Dr. Carolus, el conde ominoso

“Entre tú y mi Gracia, fregaremos a esos barretinas”, parece ser que dijo Fernando VII, el rey Felón -¡vivan las caenas!-, a su estimado Charles, en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Y Charles, obseso de la limpieza absolutista, que ya había demostrado sus inquietudes higiénicas con los hábitos liberales, los derechos y desechos humanos, las sendas traicioneras de la restauración y sus putrefactos despojos, llegó a Barcelona con plenos poderes para pasar el cepillo deseado de la deseada realeza borbónica, como Capitán General de Cataluña (con ñ de ponzoña y leña), tal que un emperador romano de las mejores épocas de circo. Rápidamente, obligó a barrer a toda hija de vecino -que no a todo hijo- las entradas y portales de sus casas, de buena mañana, cada día, so pena de multa y castigo mayor. Hizo más por el trabajo comunitario en aras de la salubridad y el saneamiento urbano: mientras él vigilaba en su montura con su imponente uniforme, algunos de los presos que él mismo había ordenado encerrar se afanaban en dejar las calles como los chorros del oro…o en perseguir a garrotazos a los perros que vagaban sin dueño para propagar, sin duda, epidemias, enfermedades y roña por doquier…o en arrancar las telarañas de los rincones, emulando al Duende Verde y a otros supervillanos de Spiderman….muy motivados los interfectos convictos ante las posibles sanciones por bajo rendimiento. El aseado ímpetu de Charles llegaba hasta el cuidado personal y los espacios privados, propios y ajenos, sin que los distinguiera por clase. Si encontraba a un hombre con bigotes, con greñas o con gorros típicos de la zona –que prohibió por el bien de la imagen pública-, les afeaba la conducta perroflauta-decimonónica: el espanto podía ser de muerte, literalmente. No obstante, como buen caballero fascinado por la feminidad primorosa, si topaba con una mujer mal peinada o con la melena suelta, con sucios adornos, excesivamente provocativa –enseñando los tobillos, por ejemplo- o que no mantenía el orden doméstico tras los muros de la vivienda, solía ser implacable y perdía los estribos de estilista reputado, siempre buscando un aspecto óptimo, la más calida armonía y el misterio suave del decoro. En su profesión, militar de alto rango, no bajaba la guardia: le encantaba pasar revista a las tropas y no toleraba el más mínimo desaliño, inflexible ante la dejadez o el abandono. En la intimidad familiar, llevaba su mensaje de limpieza hasta las últimas consecuencias, de forma magistral y aleccionadora: en numerosas ocasiones, durante horas, su propia hija tenía que montar guardia en el balcón con una escoba al hombro, por prescripción paterna, para que aprendiese a lucir como modelo en las tareas del hogar. La esposa del Capitán General, su media naranja, tampoco se libró de tan exquisito catecismo y de los necesarios ejercicios espirituales: fue arrestada por los soldados -bajo órdenes del marido- cada vez que se retrasaba en servir la comida o se dejaba una mota de polvo en la mesa. Charles, Mr. Caín, Mr. Espagne, El Tigre, Trencacaps, era un monstruo y un déspota, un genocida, un demente sin escrúpulos, uno de los peores criminales de la historia, al servicio de la causa monárquica.

Charles d’Espagnac (1775-1839), que Fernando VII españolizó – ese verbo tan en boga en el siglo XXI- como Carlos de España, Conde de España y, más tarde, Grande de España; nació en el Rosellón -antaño catalán y después de dominio francés-, de donde huyó empujado por el terror jacobino y por la indiscutible mecánica newtoniana de la cuchilla de la guillotina en el tocado de los nobles: asimiló con facilidad los principales razonamientos de la represalia y la canallada leonina. Al sur de los Pirineos, y durante casi toda su existencia, sembró la semilla de diablo aventajado dondequiera que instalase el campamento. Antojadizo, colérico, arbitrario, lunático, expeditivo, fanfarrón de ocurrencias garbanceras; pérfido, cruel, sanguinario, dictatorial, misógino, intrigante, vengativo, meapilas, dipsómano, azote de franceses napoleónicos, afrancesados, conspiradores -como él- reales o imaginarios y, sobre todo, de liberales, negros y simpatizantes del viraje aperturista; el Conde de España cometió las más horripilantes barbaries, entre carcajadas salidas del abismo, jactándose de su ferocidad, tanto en su etapa fernandina como en su etapa carlista –que de todo hubo-, ayudado por miserables de la peor calaña. Miles de muertes se cuentan en su haber. Fusiló a amigos cercanos, cortó cabezas de soldados que se negaron a comer el rancho, obligó a cavar a los condenados sus propias fosas, incendió y devastó poblaciones enteras, envió a cientos de personas a los territorios de ultramar, ordenó ejecuciones en masa, fomentó la rapiña, detuvo a cualquiera por capricho, por meras sospechas, por falsas acusaciones, por delaciones sin fundamento, sin pruebas, sin formalidades, sin garantías procesales, por delitos tan flagrantes como el de parentesco. Asesinó, robó, torturó, descuartizó miembros y los expuso en público, vampirizando la sociedad e implantando el canguelo como fórmula de sometimiento. En los cuatro años que ostentó el cargo de Capitán General en el Principat, con carta blanca del maldito Felón, convirtió Barcelona en una enorme penitenciería y en un patíbulo que no descansaba, con la Ciutadella como base de operaciones, lugar del que no se salía fácilmente con vida. “Leales catalanes, continuad, sin recelo del porvenir, a gozar de la preciosa tranquilidad que el Rey en persona os restituyó”, proclamó el Conde de España. Múltiples anécdotas se cuentan de él. Que cerró los cafés para respetar la Navidad, devotamente y en silencio. Que rezaba con los brazos en cruz. Que impuso a todos los habitantes el uso del rosario, bajo amenaza de cárcel. Que coaccionó con un regimiento a un soltero empedernido para que se casase. Que cortó por la mitad la tela de un cuadro porque aparecía la silueta de una señora  “indecente”. Que derribó un barrio en una jornada para construir una de las principales vías de la ciudad, con deshaucios forzosos, sin previo aviso. Que subía su caballo a los balcones para saludar a la plebe. Que tiró los restos de un destacado oficial enemigo en un estercolero, con sumo desprecio. Que bailaba y cantaba entre los ahorcados, en los que se columpiaba agarrándoles los pies. Que celebraba a cañonazos el cumplimiento de las penas capitales, los “lanzamientos a la eternidad”, las “remesas al cadalso”. Que sacaba a los presos desnudos a una explanada a la intemperie en las noches más gélidas o en los mediodías más tórridos. Que, con la excusa de evitar comunicaciones entre los reclusos, mandó tapiar todas las ventanas y todas las rendijas de los calabozos, donde muchos perecieron asfixiados en la fetidez, zambullidos en heces y orines. Algunos, desesperados, acababan suicidándose, si podían: uno se agujereó la cabeza con un clavo que sobresalía en la pared, otro se degolló con un hueso de gallina, otro con un pequeño vidrio. Aquello era inhabitable, irrespirable, opresivo, vil y ruin, pero Carlos de España estaba empeñado en completar su delirio limpiador a sangre y fuego, con extrema vesania, con un muy peculiar humor negro, tenebroso, macabro, sádico y harto siniestro.

Cuando Pablo Soler -director entonces del Diario de Barcelona- le enseñó un inocente y anodino poema sin mayor trascendencia para el control de censura previa que ejercía, el Conde de España escribió en el margen la siguiente anotación: “Prohibo la impresión de esta Oda, alusiva a no sé qué, ni para qué, y, en su lugar, insértese algún artículo de agricultura, algún remedio para curar almorranas, dolor de muelas, callos y otras enfermedades que afligen a la humanidad, y no cosas inútiles. Firmado y rubricado: Dr. Carolus, praesides ac militum praefectus”. Je, je, je, ¡qué grandes son nuestros querídisimos verdugos!, franceses, catalanes, españoles o romanos con laureles; prefectos, patricios, pretores, cónsules y emperadores desquiciados a lomos de Incitatus.

PD- El Tigre de Cataluña murió asesinado con malas artes, traición y tormento -plato a su gusto-. Le arrojaron al río cerca d’Organyà, donde encontraron las famosas homilías, aquellas primerísimas letras en lengua catalana: el conde había impuesto la introducción del castellano en toda obra de teatro que se representase frente a los catalanes, para mayor comprensión del pueblo que se expresaba en catalán. Su cráneo, desgajado del cuerpo, sirvió para el estudio frenológico de la maldad y tuvo un periplo bastante entretenido por el mundo. Lo explican bien aquí.