Jesucristo contra la impostura virginal

Al grito de “Yo soy Jesucristo resucitado”, Lazlo Toth, un melenudo con barbas de exactamente 33 años, rompió a martillazos una de las esculturas renacentistas más célebres, la Piedad del Vaticano, La Pietà, de Miguel Ángel, il Divino, en la que se representa a la Virgen María sosteniendo a Cristo recién muerto y desclavado de la cruz, situada en una capilla de la Basílica de San Pedro. Corría el año 1972 y Toth, de origen húngaro, un geólogo de formación que trabajaba hasta entonces en una fábrica de jabones, se había trasladado desde Australia -donde residía- a Roma para hablar con el Papa, al que dirigió unas cuantas cartas que nunca fueron contestadas. Tenía “varios misterios que revelar”. Finalmente, como nadie le hacía caso -pese a las notas que publicó en la prensa- decidió cortar por lo sano y atacar a la susodicha escultura, más concretamente a la imagen de la Virgen, “una impostora”, afirmó, porque él era eterno, porque ella no existía y aun así se hacía pasar por su madre. Dios de la Misericordia y Todopoderoso, único y trino a la vez, le había ordenado actuar así contra la estatua de la sagrada mujer, a la que le desgajó entero el brazo izquierdo, le hizo añicos la mano, le destrozó parte del manto, le arrancó la nariz, le puso un ojo a la virulé (figuradamente, nunca mejor dicho), le rompió un párpado y le dejó marcas en la mejilla y en el dorso de la cabeza. Los virginales trozos de mármol se esparcieron por toda la zona. La concurrencia allí reunida, tras superar un primer momento de inmovilizante consternación casi mariana, una vez interceptado el martillo y reducido su propietario, intentó linchar a Toth. “Mejor que me maten porque así iré directamente al Paraíso”. No fue a tan ídilico lugar, al menos no directamente. Los ánimos se calmaron y se lo llevaron detenido los carabineros entre abucheos. Se pasó una temporadita en la cárcel de Regina Coeli -“Reina del Cielo” en latín, curiosamente, una edificación dedicada a la Virgen- y dos años más en un hospital psiquiátrico en el que le medicalizaron a lo bestia y le aplicaron descargas eléctricas, sin piedad. Después, fue deportado otra vez a Australia, donde se perdió su rastro.

La escultura se restauró con gran precisión y se parapetó tras una enorme luna de cristal blindado y supuestamente irrompible. Un grupo de artistas nihilistas y radicales de la época atribuyeron a Lazlo Toth unas virtudes en el campo del terrorismo cultural que él nunca pretendió. Se organizaron bajo el lema “No más obras maestras”.