado y casi ausente. Con esas premisas, en el servicio de recogida de basuras de Memphis, los negros, claro está, eran muchos y con muchos motivos para la protesta. La muerte de Cole y Walker fue la gota que colmó el vaso.

La huelga en Memphis se inició en el mes de febrero de 1968. Pronto las movilizaciones y manifestaciones se hicieron visibles en la ciudad, abarrotada de desechos. Se elaboró un documento con las principales demandas a la municipalidad. Los negros llevaban pancartas en las que se podía leer un lema incomprensible pero harto preocupante: “Yo soy un hombre”. El recién estrenado alcalde, elegido en enero, Henry Loeb, racista hasta el tuétano y tocado con acierto idiota por la arrogancia, no era precisamente un tipo que cediera fácilmente a las pretensiones abolicionistas e igualitarias de aquellos negracos de mierda, carne de plantación y de merecido Ku Klux Klan. Se hostigó a los activistas y a sus familias, se detuvo a los líderes por “cruzar con imprudencia la calle”, más de cien personas fueron arrestadas por estar simplemente concentradas frente al ayuntamiento. La huelga se convirtió en un símbolo de la lucha por la igualdad y por las libertades, atrayendo la atención nacional y espoleando distintas solidaridades y el apoyo de la comunidad negra. La receta aplicada por las autoridades locales fue de lo más comedida: fuerzas del orden, palizas, gases lacrimógenos, chorros a presión, órdenes judiciales que prohibían la huelga, toques de queda, amenazas económicas, graves acusaciones, multas, redadas, esquiroles, desgaste… Los gerifaltes locales, presionados por la amplia población blanca netamente conservadora, no estaban dispuestos a negociar nada y hacían caso omiso de las ofertas de mediación de las -más prudentes- instancias superiores de Estados Unidos. Los diarios locales también se posicionaron de forma clara a favor de los huelguistas: los afroamericanos eran unos cabrones, unos malnacidos y unos violentos de los cristales rotos. Así las cosas, en una de las protestas, hubo decenas de heridos, detenidos a cientos y, también, como broche de oro, un joven muerto por disparos policiales, Larry Payne, de 16 años, evidentemente negro. Los trabajadores del servicio de limpieza organizaron entonces una marcha silenciosa y en fila hasta el ayuntamiento, que fue escoltada, con extrema sensibilidad política, por tanques con ametralladoras apuntando a los asistentes, otros vehículos militares, policías a cascoporro y guardias con bayoneta calada durante todo el recorrido. Sin válvulas de escape, la cosa no parecía tener una solución sensata a la vista.

Martin Luther King, el pastor baptista, el líder de los derechos civiles de los afroamericanos, de la desobediencia pacífica en las calles, el Premio Nobel, se había desplazado a Memphis para apoyar a los huelguistas negros del saneamiento urbano, reclamando la igualdad económica y la justicia social para ellos, inmerso como estaba en su llamada Campaña de los pobres. Allí, en el Mason Temple, el 3 de abril de 1968, hizo su último discurso en público, conocido sobre todo por sus referencias montañeras. Entre otras palabras de mayor fama y brillo, dijo: “Muy pocas veces la prensa ha mencionado el hecho de que 1300 trabajadores del saneamiento están en huelga y que Memphis no está siendo justo con ellos…y que el alcalde Loeb necesita acuciantemente un médico”. El 4 de abril, sin tiempo apenas para bajarle de la cima de la montaña, los médicos no lograron salvar la vida de Martin Luther King, que fue asesinado de un balazo en la garganta cuando, a media tarde, salió al balcón del motel en el que se hospedaba en la ciudad. Tenía previsto ponerse al frente de una manifestación pacífica por el reconocimiento de los derechos de los basureros.

Dos semanas después del asesinato del líder afroamericano, cuyo impacto fue mundial, provocó disturbios en numerosas ciudades y obligó al gobierno federal estadounidense a implicarse plenamente en el asunto; los empleados del servicio de limpieza de Memphis pusieron fin a la huelga que llevaba dos meses en marcha, tras conseguir el compromiso escrito de las autoridades locales (por doce votos a uno) para aumentar los salarios, cobrar por tiempo de trabajo, renovar vehículos y equipos, mejorar las condiciones laborales, permitir la organización sindical, reconocer el derecho a la negociación colectiva, acabar con la discriminación por motivos raciales y, en suma, considerar que los negros, al igual que los blancos, pertenecían también al género humano.

Limpieza olímpica

El griego Heracles (Hércules en la mitología romana) era un semidiós lleno de virtudes: mató a su maestro de música, a sus hijos y a algunos de sus sobrinos, entre otras hazañas de sangre. Fuerte, atlético, musculado y vigoroso, realizó unos difíciles trabajillos para expiar sus ataques de locura transitoria: robó manzanas (pero no malacatones), robó cinturones de mujeres fatales – las chicas son guerreras- y se cargó, por la vía del combate directo, a gigantes, cabezudos, monstruos, hidras y otros enormes animales de peculiar taxonomía: contribuyó a la extinción de especies mágicas y divertidas. Como todo ser sobrenatural que se precie, más allá del gusto, del clasicismo y de las ostras y los caracoles de Espartaco, tenía una potencia sexual digna de encomio, con buena semilla y buen aguante: dejó preñadas a las cincuenta hijas del rey Tespio, en un abrir y cerrar de piernas. Por lo que parece, si se emberrenchinaba, si se le inflaban las venas de la frente, era capaz de romper cualquier corona de plomo que llevase puesta en la cabeza: más valía no granjearse su enemistad porque te jugabas el físico. A su lado, el increíble Hulk dopado hasta el entrecejo y ahíto de viagras, el mejor Iñaki Perurena o el más despechugado Victor Mature perdían pistón e interés sociológico. Heracles era un deportista de élite, noble, muy competitivo, el héroe total, en el Olimpo de la testosterona.

Según cuenta la leyenda, Heracles tuvo que limpiar los inmensos establos del hijo de Helios y Naupidame, Augías, un señor algo guarrindongo, un tipo rico con extensos dominios y prodigiosos rebaños bovinos bien cebados, fecundos y con una salud de hierro, divina, pero con la mierda hasta los cuernos. Las cuadras estaban llenas de estiércol y no se habían limpiado nunca. En los campos circundantes, no se podía pastar ni cultivar una triste planta de cebada porque una espesa capa de excrementos y mugre cubría la superficie. El hedor se extendía por todo el Peloponeso. Así las cosas, Heracles pactó con Augías que si lograba, en menos de una jornada, eliminar toda la porquería del valle – lo que se antojaba una misión imposible-, se quedaría – como contrapartida- con una décima parte de sus posesiones. Y se puso manos a la obra, a tenor de lo dispuesto en el artículo 1.1 del Estatuto de los Trabajadores, bajo las notas de laboralidad establecidas: compromiso personal, voluntariedad, retribución, ajenidad y subordinación o dependencia, siempre desde un punto de vista mitológico. Heracles, que meaba colonia, un titán estajanovista fuera de lo común y, por tanto, reacio al uso de escobas, rastrillos y capazos, un formidable obrero que no se amilanaba ante las ímprobas exigencias de productividad, rompió las paredes de los establos a puñetazos, desvió en un periquete el curso de dos ríos cercanos, el Alfeo y el Peneo, y el agua entró en tromba para dejar el suelo resplandeciente y salutífero, en perfecto estado, arrastrando toda la suciedad de la comarca a su paso. Cuando llegó la hora de cobrar, Augías, con lógica empresarial vampirizante – los clásicos nunca mueren-, se negó a pagar lo estipulado. Heracles mostró su disconformidad e inició una guerra de justa reivindicación salarial: la movilización de protesta todavía se tenía por eficaz. Tras diversas escaramuzas y defunciones, Heracles derrotó a Augías, saqueando su reino y consiguiendo un estupendo botín. Para conmemorar su victoria y su dominio sobre aquellas tierras, cuenta Píndaro, construyó en el Altis un templo en honor a Zeus, su rijoso padre, y fundó los juegos olímpicos (los primeros de la antigüedad), con sus reglas, sus torneos, sus celebraciones y su periodicidad cuatrianual. Moiras y Cronos asistieron al evento, sin miembros del COI y sin barón de Coubertin. Heracles plantó allí un olivo hiperbóreo – ¡qué fantástica palabra!- cuyas ramas servirían únicamente para coronar a los vencedores de las distintas pruebas. Y colorín colorado, en Olimpia, los limpios habían triunfado.

 

New York, New York

En la segunda década del siglo XX, como dos inmigrantes más, en la compañía de Fred Karno, los británicos y después famosísimos comediantes Charles Spencer Chaplin (Charles Chaplin, Charlot) y Arthur Stanley Jefferson (Stan Laurel, El Flaco) cruzaron juntos el Atlántico y llegaron a la isla de Ellis, cerca de la Estatua de la Libertad, en Nueva York. Los dos cómicos interpretaron a barrenderos en sus películas, a barrenderos vestidos de blanco, como también hizo el gran humorista estadounidense Buster Keaton. En una celebrada e inolvidable obra maestra como City Lights (Luces de la ciudad) encontrarán una escena en la que Charlot aparece sin sus habituales harapos, sin bombín ni bastón, pero con un inmaculado uniforme lactescente de trabajo y, en la cabeza, un disparatado salacot o casco a lo bobby, empujando un carrito de mano, con cubo y pala, recogiendo los desechos del suelo para ganarse el jornal y ayudar así a una desdichada y enferma florista ciega -¡snif!-, a punto de encontrarse con un grupo de caballos y, sorpresivamente, con un elefante en plena calle.

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Stan Laurel. barrendero

Buster keaton

Unos años antes, en 1903, vestidos también de impoluto y riguroso blanco, y quizás en la primera filmación cinematográfica que se conserva de un colectivo dedicado íntegramente a la limpieza, los barrenderos de Nueva York fueron captados en un desfile de visos militares por la cámara de Thomas Alva Edison, el gran inventor que, enfrascado en la llamada “guerra de las corrientes”, promovió y financió la electrocución del elefante Topsy y, para no quedarse corto, la creación de la silla eléctrica, cuya siniestra y ausente comicidad se estrenó en 1890, cerca de la Gran Manzana, gracias a Edison, a Harold Brow y a la estrella invitada, el preso ejecutado, William Kemmler, el primer asesino que fue asesinado con voltaje inhumano, con -¡snif!- beneplácito gubernamental.

Porque en 1890, sin duda, Nueva York era un lugar pestilente, lleno de mugre y despojos de todo tipo, corrompido hasta el tuétano. Cuando los temporales del crudo invierno azotaban la metrópoli, la situación se agravaba hasta límites insospechados: cuerpos de personas y otros animales cuadrúpedos quedaban sepultados en una mezcla de lodo, grasa, residuos, hollín, nieve y hielo contaminado. En las épocas de calor, no obstante, el polvo era irrespirable, las heces se sentían en todo su esplendor, la podredumbre se aceleraba, los productos tóxicos pululaban sin freno y las excreciones industriales inundaban el mar y los ríos de la “Tierra de las Oportunidades”. Grandes montañas de basura permanecían sin retirar durante días, semanas, meses. Zonas malolientes, restos putrefactos, fuentes y baños infectados, vertidos en arroyos, humedales, lagunas y barrancos; escoria, insalubridad, mierda por doquier, sobre una superficie oculta a la vista. Como bien sabe Martin Scorsese, entre La edad de la inocencia y Gangs of New York había un trecho de difícil composición paisajística, de insectos revoloteando, entre los tenements del crisol de razas y los selectos clubs para caballeros elegantes, entre los andrajosos recién instalados y los nativos con arraigo como colonizadores de los extintos asentamientos y espacios de las tribus algonquinas. Y la fortuna (la mala) se cebaba con los intrincados y enormes hacinamientos de la nueva inmigración: cada diez años, la ciudad duplicaba el número de habitantes. En esas circunstancias, la basura se erigía como cuestión social de primer orden y el más acuciante problema de seguridad. Si las tasas de asesinatos, homicidios y delitos de sangre eran altísimas, la mortandad asociada al riesgo de enfermedades y epidemias aún era mayor. Jóvenes y muchachos, por unos pocos centavos, apartaban los montones de desperdicios acumulados para que las felices parejas con posibles cruzasen ciertos bulevares hacia su dulce vertedero de amor, por una senda más o menos despejada. Solo se recogía lo que era rentable, lo que las clases acomodadas decretaban para mantenerse en el limbo, lo que los contratistas privados rebañaban en beneficio propio, lo que el poder establecido no podía desdeñar: grandes arterias, avenidas comerciales y residencias de los plutócratas y, como mucho, de sus segundos de a bordo. La maquinaria política de Tammany Hall, de marca demócrata, dominaba el cotarro de la soberanía popular desde mitad de la centuria: elecciones fraudulentas, servicios ilegales, sobornos, extorsiones, saqueos millonarios a la tesorería, tráfico de influencias, compra de votos, enorme red clientelar como sistema de asistencia contrastado. Bajo su varita de mando, el saneamiento y la limpieza pública tomaron un camino más que previsible: prebendas, tajadas, distorsiones, ejecuciones de obra con trapicheos de pasmo, adjudicaciones al capricho, comisiones de potosí, financiación de pellizco y rapiña. El resultado: caos, dejadez, desorganización, abandono, pasividad, negligencia, equipos obsoletos, actuaciones a salto de mata, sin programación regular, concentración de recursos en sectores mínimos y mínimas prestaciones: porquería, cochambre e inmundicia hasta las trancas.

El Departamento de Limpieza de Nueva York se creó en 1881. En 1886, se inauguró la Estatua de la Libertad. Y la libertad como impunidad parecía plena para los chicos de Tammany Hall, mientras los neoyorkinos permanecían presos de la suciedad, la hediondez y la descomposición. Se continuó con la misma inercia, con el mismo empuje, con la misma desidia, con una selección del personal de limpieza viaria y recogida de residuos basada en criterios políticos, con una promoción interna ligada al interés personal, los lazos afectivos y las alianzas electorales. Los votos y la fidelidad eran fundamentales para hacerse un camino en el barrido y garantizarse el sustento, bajo supervisión del partido. Los amigos acaparaban los puestos técnicos y de mando, conscientes del favor, místicos del trofeo laboral conseguido y aclimatados en la indolencia de la merced oficial y oficiosa. Sin embargo, las cosas iban a cambiar en breve, con la llegada temporal de un gobierno de republicanos (los del elefante), que tampoco eran mancos en el esparcimiento corrupto. William Lafayette Strong consiguió la alcaldía de Nueva York en 1895 y quiso otorgar el cargo de comisionado de limpieza a Theodore Roosvelt, futuro presidente de Estados Unidos y padre fundador reconocido de la palabra muckrakerque este blog agradece admirativa y póstumamente– para referirse a los periodistas que removían la mierda, buscaban entre la basura y utilizaban la pluma como un “rastrillo de estiércol”, pero éste lo rechazó y se quedó con el departamento de policía: prefería perseguir a ladronzuelos por los bajos fondos antes que asumir cualquier responsabilidad en el saneamiento municipal de aquella inmensa y concurrida pocilga. La plaza fue ofrecida entonces al coronel George E. Waring, un veterano de la Guerra de Secesión, que había combatido en el ejército unionista, comandado fuerzas de caballería; un tipo perfecto para el higiénico cometido de carga a discreción, al galope.

George E.Waring era un hombre recto y ordenado, de esos que lucían un meticuloso bigotillo, ingeniero, riguroso pero con influjo paternalista, preocupado por la salud pública y por las epidemias de cólera y fiebre amarilla que fustigaban las grandes concentraciones urbanas del país. Había participado en el proyecto de drenaje de Central Park y se había labrado una reputación como brillante paladín del alcantarillado: en Memphis, logró mejorar las condiciones de salubridad de la ciudad gracias a un novedoso sistema que impedía que los residuos y las aguas domésticas se mezclasen con las pluviales y las de origen natural, con ríos subterráneos, pozos, fuentes y pantanos. Cuando accedió al cargo como máximo responsable del saneamiento de Nueva York, tenía claro que su experiencia guerrera no caería en saco roto. En dos años y medio –el tiempo que estuvo en el puesto-, la gestión de la recogida de residuos y la limpieza viaria dio un auténtico vuelco. Asumió todo el poder de decisión en ceses y nombramientos, otorgó rango prioritario a su ingente tarea de enmienda a la totalidad, como asunto básico de dimensión cívica; prohibió el vertido de residuos en el mar y en los muelles, implantó un rudimentario sistema de reciclaje de obligado cumplimiento (cenizas, restos de comida, trapos y papel…), introdujo métodos sistemáticos y racionales, potenció la formación, la disciplina y los valores profesionales, fomentó la concienciación familiar a través de ligas juveniles, modernizó recursos, materiales, establos y lugares de uso; extendió el servicio a tugurios y arrabales, apostó por la calidad manual frente al proceso mecanizado, orientó la actividad a la consecución de objetivos planificados de antemano, incrementó el rendimiento, minimizó las interferencias y el clientelismo político, procuró el reaprovechamiento financiero, se enfrentó a intereses de comerciales, concejales y líderes de distrito aficionados a las mordidas… En las relaciones laborales, también dejó su impronta: reorganizó el departamento en batallones jerarquizados con enfoque militar y nítida cadena de mando, rebajó salarios -¡qué soberana innovación!-, constituyó un procedimiento de presunta representación obrera y sindical –la apariencia de interlocución válida siempre resulta fundamental para desactivar molestas resistencias: chivatillos, pelotas de confianza y espías que bailaban al son del sable de mando- y apostó -¡viva la integración altruista y multicultural de los emprendedores!- por la masiva presencia de inmigrantes pobres (especialmente italianos) como peones de calle, amén de su postura favorable a la contratación de mujeres extranjeras y niños por el bajo coste de su fuerza de trabajo, en programas especiales. Pero ya se sabe que el fin justifica los medios (para algunos) y, al menos, el coronel Waring era hijo de su época, consiguió resultados visibles, defendió con tesón la función social y la ciudadanía de sus particulares y recicladas tropas, entregó zanahorias según la dedicación, el mérito y el esfuerzo (con voluntad de imparcialidad en el campo castrense) e intentó “poner un hombre en lugar de un elector en el otro lado del mango de escoba” y que el departamento no estuviese “estrangulado por el control partidista”. Para ello, se deshizo de capataces y superintendentes estacionados en la regalía, buscó a personas jóvenes y sin costumbres en el favor para los puestos de mando, técnicamente capacitadas y más o menos honestas, y repudió a oportunistas, chusma zascandileante y borrachos habituados a pasar el rato por el trago posterior en la taberna. “Dignidad y respeto”, ese era el lema de un comisionado con bigote, pulcro y aseado, que se ganó el apodo de “apóstol de la limpieza” y, durante su estancia en el cargo, en un santiamén, ganó una batalla que se antojaba casi imposible: Nueva York pasó a ser una de las ciudades más limpias del mundo, en un éxito paquidérmico que redujo considerablemente el índice de mortandad. En 1897, Tammany Hall volvió al poder y volvieron los vertidos al océano y, poco a poco, también las demás viejas prácticas, aunque tamizadas por la presión del asombroso cepillado que llevó a cabo el ejército de tres mil barrenderos y basureros del milagroso coronel, conocidos como “White Wings”, alas blancas, por el color de su indumentaria.

Para simbolizar la higiene, la limpieza y la pulcritud, y para inducir el orgullo barrendero, el comisionado Waring pensó que los trabajadores del sector tenían que llevar un uniforme siempre en estado de revista, que suscitara el respeto del público. Consideró -a diferencia de las mujeres que hacían la colada a tan suntuoso destacamento masculino- que el blanco, asociado a la pureza, a la sanidad y a la profilaxis, era el color perfecto para tal empresa y para reproducir el orden marcial de la marina en los fantásticos y ostentosos desfiles –otra descacharrante idea del coronel- que el cuerpo realizaría anualmente por la Quinta Avenida, desde 1896. Por ello, el blanco nuclear o de marfil elefante -hoy en día harto improbable- se instituyó como color de referencia para los barrenderos neoyorkinos…y por eso Charles Chaplin o Stan Laurel (como antes hiciera Buster Keaton en sus sueños más imposibles) se vistieron de punta en blanco para caracterizar a sus personajes…y por eso Edison los grabó así de atildados (con su llamativo casco) en una monótona marcha de corte militar. “Estos hombres luchan a diario contra la suciedad y están defendiendo la salud de todo el pueblo”, dijo de los “White Wings” municipales George E. Waring al abandonar su cargo, en 1897. Un año después, murió en la misma ciudad de Nueva York, tras contraer la fiebre amarilla -paradojas del destino- durante un viaje motivado por sus impecables éxitos profesionales en el saneamiento urbano, como apóstol y como ángel custodio de la salubridad.

Mis vasallos

Carlos III de Borbón llegó a Madrid para ser rey, con su séquito de lumbreras. Se encontró una ciudad impracticable, pestilente, insalubre, nauseabunda, llena de desperdicios, inmundicias y lodo putrefacto; un enorme vertedero sobre la meseta por el que los cerdos –Sus scrofa domestica– campaban a sus gorrinas anchas. Como el monarca era hijo del despotismo ilustrado –todo para el pueblo- se sacó rápidamente de la corona una normativa Real de obligado cumplimiento. Dos pulcros italianos preñados de perfumada y sabia extranjería, el ministro Esquilache, ojeriza de motín, y el arquitecto Sabatini, barroco de Alcalá e inventor de las conocidas chocolateras para residuos, se encargaron de adecentar Madrid, el rompeolas -¡glups!- de todas las Españas, y algo lustroso consiguieron, ciertamente: la higiene pública mejoró gracias a las fosas sépticas, el empedrado, la vara de sanción y el control administrativo. Ya no se podía, como hasta entonces, lanzar excrementos y orines por la ventana al grito de “Agua va”, estorbando el tránsito de la gente “que camina arrimada a las paredes de las casas”. Las brozas de escoba, mondas de cocina, cenizas y todas las demás basuras debían ser depositadas en zonas externas y accesibles para ser recogidas con “caballerías y serones destinados a este fin”. Más tarde, llegó el acabose: se exigió también que los madrileños regasen y barriesen a diario, soberanamente, las entradas a sus humildes moradas sin trono. Tanta limpieza de espíritu no fue acogida por el pueblo llano con demasiada simpatía: las protestas y el malestar se hicieron evidentes. El rey, autócrata y paternalista, aficionado a la caza goyesca, declaró: “Mis vasallos son como niños, lloran cuando se les lava”.

 

Españoles por el (sucio) mundo

La delegación española en la ONU protestó airadamente ante el Secretario General de dicha organización internacional y ante los miembros de la diplomacia estadounidense. Ocurría en los últimos días de 1970, en diciembre, pocos meses después del viaje de Richard Nixon a Madrid, en el que los representantes de ambas naciones se chuparon los cuellos asimétricamente, y el bajito anfitrión, sobre todo, como era su costumbre, se estiró más de la cuenta. Pero lo sucedido en el día de los inocentes de 1970 no se podía tolerar bajo ninguna circunstancia. La situación requería una protesta enérgica por el ultraje. 

Con el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, cuando se creó la ONU, allá por 1945, el régimen franquista fue repudiado por su origen fascista, antidemócrata, fraticida y dictatorial. Poco a poco, gracias a las sinrazones estratégicas de la Guerra Fría entre los bloques capitalista y comunista, el caudillo, Francisco Franco, aislado internacionalmente, fue logrando el apoyo de los países del bando occidental, liderados por los norteamericanos, que casi le acabaron perdonando sus pequeños defectillos ideológicos y sus pecados veniales de represión asesina al por mayor: ¡qué güenos son nuestros queridísimos hijos de puta! La visita del presidente Eisenhower, en diciembre de 1959, fue el espaldarazo definitivo que necesitaba el dictador para legitimarse ante el resto del mundo, a despecho de rojos y represaliados. Unas cuantas bases militares y, venga, ¡arriba el jamón y los futuros baños en Palomares! La berlanguiana Villar del Río se quedó corta en las celebraciones de bienvenida: “Americanos, vienen a España guapos y sanos. Viva el tronío, de ese gran pueblo con poderío”. Porque el inefable caudillo recibió al presidente Eisenhower a lo grande piruli: impecables descapotables, caballitos y lanceros con capa blanca en comitiva, fábricas y colegios cerrados, más de un millón de personas en las calles, escudos autóctonos, banderolas de barras y estrellas, proyectores y bombillas a cascoporro, amplio surtido de fotos guays de los dos gobernantes, arcos florales monstruosos y distintas representaciones del folclore patrio, entre otras chucherías. Por si el norteamericano aún dudaba de su lealtad, ya en el Palacio del Pardo, el dictador nacional-pelayo-católico le regaló un enorme puro canario (de un metro) y le nombró Presidente de la Federación Española de Béisbol y también -¡atención, atención!- alcalde honorífico de Marbella, donde, pasado el tiempo, ya como exmandatario, Eisenhower acabó comprando una bonita vivienda para sus ratos de golf y de ocio soleado. En semejante clima distendido, pese a la brevedad del encuentro, las conversaciones entre los dos jefes de estado fueron fructíferas y muy agradables. Franco, sin apenas sonrojarse, afirmó que “Estados Unidos es responsable de la paz que disfrutamos y de que el Occidente de Europa haya permanecido libre, sin caer en el yugo comunista”. Ahí es nada, sin recuerdos para Hitler. En la reunión estuvo presente Jaime de Piniés, que hizo de intérprete, un diplomático español de raza, gallardía gibraltareña y largo recorrido que es recordado, sobre todo, porque se encaró y estuvo a punto de liarse a mamporros con el todopoderoso Nikita Jruschov, cuando éste dirigía la Unión Soviética y se entretenía dando zapatazos en las mesas de las asambleas. La visita relámpago de Eisenhower, de apenas unas horas, fue aprovechada hasta el tuétano: adiós a la autarquía: disfruten de reconocimiento universal, amigos. Nos vemos y nos llamamos pronto. Les deseo lo mejor. Pónganse cómodos, viajen con nosotros y siéntense en el lugar que se merecen, con autoridad y bambolla, más chulos que un ocho.

La protesta de la delegación española, en 1970, tenía por objeto proteger a sus diplomáticos de la violencia de las calles de Nueva York, donde se encuentra el edificio central de la ONU, unas calles que seguían la “ley de la selva”, según declaraba Jaime de Piniés, por entonces ya embajador español en la institución internacional. La protesta se hacía tras la última agresión sufrida por uno de sus miembros, el mismísimo Piniés, hombre de orden que, sintiendo el peligro constante, no dudaba en pedir autorización para llevar encima una pistola, partidario como era de trasladar la sede de la entidad a lugares menos salvajes y canallescos. Porque, al parecer, el embajador, al salir de su coche, había sido agredido por un basurero de la ciudad, que le derribó y le provocó heridas en la sien y otras magulladuras de menos importancia. La prensa de la época lo explicaba con las siguientes palabras: Estaba abriendo la puerta, tras estacionar, cuando un hombre fuerte y musculoso se apeó de un camión de basuras situado frente a él y le ordenó que se fuese de allí. Piniés contestó que era un lugar reservado para él y que se quedaba allí. Después de un breve intercambio de palabras, el embajador trató de tranquilizar al hombre. Piniés bajó del automóvil y entonces fue agredido. Las declaraciones del diplomático reflejaban su malestar: “El hombre me golpeó con los pies en la cabeza, en la cara y también en mi pierna, donde fui herido durante la guerra de liberación española, y más tarde salió huyendo en el camión con su compañero, que fue testigo de todo el incidente”. Y seguía: “Grité varias veces pidiendo ayuda a unos cuantos transeúntes que pasaban por allí, pero a nadie parecía importarle. Cuando conseguí levantarme tuve que andar media manzana, mientras la sangre corría por mi cabeza y por mi cara, hasta que encontré a un policía”. El agente se ofreció a pedirle una ambulancia para ir al hospital, pero él lo rechazó y se dirigió a su médico particular. Más tarde, un oficial de la policía le llamó y le preguntó si debía arrestar al agresor, que, según Piniés, era negro. El diplomático español señaló que le parecía bastante extraña la pregunta después de las vejaciones de que había sido objeto. En el interrogatorio posterior, el basurero, Irving Davis, dijo que no conocía la identidad de la persona agredida, y que actúo así porque el vehículo del embajador le molestaba para continuar con su trabajo de limpieza. Los basureros, a veces, cuando van apurados de faena, no saben guardar las apariencias: no entienden de extraterritorialidad ni de grandes acuerdos bilaterales entre pueblos hermanos.

P.D.- En nombre de la ciudad, oficialmente, el alcalde de Nueva York en aquella época, John Lindsay, pidió disculpas a Jaime de Piniés por el altercado.