El niño tenía pellizco, desde luego. Desde chico cantaba flamenco como los grandes, talento que conservó durante las siguientes décadas. Desde Málaga hasta Málaga (apenas salió de allí). No obstante, se hizo íntimo amigo del mismísimo Camarón de la Isla, que lo visitaba cuando pisaba la ciudad y lo admiraba por su jondura, su estilo y sus fandangos. Pudo triunfar en los escenarios y tablaos del mundo. No quiso: renunció a dedicarse profesionalmente al cante -no le gustaba aquel ambiente viciado- y buscó otro tipo de gloria como guardián de las esencias insurrectas, por gusto y entre amigos y espacios conocidos. Antes de eso, cuando, una vez, tras una actuación, quisieron juguetear con su dignidad, él, puro temperamento, quemó los billetes que le habían pagado en esa ocasión ante los presentes. “En mi hambre mando yo”, dicen que dijo.
Antonio Álvarez Rosales, “EL Álvarez” o “El Canijo”, pasó más de treinta años trabajando de barrendero en la empresa municipal de limpieza de Málaga, hasta su jubilación.
