Soy un hombre

Echol Cole y Robert Walker murieron el primer día de febrero de 1968, aplastados por los mecanismos hidráulicos de un viejo y obsoleto camión de recogida de residuos. Los dos eran basureros en Memphis (Tenesse, EE.UU). Los dos eran negros, de raza negra.

Al día siguiente, la gran mayoría de trabajadores del servicio de limpieza y alcantarillado de la ciudad no se presentó a trabajar: comenzaba una huelga que pasaría a la historia. Casi todos los huelguistas eran afroamericanos, privados de derechos fundamentales y de las más mínimas garantías, sin poder organizarse sindicalmente en defensa de sus intereses colectivos. Durante años, se habían quejado del trato despiadado que recibían, del mal estado de los vehículos, de las paupérrimas condiciones laborales, de las largas jornadas que soportaban, de la desigualdad económica respecto a los empleados y los jefes blancos, que no les consideraban hombres dignos de humanidad. Los negros, independientemente de su edad, siempre eran chicos, mozos, niños, muchachos…bestias, bazofia, basura…nunca hombres.

Los blancos, si llovía y se suspendía el servicio, recibían su correspondiente paga. Los negros, no: eran enviados a su casa sin cobrar. La promoción interna se basaba en cuestiones de raza y, obviamente, los blancos acaparaban los puestos de mando, de responsabilidad y organización, aprovechándose siempre del estigma, del avasallamiento, de la impermeabilidad social y de las necesidades perentorias de los afroamericanos: avales de infalibilidad para una mano de obra barata, abundante, dócil, manipulable y perfectamente silenciada. Los negros ocupaban los peores puestos, los más duros, los más sucios, los peor remunerados. A diferencia de lo que ocurría con los blancos, eran despedidos por motivos triviales y arbitrarios: un simple retraso de minutos podía significar que te dieran la patada para siempre. Recogían los desperdicios sin bolsas, sin recipientes, sin cubos, sin contenedores, sin herramientas para el vertido, sin guantes, sin uniformes, sin equipos de protección. No se les pagaba por el tiempo que realmente invertían en el trabajo, que solía prolongarse hasta las 14 horas diarias, con apenas 15 minutos de descanso. No podían pararse a descansar en los barrios blancos porque “olían mal” y “perturbaban” a los vecinos. No disponían de ningún lugar para orinar o para ducharse y cambiarse antes de volver a su hogar. No eran más que mercancía, mulas de carga, negros, negritos para el abuso, que tenían que estar agradecidos y agachar la cabeza ante el magnánimo jefe blanco que les permitía sobrevivir a través de un salario apocado y casi ausente. Con esas premisas, en el servicio de recogida de basuras de Memphis, los negros, claro está, eran muchos y con muchos motivos para la protesta. La muerte de Cole y Walker fue la gota que colmó el vaso.

La huelga en Memphis se inició en el mes de febrero de 1968. Pronto las movilizaciones y manifestaciones se hicieron visibles en la ciudad, abarrotada de desechos. Se elaboró un documento con las principales demandas a la municipalidad. Los negros llevaban pancartas en las que se podía leer un lema incomprensible pero harto preocupante: “Yo soy un hombre”. El recién estrenado alcalde, elegido en enero, Henry Loeb, racista hasta el tuétano y tocado con acierto idiota por la arrogancia, no era precisamente un tipo que cediera fácilmente a las pretensiones abolicionistas e igualitarias de aquellos negracos de mierda, carne de plantación y de merecido Ku Klux Klan. Se hostigó a los activistas y a sus familias, se detuvo a los líderes por “cruzar con imprudencia la calle”, más de cien personas fueron arrestadas por estar simplemente concentradas frente al ayuntamiento. La huelga se convirtió en un símbolo de la lucha por la igualdad y por las libertades, atrayendo la atención nacional y espoleando distintas solidaridades y el apoyo de la comunidad negra. La receta aplicada por las autoridades locales fue de lo más comedida: fuerzas del orden, palizas, gases lacrimógenos, chorros a presión, órdenes judiciales que prohibían la huelga, toques de queda, amenazas económicas, graves acusaciones, multas, redadas, esquiroles, desgaste… Los gerifaltes locales, presionados por la amplia población blanca netamente conservadora, no estaban dispuestos a negociar nada y hacían caso omiso de las ofertas de mediación de las -más prudentes- instancias superiores de Estados Unidos. Los diarios locales también se posicionaron de forma clara a favor de los huelguistas: los afroamericanos eran unos cabrones, unos malnacidos y unos violentos de los cristales rotos. Así las cosas, en una de las protestas, hubo decenas de heridos, detenidos a cientos y, también, como broche de oro, un joven muerto por disparos policiales, Larry Payne, de 16 años, evidentemente negro. Los trabajadores del servicio de limpieza organizaron entonces una marcha silenciosa y en fila hasta el ayuntamiento, que fue escoltada, con extrema sensibilidad política, por tanques con ametralladoras apuntando a los asistentes, otros vehículos militares, policías a cascoporro y guardias con bayoneta calada durante todo el recorrido. Sin válvulas de escape, la cosa no parecía tener una solución sensata a la vista.

Martin Luther King, el pastor baptista, el líder de los derechos civiles de los afroamericanos, de la desobediencia pacífica en las calles, el Premio Nobel, se había desplazado a Memphis para apoyar a los huelguistas negros del saneamiento urbano, reclamando la igualdad económica y la justicia social para ellos, inmerso como estaba en su llamada Campaña de los pobres. Allí, en el Mason Temple, el 3 de abril de 1968, hizo su último discurso en público, conocido sobre todo por sus referencias montañeras. Entre otras palabras de mayor fama y brillo, dijo: “Muy pocas veces la prensa ha mencionado el hecho de que 1300 trabajadores del saneamiento están en huelga y que Memphis no está siendo justo con ellos…y que el alcalde Loeb necesita acuciantemente un médico”. El 4 de abril, sin tiempo apenas para bajarle de la cima de la montaña, los médicos no lograron salvar la vida de Martin Luther King, que fue asesinado de un balazo en la garganta cuando, a media tarde, salió al balcón del motel en el que se hospedaba en la ciudad. Tenía previsto ponerse al frente de una manifestación pacífica por el reconocimiento de los derechos de los basureros.

Dos semanas después del asesinato del líder afroamericano, cuyo impacto fue mundial, provocó disturbios en numerosas ciudades y obligó al gobierno federal estadounidense a implicarse plenamente en el asunto; los empleados del servicio de limpieza de Memphis pusieron fin a la huelga que llevaba dos meses en marcha, tras conseguir el compromiso escrito de las autoridades locales (por doce votos a uno) para aumentar los salarios, cobrar por tiempo de trabajo, renovar vehículos y equipos, mejorar las condiciones laborales, permitir la organización sindical, reconocer el derecho a la negociación colectiva, acabar con la discriminación por motivos raciales y, en suma, considerar que los negros, al igual que los blancos, pertenecían también al género humano.