La gran riada

Carles Duran. Riuades Vallès. 1962

Tal día como hoy, en la más absoluta oscuridad del oscuro franquismo, en Terrassa y en otros lugares cercanos, la fuerza del agua desbocada se llevó por delante todo lo que encontró a su paso: puentes, coches, rocas, muebles, viviendas, animales, árboles, vidas humanas…La noche del 25 de septiembre de 1962, la intensa lluvia caída en la zona desbordó torrentes, ríos y rieras, como la de Les Arenes o la del Palau, cuyos márgenes se anegaron. Pronto, las comunicaciones telefónicas y telegráficas quedaron interrumpidas, así como el suministro eléctrico y el tráfico por carretera. Las precarias construcciones de los barrios periféricos y suburbiales en los que malvivían los trabajadores inmigrantes de las industrias textiles, la falta de planificación, la especulación del suelo, la ausencia de infraestructuras y servicios básicos, la insuficiente canalización y un urbanismo a salto de mata que permitía construir en el mismo cauce de las corrientes hicieron el resto. Terrassa y Rubí fueron las poblaciones más afectadas. Las cifras de muertos, heridos y desaparecidos bailan en la imprecisión, pero se calcula que en el Vallès Occidental perecieron alrededor de mil personas, más de trescientas en la ciudad egarense, que quedó convertida en un inmenso lodazal con cuerpos desnudos deambulando, llena de despojos, escombros, basura y chatarra, devastada como en un bombardeo, en un escenario de terror, caos, gritos, destrucción y múltiples socavones.

También hubo milagros: un tren que cruzó un tramo de vías que se desplomó a los pocos minutos y cuyos operarios, sin visibilidad, entre relámpagos, decidieron parar sobre una pequeña cota próxima a Terrassa, justo antes de otro enorme hundimiento de tierras, reteniendo a los pasajeros en su interior con las puertas cerradas durante dos inacabables horas, hasta que pasó el peligro, mientras la tromba de agua arrastraba todo lo que rodeaba a la máquina, aislada por ambos lados; un niño que se tragó una repentina abertura en el suelo y cayó en un colector que le condujo varios kilómetros sin apenas sufrir rasguños; unas decenas de obreros que escaparon de una muerte segura al derribar en el último suspiro, con el agua al cuello, la pared de una céntrica fábrica con un camión.

Tras la catástrofe, desde los primeros instantes, con más voluntad y solidaridad que organización, los vecinos tomaron las calles para reparar los desperfectos y ayudar a las víctimas, en largas jornadas sin descanso. Achicar embalses y bajos inundados, retirar el cieno con palas, apuntalar edificios…cualquier cosa, con apenas dirección de unas autoridades locales totalmente desnortadas. La llamada “Brigada de la Muerte” estaba formada por unas veinte personas en Terrassa y otras quince en Rubí. Su misión: recoger y lavar a los cadáveres, quitarles todo el barro, adecentarlos, rociarlos con formol, fotografiarlos y meterlos en grandes bolsas de plástico transparentes para que alguien, si había suerte, los reconociera antes de darles sepultura. Cuando recibían la autorización judicial, identificados o no, los enterraban en el cementerio. Los trabajos de desinfección, desescombro y limpieza duraron varios meses – y las riadas de noviembre del mismo año no contribuyeron a mejorar el panorama-. La psicosis colectiva era tal que, entre el miedo y la ignorancia, corrieron después de boca en boca disparatados rumores: una inminente erupción volcánica –en un territorio sin cráteres activos– o grandes crecidas de las aguas subterráneas de la montaña de Sant Llorenç del Munt, a punto de resquebrajarse por dentro porque sus grietas hacían “extraños ruidos”. El fango, al secarse, además, provocó nocivas nubes de polvo que iban de aquí para allá. Se tomaron medidas antitíficas, se programaron vacunaciones masivas, se incineraron restos orgánicos, se habilitaron bebederos itinerantes, se conminó a los habitantes y a los encargados de establecimientos comerciales e industriales a «dar diariamente unos escobazos bien firmes sobre las aceras y calzadas”, para recobrar «la fisonomia en lo que respecta a limpieza” y evitar «posibles peligros para el estado sanitario de la ciudad”. Las tareas de socorro, rehabilitación y saneamiento fueron fatigosas. Las excavadoras, niveladoras y palas mecánicas sobre tanques oruga no daban a basto.

Joaquín Soler Serrano se desgañitó en Radio Barcelona, en una maratón en las ondas, y consiguió rápidamente unos elementales primeros auxilios: mantas, dinero y víveres, procedentes de la provincia y, después, de toda la península ibérica.  Vinieron civiles para colaborar desinteresadamente…y, más tarde, vino el ejército a militarizar (no sin interés político) las operaciones. Vino el caudillo felón y vinieron sus ministros. Vino Juan Carlos, vino Sofía y vino, también,  el por entonces pretendiente Alfonso de Borbón. Vinieron otros muchos «turistas», en una macabra excursión de sensaciones. Los franceses hicieron una gran recolecta que sirvió para construir un colegio. En plena Guerra Fría, los soviéticos enviaron medicinas, comidas y alimentos. Los estadounidenses, maquinaria pesada y hormigoneras. Se recibió la visita, asimismo, de policías de otros países. Los tripulantes de los buques de la marina británica, atracados en el puerto de Barcelona, disfrazados de piratas, organizaron una fiesta para ciento veinte niños damnificados de Terrassa, a los que pasearon en lanchas salvavidas -¡buf!- y agasajaron con distintos regalos, globos, golosinas y una suculenta merienda, tras una sesión de cine cómico en la sala de proyecciones de un barco.

“Esto no se puede olvidar”, rezaba tiempo después un enorme cartel de varios metros situado en un lugar bien visible de la ciudad, con una polémica imagen de un Franco compungido saludando a huérfanos y viudas de luto riguroso.

 

¿En mi hambre mando yo?

Semana movidita en los pasillos del supermercado, de horror en el ultramarino, en pleno mes de agosto, de este olímpico agosto de 2012 en el que los cascos de botella caen hasta en los carriles centrales del tartán de los mejores velocistas. Mientras en Girona el ayuntamiento pone candados a los contendores situados frente a las grandes superficies, en el sur de la península ibérica, bien caliente, miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores entran en ellas para llenar carros de la compra, sin comprar ni pagar nada. En ambos casos, la adecuada alimentación y la crisis están muy presentes.

En Girona, el alcalde, Carles Puigdemont, de CIU, dijo que en la ciudad “no había motivos para pasar angustia alimentaria” y, por eso, en una prueba piloto con visos de continuidad tras el verano, se han cerrado con llaves los contenedores de materia orgánica próximos a las zonas comerciales, para evitar riesgos sanitarios y la “alarma social” que supuestamente produce ver a gente rebuscando y hurgando entre los desechos y entre género en mal estado, mezclado con contaminantes y en proceso de descomposición. El consistorio ha firmado un acuerdo con las principales cadenas que operan en la localidad por el que éstas se comprometen a donar a un centro de distribución de alimentos centralizado aquellos productos que estén a punto de caducar, que no se puedan ya vender pero que se consideren todavía aptos para el consumo humano. Agentes cívicos patrullarán las baterías de contenedores sellados y procurarán derivar a dicho centro y a los servicios municipales de asistencia social a todos aquellos que intenten rebuscar en la basura, a los que se entregará un vale de comida canjeable por una cesta de urgencia con aceite, legumbres y otras viandas básicas para asegurar “el derecho a la alimentación digna”. Según el concejal de Servicios Sociales, Eduard Berloso, con el cierre de los contenedores con candados, se busca integrar a esos ciudadanos en riesgo de exclusión en el “circuito normalizado” de las instituciones (públicas y privadas) con un programa establecido de reparto, evitando mercadeos, peleas y, sobre todo, peligros sanitarios, garantizando a través de la planificación la dignidad de las personas en sus prácticas de abastecimiento alimenticio. Algunos miembros de la oposición, a la izquierda del gobierno, han criticado la decisión porque entienden que la iniciativa es solo una operación estética, cuyo único objetivo es erradicar la mala imagen que ofrecen las personas que remueven la basura. “Nada más lejos, eso me preocupa bien poco” ha declarado el concejal Berloso.

En Écija (Sevilla) y en Arcos de la Frontera (Cádiz), miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores han cargado de aceite, arroz, azúcar, galletas, leche, legumbres y pasta decenas de carros de la compra, en dos supermercados distintos situados en ambas poblaciones, para realizar una “expropiación alimentaria”, marcharse sin pagar y, después, entregar gratuitamente lo requisado a colectivos sin recursos. La noticia ha sido ampliamente comentada en los medios. Los autores e impulsores de la acción están siendo ya perseguidos por la justicia y censurados desde distintos ámbitos por las posibles implicaciones penales de la misma, tachada de demagógica y oportunista. Según Manuel Sánchez Gordillo, diputado en el parlamento andaluz por IU –contrario al actual pacto de gobierno de su coalición con los socialistas andaluces- y alcalde de Marinaleda desde hace más de treinta años, los supermercados tiran a la basura, proprocionalmente, cinco veces más de comida que la que cogieron los sindicalistas y eso se puede evitar fácilmente: con un decreto que diga que todos los alimentos retirados de los puntos de venta y a punto de caducar sean distribuidos entre familias desocupadas y sin subsidio de desempleo, o a través de una renta básica para aquellos hogares con todos sus miembros en paro, “porque la crisis está llegando a la gente que se ha quedado sin nada”. El político no cree haber cometido ningún delito y considera el hecho una protesta simbólica y de insignificante repercusión económica, enmarcada en la no violencia activa que propugna, para llamar la atención y señalar un grave problema, el de la más apremiante penuria. Para Sánchez Gordillo, la propiedad tiene que tener una función social y los más débiles no deben pagar siempre los platos rotos, con recortes, con deshaucios, con despidos masivos, mientras quedan impunes los grandes estafadores, los corruptos, los emisarios de la indigencia, los auténticos expropiadores, los usureros de la banca y los ladrones millonarios de guante blanco, en sus abundantes paraísos, incluso fiscales.

Este agosto, por tanto, los dilemas entre beneficiencia y derechos, entre legalidad y legitimidad, entre apetito y desinterés político, se llevan la palma y las medallas del podio, en un clima tórrido  y competitivo en los borborigmos del estómago. Los irredentos señores de la tijera, también ellos sin conciencia de culpa, enfrascados en el científico quehacer de los religiosos mercados, sin prestar atención a los seres que respiran, desvían la mirada, no participan del debate u optan por la represión sin paliativos. Las empresas comerciales que controlan la distribución de alimentos en el estado español, muy poquitas, fijan precios, determinan la producción y el consumo, aplican economías de escala y siguen aumentando el margen de beneficios, con suministradores frágiles y mano de obra cada vez más precaria. Los supermercados excretan sus desechos y comida aprovechable, en grandes cantidades, sin que nadie se rasgue las vestiduras por ese absurdo despilfarro, síntoma del trastorno. Los candados sirven para asegurar lo propio frente a terceros indeseables. La basura y la hipocresía envilecen las almas sin nutrientes. El instinto de supervivencia no siempre casa bien con el sanemiento urbano, con la salubridad, con el benigno discurso de la virtud ni con los recipientes más apropiados y más limpios de la cubertería. Las cornadas del hambre son mortales de necesidad.

PD- En català, el documental sencer, El gust pel rebuig (Taste the Waste, 2010):  aquí (I), aquí (II), aquí (III) i aquí (IV)

 

Eu sou catador

“La basura se está volviendo cada día en un problema más serio”, decía el conocido músico y escritor Chico Buarque en la campaña Limpa Brasil que se realizó durante el pasado verano de 2011 con la intención de retirar desechos de las ciudades a través del voluntariado, centrándose en una jornada de trabajo colectivo, y de concienciar a la población en relación a los residuos que genera, procurando la mejora de hábitos. Los catadores, en Brasil, son aquellas personas que rebuscan en la basura, en calles o vertederos, a la caza de objetos y materiales que se puedan reaprovechar, rescatar, reciclar, reutilizar, recuperar, reintegrar, reparar, valorar, vender, volver a poner en circulación…Los catadores (recolectores) viven de remover los desperdicios de otros. Películas como Estamira (2004) o Waste Land (2010), grabadas en uno de los mayores basurales del mundo, el Jardim Gramacho –recientemente clausurado-, en Río de Janeiro, dan buena cuenta del tipo de existencia que llevan esas gentes, en el lado menos amable y más marginal del gran monstruo capitalista, y de su lucha cotidiana, su importancia y su valor medioambiental en una sociedad no acostumbrada a pensar en las consecuencias futuras de un atracón tóxico, dañino, destructivamente feliz e irreflexivamente repugnante. Porque pensar en ello cuesta cuando no se recoge papel moneda a corto plazo. Porque pensar en ello cuesta cuando el estómago no permite moratorias y las montañas de inmundicia esconden cualquier horizonte.“Eu sou catador” fue el lema de la campaña en la que participaron activamente compositores como Milton Nascimiento o Chico Buarque, dos tipos armoniosos y pulcros de largo recorrido, comprometidos musicalmente desde los tiempos de una dictadura que ordenaba callar y contaminaba las tierras del Cono Sur, ya suficientemente contaminadas por entonces. Un Chico Buarque que, junto al tropicalista Gilberto Gil, nos mostró una especial – pero no del todo afortunada- interpretación de las manos de limpieza necesarias. Un Chico Buarque cuyas palabras casi siempre suenan bien, íntimas, genuinas y sin grandes estridencias, hasta bañadas en almíbar y escupidas como golosina popular: no en vano compartió escenarios con el mismísimo Vinicius de Moraes. Un hombre de ojos claros y sonrisa sin demasiadas manchas, un recolector de versos e historias, un elegante reciclador de basura delicada y exquisita, entre ratas poéticas y trágicas construcciones de cimientos traslaticios. Un louco varrido que gusta a toda hija de vecino, catador, catártico y cantarín.

Limpieza olímpica

El griego Heracles (Hércules en la mitología romana) era un semidiós lleno de virtudes: mató a su maestro de música, a sus hijos y a algunos de sus sobrinos, entre otras hazañas de sangre. Fuerte, atlético, musculado y vigoroso, realizó unos difíciles trabajillos para expiar sus ataques de locura transitoria: robó manzanas (pero no malacatones), robó cinturones de mujeres fatales – las chicas son guerreras- y se cargó, por la vía del combate directo, a gigantes, cabezudos, monstruos, hidras y otros enormes animales de peculiar taxonomía: contribuyó a la extinción de especies mágicas y divertidas. Como todo ser sobrenatural que se precie, más allá del gusto, del clasicismo y de las ostras y los caracoles de Espartaco, tenía una potencia sexual digna de encomio, con buena semilla y buen aguante: dejó preñadas a las cincuenta hijas del rey Tespio, en un abrir y cerrar de piernas. Por lo que parece, si se emberrenchinaba, si se le inflaban las venas de la frente, era capaz de romper cualquier corona de plomo que llevase puesta en la cabeza: más valía no granjearse su enemistad porque te jugabas el físico. A su lado, el increíble Hulk dopado hasta el entrecejo y ahíto de viagras, el mejor Iñaki Perurena o el más despechugado Victor Mature perdían pistón e interés sociológico. Heracles era un deportista de élite, noble, muy competitivo, el héroe total, en el Olimpo de la testosterona.

Según cuenta la leyenda, Heracles tuvo que limpiar los inmensos establos del hijo de Helios y Naupidame, Augías, un señor algo guarrindongo, un tipo rico con extensos dominios y prodigiosos rebaños bovinos bien cebados, fecundos y con una salud de hierro, divina, pero con la mierda hasta los cuernos. Las cuadras estaban llenas de estiércol y no se habían limpiado nunca. En los campos circundantes, no se podía pastar ni cultivar una triste planta de cebada porque una espesa capa de excrementos y mugre cubría la superficie. El hedor se extendía por todo el Peloponeso. Así las cosas, Heracles pactó con Augías que si lograba, en menos de una jornada, eliminar toda la porquería del valle – lo que se antojaba una misión imposible-, se quedaría – como contrapartida- con una décima parte de sus posesiones. Y se puso manos a la obra, a tenor de lo dispuesto en el artículo 1.1 del Estatuto de los Trabajadores, bajo las notas de laboralidad establecidas: compromiso personal, voluntariedad, retribución, ajenidad y subordinación o dependencia, siempre desde un punto de vista mitológico. Heracles, que meaba colonia, un titán estajanovista fuera de lo común y, por tanto, reacio al uso de escobas, rastrillos y capazos, un formidable obrero que no se amilanaba ante las ímprobas exigencias de productividad, rompió las paredes de los establos a puñetazos, desvió en un periquete el curso de dos ríos cercanos, el Alfeo y el Peneo, y el agua entró en tromba para dejar el suelo resplandeciente y salutífero, en perfecto estado, arrastrando toda la suciedad de la comarca a su paso. Cuando llegó la hora de cobrar, Augías, con lógica empresarial vampirizante – los clásicos nunca mueren-, se negó a pagar lo estipulado. Heracles mostró su disconformidad e inició una guerra de justa reivindicación salarial: la movilización de protesta todavía se tenía por eficaz. Tras diversas escaramuzas y defunciones, Heracles derrotó a Augías, saqueando su reino y consiguiendo un estupendo botín. Para conmemorar su victoria y su dominio sobre aquellas tierras, cuenta Píndaro, construyó en el Altis un templo en honor a Zeus, su rijoso padre, y fundó los juegos olímpicos (los primeros de la antigüedad), con sus reglas, sus torneos, sus celebraciones y su periodicidad cuatrianual. Moiras y Cronos asistieron al evento, sin miembros del COI y sin barón de Coubertin. Heracles plantó allí un olivo hiperbóreo – ¡qué fantástica palabra!- cuyas ramas servirían únicamente para coronar a los vencedores de las distintas pruebas. Y colorín colorado, en Olimpia, los limpios habían triunfado.

 

Un señor (truhan) en la basura

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Hasta mediados de los años ochenta (siglo XX), el señor J, encargado general en la empresa de recogida de residuos de Terrassa, mandamás en la calle, se llevaba su buen fajo de dinero negro a costa de lo ajeno, como sucio profesional del mangoneo en la limpieza. Si ello era normal en la economía sumergida de la siempre hábil masa tunante -en la que me incluyo, sin habilidades-, no lo era tanto que además, en el mismo acto, se diera también rejonazo directo a las instituciones democráticas oficiales, las de todos -¡ejem!-. Porque la empresa privada que tenía en aquella época la concesión del saneamiento urbano, gracias a las tretas del señor J, realizaba la recogida de basuras a particulares que pagaban bajo manga. ¿Por qué pagaban bajo manga? Pues porque el señor J, con autoridad y desidia para chupar del bote como un retorcido bellaco, ordenaba que se vaciasen dichas basuras particulares en el vertedero municipal, facturando el trabajo con toda la jeta del mundo al Ayuntamiento de Terrassa, cuyos controles de inicio fallaron por pasiva y quizás también por activa. Cargando el gasto en las arcas municipales, el señor J, según se afirmó, utilizaba los camiones de la concesionaria para transportar los desechos recolectados por otra empresa que él mismo dirigía. 

El señor J, en la más odiosa tradición picaresca –sin ser un desharrapado lazarillo-, beneficiándose del cardinal cargo que ocupaba, cobraba dos veces por la misma mierda y tributaba con gloria canalla por sus desdobladas reiteraciones lucrativas, lo cual debe considerarse un buen ejercicio para sortear cualquier crisis y ser admirado como listo supremo entre los jefes cañís y los jamás pasados de moda chulazos carpetovetónicos: hasta Mahatma Gandhi se aprovecharía si pudiera, solemos justificar los procaces del doble juego en nuestros íntimos salones. Bajo ese prisma, el señor J sabía lo que no estaba escrito: no se desperdiciarían oportunidades: rock and roll. La administración local, garante de los derechos de la comunidad, con gobierno entonces de mayoría absoluta socialista, apoquinaba religiosamente por los servicios prestados por el señor J, aunque ni por asomo fueran de su incumbencia. La cosa llegó a ser tan escandalosa que, al final, saltó la liebre. El Ayuntamiento de Terrassa, impelido a investigar los hechos, descubrió -¡oh, qué barbaridad!- que la práctica fraudulenta era corriente y cotidiana: sus fondos habían sido mermados por un solitario pirata malandrín. El señor J -¡eureka!- reconoció ante el consistorio el desfalco y su proceder ilegal…pero no fue denunciado por ningún delito: venga, pelillos a la mar, chaval, banalicemos la estafa y pasemos la pelota al poder disciplinario de la concesionaria de los trajines, acullá. El Ayuntamiento de Terrassa no se cebó ni se metió en pleitos penales: el hombre tampoco había matado a nadie, sólo se había embolsado por el morro una importante cantidad de dinero público, socializado para las mejores obras de interés general de un rapaz caradura, aunque de más baja intensidad y mejor estofa que otros futuros degenerados de renombre. ¿Fue el señor J una cabeza de turco? ¿Cuál fue el precio del poder? ¿Quién silenció a los corderos? Veamos cómo se desarrollaron los hechos a posteriri.

Una vez destapado el caso de corrupción, el señor J siguió removiendo los despojos de la ciudad, si bien apartado de primera línea, nominalmente destituido, y con expediente disciplinario abierto pero no del todo ejecutado, in albis. Poco después, la nueva concesionaria del servicio -conocedora indudablemente del asunto- le propuso que se tomara un año de excedencia por su “actuación desleal”. El señor J aceptó rápidamente la generosa propuesta: los errores muy gravísimos, con dolo, exigen un contundente castigo hasta en la Srpringfield de Los Simpsons, sobre todo si la sanción ni siquiera se produce como tal y depende de uno mismo, en espera de que las aguas se calmen. Se contrató a un nuevo encargado general y la memoria se fue diluyendo con el transcurrir de las estaciones. En estas, en 1985, el Ayuntamiento de Terrassa -desbordado por los múltiples y turbios acontecimientos sobrevenidos en la gestión de las basuras- quiso hacerse cargo directamente de la recogida de residuos en la ciudad a través de la empresa pública Eco-Equip, que asumió, por subrogación, los compromisos de la concesión anterior y a toda su plantilla de personal, a excepción del señor J, que disfrutaba, como trabajador excedente, de una extraña suspensión voluntaria. Pero éste tenía todavía que exhibir su ejemplar naturaleza y, cumplido el año de excedencia, solicitó su reingreso. Como de entrada no se aceptó su petición, denunció a la empresa Eco-Equip y las dos partes se vieron las caras en el acto de conciliación previa al juicio, donde -¡aleluya!- se pactó entre ambas que en el momento que quedase descubierta otra plaza de encargado se le volvería a admitir en nómina, o bien –si no estaba conforme- que se reincorporaría en otro puesto de categoría inferior, condicionado a la existencia de vacantes. Con lo redactado, el señor J salió del lugar con nuevas armas jurídicas, acordadas libremente, por supuesto. Meses después, presentó una demanda por despido nulo porque la empresa había contratado a nuevo personal y él no recibió ningún aviso, tal como se requería. Ganó el juicio, cuya sentencia fallaba a favor de la readmisión. La empresa pública comunicó a la autoridad judicial que no pensaba repescar a un hombre que actuó de forma tan sumamente mezquina –lo que ya sería de rechifla para el respetable- y solicitó, por tanto, que fijara la indemnización correspondiente, que se calculaba entonces sobre el sueldo dejado de percibir hasta la fecha. El señor J, limpio de toda culpa, vio recompensados sus esfuerzos en los tribunales y aumentó su patrimonio con unos cuantos millones de pesetas más, también limpios y conseguidos con honradez, nuevamente de la caja común del ayuntamiento, un pellizco nada desdeñable en aquellos maravillosos años ochenta. Porque todos y todas, como siempre, eran iguales e iguales ante la ley, con garantía de tutela judicial efectiva. Pero el mundano señor J, eso sí, cuyo nombre empezaba realmente por J, no se inspiró nunca en la literatura del señor K (Josef): sus procesos eran mucho más llevaderos y comprensibles…Y más ventajosos en última instancia.

New York, New York

En la segunda década del siglo XX, como dos inmigrantes más, en la compañía de Fred Karno, los británicos y después famosísimos comediantes Charles Spencer Chaplin (Charles Chaplin, Charlot) y Arthur Stanley Jefferson (Stan Laurel, El Flaco) cruzaron juntos el Atlántico y llegaron a la isla de Ellis, cerca de la Estatua de la Libertad, en Nueva York. Los dos cómicos interpretaron a barrenderos en sus películas, a barrenderos vestidos de blanco, como también hizo el gran humorista estadounidense Buster Keaton. En una celebrada e inolvidable obra maestra como City Lights (Luces de la ciudad) encontrarán una escena en la que Charlot aparece sin sus habituales harapos, sin bombín ni bastón, pero con un inmaculado uniforme lactescente de trabajo y, en la cabeza, un disparatado salacot o casco a lo bobby, empujando un carrito de mano, con cubo y pala, recogiendo los desechos del suelo para ganarse el jornal y ayudar así a una desdichada y enferma florista ciega -¡snif!-, a punto de encontrarse con un grupo de caballos y, sorpresivamente, con un elefante en plena calle.

chaplin barrendero

Stan Laurel. barrendero

Buster keaton

Unos años antes, en 1903, vestidos también de impoluto y riguroso blanco, y quizás en la primera filmación cinematográfica que se conserva de un colectivo dedicado íntegramente a la limpieza, los barrenderos de Nueva York fueron captados en un desfile de visos militares por la cámara de Thomas Alva Edison, el gran inventor que, enfrascado en la llamada “guerra de las corrientes”, promovió y financió la electrocución del elefante Topsy y, para no quedarse corto, la creación de la silla eléctrica, cuya siniestra y ausente comicidad se estrenó en 1890, cerca de la Gran Manzana, gracias a Edison, a Harold Brow y a la estrella invitada, el preso ejecutado, William Kemmler, el primer asesino que fue asesinado con voltaje inhumano, con -¡snif!- beneplácito gubernamental.

Porque en 1890, sin duda, Nueva York era un lugar pestilente, lleno de mugre y despojos de todo tipo, corrompido hasta el tuétano. Cuando los temporales del crudo invierno azotaban la metrópoli, la situación se agravaba hasta límites insospechados: cuerpos de personas y otros animales cuadrúpedos quedaban sepultados en una mezcla de lodo, grasa, residuos, hollín, nieve y hielo contaminado. En las épocas de calor, no obstante, el polvo era irrespirable, las heces se sentían en todo su esplendor, la podredumbre se aceleraba, los productos tóxicos pululaban sin freno y las excreciones industriales inundaban el mar y los ríos de la “Tierra de las Oportunidades”. Grandes montañas de basura permanecían sin retirar durante días, semanas, meses. Zonas malolientes, restos putrefactos, fuentes y baños infectados, vertidos en arroyos, humedales, lagunas y barrancos; escoria, insalubridad, mierda por doquier, sobre una superficie oculta a la vista. Como bien sabe Martin Scorsese, entre La edad de la inocencia y Gangs of New York había un trecho de difícil composición paisajística, de insectos revoloteando, entre los tenements del crisol de razas y los selectos clubs para caballeros elegantes, entre los andrajosos recién instalados y los nativos con arraigo como colonizadores de los extintos asentamientos y espacios de las tribus algonquinas. Y la fortuna (la mala) se cebaba con los intrincados y enormes hacinamientos de la nueva inmigración: cada diez años, la ciudad duplicaba el número de habitantes. En esas circunstancias, la basura se erigía como cuestión social de primer orden y el más acuciante problema de seguridad. Si las tasas de asesinatos, homicidios y delitos de sangre eran altísimas, la mortandad asociada al riesgo de enfermedades y epidemias aún era mayor. Jóvenes y muchachos, por unos pocos centavos, apartaban los montones de desperdicios acumulados para que las felices parejas con posibles cruzasen ciertos bulevares hacia su dulce vertedero de amor, por una senda más o menos despejada. Solo se recogía lo que era rentable, lo que las clases acomodadas decretaban para mantenerse en el limbo, lo que los contratistas privados rebañaban en beneficio propio, lo que el poder establecido no podía desdeñar: grandes arterias, avenidas comerciales y residencias de los plutócratas y, como mucho, de sus segundos de a bordo. La maquinaria política de Tammany Hall, de marca demócrata, dominaba el cotarro de la soberanía popular desde mitad de la centuria: elecciones fraudulentas, servicios ilegales, sobornos, extorsiones, saqueos millonarios a la tesorería, tráfico de influencias, compra de votos, enorme red clientelar como sistema de asistencia contrastado. Bajo su varita de mando, el saneamiento y la limpieza pública tomaron un camino más que previsible: prebendas, tajadas, distorsiones, ejecuciones de obra con trapicheos de pasmo, adjudicaciones al capricho, comisiones de potosí, financiación de pellizco y rapiña. El resultado: caos, dejadez, desorganización, abandono, pasividad, negligencia, equipos obsoletos, actuaciones a salto de mata, sin programación regular, concentración de recursos en sectores mínimos y mínimas prestaciones: porquería, cochambre e inmundicia hasta las trancas.

El Departamento de Limpieza de Nueva York se creó en 1881. En 1886, se inauguró la Estatua de la Libertad. Y la libertad como impunidad parecía plena para los chicos de Tammany Hall, mientras los neoyorkinos permanecían presos de la suciedad, la hediondez y la descomposición. Se continuó con la misma inercia, con el mismo empuje, con la misma desidia, con una selección del personal de limpieza viaria y recogida de residuos basada en criterios políticos, con una promoción interna ligada al interés personal, los lazos afectivos y las alianzas electorales. Los votos y la fidelidad eran fundamentales para hacerse un camino en el barrido y garantizarse el sustento, bajo supervisión del partido. Los amigos acaparaban los puestos técnicos y de mando, conscientes del favor, místicos del trofeo laboral conseguido y aclimatados en la indolencia de la merced oficial y oficiosa. Sin embargo, las cosas iban a cambiar en breve, con la llegada temporal de un gobierno de republicanos (los del elefante), que tampoco eran mancos en el esparcimiento corrupto. William Lafayette Strong consiguió la alcaldía de Nueva York en 1895 y quiso otorgar el cargo de comisionado de limpieza a Theodore Roosvelt, futuro presidente de Estados Unidos y padre fundador reconocido de la palabra muckrakerque este blog agradece admirativa y póstumamente– para referirse a los periodistas que removían la mierda, buscaban entre la basura y utilizaban la pluma como un «rastrillo de estiércol», pero éste lo rechazó y se quedó con el departamento de policía: prefería perseguir a ladronzuelos por los bajos fondos antes que asumir cualquier responsabilidad en el saneamiento municipal de aquella inmensa y concurrida pocilga. La plaza fue ofrecida entonces al coronel George E. Waring, un veterano de la Guerra de Secesión, que había combatido en el ejército unionista, comandado fuerzas de caballería; un tipo perfecto para el higiénico cometido de carga a discreción, al galope.

George E.Waring era un hombre recto y ordenado, de esos que lucían un meticuloso bigotillo, ingeniero, riguroso pero con influjo paternalista, preocupado por la salud pública y por las epidemias de cólera y fiebre amarilla que fustigaban las grandes concentraciones urbanas del país. Había participado en el proyecto de drenaje de Central Park y se había labrado una reputación como brillante paladín del alcantarillado: en Memphis, logró mejorar las condiciones de salubridad de la ciudad gracias a un novedoso sistema que impedía que los residuos y las aguas domésticas se mezclasen con las pluviales y las de origen natural, con ríos subterráneos, pozos, fuentes y pantanos. Cuando accedió al cargo como máximo responsable del saneamiento de Nueva York, tenía claro que su experiencia guerrera no caería en saco roto. En dos años y medio –el tiempo que estuvo en el puesto-, la gestión de la recogida de residuos y la limpieza viaria dio un auténtico vuelco. Asumió todo el poder de decisión en ceses y nombramientos, otorgó rango prioritario a su ingente tarea de enmienda a la totalidad, como asunto básico de dimensión cívica; prohibió el vertido de residuos en el mar y en los muelles, implantó un rudimentario sistema de reciclaje de obligado cumplimiento (cenizas, restos de comida, trapos y papel…), introdujo métodos sistemáticos y racionales, potenció la formación, la disciplina y los valores profesionales, fomentó la concienciación familiar a través de ligas juveniles, modernizó recursos, materiales, establos y lugares de uso; extendió el servicio a tugurios y arrabales, apostó por la calidad manual frente al proceso mecanizado, orientó la actividad a la consecución de objetivos planificados de antemano, incrementó el rendimiento, minimizó las interferencias y el clientelismo político, procuró el reaprovechamiento financiero, se enfrentó a intereses de comerciales, concejales y líderes de distrito aficionados a las mordidas… En las relaciones laborales, también dejó su impronta: reorganizó el departamento en batallones jerarquizados con enfoque militar y nítida cadena de mando, rebajó salarios -¡qué soberana innovación!-, constituyó un procedimiento de presunta representación obrera y sindical –la apariencia de interlocución válida siempre resulta fundamental para desactivar molestas resistencias: chivatillos, pelotas de confianza y espías que bailaban al son del sable de mando- y apostó -¡viva la integración altruista y multicultural de los emprendedores!- por la masiva presencia de inmigrantes pobres (especialmente italianos) como peones de calle, amén de su postura favorable a la contratación de mujeres extranjeras y niños por el bajo coste de su fuerza de trabajo, en programas especiales. Pero ya se sabe que el fin justifica los medios (para algunos) y, al menos, el coronel Waring era hijo de su época, consiguió resultados visibles, defendió con tesón la función social y la ciudadanía de sus particulares y recicladas tropas, entregó zanahorias según la dedicación, el mérito y el esfuerzo (con voluntad de imparcialidad en el campo castrense) e intentó “poner un hombre en lugar de un elector en el otro lado del mango de escoba” y que el departamento no estuviese “estrangulado por el control partidista”. Para ello, se deshizo de capataces y superintendentes estacionados en la regalía, buscó a personas jóvenes y sin costumbres en el favor para los puestos de mando, técnicamente capacitadas y más o menos honestas, y repudió a oportunistas, chusma zascandileante y borrachos habituados a pasar el rato por el trago posterior en la taberna. “Dignidad y respeto”, ese era el lema de un comisionado con bigote, pulcro y aseado, que se ganó el apodo de “apóstol de la limpieza” y, durante su estancia en el cargo, en un santiamén, ganó una batalla que se antojaba casi imposible: Nueva York pasó a ser una de las ciudades más limpias del mundo, en un éxito paquidérmico que redujo considerablemente el índice de mortandad. En 1897, Tammany Hall volvió al poder y volvieron los vertidos al océano y, poco a poco, también las demás viejas prácticas, aunque tamizadas por la presión del asombroso cepillado que llevó a cabo el ejército de tres mil barrenderos y basureros del milagroso coronel, conocidos como “White Wings”, alas blancas, por el color de su indumentaria.

Para simbolizar la higiene, la limpieza y la pulcritud, y para inducir el orgullo barrendero, el comisionado Waring pensó que los trabajadores del sector tenían que llevar un uniforme siempre en estado de revista, que suscitara el respeto del público. Consideró -a diferencia de las mujeres que hacían la colada a tan suntuoso destacamento masculino- que el blanco, asociado a la pureza, a la sanidad y a la profilaxis, era el color perfecto para tal empresa y para reproducir el orden marcial de la marina en los fantásticos y ostentosos desfiles –otra descacharrante idea del coronel- que el cuerpo realizaría anualmente por la Quinta Avenida, desde 1896. Por ello, el blanco nuclear o de marfil elefante -hoy en día harto improbable- se instituyó como color de referencia para los barrenderos neoyorkinos…y por eso Charles Chaplin o Stan Laurel (como antes hiciera Buster Keaton en sus sueños más imposibles) se vistieron de punta en blanco para caracterizar a sus personajes…y por eso Edison los grabó así de atildados (con su llamativo casco) en una monótona marcha de corte militar. “Estos hombres luchan a diario contra la suciedad y están defendiendo la salud de todo el pueblo”, dijo de los «White Wings» municipales George E. Waring al abandonar su cargo, en 1897. Un año después, murió en la misma ciudad de Nueva York, tras contraer la fiebre amarilla -paradojas del destino- durante un viaje motivado por sus impecables éxitos profesionales en el saneamiento urbano, como apóstol y como ángel custodio de la salubridad.

El rescate

Los hombres grises llegaron a la ciudad de Beppo, el viejo barrendero, para optimizar las actividades de sus habitantes y eliminar aquéllas superfluas, inútiles e innecesarias. Ellos, los del Banco del Tiempo, siempre con bombín y cartera, siempre ocupados, indeterminados, desconocidos, fríos, incansables, agentes del miedo, adiestrados en la humareda falaz, quieren acaparar y robar todos los segundos de las vidas ajenas: “el tiempo es dinero”, “están ustedes perdiendo su tiempo”. Seguir leyendo

La trapera

Pero entre todos los modos de vivir, ¿qué me dice el lector de la trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa; su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la abeja, vuela de flor en flor (permítaseme llamar así a los portales de Madrid, siquiera por figura retórica y en atención a que otros hacen peores figuras que las debieran hacer mejores). Vuela de flor en flor, como decía, sacando de cada parte sólo el jugo que necesita: repáresela de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en esto a muchas personas de más decente categoría que ella, su gancho es parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces, por un sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado ya está en el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente periodista y un buen traductor de Scribe; su clase de talento es la misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado: he ahí la diferencia.

Mariano José de Larra (1809-1837). Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos. 

El texto completo: aquí

«Los traperos«, de José Gutiérrez Solana (1886-1945)