Regueros peligrosos

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En septiembre de 2014, un camión del servicio de limpieza y recogida de residuos de la ciudad de Terrassa, de la empresa Eco-Equip, provocó una gran mancha de aceite que dificultó el tránsito rodado y se extendió a lo largo de más de 2 kilómetros. Un motorista cayó al suelo al resbalar en ella, sin sufrir daños de consideración, afortunadamente. La policía local siguió el rastro de la mancha hasta llegar al camión, ya detenido por su conductor -“en cuanto se había dado cuenta”- y que estaba perdiendo aceite de la carga que transportaba, después de recoger algunos contenedores. Al parecer, el líquido oleaginoso no fue correctamente reciclado por los usuarios del servicio, los trabajadores del equipo no se percataron al instante del vertido y las gomas aislantes y el sistema de sellado estanco del vehículo de Eco-Equip no pudieron evitar la fuga de forma conveniente, preparada o segura para ese tipo de fluido. Una brigada de operarios de la misma empresa, a instancia municipal, tuvo que limpiar la mancha del asfalto durante horas.

En julio de 1976, un conductor de recogida de residuos de la empresa Conserlim, concesionaria entonces del servicio en la ciudad de Terrassa, no comprendía cómo se pudo abrir la compuerta trasera del camión. “Con el ruido del vehículo y la oscuridad de la noche no se dio cuenta de la avería hasta llegar al vertedero”. Las inmundicias, desechos y vidrios quedaron desperdigados por la calzada, obstaculizando el paso y con riesgo grave para la circulación. La policía local alertó a la empresa y solicitó el adecentamiento urgente de la vía. Una brigada de operarios acudió al lugar para limpiar el rastro dejado por el camión de basuras. Mientras se afanaban en retirar los restos del pavimento, tres de ellos fueron atropellados por un turismo. Los tres hombres, basureros, murieron en el acto.

Hasta que llega nocturno
sin demasiada ternura
y los engulle uno a uno
el camión de la basura

(Obstáculo Impertinente, 1987, Rosendo Mercado)

Por cierto, este último octubre de 2014, en la ciudad de Terrassa, los vertidos de los vehículos de limpieza urbana fueron bastante frecuentes. A final de mes, se paralizó un camión de basura porque perdía un ácido muy corrosivo -otro líquido no correctamente reciclado- de la caja trasera, que «suponía un riesgo evidente para los usuarios de la vía, para conductores y peatones». Pocos días antes, una máquina barredora también virtió hidráulico en la calzada. Lo sé por experiencia y por la prensa local:

máquina barredora vierte líquido

 

Además, en otro orden de cosas, en ese mismo mes, en el Pleno Municipal, tras múltiples críticas (interesadas y desinteresadas y no tanto), se aprobaron varias medidas para «mejorar» el servicio, por unanimidad de todos los grupos con representación en el ayuntamiento. La concejal responsable, Carme Labòria, del PSC, dijo: «Me gustaría remarcar y agradecer la dedicación de los trabajadores de Eco-Equip en la ejecución de sus tareas. Muchas veces son muy poco valoradas por los ciudadanos y creo que es un colectivo que se está esforzando mucho, que está trabajando, que ha sufrido unos grandes recortes, sobre todo en personal. Entendemos que se les tiene que agradecer la labor que desempeñan». Agradecimientos (¿peligrosos?) en reguero, en fin, casi como cantaba Rosendo.

Un ayuntamiento en transición

El 15 de junio de 1977 se celebraban las primeras elecciones generales en España -esa marca registrada machadianamente como país de charanga y pandereta-, tras cuarenta años de una dictadura poco grande y nada libre, con un caudillo presuntamente monórquido en el timón del Azor. Todavía faltaba bastante tiempo para que la composición de las corporaciones municipales emanara directamente de las urnas –abril de 1979– pero ya, en el interregno, se observaban algunos gestos de buena voluntad y/o de cínico compadreo: el pregonado espíritu de reconciliación se tenía que preservar en el escabeche apropiado. Así las cosas, el 22 de junio, a los pocos días de las elecciones generales, un albañil de la brigada de obras del Ayuntamiento de Terrassa (por entonces aún Tarrasa) procedía a retirar del edificio la placa conmemorativa de la “liberación” de la ciudad llevada a cabo -¡glups!- por el ejército franquista, colocada hasta la fecha en la puerta del citado consistorio. Mientras se entregaba a su encomiable labor de desmantelamiento y “derribo” del régimen anterior, el albañil perdió el equilibrio y se cayó de la escalera en la que estaba subido, dándose un señor porrazo, sin derecho a decidir, sin consulta previa, sin comicios, sin referendos vinculantes, sin votaciones que valgan. El desdichado paleta, al chocar con el suelo, se destrozó la mano y tuvo que ser trasladado con urgencia al hospital. La ansiada democracia, al menos en Terrassa, empezaba de forma accidentada, con magulladuras y severas lesiones en las extremidades, con las uñas rotas y las piezas fracturadas. Había que sanear, sin duda. Mucho.

26 enero terrassa 1939

San Martín de Porres, su fiel discípulo y las riadas del 62

Hoy, 3 de noviembre, se celebra San Martín de Porres, patrón universal de la paz, de la justicia social…y también de los barrenderos y basureros.

El peruano Martín de Porres y Velázquez (1579-1639) era, según se cuenta, un tipo muy humilde, muy caritativo, muy bueno y con mucho encaje: ni se inmutaba cuando le llamaban “perro mulato”. De ancestros afroamericanos y españoles, hijo bastardo, aprendiz de boticario, barbero y cirujano-sacamuelas, con múltiples oficios no siempre prestigiados, poseía para los creyentes católicos una extraña mezcla de virtudes: bilocación, levitación, sanación, videncia… No se separaba de su escoba y barría con ella todos los rincones del convento dominico de Lima en el que pasó la mayor parte de su existencia, donde pelaba a los monjes y donde tenía encomendadas las peores tareas de limpieza: claustros, alcobas, pocilgas, letrinas… Se le atribuyen distintos milagros y la insólita capacidad de hacer comer en un mismo plato a perro, ratón y gato, en perfecta camaradería. Fue canonizado por la iglesia católica en 1962, el año del Concilio Ecuménico Vaticano II, el año de las grandes riadas en la provincia de Barcelona y, sobre todo, en el Vallès Occidental: Terrassa y otras poblaciones cercanas quedaron destrozadas, anegadas y vapuleadas por la muerte.

El cubano René Muñoz llegó a España a finales de julio de 1961, con apenas veintidós años, y a las pocas semanas empezó a rodar como actor protagonista la película Fray Escoba, sobre la vida de Martín de Porres, un film de un misticismo lacrimógeno-ideológico a lo Marcelino, pan y vino. Según declaró, René había cruzado el charco para actuar como cantante de cabaret en una sala de fiestas, tras un paso previo por Lima, donde curiosamente se hizo ferviente devoto de Martín y le regalaron una estampita del futuro santo y una pequeña escoba de la suerte. Una noche, ya en Madrid, fue abordado en la calle por un cazatalentos cinematográfico que estaba buscando a un muchacho como él, con sus cualidades y atributos escénicos. Cuando, al día siguiente, en la entrevista de la productora, una vez mostrada su valía, enseñó la estampita, fue fichado de inmediato. Eso contaba René, que además era negro.

Fray Escoba cosechó un enorme éxito de taquilla en los cines del NO-DO franquista. René Muñoz se convirtió en una estrella de bienaventurado relumbrón y ganó premios por sus supuestas dotes interpretativas. De hecho, René, con posterioridad, durante décadas -y a riesgo de encasillarse-, volvió a meterse en el papel del llamado Santo de la Escoba tantas veces como fue posible, por todo el mundo, en distintos países: hizo giras de teatro, exhibiciones, posados, películas, telenovelas, series… En su faceta actoral, a Fray Escoba se pueden añadir títulos tales como Martín de Porres, Vida de San Martín de Porres, Un mulato llamado Martín o El cielo es para todos (un biopic por entregas centrado en las vicisitudes, sacrificios, aventuras y asombrosos hábitos de nuestro místico de la higiene, el fraile Martín de Porres), sin olvidar las inspiradas reminiscencias de obras como Bienvenido, padre Murray –que el critico Vicente Vergara definió como “Fray Escoba en el Oeste”- o la ejemplarizante Cristo Negro, cuya sinopsis no requiere de mayores detalles. Toda una vida, pues, ligada a la taumaturgia barrendera, espiritual y de raza.

En 1962, René Muñoz asistió en el Vaticano a la ceremonia de canonización de San Martín de Porres, acompañando al niño tinerfeño que, recuperado inexplicablemente de una grave gangrena, tras el examen de expertos católicos y doctores en la lectura de evangelios, sirvió para abrir el camino de la santidad oficial al limeño limpiador, al llamado «perro mulato». Fue un año movidito para René: participó, junto a otros artistas, en la caravana “Peregrinos de la Caridad”, recolectando fondos para los más desfavorecidos; se puso a escribir su biografía de veinteañero; sobrevivió sin apenas consecuencias a un aparatoso accidente de coche -Seat 600- en Palma de Mallorca, inició nuevos rodajes religiosos y se enfrascó en una ardua tarea pastoril predicando la solidaridad entre hermanos. En el mes de octubre, se organizó en Madrid una jornada “Pro-Barcelona”, para ayudar a las víctimas de las catastróficas inundaciones y recaudar todo el dinero posible a través de voluntarios. René Muñoz no faltó a la cita: en el barrio de Vallecas, tocó a todas las puertas que encontró, subió a los edificios más altos, cantó su repertorio en los bares e intentó, por cualquier medio a su alcance, que la gente colaborase en la campaña con donativos. Finalmente, en la calle, emulando a su más preciado personaje, cogió una escoba y se dedicó a barrer la calzada, amontonando las monedas que la concurrencia, atónita y entretenida, arrojaba para que las reuniese con las cerdas. Porque incluso a las cerdas, tarde o temprano, les puede llegar su San Martín, aunque sea de Porres, de pega y de archipámpano, aunque sólo sirva ya para lavar la mala conciencia de otros.

Todos los santos

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Miles de personas mueren cada año a causa de las sustancias tóxicas, la contaminación, los arsenales desaparecidos en combate y los residuos de guerra desperdigados en diferentes lugares del mundo. Otras muchas quedan mutiladas para siempre o sufren malformaciones y graves enfermedades por el mismo motivo, incluso mucho tiempo después de los armisticios y el cese final de las hostilidades. Según las estadísticas, en las próximas horas, una vida al menos será segada por los restos explosivos y el material bélico abandonado tras alguna sangrienta pero desactualizada contienda del pasado. Es el paisaje después de la batalla, la bala perdida que apenas importa y pronto desaparece por prestidigitación en las tesis de lo colateral. Últimamente, en las últimas décadas, han proliferado iniciativas para erradicar y retirar el material peligroso de las zonas infectadas, así como para prohibir o limitar el uso de determinado armamento. Se han firmado protocolos, convenciones y acuerdos entre países para reducir la incidencia del problema, un problema generacional, improrrogable y de preocupantes dimensiones. Se han puesto en marcha proyectos y campañas de sensibilización a escala global. Buenas intenciones, manuales de buenas prácticas, con más o menos hipocresía, con más o menos candidez. El llamado “derecho internacional humanitario”, se dice, trata de remediar los efectos nocivos sobre la población civil y las víctimas más vulnerables. Pero el humanitarismo, en cuestiones de pistolas que braman y echan humo, sigue siendo un estrambótico y desnutrido unicornio azul que permite dobleces, caprichos, predilecciones y asombrosas piruetas estéticas a las principales potencias y agrupaciones militares, fabricantes y usuarias, no exentas de cinismo. Quien ensucia, no paga (o paga muy poco) si resulta vencedor o sabe tocar con rabia y dominio las teclas del piano acribillado. Las deudas criminales y medioambientales de los principales guerreros no se registran como apunte contable: hay otras deudas más soberanas para la mano invisible que aprieta el gatillo en el mercado del estrangulamiento económico. Si es necesario, las erres del buen gestor de basuras invierten su valor y su significado en función del eje maligno de moda. Lo preventivo e inteligente se aplica a la mayor atrocidad consumada. Casi nunca, más bien nunca, se pide perdón. Casi nunca, más bien nunca, se ofrece ayuda suficiente y efectiva para la remoción o limpieza. Casi nunca, más bien nunca, se reconocen las culpas o las responsabilidades. En la demencial y tremebunda Oceanía de 1984, la guerra es la paz; la libertad, la esclavitud; la ignorancia, la fuerza.

Mientras tanto, en “remotos” rincones del orbe, en sitios como Gaza, Afganistán, Camboya, Laos, Sahara Occidental, Irak, Sudán, Libia, Líbano, Angola, Colombia, Siria, Yemen…, la escoria metálica, los fosfatos, el uranio, la metralla, las carcasas, los herbicidas, los aerosoles, las partículas y polvos cancerígenos, las submuniciones de bombas de racimo, los agentes biológicos y químicos, los productos radiactivos, los proyectiles y componentes de artillería dejados a la mano santa de Dios -¡Dios mío!-, los desechos, los fragmentos, los morteros, las granadas, las minas antipersona y los demás despojos letales pero olvidados durante años en los vertederos incontrolados de la guerra continúan cobrándose sus piezas de caza mayor en forma de desplazamientos masivos, terrenos impracticables, empozoñados o baldíos, aguas corrompidas, áreas restringidas, epidemias, tumores, amputaciones, cuerpos destripados indiscriminadamente y muertos inocentes escogidos por una sucia y no del todo azarosa ruleta de la fortuna: campesinos, trabajadores de la construcción y reconstrucción, basureros, recolectores, recuperadores, chatarreros, limpiadores… hombres, mujeres y niños, sobre todo niños, deslumbrados a veces por la violenta juguetería, artefactos y morralla que encuentran alrededor de los escombros.

Expertos y economistas

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En 1984, la conocida revista británica The Economist realizó una encuesta muy particular sobre las perspectivas y tendencias económicas para la siguiente década, tanto en el Reino Unido como en el resto del mundo. Respondieron la misma batería de preguntas dieciséis personas: cuatro exministros europeos de hacienda y finanzas, cuatro altos ejecutivos de compañías multinacionales, cuatro estudiantes de la universidad de Oxford y cuatro barrenderos londinenses. Diez años después, cumplido el plazo, se cotejaron las predicciones y los resultados obtenidos en la encuesta con la realidad. Los que menos acertaron y menos se aproximaron a las cifras definitivas fueron los exministros, a gran distancia. Los que más, los barrenderos de la calle, esos expertos gestores de los desechos del capitalismo, especialistas en logística inversa (a veces), en montones de hojas y papelitos (de diversa temática), en mercados infestados y, por supuesto, en un implacable consumo de usar y tirar, como ciencia exacta y fórmula axiomática del actual razonamiento económico.

El cubilote de los hermanos Marx

Plumas de Caballo

Los hermanos Marx se dejaron fotografiar dentro de un enorme cubo de basura para la portada de la revista Time (15 de agosto de 1932), laurel que obtuvieron tras el formidable éxito de la película Plumas de Caballo, donde consiguen ganar un partido de fútbol americano gracias a los aperos propios de la limpieza viaria. Los basureros, los barrenderos y demás técnicos de salubridad (poceros, traperos, chatarreros, fregadores, ambientalistas, etcétera) pueden henchirse de orgullo al contemplar la imagen de Zeppo y los geniales Groucho, Harpo y Chico -sólo falta Gummo en esa estampa de los cachorros de su misma madre, Minnie- en el interior de un recipiente destinado a los desperdicios y a la porquería, sobre un carro callejero de saneamiento. Cualquiera con el alma acrisolada se sentiría plenamente satisfecho al recoger una centésima parte del talento acumulado en ese cubo de portada. Una portada en la que hasta Groucho blande un escobón y que, tal vez, fue concebida como tributo a los profesionales del colectivo que tanto contribuyó a aupar a los comediantes al estrellato mundial. Porque los basureros, sin duda, tienen un papel fundamental en la carrera de los Marx.

En una respuesta dirigida a Eddie Cantor, cantante, actor y practicante de otros oficios faranduleros, Julius Henry, Groucho, el más vitriólico y recordado de los hermanos Marx, explicaba un gag que llevaron a cabo años atrás en un espectáculo de vodevil, Home Again. Lo reseñaba como un eficaz modelo a seguir para cosechar instantáneamente grandes risotadas. El gag se desarrollaba cuando uno de los hermanos irrumpía en el número y decía: “Papá, el basurero ya está aquí”. Groucho replicaba: “Dile que hoy no queremos nada”.

Algo parecido se cuenta en el libro Harpo Habla, del mismísimo Adolph,o sea, del posterior Arthur, o sea, de Harpo, el mudo que no lo era, el otro gran portento -versión pantomima- de la familia. Según Harpo, los hermanos Marx fueron contratados para actuar durante una semana en un teatro de la ciudad de Kalamazoo. Harpo, con su peluca roja destartalada, hacía el papel del inmigrante irlandés Patsy Brannigan, que llevaba a cuestas un cubo de basura. En la primera función, cuando él entró en escena, uno de los otros personajes le preguntó sobre su identidad. Harpo, que todavía no había enmudecido a su criatura artística, contestó: “Hombre, pues soy Patsy Brannigan, el basurero” De nuevo, el chiste estaba casi hecho: “Lo siento, no necesitamos por el momento”. El público agradeció con sonoras carcajadas la ocurrencia. El dueño del local, sin embargo, no se tomó nada bien este sketch y decidió despedir a los hermanos inmediatamente. Según cuenta Harpo, la mujer del propietario del teatro se había fugado a Escanaba con un basurero municipal, lo que por allí se había convertido en motivo de escarnio y en vox pópuli. Ante el notorio agravio sufrido, el empresario los echó a la calle, por más que los hermanos Marx desconociesen con anterioridad la perversa comidilla.

Los echaron, en suma, por el amor irrefrenable de un basurero y de una esposa con más horizontes que la mera fidelidad abnegada. No obstante, el diario local de Kalamazoo dedicó a los hermanos unas muy buenas críticas, buenísimas. Harpo cuenta que su madre, la excepcional Minnie, la representante-coraje y el incombustible motor para el lanzamiento de sus hijos, leyó esas críticas varias veces y que fue entonces cuando les dijo: “Chicos, estamos listos para hacer un circuito. Tenemos que ir donde los grandes agentes puedan vernos” Y así llegó Broadway y después Hollywood y el cine y la portada “basurillas” del Time y las risas que aún no cesan. ¡Qué linda es alguna inmundicia!

Y también dos huevos duros:

Chica de la limpieza: «Vengo a barrer el camarote».

Groucho : «Precisamente lo que hacía falta. ¡Manos a la obra! Tendrá que empezar por el techo que es el único sitio que no está ocupado todavía».

Robin y Marian

Robin y Marian

Querida Marian,

Little John, hoy, ha sufrido una caída mientras desbrozaba la maleza del bosque a golpe de guadaña. No, no te preocupes: solo se ha cortado tres dedos, se ha roto las dos piernas y estará unos seis meses de baja, si sobrevive a la gangrena. Ha presentado ante la asamblea de proscritos el parte médico de la bruja Morgana y, entre todos, como duchos justicieros, por amplia mayoría, hemos decidido que permanezca en el campamento sacando punta a las flechas, sin participar en los asaltos a las excepcionales comitivas de nobles y ricachones que se adentran en nuestros arbolados dominios. Pero es una contrariedad, no lo niego; una boca más que alimentar tontamente, como la del parásito fraile con hábitos misericordiosos pero insana adicción a pasar el cepillo, como la del pretencioso juglar que nos tortura cada noche con sus baladas legendarias (y nauseabundas) junto a un fuego que se extingue al escucharlo: El trono usurpado/ el pueblo sin fe/ la dulce señora/ la corona del rey… ¡Buf!, un galimatías almibarado de aires sajones, remoto, interminable y cargante hasta el trastueque. Ganas tengo ya de que inventen la televisión y los concursos para artistas fatuos sin talento. De verdad, tú sí que vales, ¡qué ganas tengo!

Por aquí, aunque no lo creas, vivimos días convulsos. El sheriff y sus secuaces han vuelto a las andadas, con cargas impositivas al capricho, confiscaciones de cosechas y divertidas batidas de pobres. Los campesinos y los sucios vasallos, desesperados, acuden a nosotros en busca de rebelde saneamiento y porfía levantisca. Como bandoleros buenos, como bien sabes, no podemos robarles nada porque nada les han dejado, salvo estertores de miseria y muchísima mugre: mal negocio para indómitos y agrestes granujas, bebedores de cebada, saltarines, malandrines, burlescos, animados y de natural joviales. Porque, sin hipotecas y sin rendir pleitesía, desplazados sin enmienda hacia los márgenes de la estrechez entre matorrales y zarzas, los hombres del bosque -no me preguntes la razón- parecemos más limpios y con menos costra de mierda encima, pese a que nos frotamos el culo con una piedra y nos lavamos con la misma frecuencia que cualquier menesteroso, o sea, cada seis o siete meses, si la temperatura del agua de las charcas lo permite y lo permite la vigilancia de las tropas feudales. Por eso, cuando veo llegar a semejantes infelices, me pongo de los nervios. A veces me gustaría decirles que soy un ladrón, un corrupto y un bastardo asilvestrado, que soy peor que el príncipe Juan, que la pluma del absurdo y diminuto gorrito la utilizo de mondadientes…pero ellos, necesitados de mitología, entienden lo que quieren y no están preparados para que les arrebaten el cuento, por lo que acabo mordiéndome la lengua: una explosión de cólera en nada incrementaría mi botín. Mientras, los muy desgraciados, van trayendo problemas a mi escondrijo secreto -que todos conocen- y algunas hojas de repollo que no colman mis aspiraciones ni tampoco calman el hambre. Y me dan pena..y les ofrezco el calor de la hoguera y algunas bayas y un poco de miel…y escucho sus desdichas…y entonces me juran lealtad eterna…y nos hacemos amiguetes…y se incorporan a la horda de fugitivos..y los víveres menguan…¡y yo me cago en to lo que se menea! En fin, que es dura la existencia de los forajidos folclóricos, sobre todo al colgar los leotardos antes de dormir sobre un lecho de ramas.

Así pues, cuando las estrellas inundan el firmamento, el insomnio zahiere y me deprimo demasiado, pienso en ti…y me entristezco pero de otra forma. Sé que hace tiempo que no nos vemos -quizás desde las cruzadas- y que, ahora, un tal Guy de Guylipoll, un as de palacio y diestro espadachín, te obsequia con suculentos manjares, enérgica vellosidad pectoral, protección de la prole y ocurrentes distracciones bufonescas, entre hermosas cortinas y lámparas de velas balanceándose. Por lo que me dicen, el caballero es un apuesto adonis y conserva casi toda la dentadura, lo cual es meritorio y aristocrático. Nunca podré combatir con él en esas lides: bajo mi ridículo bigotillo no hay perlas y, por consiguiente, nunca suelto carcajadas, aunque el disfraz que llevo puesto las provoque. Sin embargo, no te engañaré: me pongo como un Errol Flyn al piano cuando me mientan tu nombre. Es algo que todavía me sorprende y sorprende a los jabalíes y venados en la espesura de la floresta. Las muchachas de mi entorno (entorno al tres por ciento), bellas doncellas amancebadas a las que adoro y a las que deseo casi cabalmente, tratan de paliar los efectos y, de paso, ganar terreno en la fábula…pero yo -llámame tonto- me mantengo (prácticamente) fiel a mis jabalíes (y a Little John), que perciben mejor la soledad y hondura del líder de la manada. Te lo comento por si te quieres compadecer de mí y te tiras por la torre del castillo o te sueltas la melena. Al fin y al cabo, merced a vos, ¡vive Dios!, que no sois asaz galana ni merecéis tan alta prez -que los requiebros no te nublen el entendimiento-, ¡pardiez!, palpito y crepito bajo un hechizo de luna, babeante, afligido, férvido y calavera… y no desfallezco en el anhelo de aventuras redistributivas, por no abjurar del estereotipo repartidor ni siquiera en la enmarañada vereda amorosa. Obviamente, en estos momentos, no puedo dejar en la estacada –gajes de los oficios ejemplares para el populacho- a esta caterva de rufianes, carne de dogal y verdugo…pero estoy dispuesto a cambiar en todo lo posible: horario, arco, aljaba, halcón, caballo, porquerizas, manzanas en la cabeza, etcétera. Conmigo, cariño, encontrarás la gran proeza de la deshonra, el pesar de las saetas en las entrañas, la emboscada del fracaso y el acicate de la huida permanente hacia la nada, sin catapultas, sin puentes levadizos, sin virilidad firme (eréctil) y sin ningún tipo de tacto, con supremo aburrimiento. Si he dado en la diana, me envías un whatsapps o una paloma mensajera (preferiblemente apta para consumo humano); si he llegado al corazón de león, honremos juntos a Cupido, a Nick Cravat, a Ivanhoe, a Iñigo Montoya, a San Jorge y a Ricardo I de Inglaterra. Si no, tampoco lo tomaré a la tremenda: no quiero presionarte ni que te sientas culpable: en caso de rechazo, meteré en un caldero de aceite borborteante a todos los niños huérfanos del condado. La pelota, mi dueña, está ahora en las almenas de tu fortaleza.

Te amo,

Robin de Locksley

PD- Por favor, si decides venir, no te olvides de traer capuchas, capas y ropa de abrigo, que en el bosque hace un frío que pela.

Grandes esperanzas

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Una tarde, R.Wilfer cerró su escritorio, se metió su manojo de llaves en el bolsillo como si fueran una peonza y se encaminó a casa. Vivía en la región de Holloway, al norte de Londres, entonces separada de la ciudad por campos y árboles. Entre Battle Bridge y esa parte del distrito de Holloway en la que residía había un trecho de Sáhara suburbano, donde se quemaban ladrillos y tejas, se hervían huesos, se azotaban alfombras, se arrojaba basura, peleaban perros, y los empleados de la limpieza amontonaban polvo. Mientras flanqueaba ese desierto por su ruta habitual, a la luz de los fuegos de los hornos que formaba chillones manchas en la niebla, R.Wilfer suspiraba y negaba con la cabeza.

-¡Ay!-decía-¡Las cosas podrían haber sido de otra manera!

Charles Dickens. Nuestro amigo común (1865)