Todos los santos

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Miles de personas mueren cada año a causa de las sustancias tóxicas, la contaminación, los arsenales desaparecidos en combate y los residuos de guerra desperdigados en diferentes lugares del mundo. Otras muchas quedan mutiladas para siempre o sufren malformaciones y graves enfermedades por el mismo motivo, incluso mucho tiempo después de los armisticios y el cese final de las hostilidades. Según las estadísticas, en las próximas horas, una vida al menos será segada por los restos explosivos y el material bélico abandonado tras alguna sangrienta pero desactualizada contienda del pasado. Es el paisaje después de la batalla, la bala perdida que apenas importa y pronto desaparece por prestidigitación en las tesis de lo colateral. Últimamente, en las últimas décadas, han proliferado iniciativas para erradicar y retirar el material peligroso de las zonas infectadas, así como para prohibir o limitar el uso de determinado armamento. Se han firmado protocolos, convenciones y acuerdos entre países para reducir la incidencia del problema, un problema generacional, improrrogable y de preocupantes dimensiones. Se han puesto en marcha proyectos y campañas de sensibilización a escala global. Buenas intenciones, manuales de buenas prácticas, con más o menos hipocresía, con más o menos candidez. El llamado “derecho internacional humanitario”, se dice, trata de remediar los efectos nocivos sobre la población civil y las víctimas más vulnerables. Pero el humanitarismo, en cuestiones de pistolas que braman y echan humo, sigue siendo un estrambótico y desnutrido unicornio azul que permite dobleces, caprichos, predilecciones y asombrosas piruetas estéticas a las principales potencias y agrupaciones militares, fabricantes y usuarias, no exentas de cinismo. Quien ensucia, no paga (o paga muy poco) si resulta vencedor o sabe tocar con rabia y dominio las teclas del piano acribillado. Las deudas criminales y medioambientales de los principales guerreros no se registran como apunte contable: hay otras deudas más soberanas para la mano invisible que aprieta el gatillo en el mercado del estrangulamiento económico. Si es necesario, las erres del buen gestor de basuras invierten su valor y su significado en función del eje maligno de moda. Lo preventivo e inteligente se aplica a la mayor atrocidad consumada. Casi nunca, más bien nunca, se pide perdón. Casi nunca, más bien nunca, se ofrece ayuda suficiente y efectiva para la remoción o limpieza. Casi nunca, más bien nunca, se reconocen las culpas o las responsabilidades. En la demencial y tremebunda Oceanía de 1984, la guerra es la paz; la libertad, la esclavitud; la ignorancia, la fuerza.

Mientras tanto, en “remotos” rincones del orbe, en sitios como Gaza, Afganistán, Camboya, Laos, Sahara Occidental, Irak, Sudán, Libia, Líbano, Angola, Colombia, Siria, Yemen…, la escoria metálica, los fosfatos, el uranio, la metralla, las carcasas, los herbicidas, los aerosoles, las partículas y polvos cancerígenos, las submuniciones de bombas de racimo, los agentes biológicos y químicos, los productos radiactivos, los proyectiles y componentes de artillería dejados a la mano santa de Dios -¡Dios mío!-, los desechos, los fragmentos, los morteros, las granadas, las minas antipersona y los demás despojos letales pero olvidados durante años en los vertederos incontrolados de la guerra continúan cobrándose sus piezas de caza mayor en forma de desplazamientos masivos, terrenos impracticables, empozoñados o baldíos, aguas corrompidas, áreas restringidas, epidemias, tumores, amputaciones, cuerpos destripados indiscriminadamente y muertos inocentes escogidos por una sucia y no del todo azarosa ruleta de la fortuna: campesinos, trabajadores de la construcción y reconstrucción, basureros, recolectores, recuperadores, chatarreros, limpiadores… hombres, mujeres y niños, sobre todo niños, deslumbrados a veces por la violenta juguetería, artefactos y morralla que encuentran alrededor de los escombros.

Expertos y economistas

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En 1984, la conocida revista británica The Economist realizó una encuesta muy particular sobre las perspectivas y tendencias económicas para la siguiente década, tanto en el Reino Unido como en el resto del mundo. Respondieron la misma batería de preguntas dieciséis personas: cuatro exministros europeos de hacienda y finanzas, cuatro altos ejecutivos de compañías multinacionales, cuatro estudiantes de la universidad de Oxford y cuatro barrenderos londinenses. Diez años después, cumplido el plazo, se cotejaron las predicciones y los resultados obtenidos en la encuesta con la realidad. Los que menos acertaron y menos se aproximaron a las cifras definitivas fueron los exministros, a gran distancia. Los que más, los barrenderos de la calle, esos expertos gestores de los desechos del capitalismo, especialistas en logística inversa (a veces), en montones de hojas y papelitos (de diversa temática), en mercados infestados y, por supuesto, en un implacable consumo de usar y tirar, como ciencia exacta y fórmula axiomática del actual razonamiento económico.

El cubilote de los hermanos Marx

Plumas de Caballo

Los hermanos Marx se dejaron fotografiar dentro de un enorme cubo de basura para la portada de la revista Time (15 de agosto de 1932), laurel que obtuvieron tras el formidable éxito de la película Plumas de Caballo, donde consiguen ganar un partido de fútbol americano gracias a los aperos propios de la limpieza viaria. Los basureros, los barrenderos y demás técnicos de salubridad (poceros, traperos, chatarreros, fregadores, ambientalistas, etcétera) pueden henchirse de orgullo al contemplar la imagen de Zeppo y los geniales Groucho, Harpo y Chico -sólo falta Gummo en esa estampa de los cachorros de su misma madre, Minnie- en el interior de un recipiente destinado a los desperdicios y a la porquería, sobre un carro callejero de saneamiento. Cualquiera con el alma acrisolada se sentiría plenamente satisfecho al recoger una centésima parte del talento acumulado en ese cubo de portada. Una portada en la que hasta Groucho blande un escobón y que, tal vez, fue concebida como tributo a los profesionales del colectivo que tanto contribuyó a aupar a los comediantes al estrellato mundial. Porque los basureros, sin duda, tienen un papel fundamental en la carrera de los Marx.

En una respuesta dirigida a Eddie Cantor, cantante, actor y practicante de otros oficios faranduleros, Julius Henry, Groucho, el más vitriólico y recordado de los hermanos Marx, explicaba un gag que llevaron a cabo años atrás en un espectáculo de vodevil, Home Again. Lo reseñaba como un eficaz modelo a seguir para cosechar instantáneamente grandes risotadas. El gag se desarrollaba cuando uno de los hermanos irrumpía en el número y decía: “Papá, el basurero ya está aquí”. Groucho replicaba: “Dile que hoy no queremos nada”.

Algo parecido se cuenta en el libro Harpo Habla, del mismísimo Adolph,o sea, del posterior Arthur, o sea, de Harpo, el mudo que no lo era, el otro gran portento -versión pantomima- de la familia. Según Harpo, los hermanos Marx fueron contratados para actuar durante una semana en un teatro de la ciudad de Kalamazoo. Harpo, con su peluca roja destartalada, hacía el papel del inmigrante irlandés Patsy Brannigan, que llevaba a cuestas un cubo de basura. En la primera función, cuando él entró en escena, uno de los otros personajes le preguntó sobre su identidad. Harpo, que todavía no había enmudecido a su criatura artística, contestó: “Hombre, pues soy Patsy Brannigan, el basurero” De nuevo, el chiste estaba casi hecho: “Lo siento, no necesitamos por el momento”. El público agradeció con sonoras carcajadas la ocurrencia. El dueño del local, sin embargo, no se tomó nada bien este sketch y decidió despedir a los hermanos inmediatamente. Según cuenta Harpo, la mujer del propietario del teatro se había fugado a Escanaba con un basurero municipal, lo que por allí se había convertido en motivo de escarnio y en vox pópuli. Ante el notorio agravio sufrido, el empresario los echó a la calle, por más que los hermanos Marx desconociesen con anterioridad la perversa comidilla.

Los echaron, en suma, por el amor irrefrenable de un basurero y de una esposa con más horizontes que la mera fidelidad abnegada. No obstante, el diario local de Kalamazoo dedicó a los hermanos unas muy buenas críticas, buenísimas. Harpo cuenta que su madre, la excepcional Minnie, la representante-coraje y el incombustible motor para el lanzamiento de sus hijos, leyó esas críticas varias veces y que fue entonces cuando les dijo: “Chicos, estamos listos para hacer un circuito. Tenemos que ir donde los grandes agentes puedan vernos” Y así llegó Broadway y después Hollywood y el cine y la portada “basurillas” del Time y las risas que aún no cesan. ¡Qué linda es alguna inmundicia!

Y también dos huevos duros:

Chica de la limpieza: «Vengo a barrer el camarote».

Groucho : «Precisamente lo que hacía falta. ¡Manos a la obra! Tendrá que empezar por el techo que es el único sitio que no está ocupado todavía».

Robin y Marian

Robin y Marian

Querida Marian,

Little John, hoy, ha sufrido una caída mientras desbrozaba la maleza del bosque a golpe de guadaña. No, no te preocupes: solo se ha cortado tres dedos, se ha roto las dos piernas y estará unos seis meses de baja, si sobrevive a la gangrena. Ha presentado ante la asamblea de proscritos el parte médico de la bruja Morgana y, entre todos, como duchos justicieros, por amplia mayoría, hemos decidido que permanezca en el campamento sacando punta a las flechas, sin participar en los asaltos a las excepcionales comitivas de nobles y ricachones que se adentran en nuestros arbolados dominios. Pero es una contrariedad, no lo niego; una boca más que alimentar tontamente, como la del parásito fraile con hábitos misericordiosos pero insana adicción a pasar el cepillo, como la del pretencioso juglar que nos tortura cada noche con sus baladas legendarias (y nauseabundas) junto a un fuego que se extingue al escucharlo: El trono usurpado/ el pueblo sin fe/ la dulce señora/ la corona del rey… ¡Buf!, un galimatías almibarado de aires sajones, remoto, interminable y cargante hasta el trastueque. Ganas tengo ya de que inventen la televisión y los concursos para artistas fatuos sin talento. De verdad, tú sí que vales, ¡qué ganas tengo!

Por aquí, aunque no lo creas, vivimos días convulsos. El sheriff y sus secuaces han vuelto a las andadas, con cargas impositivas al capricho, confiscaciones de cosechas y divertidas batidas de pobres. Los campesinos y los sucios vasallos, desesperados, acuden a nosotros en busca de rebelde saneamiento y porfía levantisca. Como bandoleros buenos, como bien sabes, no podemos robarles nada porque nada les han dejado, salvo estertores de miseria y muchísima mugre: mal negocio para indómitos y agrestes granujas, bebedores de cebada, saltarines, malandrines, burlescos, animados y de natural joviales. Porque, sin hipotecas y sin rendir pleitesía, desplazados sin enmienda hacia los márgenes de la estrechez entre matorrales y zarzas, los hombres del bosque -no me preguntes la razón- parecemos más limpios y con menos costra de mierda encima, pese a que nos frotamos el culo con una piedra y nos lavamos con la misma frecuencia que cualquier menesteroso, o sea, cada seis o siete meses, si la temperatura del agua de las charcas lo permite y lo permite la vigilancia de las tropas feudales. Por eso, cuando veo llegar a semejantes infelices, me pongo de los nervios. A veces me gustaría decirles que soy un ladrón, un corrupto y un bastardo asilvestrado, que soy peor que el príncipe Juan, que la pluma del absurdo y diminuto gorrito la utilizo de mondadientes…pero ellos, necesitados de mitología, entienden lo que quieren y no están preparados para que les arrebaten el cuento, por lo que acabo mordiéndome la lengua: una explosión de cólera en nada incrementaría mi botín. Mientras, los muy desgraciados, van trayendo problemas a mi escondrijo secreto -que todos conocen- y algunas hojas de repollo que no colman mis aspiraciones ni tampoco calman el hambre. Y me dan pena..y les ofrezco el calor de la hoguera y algunas bayas y un poco de miel…y escucho sus desdichas…y entonces me juran lealtad eterna…y nos hacemos amiguetes…y se incorporan a la horda de fugitivos..y los víveres menguan…¡y yo me cago en to lo que se menea! En fin, que es dura la existencia de los forajidos folclóricos, sobre todo al colgar los leotardos antes de dormir sobre un lecho de ramas.

Así pues, cuando las estrellas inundan el firmamento, el insomnio zahiere y me deprimo demasiado, pienso en ti…y me entristezco pero de otra forma. Sé que hace tiempo que no nos vemos -quizás desde las cruzadas- y que, ahora, un tal Guy de Guylipoll, un as de palacio y diestro espadachín, te obsequia con suculentos manjares, enérgica vellosidad pectoral, protección de la prole y ocurrentes distracciones bufonescas, entre hermosas cortinas y lámparas de velas balanceándose. Por lo que me dicen, el caballero es un apuesto adonis y conserva casi toda la dentadura, lo cual es meritorio y aristocrático. Nunca podré combatir con él en esas lides: bajo mi ridículo bigotillo no hay perlas y, por consiguiente, nunca suelto carcajadas, aunque el disfraz que llevo puesto las provoque. Sin embargo, no te engañaré: me pongo como un Errol Flyn al piano cuando me mientan tu nombre. Es algo que todavía me sorprende y sorprende a los jabalíes y venados en la espesura de la floresta. Las muchachas de mi entorno (entorno al tres por ciento), bellas doncellas amancebadas a las que adoro y a las que deseo casi cabalmente, tratan de paliar los efectos y, de paso, ganar terreno en la fábula…pero yo -llámame tonto- me mantengo (prácticamente) fiel a mis jabalíes (y a Little John), que perciben mejor la soledad y hondura del líder de la manada. Te lo comento por si te quieres compadecer de mí y te tiras por la torre del castillo o te sueltas la melena. Al fin y al cabo, merced a vos, ¡vive Dios!, que no sois asaz galana ni merecéis tan alta prez -que los requiebros no te nublen el entendimiento-, ¡pardiez!, palpito y crepito bajo un hechizo de luna, babeante, afligido, férvido y calavera… y no desfallezco en el anhelo de aventuras redistributivas, por no abjurar del estereotipo repartidor ni siquiera en la enmarañada vereda amorosa. Obviamente, en estos momentos, no puedo dejar en la estacada –gajes de los oficios ejemplares para el populacho- a esta caterva de rufianes, carne de dogal y verdugo…pero estoy dispuesto a cambiar en todo lo posible: horario, arco, aljaba, halcón, caballo, porquerizas, manzanas en la cabeza, etcétera. Conmigo, cariño, encontrarás la gran proeza de la deshonra, el pesar de las saetas en las entrañas, la emboscada del fracaso y el acicate de la huida permanente hacia la nada, sin catapultas, sin puentes levadizos, sin virilidad firme (eréctil) y sin ningún tipo de tacto, con supremo aburrimiento. Si he dado en la diana, me envías un whatsapps o una paloma mensajera (preferiblemente apta para consumo humano); si he llegado al corazón de león, honremos juntos a Cupido, a Nick Cravat, a Ivanhoe, a Iñigo Montoya, a San Jorge y a Ricardo I de Inglaterra. Si no, tampoco lo tomaré a la tremenda: no quiero presionarte ni que te sientas culpable: en caso de rechazo, meteré en un caldero de aceite borborteante a todos los niños huérfanos del condado. La pelota, mi dueña, está ahora en las almenas de tu fortaleza.

Te amo,

Robin de Locksley

PD- Por favor, si decides venir, no te olvides de traer capuchas, capas y ropa de abrigo, que en el bosque hace un frío que pela.

Grandes esperanzas

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Una tarde, R.Wilfer cerró su escritorio, se metió su manojo de llaves en el bolsillo como si fueran una peonza y se encaminó a casa. Vivía en la región de Holloway, al norte de Londres, entonces separada de la ciudad por campos y árboles. Entre Battle Bridge y esa parte del distrito de Holloway en la que residía había un trecho de Sáhara suburbano, donde se quemaban ladrillos y tejas, se hervían huesos, se azotaban alfombras, se arrojaba basura, peleaban perros, y los empleados de la limpieza amontonaban polvo. Mientras flanqueaba ese desierto por su ruta habitual, a la luz de los fuegos de los hornos que formaba chillones manchas en la niebla, R.Wilfer suspiraba y negaba con la cabeza.

-¡Ay!-decía-¡Las cosas podrían haber sido de otra manera!

Charles Dickens. Nuestro amigo común (1865)

Grey Gardens

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Edith no utilizaba nunca reloj y, por consiguiente, no malgastaba demasiado tiempo en la cocina o en las tareas domésticas: vivía en esa especie de libertad que otorgan los universos paralelos, intransferibles y excéntricos. Pasó su infancia rodeada de riqueza: gente in, opulenta y distinguida, de ilustre linaje. Después, Body Beautiful Beale, como la conocían, fue una hermosa adolescente y una joven de méritos casi aristocráticos, una princesita con futuro, con gracia danzarina, liviandad y esplendorosos sueños de candilejas, de matrimonios zodiacales bien establecidos. Pero algo salió mal en el relato y, con los años, cayó en barrena, perdió su fortuna y perdió su pelo…y el juguete se acabó por romper, aunque conservando la fantasía y un intrépido grado de alcurnia sofisticada e ilusoria para el vertedero penitenciario, practicando el funambulismo en la cuerda de las quimeras delirantes, tercas, obsesivas y tiernamente infantiles. Quedó atrapada en una mansión decrépita y decadente, de pasados gloriosos, entre montañas de basura, escombros, excrementos, latas, recortes, cartones y trastos viejos. Aun así, intentó seguir bailando y cantando, enajenada de la realidad, coquetamente grotesca, empobrecida, descuidada, frugal…con un irredento estilo propio: revolucionó el vestir a través del reciclaje de prendas (colchas, toallas, cortinas, trapos, manteles…) y la experimentación con indumentaria raída de pretérito apogeo, con imperdibles y alfileres combinados con suntuosas joyas, uñas brillantes y pintalabios de rojo chillón.

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Edith Bouvier Beale, cariñosamente Little Edie, ya entrada en la treintena, tras un período en búsqueda de hombres descollantes y de descubridores de piedras preciosas para oficios de farándula, regresó en 1952 a su enorme casa natal, Grey Gardens, en una de las zonas residenciales y de veraneo más prestigiosas del planeta, cerca de Nueva York, frente a la playa y el mar infinito. Allí pasó las siguientes décadas. Poco a poco –y por diversas circunstancias- su anterior y lujoso tren de vida fue mermando hasta desaparecer por completo: junto a su madre -otra outsider– atravesó el espejo de las maravillas y ambas, confinadas, arruinadas, en perfecta bohemia pordiosera, se abandonaron a la ensoñación con reminiscencias de paraíso perdido: no se encontró al Gato de Cheshire, aunque gatos y mapaches no faltaron en unos jardines y en unos laberintos hogareños cada vez más tupidos y sucios. Mientras, la mansión, sin mantenimiento, sin personal de servicio y sin suministros, se iba cayendo a trozos y sus 28 habitaciones se llenaban de heterogénea porquería. En 1972, ante el peligro de derrumbe, la situación de insalubridad, el hedor y las quejas constantes de sus acaudalados vecinos, las autoridades sanitarias decidieron desalojar la vivienda. El caso saltó a las primeras páginas de la prensa estadounidense en forma de escándalo por razones consanguíneas: las celebérrimas y prósperas Jackie Kennedy Onassis –ex primera dama, consorte de millonario naviero- y su hermana Lee Radziwill, ambas primas directas de Edith, aportaron entonces -forzadas por la presión pública y para no dañar el aparentemente impecable pedrigí de la familia- unos 32.0000 dólares para limpiar, desparasitar, acondicionar y restaurar Grey Gardens, lugar que habían frecuentado en otras épocas de más lustre, salvando del deshaucio a sus dos parientes (tía y prima) y asignándoles una pequeña paga mensual.

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En 1975, unos cineastas -que trabajaron con repelentes antipulgas en los tobillos- grabaron, in situ, Grey Gardensun conocido y asombroso documental en el que Little Edie y su madre volvían a las andadas, mostrando impúdicamente sus dotes artísticas y decorativas, su sentido del humor, su mugre enfermiza, su gatuna despreocupación, su indómito talento para extraviarse y su particular visión de la vida. Body Beautiful Beale se convirtió en un personaje de culto, en un extraño icono de la pasmosa brujería del desaliño, sin escobas eficaces para el barrido o el vuelo, encajado en un entorno de entelequia, de grises coloridos y floricultores del emancipado declive.

Gracias a la fama conseguida, Edith Bouvier Beale, por fin, se subió a los escenarios y se descalabró poéticamente en el patetismo cabaretero: nunca más se dejó fotografiar, pese a que cierto tipo de público la adoraba. Tal vez porque no creía en el divorcio, nunca se casó. Falleció en 2002, sola y sin maullidos cercanos, en un pequeño apartamento de Florida, aunque encontraron su cuerpo varios días después. Tenía 84 años, pero ella siempre alegó y defendió con empeño «no aparentar más de 60»: antes muerta que sencilla.

Comediantes en la basura

El humorista Josema Yuste, añorado hombre de empanadillas y nochevieja a las trece, se metió en el papel de un ejecutivo sin demasiados escrúpulos, Tomás Bernal, el Tiburón del Tibidabo, un asesor financiero agresivo, oportunista y firme adepto de la cultura del pelotazo, un exitoso joputa de los negocios. Tomás trabajaba para la firma Bürman & Bürman…y estaba encantado de no tener entrañas. En la película en la que se narran sus peripecias, Adiós Tiburón (1996), participan actores de indudable vis cómica y otros que resultan cómicos a su pesar: José Sazatornil, Agustín González, Enrique San Francisco, Isabel Serrano, Manuel “Manolito” Alexandre, Remedios Cervantes, Benito Pocino, Anne Igartiburu, Llàtzer Escarceller… Gran parte del rodaje tuvo lugar en la cocapital egarense del Vallès Occidental, en pasillos y habitaciones del Hospital de Terrassa.

ADIOS TIBURON

Adiós Tiburón exhala calidad y tiene un argumento poético y muy bien hilvanado, una trama de encaje de bolillos. Tomás, triunfador y cabrón, compra acciones de unos laboratorios a espaldas del consejo de administración de su empresa porque confía ciegamente en la seguridad de la inversión y en las potencialidades económicas de un medicamento “capaz de borrar la nostalgia y la tristeza con una sola dosis», liberando también al paciente de la adicción a los fármacos. El asunto no sale como esperaba: asesinan al descubridor de la fórmula milagrosa y ésta se pierde de los laboratorios, con consecuencias nefastas para la operación financiera diseñada. El Tiburón del Tibidabo es despedido y entra en barrena picada, quedándose sin aleta y sin un chavo en el bolsillo. Repudiado por su entorno, decide, entonces, recuperar la fórmula y su posición social anterior, de gran consumidor y perfecto escualo dentado. Las pistas y pesquisas le llevan hasta el Hospital de Terrassa, donde Tomás, entre otras mamarrachadas, participa en carreras de sillas de ruedas con apuestas, baila reggae entre enfermeros, se disfraza de limpiadora con fregona, asiste como médico en un parto, se acuesta con pacientes con trastornos digestivos, se toma pastillitas de la risa, entabla pícaras conversaciones con suicidas, reflexiona sobre la lobotomía y está a punto de ser liquidado por un francotirador italiano de la mafia, Garabito, que tiene la misma cara que Mortadelo. La cosa acaba con un juicio de astracanada, multitudinario y abstruso, con carcajadas por doquier. Muy recomendable la peli, opino, si se ha perdido completamente la cordura y el buen gusto.

En una de sus escenas, el protagonista, Josema Yuste, aparece montado en un estribo de un camión de basura de Eco-Equip, la empresa municipal que se encarga en Terrassa de la recogida de residuos sólidos urbanos desde 1985, cuyos operarios hicieron de figurantes. El camión, un Pegaso con matrícula de Barcelona, es el medio de transporte que utiliza Tomás –tras ser mandado a la mierda- para llegar al Hospital de Terrassa. Mientras tanto, los empleados de Eco-Equip simulan su trabajo habitual de carga ataviados con su antiguo uniforme de colores rosados, colores que fueron sustituidos poco después por una combinación fosforito de azules y amarillos. Cuando el camión de basura sale en pantalla, cuando los chicarrones de Eco-Equip ya se vislumbran, empieza a sonar una exquisita y elaborada canción de autor, con un mensaje anti-sablista y de cautela dineraria ante los depredadores: “Ten cuidado donde te bañas, esconde la cartera de las manos largas y de la vista certera”. Y, según se cuenta, los operarios de Eco-Equip pudieron bañarse prácticamente gratis en la comicidad durante las dos noches en las que se requirieron los bártulos basureros y sus servicios como extras: en ambas jornadas, compartieron cena de catering con los actores del filme. Cine basura y basureros, en íntimo tentempié de hilaridad…y quizás escondiéndose la cartera. 

La gran evasión

Celda

Trece de los treinta presos que permanecían en los calabozos de la prisión de Terrassa se fugaron, en una oscura noche de 1920, de una forma muy peliculera, con un plan que salió casi tan bien como los encantadamente esbozados por el mismísimo coronel Hannibal Smith. Entre los fugados había ladrones, estafadores y amigos de las bombas, muy en boga por aquellas fechas. Con unas herramientas que consiguieron birlar a unos operarios que realizaban obras de mantenimiento en el edificio, los presos hicieron saltar las planchas de hierro de puertas y cerraduras –aprovechando la confusión y el ruido de unas tracas de petardos de unas fiestas cercanas-, abrieron un boquete en la pared, accedieron al patio anexo, se encaramaron a la tapia, gatearon por los tejados y se descolgaron varios metros hasta la calle con un rudimentario sistema de fajas atadas unas a otras. El vigilante, a punto de jubilarse, no se enteró de la evasión hasta la mañana siguiente. La pareja de guardias civiles y el director interino del centro, que dormía junto a su familia a pocos metros de las celdas, tampoco. Los horizontes de libertad motivan y avivan el ingenio: «la alambrada sólo es un trozo de metal», cantaba Nino Bravo.

Casi un siglo más tarde, en mayo de 2012, un hombre de 29 años fue detenido en Terrassa por negarse a hacer las pruebas de alcoholemia tras un accidente de circulación con el vehículo que conducía. El joven fue arrestado por desobediencia a la autoridad y por un presunto delito contra la seguridad del tráfico. En las dependencias de la policía municipal, donde había sido trasladado para la toma de declaraciones y las diligencias inherentes al expediente judicial posterior, se le encerró momentáneamente en el calabozo. Allí, después de una bonita, envalentonada y chisposa exhibición de tambaleos, caídas y actos delirantes, sintió la llamada entusiasta de la libertad: entre las rejas verticales del habitáculo existía un espacio horizontal y cuadrilongo algo mayor que el hueco dejado por los barrotes, diseñado para entregar comida a los detenidos. “Me escapo por el agujero”, calibró el inaudito y embriagado contorsionista. A duras penas, introdujo la cabeza y el brazo por la pequeña abertura y pudo comprobar, in situ y al instante, que las apariencias engañan, que los licores aturullan y que no todos los planes funcionan: se quedó atascado y recluido por partida doble, con las ilusiones truncadas. Su estancia en comisaría, pues, se prolongó más de lo previsto, hasta que los agentes que le auxiliaron, con forcejeos y jabón para lubricar las partes del cuerpo atrapadas, lograron desincrustarle, no sin ímprobos esfuerzos. Los horizontes de grandeza suelen ser tóxicos y fallidos.