Sevilla tiene un color especial

Sevilla, tan sonriente, tan colorida. La ordenanza de limpieza municipal de la ciudad de Sevilla establece un código de colores perfectamente identificable para la correcta utilización de los contenedores y los diferentes residuos: gris para la fracción orgánica, amarillo para los envases, verde para el vidrio, azul para el papel y el cartón. La ordenanza actual (artículo 59) indica que “la recogida neumática fija en la vía pública tendrá carácter de selectiva, implantándose al menos los buzones de color gris (orgánicos y resto de residuos domiciliarios) y amarillo (envases ligeros de carácter doméstico). También podrán instalarse buzones de color azul para el depósito de papeles y cartón”. El cromatismo está claro, y no se refuta el noble discurso de la selección en origen.

La semana pasada, primer fin de semana del febrerillo loco de 2012, en la zona de la Alameda de Hércules, en el centro de la ciudad sevillana, los operarios de la empresa pública municipal de limpieza, Lipasam, descargaban los residuos de una batería de contenedores subterránea. Un ciudadano anónimo, cansado de sus sucias maniobras, grabó el trabajo de vertido con una cámara y colgó el vídeo en internet. En las imágenes, se ve cómo los basureros mezclan la basura de los distintos contenedores de la batería y la depositan en un mismo camión. Algunos ciudadanos se indignaron muchísimo. El alcalde actual, del PP, Juan Ignacio Zoido, comunicó vía twitter que iba a investigar el asunto. Después, tras consultar con los técnicos -¡vivan los informes no politizados!- defendió de forma estrambótica el proceder de los muchachos de Lipasam. Se ofreció una versión oficial: la empresa cumple con sus obligaciones, la operación no estaba sistematizada ni era común en otros emplazamientos pero, aun así, era excusable ante la opinión pública y, más importante, adecuada para la apacible salida por la espita técnica: esas cosas del buen gobierno que hacen dudar al más incauto. Porque según el alcalde, para que la recogida selectiva sea eficaz, se tiene que verificar el estado de los contenedores porque “si hay un 20% de materias que no son las que corresponden, lo único que hacemos es contaminar todos los residuos que no se han mezclado y hay que proceder a esa comprobación”. Con ello, se justificaba que se mezclasen distintos residuos en un mismo camión, por relaciones porcentuales, para no contaminar más en otros puntos de recogida lo que no está contaminado por los usuarios que sí reciclan. El alcalde añadió que “ya que estamos colocando contenedores selectivos, hagamos un buen uso de ellos” porque los vecinos que actúan de forma incorrecta “producen un perjuicio a la comunidad”. Las culpas, de ese modo, quedaron ubicadas en el terreno etéreo de los siempre minoritarios incívicos que nos rodean, que nunca representan al grueso de la ejemplar ciudadanía, y que provocan puntualmente estragos en determinados lugares porque lo llevan en la sangre. Por tanto, no había necesidad de describir detalladamente los procesos instaurados en la empresa, ni las medidas correctoras que se aplicarán, ni las pautas o mecanismos de control existentes: balones fuera y la perfección administrativa permanece. Algunos ciudadanos, entonces, se indignaron muchísimo más. La tesis defendida por Zoido, nueva y técnicamente, fue rebatida. Los miembros de la asociación de consumidores Facua, creyendo que la práctica podía ser generalizada, pidieron que se aclarasen los hechos por medio de dos escritos remitidos al alcalde popular y al actual gerente de Lipasam, Francisco José Juan Rodríguez. El portavoz de la asociación se mostró muy molesto con las declaraciones del edil hispalense porque, desde su punto de vista, éste intentaba salirse por peteneras y eludir la responsabilidad del Ayuntamiento “en la recogida selectiva de residuos, al tratar de focalizar la irregularidad en un punto concreto y culpar a los vecinos del mal uso”. Algunos ciudadanos cambiaron otra vez de pigmentación. Total, que el Ayuntamiento fue empujado a actuar servicial y contundentemente en pos del interés general y la ciudad sostenible: se arrancó la pegatina del buzón de vertido del contenedor donde ponía “envases” y se colocó una nueva donde pone “residuos orgánicos y resto”, más honesta pero no por ello menos indecente, como en los otros dos contenedores de la polémica batería…y santas pascuas y adiós al reciclaje y adiós a los artículos de la ordenanza de limpieza. De momento, así se ha zanjado el tema, adaptando el estilo cosmético de los políticos que aparecen en The Wire al gracejo andaluz, pinturero y residual de la intendencia frangollera. Y colorín colorado: Sevilla sigue teniendo su duende y sigue oliendo a azahar: me gusta estar con su gente.