Nos situamos a finales de los años ochenta. Yo tenía 12 o 13 años. Aún quedaban descampados en el barrio, esos lugares sin edificaciones utilizados como vertederos y como puntos de encuentro y esparcimiento de la chavalada de la zona, indistintamente. En los descampados, a finales de junio, se montaban hogueras para quemar durante la verbena de San Juan, sin apenas control. El Vaca -que era apellido y no mote- se había pasado todo el mes con sus amigos acumulando muebles, maderas y trastos viejos para “construir” su obra para quemar, magnífica e imponente, por otra parte. Ocurrió, sin embargo, que días antes antes de la noche de San Juan alguien prendió fuego a su hoguera. O eso o prendió sola, sin intencionalidad humana. El Vaca, un tipo enjuto, emocional y peligrosillo para la época, se lo tomó bastante mal, en cualquier caso, y empezó a buscar culpables. Su trabajo se había ido al traste y no pudo purificarse en las brasas de su creación la noche mágica señalada, tal como pretendía. Preguntó aquí y allá hasta que encontró una respuesta: yo era el ser que le había arruinado la existencia. Así las cosas, el Vaca vino a buscarme. Yo, inocente, que no sabía de qué iba el asunto, sin mediar palabra, encajé las dos primeras galletas con cierta resignación. Luego salí a correr y, como El Vaca no me alcanzaba, me enteré a través de sus gritos de lo que había pasado y de las acusaciones en mi contra (y en contra de mis colegas de la acera). Me dijo que no me podría esconder y que la tenía jurada conmigo:el tamaño de la afrenta era no menor. Desconozco quién fue la persona que me acusó falsamente -cosa que me ha ocurrido unas cuantas veces en la vida- pero si me lee hoy me cago en sus muertos. Pasé todo el verano más acalorado de la cuenta, convertido en el hombre antorcha. Más tarde, sus juramentos y amenazas cayeron en el olvido: el Vaca tenía otras hogueras más apremiantes en las que abrasarse.