Cepillar la ruta del crimen

cine-quinqui

José Antonio de la Loma, director perrocallejero del celuloide patrio, rodó a finales de los setenta y a principios de los ochenta del siglo XX varias joyas costumbristas y animadas del denominado cine quinqui, auténticos taquillazos con las andanzas de suburbiales delincuentes juveniles, cautivos de la dosis de caballo, en una “sociedad lanzada por la pendiente de la vida fácil, del lujo y del exhibicionismo”, sin solución oficial para los polígonos desgajados y sin servicios básicos, sin redención posible en los sucios descampados del extrarradio. Los chicos más inconformistas y temperamentales, aburridos pero con ganas de centella, sin perspectivas, sin nada que hacer, sin normas, buscaban la diversión que no se les ofrecía y optaban por dar rienda suelta a sus peores instintos: los chinorris se conviertían en choros, navajeros, teguis, atracadores, tirabolsos, talegueros, asesinos…Los peligrosos muchachos que aparecían en el cine quinqui, con destino de inminente fiambre; vaciletas, violentos y con gusa de fama pimpolla; críos pero “con más rabo que la pantera rosa”; tenían unos motes muy particulares: Piruli, Fitipaldi, Butano, Pepsicolo, Pepe el Majara, el Torete, el Cornetillas, el Pijo, el Jaro, el Meca, el Kung-Fú… Todos ellos, deprisa, deprisa, le metían chinazo al cristal, te hacían el puente, te robaban el buga -generalmente un Seat 124 Sport- y te lo estrellaban a toda velocidad por el barranco mientras huían de los maderos a tiro limpio. Carpe diem; desesperado, inconsciente y motorizado, a ritmo de rumba carcelera.

En ese contexto cinematográfico de epopeya y fechoría adolescente, en Alicante, en 1980, “el Almendrita” y “el Sevilla” deciden pasar un buen rato. Un camión-barredora está limpiando y regando las calles de la ciudad en su habitual y lento desplazamiento, con los cepillos en marcha. Los dos quinquis, con pintas desafiantes, detienen al conductor del camión y obligan al mismo a cambiar el recorrido de trabajo. El operario, taxista repentino, conduce el vehículo hasta el bar musical que le indican. Allí, “el Almendrita” y “el Sevilla” se encuentran a otros colegas de su banda que, invitados por los dos golfantes, se montan también en el camión de limpieza e inician un disparatado garbeo nocturno, en animosa comparsa, alumbrados por la luz rotatoria y por la voluntad decidida de travieso despiporre. Barrer en chute y superglobo: la libertad que camela. Una vez instalados los pasajeros del “tour turístico”, el empleado municipal es expulsado del vehículo y los quinquis se hacen con los mandos del aparato. Como el camión-barredora tiene una cierta complejidad y los chavales no saben bien cómo funcionan sus mecanismos, la pandilla acaba dándose una hostia afelpada a menos de medio kilómetro: la máquina era una ful de Estambul. Seguidamente, vuelven al pub a inflarse a cubatas, liarse sus mais y alucinar con las tías que enrollan. Mientras, el empleado del servicio de limpieza ha avisado a la policía. Los guripas desperdigan los coches patrulla por la ciudad para atrapar a los manguis: no tardan en encontrar el vehículo abandonado, cerca del susodicho local. Al rato, sin grandes dificultades, hallan también a los singulares secuestradores de barredoras, que bailotean confiados, erotizados, rumberos y embelesados por la valentonada. No hay tiroteos ni persecuciones a todo gas. Finalmente, todo parece bastante higiénico: sin hueco en la acelerada y chunga filmografía de José Antonio de la Loma para “el Almendrita” y sus compinches.

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