Mis padres tenían una librería, como hay quien tenía una granja en África. En los primeros años setenta del siglo pasado, sin apenas haber aprendido a leer y a escribir, decidieron montar una librería, con carácter emprendedor y visión estratégica. Bueno, la verdad es que le daban el nombre de “librería” y algún libro, muy de tanto en tanto, había por los estantes, pero en realidad era un quiosco en una planta baja de un edificio donde se vendían revistas, tebeos, periódicos, novelas del oeste, material escolar, juegos, juguetes, cromos y grandes cantidades de chucherías. Como la chiquillería del barrio engañaba frecuentemente a mi madre, sisaba al por mayor y la ponían de los nervios (estando ella embarazada), los que a la postre fueron mis progenitores -yo estaba a punto de sacar la cabecita- optaron por traspasar tan suculento establecimiento a unos vecinos muy queridos, Miguel y Anita, que vivían puerta con puerta y que durante las siguientes décadas se hicieron cargo de dar el gran salto adelante, en términos de pequeño comercio. Miguel y Anita ya habían regentado una frutería, tenían experiencia tras el mostrador y tomaron las riendas de su nuevo negocio mucho mejor que mis ascendientes, bastante mejor. Yo crecí con ellos al lado y con el local -al que bautizaron como “Librería Muchachos”- como centro social de reunión de la chavalada, donde acudíamos frecuentemente los críos a buscar golosinas, tanto materiales como espirituales, pues allí, además de chicles, recibíamos consejos, calorcito, ánimo, divertimento y amor del bueno. Miguel y Anita eran una especie de segundos padres de los mocosos de los alrededores y siempre estaban dispuestos a ayudar. Tenían un porrón de hijos y nietos de diferentes edades, pero sacaban tiempo de la nada para nosotros. Cuando los niños nos poníamos enfermos, nos prestaban sin tener que comprarlos después los cómics de Mortadelos y Filemón, de Zipi y Zape, de Pepe Gotera y Otilio, etcétera. Si, exhaustos de jugar en la calle, nos arrimábamos a la librería, agua no faltaba. A mí me salvaron la vida varias veces, en muchos aspectos y literalmente. Cuando, una vez, con corta edad, me tomé un jarabe entero del mueble de las medicinas de casa -lo que me provocó que entrara en convulsiones, con los ojos en blanco y echando espumarajos por la boca-, fue Miguel el que me llevó a toda leche al hospital en su furgoneta -todavía con dibujos de frutas- y el que se esperó a que me recuperara, estando mi madre en estado de shock. Cuando, en otra ocasión, me pilló mangándole paquetes de cromos -acto del que todavía me avergüenzo-, me dio una lección moral que me quitó las ganas de robar para los restos. “¿Qué hago ahora?”, me dijo. “¿Se lo tengo que contar a tus padres?”. Jamás se chivó, lo que me hubiese acarreado un buen castigo, pero desde entonces yo pasaba por su lado con la cabeza gacha.
Los años pasaron y Miguel y Anita se jubilaron y dejaron la librería. Se reformaron una casa en un pueblo de Granada y allí pasaron largas temporadas. Luego, Anita enfermó gravemente y acabó falleciendo. Miguel duró unos años más, pero también murió, cosas de la edad, supongo. Poco hay más desolador que la desaparición de tus ídolos (auténticos) de infancia. Sus entierros fueron multitudinarios, tanto el de ella como el de él. A ambos, rotos de dolor, acudimos muchos treintañeros, cuarentones y cincuentones que, en algún momento, in illo tempore, habíamos sentido su ternura y acogimiento. No recuerdo bien en cuál de los dos fue, pero al vernos llegar en masa, una nieta suya exclamó: “Ya están aquí todos los niños”.