Comediantes en la basura

El humorista Josema Yuste, añorado hombre de empanadillas y nochevieja a las trece, se metió en el papel de un ejecutivo sin demasiados escrúpulos, Tomás Bernal, el Tiburón del Tibidabo, un asesor financiero agresivo, oportunista y firme adepto de la cultura del pelotazo, un exitoso joputa de los negocios. Tomás trabajaba para la firma Bürman & Bürman…y estaba encantado de no tener entrañas. En la película en la que se narran sus peripecias, Adiós Tiburón (1996), participan actores de indudable vis cómica y otros que resultan cómicos a su pesar: José Sazatornil, Agustín González, Enrique San Francisco, Isabel Serrano, Manuel “Manolito” Alexandre, Remedios Cervantes, Benito Pocino, Anne Igartiburu, Llàtzer Escarceller… Gran parte del rodaje tuvo lugar en la cocapital egarense del Vallès Occidental, en pasillos y habitaciones del Hospital de Terrassa.

ADIOS TIBURON

Adiós Tiburón exhala calidad y tiene un argumento poético y muy bien hilvanado, una trama de encaje de bolillos. Tomás, triunfador y cabrón, compra acciones de unos laboratorios a espaldas del consejo de administración de su empresa porque confía ciegamente en la seguridad de la inversión y en las potencialidades económicas de un medicamento “capaz de borrar la nostalgia y la tristeza con una sola dosis», liberando también al paciente de la adicción a los fármacos. El asunto no sale como esperaba: asesinan al descubridor de la fórmula milagrosa y ésta se pierde de los laboratorios, con consecuencias nefastas para la operación financiera diseñada. El Tiburón del Tibidabo es despedido y entra en barrena picada, quedándose sin aleta y sin un chavo en el bolsillo. Repudiado por su entorno, decide, entonces, recuperar la fórmula y su posición social anterior, de gran consumidor y perfecto escualo dentado. Las pistas y pesquisas le llevan hasta el Hospital de Terrassa, donde Tomás, entre otras mamarrachadas, participa en carreras de sillas de ruedas con apuestas, baila reggae entre enfermeros, se disfraza de limpiadora con fregona, asiste como médico en un parto, se acuesta con pacientes con trastornos digestivos, se toma pastillitas de la risa, entabla pícaras conversaciones con suicidas, reflexiona sobre la lobotomía y está a punto de ser liquidado por un francotirador italiano de la mafia, Garabito, que tiene la misma cara que Mortadelo. La cosa acaba con un juicio de astracanada, multitudinario y abstruso, con carcajadas por doquier. Muy recomendable la peli, opino, si se ha perdido completamente la cordura y el buen gusto.

En una de sus escenas, el protagonista, Josema Yuste, aparece montado en un estribo de un camión de basura de Eco-Equip, la empresa municipal que se encarga en Terrassa de la recogida de residuos sólidos urbanos desde 1985, cuyos operarios hicieron de figurantes. El camión, un Pegaso con matrícula de Barcelona, es el medio de transporte que utiliza Tomás –tras ser mandado a la mierda- para llegar al Hospital de Terrassa. Mientras tanto, los empleados de Eco-Equip simulan su trabajo habitual de carga ataviados con su antiguo uniforme de colores rosados, colores que fueron sustituidos poco después por una combinación fosforito de azules y amarillos. Cuando el camión de basura sale en pantalla, cuando los chicarrones de Eco-Equip ya se vislumbran, empieza a sonar una exquisita y elaborada canción de autor, con un mensaje anti-sablista y de cautela dineraria ante los depredadores: “Ten cuidado donde te bañas, esconde la cartera de las manos largas y de la vista certera”. Y, según se cuenta, los operarios de Eco-Equip pudieron bañarse prácticamente gratis en la comicidad durante las dos noches en las que se requirieron los bártulos basureros y sus servicios como extras: en ambas jornadas, compartieron cena de catering con los actores del filme. Cine basura y basureros, en íntimo tentempié de hilaridad…y quizás escondiéndose la cartera. 

La gran evasión

Celda

Trece de los treinta presos que permanecían en los calabozos de la prisión de Terrassa se fugaron, en una oscura noche de 1920, de una forma muy peliculera, con un plan que salió casi tan bien como los encantadamente esbozados por el mismísimo coronel Hannibal Smith. Entre los fugados había ladrones, estafadores y amigos de las bombas, muy en boga por aquellas fechas. Con unas herramientas que consiguieron birlar a unos operarios que realizaban obras de mantenimiento en el edificio, los presos hicieron saltar las planchas de hierro de puertas y cerraduras –aprovechando la confusión y el ruido de unas tracas de petardos de unas fiestas cercanas-, abrieron un boquete en la pared, accedieron al patio anexo, se encaramaron a la tapia, gatearon por los tejados y se descolgaron varios metros hasta la calle con un rudimentario sistema de fajas atadas unas a otras. El vigilante, a punto de jubilarse, no se enteró de la evasión hasta la mañana siguiente. La pareja de guardias civiles y el director interino del centro, que dormía junto a su familia a pocos metros de las celdas, tampoco. Los horizontes de libertad motivan y avivan el ingenio: «la alambrada sólo es un trozo de metal», cantaba Nino Bravo.

Casi un siglo más tarde, en mayo de 2012, un hombre de 29 años fue detenido en Terrassa por negarse a hacer las pruebas de alcoholemia tras un accidente de circulación con el vehículo que conducía. El joven fue arrestado por desobediencia a la autoridad y por un presunto delito contra la seguridad del tráfico. En las dependencias de la policía municipal, donde había sido trasladado para la toma de declaraciones y las diligencias inherentes al expediente judicial posterior, se le encerró momentáneamente en el calabozo. Allí, después de una bonita, envalentonada y chisposa exhibición de tambaleos, caídas y actos delirantes, sintió la llamada entusiasta de la libertad: entre las rejas verticales del habitáculo existía un espacio horizontal y cuadrilongo algo mayor que el hueco dejado por los barrotes, diseñado para entregar comida a los detenidos. “Me escapo por el agujero”, calibró el inaudito y embriagado contorsionista. A duras penas, introdujo la cabeza y el brazo por la pequeña abertura y pudo comprobar, in situ y al instante, que las apariencias engañan, que los licores aturullan y que no todos los planes funcionan: se quedó atascado y recluido por partida doble, con las ilusiones truncadas. Su estancia en comisaría, pues, se prolongó más de lo previsto, hasta que los agentes que le auxiliaron, con forcejeos y jabón para lubricar las partes del cuerpo atrapadas, lograron desincrustarle, no sin ímprobos esfuerzos. Los horizontes de grandeza suelen ser tóxicos y fallidos.

Dr. Carolus, el conde ominoso

«Entre tú y mi Gracia, fregaremos a esos barretinas”, parece ser que dijo Fernando VII, el rey Felón -¡vivan las caenas!-, a su estimado Charles, en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Y Charles, obseso de la limpieza absolutista, que ya había demostrado sus inquietudes higiénicas con los hábitos liberales, los derechos y desechos humanos, las sendas traicioneras de la restauración y sus putrefactos despojos, llegó a Barcelona con plenos poderes para pasar el cepillo deseado de la deseada realeza borbónica, como Capitán General de Cataluña (con ñ de ponzoña y leña), tal que un emperador romano de las mejores épocas de circo. Rápidamente, obligó a barrer a toda hija de vecino -que no a todo hijo- las entradas y portales de sus casas, de buena mañana, cada día, so pena de multa y castigo mayor. Hizo más por el trabajo comunitario en aras de la salubridad y el saneamiento urbano: mientras él vigilaba en su montura con su imponente uniforme, algunos de los presos que él mismo había ordenado encerrar se afanaban en dejar las calles como los chorros del oro…o en perseguir a garrotazos a los perros que vagaban sin dueño para propagar, sin duda, epidemias, enfermedades y roña por doquier…o en arrancar las telarañas de los rincones, emulando al Duende Verde y a otros supervillanos de Spiderman….muy motivados los interfectos convictos ante las posibles sanciones por bajo rendimiento. El aseado ímpetu de Charles llegaba hasta el cuidado personal y los espacios privados, propios y ajenos, sin que los distinguiera por clase. Si encontraba a un hombre con bigotes, con greñas o con gorros típicos de la zona –que prohibió por el bien de la imagen pública-, les afeaba la conducta perroflauta-decimonónica: el espanto podía ser de muerte, literalmente. No obstante, como buen caballero fascinado por la feminidad primorosa, si topaba con una mujer mal peinada o con la melena suelta, con sucios adornos, excesivamente provocativa –enseñando los tobillos, por ejemplo- o que no mantenía el orden doméstico tras los muros de la vivienda, solía ser implacable y perdía los estribos de estilista reputado, siempre buscando un aspecto óptimo, la más calida armonía y el misterio suave del decoro. En su profesión, militar de alto rango, no bajaba la guardia: le encantaba pasar revista a las tropas y no toleraba el más mínimo desaliño, inflexible ante la dejadez o el abandono. En la intimidad familiar, llevaba su mensaje de limpieza hasta las últimas consecuencias, de forma magistral y aleccionadora: en numerosas ocasiones, durante horas, su propia hija tenía que montar guardia en el balcón con una escoba al hombro, por prescripción paterna, para que aprendiese a lucir como modelo en las tareas del hogar. La esposa del Capitán General, su media naranja, tampoco se libró de tan exquisito catecismo y de los necesarios ejercicios espirituales: fue arrestada por los soldados -bajo órdenes del marido- cada vez que se retrasaba en servir la comida o se dejaba una mota de polvo en la mesa. Charles, Mr. Caín, Mr. Espagne, El Tigre, Trencacaps, era un monstruo y un déspota, un genocida, un demente sin escrúpulos, uno de los peores criminales de la historia, al servicio de la causa monárquica.

Charles d’Espagnac (1775-1839), que Fernando VII españolizó – ese verbo tan en boga en el siglo XXI- como Carlos de España, Conde de España y, más tarde, Grande de España; nació en el Rosellón -antaño catalán y después de dominio francés-, de donde huyó empujado por el terror jacobino y por la indiscutible mecánica newtoniana de la cuchilla de la guillotina en el tocado de los nobles: asimiló con facilidad los principales razonamientos de la represalia y la canallada leonina. Al sur de los Pirineos, y durante casi toda su existencia, sembró la semilla de diablo aventajado dondequiera que instalase el campamento. Antojadizo, colérico, arbitrario, lunático, expeditivo, fanfarrón de ocurrencias garbanceras; pérfido, cruel, sanguinario, dictatorial, misógino, intrigante, vengativo, meapilas, dipsómano, azote de franceses napoleónicos, afrancesados, conspiradores -como él- reales o imaginarios y, sobre todo, de liberales, negros y simpatizantes del viraje aperturista; el Conde de España cometió las más horripilantes barbaries, entre carcajadas salidas del abismo, jactándose de su ferocidad, tanto en su etapa fernandina como en su etapa carlista –que de todo hubo-, ayudado por miserables de la peor calaña. Miles de muertes se cuentan en su haber. Fusiló a amigos cercanos, cortó cabezas de soldados que se negaron a comer el rancho, obligó a cavar a los condenados sus propias fosas, incendió y devastó poblaciones enteras, envió a cientos de personas a los territorios de ultramar, ordenó ejecuciones en masa, fomentó la rapiña, detuvo a cualquiera por capricho, por meras sospechas, por falsas acusaciones, por delaciones sin fundamento, sin pruebas, sin formalidades, sin garantías procesales, por delitos tan flagrantes como el de parentesco. Asesinó, robó, torturó, descuartizó miembros y los expuso en público, vampirizando la sociedad e implantando el canguelo como fórmula de sometimiento. En los cuatro años que ostentó el cargo de Capitán General en el Principat, con carta blanca del maldito Felón, convirtió Barcelona en una enorme penitenciería y en un patíbulo que no descansaba, con la Ciutadella como base de operaciones, lugar del que no se salía fácilmente con vida. «Leales catalanes, continuad, sin recelo del porvenir, a gozar de la preciosa tranquilidad que el Rey en persona os restituyó», proclamó el Conde de España. Múltiples anécdotas se cuentan de él. Que cerró los cafés para respetar la Navidad, devotamente y en silencio. Que rezaba con los brazos en cruz. Que impuso a todos los habitantes el uso del rosario, bajo amenaza de cárcel. Que coaccionó con un regimiento a un soltero empedernido para que se casase. Que cortó por la mitad la tela de un cuadro porque aparecía la silueta de una señora  «indecente». Que derribó un barrio en una jornada para construir una de las principales vías de la ciudad, con deshaucios forzosos, sin previo aviso. Que subía su caballo a los balcones para saludar a la plebe. Que tiró los restos de un destacado oficial enemigo en un estercolero, con sumo desprecio. Que bailaba y cantaba entre los ahorcados, en los que se columpiaba agarrándoles los pies. Que celebraba a cañonazos el cumplimiento de las penas capitales, los “lanzamientos a la eternidad”, las “remesas al cadalso”. Que sacaba a los presos desnudos a una explanada a la intemperie en las noches más gélidas o en los mediodías más tórridos. Que, con la excusa de evitar comunicaciones entre los reclusos, mandó tapiar todas las ventanas y todas las rendijas de los calabozos, donde muchos perecieron asfixiados en la fetidez, zambullidos en heces y orines. Algunos, desesperados, acababan suicidándose, si podían: uno se agujereó la cabeza con un clavo que sobresalía en la pared, otro se degolló con un hueso de gallina, otro con un pequeño vidrio. Aquello era inhabitable, irrespirable, opresivo, vil y ruin, pero Carlos de España estaba empeñado en completar su delirio limpiador a sangre y fuego, con extrema vesania, con un muy peculiar humor negro, tenebroso, macabro, sádico y harto siniestro.

Cuando Pablo Soler -director entonces del Diario de Barcelona- le enseñó un inocente y anodino poema sin mayor trascendencia para el control de censura previa que ejercía, el Conde de España escribió en el margen la siguiente anotación: “Prohibo la impresión de esta Oda, alusiva a no sé qué, ni para qué, y, en su lugar, insértese algún artículo de agricultura, algún remedio para curar almorranas, dolor de muelas, callos y otras enfermedades que afligen a la humanidad, y no cosas inútiles. Firmado y rubricado: Dr. Carolus, praesides ac militum praefectus”. Je, je, je, ¡qué grandes son nuestros querídisimos verdugos!, franceses, catalanes, españoles o romanos con laureles; prefectos, patricios, pretores, cónsules y emperadores desquiciados a lomos de Incitatus.

PD- El Tigre de Cataluña murió asesinado con malas artes, traición y tormento -plato a su gusto-. Le arrojaron al río cerca d’Organyà, donde encontraron las famosas homilías, aquellas primerísimas letras en lengua catalana: el conde había impuesto la introducción del castellano en toda obra de teatro que se representase frente a los catalanes, para mayor comprensión del pueblo que se expresaba en catalán. Su cráneo, desgajado del cuerpo, sirvió para el estudio frenológico de la maldad y tuvo un periplo bastante entretenido por el mundo. Lo explican bien aquí.

Soy un hombre

Echol Cole y Robert Walker murieron el primer día de febrero de 1968, aplastados por los mecanismos hidráulicos de un viejo y obsoleto camión de recogida de residuos. Los dos eran basureros en Memphis (Tenesse, EE.UU). Los dos eran negros, de raza negra.

A los pocos días, el 12 de febrero, la gran mayoría de trabajadores del servicio de limpieza y alcantarillado de la ciudad no se presentó a trabajar: comenzaba una huelga que pasaría a la historia. Casi todos los huelguistas eran afroamericanos, privados de derechos fundamentales y de las más mínimas garantías, sin poder organizarse sindicalmente en defensa de sus intereses colectivos. Durante años, se habían quejado del trato despiadado que recibían, del mal estado de los vehículos, de las paupérrimas condiciones laborales, de las largas jornadas que soportaban, de la desigualdad económica respecto a los empleados y los jefes blancos, que no les consideraban hombres dignos de humanidad. Los negros, independientemente de su edad, siempre eran chicos, mozos, niños, muchachos…bestias, bazofia, basura…nunca hombres.

Los blancos, si llovía y se suspendía el servicio, recibían su correspondiente paga. Los negros, no: eran enviados a su casa sin cobrar. La promoción interna se basaba en cuestiones de raza y, obviamente, los blancos acaparaban los puestos de mando, de responsabilidad y organización, aprovechándose siempre del estigma, del avasallamiento, de la impermeabilidad social y de las necesidades perentorias de los afroamericanos: avales de infalibilidad para una mano de obra barata, abundante, dócil, manipulable y perfectamente silenciada. Los negros ocupaban los peores puestos, los más duros, los más sucios, los peor remunerados. A diferencia de lo que ocurría con los blancos, eran despedidos por motivos triviales y arbitrarios: un simple retraso de minutos podía significar que te dieran la patada para siempre. Recogían los desperdicios sin bolsas, sin recipientes, sin cubos, sin contenedores, sin herramientas para el vertido, sin guantes, sin uniformes, sin equipos de protección. No se les pagaba por el tiempo que realmente invertían en el trabajo, que solía prolongarse hasta las 14 horas diarias, con apenas 15 minutos de descanso. No podían pararse a descansar en los barrios blancos porque «olían mal» y «perturbaban» a los vecinos. No disponían de ningún lugar para orinar o para ducharse y cambiarse antes de volver a su hogar. No eran más que mercancía, mulas de carga, negros, negritos para el abuso, que tenían que estar agradecidos y agachar la cabeza ante el magnánimo jefe blanco que les permitía sobrevivir a través de un salario apocado y casi ausente. Con esas premisas, en el servicio de recogida de basuras de Memphis, los negros, claro está, eran muchos y con muchos motivos para la protesta. La muerte de Cole y Walker fue la gota que colmó el vaso.

La huelga en Memphis se inició en el mes de febrero de 1968. Pronto las movilizaciones y manifestaciones se hicieron visibles en la ciudad, abarrotada de desechos. Se elaboró un documento con las principales demandas a la municipalidad. Los negros llevaban pancartas en las que se podía leer un lema incomprensible pero harto preocupante: “Yo soy un hombre”. El recién estrenado alcalde, elegido en enero, Henry Loeb, racista hasta el tuétano y tocado con acierto idiota por la arrogancia, no era precisamente un tipo que cediera fácilmente a las pretensiones abolicionistas e igualitarias de aquellos negracos de mierda, carne de plantación y de merecido Ku Klux Klan. Se hostigó a los activistas y a sus familias, se detuvo a los líderes por “cruzar con imprudencia la calle”, más de cien personas fueron arrestadas por estar simplemente concentradas frente al ayuntamiento. La huelga se convirtió en un símbolo de la lucha por la igualdad y por las libertades, atrayendo la atención nacional y espoleando distintas solidaridades y el apoyo de la comunidad negra. La receta aplicada por las autoridades locales fue de lo más comedida: fuerzas del orden, palizas, gases lacrimógenos, chorros a presión, órdenes judiciales que prohibían la huelga, toques de queda, amenazas económicas, graves acusaciones, multas, redadas, esquiroles, desgaste… Los gerifaltes locales, presionados por la amplia población blanca netamente conservadora, no estaban dispuestos a negociar nada y hacían caso omiso de las ofertas de mediación de las -más prudentes- instancias superiores de Estados Unidos. Los diarios locales también se posicionaron de forma clara a favor de los huelguistas: los afroamericanos eran unos cabrones, unos malnacidos y unos violentos de los cristales rotos. Así las cosas, en una de las protestas, hubo decenas de heridos, detenidos a cientos y, también, como broche de oro, un joven muerto por disparos policiales, Larry Payne, de 16 años, evidentemente negro. Los trabajadores del servicio de limpieza organizaron entonces una marcha silenciosa y en fila hasta el ayuntamiento, que fue escoltada, con extrema sensibilidad política, por tanques con ametralladoras apuntando a los asistentes, otros vehículos militares, policías a cascoporro y guardias con bayoneta calada durante todo el recorrido. Sin válvulas de escape, la cosa no parecía tener una solución sensata a la vista.

Martin Luther King, el pastor baptista, el líder de los derechos civiles de los afroamericanos, de la desobediencia pacífica en las calles, el Premio Nobel, se había desplazado a Memphis para apoyar a los huelguistas negros del saneamiento urbano, reclamando la igualdad económica y la justicia social para ellos, inmerso como estaba en su llamada Campaña de los pobres. Allí, en el Mason Temple, el 3 de abril de 1968, hizo su último discurso en público, conocido sobre todo por sus referencias montañeras. Entre otras palabras de mayor fama y brillo, dijo: “Muy pocas veces la prensa ha mencionado el hecho de que 1300 trabajadores del saneamiento están en huelga y que Memphis no está siendo justo con ellos…y que el alcalde Loeb necesita acuciantemente un médico”. El 4 de abril, sin tiempo apenas para bajarle de la cima de la montaña, los médicos no lograron salvar la vida de Martin Luther King, que fue asesinado de un balazo en la garganta cuando, a media tarde, salió al balcón del motel en el que se hospedaba en la ciudad. Tenía previsto ponerse al frente de una manifestación pacífica por el reconocimiento de los derechos de los basureros.

Dos semanas después del asesinato del líder afroamericano, cuyo impacto fue mundial, provocó disturbios en numerosas ciudades y obligó al gobierno federal estadounidense a implicarse plenamente en el asunto; los empleados del servicio de limpieza de Memphis pusieron fin a la huelga que llevaba dos meses en marcha, tras conseguir el compromiso escrito de las autoridades locales (por doce votos a uno) para aumentar los salarios, cobrar por tiempo de trabajo, renovar vehículos y equipos, mejorar las condiciones laborales, permitir la organización sindical, reconocer el derecho a la negociación colectiva, acabar con la discriminación por motivos raciales y, en suma, considerar que los negros, al igual que los blancos, pertenecían también al género humano.

La gran riada

Carles Duran. Riuades Vallès. 1962

Tal día como hoy, en la más absoluta oscuridad del oscuro franquismo, en Terrassa y en otros lugares cercanos, la fuerza del agua desbocada se llevó por delante todo lo que encontró a su paso: puentes, coches, rocas, muebles, viviendas, animales, árboles, vidas humanas…La noche del 25 de septiembre de 1962, la intensa lluvia caída en la zona desbordó torrentes, ríos y rieras, como la de Les Arenes o la del Palau, cuyos márgenes se anegaron. Pronto, las comunicaciones telefónicas y telegráficas quedaron interrumpidas, así como el suministro eléctrico y el tráfico por carretera. Las precarias construcciones de los barrios periféricos y suburbiales en los que malvivían los trabajadores inmigrantes de las industrias textiles, la falta de planificación, la especulación del suelo, la ausencia de infraestructuras y servicios básicos, la insuficiente canalización y un urbanismo a salto de mata que permitía construir en el mismo cauce de las corrientes hicieron el resto. Terrassa y Rubí fueron las poblaciones más afectadas. Las cifras de muertos, heridos y desaparecidos bailan en la imprecisión, pero se calcula que en el Vallès Occidental perecieron alrededor de mil personas, más de trescientas en la ciudad egarense, que quedó convertida en un inmenso lodazal con cuerpos desnudos deambulando, llena de despojos, escombros, basura y chatarra, devastada como en un bombardeo, en un escenario de terror, caos, gritos, destrucción y múltiples socavones.

También hubo milagros: un tren que cruzó un tramo de vías que se desplomó a los pocos minutos y cuyos operarios, sin visibilidad, entre relámpagos, decidieron parar sobre una pequeña cota próxima a Terrassa, justo antes de otro enorme hundimiento de tierras, reteniendo a los pasajeros en su interior con las puertas cerradas durante dos inacabables horas, hasta que pasó el peligro, mientras la tromba de agua arrastraba todo lo que rodeaba a la máquina, aislada por ambos lados; un niño que se tragó una repentina abertura en el suelo y cayó en un colector que le condujo varios kilómetros sin apenas sufrir rasguños; unas decenas de obreros que escaparon de una muerte segura al derribar en el último suspiro, con el agua al cuello, la pared de una céntrica fábrica con un camión.

Tras la catástrofe, desde los primeros instantes, con más voluntad y solidaridad que organización, los vecinos tomaron las calles para reparar los desperfectos y ayudar a las víctimas, en largas jornadas sin descanso. Achicar embalses y bajos inundados, retirar el cieno con palas, apuntalar edificios…cualquier cosa, con apenas dirección de unas autoridades locales totalmente desnortadas. La llamada “Brigada de la Muerte” estaba formada por unas veinte personas en Terrassa y otras quince en Rubí. Su misión: recoger y lavar a los cadáveres, quitarles todo el barro, adecentarlos, rociarlos con formol, fotografiarlos y meterlos en grandes bolsas de plástico transparentes para que alguien, si había suerte, los reconociera antes de darles sepultura. Cuando recibían la autorización judicial, identificados o no, los enterraban en el cementerio. Los trabajos de desinfección, desescombro y limpieza duraron varios meses – y las riadas de noviembre del mismo año no contribuyeron a mejorar el panorama-. La psicosis colectiva era tal que, entre el miedo y la ignorancia, corrieron después de boca en boca disparatados rumores: una inminente erupción volcánica –en un territorio sin cráteres activos– o grandes crecidas de las aguas subterráneas de la montaña de Sant Llorenç del Munt, a punto de resquebrajarse por dentro porque sus grietas hacían “extraños ruidos”. El fango, al secarse, además, provocó nocivas nubes de polvo que iban de aquí para allá. Se tomaron medidas antitíficas, se programaron vacunaciones masivas, se incineraron restos orgánicos, se habilitaron bebederos itinerantes, se conminó a los habitantes y a los encargados de establecimientos comerciales e industriales a «dar diariamente unos escobazos bien firmes sobre las aceras y calzadas”, para recobrar «la fisonomia en lo que respecta a limpieza” y evitar «posibles peligros para el estado sanitario de la ciudad”. Las tareas de socorro, rehabilitación y saneamiento fueron fatigosas. Las excavadoras, niveladoras y palas mecánicas sobre tanques oruga no daban a basto.

Joaquín Soler Serrano se desgañitó en Radio Barcelona, en una maratón en las ondas, y consiguió rápidamente unos elementales primeros auxilios: mantas, dinero y víveres, procedentes de la provincia y, después, de toda la península ibérica.  Vinieron civiles para colaborar desinteresadamente…y, más tarde, vino el ejército a militarizar (no sin interés político) las operaciones. Vino el caudillo felón y vinieron sus ministros. Vino Juan Carlos, vino Sofía y vino, también,  el por entonces pretendiente Alfonso de Borbón. Vinieron otros muchos «turistas», en una macabra excursión de sensaciones. Los franceses hicieron una gran recolecta que sirvió para construir un colegio. En plena Guerra Fría, los soviéticos enviaron medicinas, comidas y alimentos. Los estadounidenses, maquinaria pesada y hormigoneras. Se recibió la visita, asimismo, de policías de otros países. Los tripulantes de los buques de la marina británica, atracados en el puerto de Barcelona, disfrazados de piratas, organizaron una fiesta para ciento veinte niños damnificados de Terrassa, a los que pasearon en lanchas salvavidas -¡buf!- y agasajaron con distintos regalos, globos, golosinas y una suculenta merienda, tras una sesión de cine cómico en la sala de proyecciones de un barco.

“Esto no se puede olvidar”, rezaba tiempo después un enorme cartel de varios metros situado en un lugar bien visible de la ciudad, con una polémica imagen de un Franco compungido saludando a huérfanos y viudas de luto riguroso.

 

¿En mi hambre mando yo?

Semana movidita en los pasillos del supermercado, de horror en el ultramarino, en pleno mes de agosto, de este olímpico agosto de 2012 en el que los cascos de botella caen hasta en los carriles centrales del tartán de los mejores velocistas. Mientras en Girona el ayuntamiento pone candados a los contendores situados frente a las grandes superficies, en el sur de la península ibérica, bien caliente, miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores entran en ellas para llenar carros de la compra, sin comprar ni pagar nada. En ambos casos, la adecuada alimentación y la crisis están muy presentes.

En Girona, el alcalde, Carles Puigdemont, de CIU, dijo que en la ciudad “no había motivos para pasar angustia alimentaria” y, por eso, en una prueba piloto con visos de continuidad tras el verano, se han cerrado con llaves los contenedores de materia orgánica próximos a las zonas comerciales, para evitar riesgos sanitarios y la “alarma social” que supuestamente produce ver a gente rebuscando y hurgando entre los desechos y entre género en mal estado, mezclado con contaminantes y en proceso de descomposición. El consistorio ha firmado un acuerdo con las principales cadenas que operan en la localidad por el que éstas se comprometen a donar a un centro de distribución de alimentos centralizado aquellos productos que estén a punto de caducar, que no se puedan ya vender pero que se consideren todavía aptos para el consumo humano. Agentes cívicos patrullarán las baterías de contenedores sellados y procurarán derivar a dicho centro y a los servicios municipales de asistencia social a todos aquellos que intenten rebuscar en la basura, a los que se entregará un vale de comida canjeable por una cesta de urgencia con aceite, legumbres y otras viandas básicas para asegurar “el derecho a la alimentación digna”. Según el concejal de Servicios Sociales, Eduard Berloso, con el cierre de los contenedores con candados, se busca integrar a esos ciudadanos en riesgo de exclusión en el “circuito normalizado” de las instituciones (públicas y privadas) con un programa establecido de reparto, evitando mercadeos, peleas y, sobre todo, peligros sanitarios, garantizando a través de la planificación la dignidad de las personas en sus prácticas de abastecimiento alimenticio. Algunos miembros de la oposición, a la izquierda del gobierno, han criticado la decisión porque entienden que la iniciativa es solo una operación estética, cuyo único objetivo es erradicar la mala imagen que ofrecen las personas que remueven la basura. “Nada más lejos, eso me preocupa bien poco” ha declarado el concejal Berloso.

En Écija (Sevilla) y en Arcos de la Frontera (Cádiz), miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores han cargado de aceite, arroz, azúcar, galletas, leche, legumbres y pasta decenas de carros de la compra, en dos supermercados distintos situados en ambas poblaciones, para realizar una “expropiación alimentaria”, marcharse sin pagar y, después, entregar gratuitamente lo requisado a colectivos sin recursos. La noticia ha sido ampliamente comentada en los medios. Los autores e impulsores de la acción están siendo ya perseguidos por la justicia y censurados desde distintos ámbitos por las posibles implicaciones penales de la misma, tachada de demagógica y oportunista. Según Manuel Sánchez Gordillo, diputado en el parlamento andaluz por IU –contrario al actual pacto de gobierno de su coalición con los socialistas andaluces- y alcalde de Marinaleda desde hace más de treinta años, los supermercados tiran a la basura, proprocionalmente, cinco veces más de comida que la que cogieron los sindicalistas y eso se puede evitar fácilmente: con un decreto que diga que todos los alimentos retirados de los puntos de venta y a punto de caducar sean distribuidos entre familias desocupadas y sin subsidio de desempleo, o a través de una renta básica para aquellos hogares con todos sus miembros en paro, “porque la crisis está llegando a la gente que se ha quedado sin nada”. El político no cree haber cometido ningún delito y considera el hecho una protesta simbólica y de insignificante repercusión económica, enmarcada en la no violencia activa que propugna, para llamar la atención y señalar un grave problema, el de la más apremiante penuria. Para Sánchez Gordillo, la propiedad tiene que tener una función social y los más débiles no deben pagar siempre los platos rotos, con recortes, con deshaucios, con despidos masivos, mientras quedan impunes los grandes estafadores, los corruptos, los emisarios de la indigencia, los auténticos expropiadores, los usureros de la banca y los ladrones millonarios de guante blanco, en sus abundantes paraísos, incluso fiscales.

Este agosto, por tanto, los dilemas entre beneficiencia y derechos, entre legalidad y legitimidad, entre apetito y desinterés político, se llevan la palma y las medallas del podio, en un clima tórrido  y competitivo en los borborigmos del estómago. Los irredentos señores de la tijera, también ellos sin conciencia de culpa, enfrascados en el científico quehacer de los religiosos mercados, sin prestar atención a los seres que respiran, desvían la mirada, no participan del debate u optan por la represión sin paliativos. Las empresas comerciales que controlan la distribución de alimentos en el estado español, muy poquitas, fijan precios, determinan la producción y el consumo, aplican economías de escala y siguen aumentando el margen de beneficios, con suministradores frágiles y mano de obra cada vez más precaria. Los supermercados excretan sus desechos y comida aprovechable, en grandes cantidades, sin que nadie se rasgue las vestiduras por ese absurdo despilfarro, síntoma del trastorno. Los candados sirven para asegurar lo propio frente a terceros indeseables. La basura y la hipocresía envilecen las almas sin nutrientes. El instinto de supervivencia no siempre casa bien con el sanemiento urbano, con la salubridad, con el benigno discurso de la virtud ni con los recipientes más apropiados y más limpios de la cubertería. Las cornadas del hambre son mortales de necesidad.

PD- En català, el documental sencer, El gust pel rebuig (Taste the Waste, 2010):  aquí (I), aquí (II), aquí (III) i aquí (IV)

 

Eu sou catador

“La basura se está volviendo cada día en un problema más serio”, decía el conocido músico y escritor Chico Buarque en la campaña Limpa Brasil que se realizó durante el pasado verano de 2011 con la intención de retirar desechos de las ciudades a través del voluntariado, centrándose en una jornada de trabajo colectivo, y de concienciar a la población en relación a los residuos que genera, procurando la mejora de hábitos. Los catadores, en Brasil, son aquellas personas que rebuscan en la basura, en calles o vertederos, a la caza de objetos y materiales que se puedan reaprovechar, rescatar, reciclar, reutilizar, recuperar, reintegrar, reparar, valorar, vender, volver a poner en circulación…Los catadores (recolectores) viven de remover los desperdicios de otros. Películas como Estamira (2004) o Waste Land (2010), grabadas en uno de los mayores basurales del mundo, el Jardim Gramacho –recientemente clausurado-, en Río de Janeiro, dan buena cuenta del tipo de existencia que llevan esas gentes, en el lado menos amable y más marginal del gran monstruo capitalista, y de su lucha cotidiana, su importancia y su valor medioambiental en una sociedad no acostumbrada a pensar en las consecuencias futuras de un atracón tóxico, dañino, destructivamente feliz e irreflexivamente repugnante. Porque pensar en ello cuesta cuando no se recoge papel moneda a corto plazo. Porque pensar en ello cuesta cuando el estómago no permite moratorias y las montañas de inmundicia esconden cualquier horizonte.“Eu sou catador” fue el lema de la campaña en la que participaron activamente compositores como Milton Nascimiento o Chico Buarque, dos tipos armoniosos y pulcros de largo recorrido, comprometidos musicalmente desde los tiempos de una dictadura que ordenaba callar y contaminaba las tierras del Cono Sur, ya suficientemente contaminadas por entonces. Un Chico Buarque que, junto al tropicalista Gilberto Gil, nos mostró una especial – pero no del todo afortunada- interpretación de las manos de limpieza necesarias. Un Chico Buarque cuyas palabras casi siempre suenan bien, íntimas, genuinas y sin grandes estridencias, hasta bañadas en almíbar y escupidas como golosina popular: no en vano compartió escenarios con el mismísimo Vinicius de Moraes. Un hombre de ojos claros y sonrisa sin demasiadas manchas, un recolector de versos e historias, un elegante reciclador de basura delicada y exquisita, entre ratas poéticas y trágicas construcciones de cimientos traslaticios. Un louco varrido que gusta a toda hija de vecino, catador, catártico y cantarín.

Limpieza olímpica

El griego Heracles (Hércules en la mitología romana) era un semidiós lleno de virtudes: mató a su maestro de música, a sus hijos y a algunos de sus sobrinos, entre otras hazañas de sangre. Fuerte, atlético, musculado y vigoroso, realizó unos difíciles trabajillos para expiar sus ataques de locura transitoria: robó manzanas (pero no malacatones), robó cinturones de mujeres fatales – las chicas son guerreras- y se cargó, por la vía del combate directo, a gigantes, cabezudos, monstruos, hidras y otros enormes animales de peculiar taxonomía: contribuyó a la extinción de especies mágicas y divertidas. Como todo ser sobrenatural que se precie, más allá del gusto, del clasicismo y de las ostras y los caracoles de Espartaco, tenía una potencia sexual digna de encomio, con buena semilla y buen aguante: dejó preñadas a las cincuenta hijas del rey Tespio, en un abrir y cerrar de piernas. Por lo que parece, si se emberrenchinaba, si se le inflaban las venas de la frente, era capaz de romper cualquier corona de plomo que llevase puesta en la cabeza: más valía no granjearse su enemistad porque te jugabas el físico. A su lado, el increíble Hulk dopado hasta el entrecejo y ahíto de viagras, el mejor Iñaki Perurena o el más despechugado Victor Mature perdían pistón e interés sociológico. Heracles era un deportista de élite, noble, muy competitivo, el héroe total, en el Olimpo de la testosterona.

Según cuenta la leyenda, Heracles tuvo que limpiar los inmensos establos del hijo de Helios y Naupidame, Augías, un señor algo guarrindongo, un tipo rico con extensos dominios y prodigiosos rebaños bovinos bien cebados, fecundos y con una salud de hierro, divina, pero con la mierda hasta los cuernos. Las cuadras estaban llenas de estiércol y no se habían limpiado nunca. En los campos circundantes, no se podía pastar ni cultivar una triste planta de cebada porque una espesa capa de excrementos y mugre cubría la superficie. El hedor se extendía por todo el Peloponeso. Así las cosas, Heracles pactó con Augías que si lograba, en menos de una jornada, eliminar toda la porquería del valle – lo que se antojaba una misión imposible-, se quedaría – como contrapartida- con una décima parte de sus posesiones. Y se puso manos a la obra, a tenor de lo dispuesto en el artículo 1.1 del Estatuto de los Trabajadores, bajo las notas de laboralidad establecidas: compromiso personal, voluntariedad, retribución, ajenidad y subordinación o dependencia, siempre desde un punto de vista mitológico. Heracles, que meaba colonia, un titán estajanovista fuera de lo común y, por tanto, reacio al uso de escobas, rastrillos y capazos, un formidable obrero que no se amilanaba ante las ímprobas exigencias de productividad, rompió las paredes de los establos a puñetazos, desvió en un periquete el curso de dos ríos cercanos, el Alfeo y el Peneo, y el agua entró en tromba para dejar el suelo resplandeciente y salutífero, en perfecto estado, arrastrando toda la suciedad de la comarca a su paso. Cuando llegó la hora de cobrar, Augías, con lógica empresarial vampirizante – los clásicos nunca mueren-, se negó a pagar lo estipulado. Heracles mostró su disconformidad e inició una guerra de justa reivindicación salarial: la movilización de protesta todavía se tenía por eficaz. Tras diversas escaramuzas y defunciones, Heracles derrotó a Augías, saqueando su reino y consiguiendo un estupendo botín. Para conmemorar su victoria y su dominio sobre aquellas tierras, cuenta Píndaro, construyó en el Altis un templo en honor a Zeus, su rijoso padre, y fundó los juegos olímpicos (los primeros de la antigüedad), con sus reglas, sus torneos, sus celebraciones y su periodicidad cuatrianual. Moiras y Cronos asistieron al evento, sin miembros del COI y sin barón de Coubertin. Heracles plantó allí un olivo hiperbóreo – ¡qué fantástica palabra!- cuyas ramas servirían únicamente para coronar a los vencedores de las distintas pruebas. Y colorín colorado, en Olimpia, los limpios habían triunfado.