Billary’s garbage

bill-hillary-clinton-yale

Hace años, Hillary explicaba en términos idílicos que, en 1971, en su primera cita con Bill, cuando ambos eran universitarios en Yale, éste se empeñó en llevarla a un museo donde se exhibían distintas pinturas y obras de arte abstracto -incomprensible para la plebe-, lo que el joven consideró conveniente para lograr una bonita atmósfera, propicia al contacto humano que deseaba iniciar con la, por entonces, prometedora gafapasta. Al llegar al museo, sin embargo, se les informó que el edificio estaba cerrado debido a una huelga de los servicios de limpieza y mantenimiento. Bill, también con unas buenas pintas en aquellos tiempos, no se amilanó ante la contrariedad -que podía dar al traste con aquel incipiente amor- y, ni corto ni perezoso, propuso a los responsables del acceso que si les dejaban entrar recogerían ellos mismos la basura acumulada en el sitio. Así, pues, tras obtener el permiso necesario, la pareja pudo disfrutar en solitario y durante horas, hasta las tantas de la madrugada, de las maravillas expuestas en el museo, como dos elitistas en celo, rompiendo el piquete circundante, eso sí, y haciendo de esquiroles en una huelga de limpiadores que solicitaban mejorar sus condiciones laborales. Desde entonces, no se sabe con exactitud dónde depositaron todos los desechos ese par de asnos considerados demócratas, progresistas en relación con sus rivales hacia la Casa Blanca, desde luego.

El resto de la historia es sobradamente conocido: en 2016, hace un rato, la bazofia perfecta y superlativa del empresario multimillonario Trump, apoyada por el Klu Klux Klan y -¡ostiaputaleré!- por millones de trabajadores descontentos, venció a la de Hillary en una contienda propia del museo de los horrores.

Cepillar la ruta del crimen

cine-quinqui

José Antonio de la Loma, director perrocallejero del celuloide patrio, rodó a finales de los setenta y a principios de los ochenta del siglo XX varias joyas costumbristas y animadas del denominado cine quinqui, auténticos taquillazos con las andanzas de suburbiales delincuentes juveniles, cautivos de la dosis de caballo, en una “sociedad lanzada por la pendiente de la vida fácil, del lujo y del exhibicionismo”, sin solución oficial para los polígonos desgajados y sin servicios básicos, sin redención posible en los sucios descampados del extrarradio. Los chicos más inconformistas y temperamentales, aburridos pero con ganas de centella, sin perspectivas, sin nada que hacer, sin normas, buscaban la diversión que no se les ofrecía y optaban por dar rienda suelta a sus peores instintos: los chinorris se conviertían en choros, navajeros, teguis, atracadores, tirabolsos, talegueros, asesinos…Los peligrosos muchachos que aparecían en el cine quinqui, con destino de inminente fiambre; vaciletas, violentos y con gusa de fama pimpolla; críos pero “con más rabo que la pantera rosa”; tenían unos motes muy particulares: Piruli, Fitipaldi, Butano, Pepsicolo, Pepe el Majara, el Torete, el Cornetillas, el Pijo, el Jaro, el Meca, el Kung-Fú… Todos ellos, deprisa, deprisa, le metían chinazo al cristal, te hacían el puente, te robaban el buga -generalmente un Seat 124 Sport- y te lo estrellaban a toda velocidad por el barranco mientras huían de los maderos a tiro limpio. Carpe diem; desesperado, inconsciente y motorizado, a ritmo de rumba carcelera.

En ese contexto cinematográfico de epopeya y fechoría adolescente, en Alicante, en 1980, “el Almendrita” y “el Sevilla” deciden pasar un buen rato. Un camión-barredora está limpiando y regando las calles de la ciudad en su habitual y lento desplazamiento, con los cepillos en marcha. Los dos quinquis, con pintas desafiantes, detienen al conductor del camión y obligan al mismo a cambiar el recorrido de trabajo. El operario, taxista repentino, conduce el vehículo hasta el bar musical que le indican. Allí, “el Almendrita” y “el Sevilla” se encuentran a otros colegas de su banda que, invitados por los dos golfantes, se montan también en el camión de limpieza e inician un disparatado garbeo nocturno, en animosa comparsa, alumbrados por la luz rotatoria y por la voluntad decidida de travieso despiporre. Barrer en chute y superglobo: la libertad que camela. Una vez instalados los pasajeros del “tour turístico”, el empleado municipal es expulsado del vehículo y los quinquis se hacen con los mandos del aparato. Como el camión-barredora tiene una cierta complejidad y los chavales no saben bien cómo funcionan sus mecanismos, la pandilla acaba dándose una hostia afelpada a menos de medio kilómetro: la máquina era una ful de Estambul. Seguidamente, vuelven al pub a inflarse a cubatas, liarse sus mais y alucinar con las tías que enrollan. Mientras, el empleado del servicio de limpieza ha avisado a la policía. Los guripas desperdigan los coches patrulla por la ciudad para atrapar a los manguis: no tardan en encontrar el vehículo abandonado, cerca del susodicho local. Al rato, sin grandes dificultades, hallan también a los singulares secuestradores de barredoras, que bailotean confiados, erotizados, rumberos y embelesados por la valentonada. No hay tiroteos ni persecuciones a todo gas. Finalmente, todo parece bastante higiénico: sin hueco en la acelerada y chunga filmografía de José Antonio de la Loma para “el Almendrita” y sus compinches.

Aprovechar los desechos

José Alberto Gutiérrez, conductor de un camión de basuras en Bogotá, recoge, durante su jornada de trabajo, todos los libros que se encuentra en el recorrido. Los recoge para su proyecto. Cuenta con la colaboración de basureros, barrenderos, vigilantes y recicladores, diseminados por aquí y por allá. A José Alberto le duele que la gente se deshaga de esos tomos cuando ya han sido utilizados, “olvidando que hay un pilón de pueblo que no tiene cómo tener un libro para consultar”. Por eso los recoge y, con la ayuda de sus hijos y de su mujer, Luz Mary, los ofrece desinteresadamente –arreglados, recuperados, rescatados– a la comunidad, en un barrio pobre. Ha montado grandes bibliotecas con libros hallados en la basura.
José Alberto lee cuentos a los chavales y se preocupa por su futuro. Quiere inculcarles la afición por la lectura y que aprendan a pensar. Cree que la cultura es una herramienta contra la marginación y defiende no sin cierta candidez -¡ay!- que cuando se erradique la ignorancia, seguramente, habrá paz en el mundo. José Alberto, intentando concretar la utopía, conduce un camión cuyo rótulo reza “Ciudad Limpia”. José Alberto es basurero. Un basurero que, por lo que hace y por lo que dice, merece más admiración y respeto que cualquier gilipollas titulado con educación reglada en la fruslería, con cartera, con carguito, con posibles y con presunción de éxito en la vida.

Las escobas de las pirujas

428658

A mediados del siglo XV surgen las primeras manifestaciones, imágenes y creencias que asocian escobas voladoras con brujería. Desde entonces, y hasta entrado el siglo XVIII, cientos de miles de “brujas” fueron ejecutadas en Europa, la mayoría en la hoguera, en un genocidio amparado en la labor inquisitorial protestante y católica, que de todo hubo. Presuntamente, las brujas volaban sobre escobas, palos, horquetas y toneles, entre otras cosas, para trasladarse a los aquelarres, donde daban rienda suelta a su maléfica y demoníaca existencia, usando unturas, brebajes, pócimas y todo tipo de pomadas. Numerosas testificaciones en disparatados procesos y las propias confesiones de las encausadas -obtenidas mediante horribles torturas- confirmaban -¡glups!- la presencia de objetos ordinarios para la locomoción por los aires.

champion_des_dames_vaudoisesedit_editado-1

El empleo de ungüentos con sustancias y hierbas alucinógenas (beleño, belladona, estramonio, mandrágora…) aplicados en los palos de escoba y administrados por mucosas genitales y ano, como “consolador químicamente reforzado” -en palabras de Antonio Escohotado-, podría explicar la sensación de ingravidez, la levitación, el cabalgar lunático y alucinaciones tales como el transporte aéreo de los cuerpos (low cost). Hay personas, por tanto, que se masturban muy bien y buscan una extática y etérea clarividencia, en conciliábulo o en tenebrosa soledad, hasta l@s barrender@s…y las brujas.

Salvapatrias de las escobas

debate-corrupcion

Esto de la corrupción, por favor, parece una cosa muy sucia y muy preocupante. Lo parece, sólo. Mariano Rajoy, el presi -¡Ánimo, Luis!-, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, comparece en noviembre de 2014 para anunciar medidas de limpieza, aunque “España no está corrompida, tiene algunos corruptos que están saliendo a la luz -la basura se saca-, y el resto está sana”. Sana como una manzana, con una “parte pequeña” podrida, pequeña pequeñita, minúscula, a título individual: Gürtel, Púnica, etcétera. Luego están las ignorantes dimisionarias, a título lucrativo, que no merecen más atención de los limpiadores, según los peperos de la bancada: Eurodisney es para los niños: lo sabe hasta el Tato, un gran torero.

No obstante, pese a que todo funciona razonablemente bien y estamos a punto de atar los perros con longanizas (de calidad garantizada), Rajoy piensa sacar brillo porque es un amante de la cosmética y también de la estética, amén del quirúrgico cometido higiénico. Los gatos, a lametones, que el agua no es necesaria en absoluto. El jefe del gobierno, il capo, ha lanzado una advertencia: “Algunos empiezan generalizando la corrupción, culpan a todos los políticos, siguen con la propia política y acaban señalando al sistema. Y a partir de ahí no queda espacio nada más que para los salvapatrias de las escobas, cuyo único programa consiste en barrer, con las consecuencias de todos conocidas”.

La oposición, en bloque, critica duramente al bueno de Mariano porque aparece sin sobres a la vista y sin apuntes contables fraudulentos. Mención aparte merece Alfred Bosch, de ERC, que le espeta: “Actuemos, es sencillo. Vamos a empezar a barrer. Queremos usar la escoba y barrer. ¿O acaso piensan esparcir toda esta porquería con un triste plumero? Necesitamos una escoba, un aspirador, un camión de la basura. Demuestren que quieren limpiar y no le nieguen a nadie la escoba. Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería”. Y que se mueran los feos, que dirían Los Sírex. Yé-yé

Expertos y economistas

BDtKPQ0CAAA6MJU

En 1984, la conocida revista británica The Economist realizó una encuesta muy particular sobre las perspectivas y tendencias económicas para la siguiente década, tanto en el Reino Unido como en el resto del mundo. Respondieron la misma batería de preguntas dieciséis personas: cuatro exministros europeos de hacienda y finanzas, cuatro altos ejecutivos de compañías multinacionales, cuatro estudiantes de la universidad de Oxford y cuatro barrenderos londinenses. Diez años después, cumplido el plazo, se cotejaron las predicciones y los resultados obtenidos en la encuesta con la realidad. Los que menos acertaron y menos se aproximaron a las cifras definitivas fueron los exministros, a gran distancia. Los que más, los barrenderos de la calle, esos expertos gestores de los desechos del capitalismo, especialistas en logística inversa (a veces), en montones de hojas y papelitos (de diversa temática), en mercados infestados y, por supuesto, en un implacable consumo de usar y tirar, como ciencia exacta y fórmula axiomática del actual razonamiento económico.

El cubilote de los hermanos Marx

Plumas de Caballo

Los hermanos Marx se dejaron fotografiar dentro de un enorme cubo de basura para la portada de la revista Time (15 de agosto de 1932), laurel que obtuvieron tras el formidable éxito de la película Plumas de Caballo, donde consiguen ganar un partido de fútbol americano gracias a los aperos propios de la limpieza viaria. Los basureros, los barrenderos y demás técnicos de salubridad (poceros, traperos, chatarreros, fregadores, ambientalistas, etcétera) pueden henchirse de orgullo al contemplar la imagen de Zeppo y los geniales Groucho, Harpo y Chico -sólo falta Gummo en esa estampa de los cachorros de su misma madre, Minnie- en el interior de un recipiente destinado a los desperdicios y a la porquería, sobre un carro callejero de saneamiento. Cualquiera con el alma acrisolada se sentiría plenamente satisfecho al recoger una centésima parte del talento acumulado en ese cubo de portada. Una portada en la que hasta Groucho blande un escobón y que, tal vez, fue concebida como tributo a los profesionales del colectivo que tanto contribuyó a aupar a los comediantes al estrellato mundial. Porque los basureros, sin duda, tienen un papel fundamental en la carrera de los Marx.

En una respuesta dirigida a Eddie Cantor, cantante, actor y practicante de otros oficios faranduleros, Julius Henry, Groucho, el más vitriólico y recordado de los hermanos Marx, explicaba un gag que llevaron a cabo años atrás en un espectáculo de vodevil, Home Again. Lo reseñaba como un eficaz modelo a seguir para cosechar instantáneamente grandes risotadas. El gag se desarrollaba cuando uno de los hermanos irrumpía en el número y decía: “Papá, el basurero ya está aquí”. Groucho replicaba: “Dile que hoy no queremos nada”.

Algo parecido se cuenta en el libro Harpo Habla, del mismísimo Adolph,o sea, del posterior Arthur, o sea, de Harpo, el mudo que no lo era, el otro gran portento -versión pantomima- de la familia. Según Harpo, los hermanos Marx fueron contratados para actuar durante una semana en un teatro de la ciudad de Kalamazoo. Harpo, con su peluca roja destartalada, hacía el papel del inmigrante irlandés Patsy Brannigan, que llevaba a cuestas un cubo de basura. En la primera función, cuando él entró en escena, uno de los otros personajes le preguntó sobre su identidad. Harpo, que todavía no había enmudecido a su criatura artística, contestó: “Hombre, pues soy Patsy Brannigan, el basurero” De nuevo, el chiste estaba casi hecho: “Lo siento, no necesitamos por el momento”. El público agradeció con sonoras carcajadas la ocurrencia. El dueño del local, sin embargo, no se tomó nada bien este sketch y decidió despedir a los hermanos inmediatamente. Según cuenta Harpo, la mujer del propietario del teatro se había fugado a Escanaba con un basurero municipal, lo que por allí se había convertido en motivo de escarnio y en vox pópuli. Ante el notorio agravio sufrido, el empresario los echó a la calle, por más que los hermanos Marx desconociesen con anterioridad la perversa comidilla.

Los echaron, en suma, por el amor irrefrenable de un basurero y de una esposa con más horizontes que la mera fidelidad abnegada. No obstante, el diario local de Kalamazoo dedicó a los hermanos unas muy buenas críticas, buenísimas. Harpo cuenta que su madre, la excepcional Minnie, la representante-coraje y el incombustible motor para el lanzamiento de sus hijos, leyó esas críticas varias veces y que fue entonces cuando les dijo: “Chicos, estamos listos para hacer un circuito. Tenemos que ir donde los grandes agentes puedan vernos” Y así llegó Broadway y después Hollywood y el cine y la portada “basurillas” del Time y las risas que aún no cesan. ¡Qué linda es alguna inmundicia!

Y también dos huevos duros:

Chica de la limpieza: “Vengo a barrer el camarote”.

Groucho : “Precisamente lo que hacía falta. ¡Manos a la obra! Tendrá que empezar por el techo que es el único sitio que no está ocupado todavía”.

Soy un hombre

Echol Cole y Robert Walker murieron el primer día de febrero de 1968, aplastados por los mecanismos hidráulicos de un viejo y obsoleto camión de recogida de residuos. Los dos eran basureros en Memphis (Tenesse, EE.UU). Los dos eran negros, de raza negra.

Al día siguiente, la gran mayoría de trabajadores del servicio de limpieza y alcantarillado de la ciudad no se presentó a trabajar: comenzaba una huelga que pasaría a la historia. Casi todos los huelguistas eran afroamericanos, privados de derechos fundamentales y de las más mínimas garantías, sin poder organizarse sindicalmente en defensa de sus intereses colectivos. Durante años, se habían quejado del trato despiadado que recibían, del mal estado de los vehículos, de las paupérrimas condiciones laborales, de las largas jornadas que soportaban, de la desigualdad económica respecto a los empleados y los jefes blancos, que no les consideraban hombres dignos de humanidad. Los negros, independientemente de su edad, siempre eran chicos, mozos, niños, muchachos…bestias, bazofia, basura…nunca hombres.

Los blancos, si llovía y se suspendía el servicio, recibían su correspondiente paga. Los negros, no: eran enviados a su casa sin cobrar. La promoción interna se basaba en cuestiones de raza y, obviamente, los blancos acaparaban los puestos de mando, de responsabilidad y organización, aprovechándose siempre del estigma, del avasallamiento, de la impermeabilidad social y de las necesidades perentorias de los afroamericanos: avales de infalibilidad para una mano de obra barata, abundante, dócil, manipulable y perfectamente silenciada. Los negros ocupaban los peores puestos, los más duros, los más sucios, los peor remunerados. A diferencia de lo que ocurría con los blancos, eran despedidos por motivos triviales y arbitrarios: un simple retraso de minutos podía significar que te dieran la patada para siempre. Recogían los desperdicios sin bolsas, sin recipientes, sin cubos, sin contenedores, sin herramientas para el vertido, sin guantes, sin uniformes, sin equipos de protección. No se les pagaba por el tiempo que realmente invertían en el trabajo, que solía prolongarse hasta las 14 horas diarias, con apenas 15 minutos de descanso. No podían pararse a descansar en los barrios blancos porque “olían mal” y “perturbaban” a los vecinos. No disponían de ningún lugar para orinar o para ducharse y cambiarse antes de volver a su hogar. No eran más que mercancía, mulas de carga, negros, negritos para el abuso, que tenían que estar agradecidos y agachar la cabeza ante el magnánimo jefe blanco que les permitía sobrevivir a través de un salario apocado y casi ausente. Con esas premisas, en el servicio de recogida de basuras de Memphis, los negros, claro está, eran muchos y con muchos motivos para la protesta. La muerte de Cole y Walker fue la gota que colmó el vaso.

La huelga en Memphis se inició en el mes de febrero de 1968. Pronto las movilizaciones y manifestaciones se hicieron visibles en la ciudad, abarrotada de desechos. Se elaboró un documento con las principales demandas a la municipalidad. Los negros llevaban pancartas en las que se podía leer un lema incomprensible pero harto preocupante: “Yo soy un hombre”. El recién estrenado alcalde, elegido en enero, Henry Loeb, racista hasta el tuétano y tocado con acierto idiota por la arrogancia, no era precisamente un tipo que cediera fácilmente a las pretensiones abolicionistas e igualitarias de aquellos negracos de mierda, carne de plantación y de merecido Ku Klux Klan. Se hostigó a los activistas y a sus familias, se detuvo a los líderes por “cruzar con imprudencia la calle”, más de cien personas fueron arrestadas por estar simplemente concentradas frente al ayuntamiento. La huelga se convirtió en un símbolo de la lucha por la igualdad y por las libertades, atrayendo la atención nacional y espoleando distintas solidaridades y el apoyo de la comunidad negra. La receta aplicada por las autoridades locales fue de lo más comedida: fuerzas del orden, palizas, gases lacrimógenos, chorros a presión, órdenes judiciales que prohibían la huelga, toques de queda, amenazas económicas, graves acusaciones, multas, redadas, esquiroles, desgaste… Los gerifaltes locales, presionados por la amplia población blanca netamente conservadora, no estaban dispuestos a negociar nada y hacían caso omiso de las ofertas de mediación de las -más prudentes- instancias superiores de Estados Unidos. Los diarios locales también se posicionaron de forma clara a favor de los huelguistas: los afroamericanos eran unos cabrones, unos malnacidos y unos violentos de los cristales rotos. Así las cosas, en una de las protestas, hubo decenas de heridos, detenidos a cientos y, también, como broche de oro, un joven muerto por disparos policiales, Larry Payne, de 16 años, evidentemente negro. Los trabajadores del servicio de limpieza organizaron entonces una marcha silenciosa y en fila hasta el ayuntamiento, que fue escoltada, con extrema sensibilidad política, por tanques con ametralladoras apuntando a los asistentes, otros vehículos militares, policías a cascoporro y guardias con bayoneta calada durante todo el recorrido. Sin válvulas de escape, la cosa no parecía tener una solución sensata a la vista.

Martin Luther King, el pastor baptista, el líder de los derechos civiles de los afroamericanos, de la desobediencia pacífica en las calles, el Premio Nobel, se había desplazado a Memphis para apoyar a los huelguistas negros del saneamiento urbano, reclamando la igualdad económica y la justicia social para ellos, inmerso como estaba en su llamada Campaña de los pobres. Allí, en el Mason Temple, el 3 de abril de 1968, hizo su último discurso en público, conocido sobre todo por sus referencias montañeras. Entre otras palabras de mayor fama y brillo, dijo: “Muy pocas veces la prensa ha mencionado el hecho de que 1300 trabajadores del saneamiento están en huelga y que Memphis no está siendo justo con ellos…y que el alcalde Loeb necesita acuciantemente un médico”. El 4 de abril, sin tiempo apenas para bajarle de la cima de la montaña, los médicos no lograron salvar la vida de Martin Luther King, que fue asesinado de un balazo en la garganta cuando, a media tarde, salió al balcón del motel en el que se hospedaba en la ciudad. Tenía previsto ponerse al frente de una manifestación pacífica por el reconocimiento de los derechos de los basureros.

Dos semanas después del asesinato del líder afroamericano, cuyo impacto fue mundial, provocó disturbios en numerosas ciudades y obligó al gobierno federal estadounidense a implicarse plenamente en el asunto; los empleados del servicio de limpieza de Memphis pusieron fin a la huelga que llevaba dos meses en marcha, tras conseguir el compromiso escrito de las autoridades locales (por doce votos a uno) para aumentar los salarios, cobrar por tiempo de trabajo, renovar vehículos y equipos, mejorar las condiciones laborales, permitir la organización sindical, reconocer el derecho a la negociación colectiva, acabar con la discriminación por motivos raciales y, en suma, considerar que los negros, al igual que los blancos, pertenecían también al género humano.