San Martín de Porres, su fiel discípulo y las riadas del 62

Hoy, 3 de noviembre, se celebra San Martín de Porres, patrón universal de la paz, de la justicia social…y también de los barrenderos y basureros.

El peruano Martín de Porres y Velázquez (1579-1639) era, según se cuenta, un tipo muy humilde, muy caritativo, muy bueno y con mucho encaje: ni se inmutaba cuando le llamaban “perro mulato”. De ancestros afroamericanos y españoles, hijo bastardo, aprendiz de boticario, barbero y cirujano-sacamuelas, con múltiples oficios no siempre prestigiados, poseía para los creyentes católicos una extraña mezcla de virtudes: bilocación, levitación, sanación, videncia… No se separaba de su escoba y barría con ella todos los rincones del convento dominico de Lima en el que pasó la mayor parte de su existencia, donde pelaba a los monjes y donde tenía encomendadas las peores tareas de limpieza: claustros, alcobas, pocilgas, letrinas… Se le atribuyen distintos milagros y la insólita capacidad de hacer comer en un mismo plato a perro, ratón y gato, en perfecta camaradería. Fue canonizado por la iglesia católica en 1962, el año del Concilio Ecuménico Vaticano II, el año de las grandes riadas en la provincia de Barcelona y, sobre todo, en el Vallès Occidental: Terrassa y otras poblaciones cercanas quedaron destrozadas, anegadas y vapuleadas por la muerte.

El cubano René Muñoz llegó a España a finales de julio de 1961, con apenas veintidós años, y a las pocas semanas empezó a rodar como actor protagonista la película Fray Escoba, sobre la vida de Martín de Porres, un film de un misticismo lacrimógeno-ideológico a lo Marcelino, pan y vino. Según declaró, René había cruzado el charco para actuar como cantante de cabaret en una sala de fiestas, tras un paso previo por Lima, donde curiosamente se hizo ferviente devoto de Martín y le regalaron una estampita del futuro santo y una pequeña escoba de la suerte. Una noche, ya en Madrid, fue abordado en la calle por un cazatalentos cinematográfico que estaba buscando a un muchacho como él, con sus cualidades y atributos escénicos. Cuando, al día siguiente, en la entrevista de la productora, una vez mostrada su valía, enseñó la estampita, fue fichado de inmediato. Eso contaba René, que además era negro.

Fray Escoba cosechó un enorme éxito de taquilla en los cines del NO-DO franquista. René Muñoz se convirtió en una estrella de bienaventurado relumbrón y ganó premios por sus supuestas dotes interpretativas. De hecho, René, con posterioridad, durante décadas -y a riesgo de encasillarse-, volvió a meterse en el papel del llamado Santo de la Escoba tantas veces como fue posible, por todo el mundo, en distintos países: hizo giras de teatro, exhibiciones, posados, películas, telenovelas, series… En su faceta actoral, a Fray Escoba se pueden añadir títulos tales como Martín de Porres, Vida de San Martín de Porres, Un mulato llamado Martín o El cielo es para todos (un biopic por entregas centrado en las vicisitudes, sacrificios, aventuras y asombrosos hábitos de nuestro místico de la higiene, el fraile Martín de Porres), sin olvidar las inspiradas reminiscencias de obras como Bienvenido, padre Murray –que el critico Vicente Vergara definió como “Fray Escoba en el Oeste”- o la ejemplarizante Cristo Negro, cuya sinopsis no requiere de mayores detalles. Toda una vida, pues, ligada a la taumaturgia barrendera, espiritual y de raza.

En 1962, René Muñoz asistió en el Vaticano a la ceremonia de canonización de San Martín de Porres, acompañando al niño tinerfeño que, recuperado inexplicablemente de una grave gangrena, tras el examen de expertos católicos y doctores en la lectura de evangelios, sirvió para abrir el camino de la santidad oficial al limeño limpiador, al llamado «perro mulato». Fue un año movidito para René: participó, junto a otros artistas, en la caravana “Peregrinos de la Caridad”, recolectando fondos para los más desfavorecidos; se puso a escribir su biografía de veinteañero; sobrevivió sin apenas consecuencias a un aparatoso accidente de coche -Seat 600- en Palma de Mallorca, inició nuevos rodajes religiosos y se enfrascó en una ardua tarea pastoril predicando la solidaridad entre hermanos. En el mes de octubre, se organizó en Madrid una jornada “Pro-Barcelona”, para ayudar a las víctimas de las catastróficas inundaciones y recaudar todo el dinero posible a través de voluntarios. René Muñoz no faltó a la cita: en el barrio de Vallecas, tocó a todas las puertas que encontró, subió a los edificios más altos, cantó su repertorio en los bares e intentó, por cualquier medio a su alcance, que la gente colaborase en la campaña con donativos. Finalmente, en la calle, emulando a su más preciado personaje, cogió una escoba y se dedicó a barrer la calzada, amontonando las monedas que la concurrencia, atónita y entretenida, arrojaba para que las reuniese con las cerdas. Porque incluso a las cerdas, tarde o temprano, les puede llegar su San Martín, aunque sea de Porres, de pega y de archipámpano, aunque sólo sirva ya para lavar la mala conciencia de otros.

Grey Gardens

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Edith no utilizaba nunca reloj y, por consiguiente, no malgastaba demasiado tiempo en la cocina o en las tareas domésticas: vivía en esa especie de libertad que otorgan los universos paralelos, intransferibles y excéntricos. Pasó su infancia rodeada de riqueza: gente in, opulenta y distinguida, de ilustre linaje. Después, Body Beautiful Beale, como la conocían, fue una hermosa adolescente y una joven de méritos casi aristocráticos, una princesita con futuro, con gracia danzarina, liviandad y esplendorosos sueños de candilejas, de matrimonios zodiacales bien establecidos. Pero algo salió mal en el relato y, con los años, cayó en barrena, perdió su fortuna y perdió su pelo…y el juguete se acabó por romper, aunque conservando la fantasía y un intrépido grado de alcurnia sofisticada e ilusoria para el vertedero penitenciario, practicando el funambulismo en la cuerda de las quimeras delirantes, tercas, obsesivas y tiernamente infantiles. Quedó atrapada en una mansión decrépita y decadente, de pasados gloriosos, entre montañas de basura, escombros, excrementos, latas, recortes, cartones y trastos viejos. Aun así, intentó seguir bailando y cantando, enajenada de la realidad, coquetamente grotesca, empobrecida, descuidada, frugal…con un irredento estilo propio: revolucionó el vestir a través del reciclaje de prendas (colchas, toallas, cortinas, trapos, manteles…) y la experimentación con indumentaria raída de pretérito apogeo, con imperdibles y alfileres combinados con suntuosas joyas, uñas brillantes y pintalabios de rojo chillón.

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Edith Bouvier Beale, cariñosamente Little Edie, ya entrada en la treintena, tras un período en búsqueda de hombres descollantes y de descubridores de piedras preciosas para oficios de farándula, regresó en 1952 a su enorme casa natal, Grey Gardens, en una de las zonas residenciales y de veraneo más prestigiosas del planeta, cerca de Nueva York, frente a la playa y el mar infinito. Allí pasó las siguientes décadas. Poco a poco –y por diversas circunstancias- su anterior y lujoso tren de vida fue mermando hasta desaparecer por completo: junto a su madre -otra outsider– atravesó el espejo de las maravillas y ambas, confinadas, arruinadas, en perfecta bohemia pordiosera, se abandonaron a la ensoñación con reminiscencias de paraíso perdido: no se encontró al Gato de Cheshire, aunque gatos y mapaches no faltaron en unos jardines y en unos laberintos hogareños cada vez más tupidos y sucios. Mientras, la mansión, sin mantenimiento, sin personal de servicio y sin suministros, se iba cayendo a trozos y sus 28 habitaciones se llenaban de heterogénea porquería. En 1972, ante el peligro de derrumbe, la situación de insalubridad, el hedor y las quejas constantes de sus acaudalados vecinos, las autoridades sanitarias decidieron desalojar la vivienda. El caso saltó a las primeras páginas de la prensa estadounidense en forma de escándalo por razones consanguíneas: las celebérrimas y prósperas Jackie Kennedy Onassis –ex primera dama, consorte de millonario naviero- y su hermana Lee Radziwill, ambas primas directas de Edith, aportaron entonces -forzadas por la presión pública y para no dañar el aparentemente impecable pedrigí de la familia- unos 32.0000 dólares para limpiar, desparasitar, acondicionar y restaurar Grey Gardens, lugar que habían frecuentado en otras épocas de más lustre, salvando del deshaucio a sus dos parientes (tía y prima) y asignándoles una pequeña paga mensual.

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En 1975, unos cineastas -que trabajaron con repelentes antipulgas en los tobillos- grabaron, in situ, Grey Gardensun conocido y asombroso documental en el que Little Edie y su madre volvían a las andadas, mostrando impúdicamente sus dotes artísticas y decorativas, su sentido del humor, su mugre enfermiza, su gatuna despreocupación, su indómito talento para extraviarse y su particular visión de la vida. Body Beautiful Beale se convirtió en un personaje de culto, en un extraño icono de la pasmosa brujería del desaliño, sin escobas eficaces para el barrido o el vuelo, encajado en un entorno de entelequia, de grises coloridos y floricultores del emancipado declive.

Gracias a la fama conseguida, Edith Bouvier Beale, por fin, se subió a los escenarios y se descalabró poéticamente en el patetismo cabaretero: nunca más se dejó fotografiar, pese a que cierto tipo de público la adoraba. Tal vez porque no creía en el divorcio, nunca se casó. Falleció en 2002, sola y sin maullidos cercanos, en un pequeño apartamento de Florida, aunque encontraron su cuerpo varios días después. Tenía 84 años, pero ella siempre alegó y defendió con empeño «no aparentar más de 60»: antes muerta que sencilla.

Dr. Carolus, el conde ominoso

«Entre tú y mi Gracia, fregaremos a esos barretinas”, parece ser que dijo Fernando VII, el rey Felón -¡vivan las caenas!-, a su estimado Charles, en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Y Charles, obseso de la limpieza absolutista, que ya había demostrado sus inquietudes higiénicas con los hábitos liberales, los derechos y desechos humanos, las sendas traicioneras de la restauración y sus putrefactos despojos, llegó a Barcelona con plenos poderes para pasar el cepillo deseado de la deseada realeza borbónica, como Capitán General de Cataluña (con ñ de ponzoña y leña), tal que un emperador romano de las mejores épocas de circo. Rápidamente, obligó a barrer a toda hija de vecino -que no a todo hijo- las entradas y portales de sus casas, de buena mañana, cada día, so pena de multa y castigo mayor. Hizo más por el trabajo comunitario en aras de la salubridad y el saneamiento urbano: mientras él vigilaba en su montura con su imponente uniforme, algunos de los presos que él mismo había ordenado encerrar se afanaban en dejar las calles como los chorros del oro…o en perseguir a garrotazos a los perros que vagaban sin dueño para propagar, sin duda, epidemias, enfermedades y roña por doquier…o en arrancar las telarañas de los rincones, emulando al Duende Verde y a otros supervillanos de Spiderman….muy motivados los interfectos convictos ante las posibles sanciones por bajo rendimiento. El aseado ímpetu de Charles llegaba hasta el cuidado personal y los espacios privados, propios y ajenos, sin que los distinguiera por clase. Si encontraba a un hombre con bigotes, con greñas o con gorros típicos de la zona –que prohibió por el bien de la imagen pública-, les afeaba la conducta perroflauta-decimonónica: el espanto podía ser de muerte, literalmente. No obstante, como buen caballero fascinado por la feminidad primorosa, si topaba con una mujer mal peinada o con la melena suelta, con sucios adornos, excesivamente provocativa –enseñando los tobillos, por ejemplo- o que no mantenía el orden doméstico tras los muros de la vivienda, solía ser implacable y perdía los estribos de estilista reputado, siempre buscando un aspecto óptimo, la más calida armonía y el misterio suave del decoro. En su profesión, militar de alto rango, no bajaba la guardia: le encantaba pasar revista a las tropas y no toleraba el más mínimo desaliño, inflexible ante la dejadez o el abandono. En la intimidad familiar, llevaba su mensaje de limpieza hasta las últimas consecuencias, de forma magistral y aleccionadora: en numerosas ocasiones, durante horas, su propia hija tenía que montar guardia en el balcón con una escoba al hombro, por prescripción paterna, para que aprendiese a lucir como modelo en las tareas del hogar. La esposa del Capitán General, su media naranja, tampoco se libró de tan exquisito catecismo y de los necesarios ejercicios espirituales: fue arrestada por los soldados -bajo órdenes del marido- cada vez que se retrasaba en servir la comida o se dejaba una mota de polvo en la mesa. Charles, Mr. Caín, Mr. Espagne, El Tigre, Trencacaps, era un monstruo y un déspota, un genocida, un demente sin escrúpulos, uno de los peores criminales de la historia, al servicio de la causa monárquica.

Charles d’Espagnac (1775-1839), que Fernando VII españolizó – ese verbo tan en boga en el siglo XXI- como Carlos de España, Conde de España y, más tarde, Grande de España; nació en el Rosellón -antaño catalán y después de dominio francés-, de donde huyó empujado por el terror jacobino y por la indiscutible mecánica newtoniana de la cuchilla de la guillotina en el tocado de los nobles: asimiló con facilidad los principales razonamientos de la represalia y la canallada leonina. Al sur de los Pirineos, y durante casi toda su existencia, sembró la semilla de diablo aventajado dondequiera que instalase el campamento. Antojadizo, colérico, arbitrario, lunático, expeditivo, fanfarrón de ocurrencias garbanceras; pérfido, cruel, sanguinario, dictatorial, misógino, intrigante, vengativo, meapilas, dipsómano, azote de franceses napoleónicos, afrancesados, conspiradores -como él- reales o imaginarios y, sobre todo, de liberales, negros y simpatizantes del viraje aperturista; el Conde de España cometió las más horripilantes barbaries, entre carcajadas salidas del abismo, jactándose de su ferocidad, tanto en su etapa fernandina como en su etapa carlista –que de todo hubo-, ayudado por miserables de la peor calaña. Miles de muertes se cuentan en su haber. Fusiló a amigos cercanos, cortó cabezas de soldados que se negaron a comer el rancho, obligó a cavar a los condenados sus propias fosas, incendió y devastó poblaciones enteras, envió a cientos de personas a los territorios de ultramar, ordenó ejecuciones en masa, fomentó la rapiña, detuvo a cualquiera por capricho, por meras sospechas, por falsas acusaciones, por delaciones sin fundamento, sin pruebas, sin formalidades, sin garantías procesales, por delitos tan flagrantes como el de parentesco. Asesinó, robó, torturó, descuartizó miembros y los expuso en público, vampirizando la sociedad e implantando el canguelo como fórmula de sometimiento. En los cuatro años que ostentó el cargo de Capitán General en el Principat, con carta blanca del maldito Felón, convirtió Barcelona en una enorme penitenciería y en un patíbulo que no descansaba, con la Ciutadella como base de operaciones, lugar del que no se salía fácilmente con vida. «Leales catalanes, continuad, sin recelo del porvenir, a gozar de la preciosa tranquilidad que el Rey en persona os restituyó», proclamó el Conde de España. Múltiples anécdotas se cuentan de él. Que cerró los cafés para respetar la Navidad, devotamente y en silencio. Que rezaba con los brazos en cruz. Que impuso a todos los habitantes el uso del rosario, bajo amenaza de cárcel. Que coaccionó con un regimiento a un soltero empedernido para que se casase. Que cortó por la mitad la tela de un cuadro porque aparecía la silueta de una señora  «indecente». Que derribó un barrio en una jornada para construir una de las principales vías de la ciudad, con deshaucios forzosos, sin previo aviso. Que subía su caballo a los balcones para saludar a la plebe. Que tiró los restos de un destacado oficial enemigo en un estercolero, con sumo desprecio. Que bailaba y cantaba entre los ahorcados, en los que se columpiaba agarrándoles los pies. Que celebraba a cañonazos el cumplimiento de las penas capitales, los “lanzamientos a la eternidad”, las “remesas al cadalso”. Que sacaba a los presos desnudos a una explanada a la intemperie en las noches más gélidas o en los mediodías más tórridos. Que, con la excusa de evitar comunicaciones entre los reclusos, mandó tapiar todas las ventanas y todas las rendijas de los calabozos, donde muchos perecieron asfixiados en la fetidez, zambullidos en heces y orines. Algunos, desesperados, acababan suicidándose, si podían: uno se agujereó la cabeza con un clavo que sobresalía en la pared, otro se degolló con un hueso de gallina, otro con un pequeño vidrio. Aquello era inhabitable, irrespirable, opresivo, vil y ruin, pero Carlos de España estaba empeñado en completar su delirio limpiador a sangre y fuego, con extrema vesania, con un muy peculiar humor negro, tenebroso, macabro, sádico y harto siniestro.

Cuando Pablo Soler -director entonces del Diario de Barcelona- le enseñó un inocente y anodino poema sin mayor trascendencia para el control de censura previa que ejercía, el Conde de España escribió en el margen la siguiente anotación: “Prohibo la impresión de esta Oda, alusiva a no sé qué, ni para qué, y, en su lugar, insértese algún artículo de agricultura, algún remedio para curar almorranas, dolor de muelas, callos y otras enfermedades que afligen a la humanidad, y no cosas inútiles. Firmado y rubricado: Dr. Carolus, praesides ac militum praefectus”. Je, je, je, ¡qué grandes son nuestros querídisimos verdugos!, franceses, catalanes, españoles o romanos con laureles; prefectos, patricios, pretores, cónsules y emperadores desquiciados a lomos de Incitatus.

PD- El Tigre de Cataluña murió asesinado con malas artes, traición y tormento -plato a su gusto-. Le arrojaron al río cerca d’Organyà, donde encontraron las famosas homilías, aquellas primerísimas letras en lengua catalana: el conde había impuesto la introducción del castellano en toda obra de teatro que se representase frente a los catalanes, para mayor comprensión del pueblo que se expresaba en catalán. Su cráneo, desgajado del cuerpo, sirvió para el estudio frenológico de la maldad y tuvo un periplo bastante entretenido por el mundo. Lo explican bien aquí.

Eu sou catador

“La basura se está volviendo cada día en un problema más serio”, decía el conocido músico y escritor Chico Buarque en la campaña Limpa Brasil que se realizó durante el pasado verano de 2011 con la intención de retirar desechos de las ciudades a través del voluntariado, centrándose en una jornada de trabajo colectivo, y de concienciar a la población en relación a los residuos que genera, procurando la mejora de hábitos. Los catadores, en Brasil, son aquellas personas que rebuscan en la basura, en calles o vertederos, a la caza de objetos y materiales que se puedan reaprovechar, rescatar, reciclar, reutilizar, recuperar, reintegrar, reparar, valorar, vender, volver a poner en circulación…Los catadores (recolectores) viven de remover los desperdicios de otros. Películas como Estamira (2004) o Waste Land (2010), grabadas en uno de los mayores basurales del mundo, el Jardim Gramacho –recientemente clausurado-, en Río de Janeiro, dan buena cuenta del tipo de existencia que llevan esas gentes, en el lado menos amable y más marginal del gran monstruo capitalista, y de su lucha cotidiana, su importancia y su valor medioambiental en una sociedad no acostumbrada a pensar en las consecuencias futuras de un atracón tóxico, dañino, destructivamente feliz e irreflexivamente repugnante. Porque pensar en ello cuesta cuando no se recoge papel moneda a corto plazo. Porque pensar en ello cuesta cuando el estómago no permite moratorias y las montañas de inmundicia esconden cualquier horizonte.“Eu sou catador” fue el lema de la campaña en la que participaron activamente compositores como Milton Nascimiento o Chico Buarque, dos tipos armoniosos y pulcros de largo recorrido, comprometidos musicalmente desde los tiempos de una dictadura que ordenaba callar y contaminaba las tierras del Cono Sur, ya suficientemente contaminadas por entonces. Un Chico Buarque que, junto al tropicalista Gilberto Gil, nos mostró una especial – pero no del todo afortunada- interpretación de las manos de limpieza necesarias. Un Chico Buarque cuyas palabras casi siempre suenan bien, íntimas, genuinas y sin grandes estridencias, hasta bañadas en almíbar y escupidas como golosina popular: no en vano compartió escenarios con el mismísimo Vinicius de Moraes. Un hombre de ojos claros y sonrisa sin demasiadas manchas, un recolector de versos e historias, un elegante reciclador de basura delicada y exquisita, entre ratas poéticas y trágicas construcciones de cimientos traslaticios. Un louco varrido que gusta a toda hija de vecino, catador, catártico y cantarín.

Mártires y basura

“Aquí, en esta ‘república libre’, en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no encuentran sitio en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una existencia triste y miserable. Aquí, he visto a seres humanos buscando la comida del día en los montones de basura de las calles para calmar su hambre atroz”. Así se expresó George Engel, en 1886, poco después de conocer la sentencia que le llevaría más tarde a la horca.

George Engel, desbaratado por la pobreza, dejó su Alemania natal en 1872 y, como otros muchos emigrantes, llegó a Estados Unidos con su hatillo de esperanzas. En América, sin embargo, no encontró la soñada tierra prometida. Se afilió a una organización anarquista e intentó mejorar las condiciones de los de su clase. Defendió las “ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño y ocho para el hogar y el recreo”, secundando en Chicago la huelga nacional convocada para el 1 de mayo de 1886, que derivaría tres días después en una masacre con decenas de muertos y cientos de heridos por disparos policiales indiscrimados, tras una multitudinaria concentración reivindicativa para reducir la leonina jornada laboral usual en las empresas hasta entonces y para protestar contra la brutal represión ejercida por las fuerzas del orden durante la movilización en curso, que ya había arrojado varios cadáveres obreros en las puertas de las fábricas. Cuando la concentración del 4 de mayo – celebrada en una céntrica plaza de la localidad y que había transcurrido pacíficamente- agonizaba bajo la lluvia y los asistentes abandonaban el acto, irrumpió en escena la patrulla – con unos doscientos guardias armados- capitaneada por el arrogante John ‘Black Jack’ Bonfield, con el propósito de cargar y disolver a las bravas a los presentes. En la confusión que se produjo, estalló una bomba -de origen indeterminado- y falleció el joven gendarme Mathias J. Degan. Los policías, entonces, la emprendieron a balazos, a tiro limpio, a sangre y fuego, a quemarropa, a mansalva, al bulto humano, al tuntún de la diana, sin escrúpulos, en plan matón. El resultado: una auténtica carnicería. Esa misma noche, casi de inmediato, la ciudad se puso patas arriba, en estado de sitio: militarización, toque de queda, batidas, registros, arrestos, incautaciones, implacables interrogatorios, acoso a los cabecillas; golpes, allanamiento y devastación en los barrios periféricos de la inmigración obrera. La consigna de la fiscalía era clara: «Primero, haced las redadas; después, buscad la legalidad». El capitán Michael Schaack, feroz lobito bueno con uniforme, aplaudido como salvador de las esencias patrias, se colocó las mejores medallas en la persecución de aquella «basura humana» formada por enemigos del pueblo, extranjeros, alborotadores y abyectos artesanos de la dinamita y la nitroglicerina. George Engel fue detenido por su presunta implicación en los trágicos hechos de aquel inicio de mayo turbulento. En 1886 fue condenado a muerte. En 1887 fue ejecutado, junto a otros tres hombres: Agust Spies, Adolf Fischer y Albert Parsons, todos ellos de conocido activismo. José Martí, el líder revolucionario cubano, cubrió como periodista el suceso: “Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro…Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: ‘la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora’. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable”.

Engel, Spies, Fischer y Parsons fueron ejecutados por «conspiración de homicidio», por sus puntos de vista, por el uso de un lenguaje incendiario y sedicioso cuyo fin era sembrar el terror, aniquilar el orden público, asesinar a los agentes de la autoridad y, entre otras barbaridades, poner bombas en cualquier lugar transitado por las gentes de bien. Michael Schwab, Louis Lingg, Samuel Fielden (condenados también a muerte) y Oscar Neebe (condenado a 15 años de trabajos forzados) fueron los otros encausados en el mismo proceso judicial, un montaje, una patraña colectiva repleta de múltiples irregularidades, con testimonios falsos, trampas, pruebas amañadas, torturas y traidores pagados, sin las garantías procesales mínimas, en un contexto de agitación, lucha, violencia (violencia oficial, amarilla y patronal incluida) y paranoia política en el que la prensa, sedienta de venganza, actuaba como rabioso perro de presa de los poderes fácticos, esto es, los que controlaban verdaderametne el meollo, los industriales, los magnates y los grandes patronos de una ciudad acostumbrada al más salvaje capitalismo. «Todos los postes de la luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un socialista si es necesario para evitar que se propague el incendio y para prevenir cualquier intento subversivo», publicaba el diario local de más tirada. El fiscal del estado se dirigió al jurado en estos términos: “Señores, declarad culpables a estos hombres, denles un buen escarmiento y salven nuestra sociedad y nuestras instituciones”. Los miembros del jurado, seleccionados uno a uno para castigar severamente en función de los prejuicios justos, al servicio de la causa, no tardaron más de tres horas en emitir el veredicto de culpabilidad, aun cuando no se descubrió nunca quien cometió el atentado que se utilizó como pretexto para endosarles el marrón, un marronazo ejemplar, sañudo y desalentador, en la bandeja fúnebre de los anarquistas.

Antes de morir en el cadalso, George Engel envió una carta al gobernador de Illinois, Richard James Oglesby, en la que proclamaba su absoluta inocencia y rechazaba, por tanto, la posibilidad de conmutar la pena máxima por otra solo en apariencia menor, como la cadena perpetua. “Libertad o muerte. Yo renuncio a cualquier tipo de misericordia”, dejó escrito. No en vano su mayor deseo, tal como afirmó durante el desarrollo del juicio, era que la clase trabajadora pudiese reconocer perfectamente a sus amigos…pero también a sus enemigos.

Hoy, primero de mayo, se celebra el Día Internacional de los Trabajadores, instituido desde 1889 como jornada obrera por antonomasia, en homenaje a Engel, Spies, Fischer, Parsons y todos los demás condenados en aquel escabroso y despiadado intento de criminalizar por la vía más sucia las movilizaciones sociales de raíz contestataria; en homenaje a los llamados Mártires de Chicago.

1. Durante el juicio, Oscar Neebe recriminó directamente al capitán Schaack su proceder en las redadas policiales. «Se registraron centenares de casas, de las que desaparecieron relojes y mucho dinero. ¿Sabéis quienes son los ladrones? Lo sabéis, capitán Schaack. Vuestra compañía es una de las peores de la ciudad. Os lo digo a la cara y bien alto. Capitán Schaack, es usted uno de ellos, es usted un anarquista según su propia definición, a la manera que usted los concibe».  Schaack rió complacido. Tiempo después, en 1889, los policías John Bonfield y Michael Schaack, grandes protagonistas en la defensa de la propiedad privada, del patrimonio, del sistema y del «interés general» durante los hechos de mayo de 1886, junto a otros oficiales, fueron destituidos por corrupción, pillaje, vínculos ilícitos, proxenetismo, abuso de poder, aceptación de sobornos y comercio con mercancías robadas en su propio beneficio. Se afirmó, incluso, que los policías vendieron objetos personales incautados a alguno de los sentenciados a muerte en el proceso. Michael Schaack gestionaba a su antojo un fondo extraoficial, nutrido por las grandes fortunas de Chicago y que rondaba el medio millón de dólares, con el único fin de combatir la subversión y las organizaciones de trabajadores insurreccionales o descontentas. Denunciaron por calumnias al diario que publicó dichas informaciones. Perdieron la causa. 

2. En 1893, el nuevo gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, reconoció que el juicio a los ocho Mártires de Chicago no fue legal – lo que le valió una tormenta de críticas de los sectores más reaccionarios- ni siguió los cauces democráticos exigidos, que el caso carecía de precedentes, que se obligó a unos hombres a ser enjuiciados a la vez, que el jurado fue escogido con la única intención de sancionar a los reos, que el juez  Joseph Gary y el fiscal Julius Grinnell actuaron con notoria parcialidad, malicia y predisposición; que no se probó la culpabilidad de los encausados, que nunca se descubrió a los autores del crimen especificado en el acta de acusación, que algunos de los procesados no habían estado siquiera en el lugar de los hechos objeto del pleito, que se inventaron evidencias, que se torturó, que se pagaron y compraron testigos, que se encerró aleatoriamente a personas para que declararan en una dirección concreta, que se crearon conspiraciones ficticias, que no se respetaron derechos fundamentales como la libertad de expresión o de reunión, que la justicia trataba desigualmente y con más encono a los trabajadores, que los pistoleros de la patronal y los agentes del orden habían cometido previamente espeluznantes asesinatos que nunca fueron investigados, que la policía de la ciudad procedió en numerosas ocasiones sin autorización y apaleó brutalmente a hombres indefensos, que el capitán Bonfield era un ser sanguinario y violento, al que se atribuían las siguientes palabras: «Si algunos de ustedes, los santurrones y misericordiosos, hubieran usado libremente las cachiporras por la mañana, no necesitaría usar el plomo por la tarde». Ante las copiosas anomalías y prácticas fraudulentas, Fielden, Neebe y Schwab fueron excarcelados (no sin polémica) como víctimas inocentes de un error de las instituciones norteamericanas. Lingg, que no era precisamente una hermanita de la caridad, experto en explosivos y el único de los ocho que declaró abiertamente ser partidario del uso de bombas como forma de lucha directa hacia la emancipación de clase, se había suicidado en la celda años atrás, mientras los «honrados y respetables ciudadanos», por un atentado que nunca perpetró, ajustaban en su cuello la soga de la inmundicia social.

Divina y hacendosa

Sueca, pero no como las suecas del carpetovetónico landismo, Greta Lovisa Gustafsson, actriz, en adelante Greta Garbo, distante y divina, ambigua y enigmática, mística e independiente, era hija de un barrendero borrachín y de una limpiadora de hogar… Y, ¡alehop!, forjó un carácter impenetrable y recóndito, con el polvo sentimental y privado bajo la alfombra de los secretos que, por delicadeza higiénica y buenos modales, nunca se sacude fuera de la propia casa.  

Greta Garbo nació (1905) en la isla de Sodermalm, en Estocolmo, y no pasó una infancia especialmente alegre y abundante. Trabajó en una peluquería, vendiendo sombreros y probando pastelillos, en plena adolescencia. Luego, llegó el cine. Descubierta por Mauritz Stiller, un director cazatalentos que le enseñó el arte de mirar estiradamente y la obligó a adelgazar por el ojo donde cabe el bramante; saltó el charco y aterrizó en Hollywood de la mano de Louis B.Mayer, el famoso productor. Depiladas las cejas hasta el mínimo trazo, Greta se convirtió en una gran estrella del celuloide, la que mejor quedaba en los primeros planos, la cautivadora de rostro helenístico pero escandinavo, la de perfectos perfiles, de voz andrógina (cuando surgió el sonoro) y enorme precipicio espiritual; gélida, marmórea y lejana como el auténtico glamour, sin aristas, profesionalmente contenido pero de vislumbre emocionante, en blanco y negro. Rodó una veintena de películas y sólo un par de comedias. Con el estreno de Ninotchka (1939), poca broma, con  Lubitch tras la cámara y un joven Billy Wilder como guionista, se publicaba aquello de “la Garbo ríe” porque hasta entonces, presa del sacrificio hierático, de la tragedia, de los papeles amargos y de las mujeres fatales, casi nadie la había visto romper a carcajadas. Curiosamente, se desternilló interpretando a una estricta soviética de hoz y martillo que sucumbía en París a los encantos de un vivales capitalista: ¡qué divertido y libre era el capitalismo!, cuando había plata, corriente electrógena en el rodaje, claquetas y un hermoso decorado romántico. A los 36 años, en la cima del éxito, con fortuna ya acumulada, Greta Garbo se retiró a su apartamento de Nueva York y no volvió a actuar; huyendo de los paparazzis, oculta tras gafas oscuras, sin prodigarse en saraos, sin grandes ostentaciones, sin mostrar demasiado la patita, como una Marisol o Pepa Flores cualquiera por la costa malagueña, alimentando el mito, la esquiva aureola de los ausentes y el insalubre huroneo de los gacetilleros más depravados.

Greta, pese a las habladurías, siempre fuera de alcance y temerosa de las multitudes, nunca se casó y nunca se adaptó a la vida de Hollywood. “Nunca pedí que me abandonaran, sólo dije que quería estar sola: hay una gran diferencia”. La Garbo, con su determinante artículo por delante, no hacía publicidad, no firmaba autógrafos, no iba a los estrenos, no concedía entrevistas. “Es cruel molestar a la gente que desea que la dejen en paz; para mí, eso es asesinar la belleza”. Tampoco recogía los premios y las condecoraciones, ni siquiera el Óscar honorífico que le otorgaron en 1954, frenada por su pavor patológico a la densidad demográfica y a las relaciones intrascendentes del famoseo. “No soy tímida, no soy asocial. Hablo con facilidad con la gente que conozco, pero no me interesa la vida oficial. No me gusta aparecer en periódicos y revistas. No me gusta verme expuesta”. Greta Garbo interpretó en la pantalla a la reina Cristina de Suecia, aquella reina ilustrada y conversa que no se rindió al matrimonio de conveniencia – tal como le reclamaban los demás aristócratas – para perpetuar la dinastía; aquella reina que abdicó voluntariamente y sin dar muchas explicaciones, que es lo mejor que se puede comentar de una reina. “He sido un símbolo toda mi vida; estoy cansada de ser un símbolo. Deseo ser un ser humano”, decía la soberana del film cerca del trono. Y añadía: “Os agradezco vuestra lealtad, pero hay una voz en nuestras almas que nos dice lo que debemos hacer y la obedecemos. No tengo otra elección”. Problemas de intimidad, confianza y conciencia, similares a los de la actriz sueca, que también hizo de Ana Karenina y de Mata Hari, ambas con final prematuro y tormentoso. Greta Garbó murió en 1990, a los 84 años, aunque su imagen, gracias a los trucos de escapismo escurridizo del repligue doméstico, permanece inalterable; joven, seductora y flamante como las calles sin tránsito recién regadas, con las barreduras recogidas, en una atmósfera limpia donde no se levantan nocivas e innecesarias polvaredas porque sí. “Los periodistas son la peor raza que existe”, llegó a afirmar rotundamente. Y, con el coloreado periodismo practicado en los cochambrosos alrededores, razón no le faltaba, no. No le faltaba razón.

Barrer la calle y olé

“Toda persona sensible es un artista, aunque esté barriendo una calle”. Curro Romero. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, 1997.

Uno puede disfrutar del lenguaje taurino y, al alimón, aborrecer a toda la cuadrilla de matadores de grana y oro, y a sus subalternos en la barbarie. De la misma manera, se puede ser currista sin que te gusten las corridas de toros. El mundo al revés por montera, la lógica irracional de la éstética. Eso es así, naturalmente, hasta en la Cataluña libre de faenas pero practicante irredenta de los cuernos con bolas. Que Curro Romero ya no toree en los cosos importa bien poco: el currismo se inventó para traspasar las fronteras del tiempo. Porque Curro, el Faraón de Camas, alternó ramilletes de romero en la solapa con almohadillazos volando, salidas a hombros con vituperios, ovaciones en los tendidos con broncas mayúsculas, triunfos de leyenda con fracasos estrepitosos. Genio de la inhibición, maestro de las espantás, imprevisible como los mengues que le iluminaban, controvertido, alimentó durante más de cuatro décadas los mitos del arte, del duende y del gran clasicismo en la tauromaquia, domeñando con temple y aplomo lo infinitesimal, deteniendo hasta los relojes cuánticos cuando – de tarde en tarde- le venía la inspiración, el garbo, la elegancia y el tronío de figura principal en su jurisdicción del albero. Como faraón y capitán de gladiadores, reconocido pero silente, de carácter pausado y tímido, nunca se caía del cartel y llenaba las plazas hasta la bandera. Tras el milagro estacional de las verónicas, tras subir a los altares de la lidia en levitación – con los pies bien plantaos en el suelo-, tras destapar el frasco de las esencias; podía pasarse meses enteros durmiendo en la suerte, en el burladero más inhóspito, pinchando en hueso. La estocada final no entraba siempre en sus planes de grandeza: los espadazos fueron tan frecuentes como su hostilidad ante el verbo matar o su resquemor por las orejas cortadas: él prefería dar la vuelta al ruedo con un arbusto aromático -el fetiche – en las manos. Si un astado no le hacía tilín, por sentimiento, por instinto esotérico, por temor a la arboladura o por lo que sea, no dudaba en despachar de un bajonazo la faena o en soltar el capotillo o la muleta para salir por piernas hasta el callejón, preso del pánico y la cagarrina del manso. “Prefiero hacer las cosas cuando estoy a gusto y no a disgusto. Creo que soy puro”, decía nuestro Bartleby cañí de los toros. Se retiró ya sexagenario, con unas cuantas cornadas en el cuerpo pero saciada su hambre florida de gloria, abriendo la puerta grande de la jondura sentimental sevillana. Los curristas y guasones romeristas lo afirmaban sin rubor: merecía la pena pagar la entrada sólo por ver su donosura y talento desfilando en el paseíllo hacia la presidencia, aunque luego no diera ni un maldito pase en condiciones.

Curro, mi Curro, aficionado del Betis, fiel a sí mismo, odiaba la mediocridad y las medias tintas, manque pierda. Solemne, flamenquista boyante, paladín del toreo pinturero y de pellizco, fue íntimo amigo de Camarón de la Isla, que le dedicó una de sus obras y una canción, con Paco de Lucía a la guitarra. Casi ná: arte y majestad. El Faraón de Camas armaba el taco feo con reincidencia y aviso de cornetas. En alguna ocasión, incluso, se negó a matar a toros que le tocaron en lote: el público, entonces, bramaba y embestía al bulto, le dedicaba los peores insultos y le lanzaba rollos de papel higiénico, almohadillas y otros proyectiles más contundentes. Él no entraba al trapo ni humillaba el morro, imperturbable en sus nervios de seda. En la moderna ciudad de Madrid, la de la chupi movida, a finales de los ochenta, le llevaron vestido de luces a comisaría por alteración del orden público: los aficionados no solían respetar su diplomacia caprichosa y entreguista con cornúpetas y morlacos. Ante el juez, declaró que “el toro estaba toreado”, esto es, movido, pregonado; que sintió un miedo terrible y que, por eso, no quiso arrimarse a la bestia, porque pensaba que iba a sufrir tontamente una cogida, sin pena ni gloria. Un torero sorprendente, un visionario que lidiaba con lentillas, un valiente cobarde, un cobarde valiente que dejó un reguero de sangre animal en el coso…y también el currismo como fenómeno sociológico y una legión de devotos con la sensibilidad a flor de piel, preparados para barrer, por amor al arte, plazas y callejones por los que ya no pasa ni un alma estrellada.

Keep on truckin

El niño Robert Crumb, con sus hermanos, rebuscaba cosas en la basura. Así lo cuenta el propio Robert en la película Crumb (1994), dirigida por Terry Zwigoff y producida por David Lynch. “Una vez Charles –el mayor- trajo algo del contenedor, un camión de los helados de madera que yo ansiaba y que él no me dejaba tocar”. Cuando la madre intercedió para que Charles prestara a su hermanito el juguete que había encontrado, el primogénito no opuso demasiada resistencia: hizo añicos el camión de madera contra un muro y, entonces, le dejó jdugar hasta que se hartara con los fragmentos.

Robert Crumb, estadounidense, nacido en 1943, es un juglar alto, flaco y miope, de enormes lentes. Siempre está dibujando. Marginal, extravagante, escurridizo, misántropo. Fetichista, tecnófobo, contradictorio, inadaptado. Tranquilo, ocurrente, separado y desgajado. Risueño de la carcoma interior, sin romanticismos, onanista compulsivo, asqueado de la mediocridad borreguil circundante, con fijación por las mujeres, sazonado de misoginia. Tomó LSD, reniega de los laureles que le coronan, toca el banjo -muy bien-  y colecciona discos viejos de 78 revoluciones: “Escucho música antigua…de las pocas veces que tengo amor por la humanidad”. Robert es uno de los grandes del llamado cómic underground. Ilustrador, historietista de fanzines y revistillas contraculturales, azote de la gran farsa, de lo políticamente correcto, del american way of life, de la comercialización disparatada del hueso de unicornio: “Todo el mundo es un anuncio ambulante”. Pese a quien pese, aunque se crea lo contrario, los hippies, el rock y la psicodelia nunca fueron lo suyo. Hasta la mismísima Janis Joplin, voz en traca, le recomendó para superar sus problemas con las mujeres que se dejara crecer el pelo, que se vistiera a lo jipilón florecilla y que se fuera a vacilar a un parque. Robert nunca siguió su consejo.

La familia Crumb -ríete del desencanto de los hermanos Panero- queda retratada en el documental de Zwigoff. El padre era un tipo rígido que nunca sonreía en casa y que hubiese deseado tener un hijo marine. La madre, puritana católica, como una chota, se pasaba las horas buscando gatitos y anfetaminas. Charles, el hermano que le destrozó el camión, el más impopular durante su etapa en el instituto, ermitaño, recluido, talentoso y consumado lunático, se suicidó al año de acabar el rodaje, completamente abandonado de sí mismo: “Nunca estoy estreñido. Es todo lo que puedo decir de mí”. Maxon, el otro hermano, vive en un hotel de mala muerte, sale a mendigar a la calle con un cuenco, persigue a las jóvenes para quitarles los pantalones en público y se pasa horas sentado sobre una cama de clavos, como los faquires. Emocional y sexualmente, todos se criaron en la escuela del rechazo y en una de las más puras represiones.

Robert Crumb, perro verde, con todos sus arañazos en la espalda, logró, más o menos, escapar del derrumbe total y se quedó en locatis adverso, en los trazos gruesos de la frontera de la disparidad, pululando en las esquinas clarividentes de lo grotesco, dibujando en los asideros del precipicio, rotulando el hilarante desequilibrio, siempre con voluptuosos contornos. Eso sí, internacionalmente reconocido y con capacidad de generar suculentos dividendos:“Hay gente que toma mi trabajo demasiado en serio. Y cuanto más en serio me toman, más dinero gano”. Crumb reside actualmente en el sur de Francia, en un pueblecito medieval con bonito río, en una enorme casa señorial de piedra, ideal bohemios urbanitas con fantasías campestres o alienígenas. Ha publicado una obra de inspiración bíblica en múltiples países. Resiste como un jabato de garabato, no obstante, en el más vibrante y periférico de los submundos, infectado por el virus de las nalgas femeninas sobre piernas escandalosamente robustas.