El voto en libertad (y liberal)

Me comentan que unos mercados piden y piden reformas, sin identificarse. Me comentan que esto es insostenible, una ruina. Me dicen que hay que recortar, cercenar, desmantelar, pasar por la picadora, triturar, machacar, moler a palos, cortar por lo sano. Me cuentan que el futuro depende de nuestros ajustados cinturones, que hay que podar, talar, acabar con la cultura del todo gratis, con el desbarajuste de los organismos públicos, de las empresas públicas, de los públicos amamantados, de todo lo público, horrendo y criminal. Porque da asco el bienestar y su estado y sus lactantes, tragaldabas, los reyes del saqueo. Me comentan que hay que recortar, indefectiblemente, que esto no se mantiene, que estamos subvencionado a vagos, a parásitos, a chupatintas, a malcriados, a lo más bajo del lumpen, a gentes exangües y satánicas, a inmigrantes y aprovechados, a mendigos y desclasados atajasolaces. Y las muchedumbres del consumo consentido, no manipuladas, me confirman lo mismo, a pies juntillas, con la inestimable colaboración de una muy patriotera (presuntamente) propaganda. Me informan, muy a menudo, de esas nefastas políticas sociales para desplazados y nadies, un colador de dinero, un impedimento para los que buenamente intentan crear riqueza, filántropos emprendedores, preocupados por tu salud y por el interés general. Me convencen de que yo nunca he hecho algo realmente bueno. Me dan clases de economía, sin sesgo, en las que aprendo sobre la verdad irrefutable de la libre y libertada libertad liberal, sin ataduras ni esclavos, donde cada uno tiene lo que se merece, libremente, con independencia de su origen de oferta y demanda. Me gritan que ya está bien, que no me queje, que pague lo que les debo, que son ellos los que me mantienen, los que me organizan, los que me dan de comer, los que asumen el riesgo, los que se mojan por mí. Me suben, con buen criterio, la factura de la luz, el agua, la leche, la leche en vinagre, el pan, las migajas. Me dan la oportunidad de estarles agradecido, de saber cuál es mi sitio, mi lugar, mi auténtico significado humano. Me comparan con esos pobres que están peor que yo, con los que esperan detrás, con los que ya quisieran tener mi suerte, con los que acabaron fatal por protestar, con esos presuntuosos sectarios y anacrónicos.

Me inoculan el miedo: pronto te despediremos, pronto te rebajaremos el sueldo, pronto te meteremos en cintura, pronto te vas a enterar (y recuerda que tienes dos criaturitas). Y vendrán otros, mejores y jóvenes, que lo harán mejor, a mejor precio, en mejores idilios mercantiles, más alegres y chulos. Me demuestran que los desempleados lo están porque lo desean, que no están dispuestos a ensuciarse los anillos. Me aportan las pruebas definitivas, científicas, de tramposas bajas médicas (casi la totalidad). Porque ellos pagan el coste, que es una sangría, que están crucificados, que alargamos más la manga que la mano, que estiramos el chicle todo lo que se puede…y se romperá en breve. Me comentan que así no vamos a ningún lado, que ellos no son las hermanitas de la caridad, con tanto abuso y tanta lagrimita, que ellos también tienen problemas, que no quieren problemas, que quieren soluciones, que pilotan ese barco y van rectos al puerto, que donde manda patrón no manda marinero. Me comentan que hay trabajar más y cobrar menos, ser competitivos, poner toda la carne en el asador, apretar los dientes, implicarse, dar del do de pecho, apoquinar por los vicios, formarse privadamente, con un par, mientras, eso sí, nos cargamos los recursos, el planeta y el entorno a ritmo de centella, que es lo que mola y lo que pide el cuerpo y el carpe diem:ya gestionarán otros los desechos, si acaso.

Y sé que tienen razón, la verdad, por supuesto, pero de tanto en tanto llego a dudar de la mercancía que configuramos y pienso que están equivocados. Y pienso, a veces, que igual se podrían ir todos juntos un poquito a la mierda (bien pastosa). Y que más libre sería yo, incluso, si no existieran esos energúmenos dando la turra para que encima votemos ahora y siempre a sus malditos representantes, cuya acción lo convierte todo en un vertedero donde las flores no aparecen ni por asomo.

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