Carnaval te quiero

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En Terrassa, el Carnestoltes, su programa y su cartel ya acumulan unas cuantas polémicas a lo largo del tiempo: siempre es difícil limpiar el confeti. En 1567, como muestra, algunas autoridades locales ya se sentían francamente jorobadas por las prácticas festivas y licenciosas del vulgo harapiento, insensato y juerguista; capaz de mancillar la honorabilidad de la nobleza en un periquete. Para no ofender a Felipe II, el monarca católico del imperio español, ni a la Santa Inquisición, la guardiana de la fe, se prohibió el lanzamiento de frutas cítricas e inmundicias -¡glups!- entre los moradores. También se prohibió, con gran acierto, la música, el baile, los disfraces, las máscaras, las bromas y cualquier manifestación de alegría o entusiasmo. Si no se cumplía con lo establecido, que los pobres culpables no esperaran misericordia: las rejas, en el peor de los casos, eliminarían las ganas de francachela. El carnaval quedaba así un pelín descafeinado…pero políticamente muy correcto, muy correcto para la época. Una época en la que el gran bufón de la corte era un enano ocurrente y consentido que no se apartaba demasiado del cuello de golilla del rey. Un enano, ¡qué gracia! La figura, olé, del bufón de palacio. Eso sí que era divertirse de forma sana, sin consecuencias penales y sin sacar las cosas de quicio.

“Ara hoiats totqom generalment queus notiffiquen i fan assaber de part del honorable en Barthomeu Vidal balle de la vila y terme del Castell de Terrassa per la Sacra Catholica y Real Magestat del Rey Nostre Senyor, que com se tinga intelligencia y altrament se entengue per lletras del Rey Nostre Senyor enuiades al Excellentissimo Llochtinent General y a la ciutat de Barcelona, essere seguit o volerse seguir algun insult en la matexa persona de Sa Magestat, e per ditas cosas la dita ciutat de Barcelona, com es rahó sentirse dels treballs del Sant Catholic REY y Senyor, hauer manat an grans penes ningu gosas ballar en ninguna manera de sons, fer masqueras y altres coses. E com lo dit honorable balle sia stat suplicat humilment per los honorables conselles y consell de la present vila de e sobre dites coses volgues posar orde. Per ço ab temor de la present publica crida diu, intime, mane y notifica a totes y segles persones de qualseuol ley grau o conditio sien, que de aquesta hora en auant axí de dias com de nit palesament ni amagada axí per paasses, carrers, cases, ni altrament sonar en ninguna manera de asturments, ni ab aquells ballar, ni altrament fer ninguna manera de masqueras, ni desfreces, tirar taronges, ni inmundicies algunes, ni regosijos alguns, altrament qui lo contrari fara, perde los tals astruments e incorregue en pena de deu lliures barceloneses als cofres reals de Sa Magestat aplicadores y qui no tindrà que pagar, que haie de star vuit dies continuos en los carcers de la present vila. E guart si qui guardar sia, que amor ni graties no ne haura”.

Las escobas de las pirujas

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A mediados del siglo XV surgen las primeras manifestaciones, imágenes y creencias que asocian escobas voladoras con brujería. Desde entonces, y hasta entrado el siglo XVIII, cientos de miles de “brujas” fueron ejecutadas en Europa, la mayoría en la hoguera, en un genocidio amparado en la labor inquisitorial protestante y católica, que de todo hubo. Presuntamente, las brujas volaban sobre escobas, palos, horquetas y toneles, entre otras cosas, para trasladarse a los aquelarres, donde daban rienda suelta a su maléfica y demoníaca existencia, usando unturas, brebajes, pócimas y todo tipo de pomadas. Numerosas testificaciones en disparatados procesos y las propias confesiones de las encausadas -obtenidas mediante horribles torturas- confirmaban -¡glups!- la presencia de objetos ordinarios para la locomoción por los aires.

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El empleo de ungüentos con sustancias y hierbas alucinógenas (beleño, belladona, estramonio, mandrágora…) aplicados en los palos de escoba y administrados por mucosas genitales y ano, como “consolador químicamente reforzado” -en palabras de Antonio Escohotado-, podría explicar la sensación de ingravidez, la levitación, el cabalgar lunático y alucinaciones tales como el transporte aéreo de los cuerpos (low cost). Hay personas, por tanto, que se masturban muy bien y buscan una extática y etérea clarividencia, en conciliábulo o en tenebrosa soledad, hasta l@s barrender@s…y las brujas.

A título de imprudencia

Era de noche en Terrassa, noche cerrada. No vieron nada. No escucharon nada. Nada les hizo sospechar la gravedad de la lesión. Ellos se limitaron a hacer su trabajo policial correctamente. Eso declararon. Eso mantuvieron todos los agentes implicados desde el principio. Pero Jonathan Carrillo murió por una bofetada, según los hechos probados. Nada dijeron entonces, a nadie. Cayó a plomo de espaldas y se fracturó el cráneo. Y ellos, que nada vieron y nada escucharon, vieron y escucharon previamente muchas cosas: que iba borracho, que se tambaleaba, que intentaba despelotarse, que insultaba y llamaba la atención…Luego, no se sabe, no se contesta muy bien, tropezó, seguramente, y se fue al suelo. Por eso llamaron a una ambulancia, porque iba borracho y estaba inconsciente casi por arte de birlibirloque, durmiendo la mona en la calle, ipso facto, así. Por eso no avisaron del fuerte impacto a los profesionales sanitarios. Pero Jonathan Carrillo murió por una bofetada, según los hechos probados, según los testimonios sin uniforme, en septiembre de 2009, a los 26 años.

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En enero de 2015, los cuatro policías acusados de homicidio, encubrimiento y omisión del deber de socorro salieron absueltos. No hubo responsables ni indemnización. La sala que los juzgó consideró que sí, desde luego, que se produjo por parte de un agente una “acción antijurídica…una acción voluntaria de golpear y un resultado de muerte que sería atribuible a título de imprudencia”. No obstante, como ellos no vieron nada ni escucharon nada, corporativamente, nada más se podía hacer. Una nadería como otra cualquiera. Nada de nada. No se podía determinar «qué vieron o qué dejaron de ver el resto de agentes». Nadie encajaba, pues, en la autoría de los delitos que se imputaban. La familia de Jonathan Carrillo se mostró indignada con el fallo…Y otros, muchos, muchísimos, también.

Cerca del coche escoba

El primer ganador del Tour de Francia, en 1903, fue un deshollinador de escasa estatura que limpiaba chimeneas, Maurice Garin, que declaró que antes que campeón era un hombre del pueblo: “No sabía que estas dos nociones se harían consustanciales al deporte ciclista”. En 1904, en su segunda participación, Garin fue descalificado -aunque, para evitar tumultos pueblerinos, meses después de finalizar la carrera- por utilizar un coche para adelantar a sus rivales. Hasta que, en 1910, los organizadores de la ronda francesa no introdujeron las montañas pirenaicas en el recorrido, no existía en ciclismo el llamado coche escoba, una idea de Henri Desgrange para evitar las habituales trampas en la retaguardia de la prueba que, con posterioridad, sirvió para recoger y transportar a los corredores que no podían continuar, los desfallecidos, los reventados y los últimos de la fila, que quedaban así eliminados sin llegar a meta, sin aspirar siquiera al honor del farolillo rojo.

En julio de 1959, Federico Martín Bahamontes se convirtió en el primer ciclista español en ganar el Tour. Poco antes, ese mismo año, en la Vuelta a España, Fede, Federico –que nació Alejandro- se había retirado de la misma por la puerta de atrás. “En coche se va mejor”, dijo tras dejar de pedalear en las inmediaciones de Ayerbe, dirección a Pamplona. Porque Bahamontes, el Águila de Toledo, durante su vida deportiva, logró un palmarés barrendero envidiable: abandonó en el furgón escoba las tres principales competiciones por etapas: Vuelta (1959), Tour (1960) y Giro (1961). En las tres, en las tres grandes, se montó en el ingrato vehículo de barrido por la cola: una triple corona encadenada anualmente, con el maillot pringado de desdoro momentáneo.

Escalador de enorme talento y demarraje hasta el estertor, de embestidas violentas en el primer repecho que se encontrara, pésimo contrarrelojista, pésimo rodador en el llano y pésimo bajador atenazado por el miedo; figurilla soberbia, egocentrista, caprichosa, diletante, rebelde, excéntrica, irascible, descorcentante e imprevisible, quejica y pajarera -le dolía el «limaquillo», alegaba-; admirado y detestado por igual; potencia y astenia infantil al alimón; con poca diplomacia, mal perder y sin ningún sentido estratégico o de formación coordinada; Bahamontes nunca ganó la Vuelta a España. La de 1957, según él, se la robaron con malas artes y trapisondas, en beneficio de Jesús Loroño. La leyenda del Águila toledana se forjó en las altas cumbres de superior categoría, que casi siempre cruzó en solitario y en cabeza. Muchas anécdotas jalonan su irregular historial: desde esperar varios minutos al pelotón en la cima de un puerto mientras se comía tranquilamente un helado de vainilla hasta fingir una apendicitis a mitad de carrera cuando acumulaba un retraso horario importante, se veía perdido y no contaba con ninguna ayuda frente a los contrincantes que le disputaban la general. “Correr en los llanos y carreteras tan lisas y asfaltadas es propio de maricones”, llegó a afirmar sintomáticamente nuestro machito ibérico en un alarde de corrección política y tolerancia sexual, partidario de un ciclismo cuesta arriba, polvoriento, caluroso y con dos impetuosos cojones -¡glups!, pese a practicar la abstinencia durante la competición-, de distancias estratosféricas en bicicletas que pesaban como el plomo.

En la decimoquinta etapa de la Vuelta a España de 1960, entre Vitoria y Santander, Federico Martín Bahamontes, consagrado definitivamente ya como estrellita luminosa por su triunfo en el Tour anterior, mito en rodaje, avituallado con una gesta estupenda para la propaganda franquista, no se paró en la cuneta para aguardar la aparición del coche escoba y subirse en dicho automóvil  con cara de desmayo. El Águila de Toledo y uno de sus subalternos -los conocidos antes como «domésticos»-, José Herrero Berrendero – sobrino de Julián Berrendero-, se limitaron a circular junto al vehículo destinado a recoger a las “víctimas” por desfallecimiento y cansancio, como señal de protesta por la eliminación de otro de los gregarios del equipo, Julio San Emeterio, en la jornada previa, en la que éste llegó a meta sobre el tiempo máximo permitido. Bahamontes había pedido a la organización que lo repescara inmediatamente y amenazó con abandonar la prueba si no se cumplían sus exigencias, que no se tuvieron en cuenta: los jueces no se plegaron al chantaje del gran campeón. No obstante, al día siguiente, muy contrariado, el toledano tomó la salida: fue el último en firmar y siguió a la «serpiente multicolor» en un transporte motorizado del equipo hasta que comenzó el recorrido oficial, no neutralizado. Tenía un plan, por una vez, y quería echar un pulso a la dirección de carrera, amparado en su inmensa celebridad y en su condición de principal favorito. En un primer instante, justo al inicio, Federico atacó varias veces con su acostumbrada rabia para luego dejarse atrapar voluntariamente. Después, él y Herrero Berrendero aminoraron la marcha, se descolgaron del grupo y, a paso de tortuga, se despreocuparon de cualquier resultado deportivo. De paseo, al trantrán, sin prisas, junto al coche escoba, transitaron con cachaza por distintas localidades y carreteras, entre un público defraudado y faltón ante la desganada actitud del famosísimo Bahamontes. Cuando llevaban unos ochenta kilómetros en las piernas, un espectador insultó con más vehemencia que los demás a los dos corredores y acabó de calentar los ánimos, ya suficientemente calientes. Bahamontes y su compinche, entonces, pusieron pie en tierra, se desmontaron de sus sillines y trataron de aclarar la fastidiosa situación como buenamente supieron, con argumentos vigorosos de rodados atletas: se encaminaron hacia los que les habían increpado y se liaron a mamporros y puñetazos con ellos. Sacaron sus bombas de aire de la bicicleta – el blog muckraker prefiere el término mancha- y repartieron estopa a diestro y siniestro, ante la incredulidad de los testigos y la presencia de la gran mayoría de periodistas que cubrían el evento, que no prestaron la atención necesaria al desarrollo de la etapa porque el show que acaparaba casi todo el interés mediático se encontraba en el cierre de carrera. Alguno de los que intentó separar a los contendientes recibió un bombazo de propina en la cabeza.  El rifirrafe se solucionó con la mediación del director de la Vuelta y los dos ciclistas volvieron a la ruta. Al rato, se apearon de sus máquinas y anunciaron el próposito de renunciar a la prueba: nuevamente fueron convencidos para continuar. Más tarde, los corredores rezagados junto a Bahamontes ya formaban un buen conjunto de domingueros de excursión a pedales con los dorsales de la pachorra, dominados por la  indolencia, el ritmo apático, el espíritu contemplativo y la calma chicha. El Águila, Herrero Berrendero y otros siete ciclistas llegaron a Santander fuera de control, casi con una hora de diferencia respecto al vencedor en la línea de meta. Bahamontes fue expulsado de la Vuelta a España por “no estar dispuesto a tomar la salida al no ser repescado su compañero”, por “haber agredido de palabra y obra a un grupo de espectadores» y por “haberse retrasado deliberadamente, coaccionando a sus compañeros de pelotón”. Todo un espectáculo; ciclismo de antaño.

Nota: En 1965, Bahamontes disputó su último Tour. Se retiró también en el coche escoba, a su manera, tras escaparse en una etapa, ponerse en cabeza y esconderse poco después en unos matorrales hasta la llegada del vehículo.

 

Los leones del vertedero y el rocín del surrealismo

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“¿Queréis ir al vertedero a matar ratas?”, preguntaba Emmet Ray (interpretado por Sean Penn) en la estupenda película Acordes y Desacuerdos (1999), de Woody Allen. El personaje de Emmet, virtuoso de la guitarra, gran artista pero con grandes defectos mundanos, disfrutaba disparando con su pistola a las ratas que se movían entre montones de porquería. Moscas, gaviotas, gusanos…La fauna en los basureros es hasta cierto punto monótona. Ratones, gatos sin orfanato que los acoja, chuchos pulgosos. Los mamíferos que pueblan los vertederos de la civilización no sorprenden a casi nadie. Arqueológicamente, los restos ofrecen explicaciones sobre el modo de vida, el hábitat, la idiotez humana y el devenir surrealista de los tiempos: en 2010, se paralizaron las obras de conexión del Cuart Cinturó –ese espanto contra natura- y la C16 porque se descubrió durante las excavaciones un antiguo vertedero municipal de Terrassa, de suelo inestable como base, lo que obligó a retirar y redistribuir las miles de toneladas de residuos acumulados –de época- en los márgenes de la carretera y en las zonas anexas, cubriéndose después con unos pocos metros de tierra: una solución del Hombre y la Tierra. Biológica y zoológicamente, los restos alimentan a carroñeros y parásitos. Artísticamente, los restos son la monda lironda: los mejores depredadores afilan sus colmillos, las ratas nunca abandonan el navío de la fama, las sucias moscas revolotean sobre cualquier mierda inconsistente y cremosa.

Los residuos que se han generado en la ciudad de Terrassa se almacenan en el subsuelo de lugares como Coll Cardús, el Femer del Fava o los campos de Can Bogunyà, cerca del Llac Petit, una zona de interés parapsicológico que arrastra una terrible leyenda negra de muerte, ectoplasmas, plásticos, suciedad y mal ambiente. El vertedero de Can Bogunyà, pues, estaba situado cerca del barrio de Poble Nou, en el norte de la ciudad, en las inmediaciones de la salida por la carretera de Rellinars, bienvenida a los verdes bosques del parque. Las depresiones naturales y torrentes existentes se rellenaron con escombros y desechos, creándose una bonita planicie por cubrimiento, superposición y sepultura, apta para las nuevas cosechas del progreso y para corretear, en esparcimiento antílope, como si de una sábana africana se tratase. No se impermeabilizó el suelo: las aguas freáticas necesitaban condimento. Durante años, los vecinos de la zona presentaron reiteradas quejas por los humos, los gases, los objetos volátiles, la cercanía de las viviendas, el riesgo de contaminación, la proliferación de roedores y el vagabundeo de perros con hambre canina, no del todo higiénicos. También se quejaron de los malos olores: olía a tigre.

En 1970, el señor Barrachina, encargado del vertedero de Can Bogunyà, hizo un hallazgo extraordinario: tres leones decapitados habían sido depositados en las instalaciones del basurero sin que se conociera el porqué ni su procedencia. Dos machos y una hembra embarazada, adultos, con las garras mutiladas. ¿Brujería? ¿Broma macabra? ¿Ritos satánicos? ¿Qué hacían aquellos ejemplares propios del África Subsahariana en una región tan septentrional? ¿Por qué les habían amputado las cabezas y las extremidades? El misterio rondaba de nuevo por los terrenos de Can Bogunyà. El caso saltó a las páginas de los principales periódicos del país; las investigaciones no daban resultados; la comidilla no cesaba. Tanto revuelo se formó que, con cargas de conciencia, Joaquim Jover se vio impelido a confesar el crimen: Joaquim, residente en Terrassa, taxidermista de profesión, había comprado los leones al propietario del “Circo Zoo”, con la intención de disecarlos. El propietario del circo había matado a los animales porque estaba a punto de cerrar su entrañable negocio de entretenimiento infantil…y porque la leona, de un zarpazo, había acabado con la vida de un niño de 6 años, su propio nieto. Cuando los leones llegaron a Terrassa, hacía horas que dormían el sueño de los justos y el proceso de descomposición estaba suficientemente avanzado como para hacer imposible la preservación técnica de las piezas. El taxidermista decidió aprovechar las cabezas y las garras, desembarazándose después de los cuerpos, que dejó en el vertedero tras arduas labores de transporte. El misterio, así, quedó prácticamente resuelto. La extravagancia en mayúsculas, no obstante, acababa de empezar.

Salvador Dalí, bestia exótica de l’Empordà, artista universalmente reconido, pintor de todo tipo de animales estrambóticos y oníricos (desde hormigas hasta rinocerontes), el hombre que quería atravesar los Alpes montado en un elefante, el coautor -junto a Harpo Marx- del guión Jirafas en ensalada de lomos de caballo, leyó en la prensa la noticia de los leones del vertedero de Terrassa y tuvo una de sus brillantes ideas para perturbados que hace tiempo han perdido totalmente la cabeza: de Lorca a las felicitaciones a Franco a través de relojes blandos, en una particular persistencia de la memoria. Se relamió los bigotes: el safari surrealista (que no real en Botsuana) no admitía demoras: llamó inmediatamente a Joaquim Jover y le hizo un encargo. Joaquim tendría que disecar un hermoso corcel blanco, de las pezuñas a la crin. El caballo, de nombre Rocibaquinante, regalo de su colega Joan Abelló –que recibió una litografía como contrapartida-, fue trasladado desde Portlligat a Terrassa. En el matadero de la población vallesana, le aplicaron una descarga eléctrica y, una vez consumado el asesinato equino, fue conducido hasta el taller del taxidermista, que se aplicó todo lo que pudo en su oficio, en una tarea que duró casi un año. El caballo, con vida, pesaba 400 kg. El caballo, muerto y disecado, pesaba 400 kg. El pintor se mostró encantado con su macabra adquisición: “Además de un caballo blanco y un león llegado hace dos días, espero la próxima semana una monumental jirafa”. Dalí ofreció el caballo a su esposa, Gala, como presente de cumpleaños y varios operarios – en una disparatada maniobra- lo subieron por las escaleras para instalarlo en la suite 108 del hotel Ritz de Barcelona, donde solía alojarse la pareja y donde se cometieron innumerables chaladuras de portentoso talento, paranormal, de indomable gilipollez y cabalgar botarate.

Dalí y su caballo

El caballo disecado se encuentra, hoy, en la entrada de la Casa-Museo Castillo Gala Dalí, en Púbol, en una vitrina que no cruzan ni las moscas más limpias.

Salvapatrias de las escobas

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Esto de la corrupción, por favor, parece una cosa muy sucia y muy preocupante. Lo parece, sólo. Mariano Rajoy, el presi -¡Ánimo, Luis!-, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, comparece en noviembre de 2014 para anunciar medidas de limpieza, aunque “España no está corrompida, tiene algunos corruptos que están saliendo a la luz -la basura se saca-, y el resto está sana”. Sana como una manzana, con una “parte pequeña” podrida, pequeña pequeñita, minúscula, a título individual: Gürtel, Púnica, etcétera. Luego están las ignorantes dimisionarias, a título lucrativo, que no merecen más atención de los limpiadores, según los peperos de la bancada: Eurodisney es para los niños: lo sabe hasta el Tato, un gran torero.

No obstante, pese a que todo funciona razonablemente bien y estamos a punto de atar los perros con longanizas (de calidad garantizada), Rajoy piensa sacar brillo porque es un amante de la cosmética y también de la estética, amén del quirúrgico cometido higiénico. Los gatos, a lametones, que el agua no es necesaria en absoluto. El jefe del gobierno, il capo, ha lanzado una advertencia: “Algunos empiezan generalizando la corrupción, culpan a todos los políticos, siguen con la propia política y acaban señalando al sistema. Y a partir de ahí no queda espacio nada más que para los salvapatrias de las escobas, cuyo único programa consiste en barrer, con las consecuencias de todos conocidas”.

La oposición, en bloque, critica duramente al bueno de Mariano porque aparece sin sobres a la vista y sin apuntes contables fraudulentos. Mención aparte merece Alfred Bosch, de ERC, que le espeta: «Actuemos, es sencillo. Vamos a empezar a barrer. Queremos usar la escoba y barrer. ¿O acaso piensan esparcir toda esta porquería con un triste plumero? Necesitamos una escoba, un aspirador, un camión de la basura. Demuestren que quieren limpiar y no le nieguen a nadie la escoba. Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería». Y que se mueran los feos, que dirían Los Sírex. Yé-yé

Letrinas palaciegas

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Tras siglos de decadencia y de impúdicos esfínteres, llegó Sir John Harington, un tipo extravagante y travieso, escritor, poeta, artista de epigramas y de ingenio escatológico, un picarón consentido, educado en Eton y en Cambridge.

John Harington era ahijado de Isabel I de Inglaterra, la última Tudor, la Reina Virgen, la protestante. Ésta tuvo varios desencuentros con él y siempre, transcurrido un tiempo prudencial, le acababa perdonando: así son las madrinas solteras con sus queridos golfantes. Entre las hazañas que se atribuyen al escritor destaca la traducción al inglés (íntegra) de la obra cumbre de Ludovico Ariosto, Orlando Furioso, un complejo peñazo de 40.000 versos, relamidos en octavas reales. Una traducción que Isabel I impuso como castigo a Harington por su predisposición hacia los personajes que describían a las mujeres como seres lascivos e infieles.

John Harington también es el autor de The metamorphosis of Ajax: a new discourse on a stale subject y de And Apologie for Ajax, textos por los que fue desterrado. Porque Ajax, de Ayáx el Grande -el héroe mitológico griego que combate junto con Aquiles en la guerra de Troya-, fue el nombre con el que Harington bautizó a su invento para las deposiciones humanas, el inodoro con cisterna de agua, el water-closet, el WC, si bien todavía sin sifón y sin conexión con el alcantarillado (que no existía en aquellos lares de la Pérfida Albión).

Tras uno de sus rifirrafes con la reina, Harington había ideado un pulcro sistema para congraciarse con ella que versaba sobre la problemática de sus mierdas y orines regios, un sistema destinado, según decía, a convertir la peor de las alcobas en “tan dulce como la mejor cámara”. La reina, en principio encantada, colocó el armatoste en su palacio de Richmond. El propio Harington, también muy higiénico, se instaló otro en su vivienda. Fueron los dos únicos retretes que se conocieron en los siguientes siglos.

Cuando en 1596 Harington publicó sus textos sobre el Ajax, de satírico contenido político y bajo el pseudónimo de Misacmos Muse, la descripción detallada que hacía del aparato fue objeto de burla y rechazo. La reina Isabel, nuevamente, le expulsó de la corte por falta de decoro y Sir John nunca más volvió a restablecerse del todo de sus diarreas.

Hasta que Alexander Cummings -ya a finales del XVIII- se puso en serio, el inodoro permaneció en el más absoluto de los olvidos. Desde entonces, con mayor o menor fortuna, se ha rehabilitado la figura de Harington: hay lugares en los que al váter lo siguen llamando john, en homenaje a su precursor isabelino.

PD- Hoy, 19 de noviembre, por cierto, es el Día Mundial del Retrete, coincidiendo con el Día Mundial del Hombre, genuinamente masculino. La ONU informa: unos 2.500 millones de personas no tienen acceso a instalaciones de saneamiento adecuadas, como retretes o letrinas, lo que conlleva consecuencias trágicas para la salud, la dignidad y la seguridad humanas, así como para el medio ambiente y el desarrollo social y económico.«Igualdad y Dignidad» es el tema de este año (2014) del Día Mundial del Retrete. El objetivo es mostrar la amenaza de violencia sexual a la que se enfrentan las mujeres y las niñas debido a la falta de intimidad, y también las desigualdades presentes en el acceso al saneamiento. Por lo general, los retretes siguen sin adecuarse a las necesidades específicas de ciertos grupos de población, como las personas con discapacidad, los ancianos y las mujeres y niñas, que requieren instalaciones para atender su higiene durante la menstruación. Bajo el lema «NoPodemosEsperar», el Día Mundial del Retrete es la ocasión para llamar a la acción y resaltar la imperiosa necesidad de abandonar la práctica de la defecación al aire libre, especialmente en el caso de las mujeres y las niñas, quienes son particularmente vulnerables.