El 24 de mayo de 1991, al alba, fueron asesinados Francesco Tramonte y Pasquale Cristiano. Los dos eran recolectores de residuos en Lamezia Terme, Calabria, en el sur de Italia. Se disponían a iniciar su jornada laboral cuando alguien, desde detrás del primer contenedor que iban a recoger, sacó un fusil de asalto -un kalasnhikov- y disparó hacia ellos repetidamente. Murieron al instante. Eugenio Bonaddio, el conductor del camión de basura, pudo abrir la puerta del vehículo, zafarse de las balas y escapar ileso. Los tres, Francesco, Pasquale y Eugenio trabajaban para la contrata privada que tenía encomendada el transporte y la gestión de desechos en la zona.
El crimen -jamás resuelto- se atribuyó a los clanes de la Ndrangheta que dominaban Calabria. La Ndrangheta quería dejar claro que estaba dispuesta a sembrar el terror y a matar al tuntún a personas inocentes si se le ponían trabas en el negocio de los residuos. Porque la basura -véase Los Soprano- siempre ha sido un negocio muy suculento para los mafiosos, bien como fachada o como actividad generadora de abundantes recursos económicos: vertederos clandestinos, tráfico ilegal de sustancias tóxicas y peligrosas, hundimiento de barcos cargados de escoria, infiltración en instituciones y licitaciones públicas, etcétera. Siempre, claro, a costa del medio ambiente, de la salud y de la población.
Meses después del asesinato de Francesco y Pasquale el ayuntamiento de Lamezia Terme fue disuelto e intervenido por el gobierno central. No sería la única vez desde entonces. La poderosa Ndrangheta sigue haciendo de las suyas entre la mugre.
