La infalibilidad empañada

Conducir barredoras es como llevar una especie de papamóvil, el vehículo acristalado y blindado a prueba de balas que transporta al Sumo Pontífice, máximo representante de la iglesia católica en el mundo terrenal, durante sus desplazamientos entre las masas, tras el atentado sufrido por Juan Pablo II en la Plaza del Vaticano (Roma) en 1981. De hecho, a mí, por ejemplo, con suficiente antigüedad en la conducción de máquinas barredoras, a veces, me da por saludar y bendecir a los transeúntes que me cruzo en el tajo, ya que el ritmo es pausado, hay suficiente visibilidad (rodeado como estoy de vidrios), suelo llevar un casquete para tapar la coronilla y cualquier uniforme otorga, quieras que no, un cierta aura, mientras se limpia la mierda circundante, desde la más a la menos espiritual.

Sin embargo, la relación entre el pontificado romano y los operarios de limpieza viaria no siempre ha sido idílica, precisamente. En septiembre de 2010, en un bar de Londres, seis barrenderos charlaban durante el desayuno de lo divino y lo humano, con chanzas y chascarrillos constantes, intentando descansar y despejarse de sus quehaceres en la calle. Entre comentarios insustanciales y bromas, uno de ellos dijo que estaría bien asesinar al Papa Benedicto XVI (aquel Ratzinger taciturno apodado “el barrendero de Dios”), que iba a visitar a los traidores anglicanos y a la ciudad en breve…Y estuvieron un rato especulando cómo hacerlo, jejeje, jajaja, risas por doquier. ¡Qué divertido era atentar de boquilla!, la verdad. Ellos eran musulmanes, con ingresos humildes, inmigrantes argelinos en su mayoría, ocupando su puesto en una sociedad de las oportunidades meritocrática y capitalista, en The Big Smoke, con tareas de esfuerzo físico y poco prestigio que gran parte de los autóctonos no realizarían jamás. Vamos, lo normal: el último en entrar, el primero en joderse (salvo que se disponga de padrino y un buen fajo de lereles). Pocas veces encontraban ocasión para disparatar y regocijarse a sus anchas. En aquel bar hallaron su espacio de esparcimiento.

Los seis barrenderos, al día siguiente, acudieron a su puesto de trabajo, antes del amanecer, como de costumbre, en el distrito de Westminster de la capital británica. Allí, en la entrada de la empresa, delante del resto de compañeros, fueron detenidos, con un enorme despliegue de agentes. Alguien los escuchó en el bar, no se descojonó tanto como ellos y llamó a la policía. Les aplicaron ley antiterrorista (como a Evaristo, el rey de la baraja), les registraron las casas, registraron las casas de sus familias y vínculos, salieron en los medios de comunicación y no les dejaron ir hasta que el Papa volvió a sus aposentos en la península itálica, con bastante posterioridad. Salieron sin cargos, pero con miedo a perder sus visas, entre otros temores de por vida.

Ya lo cantaban Los Chichos en aquella canción hipermachirula: “El cristal, cuando se empaña, se limpia y vuelve a brillar”. Ni más ni menos.