La gran riada

Carles Duran. Riuades Vallès. 1962

Tal día como hoy, hace cincuenta años, en la más absoluta oscuridad del oscuro franquismo, en Terrassa y en otros lugares cercanos, la fuerza del agua desbocada se llevó por delante todo lo que encontró a su paso: puentes, coches, rocas, muebles, viviendas, animales, árboles, vidas humanas…La noche del 25 de septiembre de 1962, la intensa lluvia caída en la zona desbordó torrentes, ríos y rieras, como la de Les Arenes o la del Palau, cuyos márgenes se anegaron. Pronto, las comunicaciones telefónicas y telegráficas quedaron interrumpidas, así como el suministro eléctrico y el tráfico por carretera. Las precarias construcciones de los barrios periféricos y suburbiales en los que malvivían los trabajadores inmigrantes de las industrias textiles, la falta de planificación, la especulación del suelo, la ausencia de infraestructuras y servicios básicos, la insuficiente canalización y un urbanismo a salto de mata que permitía construir en el mismo cauce de las corrientes hicieron el resto. Terrassa y Rubí fueron las poblaciones más afectadas. Las cifras de muertos, heridos y desaparecidos bailan en la imprecisión, pero se calcula que en el Vallès Occidental perecieron alrededor de mil personas, más de trescientas en la ciudad egarense, que quedó convertida en un inmenso lodazal con cuerpos desnudos deambulando, llena de despojos, escombros, basura y chatarra, devastada como en un bombardeo, en un escenario de terror, caos, gritos, destrucción y múltiples socavones.

También hubo milagros: un tren que cruzó un tramo de vías que se desplomó a los pocos minutos y cuyos operarios, sin visibilidad, entre relámpagos, decidieron parar sobre una pequeña cota próxima a Terrassa, justo antes de otro enorme hundimiento de tierras, reteniendo a los pasajeros en su interior con las puertas cerradas durante dos inacabables horas, hasta que pasó el peligro, mientras la tromba de agua arrastraba todo lo que rodeaba a la máquina, aislada por ambos lados; un niño que se tragó una repentina abertura en el suelo y cayó en un colector que le condujo varios kilómetros sin apenas sufrir rasguños; unas decenas de obreros que escaparon de una muerte segura al derribar en el último suspiro, con el agua al cuello, la pared de una céntrica fábrica con un camión.

Tras la catástrofe, desde los primeros instantes, con más voluntad y solidaridad que organización, los vecinos tomaron las calles para reparar los desperfectos y ayudar a las víctimas, en largas jornadas sin descanso. Achicar embalses y bajos inundados, retirar el cieno con palas, apuntalar edificios…cualquier cosa, con apenas dirección de unas autoridades locales totalmente desnortadas. La llamada “Brigada de la Muerte” estaba formada por unas veinte personas en Terrassa y otras quince en Rubí. Su misión: recoger y lavar a los cadáveres, quitarles todo el barro, adecentarlos, rociarlos con formol, fotografiarlos y meterlos en grandes bolsas de plástico transparentes para que alguien, si había suerte, los reconociera antes de darles sepultura. Cuando recibían la autorización judicial, identificados o no, los enterraban en el cementerio. Los trabajos de desinfección, desescombro y limpieza duraron varios meses – y las riadas de noviembre del mismo año no contribuyeron a mejorar el panorama-. La psicosis colectiva era tal que, entre el miedo y la ignorancia, corrieron después de boca en boca disparatados rumores: una inminente erupción volcánica –en un territorio sin cráteres activos– o grandes crecidas de las aguas subterráneas de la montaña de Sant Llorenç del Munt, a punto de resquebrajarse por dentro porque sus grietas hacían “extraños ruidos”. El fango, al secarse, además, provocó nocivas nubes de polvo que iban de aquí para allá. Se tomaron medidas antitíficas, se programaron vacunaciones masivas, se incineraron restos orgánicos, se habilitaron bebederos itinerantes, se conminó a los habitantes y a los encargados de establecimientos comerciales e industriales a “dar diariamente unos escobazos bien firmes sobre las aceras y calzadas”, para recobrar “la fisonomia en lo que respecta a limpieza” y evitar “posibles peligros para el estado sanitario de la ciudad”. Las tareas de socorro, rehabilitación y saneamiento fueron fatigosas. Las excavadoras, niveladoras y palas mecánicas sobre tanques oruga no daban a basto.

Joaquín Soler Serrano se desgañitó en Radio Barcelona, en una maratón en las ondas, y consiguió rápidamente unos elementales primeros auxilios: mantas, dinero y víveres, procedentes de la provincia y, después, de toda la península ibérica.  Vinieron civiles para colaborar desinteresadamente…y, más tarde, vino el ejército a militarizar (no sin interés político) las operaciones. Vino el caudillo felón y vinieron sus ministros. Vino Juan Carlos, vino Sofía y vino, también,  el por entonces pretendiente Alfonso de Borbón. Vinieron otros muchos “turistas”, en una macabra excursión de sensaciones. Los franceses hicieron una gran recolecta que sirvió para construir un colegio. En plena Guerra Fría, los soviéticos enviaron medicinas, comidas y alimentos. Los estadounidenses, maquinaria pesada y hormigoneras. Se recibió la visita, asimismo, de policías de otros países. Los tripulantes de los buques de la marina británica, atracados en el puerto de Barcelona, disfrazados de piratas, organizaron una fiesta para ciento veinte niños damnificados de Terrassa, a los que pasearon en lanchas salvavidas -¡buf!- y agasajaron con distintos regalos, globos, golosinas y una suculenta merienda, tras una sesión de cine cómico en la sala de proyecciones de un barco.

“Esto no se puede olvidar”, rezaba tiempo después un enorme cartel de varios metros situado en un lugar bien visible de la ciudad, con una polémica imagen de un Franco compungido saludando a huérfanos y viudas de luto riguroso.