Mis vasallos

Carlos III de Borbón llegó a Madrid para ser rey, con su séquito de lumbreras. Se encontró una ciudad impracticable, pestilente, insalubre, nauseabunda, llena de desperdicios, inmundicias y lodo putrefacto; un enorme vertedero sobre la meseta por el que los cerdos –Sus scrofa domestica– campaban a sus gorrinas anchas. Como el monarca era hijo del despotismo ilustrado –todo para el pueblo- se sacó rápidamente de la corona una normativa Real de obligado cumplimiento. Dos pulcros italianos preñados de perfumada y sabia extranjería, el ministro Esquilache, ojeriza de motín, y el arquitecto Sabatini, barroco de Alcalá e inventor de las conocidas chocolateras para residuos, se encargaron de adecentar Madrid, el rompeolas -¡glups!- de todas las Españas, y algo lustroso consiguieron, ciertamente: la higiene pública mejoró gracias a las fosas sépticas, el empedrado, la vara de sanción y el control administrativo. Ya no se podía, como hasta entonces, lanzar excrementos y orines por la ventana al grito de “Agua va”, estorbando el tránsito de la gente “que camina arrimada a las paredes de las casas”. Las brozas de escoba, mondas de cocina, cenizas y todas las demás basuras debían ser depositadas en zonas externas y accesibles para ser recogidas con “caballerías y serones destinados a este fin”. Más tarde, llegó el acabose: se exigió también que los madrileños regasen y barriesen a diario, soberanamente, las entradas a sus humildes moradas sin trono. Tanta limpieza de espíritu no fue acogida por el pueblo llano con demasiada simpatía: las protestas y el malestar se hicieron evidentes. El rey, autócrata y paternalista, aficionado a la caza goyesca, declaró: “Mis vasallos son como niños, lloran cuando se les lava”.