San Martín de Porres, su fiel discípulo y las riadas del 62

Hoy, 3 de noviembre, se celebra San Martín de Porres, patrón universal de la paz, de la justicia social…y también de los de barrenderos y basureros.

El peruano Martín de Porres y Velázquez (1579-1639) era, según se cuenta, un tipo muy humilde, muy caritativo, muy bueno y con mucho encaje: ni se inmutaba cuando le llamaban “perro mulato”. De ancestros afroamericanos y españoles, hijo bastardo, aprendiz de boticario, barbero y cirujano-sacamuelas, con múltiples oficios no siempre prestigiados, poseía para los creyentes católicos una extraña mezcla de virtudes: bilocación, levitación, sanación, videncia… No se separaba de su escoba y barría con ella todos los rincones del convento dominico de Lima en el que pasó la mayor parte de su existencia, donde pelaba a los monjes y donde tenía encomendadas las peores tareas de limpieza: claustros, alcobas, pocilgas, letrinas… Se le atribuyen distintos milagros y la insólita capacidad de hacer comer en un mismo plato a perro, ratón y gato, en perfecta camaradería. Fue canonizado por la iglesia católica en 1962, el año del Concilio Ecuménico Vaticano II, el año de las grandes riadas en la provincia de Barcelona y, sobre todo, en el Vallès Occidental: Terrassa y otras poblaciones cercanas quedaron destrozadas, anegadas y vapuleadas por la muerte

El cubano René Muñoz llegó a España a finales de julio de 1961, con apenas veintidós años, y a las pocas semanas empezó a rodar como actor protagonista la película Fray Escoba, sobre la vida de Martín de Porres, un film de un misticismo lacrimógeno-ideológico a lo Marcelino, pan y vino. Según declaró, René había cruzado el charco para actuar como cantante de cabaret en una sala de fiestas, tras un paso previo por Lima, donde curiosamente se hizo ferviente devoto de Martín y le regalaron una estampita del futuro santo y una pequeña escoba de la suerte. Una noche, ya en Madrid, fue abordado en la calle por un cazatalentos cinematográfico que estaba buscando a un muchacho como él, con sus cualidades y atributos escénicos. Cuando, al día siguiente, en la entrevista de la productora, una vez mostrada su valía, enseñó la estampita, fue fichado de inmediato. Eso contaba René, que además era negro.

Fray Escoba cosechó un enorme éxito de taquilla en los cines del NO-DO franquista. René Muñoz se convirtió en una estrella de bienaventurado relumbrón y ganó premios por sus supuestas dotes interpretativas. De hecho, René, con posterioridad, durante décadas -y a riesgo de encasillarse-, volvió a meterse en el papel del llamado Santo de la Escoba tantas veces como fue posible, por todo el mundo, en distintos países: hizo giras de teatro, exhibiciones, posados, películas, telenovelas, series… En su faceta actoral, a Fray Escoba se pueden añadir títulos tales como Martín de Porres, Vida de San Martín de Porres, Un mulato llamado Martín o El cielo es para todos (un biopic por entregas centrado en las vicisitudes, sacrificios, aventuras y asombrosos hábitos de nuestro místico de la higiene, el fraile Martín de Porres), sin olvidar las inspiradas reminiscencias de obras como Bienvenido, padre Murray –que el critico Vicente Vergara definió como “Fray Escoba en el Oeste”- o la ejemplarizante Cristo Negro, cuya sinopsis no requiere de mayores detalles. Toda una vida, pues, ligada a la taumaturgia barrendera, espiritual y de raza.

En 1962, René Muñoz asistió en el Vaticano a la ceremonia de canonización de San Martín de Porres, acompañando al niño tinerfeño que, recuperado inexplicablemente de una grave gangrena, tras el examen de expertos católicos y doctores en la lectura de evangelios, sirvió para abrir el camino de la santidad oficial al limeño limpiador, al llamado “perro mulato”. Fue un año movidito para René: participó, junto a otros artistas, en la caravana “Peregrinos de la Caridad”, recolectando fondos para los más desfavorecidos; se puso a escribir su biografía de veinteañero; sobrevivió sin apenas consecuencias a un aparatoso accidente de coche -Seat 600- en Palma de Mallorca, inició nuevos rodajes religiosos y se enfrascó en una ardua tarea pastoril predicando la solidaridad entre hermanos. En el mes de octubre, se organizó en Madrid una jornada “Pro-Barcelona”, para ayudar a las víctimas de las catastróficas inundaciones y recaudar todo el dinero posible a través de voluntarios. René Muñoz no faltó a la cita: en el barrio de Vallecas, tocó a todas las puertas que encontró, subió a los edificios más altos, cantó su repertorio en los bares e intentó, por cualquier medio a su alcance, que la gente colaborase en la campaña con donativos. Finalmente, en la calle, emulando a su más preciado personaje, cogió una escoba y se dedicó a barrer la calzada, amontonando las monedas que la concurrencia, atónita y entretenida, arrojaba para que las reuniese con las cerdas. Porque incluso a las cerdas, tarde o temprano, les puede llegar su San Martín, aunque sea de Porres, de pega y de archipámpano, aunque sólo sirva ya para lavar la mala conciencia de otros.