Limpieza olímpica

El griego Heracles (Hércules en la mitología romana) era un semidiós lleno de virtudes: mató a su maestro de música, a sus hijos y a algunos de sus sobrinos, entre otras hazañas de sangre. Fuerte, atlético, musculado y vigoroso, realizó unos difíciles trabajillos para expiar sus ataques de locura transitoria: robó manzanas (pero no malacatones), robó cinturones de mujeres fatales – las chicas son guerreras- y se cargó, por la vía del combate directo, a gigantes, cabezudos, monstruos, hidras y otros enormes animales de peculiar taxonomía: contribuyó a la extinción de especies mágicas y divertidas. Como todo ser sobrenatural que se precie, más allá del gusto, del clasicismo y de las ostras y los caracoles de Espartaco, tenía una potencia sexual digna de encomio, con buena semilla y buen aguante: dejó preñadas a las cincuenta hijas del rey Tespio, en un abrir y cerrar de piernas. Por lo que parece, si se emberrenchinaba, si se le inflaban las venas de la frente, era capaz de romper cualquier corona de plomo que llevase puesta en la cabeza: más valía no granjearse su enemistad porque te jugabas el físico. A su lado, el increíble Hulk dopado hasta el entrecejo y ahíto de viagras, el mejor Iñaki Perurena o el más despechugado Victor Mature perdían pistón e interés sociológico. Heracles era un deportista de élite, noble, muy competitivo, el héroe total, en el Olimpo de la testosterona.

Según cuenta la leyenda, Heracles tuvo que limpiar los inmensos establos del hijo de Helios y Naupidame, Augías, un señor algo guarrindongo, un tipo rico con extensos dominios y prodigiosos rebaños bovinos bien cebados, fecundos y con una salud de hierro, divina, pero con la mierda hasta los cuernos. Las cuadras estaban llenas de estiércol y no se habían limpiado nunca. En los campos circundantes, no se podía pastar ni cultivar una triste planta de cebada porque una espesa capa de excrementos y mugre cubría la superficie. El hedor se extendía por todo el Peloponeso. Así las cosas, Heracles pactó con Augías que si lograba, en menos de una jornada, eliminar toda la porquería del valle – lo que se antojaba una misión imposible-, se quedaría – como contrapartida- con una décima parte de sus posesiones. Y se puso manos a la obra, a tenor de lo dispuesto en el artículo 1.1 del Estatuto de los Trabajadores, bajo las notas de laboralidad establecidas: compromiso personal, voluntariedad, retribución, ajenidad y subordinación o dependencia, siempre desde un punto de vista mitológico. Heracles, que meaba colonia, un titán estajanovista fuera de lo común y, por tanto, reacio al uso de escobas, rastrillos y capazos, un formidable obrero que no se amilanaba ante las ímprobas exigencias de productividad, rompió las paredes de los establos a puñetazos, desvió en un periquete el curso de dos ríos cercanos, el Alfeo y el Peneo, y el agua entró en tromba para dejar el suelo resplandeciente y salutífero, en perfecto estado, arrastrando toda la suciedad de la comarca a su paso. Cuando llegó la hora de cobrar, Augías, con lógica empresarial vampirizante – los clásicos nunca mueren-, se negó a pagar lo estipulado. Heracles mostró su disconformidad e inició una guerra de justa reivindicación salarial: la movilización de protesta todavía se tenía por eficaz. Tras diversas escaramuzas y defunciones, Heracles derrotó a Augías, saqueando su reino y consiguiendo un estupendo botín. Para conmemorar su victoria y su dominio sobre aquellas tierras, cuenta Píndaro, construyó en el Altis un templo en honor a Zeus, su rijoso padre, y fundó los juegos olímpicos (los primeros de la antigüedad), con sus reglas, sus torneos, sus celebraciones y su periodicidad cuatrianual. Moiras y Cronos asistieron al evento, sin miembros del COI y sin barón de Coubertin. Heracles plantó allí un olivo hiperbóreo – ¡qué fantástica palabra!- cuyas ramas servirían únicamente para coronar a los vencedores de las distintas pruebas. Y colorín colorado, en Olimpia, los limpios habían triunfado.

 

Un señor (truhan) en la basura

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Hasta mediados de los años ochenta (siglo XX), el señor J, encargado general en la empresa de recogida de residuos de Terrassa, mandamás en la calle, se llevaba su buen fajo de dinero negro a costa de lo ajeno, como sucio profesional del mangoneo en la limpieza. Si ello era normal en la economía sumergida de la siempre hábil masa tunante -en la que me incluyo, sin habilidades-, no lo era tanto que además, en el mismo acto, se diera también rejonazo directo a las instituciones democráticas oficiales, las de todos -¡ejem!-. Porque la empresa privada que tenía en aquella época la concesión del saneamiento urbano, gracias a las tretas del señor J, realizaba la recogida de basuras a particulares que pagaban bajo manga. ¿Por qué pagaban bajo manga? Pues porque el señor J, con autoridad y desidia para chupar del bote como un retorcido bellaco, ordenaba que se vaciasen dichas basuras particulares en el vertedero municipal, facturando el trabajo con toda la jeta del mundo al Ayuntamiento de Terrassa, cuyos controles de inicio fallaron por pasiva y quizás también por activa. Cargando el gasto en las arcas municipales, el señor J, según se afirmó, utilizaba los camiones de la concesionaria para transportar los desechos recolectados por otra empresa que él mismo dirigía. 

El señor J, en la más odiosa tradición picaresca –sin ser un desharrapado lazarillo-, beneficiándose del cardinal cargo que ocupaba, cobraba dos veces por la misma mierda y tributaba con gloria canalla por sus desdobladas reiteraciones lucrativas, lo cual debe considerarse un buen ejercicio para sortear cualquier crisis y ser admirado como listo supremo entre los jefes cañís y los jamás pasados de moda chulazos carpetovetónicos: hasta Mahatma Gandhi se aprovecharía si pudiera, solemos justificar los procaces del doble juego en nuestros íntimos salones. Bajo ese prisma, el señor J sabía lo que no estaba escrito: no se desperdiciarían oportunidades: rock and roll. La administración local, garante de los derechos de la comunidad, con gobierno entonces de mayoría absoluta socialista, apoquinaba religiosamente por los servicios prestados por el señor J, aunque ni por asomo fueran de su incumbencia. La cosa llegó a ser tan escandalosa que, al final, saltó la liebre. El Ayuntamiento de Terrassa, impelido a investigar los hechos, descubrió -¡oh, qué barbaridad!- que la práctica fraudulenta era corriente y cotidiana: sus fondos habían sido mermados por un solitario pirata malandrín. El señor J -¡eureka!- reconoció ante el consistorio el desfalco y su proceder ilegal…pero no fue denunciado por ningún delito: venga, pelillos a la mar, chaval, banalicemos la estafa y pasemos la pelota al poder disciplinario de la concesionaria de los trajines, acullá. El Ayuntamiento de Terrassa no se cebó ni se metió en pleitos penales: el hombre tampoco había matado a nadie, sólo se había embolsado por el morro una importante cantidad de dinero público, socializado para las mejores obras de interés general de un rapaz caradura, aunque de más baja intensidad y mejor estofa que otros futuros degenerados de renombre. ¿Fue el señor J una cabeza de turco? ¿Cuál fue el precio del poder? ¿Quién silenció a los corderos? Veamos cómo se desarrollaron los hechos a posteriri.

Una vez destapado el caso de corrupción, el señor J siguió removiendo los despojos de la ciudad, si bien apartado de primera línea, nominalmente destituido, y con expediente disciplinario abierto pero no del todo ejecutado, in albis. Poco después, la nueva concesionaria del servicio -conocedora indudablemente del asunto- le propuso que se tomara un año de excedencia por su “actuación desleal”. El señor J aceptó rápidamente la generosa propuesta: los errores muy gravísimos, con dolo, exigen un contundente castigo hasta en la Srpringfield de Los Simpsons, sobre todo si la sanción ni siquiera se produce como tal y depende de uno mismo, en espera de que las aguas se calmen. Se contrató a un nuevo encargado general y la memoria se fue diluyendo con el transcurrir de las estaciones. En estas, en 1985, el Ayuntamiento de Terrassa -desbordado por los múltiples y turbios acontecimientos sobrevenidos en la gestión de las basuras- quiso hacerse cargo directamente de la recogida de residuos en la ciudad a través de la empresa pública Eco-Equip, que asumió, por subrogación, los compromisos de la concesión anterior y a toda su plantilla de personal, a excepción del señor J, que disfrutaba, como trabajador excedente, de una extraña suspensión voluntaria. Pero éste tenía todavía que exhibir su ejemplar naturaleza y, cumplido el año de excedencia, solicitó su reingreso. Como de entrada no se aceptó su petición, denunció a la empresa Eco-Equip y las dos partes se vieron las caras en el acto de conciliación previa al juicio, donde -¡aleluya!- se pactó entre ambas que en el momento que quedase descubierta otra plaza de encargado se le volvería a admitir en nómina, o bien –si no estaba conforme- que se reincorporaría en otro puesto de categoría inferior, condicionado a la existencia de vacantes. Con lo redactado, el señor J salió del lugar con nuevas armas jurídicas, acordadas libremente, por supuesto. Meses después, presentó una demanda por despido nulo porque la empresa había contratado a nuevo personal y él no recibió ningún aviso, tal como se requería. Ganó el juicio, cuya sentencia fallaba a favor de la readmisión. La empresa pública comunicó a la autoridad judicial que no pensaba repescar a un hombre que actuó de forma tan sumamente mezquina –lo que ya sería de rechifla para el respetable- y solicitó, por tanto, que fijara la indemnización correspondiente, que se calculaba entonces sobre el sueldo dejado de percibir hasta la fecha. El señor J, limpio de toda culpa, vio recompensados sus esfuerzos en los tribunales y aumentó su patrimonio con unos cuantos millones de pesetas más, también limpios y conseguidos con honradez, nuevamente de la caja común del ayuntamiento, un pellizco nada desdeñable en aquellos maravillosos años ochenta. Porque todos y todas, como siempre, eran iguales e iguales ante la ley, con garantía de tutela judicial efectiva. Pero el mundano señor J, eso sí, cuyo nombre empezaba realmente por J, no se inspiró nunca en la literatura del señor K (Josef): sus procesos eran mucho más llevaderos y comprensibles…Y más ventajosos en última instancia.

New York, New York

En la segunda década del siglo XX, como dos inmigrantes más, en la compañía de Fred Karno, los británicos y después famosísimos comediantes Charles Spencer Chaplin (Charles Chaplin, Charlot) y Arthur Stanley Jefferson (Stan Laurel, El Flaco) cruzaron juntos el Atlántico y llegaron a la isla de Ellis, cerca de la Estatua de la Libertad, en Nueva York. Los dos cómicos interpretaron a barrenderos en sus películas, a barrenderos vestidos de blanco, como también hizo el gran humorista estadounidense Buster Keaton. En una celebrada e inolvidable obra maestra como City Lights (Luces de la ciudad) encontrarán una escena en la que Charlot aparece sin sus habituales harapos, sin bombín ni bastón, pero con un inmaculado uniforme lactescente de trabajo y, en la cabeza, un disparatado salacot o casco a lo bobby, empujando un carrito de mano, con cubo y pala, recogiendo los desechos del suelo para ganarse el jornal y ayudar así a una desdichada y enferma florista ciega -¡snif!-, a punto de encontrarse con un grupo de caballos y, sorpresivamente, con un elefante en plena calle.

chaplin barrendero

Stan Laurel. barrendero

Buster keaton

Unos años antes, en 1903, vestidos también de impoluto y riguroso blanco, y quizás en la primera filmación cinematográfica que se conserva de un colectivo dedicado íntegramente a la limpieza, los barrenderos de Nueva York fueron captados en un desfile de visos militares por la cámara de Thomas Alva Edison, el gran inventor que, enfrascado en la llamada “guerra de las corrientes”, promovió y financió la electrocución del elefante Topsy y, para no quedarse corto, la creación de la silla eléctrica, cuya siniestra y ausente comicidad se estrenó en 1890, cerca de la Gran Manzana, gracias a Edison, a Harold Brow y a la estrella invitada, el preso ejecutado, William Kemmler, el primer asesino que fue asesinado con voltaje inhumano, con -¡snif!- beneplácito gubernamental.

Porque en 1890, sin duda, Nueva York era un lugar pestilente, lleno de mugre y despojos de todo tipo, corrompido hasta el tuétano. Cuando los temporales del crudo invierno azotaban la metrópoli, la situación se agravaba hasta límites insospechados: cuerpos de personas y otros animales cuadrúpedos quedaban sepultados en una mezcla de lodo, grasa, residuos, hollín, nieve y hielo contaminado. En las épocas de calor, no obstante, el polvo era irrespirable, las heces se sentían en todo su esplendor, la podredumbre se aceleraba, los productos tóxicos pululaban sin freno y las excreciones industriales inundaban el mar y los ríos de la “Tierra de las Oportunidades”. Grandes montañas de basura permanecían sin retirar durante días, semanas, meses. Zonas malolientes, restos putrefactos, fuentes y baños infectados, vertidos en arroyos, humedales, lagunas y barrancos; escoria, insalubridad, mierda por doquier, sobre una superficie oculta a la vista. Como bien sabe Martin Scorsese, entre La edad de la inocencia y Gangs of New York había un trecho de difícil composición paisajística, de insectos revoloteando, entre los tenements del crisol de razas y los selectos clubs para caballeros elegantes, entre los andrajosos recién instalados y los nativos con arraigo como colonizadores de los extintos asentamientos y espacios de las tribus algonquinas. Y la fortuna (la mala) se cebaba con los intrincados y enormes hacinamientos de la nueva inmigración: cada diez años, la ciudad duplicaba el número de habitantes. En esas circunstancias, la basura se erigía como cuestión social de primer orden y el más acuciante problema de seguridad. Si las tasas de asesinatos, homicidios y delitos de sangre eran altísimas, la mortandad asociada al riesgo de enfermedades y epidemias aún era mayor. Jóvenes y muchachos, por unos pocos centavos, apartaban los montones de desperdicios acumulados para que las felices parejas con posibles cruzasen ciertos bulevares hacia su dulce vertedero de amor, por una senda más o menos despejada. Solo se recogía lo que era rentable, lo que las clases acomodadas decretaban para mantenerse en el limbo, lo que los contratistas privados rebañaban en beneficio propio, lo que el poder establecido no podía desdeñar: grandes arterias, avenidas comerciales y residencias de los plutócratas y, como mucho, de sus segundos de a bordo. La maquinaria política de Tammany Hall, de marca demócrata, dominaba el cotarro de la soberanía popular desde mitad de la centuria: elecciones fraudulentas, servicios ilegales, sobornos, extorsiones, saqueos millonarios a la tesorería, tráfico de influencias, compra de votos, enorme red clientelar como sistema de asistencia contrastado. Bajo su varita de mando, el saneamiento y la limpieza pública tomaron un camino más que previsible: prebendas, tajadas, distorsiones, ejecuciones de obra con trapicheos de pasmo, adjudicaciones al capricho, comisiones de potosí, financiación de pellizco y rapiña. El resultado: caos, dejadez, desorganización, abandono, pasividad, negligencia, equipos obsoletos, actuaciones a salto de mata, sin programación regular, concentración de recursos en sectores mínimos y mínimas prestaciones: porquería, cochambre e inmundicia hasta las trancas.

El Departamento de Limpieza de Nueva York se creó en 1881. En 1886, se inauguró la Estatua de la Libertad. Y la libertad como impunidad parecía plena para los chicos de Tammany Hall, mientras los neoyorkinos permanecían presos de la suciedad, la hediondez y la descomposición. Se continuó con la misma inercia, con el mismo empuje, con la misma desidia, con una selección del personal de limpieza viaria y recogida de residuos basada en criterios políticos, con una promoción interna ligada al interés personal, los lazos afectivos y las alianzas electorales. Los votos y la fidelidad eran fundamentales para hacerse un camino en el barrido y garantizarse el sustento, bajo supervisión del partido. Los amigos acaparaban los puestos técnicos y de mando, conscientes del favor, místicos del trofeo laboral conseguido y aclimatados en la indolencia de la merced oficial y oficiosa. Sin embargo, las cosas iban a cambiar en breve, con la llegada temporal de un gobierno de republicanos (los del elefante), que tampoco eran mancos en el esparcimiento corrupto. William Lafayette Strong consiguió la alcaldía de Nueva York en 1895 y quiso otorgar el cargo de comisionado de limpieza a Theodore Roosvelt, futuro presidente de Estados Unidos y padre fundador reconocido de la palabra muckrakerque este blog agradece admirativa y póstumamente– para referirse a los periodistas que removían la mierda, buscaban entre la basura y utilizaban la pluma como un «rastrillo de estiércol», pero éste lo rechazó y se quedó con el departamento de policía: prefería perseguir a ladronzuelos por los bajos fondos antes que asumir cualquier responsabilidad en el saneamiento municipal de aquella inmensa y concurrida pocilga. La plaza fue ofrecida entonces al coronel George E. Waring, un veterano de la Guerra de Secesión, que había combatido en el ejército unionista, comandado fuerzas de caballería; un tipo perfecto para el higiénico cometido de carga a discreción, al galope.

George E.Waring era un hombre recto y ordenado, de esos que lucían un meticuloso bigotillo, ingeniero, riguroso pero con influjo paternalista, preocupado por la salud pública y por las epidemias de cólera y fiebre amarilla que fustigaban las grandes concentraciones urbanas del país. Había participado en el proyecto de drenaje de Central Park y se había labrado una reputación como brillante paladín del alcantarillado: en Memphis, logró mejorar las condiciones de salubridad de la ciudad gracias a un novedoso sistema que impedía que los residuos y las aguas domésticas se mezclasen con las pluviales y las de origen natural, con ríos subterráneos, pozos, fuentes y pantanos. Cuando accedió al cargo como máximo responsable del saneamiento de Nueva York, tenía claro que su experiencia guerrera no caería en saco roto. En dos años y medio –el tiempo que estuvo en el puesto-, la gestión de la recogida de residuos y la limpieza viaria dio un auténtico vuelco. Asumió todo el poder de decisión en ceses y nombramientos, otorgó rango prioritario a su ingente tarea de enmienda a la totalidad, como asunto básico de dimensión cívica; prohibió el vertido de residuos en el mar y en los muelles, implantó un rudimentario sistema de reciclaje de obligado cumplimiento (cenizas, restos de comida, trapos y papel…), introdujo métodos sistemáticos y racionales, potenció la formación, la disciplina y los valores profesionales, fomentó la concienciación familiar a través de ligas juveniles, modernizó recursos, materiales, establos y lugares de uso; extendió el servicio a tugurios y arrabales, apostó por la calidad manual frente al proceso mecanizado, orientó la actividad a la consecución de objetivos planificados de antemano, incrementó el rendimiento, minimizó las interferencias y el clientelismo político, procuró el reaprovechamiento financiero, se enfrentó a intereses de comerciales, concejales y líderes de distrito aficionados a las mordidas… En las relaciones laborales, también dejó su impronta: reorganizó el departamento en batallones jerarquizados con enfoque militar y nítida cadena de mando, rebajó salarios -¡qué soberana innovación!-, constituyó un procedimiento de presunta representación obrera y sindical –la apariencia de interlocución válida siempre resulta fundamental para desactivar molestas resistencias: chivatillos, pelotas de confianza y espías que bailaban al son del sable de mando- y apostó -¡viva la integración altruista y multicultural de los emprendedores!- por la masiva presencia de inmigrantes pobres (especialmente italianos) como peones de calle, amén de su postura favorable a la contratación de mujeres extranjeras y niños por el bajo coste de su fuerza de trabajo, en programas especiales. Pero ya se sabe que el fin justifica los medios (para algunos) y, al menos, el coronel Waring era hijo de su época, consiguió resultados visibles, defendió con tesón la función social y la ciudadanía de sus particulares y recicladas tropas, entregó zanahorias según la dedicación, el mérito y el esfuerzo (con voluntad de imparcialidad en el campo castrense) e intentó “poner un hombre en lugar de un elector en el otro lado del mango de escoba” y que el departamento no estuviese “estrangulado por el control partidista”. Para ello, se deshizo de capataces y superintendentes estacionados en la regalía, buscó a personas jóvenes y sin costumbres en el favor para los puestos de mando, técnicamente capacitadas y más o menos honestas, y repudió a oportunistas, chusma zascandileante y borrachos habituados a pasar el rato por el trago posterior en la taberna. “Dignidad y respeto”, ese era el lema de un comisionado con bigote, pulcro y aseado, que se ganó el apodo de “apóstol de la limpieza” y, durante su estancia en el cargo, en un santiamén, ganó una batalla que se antojaba casi imposible: Nueva York pasó a ser una de las ciudades más limpias del mundo, en un éxito paquidérmico que redujo considerablemente el índice de mortandad. En 1897, Tammany Hall volvió al poder y volvieron los vertidos al océano y, poco a poco, también las demás viejas prácticas, aunque tamizadas por la presión del asombroso cepillado que llevó a cabo el ejército de tres mil barrenderos y basureros del milagroso coronel, conocidos como “White Wings”, alas blancas, por el color de su indumentaria.

Para simbolizar la higiene, la limpieza y la pulcritud, y para inducir el orgullo barrendero, el comisionado Waring pensó que los trabajadores del sector tenían que llevar un uniforme siempre en estado de revista, que suscitara el respeto del público. Consideró -a diferencia de las mujeres que hacían la colada a tan suntuoso destacamento masculino- que el blanco, asociado a la pureza, a la sanidad y a la profilaxis, era el color perfecto para tal empresa y para reproducir el orden marcial de la marina en los fantásticos y ostentosos desfiles –otra descacharrante idea del coronel- que el cuerpo realizaría anualmente por la Quinta Avenida, desde 1896. Por ello, el blanco nuclear o de marfil elefante -hoy en día harto improbable- se instituyó como color de referencia para los barrenderos neoyorkinos…y por eso Charles Chaplin o Stan Laurel (como antes hiciera Buster Keaton en sus sueños más imposibles) se vistieron de punta en blanco para caracterizar a sus personajes…y por eso Edison los grabó así de atildados (con su llamativo casco) en una monótona marcha de corte militar. “Estos hombres luchan a diario contra la suciedad y están defendiendo la salud de todo el pueblo”, dijo de los «White Wings» municipales George E. Waring al abandonar su cargo, en 1897. Un año después, murió en la misma ciudad de Nueva York, tras contraer la fiebre amarilla -paradojas del destino- durante un viaje motivado por sus impecables éxitos profesionales en el saneamiento urbano, como apóstol y como ángel custodio de la salubridad.

El rescate

Los hombres grises llegaron a la ciudad de Beppo, el viejo barrendero, para optimizar las actividades de sus habitantes y eliminar aquéllas superfluas, inútiles e innecesarias. Ellos, los del Banco del Tiempo, siempre con bombín y cartera, siempre ocupados, indeterminados, desconocidos, fríos, incansables, agentes del miedo, adiestrados en la humareda falaz, quieren acaparar y robar todos los segundos de las vidas ajenas: “el tiempo es dinero”, “están ustedes perdiendo su tiempo”. Seguir leyendo

La trapera

Pero entre todos los modos de vivir, ¿qué me dice el lector de la trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa; su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la abeja, vuela de flor en flor (permítaseme llamar así a los portales de Madrid, siquiera por figura retórica y en atención a que otros hacen peores figuras que las debieran hacer mejores). Vuela de flor en flor, como decía, sacando de cada parte sólo el jugo que necesita: repáresela de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en esto a muchas personas de más decente categoría que ella, su gancho es parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces, por un sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado ya está en el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente periodista y un buen traductor de Scribe; su clase de talento es la misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado: he ahí la diferencia.

Mariano José de Larra (1809-1837). Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos. 

El texto completo: aquí

«Los traperos«, de José Gutiérrez Solana (1886-1945)

Mártires y basura

“Aquí, en esta ‘república libre’, en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no encuentran sitio en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una existencia triste y miserable. Aquí, he visto a seres humanos buscando la comida del día en los montones de basura de las calles para calmar su hambre atroz”. Así se expresó George Engel, en 1886, poco después de conocer la sentencia que le llevaría más tarde a la horca.

George Engel, desbaratado por la pobreza, dejó su Alemania natal en 1872 y, como otros muchos emigrantes, llegó a Estados Unidos con su hatillo de esperanzas. En América, sin embargo, no encontró la soñada tierra prometida. Se afilió a una organización anarquista e intentó mejorar las condiciones de los de su clase. Defendió las “ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño y ocho para el hogar y el recreo”, secundando en Chicago la huelga nacional convocada para el 1 de mayo de 1886, que derivaría tres días después en una masacre con decenas de muertos y cientos de heridos por disparos policiales indiscrimados, tras una multitudinaria concentración reivindicativa para reducir la leonina jornada laboral usual en las empresas hasta entonces y para protestar contra la brutal represión ejercida por las fuerzas del orden durante la movilización en curso, que ya había arrojado varios cadáveres obreros en las puertas de las fábricas. Cuando la concentración del 4 de mayo – celebrada en una céntrica plaza de la localidad y que había transcurrido pacíficamente- agonizaba bajo la lluvia y los asistentes abandonaban el acto, irrumpió en escena la patrulla – con unos doscientos guardias armados- capitaneada por el arrogante John ‘Black Jack’ Bonfield, con el propósito de cargar y disolver a las bravas a los presentes. En la confusión que se produjo, estalló una bomba -de origen indeterminado- y falleció el joven gendarme Mathias J. Degan. Los policías, entonces, la emprendieron a balazos, a tiro limpio, a sangre y fuego, a quemarropa, a mansalva, al bulto humano, al tuntún de la diana, sin escrúpulos, en plan matón. El resultado: una auténtica carnicería. Esa misma noche, casi de inmediato, la ciudad se puso patas arriba, en estado de sitio: militarización, toque de queda, batidas, registros, arrestos, incautaciones, implacables interrogatorios, acoso a los cabecillas; golpes, allanamiento y devastación en los barrios periféricos de la inmigración obrera. La consigna de la fiscalía era clara: «Primero, haced las redadas; después, buscad la legalidad». El capitán Michael Schaack, feroz lobito bueno con uniforme, aplaudido como salvador de las esencias patrias, se colocó las mejores medallas en la persecución de aquella «basura humana» formada por enemigos del pueblo, extranjeros, alborotadores y abyectos artesanos de la dinamita y la nitroglicerina. George Engel fue detenido por su presunta implicación en los trágicos hechos de aquel inicio de mayo turbulento. En 1886 fue condenado a muerte. En 1887 fue ejecutado, junto a otros tres hombres: Agust Spies, Adolf Fischer y Albert Parsons, todos ellos de conocido activismo. José Martí, el líder revolucionario cubano, cubrió como periodista el suceso: “Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro…Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: ‘la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora’. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable”.

Engel, Spies, Fischer y Parsons fueron ejecutados por «conspiración de homicidio», por sus puntos de vista, por el uso de un lenguaje incendiario y sedicioso cuyo fin era sembrar el terror, aniquilar el orden público, asesinar a los agentes de la autoridad y, entre otras barbaridades, poner bombas en cualquier lugar transitado por las gentes de bien. Michael Schwab, Louis Lingg, Samuel Fielden (condenados también a muerte) y Oscar Neebe (condenado a 15 años de trabajos forzados) fueron los otros encausados en el mismo proceso judicial, un montaje, una patraña colectiva repleta de múltiples irregularidades, con testimonios falsos, trampas, pruebas amañadas, torturas y traidores pagados, sin las garantías procesales mínimas, en un contexto de agitación, lucha, violencia (violencia oficial, amarilla y patronal incluida) y paranoia política en el que la prensa, sedienta de venganza, actuaba como rabioso perro de presa de los poderes fácticos, esto es, los que controlaban verdaderametne el meollo, los industriales, los magnates y los grandes patronos de una ciudad acostumbrada al más salvaje capitalismo. «Todos los postes de la luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un socialista si es necesario para evitar que se propague el incendio y para prevenir cualquier intento subversivo», publicaba el diario local de más tirada. El fiscal del estado se dirigió al jurado en estos términos: “Señores, declarad culpables a estos hombres, denles un buen escarmiento y salven nuestra sociedad y nuestras instituciones”. Los miembros del jurado, seleccionados uno a uno para castigar severamente en función de los prejuicios justos, al servicio de la causa, no tardaron más de tres horas en emitir el veredicto de culpabilidad, aun cuando no se descubrió nunca quien cometió el atentado que se utilizó como pretexto para endosarles el marrón, un marronazo ejemplar, sañudo y desalentador, en la bandeja fúnebre de los anarquistas.

Antes de morir en el cadalso, George Engel envió una carta al gobernador de Illinois, Richard James Oglesby, en la que proclamaba su absoluta inocencia y rechazaba, por tanto, la posibilidad de conmutar la pena máxima por otra solo en apariencia menor, como la cadena perpetua. “Libertad o muerte. Yo renuncio a cualquier tipo de misericordia”, dejó escrito. No en vano su mayor deseo, tal como afirmó durante el desarrollo del juicio, era que la clase trabajadora pudiese reconocer perfectamente a sus amigos…pero también a sus enemigos.

Hoy, primero de mayo, se celebra el Día Internacional de los Trabajadores, instituido desde 1889 como jornada obrera por antonomasia, en homenaje a Engel, Spies, Fischer, Parsons y todos los demás condenados en aquel escabroso y despiadado intento de criminalizar por la vía más sucia las movilizaciones sociales de raíz contestataria; en homenaje a los llamados Mártires de Chicago.

1. Durante el juicio, Oscar Neebe recriminó directamente al capitán Schaack su proceder en las redadas policiales. «Se registraron centenares de casas, de las que desaparecieron relojes y mucho dinero. ¿Sabéis quienes son los ladrones? Lo sabéis, capitán Schaack. Vuestra compañía es una de las peores de la ciudad. Os lo digo a la cara y bien alto. Capitán Schaack, es usted uno de ellos, es usted un anarquista según su propia definición, a la manera que usted los concibe».  Schaack rió complacido. Tiempo después, en 1889, los policías John Bonfield y Michael Schaack, grandes protagonistas en la defensa de la propiedad privada, del patrimonio, del sistema y del «interés general» durante los hechos de mayo de 1886, junto a otros oficiales, fueron destituidos por corrupción, pillaje, vínculos ilícitos, proxenetismo, abuso de poder, aceptación de sobornos y comercio con mercancías robadas en su propio beneficio. Se afirmó, incluso, que los policías vendieron objetos personales incautados a alguno de los sentenciados a muerte en el proceso. Michael Schaack gestionaba a su antojo un fondo extraoficial, nutrido por las grandes fortunas de Chicago y que rondaba el medio millón de dólares, con el único fin de combatir la subversión y las organizaciones de trabajadores insurreccionales o descontentas. Denunciaron por calumnias al diario que publicó dichas informaciones. Perdieron la causa. 

2. En 1893, el nuevo gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, reconoció que el juicio a los ocho Mártires de Chicago no fue legal – lo que le valió una tormenta de críticas de los sectores más reaccionarios- ni siguió los cauces democráticos exigidos, que el caso carecía de precedentes, que se obligó a unos hombres a ser enjuiciados a la vez, que el jurado fue escogido con la única intención de sancionar a los reos, que el juez  Joseph Gary y el fiscal Julius Grinnell actuaron con notoria parcialidad, malicia y predisposición; que no se probó la culpabilidad de los encausados, que nunca se descubrió a los autores del crimen especificado en el acta de acusación, que algunos de los procesados no habían estado siquiera en el lugar de los hechos objeto del pleito, que se inventaron evidencias, que se torturó, que se pagaron y compraron testigos, que se encerró aleatoriamente a personas para que declararan en una dirección concreta, que se crearon conspiraciones ficticias, que no se respetaron derechos fundamentales como la libertad de expresión o de reunión, que la justicia trataba desigualmente y con más encono a los trabajadores, que los pistoleros de la patronal y los agentes del orden habían cometido previamente espeluznantes asesinatos que nunca fueron investigados, que la policía de la ciudad procedió en numerosas ocasiones sin autorización y apaleó brutalmente a hombres indefensos, que el capitán Bonfield era un ser sanguinario y violento, al que se atribuían las siguientes palabras: «Si algunos de ustedes, los santurrones y misericordiosos, hubieran usado libremente las cachiporras por la mañana, no necesitaría usar el plomo por la tarde». Ante las copiosas anomalías y prácticas fraudulentas, Fielden, Neebe y Schwab fueron excarcelados (no sin polémica) como víctimas inocentes de un error de las instituciones norteamericanas. Lingg, que no era precisamente una hermanita de la caridad, experto en explosivos y el único de los ocho que declaró abiertamente ser partidario del uso de bombas como forma de lucha directa hacia la emancipación de clase, se había suicidado en la celda años atrás, mientras los «honrados y respetables ciudadanos», por un atentado que nunca perpetró, ajustaban en su cuello la soga de la inmundicia social.

Mis vasallos

Carlos III de Borbón llegó a Madrid para ser rey, con su séquito de lumbreras. Se encontró una ciudad impracticable, pestilente, insalubre, nauseabunda, llena de desperdicios, inmundicias y lodo putrefacto; un enorme vertedero sobre la meseta por el que los cerdos –Sus scrofa domestica– campaban a sus gorrinas anchas. Como el monarca era hijo del despotismo ilustrado –todo para el pueblo- se sacó rápidamente de la corona una normativa Real de obligado cumplimiento. Dos pulcros italianos preñados de perfumada y sabia extranjería, el ministro Esquilache, ojeriza de motín, y el arquitecto Sabatini, barroco de Alcalá e inventor de las conocidas chocolateras para residuos, se encargaron de adecentar Madrid, el rompeolas -¡glups!- de todas las Españas, y algo lustroso consiguieron, ciertamente: la higiene pública mejoró gracias a las fosas sépticas, el empedrado, la vara de sanción y el control administrativo. Ya no se podía, como hasta entonces, lanzar excrementos y orines por la ventana al grito de “Agua va”, estorbando el tránsito de la gente “que camina arrimada a las paredes de las casas”. Las brozas de escoba, mondas de cocina, cenizas y todas las demás basuras debían ser depositadas en zonas externas y accesibles para ser recogidas con “caballerías y serones destinados a este fin”. Más tarde, llegó el acabose: se exigió también que los madrileños regasen y barriesen a diario, soberanamente, las entradas a sus humildes moradas sin trono. Tanta limpieza de espíritu no fue acogida por el pueblo llano con demasiada simpatía: las protestas y el malestar se hicieron evidentes. El rey, autócrata y paternalista, aficionado a la caza goyesca, declaró: «Mis vasallos son como niños, lloran cuando se les lava».