La dimisión del alcalde de Madrid

En abril de 1927 dimitía el por entonces alcalde de Madrid, ya que un barrendero de la ciudad que tiró basura en un lugar “inapropiado” para ello -según los cánones de reciclaje de la época- había sido castigado con tres días de arresto por orden del Gobernador Civil de la provincia. Como el alcalde consideraba que los asuntos disciplinarios del barrido y la limpieza urbana eran competencia suya y no de otra administración o cargo público, presentó su dimisión irrevocable y dejó la vara de mando al siguiente macho alfa. Ese, el de jurisdicción sobre el barrendero, fue el único motivo que alegó el susodicho alcalde, Fernando Suárez de Tangil, a la sazón conde de Vallellano, para abandonar la máxima autoridad de la capital de España.

Un hombre, por lo que vemos, con mucho orgullo, pero cuya limpieza, entre otras cuestiones, quedó empañada por su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, con la Francisco Franco, con el que llegó a ser ministro de obras públicas, un terreno muy pantanoso.

República (triste) de barrenderos

barrenderos

A Alfonso XIII (1886-1941), bisabuelo de nuestro Felipe VI, le gustaba decir que “hubiese sido feliz siendo un simple barrendero de la Puerta del Sol”. No obstante, nunca barrió las calles con carrito, capazo y escoba, al menos en el sentido literal, que se sepa. Apoyó, eso sí, la draconiana dictadura de Miguel Primo de Rivera y quiso, luego, rectificar, hacer como si nada y salir airoso por la senda constitucional, como alguno de sus antepasados más felones. No lo consiguió: las borbonadas estaban ya muy vistas, aunque después vendrían otras de mucho más empaque y jugo (aunque esa es otra historia). Cuando se plantearon elecciones municipales, el 12 de abril de 1931, éstas se consideraron como un plebiscito entre monarquía y república. El triunfo de las fuerzas republicanas en las principales capitales de provincia y en numerosas villas frente a los monárquicos alfonsinos llevó a la proclamación de la II República en España…y Alfonso partió lejos, rumbo al exilio, a vivir desarraigado de hotel en hotel, de país en país hasta morir en la Italia fascista, donde no sufrió hambrunas ni tuvo que vestir –¡snif!- uniforme de operario de limpieza urbana.

El 14 de abril de 1931, el mismo día de la proclamación de la II República, los barrenderos de Madrid desfilaron contentos, en gran algarabía y con sus útiles de trabajo por las principales calles de la ciudad cantando una cancioncilla sobre el reciente rey destronado: “Que no se ha ido, que le hemos barrido, que no se ha marchado, que le hemos echado”.

Menos contentos estuvieron cuando, pocos años después, finiquitado el sueño republicano por un golpe de estado y una cruenta guerra civil, los sanguinarios franquistas –que a la postre legitimarían de nuevo lo borbónico a través de Juan Carlos I- decidieron purgar incluso a la plantilla de barrenderos de la capital, fusilando a unos cuantos de ellos, mandando a campos de concentración a otros tantos y represaliando a los que creían que aún tenían ganas de juerga. Y la Puerta del Sol, mientras tanto, siguió sin barrerse regiamente.

Barrendera y detective

El 24 de febrero de 2016, en esa Sevilla de color especial, en el conocido Parque de María Luisa, en uno de sus bancos, una mujer joven fue hallada muerta, aparentemente por suicidio, según determinó en primera instancia la policía, al descubrir gran número de pastillas y una nota en su bolso que así lo hacían creer. Se ordenó, pues, recoger la basura del lugar y despejar el entorno rápidamente. Tal cometido recayó en Carmen Moreno, Carmen “la del pincho”, una barrendera que llevaba casi treinta años limpiando el parque y que siempre iba y va con un palo con un pincho –de ahí su apodo- para retirar los desechos del suelo. Carmen, no obstante, gran seguidora de la serie televisiva de investigación forense C.S.I (Crime Scene Investigation), al ver los restos que había en los lugares cercanos, sospechó enseguida que aquello parecía más bien un asesinato y decidió actuar como lo hacían los personajes de su serie de televisión predilecta: se pusó una bolsa de plástico a modo de guante para “no contaminar las pruebas” y recogió de la zona cercana al banco todos los pañuelitos de papel y el protegeslip con marcas de sangre que encontró, depositando todo ello después en otra bolsa de plástico, que volvió a meter en otra bolsa de plástico –para más protección-, y guardando dichas piezas objeto de sus pesquisas en un lugar localizable.

Cuando la policía, una vez la autopsia determinó que la joven fue violada y asesinada, quiso enmendar su error y se interesó por los restos hallados en los alrededores para analizarlos, Carmen, la barrendera con aficiones detectivescas, indicó sin género de duda donde estaban guardados, lo que a la postre sirvió para resolver el crimen y detener a su autor material.

Gracias a una escoba

En 1967, en noviembre, en pleno sistema de bloques, un soldado raso del Ejército Nacional del Pueblo se afanaba en barrer con escoba las zonas limítrofes entre la Alemania Oriental (RDA), a la que pertenecía, y la Alemania Occidental (RFA), ante la mirada de los centinelas de ambos bandos, armados hasta los dientes. En una de los lugares más peligrosos existentes hasta entonces y que más vidas se había cobrado, en Berlín, el soldado barría con ahínco para dejar el espacio interfronterizo bien limpito. Cuando se aproximó a la raya blanca final que delimitaba ambos territorios, el soldado soltó la escoba, pegó un brinco y se pasó al lado oeste. La maniobra fue tan rápida que los centinelas ni siquiera lograron disparar, ojipláticos como quedaron. Pudo disfrutar, así, sencillamente, de las bondades del capitalismo -¡auj!-, un nuevo edén donde los perros se ataban con longanizas (para algunos). Todo ello gracias a una escoba.

Billary’s garbage

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Hace años, Hillary explicaba en términos idílicos que, en 1971, en su primera cita con Bill, cuando ambos eran universitarios en Yale, éste se empeñó en llevarla a un museo donde se exhibían distintas pinturas y obras de arte abstracto -incomprensible para la plebe-, lo que el joven consideró conveniente para lograr una bonita atmósfera, propicia al contacto humano que deseaba iniciar con la, por entonces, prometedora gafapasta. Al llegar al museo, sin embargo, se les informó que el edificio estaba cerrado debido a una huelga de los servicios de limpieza y mantenimiento. Bill, también con unas buenas pintas en aquellos tiempos, no se amilanó ante la contrariedad -que podía dar al traste con aquel incipiente amor- y, ni corto ni perezoso, propuso a los responsables del acceso que si les dejaban entrar recogerían ellos mismos la basura acumulada en el sitio. Así, pues, tras obtener el permiso necesario, la pareja pudo disfrutar en solitario y durante horas, hasta las tantas de la madrugada, de las maravillas expuestas en el museo, como dos elitistas en celo, rompiendo el piquete circundante, eso sí, y haciendo de esquiroles en una huelga de limpiadores que solicitaban mejorar sus condiciones laborales. Desde entonces, no se sabe con exactitud dónde depositaron todos los desechos ese par de asnos considerados demócratas, progresistas en relación con sus rivales hacia la Casa Blanca, desde luego.

El resto de la historia es sobradamente conocido: en 2016, hace un rato, la bazofia perfecta y superlativa del empresario multimillonario Trump, apoyada por el Klu Klux Klan y -¡ostiaputaleré!- por millones de trabajadores descontentos, venció a la de Hillary en una contienda propia del museo de los horrores.

Cepillar la ruta del crimen

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José Antonio de la Loma, director perrocallejero del celuloide patrio, rodó a finales de los setenta y a principios de los ochenta del siglo XX varias joyas costumbristas y animadas del denominado cine quinqui, auténticos taquillazos con las andanzas de suburbiales delincuentes juveniles, cautivos de la dosis de caballo, en una “sociedad lanzada por la pendiente de la vida fácil, del lujo y del exhibicionismo”, sin solución oficial para los polígonos desgajados y sin servicios básicos, sin redención posible en los sucios descampados del extrarradio. Los chicos más inconformistas y temperamentales, aburridos pero con ganas de centella, sin perspectivas, sin nada que hacer, sin normas, buscaban la diversión que no se les ofrecía y optaban por dar rienda suelta a sus peores instintos: los chinorris se conviertían en choros, navajeros, teguis, atracadores, tirabolsos, talegueros, asesinos…Los peligrosos muchachos que aparecían en el cine quinqui, con destino de inminente fiambre; vaciletas, violentos y con gusa de fama pimpolla; críos pero “con más rabo que la pantera rosa”; tenían unos motes muy particulares: Piruli, Fitipaldi, Butano, Pepsicolo, Pepe el Majara, el Torete, el Cornetillas, el Pijo, el Jaro, el Meca, el Kung-Fú… Todos ellos, deprisa, deprisa, le metían chinazo al cristal, te hacían el puente, te robaban el buga -generalmente un Seat 124 Sport- y te lo estrellaban a toda velocidad por el barranco mientras huían de los maderos a tiro limpio. Carpe diem; desesperado, inconsciente y motorizado, a ritmo de rumba carcelera.

En ese contexto cinematográfico de epopeya y fechoría adolescente, en Alicante, en 1980, “el Almendrita” y “el Sevilla” deciden pasar un buen rato. Un camión-barredora está limpiando y regando las calles de la ciudad en su habitual y lento desplazamiento, con los cepillos en marcha. Los dos quinquis, con pintas desafiantes, detienen al conductor del camión y obligan al mismo a cambiar el recorrido de trabajo. El operario, taxista repentino, conduce el vehículo hasta el bar musical que le indican. Allí, “el Almendrita” y “el Sevilla” se encuentran a otros colegas de su banda que, invitados por los dos golfantes, se montan también en el camión de limpieza e inician un disparatado garbeo nocturno, en animosa comparsa, alumbrados por la luz rotatoria y por la voluntad decidida de travieso despiporre. Barrer en chute y superglobo: la libertad que camela. Una vez instalados los pasajeros del “tour turístico”, el empleado municipal es expulsado del vehículo y los quinquis se hacen con los mandos del aparato. Como el camión-barredora tiene una cierta complejidad y los chavales no saben bien cómo funcionan sus mecanismos, la pandilla acaba dándose una hostia afelpada a menos de medio kilómetro: la máquina era una ful de Estambul. Seguidamente, vuelven al pub a inflarse a cubatas, liarse sus mais y alucinar con las tías que enrollan. Mientras, el empleado del servicio de limpieza ha avisado a la policía. Los guripas desperdigan los coches patrulla por la ciudad para atrapar a los manguis: no tardan en encontrar el vehículo abandonado, cerca del susodicho local. Al rato, sin grandes dificultades, hallan también a los singulares secuestradores de barredoras, que bailotean confiados, erotizados, rumberos y embelesados por la valentonada. No hay tiroteos ni persecuciones a todo gas. Finalmente, todo parece bastante higiénico: sin hueco en la acelerada y chunga filmografía de José Antonio de la Loma para “el Almendrita” y sus compinches.

Aprovechar los desechos

José Alberto Gutiérrez, conductor de un camión de basuras en Bogotá, recoge, durante su jornada de trabajo, todos los libros que se encuentra en el recorrido. Los recoge para su proyecto. Cuenta con la colaboración de basureros, barrenderos, vigilantes y recicladores, diseminados por aquí y por allá. A José Alberto le duele que la gente se deshaga de esos tomos cuando ya han sido utilizados, “olvidando que hay un pilón de pueblo que no tiene cómo tener un libro para consultar”. Por eso los recoge y, con la ayuda de sus hijos y de su mujer, Luz Mary, los ofrece desinteresadamente –arreglados, recuperados, rescatados– a la comunidad, en un barrio pobre. Ha montado grandes bibliotecas con libros hallados en la basura.
José Alberto lee cuentos a los chavales y se preocupa por su futuro. Quiere inculcarles la afición por la lectura y que aprendan a pensar. Cree que la cultura es una herramienta contra la marginación y defiende no sin cierta candidez -¡ay!- que cuando se erradique la ignorancia, seguramente, habrá paz en el mundo. José Alberto, intentando concretar la utopía, conduce un camión cuyo rótulo reza “Ciudad Limpia”. José Alberto es basurero. Un basurero que, por lo que hace y por lo que dice, merece más admiración y respeto que cualquier gilipollas titulado con educación reglada en la fruslería, con cartera, con carguito, con posibles y con presunción de éxito en la vida.

Las escobas de las pirujas

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A mediados del siglo XV surgen las primeras manifestaciones, imágenes y creencias que asocian escobas voladoras con brujería. Desde entonces, y hasta entrado el siglo XVIII, cientos de miles de “brujas” fueron ejecutadas en Europa, la mayoría en la hoguera, en un genocidio amparado en la labor inquisitorial protestante y católica, que de todo hubo. Presuntamente, las brujas volaban sobre escobas, palos, horquetas y toneles, entre otras cosas, para trasladarse a los aquelarres, donde daban rienda suelta a su maléfica y demoníaca existencia, usando unturas, brebajes, pócimas y todo tipo de pomadas. Numerosas testificaciones en disparatados procesos y las propias confesiones de las encausadas -obtenidas mediante horribles torturas- confirmaban -¡glups!- la presencia de objetos ordinarios para la locomoción por los aires.

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El empleo de ungüentos con sustancias y hierbas alucinógenas (beleño, belladona, estramonio, mandrágora…) aplicados en los palos de escoba y administrados por mucosas genitales y ano, como “consolador químicamente reforzado” -en palabras de Antonio Escohotado-, podría explicar la sensación de ingravidez, la levitación, el cabalgar lunático y alucinaciones tales como el transporte aéreo de los cuerpos (low cost). Hay personas, por tanto, que se masturban muy bien y buscan una extática y etérea clarividencia, en conciliábulo o en tenebrosa soledad, hasta l@s barrender@s…y las brujas.